Por: Jessica Macías
Entre el 25% y el 50% de las personas “sin hogar” que presentan algún trastorno mental grave, padece esquizofrenia, trastornos depresivos, deterioro cognitivo y abuso de alcohol u otros tóxicos. (Moyano, 2010)
La estructura negativa de la sociedad es la exclusión debido a que representa el fallo que existe en la humanidad al considerar que la mejor solución a un problema es poner al individuo fuera de todo y de todos, restringiendo su interacción con los demás y evitando que se le siga pensando como un ser, con identidad propia y derechos, y pase a ser un sujeto inexistente. Es por esto que es tan importante hablar de estos temas que a continuación se presentarán, ya que hoy en día no hay tanta educación sobre la exclusión ni la reinserción en la sociedad después de esta. Tampoco hay reconocimiento o valor sobre los indigentes que previamente a vivir en la calle pudieron ser psicóticos y por una falla en el manejo de esta estructura, terminaron sin nada. O viceversa, que el no tener un hogar haya desatado el brote psicótico.
La falta de domicilio en relación a los sujetos psicóticos, la cual se abordará con mayor profundidad más adelante, es una problemática actual demasiado potente y común, ya que después de la exclusión constante y el rechazo, los sujetos se pueden percibir en una posición – “sin lugar donde ser”, y esto puede terminar en la indigencia o en conductas autodestructivas. Por lo tanto, es importante que definamos primero perjuicio, peligrosidad, exclusión y reinserción, ya que son términos correlacionados que nos permiten adentrarnos en las causas y consecuencias de una sociedad con pocas herramientas para solucionar las índoles de estar en constante interacción.
Primeramente, la exclusión es un término que se ha manejado desde hace mucho tiempo, ya que desde varias generaciones atrás la expulsión de un individuo ha sido la manera más fácil para renunciar a él. Específicamente, la Real Academia Española define a la exclusión como “quitar a alguien o algo del lugar que ocupaba, o prescindir de él o de ello.” (RAE, 2020)
Ahora bien, cuando un sujeto comete un perjuicio, el cual lo define la RAE (2020), como “ocasionar daño o menoscabo material o moral”, tiende a ser dictaminado como transgresor de las leyes previamente impuestas por la colectividad en la que reside. Como consecuencia se le excluye y margina de tal forma que pasa a ser un “apestado” y se le juzga como tal, evitando así su aprendizaje y crecimiento personal.
Por otro lado, Jiménez (2019) afirma que peligrosidad significa “la capacidad de una persona de transformarse con probabilidad en autora de delitos.” (p 120.) Debemos de tener esto en cuenta, ya que la peligrosidad la tenemos todos, el pasaje al acto no.
No obstante, la solución que se plantea es la reinserción. Es un término relativamente nuevo y se considera así porque hace apenas unos años seguía vigente la ideología de aplicar la pena de muerte, lo cual alude a la Ley de Talión: Ojo por ojo, diente por diente. Reinsertar significa “volver a integrar en la sociedad a alguien que estaba condenado penalmente o marginado.” (RAE, 2020) Esto nos permitiría rehabilitar al infractor y brindarle nuevas herramientas que le posibiliten entender, atender y obedecer las reglas comunitarias.
En nuestros tiempos, la población se encuentra dividida entre tres posturas: a) los que apoyan la reinserción y están de acuerdo en que se deberían de brindar las herramientas para mejorar su calidad de vida saliendo de la reclusión, b) los que apoyan la reinserción dependiendo de la causa, por ejemplo: si el delito fue pequeño o si el victimario padecía algún trastorno mental; y c) las personas que piensan que no merecen regresar a la sociedad porque van a reincidir y no confían en su posible cambio.
Es por esto que Paul Laurent (2001) en su libro “El Perjuicio y el Ideal” plantea cuál es el significado, desde el psicoanálisis, de ser excluido y cómo lo percibe el individuo. Es la acción de expulsar o de separar, es decir, poner a alguien fuera. Por lo tanto, este término es originariamente espacial. Pero esta idea se enlazó rápidamente con la idea de rechazo, entonces también es rechazar a alguien de un grupo. Además, vemos que la exclusión lleva a la segregación. De modo que, al pasar por la expulsión, luego a la segregación y finalmente al rechazo, la exclusión constituye el borde negativo de la norma social. (Laurent, 2001).
Con respecto a la persona excluida, este se ve definido en términos de falta, que de alguna manera lo convierte en una persona despreciada. “Más aún, encarna una especie de condición de exilio interno.” (Laurent, 2001, pág. 32).
Ahora bien, adentrándonos en el origen y el resultado de la sociedad en la que vivimos hoy en día, vemos que cuando un sujeto le causa un perjuicio a otra cosa o individuo, se le juzga y otorga una sentencia, la cual puede resultar en el pago de una fianza o hasta en el encarcelamiento. Esto significa que pierde sus derechos y su presencia en la sociedad; pasa a ser un “no existente”, y en algunos casos hasta se celebra su exclusión. ¿Cuándo esto sucede, puede también dudar de su propia existencia porque si nadie más lo percibe y ya no forma parte de la sociedad, entonces quién es conocedor de su ser?
« ¿Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?»
¿Y de qué está marginado? Del sistema evidentemente, pero también de cualquier oportunidad que pudiera existir para disfrutar de ser parte de un círculo social relativamente estable, es decir, los que siguen las normas preestablecidas. Dicho de otra manera, cuando una persona comete un delito y lo sentencian a cierta cantidad de años en prisión, la mayoría de las veces pasa a ser un fantasma para las personas que no tienen ninguna relación con este sistema y que están fuera de esta, porque no se cuestionan ni se preocupan de su existencia. Es por esto que la rehabilitación es un estadio difícil de lograr, ya que al no estar informados ni vinculados con el individuo y su forma de vida anteriormente, se les juzga a todos los criminales de la misma manera y no se les permite volver a participar en cualquier actividad en la que pueda mostrar su subjetividad.
De la misma forma se puede inferir que el individuo ante la falta de contacto con los demás, se queda consigo mismo, lo que puede significar una interiorización de todo su ser y de sus deseos. Esto quiere decir que cuando un grupo de personas segrega a un sujeto, le niega su participación en la comunidad y además, en ciertos casos, lo priva de sus derechos humanos. Por lo que es probable que el sujeto, en una búsqueda de socialización como lo dictamina su naturaleza, busque en su interior una palabra o algo que lo sostenga como un -ser-. Sin embargo, suele perder el sí mismo, ya que lo que le da sentido y significado a nuestras vidas tiene que ver con el Otro.
En contra parte, Laurent (2001) menciona que la exclusión incluye, pues nadie es más dependiente del sistema que el sujeto que no se beneficia con él. Es como una mosca dentro de un tarro, ese móvil que gira al rededor y se golpea contra las paredes del recipiente que delimita sus libertades de movimiento.
Así pues, los vínculos sociales se definen por condiciones inconscientes individuales, es decir, cada uno de los miles de millones que existen en la tierra definen lo que está bien o está mal, lo que puede ser imparcial porque si hablamos de un pueblo con una población patológica entonces la propia cosecha de cada uno determinaría una manera de socializar un tanto enferma o disfuncional. Un ejemplo de esto sería una población que sataniza la homosexualidad y que no permite que nadie pueda expresar libremente su orientación sexual. Esto reside en el estado inconsciente de cada uno de los pobladores, que dependiendo de sus experiencias anteriores y su personalidad, determinan las reglas. Pero entonces, esto es subjetivo, porque nace de unos cuantos que reprimen sus deseos, se angustian y proyectan lo opuesto a esto.
También se puede ver en lo que se vive día con día, al menos en México, donde el delincuente es muchas veces percibido como un monstruo y un mal para la sociedad, cuando no se dan cuenta de que todo lo que existe en ese momento es una construcción en la que todos participaron, incluyendo a los “buenos y malos”.
Esto lo confirma (Tendlarz, 2009) en su libro “¿A quién mata el asesino?” donde menciona que entre menos explicaciones haya de la causa por la que alguien cometió un delito, es cuando más se le considera como malo, monstruoso o perverso. Esto me hace pensar que se debe a que la duda provoca angustia. Es decir, si no conocemos qué lo llevó a cometer tal atrocidad y no existía un motivo “importante”, se crea una sensación de angustia al pensar que cualquiera puede cometer un crimen, incluyéndonos. Esto significa que la angustia de nuestra propia agresividad reprimida es la que está latente.
Por otra parte, Moyano (2010) afirma que “Carecer de hogar es un factor de riesgo para la enfermedad mental” (p.116). Esto se puede entender a partir de lo siguiente: la noción de falta de domicilio es un concepto que engloba una deslocalización temporalizada. Es una sensación de -no lugar-, de no pertenecer a ninguna parte. Esto claramente provoca una sensación de angustia, miedo e incertidumbre porque un sujeto no sabe a dónde recurrir cuando necesite ayuda o más simple, cuando necesite relacionarse con alguien. Al ser seres sociales reconocemos que necesitamos estar en constante interacción con el otro, ya que es un crecimiento y aprendizaje mutuo. Si no se obtiene un vínculo con alguien más, puede desencadenarse una sensación de soledad y de menosprecio propio. En otras palabras, los sujetos excluidos comienzan a apropiarse de las etiquetas que la sociedad les impone, y ellos mismos entran en un exilio interno, porque se conocen como el loco, rechazado o en unos casos, hasta estorbo. Como dice Freud, convierte la exclusión en un rasgo de él mismo, por lo que puede haber una deformación del carácter. (Laurent, 2001, pág. 36).
En el análisis que realiza Douville (2006) sobre el libro Los Náufragos de Patrick Declerck, se menciona que a menudo nadie se encarga de los esquizofrénicos porque están en una situación extrema por su estructura psicótica y la carencia que viven día con día. La situación de sin hogar en los enfermos mentales es el resultado de la combinación de factores individuales, ligados a la propia patología, y factores psicosociales. Esto tiene que ver con dos vertientes: 1) en la que el psicótico al estar un -no lugar- no encuentra donde pertenecer, y 2) los indomiciliados, que al vivir en la calle pierden el contacto con el mundo externo. Esto es, se vuelven parte de la cotidianidad pero no tienen ningún valor; son imperceptibles.
Ahora bien, existirá relación entre psicosis y todo lo anteriormente mencionado?
La psicosis puede desencadenar el pasaje al acto, el cual es un intento por rebajar la angustia que provoca la alucinación o delirio, en donde se proyecta lo angustioso y busca aniquilarlo para acabar con él y su propio sufrimiento.
Lacan explica que se puede pensar como el último recurso del sujeto para liberarse de su angustia persecutoria, ya que este proyecta lo intolerable en el objeto sobre el que recae el acto y busca su aniquilación. El neurótico es un criminal inconsciente, dice Freud; no obstante, el crimen fantaseado puede volverse real bajo determinadas circunstancias.
Por otro lado, lo que si podemos asegurar es que después de que un sujeto comete el acto, ya nunca vuelve a ser el mismo. Y claro, ¿cómo se podría ser la misma persona que deseaba matar a su madre pero controlaba su impulso y otra que descargó toda la catexia en todas las veces que la apuñaló y no sintió nada? Y es por esto que se dice que primero se comete el pasaje al acto y después se construye lo sucedido, porque no necesariamente existió algo antes, pero sí hay algo después.
A pesar de esto, no todo psicótico, después de un pasaje al acto, se siente culpable por sus actos. Hay múltiples reacciones que revelan la singularidad del posicionamiento después de este, por lo que el posicionamiento no siempre se moviliza. Es común que aquel que pasa al acto y siente culpa, entre en una gran depresión que lo lleve al suicidio.
Como menciona Urriolagoitia (2012) en su ensayo “La estructura de la psicosis como consecuencia de la forclusión del nombre del padre”, la noción de la temporalidad en la psicosis fue planteada por Freud donde propuso dos fases: la primera que es una fase silenciosa, la cual constituye la enfermedad propiamente dicha; y la segunda, que es ruidosa, caracterizada por los delirios y alucinaciones, que para Freud correspondía a una fase de restitución como una tentativa de curación. Por su parte, Lacan propone tres fases, una primera denominada prepsicosis, la segunda que corresponde al desencadenamiento de los síntomas y una tercera fase que puede producirse o no, que es la de la estabilización; la cual consiste en encontrar aquello que puede volver a balancear al sujeto. Es por esto que Lacan hace una diferencia entre locura y psicosis, ya que un psicótico puede no volverse loco si no se le desencadena, sin embargo no por eso deja de ser psicótico.
Lo que hace el psicoanálisis es mostrar la hipocresía cultural en la que el sujeto es presentado como un error pero que al mismo tiempo muestra algo que falla en ellos. Algo que, como mencioné anteriormente, provocaron todos. Además plantea que el darle un espacio para subjetivarse puede permitirle encontrar un domicilio, sin ser necesariamente un lugar tangible. De la misma manera, su objetivo es hacerle ver cómo vive esta posición y cómo lograr salir del lugar de pobre niño en el que se encuentra. Esta posición puede provocar que se vea beneficiado por la situación en la que está, debido a que se percibe como lastimado o traumado, por lo que ahora la sociedad tiene el deber de arreglarlo.
“Y a ti, pobre niño, ¿qué te han hecho?”. Esto es lo que Freud consideraba como el síndrome de excepcionalidad, el cual le sigue a un complejo de perjuicio. En realidad es una forma salvaje de reembolso, es decir, yo viví algo muy feo, pobrecito de mí, y por esto que los demás tienen una deuda conmigo; tienen que repararme. Y aquí se observa el goce de la desgracia, porque lo malo puede darles beneficios y ciertas posiciones privilegiadas.
Assoun (2001) refiere “Nadie tiene nada más que pedirme, que exigirme, dado lo que
(Ellos) -el Otro- me hicieron” (p.13).
Esto se observa en la mayoría de los casos que se encuentran en el Centro Varonil de Rehabilitación Psicosocial, donde su discurso da la idea de que después de que ellos cometieron un delito y fueron exiliados, sus familiares y amigos tienen la obligación de aceptarlos nuevamente en sus hogares, como si nada hubiera pasado, porque ya habían estado en una posición tan grande de sufrimiento, que merecían ser reembolsados y tratados diferente. Es por esto que hay que evitar etiquetar a las personas, ya que en ciertas situaciones pueden aceptarlas e inconscientemente comenzar a disfrutar los privilegios de estas, lo cual sería su ganancia secundaria.
Habiendo mencionado todo lo anterior, me gustaría poner un ejemplo clínico: Kevin, hombre de 25 años, diagnosticado con esquizofrenia paranoide y con una pena de 15 años en el reclusorio por asesinar a su tío, me comenta que se siente muy angustiado y desesperanzado por el hecho de pensar que cuando termine su sentencia y se le permita salir, no tendrá ningún lugar a donde ir. Cuando le dictaron su condena, pasó a ser un inexistente para su familia; cortaron todo tipo de relación. Además, comenta que sin un apoyo o una casa donde vivir, teme regresar a la calle, volver al mundo de las drogas y cometer otro delito o morir. La única opción que él encuentra es que saliendo se una a un grupo religioso que lo acoja y lo cuide, por lo que podría encontrar un lugar, pero no un hogar.
Es por esto que es importante brindarle un espacio a los pacientes psicóticos, ya que puede desencadenarse una sensación de soledad y de menosprecio propio, lo cual hará que se apropien de las características que les otorgó un otro, se exilien a ellos mismos, y probablemente terminen en la calle.
Lacan (1932) en su tesis “De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad” refiere que sigue siendo cierto que la cura no podría ser otra cosa que una integración por el sujeto de su verdadera responsabilidad y que igualmente es esto a lo cual se tendía por vías confusas mediante la búsqueda de una punición que puede ser quizás más humano dejársela encontrar a él.”
Esto quiere decir que responsabilizarse del acto puede permitir la elaboración del mismo y su reescritura en el orden simbólico. La responsabilidad de un acto se refleja siempre ante otro y a su vez, es la posición que toma el otro ante el sujeto. Si un tal reconocimiento de -ser- no se le brinda al sujeto, fácilmente puede recaer. Si el psicótico se encuentra rechazado por la comunidad, la consecuencia puede llevar a un nuevo pasaje al acto. Muchos estudios han revelado que la deposición del sujeto de su acto tiene efectos clínicos negativos. El no lugar confronta a un posicionamiento de omnipotencia y no contribuye en nada a una mejora terapéutica.
En conclusión, la expulsión es una decisión fácil pero poco analizada desde una perspectiva futura, ya que no toma en cuenta los efectos que podría tener en la persona que sale de su exilio y su manera de reaccionar ante la presencia del otro. Sin embargo, aunque la rehabilitación es difícil de realizar, es la mejor propuesta, ya que al devolverle sus prerrogativas a un sujeto destituido de sus derechos, de permitirle que vuelva a tomar posesión de estos que se le quitaron como consecuencia de una condena, le devuelves su estatus de sujeto.
La falta de domicilio y la indigencia están correlacionadas en pacientes psicóticos debido al -no lugar- y al rechazo recibido día con día. Es importante abordarlo y tomarlo en cuenta en futuras aproximaciones.
Lo que hay que reconsiderar es el término de exclusión porque al etiquetarlos y estar marcados provoca una sensación de víctima bastante cómoda. También es importante que recordemos que ellos están al mismo nivel que los demás y que un acto criminal no es sinónimo de peligrosidad.
Pero entonces, qué podemos hacer con los pacientes psicóticos que cometen delitos? No se les exime de la responsabilidad, como lo dije anteriormente, ya que responsabilizarse del acto es lo que les ayuda, pero será lo mejor encarcelarlos, al igual que al resto de personas?
¿Son las medidas de seguridad en internamiento en realidad penas de prisión, disfrazadas de tratamientos humanistas, proteccionistas y terapéuticos?
Bibliografía
- Assoun, P. (2001). El prejuicio y el ideal. Hacia una clínica social del trauma. Argentina: Ediciones Nueva Visión.
- Douville, O. (2006, electrónico). Sobre Los Náufragos de Patrick Declerck. Recuperado el 4 de octubre de 2022, de Salud Mental y Cultura, disponible en: http://scielo.isciii.es/pdf/neuropsiq/v26n2/v26n2a16.pdf
- Fink, B. (2007). Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano: teoría y técnica. España: GEDISA.
- Jiménez, L. (2019). Derecho penal, república, exilio. Madrid, España: Dykinson.
- Moyano, E. (2010, electrónico). Salud mental en indigentes. Recuperado el 4 de octubre de 2022, de Centro de Salud Mental de Majadahonda (Madrid), disponible en: https://www.academia.edu/9337044/01130117_LR
- Tendlarz, S. & Dante, C. (2009). A quien mata el asesino. Argentina: grama Ediciones.
- Urriolagoitia, Gabriela. (2012). La estructura de la psicosis como consecuencia de la forclusión del nombre-del-padre. Ajayu Órgano de Difusión Científica del Departamento de Psicología UCBSP, 10(2), 163-171. Recuperado el 4 de octubre de 2022, de http://www.scielo.org.bo/scielo.php? script=sci_arttext&pid=S2077-21612012000200003
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