Por: Jessica Macías
El presente trabajo constituye la segunda parte de una investigación previamente desarrollada en torno al impacto del suicidio en padres y analistas. Si bien aquella primera parte sentó las bases conceptuales del problema, el presente texto busca ampliar la discusión hacia otras dimensiones clínicas. Con el fin de mantener la coherencia argumentativa, se ofrecerá un breve resumen de los ejes centrales previamente revisados.
La interrogante principal de la que partiremos en esta ocasión es: ¿Cómo se articulan la transferencia y la contratransferencia en el trabajo analítico con pacientes suicidas, particularmente cuando el tratamiento se ve atravesado por el riesgo o la consumación del suicidio?
Diversos estudios señalan que el duelo por suicidio presenta características singulares en comparación con otras formas de muerte. Se trata de un proceso más prolongado, con mayores complicaciones físicas y emocionales, donde predominan sentimientos intensos de culpa, vergüenza, negación y hostilidad. En los padres, el impacto se entrelaza con la proyección del narcisismo parental descrita por Freud (1914), donde introduce el concepto His Majesty the Baby: es el hijo el representante del renacimiento del narcisismo propio de los padres, fuente de satisfacción en tanto el niño aparece como portador de sus deseos irrealizados. La muerte por suicidio fractura violentamente esta investidura, confrontando a los padres con la caída del ideal y con la pregunta insistente del “¿por qué a mí?”, que denuncia la imperfección y vulnerabilidad del sistema narcisista. Desde la perspectiva psicoanalítica, estos duelos pueden quedar fijados cuando la culpa obstaculiza la desinvestidura del objeto perdido. La identificación con el hijo muerto mantiene al sobreviviente ligado al sufrimiento, funcionando incluso como defensa frente al reproche interno.
La figura del “superviviente”, desarrollada en la suicidología contemporánea, permite dimensionar el alcance social del suicidio, subrayando que el impacto no se limita a los padres. En este contexto, el suicidio de un paciente constituye también uno de los eventos más traumáticos para el analista, especialmente si consideramos que el vínculo analítico se encuentra atravesado por la transferencia, proceso mediante el cual el paciente deposita en el analista afectos y conflictos provenientes de sus objetos.
El acto suicida del analizando confronta al analista con una herida narcisista, la duda sobre su competencia y el derrumbe de su ideal profesional. Las amenazas o consumación del suicidio pueden vivirse como ataques a su función, movilizando intensas reacciones contratransferenciales, incluyendo odio, omnipotencia salvadora o enactments que transgreden el encuadre. En algunos casos, analistas preocupados han llevado a pacientes a sus casas y los han tratado como si fueran miembros de la familia, los han invitado a salir de vacaciones o a tomar un café, e incluso han aceptado tratarlos de forma gratuita. Es por esto que Gabbard (1997) introduce el término desidentificación con el agresor, que describe cómo los analistas, al no percatarse de lo que el paciente moviliza en ellos, intentan desesperadamente rechazar toda conexión con una representación introyectada de un objeto malo que atormenta al analizando, como un padre incestuoso o una madre negligente, cuyas representaciones internalizadas continúan operando como objetos persecutorios.
En su artículo Indirect Self-Destructive Behavior, Farberow (1980) plantea que la conducta autodestructiva puede manifestarse de diversas maneras y distingue entre 2 formas, las directas y las indirectas. Las conductas autodestructivas directas se presentan de manera más evidente y suelen acompañarse de síntomas de depresión o apatía. En cambio, las modalidades indirectas expresan tendencias masoquistas de manera menos visible, como ocurre en pacientes con obesidad mórbida, adicciones o incluso en quienes practican deportes extremos.
Ahora bien, para comprender mejor estas conductas resulta pertinente profundizar en los mecanismos del acting out y del pasaje al acto, puesto que ambos constituyen respuestas a la imposibilidad de elaborar psíquicamente la angustia. En el caso de los suicidas, estas modalidades adquieren una relevancia particular, ya que la acción sustituye a la palabra cuando el aparato psíquico se ve sobrepasado. Urbaj (2013) sostiene que ambos son modos de intentar arrancarle a la angustia su certeza por medio de una acción desesperada.
La diferencia radica en que el acting out, para Lacan (2020), tiene por objetivo la búsqueda de la mirada del Otro y muestra una cara de algo velado, presto a ser descifrado. En otras palabras, se trata de un mensaje inconsciente escenificado dirigido al Otro, que intenta comunicar a través de la acción aquello que no puede ser dicho en palabras. Por el contrario, en el pasaje al acto el sujeto se ubica fuera de la escena, desconectándose del Otro. Se trata de una ruptura o huida de la escena donde el sujeto se desvanece, a menudo con consecuencias peligrosas, como en el acto suicida.
No obstante, no todos los suicidios responden a la misma economía psíquica ni se inscriben de igual manera en la constitución del aparato mental. Las diferencias estructurales introducen matices fundamentales en la forma en que la destructividad se dirige hacia el yo. Por lo tanto, ampliar la mirada hacia la melancolía y hacia mecanismos más primitivos como la identificación proyectiva permite pensar el acto suicida no solo como efecto de una pérdida, sino también como expresión de conflictos más tempranos.
Para Freud (1917): “La melancolía se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches que se extreman hasta una delirante expectativa de castigo. Tal vez el objeto no está realmente muerto, pero se perdió como objeto de amor. Es más, podría saber a quién perdió, pero no lo que perdió en él.”
En otras palabras, en el suicidio melancólico el sujeto corta el lazo de interés con el mundo objetal, inhibiendo su capacidad de investidura libidinal. A su vez, el retorno de la libido antes depositada en el objeto resignado, recae como sombra en el yo del sujeto, llevándolo a una identificación con ese objeto faltante. Es por esto que aparecen intensos autorreproches, movilizados por la conciencia moral, que buscan proyectar toda la hostilidad y agresividad ante la pérdida hacia este yo que ha devenido, por identificación, con ese objeto. El suicidio aparece como la escena de un asesinato dirigido a un otro, en donde el yo ocupa simultáneamente el lugar de víctima y victimario. De esta manera, Hornstein (2019) a través del diario de Kurt Cobain nos ejemplifica el deseo repetitivo de autopunición, en el cual se tiene toda la intención de morir y de sufrir en el intento, pero cuando se cree conseguirlo es salvado, reiterando su autorreproche de inutilidad. “Bajé a las vías del tren, me tumbé y esperé a que pasara el tren de las once, poniéndome un par de bloques de cemento encima del pecho y las piernas, y el tren se fue acercando… Y en vez de pasar por encima de mí, siguió por la vía que había a mi lado.”
En la misma línea, Klein (1935), en Amor, culpa y reparación, plantea que el suicidio no se dirige únicamente contra la persona en sí, sino contra el objeto que ha sido internalizado. Al destruirse a sí mismo, el sujeto intenta eliminar aquellos objetos internos vividos como persecutorios, pero al mismo tiempo busca preservar los objetos amados. En ciertas fantasías inconscientes, el suicidio funcionaría como una forma de salvar las partes buenas del self identificadas con los objetos buenos, mientras se destruye la parte del yo asociada con los objetos malos y con la destructividad. Así, el odio hacia el objeto se satisface mediante su aniquilación interna, pero también se expresa el deseo de restablecer una relación más pacífica con los objetos amados.
Por otra parte, la identificación proyectiva, mecanismo formulado por la misma autora en 1946, describe la escisión y expulsión de partes del self hacia el objeto externo con el propósito de controlarlo o dañarlo. Cuando la posición depresiva no logra consolidarse y la culpa no se transforma en reparación sino en autocrítica devastadora, este mecanismo puede intensificarse. El sujeto deposita en el entorno su desesperanza, su destructividad y su vivencia de estar dañado sin posibilidad de restitución. En estos estados predominan las angustias persecutorias y un superyó sádico, donde el objeto internalizado se experimenta como saturado de agresión.
Desde esta perspectiva, resulta esperable que el terapeuta experimente confusión, impotencia, irritación o incluso impulso de salvar al paciente, ya que recibe las partes cargadas de odio y destructividad que el analizado deposita en él. El analista puede sentirse invadido por angustias de aniquilación o por sentimientos de inutilidad que el paciente no logra simbolizar.
En relación con estas dinámicas, Garma (1943) sostiene que el suicida, al matarse, consigue librarse de la agresión del medio en el que vive, lo que le supone una forma de triunfo. Su muerte influye en el ambiente, generando reacciones afectivas intensas en quienes lo rodeaban; y pensar en estas reacciones puede convertirse incluso en uno de los motivos que lo impulsan al acto.
En la clínica psicoanalítica, estas dinámicas se traducen en fenómenos contratransferenciales particularmente intensos. Juan Vives, en Contratransferencia con el paciente de alto riesgo suicida (1983, citado en Barembaum, 2017), afirma que el paciente con alto riesgo suicida impone una cuota real de tensión extra en la contratransferencia, dado que el suicidio representa la más grave de las posibilidades clínicas, al ser el único desenlace que por definición imposibilita cualquier forma de reparación.
Grinberg (1985), retomando a Racker (1960) en Teoría de la identificación, distingue entre la contratransferencia complementaria y la contraidentificación proyectiva. La primera surge cuando el analista se identifica con objetos internos del paciente y los vive como propios, reactivando remanentes neuróticos personales. La segunda, en cambio, se produce cuando la reacción del analista está menos vinculada a sus propios conflictos y más determinada por la intensidad de la identificación proyectiva del paciente, quien provoca en el analista una respuesta emocional que este experimenta de manera pasiva.
Dada la complejidad ética y clínica que implica el tratamiento del paciente suicida, es natural encontrar distintas posturas respecto al modo de intervenir. En este sentido, pueden señalarse dos enfoques diferenciados: el propuesto por Marisa Barembaum (2017) y el desarrollado por Martínez et al. (2014).
Por una parte, Martínez et al. (2014) considera que el paciente tiene derecho a querer morir, así como el clínico tiene derecho a no querer que éste muera. Desde esta perspectiva, el terapeuta debe ofrecer diversas razones para vivir que amplíen las opciones del paciente. En sus palabras, es tarea del clínico convencer al paciente de que es mejor vivir que morir, implicándose explícitamente en el deseo de que sobreviva.
En contraste, Barembaum plantea que, aunque la contratransferencia es distinta con cada paciente, en los pacientes suicidas suele aparecer una forma particular que denomina contratransferencias con zumbidos, en las que el miedo a un acto impulsivo perturba la escucha analítica. Señala que, al igual que el paciente psicótico, el suicida necesita un analista capaz de tolerar la posibilidad de que el paciente se suicide, de modo que la amenaza no tiranice la relación terapéutica y el sujeto pueda enfrentarse a una elección genuina respecto a si desea o no seguir viviendo. Asimismo, destaca que la escucha del analista se ve movilizada tanto por la urgencia clínica como por las propias fantasías inconscientes respecto a la muerte, ya que la muerte del otro inevitablemente confronta con la propia.
Ambas posturas parten de la intensa angustia contratransferencial que estos pacientes generan a través de la identificación proyectiva. Sin embargo, considero que la propuesta de Martínez, al situar como tarea del analista devolverle al paciente un sentido de vida, podría acercarse al terreno de un furor curandis, en el cual el analista queda capturado por una necesidad excesiva de salvar al paciente. Esta posición corre el riesgo de favorecer la actuación de la contraidentificación proyectiva por parte del analista, abandonando la función analítica.
Es por esto que la perspectiva de Barembaum resuena mayormente con mi postura analítica, ya que considero que si logramos contener el deseo de darle un motivo de vida a nuestros pacientes, le permitiremos descubrir una motivación personal que lo haga notar que también puede tener objetos buenos dentro de sí mismo, aminorando el deseo de destruirnos por la envidia a nuestra supuesta omnipotencia. Al mismo tiempo, promoveríamos que el paciente tenga un espacio para desplegar su subjetividad, dándole posibilidad de decidir, reduciendo la culpa persecutoria que pudieran experimentar, a partir de no poder vivir en función del deseo, real o fantaseado, del analista.
Para concluir, hay que recordar que el encuentro clínico con pacientes suicidas confronta al analista con una de las experiencias más límite de la práctica. La urgencia de la muerte moviliza intensamente y pone a prueba la capacidad de sostener la escucha sin quedar capturados por las propias angustias. En esos momentos, la teoría puede volverse insuficiente o incluso desvanecerse, dejando al analista frente a la tarea fundamental de permanecer allí, sosteniendo el vínculo y la posibilidad de palabra allí donde el sujeto se debate entre vivir y morir.
Para leer la primera parte de esta investigación, haz clic aquí: Adiós, hasta aquí llegué
Bibliografía
- Aveggio, R. (2013). Psicoanálisis, salud pública y salud mental en Chile. RIL Editores.
- Barembaum, M. (2017, julio 3–4). Hola, soy la muerte. ¿Puedo entrar? La difícil tarea de escuchar analíticamente a pacientes suicidas [Ensayo]. Segundo Concurso Marco Antonio Dupont, Asociación Psicoanalítica Mexicana. https://www.bivipsi.org/wp-content/uploads/Hola-soy-la-muerte.-Puedo-entrar.pdf
- Farberow, N. L. (1980). Indirect self-destructive behavior. Behavioral Publications.
- Freud, S. (1914). Introducción al narcisismo (J. L. Etcheverry, Trad.). En J. Strachey (Ed.), Sigmund Freud: Obras completas (Vol. 14, pp. 65–88). Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1914).
- Freud, S. (1917). Duelo y melancolía (J. L. Etcheverry, Trad.). En J. Strachey (Ed.), Sigmund Freud: Obras completas (Vol. 14, pp. 235–256). Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1915)
- Gabbard, G. O. (1997). Challenges in the analysis of adult patients with histories of childhood sexual abuse. Canadian Journal of Psychoanalysis, 5, 1–25.
- Garma, Á. (1960). Sadismo y masoquismo en la conducta humana. Buenos Aires: Nova.
- Grinberg, L. (1985). Teoría de la identificación. Paidós.
- Hornstein, L. (2019). El suicidio para el psicoanálisis. Carta Psicoanalítica. https://www.cartapsi.org/new/el-suicidio-para-el-psicoanalisis/
- Klein, M. (1935). Amor, culpa y reparación. En M. Klein, Amor, culpa y reparación y otros trabajos (1921–1945). Paidós.
- Klein, M. (1946). Notas sobre algunos mecanismos esquizoides. En M. Klein, Envidia y gratitud y otros trabajos(1946–1963). Paidós.
- Lacan, J. (2020a). El seminario, libro 10: La angustia. Buenos Aires: Paidós.
- Martínez, C., Gálvez, C., Quiróz, C., Vivencia, B., & Tomicic, A. (2014). He decidido vivir: Factores que disuaden a una persona de cometer suicidio. Revista Argentina de Clínica Psicológica, 23, 267–280. https://cepps.udp.cl/wp-content/uploads/2018/05/Martinez-Galvez-et-al.-2014.pdf
- Urbaj, E. (2013). El manejo de la transferencia. Letra Viva.
- Imagen: Pexels/Ellie Burgin


















