Por: Ámbar Sánchez
Si uno piensa en un niño y lo intenta imaginar es muy probable que la mayoría de las veces lo imagine jugando. Cambiará el juego, el juguete, o el contexto, pero lo cierto es que siempre asociaremos uno con el otro, el niño con el juego, jugar con la infancia. En el consultorio no esperamos que un niño llegue y se recueste sobre el diván y que nos narré con lujo de detalles lo que le sucede, lo que le tiene tan inquieto, sus hipótesis acerca de por qué no se puede comportar en la escuela o por qué se hace pipí en la cama. Lo que hacemos es poner juguetes a su disposición, abrir el espacio, sentarnos en el piso y jugar con ellos. Para mí queda claro que una actividad a la que el niño le dedica la mayor parte de su tiempo debe ser importante. Se encuentra presente a la largo de la historia, a través de distintas culturas e incluso encuentra la manera de persistir de alguna u otra forma cuando abandonamos la niñez. Pero al imaginar a un niño jugando la pregunta que subyace sobre cualquier otra cosa que pudiese pensar es la de por qué juegan los niños. Pensando en términos dinámicos es una operación que requiere un gasto inmenso de energía. Se entremezclan la fantasía, la creatividad, la simbolización y muchos otros procesos para que incluso el juego más simple pueda emerger. El beneficio, entonces, debe ser sustancial. Pensando así, tal vez, una mejor pregunta sería para qué juega el niño y qué es lo que pasa mientras se juega.
Antes de pensar en la acción de jugar del niño convendrá saber qué entendemos por este verbo. En Realidad y juego (2009), Winnicott nos dice que “en el juego, y sólo en él, pueden el niño o el adulto crear y usar toda su personalidad, y el individuo descubre su persona solo cuando se muestra creador” (p.80). A partir de esta definición podemos empezar a pensar el juego del niño como un acto de libertad, en donde puede movilizar partes de su persona, de su self, que quizás no encuentran espacio para movilizarse en toda su expresión en otras circunstancias. Asimismo, también lo podemos entender como un acto generativo en el cual no sólo se crea el juego en sí, sino que también en el juego nos vamos creando nosotros mismos, o como dice Schiller (1920) “sólo juega el hombre cuando es hombre en el pleno sentido de la palabra, sólo es plenamente hombre cuando juega” (p.83).
Entonces, el juego no es simplemente algo que hacemos, sino algo que también nos hace. Aquí podemos empezar a contestar el porqué del juego de una forma muy simple, porque es fundamental. En su libro Homo ludens (2012), Huizinga rechaza la categoría de Homo sapiens ya que afirma que en realidad no somos tan razonables como nos gustaría creer, y en su lugar propone el nombre de Homo ludens, hombre que juega, ya que dice expresar una función mucho más esencial. Para Huizinga (2012) el juego es “una acción libre ejecutada ‘como si’ y sentida como situada fuera de la vida corriente, pero que, a pesar de todo, puede absorber por completo al jugador, sin que haya en ella ningún interés material ni se obtenga en ella provecho alguno, que se ejecuta dentro de un determinado tiempo y un determinado espacio, que se desarrolla en un orden sometido a reglas y que da origen a asociaciones” (p.27). Por lo tanto, Huizinga nos dice que el juego está separado de lo que ocurre en la cotidianeidad y que se rige por sus propias reglas. Además, esta definición destaca el aspecto de como si del juego. Cuando el niño juega no está simulando que la realidad es distinta o que es alguien más, sino que está actuando enteramente como si en efecto estas cosas fueran ciertas. Cuando un niño se disfraza y juega a ser Spiderman, en ese momento su vestimenta deja de ser un disfraz y se convierte en el traje auténtico del superhéroe y las acciones que realiza las realiza siendo Spiderman. Cuando termina el juego esa vestimenta regresará a ser sólo un disfraz.
Esto último se relaciona con el “espacio transicional” que propone Winnicott (2009). Lo que nos dice es que el juego no está ni afuera ni adentro, no se da exclusivamente en el mundo interno, pero tampoco ocurre enteramente en el mundo exterior, sino que ocurre en un área intermedia. Esto se genera a partir del sentimiento de omnipotencia del niño, o la idea de lo mágico, y la confianza en la madre que dará lugar al campo de juego. Lo determinado de este espacio en lugar y tiempo tendrá que ver, entonces, con la precariedad de la reciprocidad entre la realidad psíquica y la realidad exterior. La magia es limitada.
Me gustaría retomar mi pregunta inicial, ¿para qué juega el niño? Para empezar a pensar en esto utilizaré el juego más famoso del psicoanálisis, el fort-da. En el capítulo II de Más allá del principio del placer, Freud (1920) nos describe el juego repetitivo de un niño que, resumidamente, consiste en lanzar y traer de regreso un juguete. A través de la observación se va dando cuenta que este juego, aparentemente simple, representa el ir y venir de la madre del niño. En este ejemplo el niño juega para convertirse en un agente activo de una vivencia displacentera en la realidad, en donde la vive como un sujeto pasivo. Al jugarla, cambia de rol y se convierte él en quien “desecha” a la madre y puede cobrar venganza sobre ella. Dentro del espacio particular de este juego el niño actúa como si tuviera agencia, y en efecto la tiene, y es libre de desplegar la agresión que siente por su madre y comenzar a elaborar el amor por su regreso y el odio por su partida.
Ahora me gustaría describir un ejemplo de mi experiencia como maestra de prescolar. Hubo una ocasión en la que pude observar un juego bastante particular. Yo le daba clases a un grupo de niños de entre 4 y 5 años, y en esas épocas acababa de morir la abuela de una de mis alumnas. Ella misma fue la que me comentó la noticia y también lo discutía libremente con sus compañeros de clase. Todos parecían entender más o menos lo que aquello significaba, decían que se había ido a otro lugar y que no iba a regresar. Por esas mismas épocas se empezaron a volver populares entre ellos los juegos que involucraban tumbas. En una ocasión encontraron un caracol muerto en el patio y dedicaron una buena parte de su tiempo de juego en buscar ramas y hojas para hacerle una tumba. Después, empezaron a jugar a construir tumbas para ellos. El juego consistía en que uno se acostaba en el piso y los demás lo iban rodeando con bloques, más tarde esto evolucionó y cuando los demás niños terminaban de construir la tumba se escondían y el “muerto”, entonces, se levantaba y los tenía que atrapar a todos. Cuando lo conseguía pasaba a ser el turno de alguien más y el juego se repetía.
¿Qué es lo que sucede en estos juegos? En ambos ejemplos existe un contenido proveniente del mundo exterior que además de ser displacentero le resulta un tanto inexplicable al niño, podríamos decir que su entendimiento está plagado de “huecos”, considero que ahí es donde cobra importancia el juego. Al no entender por completo lo que sucede el niño intenta darle un sentido mediante la repetición simbólica en el juego de esto que le provoca angustia. Por medio de esta repetición el niño es capaz de elaborar este contenido que ha pasado a ser parte de su mundo interno. También, en estos dos ejemplos las condiciones del campo de juego permiten que el niño en su actividad lúdica pueda triunfar sobre el objeto, lo que le generará un sentimiento placentero. Al poder simbolizar y transformar algo displacentero en placentero a través del juego, el niño podrá disminuir su angustia provocada, en parte, por los huecos en su entendimiento de la realidad y mientras lo hace les da un sentido y una significación propia.
Por otra parte, en el segundo ejemplo podemos observar que la lógica del juego funciona de una forma distinta a la lógica de la realidad. En el juego los muertos pueden morir y revivir con libertad, cambiar de lugar y convivir junto con los vivos. Los símbolos y las acciones del juego se integran y asocian entre si como un lenguaje. Por lo tanto, el juego es también una forma de expresión del niño, y no cualquier forma sino la forma privilegiada que el niño usa para comunicarse. A diferencia del adulto, los niños aún no han desarrollado la capacidad de poner en palabras lo que sucede en su mundo interno, su lenguaje les es insuficiente para representar sus fantasías y descargar sus impulsos que no encuentran descarga en otra parte. Pero el juego, al ser algo más fundamental, más originario, les permite actuar, en ese espacio intermedio del que nos habla Winnicott, elaborar y comunicar contenidos que de otra forma sería imposible. En este sentido el juego es similar al sueño, y como un sueño si escuchamos con atención podemos llegar a discernir el contenido inconsciente que ahí está representado. Melanie Klein (2008) nos dice que al jugar el niño “utiliza los mismos medios de expresión arcaicos, filogenéticos, el mismo lenguaje que nos es familiar en los sueños” (p.27). De forma análoga a la interpretación de los sueños, al intentar comprender qué es lo que nos dice el niño a la hora de jugar no debemos dejarnos llevar por el contenido en sí del juego, sino prestar atención a la relación de los símbolos, y las relaciones dinámicas y estructurales que se ponen en escena, “el simbolismo es sólo una parte de dicho lenguaje. Si deseamos comprender correctamente el juego del niño (…) debemos no sólo desentrañar el significado de cada símbolo separadamente, por claros que ellos sean, sino tener en cuenta todos los mecanismos y formas de representación usados en el trabajo onírico, sin perder de vista jamás la relación de cada factor con la situación total” (Klein, 2008. p.27). Dicho en otras palabras, el juego es también sueño y viceversa.
Queda claro también que para el analista el juego del niño cumplirá la misma función que la asociación libre en el adulto, e incluso podríamos pensar que el juego se acerca mucho más al material inconsciente pues el juego no sólo es un decir sino un actuar. A través del juego el niño es capaz de actuar sus fantasías inconscientes, relacionadas con las experiencias sexuales, encontrando así placer en lugar de culpa y a su vez logrando darles una representación. La capacidad creativa encuentra su máxima expresión en el juego, el niño realiza su propio escenario y construcciones sobre las cuales actuar y realizará estas construcciones de formas muy particulares que tienen origen en su subjetividad. El juego es una creación original que, si tomamos en cuenta todo lo dicho anteriormente, no me sería exagerado equiparar a las producciones artísticas tan veneradas en la adultez.
Al tomar esto en cuenta comprendemos que jugar no es cualquier cosa, quizás los niños lo hacen parecer fácil, pero esta apariencia puede resultar engañosa por lo que considero prudente pensar en cómo, o desde dónde, jugamos nosotros. Considero que debemos siempre tener presente lo fundamental que es la libertad para el desarrollo del juego. Si intentamos imponer normativas sobre el juego que tienen su origen en la realidad externa truncaremos el carácter creativo de este y en consecuencia no podremos escuchar adecuadamente la lógica del juego. Lógica ante la cual debemos entregarnos completamente, no debemos creernos exentos del como si del juego, no podemos jugar con el niño y al mismo tiempo pretender mantenernos al margen del juego, debemos nosotros también desplegar nuestro propio proceso lúdico y es desde dentro de ese espacio de interacción podremos jugar genuinamente con el niño, “la psicoterapia se da en la superposición de dos zonas de juego: la del paciente y la del terapeuta” (Winnicott, 2009, p.80).
Al fin y al cabo, lo infantil es central para la escucha psicoanalítica, el paciente adulto al recostarse sobre el diván jugará con las palabras, nosotros escuchamos desde ese campo de juego y al interpretar completamos ese ir y venir característico del juego de los niños. Por lo que incluso en el trabajo con adultos el psicoanálisis es también jugar, o como nos dice Winnicott (2009) “el psicoanálisis se ha convertido en una forma muy especializada de juego” (p.65). En el análisis siempre debemos estar dispuestos a jugar. Para concluir simplemente quiero destacar que no hay nada de trivial en el juego, me parece de suma importancia acercarnos al jugar de los niños con toda nuestra curiosidad. El juego es cosa seria, pero no esa cosa seria de la adultez que muchas veces sólo intenta superponerse a lo infantil, el juego es cosa seria de verdad, es fundamental y permite estructurar tanto mundo interno como externo. El niño juega para ser y para crear al mundo, no menos.

Bibliografía
- Freud, S. (1920). Más allá del principio de placer. En Obras completas de Sigmund Freud
- (Vol. XVIII). Buenos Aires: Amorrortu Editores.
- Huizinga, J. (2012). Homo ludens (E. Imaz, Trad.). Alianza Editorial.
- Klein, M. (2008). Obras completas de Melanie Klein: Volumen 2. El psicoanálisis de niños. Ciudad de México: Editorial Paidós Mexicana.
- Schiller, F. (1920). La educación estética del hombre, en una serie de cartas. España: Calpe.
- Winnicott, D. W. (2009). Realidad y juego (2.ª ed.; F. Mazía, Trad.). Gedisa
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