Por: Marlyn Yaffee
Imaginemos un mundo sin juegos, en donde los cojines no podrían convertirse en casas, en donde los muñecos dejan de representar a nuestra familia, en donde no tendríamos que escondernos mientras somos buscados o en donde no podríamos construir nuestro propio cuento de hadas. Cómo sería aquel mundo en donde el ruido del niño se limitaría a su llanto y no a aquella caída de jenga. Dónde quedaría aquel niño que imagina, fantasea, crea, deshace, arma y rompe. Pero principalmente, los invito a reflexionar cómo estableceríamos un vínculo con ese niño si no observamos o no entendemos la voz que se manifiesta detrás de su juego.
Si en este momento les pido que piensen en un juego, probablemente cada uno de nosotros contestemos algo distinto, algunos de nosotros quizás pensemos en juegos significativos de nuestra infancia como saltar la cuerda, jugar al doctor, a la comidita o tal vez recordemos a aquellos amigos imaginarios que nos acompañaban a todos lados. ¿Qué pasaría si les hiciera la misma pregunta a las nuevas generaciones? Me atrevo a pensar que su respuesta estaría relacionada con una pantalla, videojuegos, Nintendo, pero sobre todo el mundo virtual. Mediante el escrito que les compartiré a continuación los invito a pensar como el juego ha cambiado con el tiempo y les propongo que pensemos qué debemos hacer como analistas dentro y fuera del consultorio, para mantener el vínculo con los niños y no perderlos por no habernos sabido actualizar.
Antes de empezar a hablar sobre el juego virtual, me parece esencial comenzar hablando sobre qué es el juego en los niños y su función. Para esto me permito iniciar citando a una de las pioneras en el psicoanálisis con niños: Melanie Klein. “El juego es el mejor medio de expresión del niño” (Klein, 2008, p.28) . El juego opera como un espacio simbólico en donde proyecta su mundo interno, es una manifestación de sí mismo, en donde proyecta sus angustias, identificaciones primarias, conflictos inconscientes, su agresión y su realidad afectiva. La autora menciona que “jugando, el niño habla y dice toda clase de cosas que tienen el valor de asociaciones genuinas” (p.28).
En su escrito llamado “Psicoanálisis de niños” pone en evidencia mediante casos y teoría cómo el niño en sus juegos actúa en vez de hablar, es decir, que lo que para el adulto es la palabra, para el niño es el juego (Klein, 2008). Es importante tomar en cuenta las diferencias clínicas que hay entre el adulto y el niño en el consultorio, no sólo porque su modo de expresión es distinto, sino también porque su forma de pensar y de sentir no es la misma.
Por ello, no se trata de comparar el lenguaje del niño con el del adulto, se trata de entender y escuchar desde su lugar; desde su lógica, “empleando la técnica de juego vemos pronto que el niño proporciona tantas asociaciones a los elementos separados de su juego como los adultos a los elementos separados de sus sueños” (p.28). Mientras que en el adulto la vía de acceso al inconsciente son los sueños, en los niños es el juego. Es el lenguaje mediante el cual expresan sus fantasías, sus conflictos psíquicos, sus deseos, sus pulsiones y todo aquello que quedó ajeno a la consciencia. “No sólo hemos ganado acceso a su inconsciente, sino que también hemos puesto en movimiento, en mayor grado, los medios de que dispone para la representación de sus fantasías” (p.28).
Partiendo de esto, no se trata de ver cómo el niño construye su torre de jenga, se trata de analizar cada una de las piezas que conforman su torre y le dan un sentido, por ejemplo, ¿Qué representa para él que su torre sea alta o más baja? ¿Cómo reacciona cuando se cae? ¿si se cae, vuelve a empezar? ¿Se frustra rápido? Debemos de ser capaces de escuchar qué nos está tratando de decir, adentrarnos al juego del niño. En ocasiones, vemos como nos hacen partícipes de su juego, pero en otros momentos sólo nos permiten ser espectadores. Sin embargo, es importante aclarar que aunque en momentos no nos permitan tener un lugar dentro de su juego, nosotros nos mantenemos en una posición activa en donde analizamos e interpretamos desde un lugar reflexivo.
En este sentido, entendemos que el juego es una experiencia propia y única por lo que me parece importante que no seamos nosotros quienes le damos el significado, sino que sean los propios infantes quienes lo dotan de sentido, permitiendo su libertad de expresión, de sentir, y principalmente su vinculación. “La experiencia del juego es singular porque lo que para algunos es un juego, para otros puede no serlo” (Antón, 2014, p.100). Es interesante ver cómo cada niño pone su individualidad en el juego, con esto me refiero a que para los niños no todos los juegos significan lo mismo, ni todos los niños juegan del mismo modo y eso es lo enriquece el trabajo clínico cuando se trabaja con ellos. Nos permiten observar sus gustos, sus miedos, sus deseos y sus modos de vincularse.
Klein nos comparte que “el análisis de niños muestra repetidamente los diferentes significados que pueden tener un simple juguete o un fragmento de juego, y sólo comprendemos su significado si conocemos su conexión adicional y la situación analítica global en la que se ha producido” (Klein, 2008, p. 28)..Los juguetes van a representar algo diferente en cada niño y estos mismos juguetes van a representar algo distinto en diferentes momentos, por ejemplo, en la clínica, el juego representa distintas cosas a lo largo del análisis, no es lo mismo su juego el primer día del tratamiento, a este mismo en su sesión de cierre. A veces lo lúdico nos ayuda a vincularnos con el paciente , y en otras ocasiones para conocernos.
Aquí vemos lo esencial que es conocer su contexto y su historia para entender los significados de su juego.
¿Cuántas veces nos ha tocado escuchar que un niño quiere que le leamos el mismo cuento? ¿Cuántas veces nos ha tocado ver cómo quieren jugar siempre lo mismo? Klein nos dice que está repetición está relacionada con una manifestación defensiva (Klein, 2008). El niño mientras juega elabora sus fantasías y deseos inconscientes. Busca mediante la repetición organizar su mundo interno.
No obstante, Freud (1920) nos dice qué el niño repite como un intento de simbolización y de dominio psíquico. Nos comparte que los niños “repiten en el juego todo cuanto les ha hecho gran impresión en la vida; de ese modo abrevian la intensidad de la impresión y se adueñan, por así decir, de la situación” (p.16). Mediante el juego simbolizan lo vivido, le dan un sentido y elaboran. El niño a través de usar personajes, títeres, entre otros juguetes simbólicos, se adueña de ese papel activo en el juego y deja el pasivo en donde solo recibía. Freud nos comparte lo siguiente “En la vivencia era pasivo, era afectado por ella; ahora se ponía en un papel activo repitiéndola como juego, a pesar de que fue displacentera” ( p.16)
El mundo del niño es pleno de fantasías, los símbolos están en cada pieza de su juego, y gracias a su creatividad e imaginación logran transformar y elaborar sus experiencias. Freud nos dice que “todo niño que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada” (Freud, 1908 p.127).
Ahora bien, es importante decir que no todos tienen la misma capacidad de fantasear ¿Qué pasa con los niños que no logran simbolizar? “una cantidad suficiente de angustia es una base necesaria para la abundante formación de símbolos y fantasías; para que la angustia pueda ser satisfactoriamente elaborada, para que esta fase fundamental tenga un desenlace favorable y para que el yo pueda desarrollarse con éxito, es esencial que el yo tenga adecuada capacidad para tolerar la angustia” (Klein, 1930 p. 226). De acuerdo con esta autora, vemos que una de las razones por las que no lo hacen, se debe a una defensa frente a algo que los podría confrontar, haciendo evidente los conflictos internos que tiene, impidiéndole simbolizar aún teniendo los juguetes a su alcance.
Es importante aclarar que al referirnos a los niños que no fantasean, ya estaríamos hablando de casos distintos más enfocados hacia la psicosis, en donde los niños se quedan en lo literal sin una capacidad para metaforizar y simbolizar. No obstante, en este trabajo me enfoco principalmente en aquellos que tienen la capacidad de jugar, fantasear y elaborar aunque considero importante mencionar que también existen aquellos que no lo hacen.
Por otra parte, otro autor que nos transmite sabiduría importante sobre los niños es Winnicott (1972). Él nos dice que éstos juegan por cuatro razones principalmente: por placer, para expresar su agresión, para controlar su ansiedad y para adquirir experiencia y establecer relaciones sociales. En Realidad y juego, Winnicott explica cómo el niño, al jugar y hacer uso de su creatividad, descubre su self. No obstante, señala que para que pueda ser creativo se necesita una madre que favorezca su yo auténtico, es decir, un otro que afirme su capacidad para que el niño se permita jugar. Considero que nosotros como analistas suplimos esa función materna al confirmarle al niño su creatividad y autenticidad. Cuando los niños llegan al consultorio limitados, nos toca sostenerlos y permitirles ser tan creativos como quieran para que puedan volver a jugar.
Con esto último, y con lo que vengo compartiendo a lo largo del escrito, vemos cómo cada autor desde su punto de vista nos transmite la importancia del juego y lo esencial de su interpretación. Esto nos da un acercamiento a lo importante del acto mismo de jugar, pensándolo como su forma de comunicarse y para nosotros como nuestra forma en la que podemos escucharlo y acompañarlo.
Ahora bien, al tener claro qué es el juego y sus diversas funciones, me permito comenzar a hablar sobre aquel juego que ha venido a romper con lo tradicional, enfocándome principalmente en la clínica, porque claro está que el juego virtual ha venido a tocarnos nuestra puerta. Me refiero a cuando los niños buscan la virtualidad dentro de nuestro consultorio, o también a cuando nos toca jugar con ellos a través de la pantalla. Es el momento que nos toca pensar en la posibilidad de abrirnos a la nueva herramienta simbólica y a cuestionarnos qué tanto los niños logran simbolizar y representar su mundo interno a través de la pantalla.
“El trabajo clínico con niños y adolescentes impide desentenderse de la cuestión tecnológica, inevitablemente llega a sesión” (Ferreira dos Santos, 2018). La tecnología atraviesa los relatos de los niños y su forma de vincularse y somos nosotros quienes debemos de ser parte de esta virtualidad. Nuestra capacidad analítica no se limita a observar sólo juegos tradicionales, sino que también nos permite observar en juegos tecnológicos. “No es cuestión de representarnos el asunto sino de habitarlo, de constituirnos también en usuarios virtuales” (Corea, 2004 citado en Ferreira dos Santos, 2018).
En este sentido “Pensar en la idea de fenómeno transicional, en la era digital y de los avances tecnológicos es pensar en las plataformas virtuales como un nuevo campo de la expresión de estos fenómenos” (Retamal, s.f., p.71). Según el autor, lo transicional entonces no se limita a la cobija que da consuelo o al peluche que acompaña, este término se amplía manifestándose ahora en la creación de un personaje en la virtualidad, como podría ser un avatar. Lo transicional aún en el mundo virtual permite una experiencia emocional y una elaboración psíquica.
Además, el juego virtual ha venido a enseñarnos que siempre hay alguien con quien podemos jugar, incluso si ese alguien es un avatar, capaz de representar todo aquello que nuestra imaginación nos permita. Además, la virtualidad nos ha mostrado cómo no siempre se necesita de un espacio físico en donde quepa el desorden de nuestro juego, nosotros somos quienes decidimos el espacio, el tiempo y las reglas; y justo aquí nuestro trabajo como clínicos es observar el mundo interno de quien juega en su realidad virtual y nuestra nueva forma en la que podemos vincularnos.
Lo anterior me lleva a cuestionarme ¿Cómo podemos mantener una posición analítica activa durante el juego virtual del niño? Nosotros como analistas, debemos de captar lo que ese escenario virtual representa “Las interacciones con otros jugadores, la pertenencia a una comunidad virtual, las cualidades de los personajes elegidos, las acciones llevadas a cabo, la trama de la historia, podemos entenderlos como elementos constitutivos de un jugar que crea una experiencia singular” (Ianni, 2019 p.27). Podemos pedirle que nos narre su juego, acompañando su sentido y confirmarle que hay alguien que los escucha.
Los juegos virtuales amplían las fronteras no solo en la forma de jugar, si no también en la forma de imaginar, crear y transformar. “Podemos ver cómo los videojuegos aparecen hoy como la posibilidad de entrar en nuevos mundos, vivir experiencias extremas en ese “más allá” que es la pantalla y encarnar múltiples roles en universos diferentes” (p.27)
Con esto, me pregunto, ¿Qué podemos observar cuando el infante trae la virtualidad al consultorio?. Ésta nos ofrece un acceso valioso para observar el funcionamiento psíquico del niño, por ejemplo las estructuras de su psique como lo son el ello, yo y super yo. A continuación voy a describir como podemos ver cada uno de ellos.
Pongamos de ejemplo a la figura elegida o creada por el niño: el avatar. ¿Cómo es el avatar? ¿Es fuerte o débil?. Estas preguntas nos podrían empezar a dar paso sobre cómo es el mundo interno del niño por ejemplo, cómo es su nivel de perfección, quién “debe ser”, sus aspiraciones, pero también podemos observar las exigencias de su entorno. Es importante cuestionarnos ¿cómo habla del avatar? ¿sigue las normas del juego? ¿hace trampa? ¿Es un avatar que mata y persigue, o es un avatar que protege, rescata y ama? con estas preguntas y al ver si siente culpa o vergüenza podríamos observar su moral y esto es justo lo que daría señal de cómo opera su super yo.
El yo, lo podemos explorar al ver si tolera la frustración durante el juego, por ejemplo, ¿qué pasa cuando pierde, es capaz de tolerarlo? ¿Cómo es su capacidad para adaptarse?. Un avatar que puede mantener el control y se adapta al entorno nos estaría hablando de un yo con mayores capacidades, mientras que un avatar que actúa sus impulsos sin pensar en las consecuencias refleja un yo frágil. Es interesante cuestionarnos si el avatar funciona entonces como un yo auxiliar, en donde el niño primero ensaya con su avatar sus formas de adaptarse para después lograr internalizar sus funciones yoicas y enfrentarse al mundo externo, es decir, su realidad por sí mismo.
Por último, sería interesante observar cómo son los impulsos de su avatar, ¿qué descarga? ¿Cuál es su deseo? ¿Todos sus juegos son de violencia?, al responder estas preguntas podemos observar como es el funcionamiento de su ello. Ante esto sería importante cuestionarnos si predomina lo agresivo o lo libidinal.
Me gustaría aclarar que el avatar es solo una de las puertas que nos abre el mundo virtual para conocer el mundo interno del niño y todo está en cuántas ventanas queremos abrir y qué tantas respuestas queremos recibir.
No obstante, está claro que la tecnología puede traernos muchas limitaciones a la clínica, y aunque en este escrito me quiero enfocar en los beneficios me gustaría mencionar y compartirles algunas preguntas que me hago en cuanto a los límites que arroja:
¿Si solo se vincula a través de lo tecnológico será porque no ha adquirido habilidades sociales? ¿Qué pasa cuando los niños llegan al consultorio y están tan acostumbradas a conectarse a lo virtual que se les olvida vincularse con los otros? Ahí es donde nos toca a nosotros trabajar. Hoy en día se ha visto cómo varios padres conectan a sus hijos a través de la pantalla en vez de vincularse con ellos. Nosotros como analistas debemos de permitir lo virtual, pero a su vez debemos de fortalecer en ellos su capacidad para conectar y vincularse. Para esto debemos de cuestionarnos y actuar cuando estos infantes sólo ponen su energía psíquica hacia sí mismos o hacia la pantalla, negando la posibilidad de relacionarse con un objeto externo.
Este espacio virtual se puede convertir en nuestro coterapeuta, siempre y cuando estemos atentos de los límites, de nuestro encuadre, y manteniendo siempre un espacio terapéutico.
Al haber hablado sobre el juego virtual, su función simbólica y nuestro trabajo como analistas, me gustaría compartirles mi conclusión.
Como primer punto, quiero aclarar que mi intención del escrito no es dejar a un lado el juego tradicional, ni decirles a ustedes que el juego virtual me parece más oportuno debido a los tiempos que estamos viviendo. Mi propósito es que le demos oportunidad porque al igual que el juego tradicional, tiene mucho que ofrecernos. Debemos de ser capaces de actualizarnos y de entender a qué juegan los niños hoy para lograr escucharlos desde la clínica.
Resulta esencial apreciar ambas modalidades de juego y observar la forma en la que coexisten y se complementan en el desarrollo de los niños. A su vez, me parece fundamental poner énfasis en que lo que realmente importa no es el modo de juego sino el vínculo que creamos con el niño y la forma en la que el niño se vincula con su mundo interno y externo. “No depende de la materialidad de aquello que pueda usar un niño o un adolescente sino de las propias capacidades psíquicas” (Ianni, 2019 p.29). El juego permite la individualidad, el vínculo y la creatividad en un juego tradicional o en uno virtual.
El juego siempre será el juego, en un patio o en una pantalla, con un avatar o con un amigo. A veces el infante no va a querer correr por el parque, a veces va a decidir correr en un espacio creado por él. Resaltó el “a veces” porque habrá momentos en donde el juego tradicional sea su juego favorito, pero habrá otros momentos en los que quizás el juego virtual, también. “Lo importante no es a qué o con qué juega un niño, un adolescente o un adulto, sino que lo verdaderamente importante es que pueda jugar y que despliegue ese jugar con la cualidad de un vivir creador” (Ianni, 2019 p.30).
Debemos de extender nuestra comprensión del juego al espacio virtual, para poder seguir jugando con ellos, para que los acompañemos en su imaginación, para poder vincularnos y para poder ayudarlos a elaborar su mundo interno. Quizá si logramos esto, algún día logremos escuchar el ruido de la caída del jenga aunque sea a través de un videojuego y es ahí en donde el ruido nos recordará que lo estamos haciendo bien.
Al principio del escrito les dije que si pensamos en un juego ahora, cada uno de nosotros daría una respuesta distinta, y quizás las nuevas generaciones pensarían en juegos innovadores, algunos que ni sabiamos que existian y rescato esto con una sola intención: no importa qué juego piense cada uno, lo que importa es qué hacemos con ese juego, cómo acompañamos, cómo nos vinculamos y cómo nos convertimos en ese jugador que ayuda, escucha y comprende.
Bibliografía
- Anton, M. (2014). Jugar es una forma de libertad. Psicoanálisis con niños. Perspectivas en Psicología: Revista de Psicología y Ciencias Afines, 11, 100–104.
- Ferreira dos Santos, S. (2018). Psicoanálisis y videojuegos: ¿final del juego? Psicoanálisis: Ayer y Hoy, (17). Recuperado de https://www.elpsicoanalisis.org.ar/nota/psicoanalisis-y-videojuegos-final-del-juego-silvina-fe rreira-dos-santos/
- Freud, S. (1908). El creador literario y el fantaseo. En Obras completas (Tomo IX, pp. 131–143). Buenos Aires: Amorrortu.
- Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. En Obras completas (Tomo XVIII, pp. 1–64). Buenos Aires: Amorrortu.
- Ianni, G. (2019). ¿Play o Game? Del juego simbólico a los videojuegos: Reflexiones clínicas. En Clave Psicoanalítica, (14), 18–31.
- Klein, M. (1930). La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo. En Amor, culpa y reparación (Tomo I, pp. 224–237). Buenos Aires: Paidós.
- Klein, M. (2008). El psicoanálisis de niños (Trad. al español: 2ª ed.). México: Paidós Mexicana.
- Retamal, D. (s.f.). El juego online: un fenómeno transicional. Universidad Católica Silva Henríquez.
- Winnicott, D. (1972). Realidad y juego. Barcelona: Gedisa.
- Imagen: Pexels/Marcelo Borelli


















