“La fascinación por el narcotraficante: poder, violencia y secreto”

Por: Nicole Del Rincón

En los últimos años, la figura del narcotraficante ha adquirido una presencia importante en la cultura. Vemos y escuchamos sobre este personaje en series de televisión, películas, noticias, conversaciones del día a día e incluso se han hecho reconocidos algunos “narcocorridos” dentro de la industria musical, donde algunos artistas incluso insinúan formar parte de este mismo rubro. Lo que envuelve al personaje del narcotraficante es el poder, la riqueza y la violencia; desafía la ley, acumula grandes cantidades de dinero y ejerce un control casi absoluto de su entorno. Se ha convertido en una imagen que genera rechazo, miedo y, en algunos casos, fascinación.

En el contexto mexicano, esta presencia resulta aún más evidente. Acontecimientos recientes relacionados con figuras del narcotráfico, como el de Nemesio Oseguera Cervantes (“el mencho”), reactivan el interés social por este fenómeno y, al menos, en lo personal, mantiene viva la pregunta sobre qué es lo que realmente representa esta construcción en el imaginario colectivo.

Hablar del narcotráfico tampoco es un acto neutro dentro del contexto social en el que vivimos. En muchas ocasiones el tema aparece rodeado de cierto silencio o prudencia, como si nombrarlo implicara también exponerse a un riesgo. Es muy común escuchar expresiones como “mejor no hay que hablar de eso” o “baja la voz, no vaya a ser que alguien escuche”. Se habla en susurro del “narco”. Incluso, buscar información en internet de autores que relacionen psicoanálisis y narcotráfico, o simplemente alguien que se haya atrevido a pensar la figura del narco se vuelve muy difícil de encontrar.

De esta manera, el narcotráfico no sólo se presenta como un fenómeno de poder y violencia, sino también como algo que despierta fantasías de persecución y temor incluso en quienes se atreven a hablar de él.

Más allá del aspecto político, económico o criminológico que suele ocupar dentro de la discusión, vale la pena preguntarse qué puede aportar el psicoanálisis para pensar este tipo de figuras. Por ejemplo, ¿Qué aspectos de la vida psíquica podrían ponerse en juego en una existencia marcada por la omnipotencia, la violencia y la transgresión constante de la ley?

¿Qué fantasías, impulsos o modos de relación con el poder podrían estar implicados en estas formas extremas de vida? Pensar la representación del narcotraficante desde el psicoanálisis no implica explicar el fenómeno en su totalidad, ni mucho menos justificar la violencia que lo atraviesa. Sin embargo, puede abrir un espacio para reflexionar sobre ciertas dinámicas psíquicas relacionadas con el narcisismo, la destructividad y la relación con la ley.

Es a partir de estas preguntas que surge también otra inquietud, más cercana al terreno clínico:

¿Qué ocurriría si una persona involucrada en el mundo del narcotráfico llegara al diván? Las meras condiciones de ese mundo marcado por el secreto, la desconfianza y la amenaza constante entrarían en tensión con el encuadre analítico, que se sostiene precisamente en la

palabra, la asociación libre y la posibilidad de elaborar aquello que permanece oculto en lo inconsciente.

El presente trabajo intenta abrir algunas reflexiones en torno a estas preguntas a partir de ciertos conceptos, particularmente de los desarrollos de Sigmund Freud y Melanie Klein. Se explorarán algunas posibles lecturas sobre la posición del narcotraficante poniendo énfasis en conceptos como el narcisismo, la omnipotencia y la destructividad, así como en las dificultades que un sujeto situado en ese contexto podría presentar frente a la posibilidad de un proceso analítico.

Para intentar aproximarnos psicoanalíticamente a la figura del narcotraficante, como mencioné anteriormente, será importante retomar algunos planteamientos de Freud acerca del narcisismo y la omnipotencia. Freud observó que, en los primeros momentos del desarrollo psíquico, el bebé vive una relación particular con el mundo donde sus deseos parecen tener un poder directo sobre la realidad. En esta etapa temprana, el niño se experimenta a sí mismo como el centro de su propio universo, en una posición marcada por una ilusión de omnipotencia, donde los otros aparecen solamente como medios para la satisfacción de sus necesidades. Como señala Freud en Introducción del narcisismo (1914), “el yo es investido originariamente con libido”, lo que permite pensar un momento temprano en el que el sujeto se vive a sí mismo como su propio ideal, el centro de su propio mundo, antes de que las exigencias de la realidad impongan límites a esta vivencia de completud.

Con el paso del tiempo y a través del encuentro con los límites impuestos por los otros y por la realidad, esta vivencia inicial de omnipotencia tiende a transformarse. El niño comienza a reconocer la existencia de un mundo externo que no siempre responde a sus deseos, lo que implica una renuncia progresiva a esa fantasía de control absoluto. Esta renuncia introduce una experiencia de frustración, pero al mismo tiempo constituye una condición fundamental para la constitución del yo y su relación con la realidad. Sin embargo, Freud también señaló que ciertos aspectos de ese narcisismo primario no desaparecen por completo, sino que permanecen en la vida psíquica bajo distintas formas, manifestándose en ocasiones como fantasías de poder, dominio o excepcionalidad.

Desde esta perspectiva, el personaje del narcotraficante apunta a alguien que, al menos en el imaginario social, parece situarse por encima de los límites comunes: posee riqueza, ejerce violencia sin consecuencias aparentes (y muchas veces pareciera incluso ser protegido por la misma autoridad), y desafía abiertamente las normas que organizan la vida cotidiana. El poder y el dinero no sólo cumplen una función material, sino que también pueden sostener una identidad ligada a fantasías de dominio y control.

Freud introdujo además el concepto de ideal del yo, que se refiere a la imagen de lo que una persona quiere llegar a ser. Esta imagen se forma, en gran parte, a partir de figuras que son admiradas. Cuando el poder, el dinero o la capacidad de imponerse sobre otros aparecen como rasgos admirables, pueden ocupar un lugar central en ese ideal. El poder asociado a la imagen del narcotraficante no parece sostenerse sólo en la riqueza o en la violencia, sino también en la admiración que recibe por parte de los demás.

Tal vez una de las preguntas más incómodas que surgen al pensar esta posición no tiene que ver únicamente con el narcotraficante, sino con quienes lo observan. ¿Qué es lo que se pone en juego en el sujeto que se siente atraído por estas figuras? La fascinación no parece dirigirse sólo hacia el poder o la riqueza, sino hacia la posibilidad imaginaria de vivir sin límite, sin culpa y sin la constante renuncia que implica la vida en sociedad. En ese sentido, el personaje del narcotraficante no sólo representa a “otro” radicalmente distinto, sino también algo que toca zonas más íntimas del propio psiquismo. Tal vez por eso incomoda tanto: porque no sólo habla de ellos, sino también, en cierta medida, de nosotros.

A partir de esto surge una pregunta importante desde el punto de vista clínico: ¿Qué pasa cuando las figuras que representan poder y omnipotencia se convierten en modelos de identificación? Esta pregunta se vuelve especialmente importante en la adolescencia, un momento en el que muchas identificaciones comienzan a reorganizarse. Como señala Hernández (2014): “Estos hijos son educados en un entorno de abundancia, moralidad distorsionada y normalización de la violencia y desde temprana edad son inducidos al negocio familiar”. (citado en “Una mirada psicoanalítica a la narcopaternidad” por Montero, M). Más allá de la situación específica que describe el autor, lo que resulta interesante es la manera en que el poder y el dinero aparecen como rasgos centrales de la figura paterna. En este sentido, la identificación no parece organizarse tanto alrededor de valores o ideales, sino alrededor del poder mismo.

Durante mis prácticas en la universidad, tuve la oportunidad de trabajar con un beneficiario adolescente que hablaba con frecuencia de su padre. El jóven refería que su padre era militar y hacía referencia en repetidas ocasiones a los ingresos que obtenía y a la influencia que parecía tener en su entorno. En distintos momentos expresó su deseo de llegar a ser como él, señalando que lo que más le atraía era precisamente esa posición y la posibilidad de tener mucho dinero. Aunque el adolescente nunca mencionó de forma explícita una relación con el narcotráfico, ciertos aspectos de su discurso evocaban una figura paterna asociada más con dinámicas de autoridad informal que con la imagen tradicional de un militar. No se trataba necesariamente de un líder o figura central, sino más bien de alguien que participaba dentro de una estructura mayor, ocupando un lugar dentro de ella.

Más allá de la naturaleza real de la actividad del padre, lo que resultaba clínicamente significativo era la forma en que el adolescente construía esa figura en su discurso. La imagen paterna aparecía asociada, sobre todo, a la capacidad de imponerse sobre otros y a una posición que parecía admirar profundamente. En este sentido, el padre comenzaba a ocupar el lugar de un ideal hacia el cual dirigía sus aspiraciones.

La presencia tan marcada del dinero dentro de la imagen que el adolescente construía de su padre abre una pregunta interesante desde el punto de vista psicoanalítico: ¿Qué lugar ocupa el dinero dentro de la vida psíquica del sujeto?

Freud ya había pensado este tema al observar que, durante la fase anal de desarrollo, el niño establece una relación particular con los productos de su propio cuerpo. Es en este momento que las heces pueden ser vividas como algo valioso, una producción propia que incluso puede

ofrecerse como un “regalo” a los padres. A partir de estas observaciones, Freud propuso una equivalencia simbólica entre distintos elementos que pueden ocupar un lugar similar dentro de la economía psíquica: las heces, el dinero y el regalo (Freud, 1908).

Más allá de pensarlo literalmente, esta equivalencia apunta a la manera en que ciertos objetos adquieren valor simbólico en la vida psíquica. El dinero no representa únicamente un recurso material, sino algo que puede quedar ligado a la posesión, la acumulación y el control. Freud relacionó estas características con lo que denominó el carácter anal.

En muchas representaciones culturales del narcotráfico, la riqueza ocupa un lugar central. No sólo se trata de tener dinero, sino también de hacerlo visible a través del lujo, los objetos y ciertas formas de ostentación que parecen dirigidas a los otros. La exhibición de riqueza puede funcionar como una manera de confirmar públicamente una posición de superioridad.

Sin embargo, esto no basta para explicar la intensidad de la violencia que suele acompañar a estos personajes. En el contexto del narcotráfico, la violencia no aparece únicamente como un medio, sino como algo que termina formando parte de la identidad misma.

Otro elemento que aparece con frecuencia en muchas representaciones del narcotráfico es la presencia de la religiosidad. Por un lado, pueden encontrarse referencias más tradicionales asociadas al catolicismo, como imágenes de la Virgen de Guadalupe, rosarios o expresiones de fe en Dios. Sin embargo, en los últimos años parece haber adquirido mayor visibilidad la devoción a la Santa Muerte, figura que aparece con frecuencia vinculada a contextos de violencia y riesgo constante. Más que tratarse de formas opuestas de religiosidad, podría pensarse que ambas responden a una misma necesidad simbólica: la búsqueda de protección frente a la muerte, la culpa y la angustia que puede acompañar la transgresión de la ley. En este sentido, la presencia de estas figuras religiosas no sólo puede entenderse como una práctica cultural, sino también como una manera de sostener cierta seguridad psíquica en un contexto marcado por la amenaza y la incertidumbre.

Esta búsqueda de protección no aparece únicamente a través de figuras religiosas. En muchas representaciones del narcotráfico también se construye esta imagen como una especie de Robin Hood: alguien que, a pesar de situarse fuera de la ley, es percibido como alguien que protege a su comunidad o “ayuda al pueblo”. En distintos relatos, estas representaciones no sólo acumulan riqueza, sino que también ofrecen trabajo, apoyo económico o protección a quienes viven en su entorno. Esto puede generar una relación ambivalente en la que el mismo personaje que produce miedo también puede ser vivido como alguien que cuida o protege. Desde una perspectiva psicoanalítica, esta representación resulta particularmente interesante porque permite pensar que el poder no se sostiene únicamente en la violencia, sino también en la identificación y en la necesidad de protección que aparece en contextos marcados por la inseguridad y la amenaza constante.

Desde el psicoanálisis, la agresión y la destructividad han sido pensadas como componentes fundamentales de la vida psíquica. El desarrollo de teorías como la de Melanie Klein resultan útiles para comprender cómo los impulsos destructivos forman parte del mundo interno desde

los primeros momentos del desarrollo. Klein planteó que, en las etapas tempranas, el niño experimenta sentimientos ambivalentes hacia sus objetos primarios. Amor y odio coexisten en estas primeras relaciones, dando lugar a fantasías inconscientes de ataque, destrucción y persecución. Como señala Klein (1946), “Desde el comienzo de la vida postnatal existen impulsos destructivos dirigidos contra el objeto”, lo que permite pensar la agresión no sólo como una reacción frente a la realidad externa, sino también como parte de las dinámicas internas que atraviesan la vida psíquica.

En relación con estos planteamientos, Klein también desarrolló la noción de ansiedades o fantasías persecutorias. En los primeros momentos del desarrollo, el niño puede experimentar sus propios impulsos agresivos como si provinieran del exterior, imaginando que el objeto atacado se vuelve persecutorio y amenaza con retaliar. De esta manera, el mundo interno puede poblarse de figuras perseguidoras que generan intensos sentimientos de temor y vigilancia.

Bajo esta lógica, no resulta difícil pensar que, en contextos donde la violencia, la traición y la amenaza forman parte de la vida cotidiana, estas fantasías persecutorias pueden volverse mucho más fuertes. El miedo constante a ser traicionado, delatado o atacado por otros puede generar un estado de alerta permanente, donde la desconfianza deja de ser algo momentáneo y empieza a convertirse en una forma habitual de relacionarse con los demás. De alguna manera, esta lógica persecutoria no parece limitarse únicamente a quienes participan directamente en estas dinámicas, sino que también se filtra en el imaginario social más amplio, donde hablar del narcotráfico puede despertar temores difusos, como la sensación de que alguien podría estar escuchando o vigilando.

A lo largo del desarrollo, el niño necesita integrar sus impulsos agresivos junto con los sentimientos amorosos dirigidos hacia las mismas personas. Cuando esta integración se vuelve difícil, la destructividad puede aparecer de formas más intensas o más desorganizadas. La violencia que aparece en contextos como el narcotráfico podría pensarse no sólo como un fenómeno social, sino también como la expresión extrema de estas dinámicas internas, donde la capacidad de dañar o intimidar al otro puede llegar a ocupar un lugar central.

Si tomamos en cuenta estas dinámicas de omnipotencia, destructividad y persecución, surge entonces una pregunta importante desde el punto de vista clínico: ¿Podría alguien involucrado en el mundo del narcotráfico sostener un proceso psicoanalítico? Sobre todo si pensamos que una parte fundamental de su vida tendría que mantenerse en secreto. ¿Qué pasa en un análisis cuando hay algo que no puede decirse?

El psicoanálisis se sostiene en ciertas condiciones que hacen posible el trabajo analítico. Entre ellas, una de las más importantes es la posibilidad de hablar libremente y de asociar sin censura. Sin embargo, en contextos donde la vida está organizada alrededor del secreto, la amenaza y la desconfianza, estas condiciones pueden volverse muy difíciles de sostener.

El narcotráfico constituye un mundo en el que la información se controla estrictamente y donde decir ciertas cosas puede implicar riesgos reales. En este sentido, el secreto no funciona sólo

como algo que se oculta, sino como algo necesario para poder sobrevivir dentro de ese sistema. El secreto no es simplemente algo que el paciente tendría que decir en análisis, sino algo que forma parte de la manera en que se organiza su vida psíquica.

En un contexto atravesado por la desconfianza, la traición y la amenaza constante, el otro puede vivirse fácilmente como un potencial perseguidor. En ese sentido, la figura del analista difícilmente quedaría fuera de esa sospecha.

Si el psicoanálisis se sostiene en la posibilidad de hablar, recordar y elaborar, el hecho de que haya cosas que no pueden decirse cambia todo. La palabra, que es la herramienta principal del análisis, deja de poder usarse con libertad. Y cuando hay partes enteras de la vida que no pueden nombrarse, también se vuelve mucho más difícil pensar lo que está pasando psíquicamente.

Retomando a Bion, podría pensarse que aquello que no puede ser puesto en palabras difícilmente puede ser pensado. Cuando ciertas experiencias no logran transformarse en algo pensable, permanecen como elementos no elaborados dentro de la vida psíquica, lo que limita la posibilidad de simbolización y de trabajo analítico.

Tal vez, entonces, la pregunta no sea únicamente si alguien involucrado en el mundo del narcotráfico podría sostener un proceso analítico, sino qué ocurre con lo inconsciente cuando el silencio no es una defensa, sino una condición necesaria para sobrevivir.

Asimismo, para que un proceso analítico pueda sostenerse, no sólo tiene que existir malestar, sino también cierta conciencia de que algo no está bien. Tiene que haber una sensación de que algo falla o de que algo necesita pensarse. Pero cuando alguien se vive desde una posición de omnipotencia, esa conciencia difícilmente aparece. Si el poder, el control o la capacidad de imponerse sobre otros forman parte central de la identidad, lo que desde afuera parece un problema puede no vivirse así desde adentro, sino más bien como una confirmación de que todo está funcionando.

Más que preguntarnos únicamente si un narcotraficante podría analizarse, es necesario preguntarnos también por las condiciones que hacen posible un proceso analítico. La presencia del secreto, la amenaza y la violencia no sólo afectan la vida de quien está dentro de ese mundo, sino que también generan tensiones con el encuadre analítico y obligan a pensar hasta dónde puede llegar el psicoanálisis frente a ciertos contextos de vida.

Tal vez el sentido de pensar la figura del narcotraficante desde el psicoanálisis no esté en encontrar respuestas definitivas, sino en abrir preguntas sobre cómo se construye una identidad cuando el poder, la violencia y el secreto ocupan un lugar central.

Soy consciente de que este tema puede pensarse desde muchos lugares y que aquí sólo logré abordar algunos de ellos. Sin embargo, atreverme a escribir sobre esto también tiene que ver con una idea muy presente en la clínica: que todo aquello que nos atrevemos a pensar tiene, de alguna manera, la posibilidad de transformarse o de empezar a comprenderse de otro modo. Quizá esa fue, en parte, la motivación inconsciente que me llevó a interesarme por esta línea de investigación.

El silencio que rodea al narcotráfico no sólo tiene que ver con el miedo, sino también con la dificultad de reconocer aquello que, de manera más o menos inconsciente, también resulta atractivo. Pensar esta figura implica entonces un riesgo particular: no sólo el de hablar de la violencia o del poder, sino el de confrontar aquellas fantasías que, aunque no se actúen, forman parte de la vida psíquica.

Más que intentar dar una respuesta definitiva, escribir sobre esto también fue una forma de poder pensarlo sin quedarme sólo en el juicio o en el miedo. Pensarlo desde las identificaciones, desde el reconocimiento que muchas veces se busca, y desde la idea de que, para algunas personas, ese mundo puede llegar a vivirse como la única posibilidad real. Tal vez el sentido de este trabajo no esté en explicar del todo a estas figuras, sino en sostener la pregunta, incluso cuando resulta incómoda, y en hacer un esfuerzo por pensar aquello que muchas veces permanece difícil de nombrar, para poder acercarnos a ello de una manera menos inmediata, menos simplificada y, sobre todo, más humana.

Bibliografía

  • Bion, W.R. (1962). Learning from experience. London, England: Heinemann.
  • Freud, S. (1908). El carácter y el erotismo anal. En Obras completas (Vol. 9). Amorrortu. Freud, S. (1914). Introducción del narcisismo. En Obras completas (Vol. 14). Amorrortu. Freud, S. (1923). El yo y el ello. En Obras completas (Vol. 19). Amorrortu.
  • Klein, M. (1946). Notas sobre algunos mecanismos esquizoides. En Envidia y gratitud y otros trabajos. Paidós.
  • Montero, M. (2025). Una mirada psicoanalítica a la narcopaternidad. En SPM: https://spm.mx/2018/una-mirada-psicoanalitica-a-la-narcopaternidad/
  • Imagen: Pexels/Cotton Studio

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