Sociedad Psicoanalítica de México, A.C. -Parque México. Trabajo presentado durante el 1er Congreso Internacional de Psicología de la Región Noreste de México. Universidad Autónoma de Coahuila. Saltillo, Coah.,octubre 22 del 2008.
Susana Velasco Korndörffer

El aumento en la incidencia de consumo de alcohol y drogas, al igual que la proliferación de conductas, cuya forma compulsiva y contenido obsesivo nos remiten a las adicciones, como son los trastornos de la alimentación, la adicción al trabajo, al deporte, al internet, etc., son un hecho cotidiano observable en el mundo en general y en nuestro país en particular.

Muestra de lo anterior son las estadísticas que refieren que, desde los 12 y hasta los 65 años de edad, más del 43% de la población consume alcohol y casi un 6% de la población urbana hace uso de una o más drogas [2], siendo la marihuana la más consumida, seguida de la cocaína y las pastillas, entre las cuales predominan los sedantes, tranquilizantes y las anfetaminas.

Por su parte, el Instituto Nacional de Salud Pública (2007) reporta que 3 millones de mexicanos se ven afectados por trastornos alimentarios. Asimismo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) apunta que el índice de mortalidad por bulimia y anorexia en el mundo es del 15 por ciento. La población femenina es la que presenta mayor incidencia, especialmente durante la adolescencia y la adultez temprana (16-25 años), aunque esto no exima a los varones, así como a los niños y niñas preadolescentes, quienes también expresan preocupación excesiva por su peso y masa corporales.   

Las adicciones, al igual que todo fenómeno humano, requieren de emplear una mirada interdisciplinaria para su comprensión; no obstante, para efectos del presente trabajo tomo como marco de referencia la teoría psicoanalítica y como parte de ésta la relación entre las siguientes dimensiones de análisis:

a)      el malestar en la cultura

b)      la teoría del apego

c)      las aportaciones de psicoanalistas como P. Aulagnier, Joyce Mc Dougall, H. Krystal, etc. han hecho sobre las adicciones.

El malestar en la cultura

Es innegable la gran influencia que el entorno sociocultural ejerce sobre el imaginario colectivo y los estilos de vida. A través de éste, se promueven valores e ideales “absolutos” y por ende inalcanzables, basados en la idea de que todo se puede conseguir“al 100%”. Esto se ve reforzado por los enormes avances de la ciencia, de la tecnología y de las comunicaciones, los cuales posibilitan el acercamiento a todo tipo de medios o “satisfactores”, sea por la vía legal, o ilegal.

Vivimos inmersos en una cultura que por un lado proclama libertad en múltiples aspectos: el sexual, el ideológico, el político, el económico, etc., al mismo tiempo que nos muestra realidades como la escasez de recursos naturales, las crisis financieras, así como la falta de atención a problemáticas sociales que generan violencia e inseguridad. Ello nos impacta y nos genera malestar, confundiéndonos y situándonos en un presente y futuro restringidos, competidos e inciertos.  Una cultura que nos vende bienestar, belleza, diversión y tiempo libre a plazos, a la vez que impone modelos que cambian los esquemas laborales y de vida, reclamando éstos una entrega incondicional al trabajo e imponiendo una enorme carga de responsabilidades.

Si además consideramos que estos valores, ideales y estilos de vida propuestos  –más bien impuestos por las presiones de grupo – se dan a la par de transformaciones en las estructuras sociales y familiares, afectando la dinámica de los vínculos, podemos detectar las enormes marcas psíquicas que dejan en los individuos, en los grupos y por ende en la construcción de la subjetividad de las personas. Esto se puede apreciar fácilmente en edades en las que el psiquismo se encuentra en estado de reestructuración y por ende más vulnerable, como son la adolescencia y la juventud temprana.  

Antes de proseguir con el análisis del fenómeno, cabe partir de una definición del término.

Adicción, del latín addictus, que a su vez se compone de ad (hacia o junto a) y dictus (decir), significa estar obligado, dedicado y/o entregado. Implica ya una interacción entre un si mismo y un “otro” que, en este particular caso, somete y hace dependiente. Como se puede leer en algunas fuentes de información[3], a los esclavos de la antigua Roma que eran adjudicados a otros después de las peleas, se les llamaba precisamente addictus.

La anterior definición nos remite al hecho de que toda persona es de origen “indefensa” y dependiente; nace y se vincula con distintos entornos que interactúan entre si: a) el espacio físico y biológico del propio cuerpo, b) el espacio psíquico de lo inconsciente y la conciencia, c) el interpersonal e intersubjetivo y d) el transubjetivo, por el que es atravesado y que tiene que ver con los aspectos socioculturales, de los cuales los padres y familia son los primeros interlocutores (Berenstein, I. & Puget, J.,1997)A través de la interacción gradual con todos y cada uno de los espacios antes enumerados y con el apuntalamiento de un “otro” quien protege y sirve de espejo al infante, se posibilita desde el inicio de la vida el proceso de construcción de la estructura psíquica, del si mismo (self) y posteriormente de la personalidad en su conjunto.

En el caso de las adicciones, los factores hereditarios e identificatorios con familiares u objetos de apego juegan un importante papel en el aumento de las probabilidades de presentar o en su caso prevenir dichos trastornos. Además de los anteriores, constituyen factores de riesgo (De Lucas  Tarracena & Montañés Rada ,2005) :  

  • Una dinámica familiar poco cohesiva
  • Baja contención, decodificación y posteriormente control  de emociones  por parte de los padres y/o cuidadores
  • Marginación social
  • Ruptura de lazos familiares y sociales
  • Fracaso escolar
  • Otros traumas que se traducen en pérdidas que el sujeto no puede elaborar adecuadamente.

  Así como padecer cualquiera de los siguientes trastornos mentales:

  • Trastorno de ansiedad
  • Depresión
  • Trastorno de la personalidad (impulsividad, agresión)

La teoría del apego se origina en la Biología. Inicialmente no fue bien recibida por Freud y otros autores del ramo, ya que, a su decir, se apartaba de los conceptos fundantes del Psicoanálisis.

Sin embargo, Fonagy, P. (2001) plantea que fue la teoría desarrollada por John Bowlby, la que ayudó a tender puentes y llenar lagunas existentes entre la Psicología Académica y la teoría psicodinámica, especialmente en el tema que articulaba los sistemas motivacionales con las relaciones si mismo-objeto (Sandler, 2003. En Rozenel, V. (2006) “Teoría del apego y psicoanálisis”).

A través de su trabajo con niños con problemas de conducta y posteriormente al estudiar a delincuentes juveniles, Bowlbyhalló que la relación temprana con sus respectivas madres había sido altamente perturbada. La contribución de este autor a la teoría y la clínica, ahora obvia en apariencia, fue la de enfatizar la necesidad de establecer una relación de apego seguro entre el infante y su figura materna o“cuidador”[4]. Sin ellogro de esa función innata, se generaban estados de deprivación que podían ir de lo parcial y leve, hasta lo más grave.

En términos generales, el apego se define como un sistema conductual innato que busca asegurar la proximidad entre el bebé y sus padres, llamados primeras figuras de apego, que permita asegurar su supervivencia cuando ésta se vea amenazada. Contempla el desarrollo de sentimientos de dependencia del bebé hacia sus progenitores, cuya función es servir como plataforma para el desarrollo de la confianza básica y el conocimiento del mundo. (De Lucas Tarracena, Mª T. & Montañés Rada, op cit).

La función de los los padres o el cuidador, llamados objetos de apego (que más adelante en la vida serán sustituidos por otras personas, cosas, fantasías, proyectos, ideales, etc.) es contribuir a la regulación psíquica, a disminuir la angustia, a organizar la mente y a proveer de un sentimiento de vitalidad y entusiasmo (Bleichmar, H.1999); en resumen, a contener, estructurar, asegurar y motivar.

La manera como esto último se logra  en el psiquismo del infante es, – de acuerdo a los postulados de Bowlby-, a través de la construcción de representaciones mentales llamadas “modelos operativos” que integran experiencias pasadas y presentes y que sirven, unidas a esquemas cognitivos y emocionales, para predecir e interpretar la conducta de dichas figuras de apego y posteriormente a las demás figuras de relación.

Los sistemas motivacionales, que surgen de la interacción entre el sujeto y sus figuras de apego, se acompañan siempre de un deseo y/o fantasmática  inconsciente que determina la conducta de apego. Estos obedecen a varios fines que a grandes rasgos son la auto conservación, la heteroconservación – asumiendo el rol de cuidador-, y la regulación psicobiológica. Buscan además gratificar necesidades narcisistas y proveer al sujeto de un sentimiento de identidad (Bleichmar,H. op cit).

Se puede decir que los sistemas motivacionales están predominantemente al servicio de la pulsión de vida o Eros, pero a su vez pueden utilizarse como estrategias defensivas para contrarrestar los sentimientos de fragmentación, de separación, de soledad y la sensación de incapacidad para regular la autoestima o el dolor físico, precisamente cuando el proceso de apego se ha visto afectado (Bleichmar, op.cit 1997,1999).

La búsqueda de apego puede estar incluso motivada por un goce masoquista o para servir a la autodestrucción, cuando, por vía de la compulsión a la repetición, el objeto buscado se liga a fantasmas y experiencias dolorosas y/o traumáticas. Es por ello que he elegido designar a esta última modalidad, apego patológico, aunque dentro de esta teoría no se utilice el término como tal.[5]

En las diversas, aunque aún escasas investigaciones sobre patrones de apego que De Lucas Tarracena y Montañés Rada (2005) revisaron y compararon, encontraron que sí existe una relación entre el apego inseguro y el riesgo de consumir drogas, de allí que se dé igualmente entre los sistemas motivacionales y las conductas adictivas.

Estos investigadores también indagaron si existía alguna relación entre los patrones de apego y el tipo de sustancias elegidas para consumir, por los estados emocionales que estas últimas producen. En un porcentaje alto de los consumidores de alcohol que bebían para bajar el temor y ansiedad hallaron patrones de apego inseguro o temeroso, mientras que el apego devaluatorio motivó a beber a aquellos que deseaban resaltar su sentimiento de omnipotencia.

Al igual que en el caso de los adictos al alcohol, en las fármaco dependencias acompañadas de trastornos afectivos (ansiedad y depresión), se reportaron patrones de apego del tipo ansioso/ preocupado y devaluatorio; se encontró además que el apego evitativo temeroso fue el principal motivador de conductas adictivas autodestructivas y persistentes.

Entre los farmacodependientes investigados, un alto porcentaje del grupo que presentó patrones de apego evitativo devaluatorio buscó – como medio de acercamiento a la droga (sistema motivacional) -,  desactivar las relaciones de apego, distanciándose de los objetos correspondientes. En el caso de adictos que se encuentren en rehabilitación, se puede inferir que dicha motivación dificulta el trabajo terapéutico; el pronóstico de mejoría es reservado, ya que es muy probable que a nivel inconsciente estén siendo gobernados por una enorme desesperanza.

Resultaría de gran utilidad el estudio e investigación cualitativa de las diversas dinámicas en las relaciones intersubjetivas que promueven las también diversas conductas adictivas; sin embargo, ello excede los límites del presente trabajo.

Destinos del placer

La lectura anterior invita a reflexionar sobre la multiplicidad de mecanismos de defensa intrapsíquicos que se suelen emplear en la elección y aproximación a las conductas adictivas. Aunque en la mayoría de los casos la adicción se viva como “egosintónica[6], se puede considerar una formación de compromiso, o dicho de otra manera, un síntoma.

El deseo inconsciente que motiva la búsqueda del objeto y/conducta adictiva, al igual que la puesta en marcha del síntoma, es subjetivo y variado; escapa a las estadísticas. No obstante, en el trabajo clínico se han encontrado los siguientes denominadores comunes que se relacionan en contenido con los sistemas motivacionales que las suelen condicionar (Dodes, Lancea M.1996):

a)      El uso de drogas para manejar afectos intolerables

b)      Las drogas como sustituto de una persona u objeto

c)      Las deficiencias del Yo para cuidarse a si mismo

d)     La recreación del sufrimiento, pero controlado por el sujeto

e)      La activación de imágenes buenas del si mismo y el objeto, ambivalentemente amado y odiado

f)       La restauración de un si-mismo grandioso y de un objeto idealizado

g)      La disminución de la sobre-excitación emocional, sexual o agresiva que inunda al sujeto

h)      El deseo de liberarse de un juez interno (superyó) punitivo y lograr autonomía

i)        La fantasía de estar introyectando a un objeto “cuidador” (en el caso de ciertas drogas o comida), cuando existe una prohibición inconsciente de curarse.

Podemos encontrar que la teoría del apego y el psicoanálisis se encuentran en los conceptos de confianza básica, autoestima o narcisismo, que en este caso se presentan como análogos. Pero pensando desde la metapsicología, ¿por qué elegir ese destino del placer? (Aulagnier, P. 1977-1979)

Dentro de la conflictiva del adicto existe una vulnerabilidad narcisista que frecuentemente se acompaña de impotencia, tristeza y rabia. Esta condición dificulta la posibilidad de mantener internalizadoal “objeto bueno(Krystal, H. 1982), por causas diversas que van desde los traumatismos leves o heridas narcisistas continuas, resultado una deficiente o difícil crianza, hasta las vivencias traumáticas, transgeneracionales o vividas en carne propia, que no han podido ser metabolizadas. También imposibilita al Yo para poner en palabras las representaciones dolorosas concomitantes, así como para dominar y mitigar los efectos que éstas tienen sobre las emociones y los sentimientos. Es frecuente encontrar en las personas con adicciones el fenómeno de la alexitimia[7] que comparten con aquellos que sufren de trastornos psicosomáticos. Esta se refiere a la imposibilidad de hacer una lectura y decodificación de los propios estados afectivos.

Al mismo tiempo, debido a que el Yo del adicto controla poco las inundaciones afectivas, le es casi imposible derivar placer, por lo que tiende a compensar idealizando a su objeto droga o adicción, a la vez que convirtiendo la relación entre el sujeto y objeto de la adicción en una especie de “relación pasional” (Aulagnier, P. Op cit).

El objeto de la adicción (sustancia, comida, juego, trabajo, etc.), se puede llegar a tornar en la única fuente de placer, pasando a ser entonces objeto de necesidad y aislando cada vez más al sujeto de su entorno y de su grupo para dejarlo confinado en la soledad y el vacío, aunque se encuentre rodeado de personas y de cosas.

El goce del adicto proviene de una especie de pensamiento sensorial que le sobreviene al encontrarse con las representaciones de imágenes, olores, sensaciones y estados de exaltación que se le presentan e implantan. Las vive como la producción de una realidad por él pensada, de la que no se cuestiona si está o no siendo falseada. En general, el adicto está convencido de que se encuentra frente a la percepción agudizada de una realidad que se vuelve más “profunda y verdadera” a través de la sustancia o ritual.

Aún después del efecto del tóxico o de llevar a cabo el acto compulsivo, permanece en el adicto esta convicción, que interpreta como la posibilidad de ver y abordar el mundo y las cosas de una manera diferente a como lo hacen el resto de las personas no adictas. De este último rasgo se apoya el Yo del sujeto adicto para sentirse especial y hacer proselitismo de su propia conducta, así como para insertarse en grupos que lo apoyen y confirmen sus argumentos (íbidem Aulagnier, P.).

Esto me hace recordar el tipo de discurso que utilizaba Alvaro, un paciente farmacodependiente de 47 años, que hace algunos años acudió a tratamiento. Cuando recordaba su incursión en el mundo de las drogas durante su adolescencia, Alvaro solía expresar con sarcasmo y un sentimiento compensatorio de seguridad y aparente superioridad (apego evitativo devaluatorio), que él sí se había atrevido a descubrir cosas increíbles de la realidad durante “sus viajes”, a diferencia de los “chavitos protegidos” que cobardemente no se “lanzaban” a experimentar, confinándose en su pequeño mundo, en su burbuja. Álvaro me cuestionaba en ocasiones e insistía en saber qué pensaba yo de las terapias psiquedélicas, tan populares en la década y cultura de los años 70. Se preguntaba si yo confiaba en sus bondades, a la vez que me planteaba un sin fin de argumentos a favor de conocerse a si mismo ayudado por la droga. Acto seguido, se contestaba diciendo que seguramente yo había sido una de esas niñas “fresas” que no lo entendería, aceptaría y a quien habría asustado contactarse con sus “propios rollos y experiencias más profundas”.

A través de la utilización de mecanismos narcisistas, escindía, me hacía depositaria de sus propios temores, me devaluaba y reprimía el enorme dolor y la ansiedad que experimentaba.

En otros momentos, cuando recobraba la calma y se hacía consciente de su angustia, tristeza y envidia (Álvaro padecía de una angustia flotante, característica de los trastornos fronterizos de la personalidad), me refería lo solo y perdido que se había sentido en esos años; relataba las innumerables veces que se había expuesto al peligro e incluso a la muerte con su grupo de amigos y hacía el recuento de las ocasiones cuando había muerto algunos de ellos por ese problema. Aún cuando triste, era en ese estado introspectivo cuando podíamos encauzar su deseo de no deseo, relacionado con el anhelo inconsciente de que todo se acabara, para intentar cambiarlo por otro que le permitiese encontrar sentido y placer hacia aquellas cosas que no le causaban daño y lo vinculaban con la vida.

Esto último queda simbolizado en lo que Aulagnier expresa al escribir que la adicción es “un compromiso entre preservar la propia actividad del pensar y el deseo de reducirla al silencio”.

Como estudiosos de la conducta humana y a través de nuestro trabajo clínico, quienes nos dedicamos a ello abrigamos deseos y responsabilidades. Entre éstos se encuentra el tratar de entender con la mayor amplitud posible, por qué como “destino del placer” algunas veces se elige el camino de las adicciones.  Solamente así podemos hallar la posibilidad de coadyuvar en la cura.

 BIBLIOGRAFIA

  1. Aulagnier, Piera.1979: “Placer necesario y placer suficiente” en Los destinos del placer. Alienación, amor, pasión, págs175-192: Paidós.Argentina.
  2. Berenstein,I. & Puget,J.1997. Lo vincular: Paidós, Argentina. 1era edición.
  3. Bleichmar,H. 1999. Del apego al deseo de intimidad” en Aperturas Psicoanalíticas.Revista No.2, en www.aperturas.org/autores.php?a=Bleichmar-Hugo, accesado en agosto del 2008.
  4. Blum, H.1997.Clinical and Developmental Dimensions of Hate: J. American of the American Psychoanalytic Association. 45:359-375
  5. Bowlby, J.1988. Una base segura.: Paidós.Arg.1ª edición 1989.
  6. Bowlby, J.1990. El vínculo afectivo: Paidós. Arg.2ª reimpresión.
  7. De Lucas Tarracena, Mª.T. & Montañés Rada, F. 2005.”Estilos y representaciones de apego en consumidores de drogas” en Adicciones, revista versión on-line .Artículo completo en versión pdf. www. adicciones.es . Vol.18. Nº 4., accesado en Agosto del 2008.
  8. Dodes, Lancea.1990. Addiction, Helplessness and Narcissistic Rage: Psychoanalytic Quarterly. 59:398-419
  9. Fonagy, P. 2001. Attachment Theory and Psychoanalysis:Other Press, N.Y.
  10. Krystal, H. 1982. Adolescence and the Tendencies to Develop Substance Dependence: Psychoanalytic Inquiry. 2:581-617
  11. Mc Dougall, Joyce, 1989.Teatros del Cuerpo: Ed. Julián Yébenes, Madrid, 1991.
  12. Morales G., Elizabeth, 2007. Con punto de acuerdo en relación con los trastornos alimenticios entre la juventud mexicana. Documento de la Cámara de Diputados, 15 de febrero del 2007.
  13. Rozenel,V. 2006.” Teoría del apego y Psicoanálisis” en Aperturas Psicoanalíticas. www.aperturas.org, accesado en agosto del 2008.
  14. Velasco, Ma. Cristina.2008. Escenarios del cuerpo.Trabajo inédito, a presentarse en el XII Congreso de la SPM< Diálogos del Cuerpo>, octubre 2008.

 

TABLA 1

Estilos de apego

 

Algunos autores:

Ainsworth, M.  et al.

Bartholomew

Ana Freud Centre

1.

Apego seguro

Apego seguro

Apego seguro- autónomo

2.

Apego inseguro:

Ambivalente – resistente

Apego inseguro: 
Ambivalente

Preocupado

3.

Temeroso – evitativo

Evitativo:

a)   temeroso

b)   devaluatorio        c)  rechazante

Devaluatorio

4.

Desorganizado- desorientado

Desorganizado

No resuelto

 Nota: La dinámica de interacción entre el infante y sus objetos de apego determinarán el estilo de apego, tanto a nivel de la díada madre-infante, como de la configuración edípica y familiar.  Sin embargo, para fines del presente trabajo no se mencionan ejemplos específicos al respecto.


[1] Sociedad Psicoanalítica de México, A.C. -Parque México. Trabajo presentado durante el 1er Congreso Internacional de Psicología de la Región Noreste de México. Universidad Autónoma de Coahuila. Saltillo, Coah.,octubre 22 del 2008.
[2] Fuente: ENA 2002, CONADIC, INP RFM, DGE, INEGI.
[3]  En: www. etimologias.dechile.net/ .
[4] Se utiliza el término de cuidador, ya que buen número de infantes y niños observados se encontraban en ambientes institucionales, como orfanatorios, por ejemplo.

[5] En términos generales y como resultado de sus investigaciones, los estudiosos proponen 4 estilos de apego, con ligeras variaciones o subtipos, de acuerdo al matiz afectivo y motivacional. (Ainsworth, M., Bartholomew, AAI en Anna Freud Center, Hampstead, HSSR-Finzi-Dottan y cols,etc. en De Lucas Tarracena & Montañes Rada, op cit.) Ver tabla 1.

[6] Sintónica con el Yo, no causando aparente conflicto o malestar  en la persona.
[7] El término “alexitimia” fue introducido por Nemiah y Sifneos, de la escuela psicosomática de Boston (Hartcollis 2002, pág. 1365) y es retomado por Mc Dougall, J (1991) en su libro <Teatros del cuerpo>, en Velasco, Ma. Cristina,  2008.
 
 

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