Por: Liliana Portales
A pesar de que en nuestra práctica como psicoanalistas se pone el acento sobre la individualidad y subjetividad del paciente, no podemos dejar a un lado el ámbito social en el que el paciente, y nosotros mismos, nos encontramos sumergidos. La sesión analítica llega a tener la sensación de que en ese momento solamente es el encuentro entre dos personas y el mundo externo se pone en pausa. Por supuesto que sabemos que no es así y que va mucho más allá, es por ello que en esta ocasión me gustaría abordar un tema que observo de forma recurrente tanto en la práctica clínica como en lo social; la regresión en la modernidad. Vivimos en una era con avances tecnológicos inimaginables, época donde el acceso a la información es basto, existen movimientos progresistas y a la vez pareciera que hemos retrocedido en algunos aspectos como sociedad. Una sociedad donde hay un predominio de una conducta un tanto infantil.
Me percato de la compulsión por que todo sea positivo, perfecto, frases paliativas ante la angustia y el dolor como el “haz lo que te dé paz”, “todo pasa por algo”, “vibrar alto”; un sinfín de “consuelos” inmediatos. Una compulsión por el hacer para no sentir, una evasión de lo negativo, desechar lo dañado, intolerancia a lo incómodo, inmediatez, anestesiar emociones, enaltecer emociones, rechazo al envejecimiento, anhelar el vínculo, pero rechazar la dependencia; buscar a toda costa el placer sin asumir la frustración. En la clínica lo podemos observar en pacientes que llegan con una expectativa de resolver su motivo de consulta en un tiempo breve, en racionalizar el dolor y no sentirlo: una cura rápida y eficaz sin incomodidad. En lo social lo observo en personas que de manera compulsiva evaden su realidad sumergiéndose en el trabajo, permaneciendo ocupados de forma excesiva, o su contraparte: enfocados en el placer.
El título de mi trabajo pretende ilustrar la aproximación que se tiene ante el conflicto en la actualidad. Por supuesto que hablo de una generalidad y no de una totalidad, ya que no todas las personas actúan de dicho modo pero por temas de practicidad hablaré desde aquello que predomina hoy en día en nuestra sociedad. Pareciera que, ante los desafíos de la vida, el adulto contemporáneo ha optado por reaccionar de una forma un tanto infantil con intolerancia a la frustración, urgencia por lo inmediato, infantilismo al buscar responsabilizar a otro, negando pérdidas desde una postura un tanto maniaca, dejándose regir por el principio del placer y donde el narcisismo ha reinado. Vivimos en una era que va a mil por hora y pareciera complicado poder mantener el paso como personas, tal vez ante este rápido avance exista un malestar de trasfondo ante el cual se adopten mecanismos defensivos para poder lidiar con la angustia que conlleva el cambio.
Gilles Lipovetsky es un filósofo francés, quien en su libro “La era del vacío” ilustra la problemática de la sociedad postmoderna. A pesar de haber sido publicado en 1983 y basado en el siglo XX, varias de sus críticas siguen siendo vigentes en la era actual, lo cual da cabida al cuestionamiento que plantea Teresa Sánchez en su artículo Cambios en la escucha psicoanalítica de los trastornos ligados a la hipermodernidad, donde cuestiona que “los nuevos ropajes de la enfermedad no nos deberían de distraer de remitirnos a ese fondo de estanque universal de angustia […] pero tampoco impedirnos personalizar la concreción singular del malestar.” (2017). También describe que estos “ropajes” fungen para que el síntoma pueda cumplir su función de compromiso y mantener lo inconsciente salvaguardado. (Sánchez, 2017). Es importante ser conscientes del entorno social, histórico y económico en el que nos encontramos para poder comprender ciertos desafíos ante los cuales se pueden afrontar nuestros pacientes y nosotros mismos.
Me gustaría primero hacer un bosquejo sobre las problemáticas de nuestra sociedad antes de abordarlas desde una óptica psicoanalítica. Dentro de los puntos que Lipovetsky explora, plantea que la sociedad postmoderna se deja regir por el hedonismo, donde la invitación al placer es el mensaje constante. El esfuerzo y lo estándar es reemplazado por el relajamiento y el goce. (Lipovetsky, 1983. P. 21). Como diría Lipovetsky “el esfuerzo ya no está de moda” (1983, p.56). Una era donde predomina la superficialidad, el narcisismo, la apatía, una hipersexualidad carente de vínculos afectivos, rechazo al envejecimiento, frustración desmesurada ante el menor conflicto; donde la angustia se intenta reprimir, pero se desborda. El autor utiliza el término “bunker de indiferencia” (Lipovetsky, 1983. P. 77) para ilustrar la general apatía que puede haber. Explica que en ocasiones la sensación de vacío es ocasionada por la incapacidad de sentir y conectar con otro. (p.76).
Por otro lado, dicha apatía es generada por un exceso de opciones, lo cual aturde al sujeto y ha generado que se pierda la capacidad de asombro. Un ejemplo que puede ilustrar esto es la cantidad de opciones que hay hoy en día del streaming en la televisión, y cada una de ellas repletas de contenido. La escena clásica de tardarse una hora en decidir qué ver para finalmente estar viendo el celular mientras pasa la opción elegida. “De ello proviene la indiferencia posmoderna, indiferencia por exceso, no por defecto, por hipersolicitación, no por privación.” (Lipovetsky, 1983.p. 39). A su vez, el exceso de acontecimientos y novedades en parte ha generado una falta en la capacidad de asombro. El acontecimiento es olvidado de manera rápida y se queda a la espera de uno más espectacular. (Lipovetsky, 1983.p.40).
Esta apatía permea en las relaciones interpersonales, donde predomina la tendencia a proyectar una apariencia “cool”, indiferente y distante. “Un estado de indiferencia, de desapego, no sólo para protegerse de las decepciones amorosas, sino para protegerse de los propios impulsos que amenazan el equilibrio interior.” (Lipovetsky, 1983, p. 76). Personas que buscan experiencias intensas y llenas de aventura, pero manteniendo al margen sus emociones. Observamos con frecuencia relaciones carentes de compromiso, con temor a ser vulnerables ante otro, relaciones donde se busca obtener una gratificación, pero donde no se está dispuesto a dar. Esto me lleva al siguiente punto: el narcisismo en la actualidad. El filósofo francés explica que hay una tendencia a buscar “experiencias emocionales fuertes” pero resulta prácticamente imposible cuando se está tan ensimismado y la relación con el otro se establece desde lo utilitario y con una premisa de autoerotismo. Otto Fenichel (2009. p.106) afirma que se puede hablar de un amor genuino cuando no solamente se busca la satisfacción propia, sino que esta no se logra si no se satisface también al objeto. “En el narcisismo primario existe el amor a sí mismo en lugar del amor objetal.” (Fenichel, 2009.p.106). Lipovetsky habla sobre una inversión narcisista del cuerpo, donde se deposita la angustia de envejecer y la obsesión por la apariencia física “la necesidad permanente de ser valorado y admirado por la belleza, el encanto, la celebridad hacen la perspectiva de la vejez intolerable.” (Lipovetsky, 1983.p.60). La angustia por ser eternamente joven y la obsesión por el atractivo físico desencadena en una sobre investidura de uno mismo, en especial sobre el cuerpo. Reconciliarse con la idea de la pérdida de la juventud parece imposible hoy en día.
La sociedad actual es una que a toda costa intenta mantener al margen la tristeza, el vacío y la sensación de pérdida. Las defensas maniacas entran en juego para lograr esta huida y son comunes como reacción inicial ante una pérdida, ya que resulta abrumador para el yo, pero idealmente cuando bajan las angustias se contacta con lo doloroso para poder darle cabida a la elaboración del duelo y finalmente a la reparación. (Segal, 2008. p. 85). En ocasiones las defensas maniacas entran en juego ya que la persona no es capaz de reconocer la dependencia hacia el objeto. Me parece que vivimos en una época donde se anhela vincularse, pero se huye de la cercanía e intimidad. En la clínica veo como hay una tendencia a llenar el vacío de la pérdida, sin percatarse que lejos de llenarlo se amplía. Personas recurren a distintos medios para lograr esto. Hay quienes se sumergen en el trabajo, otros en eventos sociales, anestesiar con fármacos o evadir con alcohol o drogas. Hace poco escuchaba a una persona decir que después de un fin de semana de fiesta intensa, el “domingo de bajón” era lo peor, pero que nada que unas gotas de Rivotril no pudieran solucionar; una evasión sobre otra. Por un lado, se busca evadir una realidad y posteriormente se busca anestesiar la sensación de vacío. Fenichel describe que existe una omnipotencia narcisista primaria donde la persona vive las cosas de manera intensificada. (2009.p.458). Del lado contrario, Sánchez aborda la problemática presente donde hay un mundo “hipermedicalizado” el cual aspira a una “anestésica felicidad” (Sánchez, 2017). El consumo de drogas tanto legales como ilegales ha incrementado de manera exponencial. “Se puede y se debe vivir sin dolor o sufrimiento psíquico. La intolerancia al dolor mental inicia una espiral de demandas asistenciales que nos vemos apremiados a atender.” (Sánchez, 2017). Es importante considerar que, en ocasiones, estas defensas operarán en nuestra contra en el análisis del paciente, ya que “esas defensas atacarán al objetivo de la cura, tratando de paralizar al analista”. (Kristeva, 2004 p. 72).
Esta predominancia de la manía en la actualidad tiene que ver con la necesidad de evadir lo doloroso. La omnipotencia juega un rol fundamental ya que sin ella no se podría tener la sensación de triunfo, control y desdén sobre el objeto. “Estos sentimientos corresponden directamente con sentimientos depresivos de valorar al objeto y depender de él, con el miedo a la pérdida y la culpa.” (Segal, 2008.p.86). Hilando el narcisismo dentro de lo maniaco, retomo un planteamiento por Fenichel que ejemplifica esto: “La aparente hipergenitalidad del maniaco típico tiene un carácter oral y tiende a la incorporación de toda la gente. […] El paciente se halla hambriento de nuevos objetos, pero al mismo tiempo se desembaraza de ellos con toda rapidez y los descarta sin escrúpulo alguno.” (2009.p. 458). Podemos observar esto en personas que pareciera que cazan vínculos de manera compulsiva pero que buscan ese encuentro con otro desde lo propio y de una forma utilitaria.
Es importante mencionar la predominancia de rasgos orales derivados posiblemente de una fijación o de la regresión anteriormente mencionada, pero también me parece que en parte nuestro contexto sociocultural, político y económico promueven esta voracidad donde todo invita al consumismo. Lo observamos en una voracidad por la ambición, compras compulsivas, comedores compulsivos, hipergenitalidad; se evalúa en términos de cantidad y no calidad y donde la cantidad no satisface. Si bien es cierto que el entorno lo promueve, habrá quienes sean más propensos a caer en dicha dinámica por cuestiones personales. Empleo el término de voracidad porque es aquello que no conoce los límites, un vacío que mientras más se intenta llenar más grande se vuelve y donde el mundo interno se vive más empobrecido.
Otra evasión que observamos de forma recurrente es el trabajo en exceso. Personas que atiborran su agenda de actividades para mantenerse ocupadas y no contactar con el mundo interno. En ocasiones dicha conducta no solamente pasa desapercibida, sino que el entorno la premia como algo positivo. Esto eventualmente generará repercusiones considerables, ya que ¿se puede huir de uno mismo eternamente? Klein en su artículo “Sobre la salud mental” plantea que la gente mentalmente sana no depende meramente del éxito externo para su felicidad. A continuación, me gustaría incluir un fragmento de este artículo que me parece que logra esbozar el por qué la dependencia a esta validación externa puede tener un efecto nocivo:
La salud mental no es compatible con la superficialidad, puesto que ésta se vincula con la renegación del conflicto interior y de las dificultades externas. Se utiliza la renegación de manera excesiva porque el yo no es suficientemente fuerte para tolerar el dolor. Aunque en ocasiones la renegación pueda formar parte de una personalidad normal, si es predominante lleva a la superficialidad, pues impide la comprensión de la vida interior […]
La inseguridad que subyace a una renegación intensa también es causa de la falta de confianza en sí mismo, porque inconscientemente una comprensión insuficiente da como resultado el desconocimiento de partes de la personalidad. El hecho de volcarse en el mundo externo es un escape de dicha inseguridad. (Klein, 1960.p.274).
Este planteamiento ilustra la importancia de la integración. Las personas no se percatan que, para poder alcanzar aquella anhelada felicidad, se deben afrontar las emociones negativas y no renegar el conflicto.
Por otro lado, hay un bombardeo de mensajes en redes sociales, pláticas coloquiales sobre la importancia de la salud mental y del awareness. Es importante resaltar que ha habido un mayor conocimiento y propagación de información sobre la psicología, salud mental y la importancia de buscar ayuda de profesionales, pero en ocasiones pareciera que este awareness termina siendo igual de falso que otros discursos. Personas que creen que solamente con leer un post inspiracional, decretar al universo, vomitar sus emociones sin elaboración, etc. están trabajando en su salud mental. Lipovestky (1983, p.21) planeta que hay un rechazo hacia el psicoanálisis ya que se considera demasiado “intelectualista” y no ofrece una solución inmediata como otras corrientes. No descarto la efectividad de otras corrientes terapéuticas, pero lo que llama la atención es el motivo de rechazo. Por lo general escuchamos que la queja va dirigida hacia la duración del tratamiento y el esfuerzo que conlleva; las personas buscan hacer cambios radicales en sus vidas con el menor esfuerzo y sin atravesar lo doloroso. Pareciera que la evasión lleva un disfraz de pseudo elaboración. “La sociedad hedonista sólo engendra a nivel superficial la tolerancia y la indulgencia, en realidad, jamás la ansiedad, la incertidumbre, la frustración alcanzaron estos niveles.” (Lipovetsky, 1983. p. 73).
Me gustaría retomar algunos puntos que plantea Klein, ya que ilustran por qué la sociedad actual pareciera tener mayor conocimiento sobre la salud mental, pero a su vez más conflictuada en cómo lograrla. “El equilibrio no significa evitar conflictos; implica la fuerza para tolerar emociones dolorosas y poder manejarlas. Si disociamos excesivamente las emociones dolorosas, restringimos la personalidad y provocamos inhibiciones variadas.” (Klein, 1960. p.274). Me parece que en esta afirmación logra aterrizar de manera general el por qué tanta gente hoy en día padece de un gran malestar que se evade. Se rechazan la tristeza la angustia y el enojo. Por un lado, el rechazar estas emociones no permite dar lugar a procesos fundamentales para la salud mental como lo son la elaboración, integración y reparación para así poder construir relaciones de objeto totales. Actualmente existe una tendencia a una escisión en las relaciones de objeto, lo cual indica un predominio en una forma de relacionarse de forma parcial. Se tiende a enaltecer los aspectos positivos y aislar o anular lo negativo. En la medida en que el sujeto sea capaz de integrar estos aspectos, podrá acceder a la vivencia de las emociones positivas. Cuando por determinada razón se reprimen las emociones dolorosas y se evade contactar con el mundo interno, de igual forma se imposibilita la vivencia de emociones placenteras: la represión agarra parejo.
Me gustaría abordar el rol como analistas que podemos ejercer en esta dinámica. Sería utópico y omnipotente de nuestra parte pensar que podemos cambiar los desafíos que presenta la sociedad moderna, pero creo que podemos hacer una contribución no solamente desde nuestra escucha, sino también como individuos. Sánchez hace un planteamiento que me parece crucial, y es que afirma que los analistas deberían de igual forma estudiar temas de sociología, filosofía, cultura contemporánea, etc. (2017). “Portan un cultivo a nuestro aparato mental, único cincel de nuestro trabajo, sin cuya afinación será una soberbia temeridad sentarnos en el sillón a escuchar las aflicciones de nuestros pacientes.” (Sánchez, 2017). A final de cuentas, nosotros también formamos parte de los cambios sociales y de cierta manera tienen un impacto en nosotros mismos. Lo ideal es que el analista sea consciente de ellos y probablemente le afectarán de distinto modo que a sus pacientes, pero no es ajeno a ese contexto. (Sánchez, 2017). Un desafío que la autora piensa que los analistas actuales presentan es la aceleración en el preconsciente del analista de tener que resolver el malestar del paciente de forma rápida si no es que inmediata. “El furor sanandi es enemigo poderoso de los terapeutas contemporáneos porque obstruye su escucha.” (Sánchez, 2017). La autora a su vez afirma que es común que los terapeutas se sientan abrumados y desorientados ante los pacientes hoy en día, aunque pienso que probablemente los desafíos sean diferentes, nunca serán nulos, simplemente es estar conscientes de ellos y evaluar el rol que juegan en nuestra práctica clínica y en nuestra vida personal. Si bien creo que es crucial observar cómo los pacientes se desenvuelven en esta conflictiva social, también me parece que como analistas estamos obligados a ser conscientes del contexto que nos rodea, el impacto que tiene en nosotros y de nuestras propias limitaciones.
Bibliografía
- Fenichel, O. (2009). Teoría psicoanalítica de las neurosis. Paidós.
- Klein, M. (1975). Obras completas Melanie Klein: Envidia y gratitud y otros trabajos. Paidos.
- Kristeva, Julia. (2000). Un Genio Femenino: Melanie Klein. Buenos Aires. Paidós. pp. 70-75.
- Lipovetsky, G. (1983). La era del vacío. Anagrama.
- Segal, H. (2008). Introducción a la obra de Melanie Klein. Paidós.
- Sánchez, T. (2017, Noviembre). Cambios en la escucha psicoanalítica de los trastornos ligados a la hipermodernidad. Aperturas psicoanalíticas. Recuperado el 27 de agosto, 2022, en: http://www.aperturas.org/articulo.php?articulo=998
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