Cuentos inconclusos de la Tierra Media y lo inconsciente: la fantasía como puente narrativo de la literatura al psicoanálisis

Por: Hugo Sánchez

Sigmund Freud publicaría en 1900 un libro con el que daría inicio formal a sus nuevos descubrimientos sobre las profundidades de la mente: La interpretación de los sueños. Tras años de investigación logró condensar en esta obra el fruto de su incansable labor. Un libro que dejaría una huella indeleble en el pensamiento moderno y aunque su autor debió atravesar innumerables críticas, con esto daría oportunidad de que los sufrimientos neuróticos de la época encontrasen un espacio donde ser narrados y vivenciados.

Los años anteriores a esta publicación, Freud acompañado por Breuer, buscaban una forma de dar respuesta a afecciones que regularmente eran despreciadas por los médicos y para esto, optaría por dar voz a los testimonios de sus pacientes y sus padecimientos “tomando un camino contrario a las descripciones frías y aderezadas de términos técnicos, que tanto gustaban a los médicos, preferían relatos novelescos deseosos de cautivar la imaginación, y se aventuraban a penetrar de manera literaria en la geografía íntima de las ignominias familiares de su época para tornar vivos e insólitos los dramas cotidianos de una locura privada disimulada bajo las apariencias de las más grandes normalidades” (Roudinesco, 2014).

Freud, entonces, no solo es el fundador del psicoanálisis sino también un narrador de lo invisible y el creador de un mundo psíquico expandido. El análisis puede no sólo definirse como una técnica interpretativa, sino como una experiencia de creación de relatos compartidos: una escena viva donde se dramatiza y se transforma el inconsciente. En este universo psíquico, lo inconsciente rara vez se presenta como un relato cerrado o acabado; por el contrario, su naturaleza es inherentemente inconclusa, en constante desarrollo y búsqueda de un espacio donde pueda ser narrado o resignificado.

Desde un género literario distinto, Tolkien creó un universo donde el mundo surge a partir de una fantasía co-creada. En su mito fundacional Ainulindale o La Música de los Ainur, dentro de los cuentos que componen El Silmarillion (1977): describe como Eru Ilúvatar y los Ainur, crean un mundo a partir de la música: “Entonces las voces de los Ainur, como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos, y como de coros incontables que cantan con palabras, empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música; y un sonido se elevó de innumerables melodías alternadas, entretejidas en una armonía que iba más allá del oído hasta las profundidades y las alturas, rebosando los espacios de la morada de Ilúvatar; y al fin la música y el eco de la música desbordaron volcándose en el Vacío, y ya no hubo vacío.” (Tolkien, 1977). En esta narrativa aún la discordancia, como la introducida por Melkor, está puesta con el fin de crear.

Si en Tolkien el mundo es hecho con música, para Freud el mundo interno se narra y construye a través de pulsiones (de vida y muerte), conflictos y fantasías. Freud describe las tensiones del alma desde una óptica clínica y literaria, mientras que Tolkien las representa desde lo mítico y lo fantástico. Sin embargo, ambos coinciden en que el conflicto interno necesita formas simbólicas para ser comprendido: el primero lo hace a través de la teoría del inconsciente y el método analítico; el segundo, mediante mitos, cuentos de hadas y lenguajes. Ambos, en última instancia, dan lugar a mundos posibles donde los dramas humanos pueden representarse, pensarse y, tal vez, transformarse, y el relato –sea mítico o clínico– opera como un continente para el caos. Precisamente en este punto donde la fantasía se erige como un vehículo esencial para la simbolización y la elaboración, cobra relevancia la profunda incidencia de los cuentos de hadas.

El poder de los cuentos de hadas (fantasía)

Los cuentos de hadas según lo explica Tolkien en 1964, “no son relatos sobre hadas o elfos, sino relatos sobre el País de las Hadas, es decir, sobre Fantasía, la región o el reino en el que las hadas tienen su existencia”. A su vez, sobre fantasía explica que ésta “cuenta con muchas más cosas que elfos y hadas, con más incluso que enanos, brujas, gnomos, gigantes o dragones: cuenta con mares, con el sol, la luna y el cielo; con la tierra y todo cuanto ella contiene: arboles y pajaros, agua y piedra, vino y pan, y nosotros mismos, los hombres mortales, cuando quedamos hechizados” (Tolkien, 1964).

Es a través de la fantasía por la que se accede a lo que él llama un “mundo secundario” donde la coherencia interna del universo ficcional permite al lector experimentar realidades alternativas. Es en ese espacio donde se produce lo que define como “consuelo y eucatástrofe o la buena catástrofe: que significa ese giro inesperado hacia lo esperanzador que permite vislumbrar una salida incluso en el abismo” (Tolkien, 1964). El autor también sostiene que los cuentos de hadas no son sólo cuentos para niños, sino también para adultos.

Mientras tanto Laplanche y Pontalis describen fantasía como “un guión imaginario en el que se halla presente el sujeto, y que representa, en forma más o menos deformada por los procesos defensivos, la realización de un deseo, y en último término, de un deseo inconsciente” (Laplanche & Pontalis, 1967). Esta formulación nos llevaría a la posibilidad de vincular los conceptos de guión imaginario y mundo secundario cuya consistencia implica la presencia del sujeto dentro de un terreno que se crea en un espacio ficticio.

Por su parte, Bruno Bettelheim sostiene que de los cuentos de hadas “se puede aprender mucho más sobre los problemas internos de los seres humanos, y sobre las soluciones correctas a sus dificultades en cualquier sociedad, que a partir de otro tipo de historias al alcance de la comprensión del niño” (Bettelheim, 1976). Y que el cuento de hadas “transmite a los niños, de diversas maneras: que la lucha contra las serias dificultades de la vida es inevitable, es parte intrínseca de la existencia humana; pero si uno no huye, sino que se enfrenta a las privaciones inesperadas y a menudo injustas, llega a dominar todos los obstáculos alzándose, al fin, victorioso” (Bettelheim, 1976).

Estos autores coinciden, desde sus propios mundos, en que la fantasía cumple una función vital: dar forma a lo informe cuya fuente puede ser interna y que, lejos de ser una forma de evasión pasiva, es una herramienta activa de comprensión de diferentes mundos: interno y externo. Es por ello que Tolkien defiende con convicción el valor profundo de los cuentos de fantasía. Para él, estas historias “no son simples relatos para niños, sino una forma literaria que permite explorar lo maravilloso, lo imposible, lo temido y lo deseado. El cuento de hadas en su forma más pura […] es una manifestación de fantasía, no meramente como una técnica, sino como un principio vital” (Tolkien, 1964).

Los cuentos, entonces, no nos alejan de la realidad; nos conducen a través de ella. No la niegan, la transforman. Y en ese tránsito—narrativo, simbólico, clínico—se abre la posibilidad de una experiencia subjetiva nueva. En los cuentos, como en análisis, el paciente no solo narra una historia: se encuentra en ella.

Narrar lo inconsciente

Tanto Tolkien como Freud crean mundos en constante conflicto. Y en ambos casos el lector o analista no son simplemente un espectador externo, sino alguien que se ve implicado emocionalmente en la escena. Así como en la lectura, en el espacio analítico hay una co-participación, una resonancia simbólica que transforma a quien lee y escucha. El lector de Tolkien entra en la Tierra Media con sus temores, esperanzas y deseos, así como el analista entra en el espacio analítico con la apertura a escuchar historias inconclusas impregnadas, casi siempre, de fantasía. El relato, entonces, se vuelve una narrativa compartida: uno se encuentra en la historia y ocupa un lugar en ella.

A propósito de esto Antonino Ferro, en su libro Psicoanálisis como Literatura y Terapia postula que la narrativa sería “una forma de estar en la sesión mediante la cual el analista comparte con el paciente una «construcción de un significado», donde el diálogo es la base. Es como si analista y paciente construyeran juntos un drama dentro del cual las diversas tramas aumentan en complejidad, se entrecruzan y se desarrollan, de maneras impredecibles e incluso impensables para los dos co-narradores” (traducido de la versión en inglés por mi, Ferro, A. 1999). Esta teoría desplaza el foco desde el análisis del aparato psíquico individual hacia una perspectiva relacional y narrativa. Aquí, lo inconsciente no es solo lo reprimido en un sujeto aislado, sino una dimensión co-creada entre analista y paciente, un “campo intersubjetivo” donde los elementos de ambos se entrelazan en una atmósfera emocional compartida.

Aquí el campo “se convierte en el lugar donde ocurren por primera vez hechos mentales sin precedentes y la historia contada es el contenedor mismo del sufrimiento psíquico y, a través de la co-narración, se convierte en una experiencia emocional compartida” (Ferro, 1999). En este contexto, las historias contadas en sesión (sueños, fantasías, recuerdos, etc.) no solo tienen valor por su contenido, sino como personajes que permiten pensar, simbolizar e imaginar. Y así, lo inconcluso y perturbador encuentra una vía de expresión, de continuidad y de pensamiento compartido.

Ferro retoma propuestas de otros autores quienes sugieren formas de comprender la narración: “puede tratarse de las historias que los pacientes relatan sobre su romance familiar o mundo interno; de las intervenciones del analista que expanden hacia lo mítico en el caso de Bion; de interpretaciones narrativas que, en lugar de cerrar sentidos, los expanden; del uso de obras o mitos con fines ilustrativos —como hiciera Freud con Tótem y Tabú—; o bien de la construcción de una verdad narrativa en palabras de Spence, en contraste con una verdad histórica incognoscible” (Ferro, 1999).

La narrativa cobra aquí una potencia clínica: no se trata de buscar la verdad histórica del pasado, sino de crear una verdad emocional en el presente del encuentro analítico. Tal como señala Ferro: “la tarea del analista no es tanto interpretar como narrar junto con el paciente, construir juntos un cuento capaz de contener y metabolizar el dolor psíquico” (Ferro, 1999).

Esta perspectiva se inspira directamente en el pensamiento de Wilfred Bion, quien subraya la importancia de la función alfa como proceso de transformación emocional. “El pensamiento es el resultado de una digestión emocional, una manera de transformar las impresiones sensoriales y emocionales en algo que puede ser pensado” (Bion, 1962). Desde esta óptica, lo traumático no simbolizado puede ser albergado por el aparato psíquico del analista, transformado y devuelto en una forma pensable. Es decir, la narrativa analítica cumple una función análoga a la función alfa: permite metabolizar lo que de otro modo quedaría como caos psíquico.

Podemos ilustrar esta dinámica a través de dos figuras contrastantes del legendarium de Tolkien: Frodo y Túrin. Ambos, con sus respectivas historias y sus recorridos divergentes permiten pensar el modo en que el sufrimiento puede (o no) ser metabolizado en un campo relacional.

En el caso de Frodo, su travesía a lo largo de El Señor de los Anillos (Tolkien, 1954) se convierte en una experiencia transformadora, profundamente compartida con La Comunidad y especialmente con Sam. La presencia constante de Sam funciona como contenedor emocional, lo que permite que el dolor de Frodo no se cristalice en forma de desesperanza. Tras completar su misión, aunque herido espiritualmente, Frodo logra simbolizar su experiencia primero escribiéndola y después elaborándola a través de su viaje a las Tierras Imperecederas: “me hirieron con una herida que nunca sanará del todo” (Tolkien, 1954).

En contraste, Túrin, personaje trágico del cuento Los hijos de Húrin escrito por Tolkien en 1980, representa el polo opuesto: un sujeto atrapado en la repetición del sufrimiento. Aislado, confundido por una maldición, se ve conducido a un destino trágico. Este sin saberlo, se une en matrimonio con su hermana y cuando por fin lo descubre, decide dar fin a su vida, cada senda de su camino, cada elección lo iban acercando a ese destino maldito y aunque muchas veces tuvo oportunidad de tomar otro rumbo estaba cegado por el temor impensable e intolerable y acaba por fin volviendo acto aquello que nunca pudo poner en palabras. “Entonces Túrin aseguro la empuñadura de su espada en el suelo, y se arrojó sobre la punta de Gurthang, y la hoja negra le quitó la vida” (Tolkien, 1980).

En términos de la teoría del campo, existe una posibilidad de co-narrar y dar forma al dolor: Frodo vive su travesía para destruir el anillo como una derrota, una falla que deja heridas invisibles y que durante mucho tiempo sufre, pero encuentra en la escritura de su historia una posibilidad narrar y compartir su experiencia; mientras que Túrin encarna la soledad psíquica donde el relato no puede ser elaborado y se ve atrapado en su propia historia, a lo que llama maldición. Su relato es una muestra de cómo el trauma, sin una narrativa compartida, puede conducir a la clausura psíquica y la destrucción.

Podemos pensar entonces la clínica como un cuento de hadas: una travesía simbólica, cargada de imágenes, transformaciones, pruebas, pérdidas y hallazgos. En la teoría del campo, el relato no es un suplemento al tratamiento, es su condición misma. En este punto, es posible trazar una analogía entre la eucatástrofe en la narrativa de Tolkien y el efecto transformador de una interpretación en psicoanálisis.

Tolkien define la eucatástrofe como “el súbito giro feliz en una historia, una irrupción inesperada de sentido que no elimina el dolor previo, pero lo resignifica” (Tolkien 1964). Del mismo modo, en el proceso analítico, una interpretación puede operar como una irrupción transformadora que produce una conmoción psíquica otorgando una formación simbólica capaz de ser pensada.

Bion advierte que “la interpretación no tiene valor si no produce una modificación emocional en el paciente” (Bion, 1962). Esta modificación puede llegar de forma inesperada, como una irrupción simbólica en medio del caos, que reorganiza el campo emocional. Christopher Bollas también sugiere que ésta produce efectos que exceden lo comprensible: “Una interpretación significativa puede actuar como un evento transformacional, que reorganiza el self desde su interior más primario” (Bollas, 1987). En palabras de Ogden, esta transformación se da en el seno del tercero analítico, donde “una interpretación significativa resuena no solo en el paciente, sino en el campo mismo que ambos habitan” (Ogden, 1994). Así como la eucatástrofe conmueve al lector y le da una esperanza insospechada, la interpretación analítica abre un nuevo horizonte emocional: no es un final feliz, sino una nueva forma de existencia simbólica.

Conclusiones

Desde los cuentos de hadas hasta la exploración del inconsciente, la fantasía ha sido comprendida no sólo como una forma de expresión, sino como un dispositivo para simbolizar lo informe, imaginar lo impensado y metabolizar el dolor, así como una tierra intermedia.

Siguiendo la estela abierta por Freud, la fantasía no fue tratada como una evasión, sino como una vía regia al conocimiento de un mundo secundario, repleto de conflictos y escenas inconclusas del psiquismo. Freud inauguró una teoría donde lo reprimido, lo olvidado y lo infantil pueden hallar expresión simbólica a través de la palabra. La noción de transferencia fue clave en este descubrimiento, ya que permitió comprender que los afectos del pasado se reviven en el presente de la relación analítica. Como él escribió: “La transferencia crea una situación totalmente real, no una mera ilusión del paciente; consiste en el hecho de que ciertos afectos son revividos no como recuerdos, sino como vivencias reales” (Freud, 1912). Christopher Bollas retoma esta idea y afirma que “con su descubrimiento del psicoanálisis, Freud creó una situación en que, presentes ahora, y operantes las facultades mentales adultas de la persona, el individuo puede por vez primera experimentar elementos de vida psíquica que no habían sido pensados con anterioridad” (Bollas, 1987).

Lo inconcluso no remite solo a un final que no ha llegado, sino a una potencialidad en espera. En ese sentido, la fantasía, lejos de ser un escape, es una vía de elaboración y una herramienta para acceder a las diversas narrativas o personajes presentes en la vida mental de cada paciente. La estructura inconclusa de muchos cuentos de Tolkien resuena con este estatuto psíquico: no se trata de cerrar el relato, sino de abrir la posibilidad de que algo pueda ser dicho, soñado o figurado por quien lo recibe.

Los cuentos, como los relatos analíticos, no buscan cerrar un final, sino abrir un espacio de resonancia. En ellos se crea no solo la posibilidad de contar nuevas historias, sino también la de crear nuevas subjetividades. Y es quizás en ese punto —donde lo literario y lo psicoanalítico se cruzan— que la fantasía narrada se revela como un lenguaje privilegiado para decir lo que aún no ha sido dicho. Como señala Ferro, la narración compartida “permite simbolizar lo que de otro modo quedaría en bruto, sin forma ni pensamiento” (Ferro, 2002), y es desde ahí que emerge el verdadero trabajo analítico.

Mientras tanto, a título personal, el integrar elementos de la literatura —usando a Tolkien en este caso— con un trabajo teórico, representa un intento de transición desde un lugar donde la fantasía es una tierra media para recibir la teoría. Aunque se trata de creaciones de distinta naturaleza, esta articulación me ha permitido un tránsito gradual, una especie de puente que conduce a nuevos descubrimientos, a través de experiencias previas en diálogo con lo nuevo que implica una formación psicoanalítica.

Finalmente, este trabajo no pretende ofrecer una conclusión definitiva, sino, en consonancia con su título, permanecer como un cuento inconcluso. Uno que deja abiertas las puertas a los múltiples terrenos que aún quedan por explorar entre la fantasía, lo inconsciente y un campo o tierra media por la cual transitar.

Bibliografía

  • Bettelheim, B. (1976). Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Biblioteca de Bolsillo.
  • Bion, W. R. (1962). Aprendiendo de la experiencia. Ediciones Paidós.
  • Bollas, C. (1987). La Sombra del Objeto. Psicoanálisis de los Sabido no Pensado. Amorrortu.
  • Ferro, A. (1999) Psychoanalysis as Therapy and Storytelling. The New Library of Psychoanalysis.
  • Ferro, A. (2009). Transformaciones en el Sueño y Personajes en el Campo Analítico. Trabajos publicados en el congreso internacional de Chicago.
  • Freud, S. (1899). La Interpretación de los Sueños. Alianza Editorial.
  • Freud, S. (1912). Sobre la Dinámica de Transferencia. Obras Completas, XII. Amorrortu.
  • Ogden, T. (1994). El tercero analítico: el trabajo con hechos clínicos intersubjetivos. Revista de Psicoanálisis de la Asoc. Psic. de Madrid. 71.
  • Roudinesco, E. (2014). Sigmund Freud: En su tiempo y el nuestro. Debolsillo.
  • Tolkien, J. R. R. (1954). El Señor de los Anillos. Minotauro.
  • Tolkien, J. R. R. (1954). El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey (Apéndices). Minotauro.
  • Tolkien, J. R. R. (1964). Sobre los cuentos de hadas. En Árbol y Hoja. Minotauro.
  • Tolkien, J. R. R. (1977). El Silmarillion. Minotauro.
  • Tolkien, J. R. R. (1980). Los hijos de Húrin. En Cuentos Inconclusos de la Tierra Media y Númenor. Minotauro.
  • Imagen: Pexels/Matej

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