Texto de la Dra. Cristina Velasco K. publicado en la revista Gradiva No. 2, Vol. V, año 1991-92.
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Muchos son los cuentos de hadas e historias infantiles que terminan con frases parecidas a: . . . y se casaron y fueron felices. . .” Nuestra infancia se ve coloreada por múltiples juegos y fantasías cuyo corolario representan  la realización y elaboración  de impulsos y desafíos propios de los primeros años de vida. Dichas fantasías constituyen una desviación de la realidad no necesariamente patológica, siendo su valor adaptativo dado que llenan una función sintética al vincular provisionalmente necesidades y metas con modos posibles de satisfacerlas ya alcanzarlas (Hartmann, 1958, p. 37-40).
Al llevarse a cabo en la fantasía una descarga parcial de impulsos que pugnan por expresarse en el exterior, el yo en esta particular función logra una transacción entre las demandas de mundo interno las cuales obedecen al principio primario del pensar y las posibilidades que ofrece la realidad. Si la fantasía involucra la descarga de impulsos prohibidos, el yo en su función defensiva puede apelar, como en el síntoma, a descargas imaginativas deformadas o con objetos sustitutos de los originales para permitir su manifestación (Gaitán, Andrés, 1988).
En el presente trabajo nos interesan particularmente las fantasías relacionadas con el crecer, el “llegar a ser grandes”, las vicisitudes psicodinámicas presentes al enfrentar este importante desafío, tan catectizado desde los primeros años de vida.
Para ello, mencionaremos ciertos rituales practicados en algunos pueblos primitivos que arrojan luz sobre procesos inconscientes relacionados con la adquisición de los caracteres sexuales secundarios y la capacidad de procreación, así como a manifestaciones más sutiles presentes en la clínica psicoanalítica, patentes por ejemplo en la relación de los padres con los hijos, especialmente  con el hijo mayor.
Amapola González (1988), plantea que para el vivenciar inconsciente el ejercer la sexualidad o genitalidad equivale a haber adquirido el estatus de haber crecido, de ser adulto. Por ello, dice esta autora, entre las causas etiológicas de ciertos cuadros nosológicos importantes como la homosexualidad, se encuentra un prohibición paterna encubierta o no, de adquirir la adultez de crecer, y por lo tanto de ejercer la sexualidad.
Una salida posible a esta prohibición es la de circunscribir la sexualidad a pulsiones parciales convirtiéndolas en una meta sexual por sí mismas, por no existir la posibilidad de que éstas se subordinen al primado de la zona genital como ocurre, en condiciones normales, al llegar a la adolescencia y adultez.
Freud (1905) describió el desarrollo de estas pulsiones parciales en el niño, planteando por vez primera la sexualidad infantil y describiendo al niño como un perverso polimorfo.
Retomando la idea anterior, la homosexualidad, psicológicamente hablando podría implicar: “. . .no los  traicioné pues no he crecido. Prueba de ello es que he permanecido con manifestaciones sexuales propia de un niño”.
Síntomas como la postergación exagerada de la aparición de los caracteres sexuales secundarios y la menarca o espermatogénesis, la amenorrea y oros muchos pueden estar relacionados con la conflictiva psíquica de adquirir las potencialidades de ejercer la sexualidad, de crecer, por implicar este hecho principalmente la realización de impulsos agresivos reprimidos y en relación con las figuras primarias, además de ser o manifestar también una defensa contra el incesto vivido ahora como muy amenazante, debido a contar ya con el equipo biológico para llevarlo a cabo.
A lo largo de la historia, el advenimiento de la pubertad ha sido rodeado de múltiples ceremoniales y “ritos de iniciación”, algunos incorporados a la religión, en todas las civilizaciones y en todas las culturas.
Erlich, M. (1968), en un trabajo titulado “Las Mutilaciones Sexuales de las Mujeres”, plantea:
“Desde hace un decenio solamente, la opinión pública occidental va siendo advertida por la prensa escrita y audiovisual de la existencia de mutilaciones sexuales que afectan a varias decenas de millones de mujeres.”
Es de conocimiento general entre antropólogos, que dentro de las prácticas llevadas a cabo por algunos pueblos primitivos, -algunas relacionadas con la pubertad y otras no-, el hecho de que se practicaba en muchos la circuncisión masculina y en otros la femenina, esta última: “. . . mucho más cruenta, consistente en la escisión del clítoris y de los labios menores”. (Freud, 1917-18).
Erlich, médico psiquiatra quien ejerció su profesión durante 10 años en Yibuti, Africa (1965-75) relata: “. . . donde el conjunto de la población femenina de las dos etnias autóctonas principales, afar y somalí, es sometido a la infibulación: se trata de una extraña operación consistente en realizar en la prepúber una escisión con oclusión casi completa de las vías genitales mediante sutura vulvar. . . (p.237). Esta manipulación crea una obstrucción vulvar parcial que deja solamente un pequeño orificio residual posterior que permite la salida de la orina y del flujo menstrual. . . esta operación que cicatriza completamente a las tres semanas, cierra la vulva hasta el matrimonio y precisa de una apertura sangrienta de las vías genitales llamada desfibulación, tradicionalmente reservada al esposo durante la noche de bodas. . . (p. 238). . . la infibulación contribuye al reforzamiento de placer masculino. . . (p.243). . . las operaciones se realizan sin anestesia.”
Los aborígenes en algunas sociedades de Australia realizaban hasta hace pocos años la “introcisión”, consistente en una desfloración con desgarre violento de la comisura vaginal posterior practicada justo antes del matrimonio en la joven púber por un hombre especialmente dedicado a esta tarea ritual.
a)      Menciona Elrich las “deformaciones reductoras”, llamadas también “circuncisión Sunna”: practicada entre los musulmanes, en el noreste de Africa (Egipto, Sudán), en Arabia meridional y en Indonesia. Se llama mínima pues “únicamente” comporta una escisión del prepucio clitoridiano.
b)      “Escisión ampliada”: es la más extendida en numerosas sociedades animistas, musulmanas e incluso cristianas de Africa intertropical: esta escisión incluye el clítoris, anexos y labios menores.
“La escisión, mencionada por primera vez en un texto egipcio de la época ptolomeica, es citada en la mayoría de las compilaciones teológicas y medicofilosóficas europeas. . . en medios animistas se trata a menudo de escisiones ritualizadas que se inscriben a un esquema iniciático de tipo rito de paso, son colectivas, obedecen a un calendario riguroso y se ejecutan antes de la pubertad. . . (p.238).”
La escisión contribuye a suprimir el placer sexual y, según Elrich, se sitúa en un contexto cultural que considera al clítoris como un órgano perjudicial para la actividad sexual. En algunas culturas del oeste africano (Dogon, Bambara y Malinké, especialmente) la ablación del clítoris es justificada debido a que éste es un órgano considerado peligroso y comparado a un dardo que puede herir al compañero sexual y matar al bebé durante el nacimiento. La mujer no escindida es considerada “sucia”.
Inclusive se ha especulado acerca de una correlación ente la propagación del SIDA en Africa y la existencia de la infibulación femenina por presentar ésta frecuentes hemorragias.
Las mutilaciones sexuales femeninas es indudable que, como todos los ritos de iniciación a la pubertad, marcan una metamorfosis individual: el niño o niña asexuados pasan a ser sexuados, uno de los temas iniciáticos clásicos es el nuevo nacimiento.
Tibón, G. (1984) menciona que, la mujer amortajada durante dos o tres días al aparecer la primera menstruación, tiene la connotación antes mencionada del renacimiento, existiendo en toda América, la creencia de la niña pubescente que:
“Muere para subir al cielo y recibir el divino don de procrear otros seres humanos, y luego renace como mujer. Estas ideas religiosas existieron en México hasta la conquista (p. 41).”
Este antropólogo hace una recopilación de estatuillas encontradas en el continente americano, relacionadas con los ritos de la pubertad femenina, que abarcan desde el período preclásico (1200 a.C. – 100 de. C.) hasta estatuillas del clásico (100-600 d.C.).
Plantea el rito de la pubertad como una ceremonia efectuada en dos partes, consistentes en la depilación a veces realizada en forma muy violenta, del cuero cabelludo. En la ceremonia de la primera menarquía se arrancaba manualmente a la púber una parte del cabello, dejando para la segunda menstruación la extirpación total del mismo. Las “camas rituales” eran de piedra, similares a un gran metate, en la cual se ataba a la muchacha. Ritos de esta índole se llevan a cabo aún hoy en día en algunas tribus como la de los tucuna en el Amazonas.
Tibón relaciona esta “poda” con una cosecha simbólica.
“En una isla al este de Nueva Guinea, la Nueva Irlanda, el temor a la primera sangre de la niña era tal que se le segregaba durante cuatro o cinco años en minúsculas jaulas conservadas en la oscuridad, con absoluta prohibición de que posara los pies en el suelo: así vegetaba la desdichada criatura desde los nueve hasta los trece o catorce años.” (P. 27)
Freud (1917, p. 2444) plantea, que para los pueblos primitivos: “. . .el enigmático fenómeno del sangriento flujo menstrual se une inevitablemente a representaciones sádicas.” Interpreta la menstruación, sobre todo la primera, como la mordedura de un espíritu animal y quizá como un signo del comercio sexual con él.
Podemos adelantar en este punto algunas consideraciones psicodinámicas hasta ahora no tomadas en cuenta al intentar esclarecer el significado de estos rituales, y éstas enfatizan la presencia y descarga, presente en estos actos que mutilan el cuerpo de la niña que se convierte en mujer, de impulsos muy arcaicos presentes en el hombre con relación a la madre preedípica, una madre además escindida en una parte buena y “limpia” (connotaciones de la etapa sádico-anal), sexualmente mutilada o asexusada, y la otra parte vivenciada como la “sucia” y mala, conteniendo todos los elementos persecutorios que se manifiestan en dichos actos sádicos. En realidad es una madre odiada, aunque, como veremos, los planteamientos, suelen hacerse en términos de angustia de castración.
Ritos relacionados con la adquisición de la pubertad en los varones están igualmente investidos de actitudes violentas y de actos dolorosos, muchos de los cuales se perpetúan en los genitales mismos, como la circuncisión, establecida ya en Egipto 4000 años antes de Cristo, llevada a cabo con cuchillo de metal o de piedra, con o sin anestesia (Rascowsky, 1981, p. 124).
Entre los Awas (Lidz & Lidz, 1984), durante la ceremonia de iniciación, el glande del pene es cortado de ambos lados, y durante la fase final de la iniciación las partes se desprenden de cada lado del glande (p. 152).
Las incrustaciones uretrales y en diversos sectores genitales forman parte de estas ceremonias.
Si no son los genitales mismos el blanco de estas agresiones, suelen ser partes corporales que simbolizan los mismos. De esta manera existen tribus Papúa en Nueva Guinea que practican como parte de estos ritos sangrías en la nariz, en la lengua (islas Wogeo), etc.
Rascowsky plantea: “. . . la circuncisión parece constituir una pauta de la modalidad ejercida en la mayoría de las culturas para imponer el sometimiento genital de los hijos y la prohibición universal del incesto que rige tanto en las más primitivas como en las más avanzadas (p.75)”.
Este autor cita a Reik, quien al respecto opina: “El temor a la castración podría ser estimulado por el miedo inconsciente a la retaliación que siente el hombre que se ha convertido en padre. Aún vive en él el recuerdo inconsciente de los impulsos incestuosos y hostiles de la infancia dirigidos contra sus padres, y teme la realización de esos deseos por parte de sus propios hijos (p.113). Retomaremos estos planteamientos posteriormente.
En muchas sociedades, sobre todo en épocas anteriores en las cuales el promedio de vida era de 30 o 35 años, los ritos de iniciación culminaban con el matrimonio y por lo tanto con la procreación. Como en la adolescencia ya se cuenta con la capacidad biológica de engendrar y de llevar a cabo la sexualidad, lo que se observa en la mayoría de las tribus o en las sociedades más primitivas es que, cuando no se lleva a cabo el matrimonio tras el advenimiento de la pubertad, se establecen tabúes estrictos que de una u otra manera conllevan la separación física entre hermanos y hermanas y entre padres e hijos. Es decir, tienden a evitar lo que ahora es más factible que se lleve a cabo no únicamente en la fantasía: el incesto. Aún Malinowski (1961), quién niega la existencia universal del complejo de Edipo, al estudiar a los trobrianeses, plantea que en estas islas se da: “. . .un parcial desmembramiento de la familia que se produce cuando los adolescentes, varones y niñas, dejan de residir en forma permanente en la casa paterna. Porque los hermanos y hermanas, que han empezado a evitarse desde la niñez, deben guardar ahora un estricto tabú para evitar cualquier posibilidad de contacto mientras están avocados a las actividades sexuales (p. 93).”
Las hermanas permanecen en casa lo cual condiciona, según el autor, que el incesto padre-hija ocurra con frecuencia. Incomparablemente mayor que el incesto entre madre-hijo.
El ser humano tuvo que ir desarrollando estructuras mentales para poder convivir con otros objetos, ya que la descarga de los impulsos conforme el proceso primario del pensar no le permitía la convivencia en grupos. Tuvo que desarrollar la capacidad de demora y también la de descarga en objeto vicariantes aunque fuera montos parciales del impulso instintivo (González, A. 1988). El mundo externo plantea claramente las posibilidades y vías de descarga. Primero en la evolución fue el desarrollo de todos aquellos aparatos, estructuras y funciones que denominamos Yo.
Esta estructura patente inclusive en especies como los primates, como el caso de los langures cuya estructura social principal es el “harén”, los mangabeys y otras familias de primates (Mundo Científico, 1988). Estas especies presentan un manejo parecido al citado por Malinowsky en las Islas Trobriand, lo cual no es de ninguna manera un descubrimiento original, pues ya Freud lo describió magistralmente en Tótem y Tabú (1913). Entre esto primates existe por decir un período de simbiosis de la madre con su crío, tras el cual éste va explorando su entorno y adquiriendo mayor independencia, presentándose un alejamiento y punto de inflexión en la relación madre-hijo al reanudar ésta sus actividades sexuales. La madre rechaza cada vez más al hijo hasta que éste pasa a formar parte del grupo ya lejos de su progenitora. La expulsión del grupo familiar coincide con el desarrollo de la capacidad reproductiva del hijo, siendo el momento en que se hace patente la rivalidad padre-hijo.
Obviamente entre los langures existe un macho (el padre de la horda primordial que describe Freud) el cual ocupa su lugar hasta que un macho joven más vigoroso, o varios de ellos se imponen a éste por la fuerza.
Freud plantea que aún hoy en día poseemos el sentimiento de culpa por haber eliminado, en el banquete totémico, al padre primordial. De allí deriva el Complejo de Edipo y otras estructura del aparato mental que es privativa del ser humano: el Superyó, heredero de dicho complejo y de la dependencia tan larga que tiene el ser humano de sus objetos primarios.
Y dicho superyó, el cual contiene en su historia la prohibición de ejercer la sexualidad con el padre del sexo opuesto (si hablamos de Edipo predominantemente positivo), a la vez que la identificación con el padre del mismo sexo, en plan parcial puesto que está vedado poseer al objeto sexual que éste posee (Freud, 1923), incluye como elemento muy importante la prohibición de repetir el banquete totémico, de matar al padre rival cuya destrucción en plan sexual se desea.
A este respecto parte de la angustia de castración podría corresponder al deseo proyectado de destruir aquello que posee el objeto primario rival y que es tan deseable para el padre deseado: en el hombre, el pene “inmenso, donador de vida”, omnipotente del padre y los privilegios que éste le confiere junto a la madre, y en la niña la envidia de la capacidad de procrear, de producir leche, etc.
Y en este punto quisiera plantear que personalmente difiero de la postura freudiana acerca de la importancia que confiere a “la envidia del pene” presente en la niña, en el sentido de la envidia por los genitales en sí mismos, considerando que en ésta interviene un factor cultural muy grande, confundiéndose el deseo de poseer un órgano con la situación y poca permisibilidad social para la mujer en una cultura patriarcal y más aún en la Europa tan represiva en la cual vivió Freud. Y por ende, difiero con el planteamiento freudiano que achaca a la mujer un superyó deficiente debido a la postura antes mencionada, que plantea a la mujer como un hombre castrado hasta cierto punto. Sin embargo, este tema ha sido ya objeto de múltiples investigaciones y trabajos y merece un estudio independiente al tema aquí dilucidado.
Retomando la idea anterior, es en términos edípicos en los cuales se plantea  la mayoría de las psicodinamias relacionadas con los ritos de la pubertad. Así para Freud, la circuncisión se inscribe en la lógica de la prohibición del incesto como sustituto simbólico de la castración inflingida por el padre al hijo.  Claro está que el genio de Freud consistió entre otras cosas en que, aunque en esos entonces no hablaba en términos de fantasías pregenitales, sí las describía.
Geza Roheim, citado por Erlich, considera las mutilaciones femeninas como resultado de la angustia de castración masculina propia de estas culturas.
Marie Bonaparte, en concordancia con quienes consideran el clítoris como vestigio del sexo masculino, considera las escisiones antes mencionadas como “. . .la castración biológica de la mujer. . .”, la supresión del clítoris, vestigio masculino de una bisexualidad primitiva.
Otro enfoque es el que plantea Bruno Bettelheim, quien considera que las mutilaciones masculinas tendrían como origen el deseo de los hombres de apropiarse del sexo de las mujeres y a través de él poder engendrar. Para él, las mutilaciones femeninas estarían motivadas por el miedo a las mujeres, apoyando hasta cierto punto la postura freudiana que plantea que el horror suscitado por la visión del sexo femenino se debe a la angustia de castración.
En las consideraciones psicodinámicas precedentes no se hace especial mención al hecho de que los pueblos “primitivos”, al igual que en las psicosis, tiene menor represión para la manifestación de ciertos impulsos instintivos, los cuales, como en el caso de los ritos de iniciación, se manifiestan en blanco y negro. El hecho de adquirir el status biológico para poder ejercer la sexualidad va asociado a actos cruentos, dolorosos y en los cuales se confirma para los púberes la fantasía de que el crecer equivale a un acto que involucra una agresión tal hacia los padres (tal vez desplazados a figuras religiosas) y que, por haber perpetrado tal asesinato, se tiene que pagar el precio, la escisión (castración) simbólica o real, como un mal menor que implica no una cuestión superyoica sino el aplacar al perseguidor o perseguidores internalizados.
Nuevamente debemos al genio de Freud el entendimiento de cómo en grupo o masas de gente se pueden llevar a cabo actos que los individuos por sí solos rehusarían hacer. Como en el caso de esto ritos crueles, la culpa se diluye al proyectar en un líder simbólico o real aquella estructura del aparato mental que hace valer los conceptos morales: el superyó. (Freud, 1921) En contraposición a Freud, Sagan (1988) plantea que el superyó en sí mismo es amoral, y que, aquella parte que se en encarga de que un individuo sea moral o no, la conciencia moral: “. . .tiene sus orígenes en la situación básica nutriente,  la identificación con la persona nutricia juega un importante papel en su funcionamiento (p. 14)”.
Plantea este autor que personas cuya estructura mental esté adecuadamente integrada puede perpetrar actos inmorales de pertenecer a culturas que promuevan los mismos: en una sociedad racista, el superyó demanda el racismo, etc.
Lo que no resulta superfluo recalcar, es el hecho de que, aunque consideramos al superyó como el heredero del Complejo de Edipo, se forma como una superestructura del yo y, por lo tanto, su formación y características van a depender como plantea Sagan, del desarrollo previo del yo y como ha sido ya suficientemente demostrado, de haber contado con una figura materna en la cual predominase lo libidinal.
Recordemos que el superyó es la última estructura del aparato mental cuya formación conlleva la resignación, en el edipo positivo, del padre deseado sexualmente debido a que éste no responde a nuestras demandas, el temor a la retaliación por parte del padre rival vivido por el varón en términos de la angustia de castración  y en la niña a otras vicisitudes aún muy discutidas. Pero lo que es muy significativo es que se renuncia a las fantasías edípicas  por contar con padres (y el equipo biológico) en cuya relación predominó la parte libidinal, y para preservar la parte de amor que une al hijo con ambos padres.
De no existir esa situación, estaríamos hablando de aquello que es anterior al superyó, estando constituido por imagos abandonadoras y aniquiladoras, correspondientes en parte a las fantasías cargadas de agresión de las etapas oral canibalística y sádico-anal. En estas fases, el “superyó” es externo y está constituido por objetos persecutorios. Las psicosis nos muestran cuán terroríficas, omnipotentes y devastadoras pueden ser estas figuras.
Y la clínica nos muestra que por lo general, en los casos de patologías más severas existen figuras paternas en las cuales realmente predominó la agresión, impidiendo al hijo la posibilidad de desarrollar una estructura mental lo suficientemente integrada como para lograr una adecuada fusión instintiva, la capacidad de diferenciar entre mundo interno y mundo externo, la adquisición gradual de la propia identidad y de relaciones objetales totales, así como la vivencia de que la propia agresión no tiene las características de omnipotencia que les adjudica el infante. En tales casos no podemos hablar de sentimientos de culpa sino de objetos persecutorios que, en retaliación a la propia agresión, van a matar al sujeto.
Estas personas, al enfrentar el desafío de la adolescencia o la paternidad, pueden presentar síntomas muy severos como podrían se la necesidad compulsiva de abortar al hijo vivenciado como un perseguidor internalizado, la incapacidad de siquiera tocar al hijo como única defensa para no matarlo, lo cual es usual en las llamadas “depresiones postparto o psicosis postparto” (Amapola G.)
Sin embargo, las fantasías inconscientes de aquellos, neuróticos o psicóticos, que se enfrentan ante el desafío de crecer en sentido psicológico y fisiológico, tiene su reforzamiento en actitudes culturales y paternas, como en ciertos países en los cuales los hijos tiene que abandonar el hogar paterno apenas se hacen adolescentes, so pretexto de estudiar lejos. Inclusive muchos padres verbalizan el necesitar su “independencia” y expulsan de esta manera a los hijos. ¿No podría deberse a factores de esta índole el hecho de que en países como los Estados Unidos, en los cuales se cuenta con una amplia “educación sexual”, una de cada cuatro mujeres aborte? Por lo general son adolescentes.
Dentro de esta línea de pensamiento plantea Rascowsky que las guerras, el maltrato a los niños y otras manifestaciones semejantes son ejemplo de la agresión paterna hacia los hijos, del filicidio, el cual considera anterior al parricidio. Propone este autor que las tendencias que impulsan a la destrucción de los hijos son “las antiguas tendencias esquizoparanoides propias de la fase oral canibalística” (1981, p. 35), en la cual existe una defusión instintiva. Revisa aspectos del filicidio en la mitología griega y en la biblia, introduciendo el elemento que planteamos en este trabajo, respecto al sacrificio del hijo mayor, el cual es impuesto por una figura paterna desplazada a Dios, Herodes u otra. El sacrificio implica el pago por adquirir el derecho a la paternidad, por suplantar y eliminar al padre por haber crecido.  Por esta razón, existe generalmente una relación mucho más conflictiva de los padres hacia el hijo(a) mayor que hacia los demás.
El “sacrificio” del primer hijo puede asumir formas diversas como el aborto, la esterilidad psicógena hasta la entrega real o simbólica a los padres (abuelos del infante) o a otra figura con características paternas (entregar un hijo a Dios, al sacerdocio, etc.). En México, es muy usual que sea la abuela quien ejerza las funciones maternas mientras la madre está totalmente ausente, trabajando para mantener a los hijos, a veces sin padre oficial.
Toda esta situación suele ir acompañada de elementos de la realidad consistentes en que los padres de los hijos que adquieren la adultez suelen estar perdiendo vigor físico, pudiendo adoptar actitudes hipomaniacas como las patente en competir con los hijos en el plano físico o presentando cuadros depresivos que no hacen más que confirmar al hijo que al crecer, ejercer la sexualidad y procrear los ha dañado.
Cuando hay agresión paterna, como la patente en los ritos de iniciación y más sutilmente en otras actitudes, puede estar indicando también una defensa contra el otro impulso instintivo que aflora hacia los hijos, ahora convertidos en hombre o mujeres en todo el sentido de la palabra: el deseo inconsciente de llevar a cabo el incesto (González, A. 1988).
Pasaremos ahora a exponer una viñeta clínica. Cuando Lina inició tratamiento el desafío que  o estaba pudiendo resolver era el poder pasar a la fase de adulto joven, su sexualidad  y su identidad de género.
Lina pertenece a una familia de nivel socio-económico medio-bajo, producto del sexto embarazo de la madre la cual, después de haber nacido ella, se hizo practicar dos abortos para terminar teniendo hijos después.
La madre ha verbalizado en varias ocasiones que al estar embarazada de Lina, una hermana mayor de la paciente enfermó, por lo cual pensó que no le importaría que aquello que llevaba en el vientre muriese si la otra hija sanase.
De su infancia conserva pocos recuerdos, ignorando si le dieron pecho, y a que edad caminó y controló esfínteres.
La sexualidad para Lina siempre tuvo una connotación de peligro, de agresión, y por ello su apariencia era de “muchachito adolescente asexuado”. Nos enteramos ya avanzado el tratamiento, que toda la familia compartió el mismo cuarto hasta que ella contaba con 13 ó 14 años, precisamente con aquella hermana antes mencionada. Presentó la menarca a los 15 años, simultáneamente a las hermanas las cuales tenían 17 y 18 años respectivamente, cuando ya no existía la amenaza de provocar los impulsos incestuosos en el padre y cuando ya no eran partícipes visuales de la escena primaria, aspecto totalmente reprimido por Lina. Sólo entonces tuvo permitido desarrollar aunque fuese en forma velada y encubierta, los caracteres sexuales secundarios.
Lina recordaba escenas en las cuales los padres reñían, habiendo ocasiones en las cuales el padre golpeaba a la madre y, tras “arrastrarla jalada de los pelos”, se metían al cuarto y luego ya andaban allí muy contentitos”. Las defensas que tuvo que erigir para manejar la masiva hiperestimulación de que fue víctima, incluyeron el “no crecer”, y el aferrarse en situar al padre como peligroso en el sentido agresivo, cuando la parte más temida era la sexual. Recordábalo Lina “rasurándose, con el pecho descubierto, nada más con la toallita o esa cosa que se ponen para taparse lo demás”.
Ya Freud planteó que para un niño la visión de la escena primaria tiene una connotación de un acto violento y agresivo. Podemos inferir que parte de la excitación provocada por esta situación era descargada en forma de juego sexuales con aquella hermana cuya cama compartía, siendo en parte recuperado este material varios años después a través de sueños en los cuales aparecía ella y esta hermana prendiendo fuego, viendo por una ventana, y estando presentes elementos que permitieron analizar la represión masiva que tuvo que hacer Lina para adaptarse  pudiendo seguir conviviendo en la misma recámara con los padres.
El padre de Lina, maestro de obras, comenzó una carrera universitaria la cual no se permitió concluir, aduciendo no poder con los gastos debido a tener “tantos hijos”, ocasionando la psicodidnamia correspondiente en Lina de que “por nuestra culpa él no se pudo realizar”, por supuesto a nivel inconsciente.
A su vez, el padre constantemente verbalizaba el deseo de que sus hijos sí pudiesen lograr lo que él no pudo. Lograrlo implicaría matar al padre, pero no hacerlo equivaldría a ofenderlo, por lo cual la solución fue similar a la adoptada en el terreno sexual: Lina casi terminó su carrera, dejando pendientes solamente unas pocas materias que siempre piensa va a cursar y terminar.
La madre, trabajadora doméstica en su juventud, siempre fue al parecer injustamente calificada de prostituta y devaluada por el padre enfrente de las hijas. Sin embargo, eligió esta compañera a quien tanto despreciaba para madre de sus hijos y compañera. Dicho sea de paso, es el padre quien tiene otra familia fuera del matrimonio.
La madre siempre tuvo que ser idealizada, aunque aparecía como un personaje incapaz de hacerse cargo inclusive de las labores más simples de una casa. Aunque a decir de Lina percibía suficiente gasto de su padre, muchas veces le exigía dinero a la hija, pero no así a las demás. Lina siempre defendía a la madre frente al padre, logrando únicamente sentir enojo y rencor cuando éstos, a su manera, se reconciliaban.
Las alternativas que se le presentaban a Lina al necesitar consolidar su identidad de género, eran las de convertirse en una devaluada prostituta, identificándose con la parte verbalizada respecto de la madre y con la “amante” del padre o la de quedarse fijada en la infancia, con la identidad del “muchachito adolescente” asexuado sin la posibilidad de llegar a tener una relación a nivel genital  adulto y encubriendo así una problemática de matices esquizo-paranoides en la cual estaban presentes mensajes contradictorios así como fantasías inconscientes que equiparaban la sexualidad con la muerte, relacionado todo esto con su propio nacimiento. Lina necesitaba elaborar el haber vivido a costa de que los hermanos-aborto parecieran.
En la transferencia necesitaba sentir ser la hija más deseada de la terapeuta, factor no verbalizado por ella pero patente en el hecho de que, debido a su situación económica se le cobraba poco, aunque ella estaba consciente de que el valor de las terapias era mayor. A su vez era la madre que la despojaba de sus contenidos, como la propia madre. Ante cualquier intento de aumentar honorarios abandonaba el trabajo o propiciaba que la corrieran, etc. A otro nivel estaba presente el profundo odio por la situación económica de la terapeuta en relación a la propia, y probablemente por no ser hija mía.
Sus primeras relaciones de coito hicieron patente la necesidad de identificarse con la parte de valuada de la madre, siendo llevadas a cabo con personas poco conocidas, presentando vaginismo e inclusive impidiendo la penetración del miembro viril, cual si se tratase de una violación en la cual ella era la hija-niña y el compañero sexual el padre cuya penetración efectivamente la hubiera desgarrado.
Lina necesitaba idealizar a la madre, la cual, debido a su patología esquizo-paranoide y poca represión en muchos aspectos no pudo servir de yo auxiliar para su hija, convirtiéndose en una imago persecutoria y devaluada, además de representar la madre asesina, que mata, cuyo nacimiento evidentemente no deseó. Como parte de esta dinámica, buscó a su antiguo novio y embarazó en un acting out, para abortar el producto, de la misma manera que la madre había eliminado a dos. Necesitaba “sacrificar” este hijo-hermano como precio para crecer y, para hacer además la identificación con la madre completa, el legrado fue practicado dos veces ya que adujo la posibilidad de que el doctor no hubiese extirpado todo el producto.
Dijimos que la connotación inconsciente al abortar era de un hermano-hijo, y de esta manera se trabajó, conforme  la teoría postulada por la Dra. Amapola González, quien plantea que, en el momento de abortar siempre existe la representación mental inconsciente de estar eliminando un hermano o algún otro personaje al cual en la realidad efectivamente se deseó su muerte. Piensa esta autora que es la única manera de explicar y poder elaborar un hecho que en sí va contra la biología y naturaleza del ser humano (1988). En Lina, el aborto estaba multideterminado: habiendo pagado el precio mediante este sacrificio “doble” ya no tendría que asesinar a ningún  otro hijo. No volvió jamás a tener relaciones de coito sin tomar precauciones, aunque tuvo la necesidad de comprobarse el no haber sido destruida a nivel inconsciente por haber matado, además de por ejercer la sexualidad, buscando una relación inmediatamente después de haberse practicado el legrado.
A resultas de la terapia pudo tolerar relaciones un poco más cercanas aunque parciales y su aspecto cambió, siendo más acorde a su edad y sexo. Sin embargo, cada vez que se percibía a sí misma involucrada afectivamente con la terapeuta necesitaba poner distancia, sintiéndose muy amenazada por sus núcleos homosexuales y proyectando en mí sus objetos persecutorios: si crecía entonces yo la eliminaría, de la misma manera que se sentía abortada cada vez que tomaba vacaciones. De todas las hermanas solamente una se había casado. Era patente y se interpretó el aspecto de que al crecer sentía que mataba a los padres, además del temor a sus fantasías probablemente con matices muy sádicos. Sintiéndose muy “estancada” al estar a punto de aflorar material relacionado con la agresión hacia la madre y sentir mi cercanía como invasor, conoció a un hombre con el cual terminó casándose. Las actitudes francamente homosexuales de la pareja le garantizaban el hacerse la ilusión de “estar sana” y encubrir su propia inhibición sexual y su aún precaria capacidad de relaciones objetales, además de encubrir su problemática de identidad de género. Era una huida a la salud.
Ante el planteamiento de casarse comenzó a ocultar material a la terapeuta, a falta mucho y a depositar nuevamente en ella la parte odiada, agresiva y abandonadora de la madre. Vivenciaba a la terapeuta, por cierto homónima de su propia madre, como francamente en contra de su matrimonio,  como la madre hostil a la cual finalmente estaba destruyendo al separarse de ella. Lina se buscó una pareja que pensaba iba a ser rechazada por mí para comprobarse una vez más que la madre transferencial no le permitía crecer. Se ausentó por varios meses, regresando evasiva. Planteaba que la terapeuta no quería ahora verla como antes, sentirse abandonada, cuando ella era la abandonadora. Después de unos meses volvió para anunciar su gravidez, misma que tuvo que mantener en secreto junto con la idea de no estar sintiendo el embarazo,  probablemente para indicar: “. . . madre, no te he traicionado, en realidad es algo ajeno a mí. . .”, así como para proteger al futuro hijo de su propia agresión proyectada en mí y evitar el matarlo. Fue significativo que me anunció su embarazo cuando ya había cumplido los tres primeros meses: ya no necesitaba sacrificar ese hijo para mí.
Sin embargo Lina no volvió más, aduciendo que yo le había aumentado el costo de la terapia en realidad  porque había depositado en la madre transferencial la parte pesecutoria y asesina de su propia madre. Se fue para no matarme o ser asesinada por mí.
Podemos inferir que no quería enfrentarse a las fantasías terroríficas que surgen  a raíz de ocupar finalmente el lugar de la madre, aquella madre que para Lina le hubiera dado igual que naciera o no. Fantasías de ser destruida por dentro, de morir, de ser eliminada por aquella madre que siempre las envidió por estar ellas en una mejor posición socieconómica (aspecto de la transculturación).
En el caso de Lina no podemos hablar de un superyó estructurado en tanto sus objetos primarios fueron básicamente hiperestimuladores, y en esa medida agresivos.
Aquello que en los casos como el de Lina aparece como una manifestación clara de las implicaciones inconscientes que conllevan el haber adquirido la capacidad de ejercer la sexualidad, suele estar presente en mayor o menor grado en todos nosotros y manifestarse en la relación con los hijos, especialmente con el mayor, estando involucrado padres e hijos en esta red de mensajes inconscientes relacionados con la prohibición de crecer. Mientras podamos hablar de un superyó que contenga los aspectos libidinales que permitan el poder elaborar la culpa, y hacer uso de mecanismos reparadores que no implique “sacrificios” grandes, entonces se logra resolver exitosamente este desafío. A medida que los objetos internalizados que pasan a formar parte de la estructura mental e identidad son más agresivos, nos enfrentaremos a conductas psicóticas patentes en hechos tan cruentos como el maltrato a los niños, el abandono, la tortura mental, etc.
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