Por: Paula Lerma
El presente trabajo es el resultado de distintas reflexiones. Primero debemos de preguntarnos ¿qué es el sentir? ¿Qué es lo primero que viene a tu mente cuando piensas en sentir? Lo sé, es complejo; a mi parecer hay muchas maneras de pensar esto. Pero, para comenzar, ¿con qué sentimos? ¿Cuál es nuestra principal herramienta que nos ayuda a percibir el exterior? Nuestra piel.
La piel es un órgano fundamental en la vida de todo ser humano, es aquella que nos abriga, contiene, nos protege del exterior, es nuestra entrada para el dolor y el placer. A través de ella establecemos contacto con nuestro entorno y con otros objetos.
La piel
Dentro del psicoanálisis, el concepto de la piel ha sido estudiado por algunos, una de las primeras menciones al tema fue por el mismo Freud, en su escrito el Yo y el Ello en 1923 “el Yo es, ante todo, un Yo corpóreo”. Donde propone que “El Yo es sobre todo una esencia-cuerpo; no es sólo una esencia-superficie, sino, él mismo, la proyección de una superficie”. (Freud, S. 1923).
A medida que éste se desarrolla se va haciendo progresivamente más capaz de expresarse a través de procesos mentales. No olvidemos que el Yo es el que nos aporta la experiencia con lo real, el juicio de realidad con nuestro exterior.
A través del concepto del Yo-corpóreo se explica que el cuerpo y en particular la piel, además de mediar la experiencia con el exterior, es el posibilitador vital de los procesos y partes de la psique, siendo la piel nuestra base sensorio-perceptual. (Franco, 2012) Muchas veces nuestros recuerdos están ligados y se derivan de experiencias en la superficie corporal.
Varios autores que iré mencionando, han llegado a la conclusión que la piel tiene una gran influencia en el proceso de la constitución del Yo, sobre todo si lo relacionamos con el concepto de Esther Bick “piel como continente” que enfatiza la función de este órgano en permitir al bebé integrar las partes de su personalidad. El bebé necesita un objeto externo que lo mantenga unido, que le provea una experiencia de contención. Para Bick ese algo que contiene la mente del infante es lo mismo que contiene su cuerpo: la piel, la cual paulatinamente se construirá, no solo como piel orgánica, sino también como piel psíquica contenedora del Yo.
Para desarrollar la constitución del Yo, resulta indispensable introyectar la función contenedora de la madre, pues de no realizarse tal introyección, el individuo deberá desarrollar métodos sustitutivos para contenerse. (Bick, 1987)
“La piel es un espacio consolidación de un Yo en permanente cambio y construcción”. Esther Bick, 1987.
Otro autor interesado en el tema fue Didier Anzieu, un gran psicoanalista francés que desarrolló su teoría del Yo-piel en 1985 la cual nos explica las funciones de la piel, así como “(…) la instauración del Yo-piel responde a la necesidad de una envoltura narcisista y asegura el aparato psíquico la certeza y la constancia de un bienestar básico, el yo corporal puede gozar de los placeres pregenitales, y después, de los genitales. (…)”.
Dicho Yo contiene los contenidos psíquicos a partir de su experiencia de superficie del cuerpo. Esto corresponde al momento en el que el Yo psíquico se diferencia del Yo corporal en el plano operativo y pertenece poco integrado con él en el plano figurativo.
“(…) El Yo-piel encuentra su apoyo en las diversas funciones de la piel. La primera función de la piel es el saco que contiene y retiene en su interior lo bueno y lo pleno que la lactancia, los cuidados y el baño de palabras han acumulado en él. La segunda función es el límite con el afuera y lo que lo mantiene en el exterior, siendo la barrera que lo protege. La tercer función se enfoca en la boca, lugar primario de comunicación con el prójimo y de establecimiento de relaciones significantes. (…)” (Anzieu, 1985)
John Bowlby en 1969 propone el concepto de “apego” para referirse a la disposición que tiene un niño o una persona mayor al buscar proximidad y contacto con otros individuos, sobre todo bajo ciertas circunstancias percibidas como adversas. (Bowlby, 2015). Si nos ponemos a pensar en la dupla analítica el paciente busca en él dicho apego, sentir una proximidad así como compresión por éste.
¿Qué pasa cuando el paciente busca en la figura del analista una proximidad que nos despierta una sensación de rechazo?
Freud en 1919 escribe acerca de «lo ominoso» es todo aquello que se agrupa en personas, cosas, impresiones sensoriales, vivencias y situaciones, despertando en nosotros el sentimiento de lo ominoso, lo cual pertenece al orden de lo terrorífico, de lo que excita angustia y horror; y esto es lo que se despierta en la contratransferencia. Ya que surge una desestimación, el rechazo a este desvalimiento que es propio al humano, se rechaza la subjetividad y se rechaza la violencia del paciente, es por esto que se tiene que trabajar con lo doloroso, con el sufrimiento que atraviesa tanto al paciente como al analista. Es por esta razón la importancia del análisis didáctico, pero sobre todo cuando se trata de analizar pacientes que nos despiertan lo ominoso para poder separar lo que es propio del analista y lo que es propio del paciente.
Ahora bien, no debemos de olvidar que al momento del análisis, nuestra única y principal herramienta, somos nosotros mismos. Pienso, ¿ese sentir ominoso que despiertan algunos pacientes en el analista se expresa a nivel corporal? En mi experiencia con pacientes psicóticos esa angustia se siente en nuestro Yo-corpóreo, ya que si lo pensamos como un Yo contenedor, es lo que muchas veces hace la figura del analista, contener. Debe cumplir la función de un espacio contenedor, y mostrar que sus mensajes, aparentemente incompletos, pueden ser escuchados y devueltos después de haber sido procesados.
La contratransferencia
Ahora bien, ¿qué es la contratransferencia? Para poder comprenderla de manera más amplia, considero importante hacer una revisión de distintos autores.
Para comenzar, Lacan la define como la suma total de los prejuicios [préjugés], las pasiones, las dificultades [embarras] del analista, e incluso la información inadecuada que este tiene.
Los prejuicios del analista pueden ser prejuicios teóricos, que le impiden escuchar lo que el analizante tiene para decir, pues está preocupado por lo que cree que el analizante debe lograr.
Lacan afirma que la contratransferencia no es más considerada en nuestros días como siendo en su esencia, una imperfección. Lo que no quiere decir que no pueda serlo, evidentemente, pero si no permanece como imperfección, permanece por lo menos algo que le hace merecer el nombre de contratransferencia. (Lacan, 1961)
Lacan no niega la existencia de los sentimientos contratransferenciales: cualquier analista que haya atendido pacientes en su consultorio, se ha sentido atraído por un paciente o se ha enojado con él, ha compartido sus sentimientos o se ha sentido frustrado por él en algún momento.
Es por esto que Lacan reside en el hecho de que exige que los analistas dejen de lado estos sentimientos cuando interpretan o intervienen de algún otro modo en el análisis. Tales sentimientos pueden tener algún valor para los analistas en la medida en que les pueden permitir comprenderse a ellos mismos en sus propios análisis, y detectar en qué lugar el paciente está intentando colocar al analista dentro de su economía libidinal, pero no deben ser desplegados o revelados al paciente.
Uno de los textos que a mi parecer, mejor explica esta contratransferencia es Winnicott en la que podemos ver dicha imperfección, con el odio en la contratransferencia ya que explica que hay que poder estudiar y detectar los sentimientos de odio, enojo, de lo ominoso, para poder intervenir y explorar la realidad del paciente, en donde dicha realidad se torna tan subjetiva que el único que sabe sobre su realidad es el paciente.
Hay pacientes que despiertan en nosotros angustia, nos someten a sentir lo ominoso, y es por esto que resulta importante estudiar las formas en que la angustia y el odio se producen en el analista.
Ya que no se habla mucho de estos sentimientos y respuestas indeseables que surgen en el análisis con este tipo de pacientes.
Wilfred Bion (1967) explica a la memoria y el deseo como impresiones sensoriales de lo que se supone que ha pasado e impresiones sensoriales de aquello que todavía no ha pasado.
La observación, piedra angular del análisis, no trata de lo que ha pasado ni de lo que va a suceder, sino de lo que está pasando; destaca, con ello, la centralidad de la experiencia emocional en la sesión.
La memoria distorsiona el registro de los hechos porque está bajo la influencia de fuerzas inconscientes. Los deseos, igual que los recuerdos, interfieren con la intuición de la realidad de lo desconocido.
Es importante no entorpecer el trabajo con el paciente recurriendo a la memoria y al deseo, pero a mi parecer con pacientes difíciles, esto se torna más complejo, ya que nos son depositados muchos sentires ominosos que hacen que se dificulte dejarlos de lado y olvidar lo ya trabajado con el paciente cada vez que comienza la sesión.
Considero que lo que se tiene que hacer con estos pacientes, es tener presente ese sentir que nos vulnera estando dispuestos a apropiárnoslo, no queriendo aplacarlo.
Teniendo mucho más consciente lo que nos genera ese paciente, para poder entender dicha subjetividad, a través de las sensaciones que nos son presentadas en el cuerpo por medio de la identificación proyectiva podemos analizar y sentir el sufrimiento mismo que aqueja al paciente.
Por otro lado, Winnicott nos habla del sostenimiento, uno de los fenómenos más tempranos que ocurren como parte del desarrollo emocional es el alojamiento de la psique en el cuerpo. La mente consigue «habitar el cuerpo» gracias a las experiencias suscitadas por las diferentes sensaciones que recibe la piel. El bebé podrá integrar sus componentes psíquicos y somáticos mediante la actitud de sostenimiento (holding) que le provea la madre. Esta función consiste no sólo en el acto literal de sujetar al pequeño contra su regazo, sino de hacerse cargo de sus emociones, satisfacer las necesidades físicas y emocionales, mientras se preocupa por evitarle las disrupciones del medio ambiente. (Hurtado, 2016)
En el texto La piel en su significado psíquico dice que “(…) el psiquismo se desarrolla a partir de la primera relación entre el bebé y su madre, a través del contacto piel a piel. (…)”
Para Winnicott (1947) la contratransferencia son las identificaciones y tendencias de las experiencias personales del analista y de su desarrollo personal y que aportan al marco positivo para su labor analítica y que hacen que su trabajo difiera del de otro.
Es importante mencionar que el analista debe estar preparado para soportar la tensión sin esperar que el paciente sepa lo que está haciendo. Para esto, al analista debe serle fácil asumir sus propios temores y odios. (Winnicott, 1999)
De igual forma Freud llega a dotar al analista a prueba de la transferencia de una serie de cualidades que serían impresionantes, si no fueran muy sencillamente minimalistas: “le hace falta al analista tener mucha habilidad, paciencia, calma y autonegación” (Assoun, 2008) Siendo estas cualidades extremadamente complejas de lograr.
Por último, Freud habla de la “atención libremente flotante” y plantea que el analista debe evitar que su capacidad de observación se vea influida por la memoria. Debe confiar plenamente en su memoria inconsciente y, para no confundir lo que percibe, tiene que estar libre de expectativas y deseos. (Freud, 1912)
Al revisar lo que proponen los autores, sobre la figura que representa el analista, y cómo es que dicha figura está cargada de tantas expectativas a cumplir, debemos de tener presentes los siguientes cuestionamientos: ¿Es sencillo poder hacer a un lado los sentimientos que nos son depositados por el paciente? ¿Cómo es ese sentir? ¿Es posible olvidar lo ya trabajado con el paciente cada vez que comienza la sesión?
Cerraré este análisis dando los puntos más importantes de lo revisado. Que a la vez, serán otra manera de responder a la problemática establecida.
La contratransferencia nos puede hacer sentir vulnerables, con prejuicios, nos hace sentir dificultades, es decir sentimos nuestra imperfección.
Imperfección que nos hace sentir lo ominoso, lo terrible, lo horroroso, desde nuestro Yo corpóreo o Yo piel y es por esto que se nos puede llegar a dificultar el cumplir la expectativa impuesta de hacer un lado los sentimientos que nos son depositados al escuchar el sufrimiento del paciente.
Por lo que considero que el analista debe recurrir y sostenerse de sus supervisores, seminarios y a su propio análisis, no para dejar de lado los sentimientos que nos hacen sentir estos pacientes, sino más bien, analizarnos para poder adquirir la habilidad de poder manejarlos, estar conscientes, dejarnos sentir lo ominoso, metabolizar estos contenidos y devolverle al paciente lo que en ocasiones es incapaz de sentir.
Bibliografía
- Anzieu, D. (1985). El Yo-piel. Madrid: Biblioteca Nueva
- Assoun, P.L. (2008). La Transferencia. Lecciones Psicoanalíticas. Buenos Aires: Nueva Visión.
- Bick, E. (1987). The experience of the skin in early object relations. In M. Harris (ed.), The Collected Papers of Martha Harris and Esther Bick (pp114- 118) Perthshire: Clunie Press.
- Bion, W. (1967). Notes on Memory and Desire. The Psychoanalytic Forum. (Vol. 2:271-280) London: British Library
- Bowlby, J. (2015). El apego. México: Editorial Paidós Psicología Profunda
- Franco Cian L, Rivera Largacha S. (2012). La función de la piel y de las modificaciones corporales en la constitución del Yo. Colombia: Avances en Psicología Latinoamericana, 30 (1), 159-169
- Freud, S. (1912). Sobre la dinámica de la transferencia. (Tomo XII). Buenos Aires: Amorrortu p. 97 – 105
- Freud, S. (1923). El Yo y el Ello. Obras completas Sigmund Freud, (Tomo XIX) (1923-1925). Buenos Aires, Argentina: Amorrortu editores S.A.
- Hurtado, M. (2016). La piel en su significado psíquico. Recuperado de: https://www.centroeleia.edu.mx/blog/la-piel-en-su-significado-psiquico/
- Lacan, J. (1961). Seminario 8: La transferencia. España: Paidos
- Winnicott, D. W. (1954) Aspectos metapsicológicos y clínicos de la regresión dentro del marco psicoanalítico. Escritos de Pediatría y Psicoanálisis. Ed. Laia, España.
- Winnicott, D. W. (1947). El Odio en la Contratransferencia. España: Paidos.
- Foto: Pexels/Ksenia Chernaya


















