crazy-faces-1430642Por: Adriana Loyola
 
“Pienso a veces que un sentimiento es una de las raras cosas que los psicoanalistas tienen el lujo de considerar como un hecho “ (Bion)
 
En el camino como candidatos, la práctica psicoanalítica ha sido nuestra mayor enseñanza formativa en donde se desarrollan e incluso se descubren nuestras habilidades. A través del discurso del paciente y el material inconsciente uno presencia el trauma. Nuestra profesión implica una carga emocional significativa; por medio del contacto con las personas vamos desarrollando la capacidad intuitiva y de sensibilización ante el acercamiento al dolor, la angustia, el miedo, muerte, deterioro, temores, entre otros.
El psicoanalista no solo trabaja con la palabra, en ocasiones abrazamos al paciente con esa herramienta de la escucha. Cuando el paciente narra los eventos traumáticos compromete la subjetividad de quien escucha, es decir nuestra labor analítica queda inmersa en dicha relación. Greenson en su libro “Teoría y técnica psicoanalítica” expresa que solo la emocionalidad del analista podrá aportar algo que vaya más allá del valor semántico de las palabras.
La intervención del analista no solo es a través de las palabras sino por medio de la interpretación que va compuesta de elementos como el tono de voz, la gesticulación y el afecto; por ejemplo desde contar un chiste, una metáfora o hasta cantar una canción. Por ello el análisis personal y la supervisión ofrecen ese bagaje de autoconocimiento que permite identificar nuestra emocionalidad y el uso que se le da a favor del tratamiento analítico con el paciente.
En alguna ocasión mi supervisor me comentaba que durante nuestra formación nos vemos inmersos en diferentes situaciones emocionales debido a la intersubjetividad de la relación entre paciente-analista, por lo que era importante darnos cuenta la diferencia que existía entre la empatía y la proyección, con ello me refiero a situaciones en donde hacemos nuestro el problema del paciente o depositamos material del analista a experiencias vividas por el paciente.
Por ejemplo la línea tan delgada que puede existir en una situación donde el analista se encuentra en un proceso de divorcio al igual que su paciente en donde en términos coloquiales diríamos que “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”.
Pareciera una diferencia marcada conceptualmente, sin embargo en algunos casos al inicio de nuestra práctica la necesidad de hacerle sentir al paciente que está siendo entendido moviliza nuestras conductas, palabras y afectos. Coloquialmente entendemos la empatía como “el ponerse en los zapatos del otro”, sin embargo en nuestro trabajo diario ponerse en los zapatos del otro conlleva ciertos riesgos que se pueden convertir en actuaciones por parte del analista.
La empatía es una herramienta terapéutica indispensable en el proceso analítico, ya que será un factor decisivo en todo tratamiento porque abrirá puertas a que el paciente emerja estados afectivos a través de la transferencia.
Bleichmar en su libro “Avances en psicoterapia psicoanalítica” explica que el analista debe tener presentes ciertos estados como la ternura, excitación y placer por el encuentro con el paciente, en donde exista una complicidad en las miradas. Estados de alegría por la alegría del otro y esto solo puede existir en la intersubjetividad. Por ejemplo, no se puede contar con placer un chiste si el otro no se ríe, pues lo que se busca es, precisamente provocar esa risa. La empatía será la puerta para el encuentro y la construcción de la intersubjetividad.
El analista debe tener una emocionalidad instrumental, es decir la capacidad de mezclar y oscilar cuidando no necesariamente adecuarse a lo que el paciente requiere o satisfaciendo sus necesidades infantiles. Una de las características principales de la empatía es la objetividad, es decir estar siempre como interprete vivo y humano teniendo consciente que el deseo nunca se podrá satisfacer, se satisfacen las necesidades que son biológicas, pero no el deseo, en tanto acto psicológico. Es decir, la respuesta debe ser cautelosa tratando de no caer en la hiperemocionalidad o excesos en la demostración de los afectos ni tampoco en la frialdad como una máquina lógica que favorecería la intelectualización.
El analista debe tener una imagen de sí mismo flexible o vaga para empatizar tiene que ser capaz de utilizar mecanismos regresivos fácilmente con el fin de recobrar una sensación de afinidad emocional con el paciente.
Es importante darnos cuenta que la empatía es un elemento que se construye en los primeros años de vida a través de la relación con la madre en donde el niño tiene la capacidad de depositar energía e identificarse con otro objeto separado de él, cuando ya existe una diferenciación de su Yo- no Yo.
La madre es quien traduce el llanto del bebé identificándose con él para posteriormente hacerlo sentir entendido y ayudando a que empiece a reconocer sus afectos. Con el tiempo el bebé reconocerá su agresión y su amor hacia el objeto identificándose con la madre. Nos damos cuenta que la empatía es una identificación que se va generando desde los primeros años de vida y así como la madre nos enseña amar, también nos enseñará a ver y sentir al otro.
A través de la comunicación silenciosa entre el vínculo madre – hijo se permitirá captar en forma directa todo lo que acontece dentro de su hijo, y poder así satisfacer las necesidades yoicas y pulsionales del mismo en el momento en que se actualizan. Así como nosotros cuando trabajamos con el paciente más allá de tener una comunicación silenciosa, se presenta una comunicación particular cargada de elementos como el afecto que se traduce.
Roffenstein en 1926 menciona que para obtener la seguridad de la captación de la vivencia ajena, habría que tener en cuenta “la evidencia de la vivencia propia en que es captada”. Para este autor la empatía tiene tres planos: Objetividad, Revivencia del sentimiento y un afecto propio reactivo al sentimiento del otro.
La empatía impone exigencias emocionales al analista y requiere de un autodescubrimiento constante. En la situación analítica es sumamente importante ya que con ayuda de la intuición se logrará formar la base para captar los significados inconscientes que oculta el material consciente. Si el analista no se vuelve empático con su paciente, difícilmente logrará escuchar y entender aquello que esta oculto en el discurso para poder interpretar. No solo se requiere de talento ya que si el analista no es una estructura de carácter analizada no resultará duradero el tratamiento con sus pacientes.
Greenson en su libro “Técnica y práctica del psicoanálisis” menciona que el analista tiene que saber identificar y utilizar sus funciones bipolares de analizador de datos y a su vez de curador de enfermos y acongojados. Por ello el Yo flexible del analista le permitirá tener una capacidad de establecer relaciones múltiples ante las situaciones a las que se enfrenta. Incluso podría decir que el análisis personal como candidatos nos ayuda a descubrir y flexibilizar nuestro Yo en servicio de los pacientes. Así como la madre enseña a su bebé la empatía, nosotros la vivimos a diario al sentirnos escuchados y comprendidos en nuestro espacio analítico.
La empatía será la pauta con la que se fortalezca la alianza terapéutica y exigirá una parte más emocional del analista. Greenson define a la empatía como un interés emocional que requiere de la capacidad de regresiones controladas y reversibles, no solo en términos de funciones yoicas sino también de relaciones de objeto. Es decir, un modo de entender a otro ser humano mediante la identificación temporal y parcial.
Ponerlo en palabras es algo que se diría sencillo, sin embargo en la intersubjetividad esté proceso es algo complejo que no se llevaría a cabo sin el análisis personal y la supervisión. El analista tiene que renunciar por un tiempo a una parte de su propia identidad. Cuando escuchamos y sentimos un discurso hay que diferencias que es material del paciente, no es nuestra historia por muy similar que pareciera, porque si caemos en la proyección de nuestro material inconsciente seguramente terminaríamos actuando nuestras propias necesidades infantiles con el material del paciente.
Por ejemplo los caracteres rígidamente obsesivos no serán capaces de dejarse empatizar y en algunas ocasiones recurrirán al aislamiento o evitación del afecto por medio de actuaciones debido a la intensidad afectiva que se desarrolla en la intersubjetividad de la relación analítica. Por otro lado, el analista que se deja guiar por los impulsos tenderá a deslizarse de la empatía a la proyección que de la misma manera conducirá a la actuación con el paciente. Es por ello que el nivel de funcionamiento emocional del analista, es decir la intensidad afectiva y el tipo de emociones desplegadas debe estar modulado por el objetivo terapéutico perseguido.
Se debe tener en cuenta que no todos los analistas reaccionan del mismo modo pues se ven condicionados de acuerdo a la historia de cada uno y los recursos terapéuticos que dispone. El análisis personal y la supervisión serán el mejor sustento que se tiene para auto-observarse y trabajar en ello, así como reducir la carga emocional en el trabajo diario.
En pacientes con patologías más regresivas encontramos la identificación proyectiva como aquel mecanismo de defensa primitivo que funciona en los primeros años de vida, cuando no existe una diferenciación ni relación entre el yo y los objetos.
Melanie Klein en su escrito “Sobre la identificación” describe que la fantasía inconsciente es que los excrementos y las partes malas del self son proyectados dentro de la madre no solo para dañarla sino controlarla y tomar posesión de sus contenidos. La madre no se vive como objeto separado sino como aquellas partes malas del self contra quien dirige su odio.
La identificación proyectiva del paciente debilita y empobrece el Yo del analista, es decir se provoca una sensación de confusión con incapacidad de discriminar entre sujeto y objeto, por ejemplo con pacientes borderline en donde la contratransferencia es caótica. Es importante identificar nuestra contratransferencia y el juego intersubjetivo en el que estamos parados para que como analistas evitemos asumir y actuar el conflicto del paciente a causa del empobrecimiento de nuestro Yo. La supervisión será la guía para poder identificar cuando el analista se encuentra inmerso en dicho juego y poder diferenciar entre la empatía y la identificación proyectiva.
Panceria en su libro “Clínica psicoanalítica a partir de la obra de Winnicott” menciona que el analista escucha y lo hace identificándose en la situación actualizada en la transferencia tanto con el sujeto, como con el objeto según haga una identificación concordante o complementaria. La empatía es un paso preliminar para el abordaje clínico, una precondición necesaria de toda actividad clínica. En psicoanálisis se ha llamado identificación en donde por un momento se puede modificar mi Yo en función de un objeto con el que me relaciono, y que puede dar lugar a manifestaciones transitorias e instrumentales o estables a nivel de mi persona.
Racker en sus trabajos sobre la contratransferencia denominaba a la empatía, identificación concordante. Refiriendo a que debemos obtener distancia y perspectiva para poder aportar con objetividad el material así obtenido desde su fuente misma que es el paciente.
La capacidad empática del analista contribuye a crear y mantener el marco de confianza dentro del cual el paciente se instala, es decir se construye la alianza terapéutica. Y finalmente nos dará un vislumbre del mundo y de la perspectiva del paciente.
En conclusión el analista interpreta en el mismo sentido en que el músico interpreta su partitura o el actor su papel, esto es, comprendiendo y expresando las intenciones del autor. La interpretación surgirá de lo que siente el analista, de lo que en él resuene del paciente por medio de la empatía o identificación concordante.
Como diría Etchegoyen en su libro “Los fundamentos de la técnica psicoanalítica” siempre que uno interpreta habla, pero no siempre que uno habla interpreta. A veces uno interpreta para no escuchar, con el objeto de que el paciente no siga hablando de algo que nos crea ansiedad, que no podemos aguantar, o también con la idea de calmarlo. Del mismo modo cuando el analista interpreta para que el paciente no piense que no lo entiende. Por ello se debe tener la capacidad de poder pasar un día escuchando sin aburriste y que exista la curiosidad y el placer en escuchar a través de la empatía.
Poder establecer un vínculo empático con nuestro paciente muestra un signo de salud mental, ya que es la capacidad de un individuo de captar imaginativamente, pero también con exactitud, los pensamientos, sentimientos, esperanzas y temores de otra persona, así como permitir que el paciente haga lo mismo con el analista a lo que Winnicot denominaba “identificaciones cruzadas”.
La capacidad que tiene el paciente y el analista para generar un vínculo empático fortalecerá la alianza terapéutica y así conocer más al paciente abriendo una puerta a mayores interpretaciones. El tema de la empatía ha sido una controversia dentro del campo psicoanalítico dependiendo de las posturas teóricas. Sin embargo es importante señalar la diferencia entre empatía, identificación e identificación proyectiva. Ha sido un tema interesante por investigar y finalmente darnos cuenta que dichas identificaciones cruzadas son auténticamente lo que hará a los hombres ser o existir en un ambiente social y cultural.
 
Bibliografía

  • Bleichmar, H. (2011). Avances en psicoterapia psicoanalítica. España: Paidós
  • Etchegoyen, H, R. (2002). Los fundamentos de la técnica psicoanalítica (2nd ed.). Buenos Aires: Amorrortu.
  • Greenson, R. R. (1976). Técnica y práctica del psicoanálisis. México: Siglo Veintiuno
  • Klein, M. (2008). Envidia y gratitud: Y otros trabajos. Buenos Aires: Paidós.
  • Painceira, J, A. (1997). Clinica Psicoanalitica a partir de la obra de Winnicott. Argentina: Lumen.

 
Imagen: freeimages.com / Svilen Milev
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