Cuando enferma una madre

Por: Andrea Lescieur

Había una vez, una madre feliz por haber dado a luz a su hija. Esa hija, quien pasó 9 meses dentro del vientre materno, ahora no era más que una extranjera en un mundo donde además de sobrevivir, su objetivo sería la búsqueda del amor y la mirada de aquella voz que escuchaba alejada durante su tiempo en el vientre. Aquella voz dulce y cálida que le presentó bocetos de todo el amor que le esperaría al nacer. El sol brillaba, los pájaros cantaban y a través de una sonrisa, la bebé vio por primera vez a su madre, quien sería la encargada de enseñarle el mundo a través de su mirada y sus cuidados.

El brillo se apagó, y aquel ritmo que venía cargado de caricias y cuidados amorosos, se alteró, desapareció. Aquello que florecía, se marchitó. Todo lo que parecía un mundo inmenso de posibilidades, se cerró. Los colores fuertes y vivaces se tornaron opacos, apagados. El ambiente cálido y acogedor, se volvió gélido y poco contenedor. La seguridad se tornó en angustia y aquella construcción con planos prometedores, paró y se agrietó. De repente, y sin previo aviso, se apagó por siempre algo que antes brillaba, algo que antes vivía.

¿Qué pasó?

“No sé, no sé qué le pasó”. Esta es la frase que más repite Berenice cuando hablamos de su madre, una madre que un día enfermó, y enfermó tanto, que pareciera que murió.

Sin embargo, para evitar cualquier malentendido, aclaro que este trabajo no trata de las consecuencias psíquicas de la muerte real de la madre, sino de una imago que se constituye en el psiquismo del niño, producto de la depresión materna, transformando brutalmente el objeto vivo, fuente de la vitalidad del niño, en una figura lejana, sin tono, casi inanimada, impregnando profundamente las investiduras de ciertos sujetos que tenemos en análisis y pesando sobre el destino de su futuro libidinal, objetal y narcisista. La madre muerta es, pues, contrariamente a lo que pudiera creerse, una madre que permanece viva, pero que está, por así decirlo, psíquicamente muerta a los ojos del pequeño niño que cuida”. (Green, 1980, p.239).

El término “madre muerta”, acuñado por Green, nos habla acerca de una madre que aunque está físicamente presente, está emocionalmente distante e inaccesible. Green habla acerca de una depresión intensa, producto de un duelo, que provoca un cambio repentino en su maternaje. Este cambio provoca la desinvestidura repentina de la madre a su hijo o hija, haciendo que el bebé lo sienta como una catástrofe que implica una pérdida narcisista.

Pero, ¿Qué es aquello qué perdió el bebé?

La expectativa común es que el amor materno sea incondicional y en cierto modo, perfecto. La demanda de perfección, deja un campo muy cerrado en donde podría pensarse que cualquier error que cometa en este caso, la madre, además de ser completamente reprobado por la sociedad, sería catastrófico para el bebé que cuida. Sin embargo, Winnicott, nos dice que el bebé no necesita a una madre perfecta, necesita a una madre lo “suficientemente buena” que logre satisfacer a su bebé, brindándole los cuidados básicos a partir de la identificación con él. Esta identificación de la madre con su bebé, facilitará la tarea de satisfacer sus necesidades básicas, dando así, un sostén fundamental. Este sostén, según Winnicott, fungirá como yo auxiliar a ese bebé que aún es incapaz de cuidarse a sí mismo, ayudando a crear un ambiente facilitador, el cual es de suma importancia para su integración y crecimiento emocional.

“El bebé podrá comenzar a existir, a tener experiencias, a constituir un ego personal, a dominar los instintos y a enfrentar todas las dificultades inherentes a la vida” (Winnicott, 1956, p.404).

Para el bebé, es fundamental que exista un estado de continuidad, de estabilidad, puesto que así, al ir consolidando una estructura más organizada, pueda entonces resistir las fallas maternas y recuperarse de ellas, ya que la madre “suficientemente buena”, es aquella que también falla y falla todo el tiempo, pero la suma de estas fallas y el constante intento de la madre por remediarlas, es lo que según Winnicott, ayuda a constituir la “comunicación de amor basada en que hay un ser humano ahí que cuida”. (Winnicott, 2006, p.54).

Sin embargo, mientras aún se está formando la unidad psíquica con la madre, tales fallas en la adaptación, cuando son significativas, no pueden repararse y representan una gran amenaza para el bebé.  Creo, que más que hablar de fallas, estaríamos hablando de ausencia, puesto que el fallar de la madre no es igual que  la muerte de la misma. No es lo mismo un no que frustra, que un nunca jamás proveniente de la muerte.

 “Yo no sé como era, pero me cuentan que era muy feliz y que era la más alegre de toda la familia. Cuando yo nací ella estaba bien según lo que me cuenta mi papá, pero un día cambió y no volvió a ser la misma”. Como mencioné anteriormente, el complejo de la madre muerta es sentido por el infante como algo repentino y catastrófico, en palabras de Green, este evento constituye una desilusión prematura que además de traer consigo la pérdida del amor, conlleva la pérdida del significado, puesto que el bebé no tiene ninguna explicación acerca del por qué su madre un día simplemente se apagó, lo abandonó. La pregunta de ¿qué le pasó?, es algo que ronda una y otra vez en los pensamientos de Berenice, puesto que en su fantasía, si ella pudiera saber qué es aquello que le pasó a su madre, tal vez podría encontrar su remedio y curarla. Green menciona, que en el complejo de la madre muerta, el niño intentará reparar a la madre de su duelo de varias formas, entre ellas estarán la agitación, el insomnio, la alegría superficial y los terrores nocturnos. Sin embargo, estos recursos terminan por ser insuficientes y esto provoca la sensación de impotencia y sobre todo, la amenaza de la pérdida total de la madre. Ante el fracaso de reparar a la madre, el infante pondrá en acción otro tipo de defensas.

La primera de estas defensas, según Green, es una desinvestidura materna en la que el niño “mata” psíquicamente al objeto y deja de invertir afecto en él, esto anulará el sentimiento de odio hacia la madre. Esta desinvestidura afectiva, deja un agujero en la psique, agujero que representa la carencia, la ausencia, un agujero donde deberían estar las marcas positivas de la investidura materna, significando una pérdida del núcleo del narcisismo primario. La desinvestidura de la imago materna, se reflejará “en la constitución de un agujero en la trama de relaciones objetales con la madre; sin embargo, este asesinato psíquico del objeto es llevado a cabo sin odio, por piedad hacia una madre que ya está muerta” (Green, 1980, p.249).

Después de desinvestir al objeto-madre, el infante procederá a identificarse con el objeto. Este proceso de identificación con la madre muerta, está relacionado con la identificación primaria, condición de renuncia y conservación que se da a partir de la incorporación de manera caníbal e inconsciente. El infante identificado con la madre, tratará de recuperar un período en el que la madre no estaba psíquicamente muerta y en el que todavía había una investidura narcisista a través de la identificación con ella y luego, a través de la regresión narcisista, el período en el que existía el yo ideal de la madre.

En esta identificación primaria, el infante se identifica con la madre que ya está psíquicamente muerta, convirtiéndose él mismo en un objeto inanimado. Es como si ante no poder sentirse amado por la madre, el niño decidiera volverse ella. Según Green, “se producirá un mimetismo, cuya finalidad, al no poder tener más el objeto perdido, es seguir poseyéndolo, convirtiéndose no como en él, sino en el objeto mismo,”(Green, 1980, p.249).

Me parece que una de las razones por las cuales el infante se mimetiza con el objeto madre-muerta, tiene que ver con su enorme deseo por curarla. En el consultorio, este deseo se ve reflejado en Berenice por medio de actings que vienen a partir de la identificación inconsciente con su madre. Es como si en sesión, Berenice adoptara el personaje de su mamá y lo escenificara con el objetivo meramente inconsciente, de que yo pueda encontrar qué es lo que está mal con ella y así, pueda ofrecer una cura a través de su hija. Ella desea que su madre viva de nuevo y con su vida, la despierte a ella, quitándole sus propias partes muertas y llenándola con aquello que antes no pudo dar.

Por otra parte, los huecos en la psique, se manifiestan a través de un constante sentimiento de falta, una falta que, ante los ojos de mi paciente, es imposible de llenar porque, como ella dice, “ni siquiera sé qué es lo qué me falta, pero sé que algo me falta”.

Balint, en su texto “La falta básica”, habla acerca de los pacientes que presentan este sentimiento, y nos dice que lo que el paciente siente es algo que extraña ahora o quizá, sea algo que lleva extrañando toda su vida. “Una necesidad instintual puede satisfacerse, un conflicto puede resolverse, una falta básica puede tal vez curarse suponiendo que pueden encontrarse los ingredientes faltantes: o aun así puede tratarse de una curación con defecto, lo mismo que una simple cicatriz que no duele” (Balint, 1982, p.35).

Pienso, que en el caso de los pacientes que, como Berenice, se encuentran bajo el imperio de la madre muerta, existe la ilusión de que su madre pueda ser algún día la misma de antes, una madre viva, ya que en la fantasía, si la madre pudiera volver a la vida, tal vez, y solo tal vez, podrían permitirse ellos mismos vivir.

Figueiredo, menciona que los hijos herederos de la madre muerta se identifican con los muertos para poder sobrevivir (Figueiredo, 2007, p.485). Esto me hace pensar en la enorme culpa que sienten estos pacientes por tener vida y, por lo tanto, no se la permiten. En el consultorio, he visto en Berenice una tendencia a aplanar o incluso a devaluar aquello que la hace sentir viva. En momentos en donde tiene un logro o algo bueno le pasa, se muestra con culpa y lo transforma en algo indeseable, e incluso, desagradable. Es como si ella misma buscara apagarse y desdibujarse todo el tiempo. Pienso que esto es producto de una enorme dificultad para disfrutar y para vivir, puesto que si su madre no puede tenerlo, ellos tampoco. O ¿será que más bien, tienen miedo de que ella se los pueda quitar?.

A pesar de que en este trabajo no pretendo enfocarme en la psicodinamia de una madre muerta, sino más bien, en la de sus herederos, no puedo evitar pensar en la manera en la que se presenta voraz ante sus hijos. Casi como si ella esperara, que  de alguna manera, la mantuvieran con vida. Creo que este reclamo, quisiera pensar incosnciente, es lo que hace que Berenice se sienta, con más que el deseo, la obligación de buscar una cura para su madre al sentirla demasiado frágil e incapaz de hacerlo por ella misma. Tal vez, el buscar la cura podría ser una forma de aplacar su voracidad. Pienso también en la agresividad que existe en la madre de Berenice, esta agresividad que viene en conjunto con el predominio de la pulsión de muerte y, por lo tanto, con la destrucción. Siguiendo esta línea, podría pensar que la angustia proveniente del no encontrar una cura para mamá, deviene en la angustia por vivir y que mamá quiera robar la vida de su hijo o hija. Green habla acerca de las diferentes capacidades que permanecen congeladas, pienso que tal vez se quedan congeladas en espera de que la madre muera realmente y con su muerte, se lleve consigo la amenaza de quitar.

¿Cuál será el camino a seguir?

¿Tendremos que convertir el consultorio en un laboratorio donde podamos revivir a los muertos?, o ¿habrá que conformarse con el fantasma de una madre que en algún momento vivió?

Debo aceptar que en momentos yo también me he sentido con la necesidad de pensar en algo que pueda curar a la madre de Berenice, o incluso, compartimos la ilusión de que su madre mejore algún día, pero pienso este deseo/necesidad por curar a la madre que se ha instaurado en nuestro espacio analítico, se basa en algo que no pasará. Yo no podré curar a la madre de Berenice por medio de ella y Berenice, tampoco podrá curar a su madre.

Green hace mención a la importancia que tiene que el analista pueda poner su foco en darle a la madre muerta su “segunda muerte”, pero advierte que no será una tarea fácil, ya que esta se defenderá como la “hidra”, una vez que cortemos la cabeza, brotarán miles más. Es por esto que es tan difícil la elaboración del duelo blanco. Tanto Green como Bollas hacen énfasis en que la clave está en enfrentarse a esa bestia de mil cabezas haciendo uso del escenario transferencial, en donde el paciente escenificará la relación con su madre y de manera inconsciente, buscará que el o la analista lo dejen, repitiendo así, el trauma original, pero ahora, con el analista, es decir, buscarán tener un “analista muerto”. Casi como si también, este tipo de pacientes se sintieran cargados de muerte, muerte que la madre instauró en ellos y ahora ellos temen/desean instaurar en el analista. Me parece que también, este deseo por repetir el trauma originario, viene en paralelo con el deseo de que esta vez, sea diferente y que el o la analista, pueda darle con su vida, un final diferente a la historia, reviviendo así al hijo muerto.

Esta idea de revivir al hijo muerto, nos da la apertura de entrar al mundo de lo sabido no pensado, mundo en donde se abrirán líneas no conocidas por el paciente, pero que de alguna manera, estaban congeladas y en espera del encuentro con un estímulo ambiental “suficientemente bueno” para desarrollarse. Al revivir al hijo muerto, resurgirá su idioma humano y su ser genuino, producto de la elaboración de un duelo congelado. Freud, menciona que un duelo elaborado, es sobre todo, la reactivación de la economía libidinal e implica la liberación de la esclavitud ante el objeto perdido, permitiendo la búsqueda de nuevos objetos. (Freud, 1917, p.243).

Esto me permite pensar en el concepto de “Objeto transformacional” que propone Bollas.

Este autor habla acerca del papel que tiene la madre como “Objeto transformacional”, haciendo referencia a la experiencia subjetiva primaria que hace el bebé a partir del objeto-ambiente. La madre, en este momento donde aún el bebé la concibe como parte de sí mismo, la experimenta como un proceso de transformación donde ella será la encargada de modificar el entorno ambiental del niño.

“La madre es experimentada como un proceso de transformación, y este aspecto de la existencia temprana pervive en ciertas formas de búsqueda de objeto en la vida adulta en que es requerido por su función significante de transformación. La memoria de esta temprana relación de objeto se manifiesta en la búsqueda por parte de la persona, de un objeto (persona, lugar, suceso, ideología) que traiga la promesa de transformar el self” (Bollas, 1987, p.31).

Entendiendo así, que la búsqueda de estos pacientes en la vida adulta no tiene que ver con la posesión del objeto, sino más bien, con el entregarse a él con la esperanza de que pueda transformar ese self que quedó con un hueco, el self que quedó en falta. El sujeto estará deseoso de sentirse cuidado por una figura materna, empática, nutricia y sobre todo, viva. Pareciera así, que además de las interpretaciones, lo que este tipo de pacientes desean, es la solidez y constancia del espacio analítico que los acoge y entiende, sí a través de interpretaciones, pero también a través de todo aquello que la presencia del analista puede aportar.  Por otro lado, Bollas nos habla acerca del instinto de destino, el cual, explica el instinto de búsqueda que tiene cada persona para buscar su self verdadero.  Esta búsqueda, se dará a partir del propio idioma humano que representa la configuración del existir de cada sujeto, definiendo su esencia y lo que en palabras de Bollas “Lo hará ser un personaje único en su entorno”.  La madre, sería en principio la encargada de construir junto con su hijo este idioma humano a través de sus gestos espontáneos para así dar pie a que el sujeto pueda, en su vida adulta, hacer uso de un mundo potencialmente transformalizante.

Ahora bien, pensando en pacientes como Berenice, la capacidad de usar dichos objetos, está también, congelada puesto que existe una tendencia a desinvestir objetos tal y como lo hacía la madre, evidenciando el predominio de una pulsión destructiva (pulsión de muerte).

A pesar de estar ocupado con la madre muerta, el sujeto sí buscará relaciones de objeto, sin embargo, no podrá introyectarlas, pero tampoco se permitirá perderlas o renunciar a ellas, porque en la experiencia primitiva con la madre, el niño se identifica con su desinvestidura. De esta forma, “los objetos del sujeto están siempre en el borde del Ego, ni completamente adentro ni completamente afuera. Y esto es porque el lugar lo ocupa en el centro la madre muerta”. (Green, 1980, p.252).

Por lo tanto, podríamos pensar en el análisis casi como un lugar de alfabetización, en donde el paciente podrá aprender a leerse, escribirse y pensarse desde otro lugar.

Habrá que considerar que en la transferencia, el paciente pondrá sobre nosotros la demanda al no fallo. Pero así como las madres, los analistas también fallamos, la complicación está en que cuando fallamos o cuando el paciente siente que le fallamos, se remite al momento de la vida infantil donde algo faltó, alguien falló y alguien los descuidó. En el consultorio no solo se pondrán en escena recuerdos, fantasías, sentimientos, dolores y pensamientos que fueron reprimidos, sino que también se manifestará aquello que nunca fue representado, pero no por ello no vivido.

 “El infierno de los vivos no es algo que será; si existe, es aquel que ya está aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es arriesgada y requiere atención y aprendizaje continuo: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y hacerle espacio”

-Italo Calvino (1978p.165).

Quisiera hablar de muchas cosas más que vienen a mi mente en cuanto a este tema, pero creo que, por ahora, es bueno saber que el objetivo sería, entonces, que el espacio analítico fungiera como un objeto-transformacional, en donde a partir de darle a la madre muerta su segunda muerte, descongelemos aquellas capacidades que quedaron gélidas por tanto tiempo y que ahora se pueden explorar, vislumbrando las propias partes muertas para que se pueda abrir paso a identificarse con objetos vitales y capaces de transformar. Es decir, que en medio de ese infierno, nuestro paciente pueda identificar aquello que no es parte del infierno, lo haga durar, le haga espacio en su psique, se identifique con eso y renuncie a aquella herencia mortífera que dejo su madre, para que ahora se puedan encender los colores que un día se tornaron opacos, sembrar millones de flores de muchos colores, calentarse encendiendo una chimenea en medio del invierno, retomar esa construcción que un día quedó en pausa y que aquellos ingredientes que deseaban encontrar para curarla a ella, puedan ser usados para su propia cura, para su propio revivir.

Bibliografía

  • Bollas, C (1987) “La sombra del objeto: psicoanálisis de lo sabido no pensado” (pp. 30-45). Ed. Amorrortu. Buenos Aires.
  • Bollas, C. (2000) “Dead mother, dead child” En “The dead mother: the work of Andre Green”. The new library of psychoanalysis. Ed. Routledge.
  • Calvino, Italo. (1978). “Invisible cities” (p.165). New York: Harcourt Brace Jovanovich.
  • Figueiredo, L. (2007). “André Green: o discurso vivo”(p.485). Em Manoel Costa Pinto. O livro de ouro da psicanálise. Rio de Janeiro: Ediouro.
  • Freud, S. (1917) “Duelo y Melancolía” (p. 243). Ed. Amorrortu. Buenos Aires.
  • Green, A. (1980). “La madre muerta.” En: “Narcisismo de vida, narcisismo de muerte” (pp.239-273).  Traducción: José Luis Etcheverry. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Winnicott, D.W. (1956). “La tendencia antisocial En D.W. Winnicott, 1979, Escritos de Pediatría y Psicoanálisis”(p.404).  Buenos Aires: Paidós, 1999.
  • Winnicott, D.W. (2006). “Os bebês e suas mães”(p.54). São Paulo: Martins Fontes.
  • Imagen: Pexels/ Tanhauser Vázquez R.

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