La pareja en el diván

Por: Grecia Romero

A menudo, la crisis amorosa es el móvil de un análisis. El consultorio se plaga de historias de romance que hacen cuestionar a los pacientes sobre sí mismos. Es por eso, que las relaciones de pareja han sido objeto de estudio dentro del psicoanálisis debido a su complejidad y la manera en que evidencian los procesos inconscientes del sujeto. Aunque la diferencia entre trabajar con una pareja en consulta y abordar a la pareja como parte del relato de un análisis individual es obvia, considero que hay interrogantes clínicas que requieren comprensión de elementos base para ambas situaciones analíticas. Por medio de este escrito pretendo recorrer algunas posturas teóricas aproximándome a contestar las siguientes preguntas: ¿Qué influye en la elección de una persona como objeto de amor?, ¿Qué hace que la relación de pareja sea diferente a las demás relaciones? Y ¿Cómo interviene el analista en la construcción de la pareja ante esta elección?

Los lazos filiales y parentales también involucran amor; sin embargo, los de la pareja implican una elección que somete al sujeto a cuestiones filosóficas. Aunque existan factores ajenos al individuo que influyen en este proceso, como son la genética y la geografía, el sujeto al abrir paso a la elección, tiene que descartar y se involucra en el circuito de los deseos; existir, ser deseado, mirar o ser mirado, amar o ser amado; y con ello, despierta a las preguntas inevitables: ¿de quién? ¿a quién?

Farbain (como se citó en Scharff & Scharff, 1991), pensaba que el individuo, no sólo se relaciona a partir de descargas que reducen el displacer como lo planteaba Freud en 1915; él plantea que las descargas evidencian el anhelo de un lazo con el objeto y que la elección de pareja no sólo cumple con funciones biológicas y psíquicas, sino que además provocan un sistema intrapsíquico. La relación entre los objetos introyectados y los reales formarán sistemas de comunicación recíproca inconscientemente así como con el bebé y la madre (Scharff & Scharff, 1991). Las relaciones estarán en un constante movimiento que engloba tanto al sujeto como al objeto en un intercambio entre lo de afuera y lo de adentro (Rivière P, 1985).

Pichon Rivière (1985), quien define al vínculo como la parte concreta/visible de la relación, dice de éste que no es estático, ni único, sino que una persona puede tener múltiples vínculos simultáneamente; y describe este proceso con la relación analista-paciente. Dice que cuando un paciente inicia el proceso, hace un trabajo analítico antes de llegar a su sesión. Incluso sin conocer al analista forma una imagen interna de esta figura con la cual ya establece un vínculo. Como consecuencia de la interacción con él, el paciente introyecta la imagen y la voz del analista. Con el tiempo el paciente establece con él una relación autoanalítica permanente. Lo que sucede una vez fuera del análisis será una actuación con un objeto interno que tendrá impacto en otros objetos. La expresión del vínculo interno, a su vez será vínculo hacia lo externo.(Rivière P, 1985). Como este modelo de relación, la pareja amorosa también crea un sistema de comunicación primero endopsíquico y posteriormente interpersonal que promueve la integración de nuevos objetos y representaciones mentales que como plantean los esposos Scharff (1991), configuran una fórmula de espiral dialéctica, de ese pasaje entre lo de adentro afuera y lo de afuera adentro (Scharff & Scharff, 1991).

Aunque el interjuego ocurre en cualquier relación, con la pareja amorosa suele ser más conflictivo debido a la coexistencia de las pulsiones sensuales y tiernas. Este tipo de relación busca intimidad; que según Hatfield, se trata de un proceso consciente en el que se pretende una comunicación plena de afectos, pensamientos y conductas (Hatfield en Pérez Testor et al., 2009, p. 202). Para que haya intimidad, la proximidad tanto física como psíquica es inmanente, lo que llevarán al sujeto a un estado regresivo debido a la vulnerabilidad que provoca. La intimidad es buscada mediante la exposición y contacto cuerpo a cuerpo con caricias y el contacto de los genitales. Para que el sujeto pueda expresar la parte afectiva mediante la ternura, debe contactar con ella mediante el recuerdo del introyecto del cuidado de la función materna (Pérez Testor et al). Este intento, provocará un vaivén entre el introyecto de las figuras primarias y el objeto real; y el acercamiento y distanciamiento va a reactivar experiencias tempranas de separación y pérdida, lo que para la psique es una reexperimentación particularmente en la etapa de mayor dependencia. Paradójicamente entre más ternura, mayor vulnerabilidad; a mayor vulnerabilidad, mayor anhelo de ternura. Se accede a ella a través del redescubriendo de el otro; en la constancia de que el objeto estará y con el peligro de que en algún momento no. La razón por la que los conflictos de pareja suelen surgir en la sexualidad, es porque en este terreno convergen ambas pulsiones con el componente de la vulnerabilidad.

Según David y Jill Scharff (1991), la pareja elegida es el objeto con el cual se busca una comunicación inconsciente en la que pueda darse una reconfiguración de las partes vividas como dañadas. (Scharff & Scharff, 1991). Por lo que el vínculo se definirá en un ciclo comunicativo simultáneo de inconsciente a inconsciente mediante los mecanismos de la proyección, introyección, identificación proyectiva e identificación introyectiva; este ciclo comienza cuando uno de los miembros expulsa una parte de sí mismo que le resulta intolerable para sí y la proyecta en su pareja. La pareja puede aceptar y actuar según esa proyección asumiéndola como una identificación complementaria. Tomo de los autores mencionados el siguiente ejemplo:

La esposa proyecta en el esposo su propio sentimiento de insuficiencia, viéndolo como un hombre “poco ambicioso”. Él, al identificarse con esa proyección, se vuelve más pasivo, reforzando la percepción de ella. La esposa lo ataca, pero en realidad está luchando contra su propio sentimiento de inferioridad, por lo que él también proyecta en ella su deseo de ser más enérgico, dejándola tomar el papel activo. A través de este ciclo de proyección-reintroyección, se refuerzan patrones relacionales inconscientes que sostienen la dinámica. En este caso la pareja no sale de la misma conflictiva al no darse cuenta de que uno ve en el otro los aspectos que no tolera en sí mismo (Scharff & Scharff, 1991). Un sintoma común de la pareja emproblemada es la “falta de comunicación”, la cual surge de la incapacidad para modificar las proyecciones y reintroyectarlas con fines reparatorios.

Dicho lo anterior, comprendemos que el funcionamiento de la pareja y la consolidación psíquica de ésta, son resultado de un proceso dinámico de vinculación entre dos individuos y con sus imagos. Ante esto, Pujet (s.f) propone la existencia de un vínculo integrado en la psique. Lo denomina el “objeto pareja”; una entidad que se ubica entre el individuo y el grupo social y cuya internalización se va delimitando de acuerdo con:

1.- Lo individual del proceso edípico.

2.- La trasmisión de las reglas sociales y los modelos familiares. 3.- Lo diádico dentro de la relación amorosa (Puget J, s.f.).

Esta representación espacial mental también delimita un territorio dentro del cual se crearán nuevos espacios. Para la autora, su componente lingüístico es el “nosotros”, mientras que desde fuera, se expresa como “los”, “ellos” (Puget, s.f. pp.3). La “pareja objeto”, funciona como un organizador subjetivo que influye en la identidad y en la manera en que cada miembro se posiciona en la relación; además, de que se transforma conforme a las diferentes fases por las que atraviesa el vínculo.

Regularmente, en la primera etapa de la unión que comienza con el enamoramiento, se caracteriza por la experiencia de fusión similar a la vivida previamente con la función materna. Esta fase conlleva una dependencia infantil primaria motivada por un sentimiento de carencia que busca saciarse en la ilusión de totalidad. “El otro”, funciona como un suministro narcisista. Se escinden las partes buenas y se proyectan las malas en terceros. El “objeto pareja” de los padres, queda excluida del “objeto pareja” nuevo (Puget, s.f.).

Sin embargo, este estado de fusión eventualmente provocará sensaciones de encierro dando paso a un segundo momento en la relación. La idealización del objeto presente despierta el sentimiento de que el dominio del Yo lo tiene el “otro” (Liberman en Sluzki, 1975) y las diferencias del “otro” que antes eran proyectadas fuera de la dupla, ahora se le devuelven al objeto real desvaneciéndose poco a poco la idealización (Puget, s.f.). Como dice Liberman (1975), “el que una vez fue confidente tiene potencial de perseguidor”, por lo que las fantasías de ser vaciado o atacado se activan. La agresión previamente depositada en los objetos externos, se redirige a la pareja sobre quien se implementan en su lugar técnicas de rechazo o de poder y dominio omnipotente (Liberman en Sluzki,1975).

Además, Berenstein (2001), propone que siempre existe una parte del “otro” que no podrá ser asimilada, ni identificada completamente, lo que provoca tensión en la relación; a esto lo llamó “ajenidad” (Berenstein, 2001). La ajenidad permanente, junto con las angustias primitivas que se manifiestan sobre todo en esta etapa, cuando se vuelven intolerables para el Yo, se recurre a la separación temporal o definitiva. Si se produce la distancia, Igor Caruso (2015), nos dice que ésta funciona como un mecanismo de defensa ante el miedo a la reintroyección de la agresión que se despierta (Caruso, 2015).

Cuando los sujetos neuróticos atraviesan un conflicto sentimental, suelen experimentar en la fantasía consciente aquellas acciones que no se atreven a realizar con el objeto amado, y que gracias a la escisión mantienen reprimidas o desplazadas a terceros (Liberman en Sluzki,1975). Pero, cuando la agresión se intensifica producto de los conflictos por la convivencia diaria, puede cometerse un acting que atenta contra la permanencia de la pareja. Por otro lado, en el caso de los sujetos con tendencias patológicas; aunque también forman alianzas; la configuración de estas relaciones tienden a la destrucción del objeto interno o externo, o bien, quedan impedidas por una fijación hacia el interior, como por ejemplo en la elección de pareja de tipo narcisista en la que Freud (1910), describió que el individuo se enamora de:

  1. Lo que uno mismo es (a sí mismo).
  2. Lo que uno mismo fue.
  3. Lo que uno querría ser.
  4. La persona que fue parte del propio sí-mismo (Freud, 1910).

En estas relaciones, el “otro” se fusiona con el Yo, generando una codependencia que impide la reparación a través de la interacción con la pareja real (Liberman en Sluzki, 1975). En la unión de estructuras patológicas, el vínculo es violento y atenta constantemente contra el sujeto, el objeto y el “otro”. Aunque estas parejas acuden conscientemente a análisis con la aparente intención de resolver sus conflictos, su finalidad inconsciente suele ser distinta a la de preservar el vínculo.

Ahora, cuando los aspectos patológicos no predominan, la “ajenidad” puede convertirse en una fuente de enriquecimiento subjetivo (Berenstein, 2001), ya que la presencia del otro y su diferencia activan la pulsión, generando acercamiento en lugar de amenaza. Cuando la dupla sobrevive a las exigencias de la vulnerabilidad, Puget (s.f) señala que se desarrolla una identidad individual dentro de la pareja, la cual comienza a organizarse en torno a lo fáctico, en el “¿qué vamos a hacer?”, promoviendo un acercamiento al entorno sin que esto implique separación. Las partes escindidas y la ambivalencia disminuyen, favoreciendo la integración. La cotidianidad despierta un sentimiento de estabilidad, y la dependencia se instala en la sexualidad, lo afectivo y la economía, lo que permite asumir la castración (Puget, s.f.). En este proceso, el “nosotros” se expande, integrando la representación de múltiples experiencias.

Poco a poco, en el territorio compartido por ambos, surgirán vacíos que despertarán el deseo de ser llenados. Cuando la unión se ha mantenido por un tiempo prolongado, el “objeto pareja” adquiere un representante simbólico y espacial; cuenta con referentes pasados y la falta engendrada por la castración se convierte en depositaria del futuro. Nos dice Pujet (s.f.), que cualitativamente, ya no se trata del vacío que impulsa la búsqueda de otro objeto, sino de un vacío compartido que actúa como un tercero, simbólicamente depositario de todo aquello que lo trianguliza y que ahora pretende llenarse con nuevos proyectos compartidos, posiblemente los hijos (Puget, s.f.).

Regresando a las preguntas constitutivas ¿de quién? y ¿a quién? se elige para transitar este camino, puedo responder que esta elección recae en el ideal imaginario de alguien lo suficientemente cercano al objeto original para reencontrarlo, así como lo suficientemente distante para no temerle y poder repararlo. Asimismo, considero que en la fantasía se busca una pareja con la que, ante la vulnerabilidad, el sentimiento de “seguridad” prevalezca. Y con seguridad, no me refiero precisamente a la protección y el cuidado, sino a la garantía de la repetición de la historia. Se elige a quien cumpla la paradoja inconsciente.

Al acercarme al final de este escrito quisiera compartir algunas reflexiones:

Pienso que, en la sociedad moderna, donde se ofrece un acceso ilimitado a la novedad y lo espontáneo, la aparente abundancia de opciones para elegir también impacta en las nuevas formas de relación y en su profundidad. En las ponencias del recién congreso “El psicoanálisis en tiempos de hipermodernidad”, se visibilizó sobre todo el rechazo o imposibilidad a la intimidad.

Siguiendo esta premisa pienso, que el acto de elegir está marcado por lo que se evita. La pregunta “¿A quién elijo?” implica, inevitablemente, “¿A quién dejo fuera?”. Por lo que añado que en la tendencia a cambiar de relaciones constantemente se filtra la evitación a salir de la compulsión. En este contexto, la inclinación hacia lo transitorio también puede verse como una forma sintomatológica de mantenerse en lo imposible de la reparación. Como ya vimos, la evolución de la pareja sacude con fuerza al Yo y en una sociedad en la pareciera que “sentir es sinónimo de perder”, la crisis para la pareja moderna repercute en no saber cual es la distancia o cercanía optima para “perder menos”.

No olvidemos que el entorno también es un factor clave, los cambios ideológicos transforman constantemente la identidad individual, dando nuevas configuraciones relacionales. Un ejemplo actual es el rechazo al concepto tradicional de matrimonio, vinculado a la burguesía capitalista, lo que ha contribuido a descartar los compromisos a largo plazo. El Ideal del Yo, impactado por estas nuevas demandas, puede generar sufrimiento en la pareja independientemente de la presencia de una patología, provocando la separación. Así mismo, la agresión; esa la pulsión que también mantiene el vínculo ya que promueve la diferencia y la distancia sana que evita la fusión; desencadena la conflictiva actual en la que las parejas no saben cómo lidiar con ella.

Quizá en épocas anteriores cuando lo “políticamente correcto” no prevalecía en el discurso, las formas solían ser distintas incluso cayendo en la violencia normalizada. Con esto no quiero decir que era mejor, si no que quizá anteriormente había otras maneras “aceptadas” de desplegarla.

Aunque el analisis de pareja es poco explorado aún, poco a poco ha tomado popularidad y considero importante resaltar algunas de las funciones principales del analista dentro de este encuentro.

Es así que el trabajo analítico permite abrir un espacio donde los vínculos puedan ser pensados, en lugar de simplemente repetidos. El consultorio se convierte en un espacio donde se resguardan los ideales y las fantasías que sostienen el vínculo. Y también, se despliega y se proyecta la agresión con fines de que sea lo suficientemente tolerable para los miembros involucrados.

Las intervenciones que en ocasiones tienen un rol activo, convierten al analista en un tercero que recibe las proyecciones de la pareja, además de ser un factor que moviliza resistencias y temores primarios. Desde la fantasía de los consultantes, el analista, investido de una ilusoria autoridad, tiene “el poder” de interrumpir la relación, lo que intensifica mecanismos defensivos como la racionalización de las interpretaciones (Liberman en Sluzki, 1975). En algunos casos, el retorno inmediato a la intimidad tras las primeras sesiones no implica una verdadera transformación, sino un intento de protegerse del introyecto del analista, vivido como amenazante, lo que ya propone un reto para resolverse en el consultorio. Algunas veces la pareja pueden aliarse en oposición al analista, quien es percibido como una figura de autoridad parental. Para aquellas parejas que terminan separándose durante el proceso, el analista se convierte en el depositario de la culpa por las agresiones desplegadas en sesión, y se le atribuye una supuesta incompetencia para mantener la unión (Liberman en Sluzki,1975).

Parte de este proceso también será que el análisis ocupe el lugar del “objeto pareja”. En éste espacio el analista actualiza y enriquece las representaciones simbólicas del “objeto pareja” internalizado. Además, observa el hilo de estos vínculos, utilizándolos como guía para identificar con qué objeto se está interactuando. A partir de esta lectura, y en función de lo que se escinde en la realidad, se abre la posibilidad de reencontrar el afecto ligado al objeto original.

Como punto final, pienso que en la actualidad, no se pretende evitar la vinculación, sino que se hace el intento de recuperar la ternura en lo concreto de las experiencias. Sin embargo, esta, por su proximidad a la vulnerabilidad, es efímera y, en contraste con la frustración, se desvanece con facilidad. El intento de domesticarla es el origen del malestar de la cultura actual que impacta en las nuevas formas de relación. Las personas acuden al análisis con la demanda consciente de reconciliarse con el otro, pero también con el anhelo inconsciente de que el analista les reencuentre con el amor. Ante la castatrofe de este proceso, la ternura, ese “pegamento” que une al dúo, se diluye fácilmente. Por lo que el analista con su encuadre: la abstinencia, el tiempo, el pago y su distancia del vínculo amoroso le resguardan permitiéndole convertirse para la pareja moderna, en el “arqueólogo de la ternura”.

Bibliografía

  • Berenstein, I. (2001). El vínculo y el otro. Psicoanálisis APdeBA, XXIII(1), 9-13. Caruso, I. (2015). La separación de los amantes. Siglo XXI Editores.
  • Freud, S. (1910). Cinco conferencias sobre psicoanálisis. Amorrortu
  • Perez Testor, C., Castillo Garayoa, J. A., & Davins Pujols, M. (2009). Psicoterapia psicoanalítica de pareja: Teoría y práctica clínica. Apuntes de Psicología, 27(2-3), 197217. Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Occidental.
  • Scharff, D. E., & Scharff, J. S. (1991). Object relations couple therapy. Jason Aronson. Pichon Rivière, E. (1985). Teoría del vínculo (5a ed.). Asociación Psicoanalítica Argentina. Puget, J. (s.f.). Constitución y evolución de la pareja. Recuperado de https://www.bivipsi.org/wp-content/uploads/2017-puget-constitucion.pdf
  • Sluzki, C. E. (Comp.). (1975). Psicopatología y psicoterapia. Ediciones Nueva Visión.
  • Imagen: Pexels/Kader Azra Namuslu

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