Por Regina Zorrilla
Dúo analítico, la obra principal
Dos psiques, dos cuerpos, dos personas, dos historias. Un espacio —virtual o idealmente presencial—; una silla delimitada para un primer personaje al que llamaremos analista y, frente a él, otra silla o un sillón antiguamente llamado diván, ocupados por aquel a quien nombraremos analizando.
Ambos personajes se reúnen cada semana, una, dos o tres veces, en un horario delimitado en conjunto, durante 45 minutos, sin promesa de pronta terminación.
Al llegar, el analizando se sienta o se recuesta y habla sin parar sobre aquello que él mismo decide. Esta no es una conversación: no hay diálogo e, idealmente, no hay interrupción por parte del analista hasta que algo llegue a su mente como una idea precisa de interpretación.
En la obra suceden muchas cosas. En ocasiones, el analizando llega con historias que transportan a lo que vivió durante su semana o en los días en los que no estuvo presente el analista. Otras veces, comienza hablando de su relación de pareja y termina en llanto por la complicada relación de sus padres. En algunas otras —las menos— llega molesto con el analista porque este olvidó enviarle un mensaje de cumpleaños días antes.
El analista, quien hasta ahora parece un ente meramente intelectual que interpreta y escucha, viene de casa después de pasar tiempo en el tráfico, con algunas horas de sueño, una manzana y un yogurt en el estómago, y algo que parece ser un dolor de cabeza a causa del décimo café que trae en la mano. Se acomoda en su silla e intenta poner al lado todo aquello que habita en su cuerpo para permitirse estar al servicio del analizando. Poner la propia mente, pero más que nada, el propio cuerpo.
Hasta aquí, espero que esta obra nos resulte familiar, al punto de poder introducir nuestros nombres y el de algún paciente en el lugar del analista y el analizando. Que, al reconocernos como personajes principales de esta escena cotidiana, podamos poner el propio cuerpo como experimento.
Cuando hablamos del espacio analítico, parece sencillo introducirnos a ese escenario que habitamos cotidianamente a través de nuestra psique, no solo en el consultorio, sino también en nuestro propio análisis, en supervisión, en clases de formación o en congresos. Tal vez la propuesta desde la que planteo este trabajo parezca absurda u obvia; pero si habitamos psíquicamente el espacio analítico, ¿dónde queda nuestro cuerpo? ¿Está nuestro cuerpo al servicio del analizando? Si la respuesta es sí, ¿qué información nos brinda cuando lo ponemos en ese lugar? Y si usualmente agotamos nuestras psiques con los contenidos de los pacientes —sus elementos beta, sus historias, sus enojos—, ¿necesitan nuestros cuerpos también asistir a análisis para contenerse?, ¿dónde y cómo cuidamos nuestros cuerpos?
Sería soberbio de mi parte detenerme aquí y afirmar que tengo respuestas definitivas a estas preguntas. Por el contrario, con este primer acto deseo plantear la importancia de investigar y cuestionarnos no solo sobre los cuerpos de nuestros pacientes —como solemos hacerlo cuando llegan con síntomas somáticos, problemas de imagen corporal, alucinaciones o delirios del propio cuerpo—, sino también sobre nuestro cuerpo en el espacio analítico como un universo de preguntas y posibles respuestas acerca del paciente.
Al introducir el concepto de espacio analítico, considero importante remontarnos a la teoría clásica. Freud, en textos como Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico (1912), Sobre la dinámica de la transferencia (1912) y Sobre la iniciación del tratamiento (1913), nos plantea el espacio analítico como aquel en el que el analizando despliega su inconsciente a través de la transferencia, en relación con el encuadre (dinero, frecuencia y diván) y con el propio síntoma, todo ello con la intención de reelaborar el pasado y aliviar el malestar. En ocasiones resulta fácil hablar de lo inconsciente del paciente como algo tácito y tangible, cuando muchas veces nos enfrentamos a dificultades al momento de pedirle que se recueste y hable de lo que se le venga a la mente. A mi parecer, esto ocurre porque el espacio analítico no solo se da o existe: se construye en la relación entre el Yo del analista y el del analizando.
Frente a esto, el analista comienza a asumir diferentes roles impuestos por el espacio y por el analizando. Winnicott (1956) habla del “holding” como aquella función ejercida por la madre, en la que no solo sostiene físicamente al bebé entre sus brazos para calmarlo, sino que además se hace cargo de sus emociones, introduciéndolo en su mundo psíquico y físico. Es gracias a ese primer sostén físico y psíquic que, muchos años después, el analizando puede presentarse ante el analista dispuesto a generar un espacio que lo contenga y alivie nuevas angustias.
Winnicott (1956) subraya que esa madre no es perfecta, sino suficientemente buena: alguien que puede estar sostenida por su propia realidad externa para permitir que el bebé ocupe el lugar de objeto de preocupación y transite de la dependencia a la independencia. Me apropio de esta descripción para nombrar ahora al “analista suficientemente bueno”: aquel que no solo sostiene a otros, sino que es sostenido por su propio análisis, sus colegas y sus supervisores.
Dentro de esta dinámica de contención sucede también aquello que Bion llamó reverie: otra función que ejerce el objeto primario en la que se transforman aquellas sensaciones primitivas del bebé en elementos metabolizados que permitirán al sujeto adaptarse al ambiente y continuar su desarrollo. (Dorado, 2009) Esto mismo sucede dentro de espacio analítico, en el que el analista suficientemente bueno metaboliza las angustias del analizando para que, a través de la reverie, este pueda construir una nueva narrativa sobre sus objetos internos.
No obstante, la capacidad de reverie no es siempre la misma. Ogden (2007, como se citó en Dorado, 2009) resalta que las reveries que cada analista lleva a sesión influyen en su manera de interpretar la transferencia y la contratransferencia. Así, el espacio analítico involucra la estrecha relación entre tres subjetividades: la del analizando, la del analista y la del tercero analítico. (Dorado, 2009)
El analista y su subjetividad
Cuando hablamos del dúo analítico, solemos pensar que el protagonista es el analizando. Sin embargo, hoy deseo centrar la mirada en ese otro protagonista que muchas veces dirige silenciosamente la obra: el analista.
Hablar del analista implica inevitablemente hablar de contratransferencia. Como Freud menciono en su texto “Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica” (1910), es toda aquello que surge en el analista como respuesta a los contenidos inconscientes del analizando, y que, a su perspectiva, debía ser reconocida y dominada.
Sin embargo, más tarde autores post freudianos como Paula Heinmann, en sus notas “Sobre la contratransferencia” (1950) hace énfasis en el análisis personal del analista como una herramienta mediante la cual se puede generar interpretaciones consistentes a través del reconocimiento de los sentimientos movilizados en él, y así en vez de dominarlos y frenarlos, estos puedan estar al servicio del espacio analítico. “Si un analista intenta trabajar sin atender a sus sentimientos, sus interpretaciones serán pobres” (Heinmann, 1950) Asimismo, la autora sugiere que mientras el analista mantenga su atención flotante en el discurso del paciente, para así tener un acceso a su propia sensibilidad emocional para conectar con las fantasías inconscientes del paciente. (Heinmann, 1950)
Esto no significa anteponer el propio mundo interno al del analizando, sino ponerse verdaderamente al servicio del espacio analítico. Como decía Ferenczi, debemos estar bien analizados, reconociendo nuestros rasgos de carácter que se imponen frente al otro y configuran la relación analítica.
Asimismo, Racker señala “el analista es el centro de todo el amor y odio, angustia y defensa del analizado, y llegamos así a la conclusión de que todas las dificultades del analizado, todos sus sufrimientos y angustias, tienen su base, durante el tratamiento, en la transferencia”. Es entonces que no solo se tiene la responsabilidad de poder reconocer el propio mundo interno ante el analizando si no que se pueda realizar aquella “disociación sana” que nos habla Racker en la que el analista puede dividir su Yo en uno que vivencie la transfencia y otro racional que observe el juego del dúo analítico. (Racker, 1960) Pero entonces, ¿dónde se inscribe esa psique que contiene, transforma, vivencia y fantasea? Anzieu (2003) nos habla del Yo piel, como un concepto en el que el Yo se asume aquellas responsabilidades que mantiene la piel, limitar, contener y proteger a cuerpo. El cuerpo como aquel límite entre el yo y no yo, el propio inconsciente del ajeno. Lerma (2025) en su trabajo “La piel que habitamos” reconstruye una idea en la que la piel y el cuerpo no son solo fronteras del propio Yo, si no que mediante el propio cuerpo se puede dar lugar a la existencia de uno mismo y del otro. Es así como la autora recalca que el cuerpo se vuelve no solo contenedor de la propia mente del analista, si no aquello que construye y da espacio a un otro.
Desde esta perspectiva, el cuerpo no es solo contenedor de la mente del analista, sino aquello que posibilita la existencia de uno mismo y del otro. Es frecuente que el analista experimente sensaciones corporales como respuestas contratransferenciales: huecos en el estómago, náuseas, vómito inesperado después de sesión, aceleración del ritmo cardíaco, vacío en el pecho, comezón. McDougall (1996) llamaría a estos fenómenos síntomas psicosomáticos contratransferenciales. En ciertos casos, pareciera que en el espacio analítico existe un solo cuerpo para dos psiques. Cuando lo que ronda la psique es difícil de simbolizar, el cuerpo se encarga de somatizar la angustia, no solo del analizando, sino también del analista.
Y aquí retomo la escena inicial: un espacio analítico construido por un analizando y un analista suficientemente bueno. Ese analista actúa en distintos escenarios, presta su psique y su cuerpo para reelaborar malestares ajenos. Tiene pausas, cambios de vestuario y retoques de maquillaje, pero pocas veces se detiene a preguntarle a su cuerpo si sigue presente o si funciona ya en modo automático.
Autocuidado
Cuando hablamos de autocuidado, suele sonar a eslogan superficial: baños calientes, mascarillas, hidratación facial. Sin embargo, más allá de esas imágenes, resulta difícil encontrar propuestas profundas sobre el cuidado del analista como profesional.
Existen estudios que hablan de “actitudes para sostener el trabajo” o de “acciones que mitigan la fatiga”, pero pocas veces se plantea el autocuidado como una necesidad estructural de la práctica analítica.
Con el paso de los años, la demanda aumenta, las jornadas se extienden y los espacios de descanso se reducen, favoreciendo el conocido burnout o síndrome de desgaste profesional.
Cuidar de mí, cuidar de ti, cuidar de otros. Hablar del sufrimiento ajeno es sencillo cuando ese otro no somos nosotros. Pero cuando el analista no reconoce su propio cansancio, siente culpa por tomar vacaciones, trabaja enfermo o descuida su cuerpo, no solo ignora la subjetividad corporal; también interfiere en el flujo contratransferencial del espacio analítico.
Por el contrario, al hacernos responsables de nuestra relación cuerpo-mente, asumimos una presencia más íntegra frente al otro. Solo desde ahí el analizando puede desplegar su inconsciente sobre el escenario.
Bibliografía
- Anzieu, D. (2003). El yo-piel. Madrid: Biblioteca Nueva.
- Bodner, G. (2019) El concepto del reverie en algunos modelos contemporáneos. Temas de psicoanálisis, 18
- Dorado, A. B (2009) Reverie, Re- visitado. Psicoanálisis XXI. 2, (23-40)
- Heimann, P. (1950). Sobre la contratransferencia. En Desarrollos en psicoanálisis (pp. 117– 126). Buenos Aires: Hormé.
- Ferenczi, S. (1933). Confusión de lenguas entre los adultos y el niño (El lenguaje de la ternura y de la pasión). En Obras completas (Vol. 4). Buenos Aires: Amorrortu Editores.
- Freud, S. (1912). Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. En Obras completas (Vol. 12, pp. 109–120). Buenos Aires: Amorrortu Editores.
- Freud, S. (1912). Sobre la dinámica de la transferencia. En Obras completas (Vol. 12, pp. 97– 108). Buenos Aires: Amorrortu Editores.
- Freud, S. (1913) Sobre la iniciación del tratamiento psicoanalítico. En Obras completas (Vol. 12, pp. 121-144). Buenos Aires: Amorrortu Editores.
- Heimann, P. (1950). Sobre la contratransferencia. En Desarrollos en psicoanálisis (pp. 117– 126). Buenos Aires: Hormé.
- Lerma, P. (2025) La piel que habitamos y el impacto con lo vincular. Sociedad psicoanalítica de México.
- McDougall, J. (1996). Teatros del cuerpo. Julián Yébenes S.A.
- Racker, H. (1960). Estudios sobre técnica psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós.
- Winnicott, D. W. (1958). La capacidad para estar a solas. En Los procesos de maduración y el ambiente facilitador (pp. 29–36). Buenos Aires: Paidós.
- Winnicott, D. W. (1956). La preocupación maternal primaria. En Escritos de pediatría y psicoanálisis (pp. 393–399). Buenos Aires: Paidós.
- Imagen: Pexels/Hami Durgut


















