curious-caterpillar-1551399Por: Lorena Correa
Somos seres fundamentalmente sociales. Sabemos que el relacionarnos con otros es inherente a la naturaleza humana y también sabemos que lo que realmente enriquece nuestra existencia es la creación de vínculos y relaciones significativas con el otro, con un otro con el que podamos aprender, comprender, crear, compartir, sentir, y de esta forma, crecer. Se trata de vinculaciones íntimas y creativas las que permiten el desarrollo del ser humano. Muchos psicoanalistas han puesto el énfasis en la vinculación con los objetos como aspecto estructurante en la formación psíquica.
El primer vínculo que hace el ser humano es con la madre o quien haga las funciones maternas y, como sabemos, la experiencia que se deriva de este vínculo será la base de los vínculos posteriores que crearemos a lo largo de nuestra vida. Cuando algo falla en este primer vínculo con la madre, habrá un detenimiento en el desarrollo y es posible que nos enfrentemos con un sentimiento de vacío, de añoranza, de insuficiencia. Son estos sentimientos los que en muchas ocasiones pueden llevarnos a buscar ayuda en una terapia. Esto nos lleva invariablemente al tema del vínculo que se establece con el analista en el proceso terapéutico, un vínculo que será generador de transformación y cambio en la vida psíquica de ambos.
Veo al espacio analítico como un espacio transicional en el que se ofrecerá al analizando un ambiente facilitador, que será un espacio generador potencial para la creatividad y el desarrollo. Winnicott introdujo los términos de objeto transicional y fenómeno transicional para designar un zona intermedia de experiencia a la cual contribuyen la realidad interior y la vida exterior. Es en esta zona en donde se podrá “jugar”. La psicoterapia se da en la superposición de dos zonas de juego: la del paciente y la del terapeuta; está relacionada con dos personas que juegan juntas. El juego corresponde a la salud y facilita el crecimiento, ya que es una experiencia creadora, para la cual se necesita espacio y tiempo. El psicoanálisis es una forma especializada de juego al servicio de la comunicación consigo mismo y con el otro, dándole la oportunidad al individuo de descubrir su persona.
De acuerdo con Winnicott, el setting brinda una segunda oportunidad para el desarrollo, dando el terapeuta en el tratamiento un “sostenimiento suficientemente bueno” que la faltó al paciente en su infancia. El marco del análisis sería una condición ambiental que predispone a la regresión y permite el descongelamiento de la situación de fracaso que se produjo en el desarrollo del paciente por una falla ambiental. El análisis retoma el desarrollo del sujeto en el punto en que quedó congelado. El paciente revive su pasado, y depende absolutamente del analista (holding) para repetir sus vínculos primarios de la infancia. Así vemos que el análisis es un proceso que permite que el paciente retome su desarrollo natural. El setting analítico facilita y permite un proceso de regresión que es indispensable para desandar un camino equivocado, para restañar las heridas del desarrollo emocional primitivo. Así, el desarrollo emocional primitivo que se malogró y desvió puede ser reasumido a través de una experiencia singular (el análisis) que le permita al individuo volver atrás y comenzar de nuevo. La regresión del paciente en el setting analítico significa un retorno a la dependencia temprana, es un proceso regresivo que marcha hacia la curación vía la dependencia infantil. El paciente podrá usar al analista como objeto, una vez que se ha establecido una relación con el mismo y para ello es necesario que el analista sobreviva y tolere la agresión y destructividad del paciente. El analista, como el papel de la madre como espejo, le reflejará y devolverá al paciente lo que éste trae. También, funcionará y ofrecerá la oportunidad para que el paciente pase de la dependencia a la autonomía. (Winnicott, 1971).
Esto nos lleva al tema de la transformación. La palabra transformación nos remite a algo que se mueve, que cambia, que evoluciona. Me refiero aquí a la transformación como el cambio capaz de producirse en el curso del análisis y más aún, en el curso de la evolución de la mente. El dispositivo analítico está destinado a provocar transformaciones dentro del aparato psíquico. La mente necesita del reverie materno para dejar de pensar en forma concreta, esta madre metaboliza los contenidos para favorecer el crecimiento mental. La madre en su función de continente recibe, modula, transforma y le da significado a los contenidos proyectados del bebé, devolviéndolos en una forma que puedan ser asimilados y entendidos para que pueda aprender de ellos. El bebé eventualmente internaliza esta función y aprende a llevar a cabo la función de continente por sí mismo. De esta forma, Bion abrió el camino hacia un psicoanálisis intersubjetivo. El psicoanálisis entonces consistiría en una construcción, en una narración creada por la interrelación inconsciente entre analista y paciente.
En psicoanálisis, en el marco de la escucha tranquila, las horas ininterrumpidas y las respuestas moduladas e interesadas proporcionan una función contenedora. El analista escucha, reflexiona y formula una interpretación, transformando y dando sentido a lo que ha oído. Como continente, el analista, de acuerdo con la formulación de Bion, no es un receptor pasivo de la identificación proyectiva del paciente. En su reverie analítico (Bion, 1967), reflexiona y da sentido a las proyecciones que ha introyectado. A continuación, ofrece su comprensión al paciente en forma de una interpretación. El paciente reintroyecta los aspectos ahora transformados de sí mismo y modifica las imágenes del self internas con este nuevo entendimiento. Lo que se transmite al paciente es tanto la proyección original transformada del paciente y un aspecto del self del analista: el aspecto continente del analista, la función analizadora en sí misma, que desea, aunque benigna y suavemente, insinuar en el paciente para influir en él.
Este ser capaz de “ayudar al paciente a sentir” que puede soportar, como el analista soporta, sugiere una identificación proyectiva benigna y normal por parte del analista. Como un elemento de su función continente, el analista atribuye su propia imagen del self que soporta al paciente, al mismo tiempo que lo conserva como propio y se comporta de tal manera que provoca imágenes del self y actitudes congruentes en el analizando.
El interés y la empatía del analista generarán un ambiente contenedor. La internalización de la relación es un importante factor curativo. El paciente introyectará y se identificará con las funciones del analista, especialmente con la función de analizar.
Según Bion (1965) “El tratamiento analítico ofrece al analizado las condiciones necesarias para que pueda obtener el conocimiento acerca de sí mismo. Pero el intento de conocer implica un sentimiento doloroso que es inherente a la experiencia emocional misma del conocimiento…Si el análisis no trata ese dolor estaría perdiendo la posibilidad de encarar una de sus funciones principales como es la de intentar lograr una contención que lo capacite para una transformación en crecimiento psíquico y no para formaciones sustitutivas”. La interpretación informa y da al analizado la posibilidad de organizar una nueva forma de pensamiento, de cambiar de punto de vista. Busca modificar su información, ya que para Bion, en el análisis se busca aprender de la experiencia y la finalidad del tratamiento psicoanalítico es el crecimiento mental (1962).
Pasemos ahora a Ogden, quien nos dice que el objetivo fundamental del psicoanálisis es “Mejorar la…capacidad de estar vivo tanto como sea posible dentro del espectro completo de la experiencia humana.” (2005, p.8) Esto significa ser nosotros mismos o más precisamente, volvernos nosotros mismos. Es decir, volvernos un ser humano más completo a través de un proceso interactivo continuo (análisis) que nos transforma. Esto implica desarrollar nuestro potencial para experimentar plenamente lo que significa ser humano.
Ogden habla sobre la capacidad para el crecimiento psicológico que es único para cada pareja de analista-analizando, ya que el análisis es una relación creativa con la persona que estamos analizando. El psicoanálisis no sólo es un arte, sino una experiencia vivida entre el analista y el analizando. “Lo que el individuo es incapaz de saber es qué es lo que él siente, y por lo tanto quien, si alguien, es él. (Ogden 1988). El analista necesita estar comprometido emocionalmente para que la experiencia tenga significado; a través del lenguaje el analista traduce sus conocimientos de lo que está sucediendo al analizando (1999b, p.219). “El discurso analítico requiere que la pareja analítica desarrolle el lenguaje metafórico adecuado a la creación de sonidos y significados que reflejen qué se siente pensar, sentir y experimentar físicamente…en un momento dado” (1997, p.208-9).
La genialidad de Freud, según Ogden, fue descubrir que somos mucho más que nuestros seres concientes y racionales y que una mayor conciencia y acceso a nuestras fantasías y deseos inconscientes puede enriquecer nuestra capacidad de amar y trabajar y vivir la vida. Hans Loewald nos dice que gracias al reconocimiento del inconsciente del paciente los viejos fantasmas pueden despertar a la vida, pero a la luz del análisis podrán por fin descansar como ancestros.
Una de sus creencias básicas de Ogden es que la transferencia y la contratransferencia sólo pueden entenderse en relación con otro más que como fenómenos separados. En otras palabras, los define como “aspectos de una sola totalidad intersubjetiva experimentada por separado (e individualmente) por el analista y el analizando” (1999, p.25). Otras dos creencias centrales son que “toda forma de psicopatología representa un tipo específico de limitación de la capacidad del individuo de estar plenamente vivo como ser humano”; y que el objetivo del análisis es la capacidad de tener “la experiencia de la vivacidad… una cualidad que es superior” (1999, p.26). Si queremos realmente “conocer” a nuestros analizandos y ayudarlos a llegar a “conocerse” más plenamente y a hablar con sus propias voces, tenemos que estar involucrados con ellos en una relación viva y cambiante.
Es en esta relación viva y cambiante que surge lo que Ogden llamó el “tercero analítico”, el cual define como la vida inconsciente creada conjuntamente o la intersubjetividad de la pareja analítica, analista y analizando. Esta unidad coexiste con las dos individualidades que están en constante cambio y tiene una poderosa influencia estructurante en la relación analítica.
Ogden (2004): “La situación analítica, tal como la concibo, está compuesta por tres sujetos en conversación inconsciente entre sí: el paciente y el analista como sujetos separados y el” tercero analítico” intersubjetivo. El “tercer analítico” intersubjetivo inconsciente está siempre en proceso de surgir en el campo de fuerza emocional generado por la interacción del inconsciente del paciente y el analista. El tercer sujeto del análisis es un sujeto en conjunto, pero asimétricamente construido por el par analítico.”
La relación entre los roles del analista y del analizando en el análisis privilegia primordialmente la exploración del mundo interno objetal inconsciente del analizando y sus formas de relación con los objetos externos. Esto es consecuencia de que el trabajo analítico es una relación terapéutica diseñada fundamentalmente para facilitar el esfuerzo del paciente, con objeto de lograr cambios psicológicos que le permitan vivir su vida de una manera humanamente más plena. De ahí que la experiencia consciente e inconsciente del analizando resulten el objetivo primario y central del análisis.
La experiencia de analista y paciente sobre y acerca del tercero analítico abarca toda la gama de emociones humanas y sus pensamientos concomitantes, fantasías, sensaciones corporales, etc. La tarea del analista es crear las condiciones en que el tercero analítico pueda ser experimentado, ligado a la palabra y eventualmente hablado con el analizando.
Por su parte, Christopher Bollas retoma la noción del analista como objeto transformacional. El analista posee habilidades paradigmáticas generadoras, que le permiten llegar hasta el elemento niño en el analizando adulto. Lo hace dentro del encuadre clínico cuando el paciente está en regresión hasta el punto de que es un objeto transferencial, y, en consecuencia, tiende a utilizar la misma gama de habilidades que caracterizan al cuidado parental. Esto le permite, por medio del amparo e interpretación, proveer una transformación limitada en el estado de existir del paciente, que equivale a una intervención más apropiada que la impuesta cuando el analizando era un niño y presentó el mismo estado de existir a sus padres, que fueron incapaces de darle una respuesta empática a causa de su propia detención evolutiva. (2009, p.145)
El paciente busca recuperar su psique y poco a poco aprende cosas nuevas de sí mismo a través de la experiencia del otro, del analista, que con su función transformacional, lo ayudará a pensar, a reapropiarse de afectos, procesos mentales y estructura psíquica. Para que el analista pueda funcionar como tal, debe reflexionar sobre su experiencia como objeto del paciente. Debe emplear su contratransferencia con miras a reconstruir el mundo de objetos de la primera infancia del paciente (quien recreará su vida infantil en la transferencia), para poder informarlo sobre ello. Así, el analista estará poniendo sus estados psíquicos subjetivos (intuiciones, sentimientos, imágenes, fantasías), como objetos del análisis, a disposición del paciente. Necesita desarrollar una sensibilidad emocional a fin de percibir movimientos emocionales y fantasías inconscientes del paciente. O, en palabras de Freud (1912): “Debe volver hacia el inconsciente emisor del enfermo su propio inconsciente como órgano receptor”.
El psicoanálisis es una disciplina que usa la interacción humana para descubrir la naturaleza de la vida inconsciente del paciente. El analista mantiene un espacio interior donde recibir la transferencia del paciente y desempeñará diversas y cambiantes representaciones de objeto dentro de este ambiente. Al permitirse ser usado como un objeto (Winnicott) el analista se integra en un proceso que promueve la eventual cohesión del sentimiento de sí del analizando.
El analista busca devolver al paciente lo que él ha perdido, o poner bajo su atención aquellas partes de sí mismo de las cuales tal vez nunca tuvo noticia. El analista retoma la función de la madre en relación con el infante, abordando los gestos inconscientes o el habla infantil del paciente. Cuando el analista se hace portavoz de un estado subjetivo que registra en sí mismo, su propósito es reflejar un elemento infantil en el paciente y transformarlo por la vía de llevarlo a cierto tipo de habla. De esta forma, desarrollará en el analizando una mayor confianza en el valor de expresar estados subjetivos todavía incognoscibles. El propósito es facilitar la formulación de elementos de la vida psíquica no expresados hasta ese momento; lo que Bollas llama lo sabido no pensado. Una vez que el estado propio del paciente ha sido representado verbalmente, se lo puede analizar (p. 253). La interacción de transferencia contratransferencia, entonces, es una expresión de lo sabido no pensado y la comprensión psicoanalítica de ello es una manera de pensar lo sabido no pensado.
El analista desempeña una función muy semejante a la que cumplió la madre con su infante que no podía hablar, cuyos gestos y necesidades eran expresiones de cierto tipo que demandaban una percepción materna, una recepción, una transformación en alguna variedad de representación y, acaso, cierta resolución. Desde su propio vivenciar, el analista puede no sólo fundar el valor de estados de sentimiento y estados subjetivos, sino también descubrir una manera de usar esta forma de vivenciar por contratransferencia con miras a un eventual saber. Así, lo sabido no pensado, que sólo puede ser pensado por vía del uso que el sujeto hace del objeto en la transferencia y la contratransferencia, recibe un lugar en los campos del análisis. La fundación de una subjetividad inteligente por parte del analista, en la que él trabaje para traer al lenguaje sus estados propios, constituye una parte importante del trabajo de pensamiento del análisis. El analizando, como consecuencia de su identificación con el analista, podrá internalizar la aptitud receptiva del analista en su propia relación consigo como objeto (p. 285).
Con ello, se busca que lo que rebasa el conocimiento llegue por fin a ser conocido y quede entonces disponible para su olvido o su redistribución psíquica. Así, el analista funcionará como auxiliar en el proceso de conocimiento del self. Cuando el analizando descubre por experiencia que su analista recibe la transferencia a través de su propio vivenciar interior, y cuando además descubre que el analista se pone a considerar su propia vida interior, a fin de comprender de manera más plena las comunicaciones del paciente, en ese momento advierte que él y su analista comparten la función autoanalítica, que entenderá como un acto de empatía y de apropiada identificación por parte del analista.
Una de las funciones curativas del analista es recibir una comunicación de un paciente (que puede consistir en un introyecto persecutorio) y eliminar lo tóxico de ese introyecto por vía de interpretaciones, a fin de que el paciente reinternalice el introyecto modificado y entre en posesión de un objeto interno menos perturbador. Este proceso se repite una y otra vez, con lo cual el paciente internaliza no sólo los objetos internos reformados, sino también la función continente del analista, o sea, adquiere la aptitud de eliminar lo tóxico en objetos internos malos. El psicoanálisis habrá sustentado y cultivado el autoanálisis progresivo del analizando. (p. 327).
Freud creó una situación en la que gracias a las facultades mentales adultas de la persona, ahora presentes y operantes, el individuo podrá por primera vez experimentar elementos de su vida psíquica que no habían sido pensados con anterioridad o que pueden ser pensados de otra manera gracias a que ya no se es el mismo niño indefenso de la temprana infancia.
El psicoanálisis requiere de tiempo y un espacio generador, en el cual analista y analizando crearán un vínculo, una intersubjetividad a partir de la cual ambos podrán vivir una nueva experiencia. Esta nueva experiencia, al ser vivenciada con un nuevo objeto empático, abrirá la posibilidad para reconstruir, reconsiderar y resignificar la vida psíquica del paciente, y con ello podrá transformar su mundo interno, sus objetos internos y a sí mismo, para así retomar el sentido de su existencia.
 
Bibliografía

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