Entre-Tejidos de Alianza y Transferencia: El psicoanálisis como traje a la medida

Por: Bernardo Martiñón

“Encontrar un analista no consiste en encontrar un funcionario del dispositivo; se trata más bien de que sea alguien que pueda decir a un sujeto, en un momento crucial de su vida, algo que permanecerá inolvidable” (Laurent, 2000, p. 30).

El psicoanálisis es, ante todo, un encuentro. Un encuentro profundamente humano entre dos seres: el analizante, que busca, a veces sin saberlo, una vía para decir su sufrimiento, y el analista, que presta su presencia y su escucha como terreno fértil para que algo nuevo pueda acontecer.

Tal como lo dice Maud Mannoni en su libro La teoría como ficción (1980), “la situación psicoanalítica, según se desprende de la obra de Winnicott, es el movimiento de una relación del psicoanalista con su paciente y la creación común de un espacio” (p.65). ¿De qué índole es este espacio? De acuerdo con Vaccarezza (2002), el trabajo en el espacio analítico “tiene la particularidad de ser una experiencia diferente a la de la psicología, la psiquiatría y otro tipo de psicoterapias. Se trata de una “experiencia de escucha”, pero no de una escucha que intenta comprender y orientar, sino de una escucha de la demanda del analizante, a la cual se ve confrontado el psicoanalista y a la que sabe que no ha de responder, ya que, si lo hace, va a impedir el surgimiento del inconsciente, que es lo que permite al sujeto encontrarse en su propio deseo” (p. 9).

Ante lo anterior, surge la pregunta ¿qué se necesita para que el paciente entre como tal en la situación analítica? Ralph R. Greenson en su libro Técnica y Práctica del Psicoanálisis (2004 [1976] pp.158, 195) menciona que Freud (1905a, pp. 116; 654), señaló que entre analista y analizante se desarrolla un “género especial de relación de objeto”, denominada transferencia. La transferencia es un fenómeno inconsciente en el cual el analizante reacciona ante la persona del analista como si fuera una persona del pasado, particularmente figuras primarias. La transferencia es un instrumento que tiene un valor insustituible y es el elemento central de todo análisis, se podría decir que es la piedra angular. Sin embargo, aunque el psicoanalista pone mucho cuidado en crear una situación analítica que maximice el desenvolvimiento de las diversas reacciones de transferencia y procura el insight por medio de la interpretación, también es importante considerar otro componente principal. Para que un paciente entre en la situación analítica y colabore eficazmente en ella, es imperativo que establezca y mantenga con el psicoanalista otro tipo de relación, es decir, aparte de las reacciones de transferencia se debe establecer una alianza de trabajo. Ahora bien, ¿de dónde surge este término?

Alianza terapéutica: un concepto a considerar

Cabe mencionar que la llegada y evolución del psicoanálisis en el contexto estadounidense implicó no solo una apropiación del pensamiento freudiano, sino también su reformulación conforme a las condiciones socioculturales locales. Este proceso propició el desarrollo de la Psicología del yo, una orientación teórica consolidada por Anna Freud. En el marco de esta escuela, orientada al fortalecimiento del yo y sus funciones adaptativas, emergió el concepto de alianza de trabajo o alianza terapéutica como una categoría clínica central. Esta noción fue elaborada por autores como Zetzel (1956) y Greenson (1965), quienes destacaron la importancia de la relación cooperativa entre analista y paciente como condición necesaria para el proceso analítico (Etchevers, Simkin, González, & Muzzio, 2012).

Helmich, Giusti, & Etchevers (2017) agregan que este concepto “encuentra su origen en los debates respecto del yo y la disociación de este”. Mencionan que autores como Sterba (1934) y Bibring (1937) plantean una “disociación del yo en una parte que colabora con el analista (eggo alliance) y otra que se opone e integra en sí misma los impulsos del ello, las defensas del yo y los dictados del superyó”. Además, señalan que Etchegoyen (2010) indica que dichos debates plantean la alianza como una unión de las partes saludables del paciente y del analista.

Ahora bien, ¿qué es la alianza de trabajo? Según Sánchez- Barranco Ruíz (1984), este término se refiere a “la relación positiva y estable entre el analista y el paciente que les permite llevar a cabo de una manera productiva el trabajo del análisis”. Por su parte, Greenson (2004 [1976] p. 197) menciona que es la “relación racional y relativamente no neurótica que tiene el paciente con su analista”. Además, añadió que “es esa parte “razonable” y “objetiva” de los sentimientos que el paciente tiene con su analista la que hace posible la alianza de trabajo”. Otros autores también han hecho referencia a la alianza de trabajo con conceptos semejantes, por ejemplo, Elizabeth Zetzel (1956) hace referencia a la “alianza terapéutica”, Fenichel (1941) a la “transferencia racional”, Stone (1961) a la “transferencia madura”.

Aunque Freud no empleó como tal el término de alianza de trabajo o alianza terapéutica, se podría decir que sí hizo alusión a ello pues discriminó también entre dos actitudes del analizado, dispares y contrapuestas, de cooperación y resistencia” (Etchegoyen, 2009 [1986] p. 282). De hecho, en el texto Sobre la iniciación del tratamiento (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, I) (1913) mencionó que “La primera meta del tratamiento sigue siendo allegar [o ligar] al analizado a éste [al tratamiento o cura] y a la persona del médico. Para ello no hace falta más que darle tiempo. Si se le testimonia un serio interés, se pone cuidado en eliminar las resistencias que afloran al comienzo y se evitan ciertos yerros [o torpezas], el paciente por sí solo produce ese allegamiento [o enlace] y enhebra [o hila] al médico en una de las imagos de aquellas personas de quienes estuvo acostumbrado a recibir amor. Es verdad que uno puede malgastar este primer éxito si desde el comienzo se sitúa en un punto de vista que no sea el de la empatía —un punto de vista moralizante, por ejemplo— o si se comporta como subrogante o mandatario de una parte interesada, como sería el otro miembro de la pareja conyugal (p. 140).

Etchegoyen (2009 [1986]) en su libro Los fundamentos de la técnica psicoanalítica retoma a Greenson (1965) quien menciona que Sterba señala que la alianza terapéutica se forma entre el “yo racional del paciente y el yo racional del analista, a partir de un proceso de identificación con la actitud y el trabajo del analista, que el paciente vivencia de primera mano en la sesión” (p. 283).

Ante estos planteamientos, surge una cuestión importante, ¿cómo se establece la alianza terapéutica? A este respecto, Sánchez- Barranco Ruíz (1984) menciona que “la alianza terapéutica es una relación de trabajo en común, que solo es posible entre un terapeuta humano y flexible y un paciente con suficientes ingredientes de maduración en su yo. Cuando la terapia analítica se plantea entre un profesional frío y ritualizado y un sujeto incapaz de tolerar frustraciones, ansiedades y depresiones, el psicoanálisis es un absurdo”.

Etcheyogen (2009 [1986]) agrega que “la contribución más importante del analista a la alianza terapéutica proviene de su trabajo diario con el paciente, de la forma en que se comporta frente a él y su material, de su interés, su esfuerzo y compostura. Al mismo tiempo, la atmósfera analítica, humanitaria y permisiva, a la par que moderada y circunspecta [es decir, seria, prudente], es también decisiva”. Además, menciona que “un elemento que refuerza notablemente la alianza de trabajo es la franca admisión por parte del analista de sus errores técnicos, sin que ello implique para nada ningún tipo de confesión contratransferencial” (p. 286).

Por su parte, Greenson (2004 [1976]), menciona que “el modo de trabajar del analista, su estilo terapéutico y el encuadre analítico producen una “atmósfera analítica”. Esta atmósfera analítica favorece la alianza de trabajo y atrae al paciente temporal y parcialmente hacia la identificación con el punto de vista del analista”. También describe diversos aspectos por parte del analista que contribuyen al establecimiento de una adecuada alianza de trabajo como lo son “sus actitudes cordiales, empáticas, sinceras y no juzgadoras”. Afirma que “la alianza de trabajo en unión del sufrimiento neurótico pone el incentivo para realizar la labor analítica” (p. 60).

Sánchez- Barranco Ruíz (1984) responde a la cuestión mencionado que la alianza terapéutica “se va formando casi imperceptiblemente, de forma espontánea y en relativo silencio, solo con el hecho de contar con un analista humano, suficientemente sano, dotado de capacidad para empatizar y bien preparado técnicamente. En tal ambiente la alianza nace y se desarrolla con facilidad, sin llevar a cabo especiales intervenciones. Un signo de ello es que el paciente empiece a trabajar por sí mismo, señalándose sus “resistencias” e incluso ayudando a las aclaraciones e interpretaciones: se afirma entonces que el sujeto “ha entrado en análisis””.

Esta idea la refuerza Greenson (2004 [1976]) cuando dice que “para analizar con éxito la neurosis de trasferencia es necesario que el paciente haya formado con el analista una firme alianza de trabajo” (p. 60). Tal como lo indica Adrián Liberman (2025), “Para interpretar, primero debe abonarse el terreno para ello. De nada sirve decir al analizante cosas “brillantes” sobre sí mismo si no se ha construido una relación de confianza e intimidad…”

Si bien el constructo de la alianza terapéutica tiene sus orígenes en el psicoanálisis, paulatinamente ha sido adoptado por diferentes marcos teóricos, como lo son la terapia cognitivo-conductual, la terapia centrada en la persona de Rogers y la terapia integrativa (Etchevers, Simkin, González, & Muzzio, 2012). Por ejemplo, Miguel-Álvaro & Panadero (2021) mencionan que Bordin (1979) define la alianza terapéutica como el encaje y colaboración entre paciente y terapeuta, como una relación consciente que involucra acuerdos y colaboración entre terapeuta y paciente e identifica tres componentes que la configuran: 1) acuerdo en las tareas, 2) vínculo positivo y 3) acuerdo en los objetivos. Según Santibáñez Fernández, Román Mella & Vinet (2009), esta se considera una definición transteórica.

Por otro lado, Luborsky (1976 citado en Miguel-Álvaro & Panadero, 2021) considera que la alianza terapéutica “es una entidad dinámica que evoluciona con los cambios de las demandas de las diferentes fases de la terapia. Además, diferencia entre dos tipos de alianza: una alianza Tipo 1 que se da al inicio de la terapia y es la sensación que experimenta el paciente en su recepción por parte del terapeuta y una Tipo 2 que se da en fases posteriores y se define como una sensación de trabajo conjunto”.

Actualmente, “diversas investigaciones revelan que este elemento es de suma importancia en la consecución de resultados positivos en psicoterapia y que es una de las variables que más modula la relación entre proceso y resultado psicoterapéutico en diferentes orientaciones teóricas y en diferentes formatos de terapia” (Chen et al., 2019 como se citaron en Miguel- Álvaro & Panadero, 2021). De hecho, “esta transversalidad no impide que cada escuela tenga una visión diferencial sobre el papel otorgado a la alianza terapéutica”. Cabe mencionar que para enfoques posmodernos e integrativos la alianza terapéutica tiene un rol fundamental y tiene un porcentaje importante como predictor del éxito en una psicoterapia (Miguel-Álvaro & Panadero, 2021).

La alianza terapéutica no nace de inmediato, ni se impone por la técnica; se teje lentamente, hilo a hilo, en el silencio compartido, en las palabras que encuentran eco, en la mirada que no juzga. Es un lazo que no se impone, sino que se va bordando entre dos inconscientes que se rozan, se esperan y se reconocen. Como una trama delicada, va tomando forma con el tiempo, en la constancia del encuentro, en la paciencia del trabajo psíquico, en los gestos mínimos que sostienen el proceso. Es allí, en ese entre-dos, donde se gesta una confianza profunda, capaz de resistir las tormentas de la transferencia y los repliegues del yo. La alianza no es un pacto cerrado, sino una construcción viva, que respira con cada sesión, y que, sin hacer ruido, sostiene el alma del tratamiento.

Entre-tejidos de alianza terapéutica y transferencia

Ahora bien, ¿es posible separar los conceptos de alianza terapéutica y transferencia? Etchegoyen (2009 [1986] pp. 53, 54) menciona que para Zetzel (1966, pág. 79) y Goodman, la alianza terapéutica es pregenital y diádica, es decir refiere a una relación de objeto bipersonal con la madre y con el padre que son independientes entre sí. Consolidar un vínculo diádico es un requisito indispensable para que se pueda enfrentar después la relación triangular del complejo de Edipo. Y precisamente, la neurosis de trasferencia que se desarrolla en un análisis reproduce el complejo de Edipo. Se podría decir que el psicoanálisis, además de considerar la importancia de la alianza terapéutica dentro de un análisis no se queda únicamente en este nivel más “pregenital y diádico”, sino que va más allá pues considera el fenómeno de neurosis de transferencia a un nivel “edípico y triangular” y además es el único enfoque que realiza un análisis sistemático de ésta. Así lo afirma Greenson (2004 [1976]) pues menciona que “el psicoanálisis se distingue de todas las demás terapias por el modo de fomentar la formación de las reacciones de transferencia y por su sistemático intento de analizar los fenómenos de transferencia” (p. 158).

Si bien es legítimo el intento de separar conceptualmente la alianza terapéutica y la transferencia, la diferencia entre estos fenómenos no es absoluta. La alianza puede contener elementos de la neurosis infantil que requieran eventualmente ser analizados (Greenson, 1967, pág. 193 como se citó en Etchegoyen, 2009 [1986], p. 283). “En realidad, la relación entre una y otra es múltiple y compleja. La alianza de trabajo contiene siempre una mezcla de elementos racionales e irracionales” (Etchegoyen, 2009 [1986], p. 283). Se podría decir que estos conceptos se van entretejiendo entre sí, no podemos hablar de uno, sin mencionar al otro.

El concepto de alianza terapéutica ha suscitado importantes debates en el campo psicoanalítico, especialmente en torno a su estatuto en relación con la transferencia. Mientras algunos autores la consideran una forma positiva de ésta, otros la entienden como una función yoica relativamente libre de distorsiones transferenciales, vinculada a la capacidad del paciente para reconocer la necesidad de tratamiento y colaborar con el analista. Esta última perspectiva ha sido cuestionada por quienes sostienen que toda relación analítica está atravesada por la transferencia, y que pensar en una parte del yo exenta de ella implicaría una disociación artificial. Más allá de estas tensiones teóricas, la alianza terapéutica introduce una dimensión relacional que, si bien interpela la noción tradicional de neutralidad analítica, resulta clínicamente relevante. Reconocerla como un vínculo de colaboración y confianza permite sostener el encuadre y dar continuidad al proceso terapéutico, especialmente en momentos de resistencia o transferencia negativa. En este sentido, más que descartarla, se vuelve indispensable integrarla críticamente a la práctica clínica como una herramienta que potencia el trabajo analítico.

Por lo anterior, no cabe duda que adentrarnos en los fenómenos que se desarrollan entre analista y analizante es de naturaleza sumamente compleja. Freud comprendió claramente esto en sus trabajos técnicos y pudo formularlo rigurosamente en su teoría de la trasferencia (Etchegoyen, 2009 [1986]). Y es que el encuentro analítico no se trata solo de un diálogo entre conciencias; es un encuentro entre dos inconscientes. Allí, donde las palabras tropiezan, donde los silencios pesan y los lapsus revelan, es donde el psicoanálisis encuentra su materia viva. El inconsciente del analizante se despliega en transferencia, mientras el del analista, inevitablemente implicado, resuena, interpreta y también se deja afectar. En ese entre-dos, en ese espacio compartido por la transferencia y la contratransferencia, se gesta la posibilidad de transformación. Así, el dispositivo analítico se convierte en un espacio único, en el que dos subjetividades se rozan, se confrontan y se reflejan.

Tal como lo dice Mannoni (1980) “el proceso psicoanalítico es un encuentro en el que se inscriben los mecanismos de defensa más primitivos de amor, odio, introyección, proyección, represalias, desintegración. Y es así porque al principio existe una “adaptación” del psicoanalista al desamparo del paciente. A partir de unas referencias mínimas de seguridad, se crea un marco capaz de contener las angustias más arcaicas y se desarrolla, libremente (con imprevistos) el proceso psicoanalítico (proceso en el que está presente la participación inconsciente del psicoanalista). Implica, en primer lugar, por parte del psicoanalista un descubrimiento de sí mismo, a través del drama que el otro le hace oír” (pp. 9, 65). Donald Meltzer en su libro El proceso psicoanalítico (1987, p. 19) menciona que “el analista al trabajar debe estar “sumergido” en el proceso analítico del mismo modo que el músico en su instrumento, confiando en la virtuosidad de su mente en las profundidades”.

Este encuentro es único e irrepetible, pues involucra las subjetividades del analista y del analizante. Como lo dice el psicoanalista argentino Carlos Nemirovsky, el proceso psicoanalítico es un encuentro de mentes en un espacio de intimidad donde la participación de ambos está contenida dentro de un encuadre ético, en el que ambos se ven afectados pues el psicoanalista se abre a la experiencia con su paciente (YOICA, 2021). Esta descripción del espacio analítico tan singular del espacio analítico remite a la metáfora del traje a la medida.

Psicoanálisis un traje a la medida

Milton H. Erickson, psicólogo estadounidense, transmitía a sus estudiantes la necesidad de adaptar la psicoterapia a las características singulares de cada individuo, tal como un sastre confecciona un “traje a la medida” para quien lo porte. Según Hernández Covarrubias (2016), esta propuesta implica que la intervención clínica debe diseñarse de forma personalizada, respondiendo tanto a la unicidad del paciente como a la del psicoterapeuta, quien aporta sus propios recursos, estilos y capacidades en la construcción del proceso terapéutico.

Jensen (2014 como se citó en Hernández Covarrubias, 2016) señala que quizás la mayor destreza de Erickson residía en su habilidad para ajustarse con flexibilidad a las necesidades de cada paciente, comparándolo con la precisión de un sastre que diseña una prenda única, hecha a la medida. En esta línea, diversos autores han profundizado en la idea de una terapia diseñada a la medida del paciente. Dovucu (2014, como se citó en Hernández Covarrubias, 2016) destaca que el terapeuta eficaz debe guiarse por el mapa interno de cada sujeto, diseñando intervenciones tan específicas como desafiantes. Ostropolsky (2014, como se citó en Hernández Covarrubias, 2016) subraya que esta postura requiere elaborar una teoría, técnica y estrategia que respondan a la singularidad del problema de cada consultante. Por su parte, Mendonça (2013, como se citó en Hernández Covarrubias, 2016) enfatiza la necesidad de un proceso creativo de búsqueda, reflexión e invención por parte del terapeuta. Finalmente, Facchinetti (2014, como se citó en Hernández Covarrubias, 2016) propone generar intervenciones desde el reconocimiento profundo de la alteridad.

Considerando estos planteamientos, ¿sería posible decir que el psicoanálisis es un “traje hecho a la medida”? Óscar Massota, psicoanalista argentino, también emplea la metáfora del “traje hecho a la medida”. Esta expresión aparece en su ensayo Roberto Arlt, yo mismo (1965) en el cual describe una experiencia personal relacionada con un traje que no fue confeccionado para él. En este texto, Masotta relata cómo adquirió un traje de alta calidad, originalmente hecho por el sastre Anselmo Spinelli para otra persona de una clase social más alta. Al usarlo, experimentó una sensación de desajuste y alienación lo que lo llevó a reflexionar sobre cómo la adopción de modelos culturales y teóricos foráneos puede resultar en una “locura sociológica” cuando se intenta encajar en moldes que no corresponden a la propia identidad (Massota, 2024).

Estas reflexiones de Massota, convocan a pensar en el psicoanálisis configurado como un verdadero traje hecho a la medida, confeccionado a partir de los fenómenos de transferencia, los cuales son irrepetibles en cada pareja analítica y se transforman a lo largo del proceso. La singularidad de cada encuentro analítico impide la aplicación de fórmulas rígidas, técnicas estandarizadas, manuales o ejercicios, pues lo que allí se despliega responde a la subjetividad única del analizante y del analista en un momento específico del vínculo.

Por su parte Ortiz (2023) en su texto “La a-medida”, presentado en unas jornadas académicas denominadas “La Experiencia Analítica -Un traje a medida-”, también hace alusión a la metáfora masottiana del traje analítico. Indica que este planteamiento permite pensar al psicoanálisis como una práctica que, si bien puede comenzar con ciertos elementos generales —como un prêt-à-porter (traje listo para usar) que se adapta inicialmente al analizante—, se transforma progresivamente en una confección singular. Desde la perspectiva lacaniana, la transferencia se inicia con una suposición de saber proyectada sobre el analista, que ocupa el lugar de “significante cualquiera”. Sin embargo, al final del recorrido analítico, el analizante puede reconocer que ese lugar no era indiferente ni genérico, sino que se había ido modelando para él, a partir de su propia historia y repeticiones. En este sentido, la transferencia es el tejido mismo del proceso que permite que el “traje” se vuelva único.

El ofrecimiento del analista, al inicio de cada tratamiento, puede parecer neutro o generalizado —una disposición que remite a la “docta ignorancia”—, pero no es un vacío cualquiera. Se trata de un lugar construido a partir del análisis personal del propio analista, de donde extrae su deseo y su capacidad de sostener la transferencia. Desde allí, ofrece las herramientas simbólicas necesarias —hilo y aguja metafóricos— para que el paciente participe en la confección de su propio proceso subjetivo. Así, cada análisis deviene una escritura singular, una nueva vuelta en la repetición, donde la transferencia permite inscribir diferencias, marcar tiempos y elaborar sentido (Ortiz, 2023).

Como bien lo indica (Vaccarezza, 2002) “se trata entonces de una experiencia en la cual el analista se coloca en el lugar óptimo para permitir que a lo largo de la cura puedan efectuarse efectos que den lugar a un saber nuevo. Se puede afirmar que ese “saber nuevo” concierne tanto al analizante como al analista. No se trata de un saber académico, sino de un saber contrastado por la experiencia analítica, un saber que lo haya atravesado como sujeto (p. 9).

Por otro lado, la metáfora de Óscar Massotta subraya la importancia de desarrollar una práctica intelectual y cultural que se ajuste a las particularidades del propio contexto, en lugar de adoptar acríticamente modelos externos. Nos convocan a repensar y contextualizar el psicoanálisis. No es lo mismo practicarlo en Europa que en América Latina, y mucho menos en un país como México, cuyas condiciones sociales, históricas y culturales configuran realidades distintas que interpelan directamente la teoría y la práctica clínica. Así lo indica Mannoni (1980) cuando menciona que “la forma de aproximación del psicoanalista debería permitirle reinventarse a sí mismo, con un paciente que nuestra cultura convierte en distinto a nosotros” (p.10).

Como bien sostiene Nemirovsky el cambio no es ajeno al psicoanálisis, sino que constituye una de sus características fundamentales; de ahí la necesidad de sostener una postura abierta, crítica y creativa frente al frente al devenir de esta disciplina, sin perder de vista los pilares fundamentales de la teoría psicoanalítica (YOICA, 2021).

Tal como lo dice Mannoni (1980) “el trabajo más difícil es el que debe realizar un psicoanalista que tiene tras de sí una determinada experiencia “clásica” y frente a él la capacidad permanente de reinventarse. Reinventarse significa encontrar con el otro (que a veces se ha convertido en un extraño para sí mismo) las palabras que sirvan para hablar” (p. 10). Vaccareza (2002) agrega que las “interrogantes que le plantea la clínica hacen que el psicoanalista se cuestione y se encuentre con la necesidad de actualizar y reformular conceptos con los que trabaja, a fin de darles vida y no dejar así que, de tanto aplicarlos, se vayan desgastando hasta vaciarse de sentido” (p. 9).

Panceira (1997) enuncia que “Winnicott, un psicoanalista inglés contemporáneo, nos decía: primero ser, para luego hacer”, y el mismo Panceira agrega: “para que el ser se encarne en ese hacer”” (p. 19), y es así como se confecciona ese “traje a la medida”, pues como bien lo señalan Bleichmar & Bleichmar (2001), “un analista que atiende a su paciente y demuestra pasión por el método analítico le ofrecerá un ejemplo vívido de que el conocimiento de la verdad del inconsciente es un proceso apasionante” (p. 93).

Bibliografía

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  • Imagen: Pexels/Alex Andrews

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