Autor: María Zurutuza
“Por momentos, la meta de tratamiento es traer al paciente de un estado de no poder hacer preguntas a un estado en el que sí.” Ogden, 2022, p9
¿De qué nos sirven las preguntas? Generalmente, los y las pacientes llegan al consultorio en búsqueda de respuestas y soluciones. Aun así, Ogden propone que el objetivo del tratamiento es el planteamiento de preguntas, no respuestas. ¿Por qué? Quizás porque la pregunta plantea un espacio disponible, invita a contribuciones; expresa el hambre de la curiosidad que abre las posibilidades para la recepción y creación de verdades. La pregunta o duda nos ayuda a crear un espacio en la psique que estaba previamente ocupado, ya sea por conocimiento o duda. Cuando ese espacio está “ocupado” el sujeto lo experimenta como satisfacción, similar al proceso de hambre-comer. Cuando esa satisfacción se ve amenazada surge la frustración, la incomodidad y, en un aspecto más profundo, el miedo. Es por esto que considero que cuando las personas comienzan a realmente dudarse – su camino, deseos, y elecciones– emprenden un proceso doloroso, pero necesario, para apropiarse de sus contenidos y vivir como sí mismos.
Sin embargo, no cualquier duda lleva a planteamientos de crecimiento. Este trabajo tiene como objeto de estudio lo que provisionalmente nombro como duda ontológica – otros términos que podrían ser considerados son duda generativa o fértil, pero por ahora, quedémonos con ontológica–, aquella que te genera preguntas sobre el ser. Para esto, examinaremos el psicoanálisis epistemológico y el psicoanálisis ontológico, la diferencia entre espacios psíquicos fértiles y erosionados, y la capacidad negativa de Bion. Lo anterior con el objetivo de explorar elementos de la duda ontológica, la cual promueve un espacio psíquico necesario para la identidad y el crecimiento aun cuando su planteamiento genera un estado de sufrimiento y frustración en el sujeto.
En este trabajo recurriré a imágenes y analogías, porque considero son una profunda herramienta para apropiarse y representar ideas psicoanalíticas. Invito a los y las lectores a estar abiertos a sus propias imágenes que puedan surgir.
Psicoanálisis epistemológico y ontológico
Empecemos con preguntas: ¿Qué implica el saber y ser en un análisis? Debemos entender que nunca están totalmente divididos, se complementan continuamente. Sin embargo, plantear la diferencia entre ambos nos permite identificar distintos estados de escucha, tanto en analistas como en pacientes. Ogden (2022) define al psicoanálisis epistemológico como “el proceso de adquirir conocimiento, llegar a entendimientos del paciente, particularmente entendimientos del mundo interno inconsciente del paciente y su relación con el mundo externo”. Por otro lado, entiende al psicoanálisis ontológico como “la dimensión del psicoanálisis en la cual el enfoque principal del analista está en facilitar los esfuerzos del paciente para convertirse más plenamente sí mismo”.
Por supuesto que es indispensable el esfuerzo de entender al paciente. Conocer su historia, su funcionamiento, sus conductas y así hacer interpretaciones pertinentes que hagan sentido con su contenido. Un psicoanálisis epistemológico nos coloca con cierta distancia del paciente, la cual nos permite observar y entender qué es lo que le sucede y por qué, al igual que ayudar al paciente a encontrar la posición depresiva necesaria para elaborarlo. Puesto de otra forma, es una aproximación tipo rompecabezas: primero se busca tener todas las piezas e investigar la relación entre sí para que pueda surgir la imagen del paciente y ésta sea entendida. A muchos nos ha frustrado cuando estamos en el proceso de “armar” la historia clínica y nos damos cuenta de piezas faltantes que luego buscamos en sesión. Una problemática con esta aproximación es involuntariamente comenzar a crear un rompecabezas que refleje la imagen del analista y no del paciente. O, en otros momentos, por estar buscando conscientemente las piezas, ni siquiera poder ver la imagen. Por esto, Bion nos invita a llegar a sesión sin memoria y sin deseo.
El complemento del saber es la vivencia, el ser. Un psicoanálisis ontológico requiere que el analista experimente con el paciente. Como yo lo entiendo, es como si tu paciente te invitara a subir una montaña: no te puedes quedar abajo y que te vaya gritando su experiencia. Tienes que caminar con la paciente, acompañarla y experimentar la inclinación, el clima, el cansancio. Y a la montaña no puedes llegar con un plan esperando que la montaña se adapte a ti; te preparas para recibir, tolerar y crear una experiencia auténtica a partir de los elementos con los que te encuentras. De esta forma, se crea entre ambos un camino distinto al que recorrería cada uno individualmente, una montaña única: no somos analistas sin analizandos ni viceversa.
Para Ogden, Bion y Winnicott serían los principales representantes del psicoanálisis ontológico, mientras que Freud y Klein podrían ser los del psicoanálisis epistemológico.
Para ilustrar la diferencia entre el psicoanálisis del saber y el psicoanálisis del ser, Ogden nos ayuda con una comparación entre Winnicott y Klein al plantear que hay una diferencia entre el juego y el jugar. Mientras Klein utilizaba el juego como una forma de simbolizar el mundo interno del niño, Winnicott se enfocaba en el jugar por sí mismo. “Llegar a los entendimientos del significado simbólico del juego es el dominio del psicoanálisis epistemológico; trabajar en y con el estado de estar involucrado al jugar es el dominio del psicoanálisis ontológico” (Ogden, 2020, p 11).
Desde la perspectiva del psicoanálisis ontológico, ¿cómo nos aproximamos a la duda? Recuerdo a una paciente que decía que al terminar su carrera extrañaba “el camino típico de primaria, secundaria, prepa, universidad. Se va poniendo muy ambiguo esto y no sé qué hacer ahora”. No sabía si trabajar en “lo que sea”, meterse a estudiar otra carrera o emprender un camino más creativo. Durante meses habló en las sesiones sobre los argumentos a favor y en contra de cada escenario. Tenía claro la parte lógica pero el repetirlo le daba cierta sensación de control, de que podría encontrar una respuesta “limpia”. Eventualmente, dejó de intentar poner todo en listas y comenzó a hacerse preguntas. ¿Con qué dinámicas románticas se sentía más libre? ¿Qué tipo de independencia quería y cuál le funcionaba? Frecuentemente iniciaba sus sesiones con “no sé de qué hablar hoy”, seguido de diversas dudas. Pareciera que comenzó a preguntarse, ¿quién soy y quién quiero ser?
En la medida en la que yo dejé de “saber” que ella tenía que tomar una decisión, porque podía ser desesperante su parálisis inicial, dejé de sentirme (y actuar) como su madre que le exigía más de lo que podía elaborar cuando era pequeña. Ambas dejamos de buscar respuestas y jugamos a tener dudas.
Podrá sonar bonito, pero no diría que hubo tranquilidad en esas preguntas. La paciente sentía miedo de no saber qué pasos tomar y yo por momentos dudaba si le estaba sirviendo a la paciente como analista. Pero, conforme se apalabraron las dudas, dejaron de haber silencios incómodos y surgieron silencios reflexivos, comenzó a disfrutar sus actividades cotidianas, disminuyó la sensación de culpa por no saber, por estar en un estado de pensar, descubrir, de crear (se). El análisis volvió a ser interesante para ambas.
Espacios fértiles y erosionados
La duda ontológica requiere cuestionar partes de uno mismo para generar espacio que permita el desarrollo del self. Esto implica aceptar la necesidad de renuncia a partes idealizadas y devaluadas de los padres y de uno mismo. El estado de la duda ontológica requiere progresivamente “podar” la identidad: preguntarse y desechar algunas partes en caso de que sea necesario para fortalecer al yo en su proceso de crecimiento, manteniendo elementos que nutran. Es por eso que la duda ontológica es como un espacio psíquico fértil. Se enfrenta a procesos de cambio que moviliza el suelo para que las semillas que se plantan puedan echar raíz, crecer y construir un ecosistema sano.
Por otro lado, la duda obsesiva es caracterizada por la ambivalencia y surge como una imposibilidad de renuncia. Este tipo de duda genera un bucle que paraliza al sujeto al consumir su energía. La parálisis es lo opuesto al crecimiento ya que pretende evitar perder el control – la omnipotencia– al evitar cualquier movimiento. En ese ir y venir obsesivo, se queda en el mismo lugar al mismo tiempo que el bucle provoca la erosión del espacio psíquico.
¿Cómo diferenciar entre ambos? Es necesario observar las asociaciones, movimientos transferenciales y contratransferenciales que la duda genera. La duda obsesiva genera un desgaste por la repetición desde la pulsión de muerte, como cuando el aire pasa solo sobre el suelo sin que haya algo vivo ahí: genera erosión. Esto dificulta el crecimiento a corto y largo plazo porque requiere un gasto de energía psíquica, tanto del analizando como analista. Al ser una defensa a la angustia, que a su vez genera contratransferencia de desesperación y cansancio, puede llevar a que la pareja analítica evite el afecto de la experiencia, precisamente aquello que podría nutrir el suelo.
Por otro lado, la duda ontológica tiene el mismo pase de aire intenso, pero se relaciona con elementos vivos, en la analogía pensémoslos como árboles, que genera movimiento. Contratransferencialmente, a grandes rasgos, es interesante. Se relaciona con el ecosistema de la psique del paciente y se convierte parte de un ciclo de cambios. El aire por supuesto que se siente y se puede sufrir, pero permite que se caigan las hojas que tienen que caer para que el suelo recicle los nutrientes: es fértil. Psíquicamente, lo podemos entender como parte del proceso de escisión e integración que se requiere de los objetos para poder establecer una identidad, como lo hacen los adolescentes.
Aunque ambos tipos de dudas requieren de cierta repetición y ambos generan sufrimiento en el sujeto, es muy importante que el analista pueda permitirse desarrollar la capacidad negativa necesaria para poder identificar las cualidades de la duda y entonces poder acompañar al paciente en la tolerancia de la frustración, miedo e incertidumbre involucradas en el crecimiento, ejercer su función alfa y metabolizar parte de los elementos que el paciente está generando.
Capacidad negativa: tolerancia e incertidumbre
Retomando la experiencia de la montaña: puede ser MUY incómodo subirla. Inicias el viaje sin saber exactamente qué te depara, hay un importante grado de incertidumbre. En el camino te da frío, calor, te cansas, te duelen las piernas; a veces te pierdes, cambia el clima, te caes. Muchas veces durante un hike estás pensando “¿qué hago aquí?”, “¿quién me obligó?”. Luego llegas a la cima. Una manzana te sabe a gloria. Las vistas son espectaculares. El aire es limpio y fresco. Y luego tienes que volver a bajar, ahora con dolor en las rodillas.
Escojo esta analogía por dos razones: 1) Creo que el proceso analítico es similar tanto con sus dolores y frustraciones como con las recompensas, y 2) porque es una vivencia completa con sufrimiento, placer y cambios. Tanto en análisis como en la montaña ese dolor, incomodidad y miedo te puede invadir de tal forma que no notas la belleza natural a tú alrededor, la fuerza en tu cuerpo y tu mente, la determinación en tus pasos. El espacio mental que puede tolerar la posibilidad de todo lo doloroso te ayuda a aceptarlo y entonces tener espacio para recibir lo valioso que te construye; así entiendo la capacidad negativa que propone Bion. Y considero que todas las personas, tanto analistas como analizandos, viven y necesitan estos procesos humanos.
¿Qué nos dice Bion? Él habla sobre la capacidad negativa como tal en Cogitaciones (1992), dice “la capacidad de la mente depende de la capacidad del inconsciente – capacidad negativa. La incapacidad para tolerar espacios vacíos limita la cantidad de espacio disponible (p304).” López Corvo (2020) nos ayuda definiéndola “como la capacidad de tolerar o crear un espacio mental para la incertidumbre, el misterio y la duda (p72).”
Es la capacidad negativa la que permite la duda ontológica, puesto que es a través de este espacio de tolerancia a la incertidumbre que la persona encuentra crecimiento y creatividad. Ambas requieren espacios psíquicos disponibles. Con esta sensibilidad, la persona puede integrar impulsos libidinales y agresivos conforme se enfrenta a los diversos retos del desarrollo.
¿Qué sucede en la ausencia de la duda ontológica y las características requeridas para su lugar? Cuando la persona se encuentra en una posición esquizoparanoide, se amenaza el vínculo con la realidad para protegerse de la frustración. “El miedo, odio y envidia son tan temidos que se toman medidas para destruir la consciencia de todos los sentimientos, aunque eso sea indistinguible de tomar la vida misma (Bion, 1962, p. 10).” Tolerar la frustración permite tener un sentido de la realidad y acceso a la posición depresiva. No tolerar la frustración del espacio vacío implica que el temor, la voracidad o envidia no permitan la integración del pecho, de tal manera que la persona no pueda elaborar elementos inconscientes o vínculos profundos con el mundo externo. Tendríamos que profundizar en el rol que tiene la identificación proyectiva como generadora de espacio e integración pero será tema para otro trabajo.
Por lo tanto, como analistas debemos tolerar nuestro propio espacio vacío y miedo para entonces poder recibir y metabolizar aquellos contenidos del paciente, ejercer nuestra función-alfa que ayude a “traducir” (es decir, transformar) el contenido inconsciente del paciente. Esto para que puedan tolerar sus estados de incertidumbre, misterio y duda y entonces pensar y crear una vida que sientan como propia. Civitarese (2019) dice, “la capacidad negativa es por sí misma una forma de pasividad activa o de actividad pasiva, como la imaginación, es un intermediario entre sensibilidad e intelecto.”
La obscuridad puede ser profundamente amenazante, sin embargo, solo en la obscuridad podemos ver las estrellas. A través de la capacidad negativa, propia de que espacio que tolera lo inconsciente, podemos a su vez tener espacio psíquico disponible para el pensar. Originalmente, Freud (1911) planteaba que el pensar surge como una herramienta que ayuda a descargar energía del aparato psíquico, luego Klein enfatizó la importancia de los símbolos para el desarrollo mental. Considero que Bion y Ogden proponen lo ontológico y la capacidad negativa como elementos necesarios no solo para el pensamiento en general, sino para lo que sería un pensamiento propio.
En conclusión, considero que el psicoanálisis ontológico se enfoca en que una persona pueda ser más plenamente sí misma y para eso, es necesario que exista duda para generar espacios disponibles en su proceso. La duda ontológica es aquella que, aun cuando se sufre, plantea espacios psíquicos fértiles para que el paciente pueda apropiarse de sus contenidos y, junto con su analista, enriquecer su capacidad negativa para construir una vida más humana.
Bibliografía
- Bion, W. R. (1962). Learning From Experience. London. Karnak Books. Bion, W. R. (1992). Cogitations. London. Karnak Books. p304
- Civitarese, G. (2019). On Bion’s Concepts of Negative Capability and Faith. The Psychoanalytic Quarterly, 88(4), 751–783. doi:10.1080/00332828.2019.1651
- Freud, S. (1911). Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico. Tomo XII. Amorrortu. p 226.
- Klein, M. (1930). The importance of symbol-formation in the development of the ego. The International Journal of Psychoanalysis, 11, 24–39.
- López Corvo, R. (2008). Diccionario de la obra de Wilfred R. Bion. Madrid. Biblioteca Nueva
- Ogden, T. (1997). Reverie and interpretation: Sensing Something Human. Estados Unidos: Aronson.
- Ogden, T. (2022). Coming Alive in the Consulting Room. London: Routledge Winnicott, D. W. (1979). Realidad y juego. Barcelona, Gedisa.
- Imagen: Pexels/ Keyla Brito


















