lookout-1506635Por: Rosa Elena Martínez
Cuando me di a la tarea de buscar un tema en particular para la presente exposición; leyendo de entre una serie de referencias psicoanalíticas, me llamó la atención la frase de un artículo que aducía, precisamente, a las vivencias del analista; motivo que me dio la idea de incursionar en este pasaje.
De entrada pensé en algo que le era “común” al analista, o por lo menos a una mayoría: las vivencias profesionales; me refiero a la preparación teórica y práctica que se entreteje con la experiencia cotidiana en consultorio, y aquellas nociones técnicas propias de la praxis: desde la primera entrevista al paciente; hasta que da lugar la transferencia y la contratransferencia, en fin, todo lo que entraña el desarrollo del empleo psicoanalítico.
Por supuesto, también vino a mi mente, la preparación personal que cada analista debe procurar si pretende iniciar en el ejercicio de la profesión.
Pero cuando estaba pensando en todo esto, comprendí que las vivencias del analista, no solo se referían a una cuestión teórico-práctica, sino también de índole personal; me refiero a las valores, creencias, ideologías, preferencias y sentimientos del analista; es decir, a toda una integridad.
Entonces surgió la pregunta ¿y qué hace el analista para evitar su influencia personal en el análisis con los pacientes?
Este ensayo tiene como propósito, en lo posible, la comprensión del concepto de neutralidad analítica, que debe observar el analista con el paciente en el espacio terapéutico; de tal manera que le permita el desarrollo de una adecuada relación profesional con él.
Paso a desarrollar tal planteamiento. Nuestra profesión a diferencia de otras, implica totalmente nuestra personalidad como instrumento de trabajo; respaldada por varios años de formación. Esto incluye la presencia del analista en una contratransferencia “corporal”, que permite un trabajo en el que se involucra afectiva y sensorialmente en los mensajes inconscientes del individuo, durante la escucha verbal; así como en la no verbal, durante el proceso de comunicación en el análisis.
De este modo, el método psicoanalítico dispone de la experiencia subjetiva del individuo, tanto consciente, como inconsciente para su análisis. De tal manera, que permite una aproximación hacia el mundo interno del paciente neurótico o no neurótico.
Tal perspectiva, se puede comprender desde el modelo clásico psicoanalítico, mediante el cual, el analista describe los fenómenos que observa de los pacientes, a fin de intervenir por medio de una línea interpretativa; sin embargo, no contempla la posibilidad de que el analista se describa como observador.
Debido precisamente, a que este modelo se centra en el estudio del paciente, en particular en sus procesos y contenidos psíquicos inconscientes. Sin atender a las opiniones, creencias y características propias del analista, que podrían influir sobre las experiencias y manifestaciones del paciente; contaminando el material y restringiéndolo a poco confiable.
Por lo que en conjunto, los resultados del análisis: historia clínica; clave; viñetas, describen con precisión todo lo relacionado con el psiquismo del paciente; pero no describen las características propias del analista, ni el ambiente en el que se desarrolla el espacio psíquico del sujeto en el consultorio, como elementos con los que se relaciona el individuo.
No obstante, “…desarrollos actuales, que estudian los procesos de comunicación en el análisis, han ampliado nuestra comprensión de la contribución del analista, en especial en los momentos en que se da un intrincamiento entre vivencias que ocurren en paciente y analista.” (De león, 1999)
Entonces, será importante en este punto distinguir, que si bien, el analista durante el desarrollo de la sesión, puede, mediante un acto auto-analítico, observar sus contenidos con respecto a los del paciente; también es cierto, que puede no contemplarlos como posible influencia en la percepción de los sujetos que acuden al consultorio.
Renik (1996) indica que “por muy diligente que sea el analista en sus esfuerzos auto-analíticos; sus observaciones, formulaciones e intervenciones estarán siempre influidas por factores personales que se encuentran al margen de la conciencia”.
Llegado a este punto, nos encontramos con el concepto de “neutralidad”. Es importante destacar, que para entender esta noción, será indispensable explicar “la naturaleza paradoja de la contratransferencia”, en sus dos momentos: por un lado, se comprende la realidad psíquica del paciente, a partir del intrincamiento de vivencias con el analista; pero por el otro, se muestran aspectos resistenciales encubiertos en el analista (De león, 1999).
En otras palabras, el fenómeno contratransferencial puede intervenir contribuyendo como un proceso interpretativo, o; interferir mediante una neurosis de transferencia; dos funciones que bien podrían coincidir con la distinción que hace Racker (1960) acerca de la contratransferencia concordante y la complementaria; entendidas desde las vivencias del analista, pero reconocidas por él como no propias durante el análisis.
De esta distinción, se origina la posición neutral, que técnicamente es considerada como “la necesidad de poner al margen las características personales del analista” (De león, 1999).
Poland (1984) señala que la neutralidad es “… un principio que se usa para aislar los aspectos interpersonales del proceso transferencial de las intrusiones externas de las fuerzas intrapsíquicas del analista”.
Para Freud en Laplanche (1996) la neutralidad analítica es “una de las cualidades que definen la actitud del analista durante la cura. El analista debe ser neutral en cuanto a los valores religiosos, morales y sociales, es decir, no dirigir la cura en función de un ideal cualquiera, y abstenerse de todo consejo; neutral con respecto a las manifestaciones transferenciales, lo que habitualmente se expresa por la fórmula “no entrar en el juego del paciente”; por último neutral en cuanto al discurso del analizado, es decir, no conceder a priori una importancia preferente, en virtud de prejuicios teóricos, a un determinado fragmento o a un determinado tipo de significaciones.”.
En otras palabras, significa imparcialidad con respecto al conflicto, para evitar juicios de valor y en lo posible ausencia de sentimientos. “Freud concibió el concepto de neutralidad como un precepto claramente dirigido a la consecución del distanciamiento emocional total” (Stepanski en Renik,1996); es decir, como un acto objetivo del analista por reducir el nivel, en el que sus opiniones subjetivas, deterioran la autonomía del paciente.
De hecho la neutralidad es contemplada como un mito, a la par que su complementaria la regla de abstinencia, en la que Freud recomendaba al analista no gratificar los deseos del paciente.
Aunque para algunos autores la neutralidad puede confundirse con la frialdad, o el distanciamiento del analista y hasta con cambios innecesarios en su imagen personal; realmente en el fondo preserva los aspectos válidos de descentramiento frente a su propia participación y mantiene con objetividad su labor.
Para Raphling en Renik (1996) el analista se aleja de la neutralidad al emitir interpretaciones al paciente, pues “…una línea interpretativa favorece un aspecto del conflicto en detrimento de otro, reflejando así la evaluación que el analista se hace de lo ineficaces que son las transacciones de un paciente y sus intentos por resolver el conflicto”; es decir, infiere que la única forma en la que el analista puede ser neutral; es siendo inactivo.
Se puede entender desde el desarrollo de esta premisa, que el analista si es activo no es neutral, por tanto, será imposible para el analista llegar a una neutralidad dentro del proceso psicoanalítico; entonces, el analista sólo podrá ser neutral, desde una forma idealizada.
Desde esta perspectiva, Poland, Kriss y Hoffer tratan de dar una conceptualización diferente a la noción de neutralidad, a fin de evitar la distorsión que este “ideal técnico” ha provocado, pues impide estudiar los aspectos teóricos y técnicos de la participación de la subjetividad del analista en el proceso analítico. (Renik, 1996).
Dicho de otra manera, causa limitaciones en las intervenciones del analista durante el proceso, debido a tres situaciones: La primera, se refiere a la falta de una relación óptima entre los juicios del analista y los conflictos del paciente; La segunda, se debe a un inadecuado rol de las emociones del analista en la técnica y; la tercera, es por la confusión qué disuade al analista de explotar al paciente. (Renik, 1996).
Por lo que está de más mencionar la dificultad que implica perseguir este “ideal técnico”; sobre todo, al momento de elegir en qué casos específicamente se considera importante que el analista comunique sus opiniones personales como contribución al conflicto del paciente.
Al respecto, Renik (1996) enfatiza en los inconvenientes de la neutralidad, al indicar que ésta no facilita el proceso de aprendizaje dialéctico, entre el analista y el paciente. Que lo que realmente contribuye a “una investigación psicoanalítica exitosa es la capacidad del analista para aprehender la esencia de los conflictos del paciente y para comprometerse con este”.
Así como su capacidad de devolverle al paciente una “perspectiva alternativa”; una nueva forma de construcción de la realidad; que puede ser considerada por el paciente o no. (Renik, 1996).
También menciona el “estado emocional basal de ecuanimidad afectiva” que debe observar el analista como neutralidad durante el análisis y que suele alejarse de esta postura cuando se irrita, aburre o entristece. Aunque estas actitudes son esperables como material auto-crítico para la transferencia y contratransferencia, también son consideradas como “posibles desviaciones de la línea base”.
En conclusión, al analista actual, solo le queda un espacio entre el “estado emocional basal de ecuanimidad afectiva” y las “desviaciones de la línea base”, como posibles alejamientos de la neutralidad, para obtener mayor información acerca del paciente y del propio trabajo auto-crítico. (Renik, 1996)
Por último, este autor indica que las resistencias que todavía mantienen la posición de observar la neutralidad durante el análisis, se centran, en la preocupación del analista de contemplar un método terapéutico de orden científico, por un lado; y por el otro, en el involucramiento emocional sin restricción, del analista hacia el paciente.
Aunque se puede advertir, con respecto a este involucramiento, que en la práctica, la neutralidad poco podría hacer al respecto, pues las limitaciones emocionales en el análisis, podrían tener mayor repercusión en el ámbito de la ética de cada sociedad de profesionales.
 
Conclusiones
Finalmente, como conclusiones se infiere que las vivencias del analista son una totalidad de circunstancias, expresadas a través de sus emociones, que pueden lograr influir en el desarrollo del análisis de un paciente;
Que el analista atiende a los mensajes inconscientes del individuo de forma afectiva y sensorial, mediante una contratransferencia “corporal”.
Por lo que el método psicoanalítico se centra en los procesos y contenidos psíquicos inconscientes del paciente, sin atender a las opiniones y creencias del analista.
Sin embargo, estudios actuales de comunicación en el análisis han ampliado la contribución de las vivencias personales del analista en el proceso terapéutico; considerando que se encuentran al margen de su propia conciencia.
Por lo que la comprensión de la naturaleza paradoja de la contratransferencia permite el entendimiento de la neutralidad; como un concepto que significa imparcialidad; aunque suele confundirse con frialdad o distanciamiento.
Entonces la completa neutralidad del analista es imposible en el análisis de pacientes.
Siendo que al analista actual, solo le quedan las desviaciones de la línea base, como material autocrítico para el análisis de transferencia y contratransferencia con el paciente.
Y por último, las preocupaciones de abandonar la neutralidad en el análisis, se basan, por un lado, en no lograr acceder a una terapia científica y en un involucramiento emocional sin restricción del analista con el paciente.
Bibliografía
 

  • De León, B, B (1999) “Contratransferencia, comunicación analítica y neutralidad”; Revista Uruguaya de Psicoanálisis; Volumen, (número 89); Recuperado de http://www.apuruguay.org/apurevista/1990/1688724719998907.pdf.
  • Freud, S. (1981): “Los caminos de la terapia psicoanalítica.” En Obras Completas, Tomo III (cuarta edición). Madrid: Biblioteca Nueva.
  • Hernández, de T, R (1999) “El mundo del psicoanalista”; Aperturas Psicoanalíticas. Revista Internacional de Psicoanálisis; Volumen (número 54); Recuperado de http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000088&a=El-mundo-del-psicoanalista.
  • Laplanche, J. y P. J. (2013) “Diccionario de Psicoanálisis”, Buenos Aires, Ed. Paidós.
  • Poland, W. S. (1984) “On the analyst´s neutraly. J. Amer. Assn.
  • Racker, H. (1960) “Estudios sobre técnica psicoanalítica”. Buenos Aires: Ed. Paidós.
  • Raphling, D. L. (1995) “Interpretation and expectation: the anxiety of influence. Amer. Psychoanal. Assn.
  • Renik, O (1996) “Los riesgos de la neutralidad”; Aperturas Psicoanalíticas. Revista Internacional de Psicoanálisis; Volumen LXV (número 3); Recuperado de http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000188&a=Los-riesgos-de-la-neutralidad.

 
 
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