fighting-deer-1343394Por: Adriana Romero
La violencia de género es un fenómeno que se presenta en todas las culturas y niveles socioeconómicos, sin embargo la frecuencia y gravedad de sus consecuencias es mayor en los grupos vulnerables, dada su condición social, económica, cultural, étnica, su edad o discapacidad.
La Organización Mundial de la Salud considera que la violencia de género constituye un atentado contra los derechos humanos como son el derecho a la vida, a la igualdad, a la seguridad, a la libertad, a la dignidad, así como a la integridad física y psíquica de la víctima. En este contexto la violencia de género debe ser atendida como un fenómeno complejo y multicausal que constituye un problema de salud con implicaciones sociales y culturales, por lo que debe ser abordada desde diversos ámbitos (OMS, 2015).
Las cifras recientes de la prevalencia mundial indican que el 35% de las mujeres del mundo han sufrido violencia de pareja o violencia sexual por terceros en algún momento de su vida. El 30% de las mujeres que han tenido una relación de pareja refieren haber sufrido alguna forma de violencia física o sexual por parte de esta (INMUJERES).
Entre los factores de riesgo de comisión de actos violentos cabe citar un bajo nivel de instrucción, el hecho de haber sufrido maltrato infantil o haber presenciado escenas de violencia en la familia, el uso nocivo del alcohol, actitudes de aceptación de la violencia y las desigualdades de género.
Entre los factores de riesgo de ser víctima de la pareja o de violencia sexual figuran un bajo nivel de instrucción, el hecho de haber presenciado escenas de violencia entre los progenitores, la exposición a maltrato durante la infancia, y actitudes de aceptación de la violencia y las desigualdades de género (OMS, 2015).
Es de observar que sólo dos de cada diez mujeres que vivieron violencia en su relación se acercaron a una autoridad a pedir ayuda.
En México, aunque en pocas cantidades, existen refugios para mujeres víctimas de violencia, programas de ayuda psicológica, programas de ayuda económica y para emprender nuevos negocios, y por supuesto, nuevas leyes. A pesar de la creación de éstas como la LEY GENERAL DE ACCESO DE LAS MUJERES A UNA VIDA LIBRE DE VIOLENCIA en 2007 y los programas sociales que existen en México, los índices de violencia hacia las mujeres no han disminuido, de hecho han aumentado. Los medios de comunicación describen la violencia de género a partir de datos sociológicos y estadísticos, la promoción de relaciones de pareja sanas no ha sido suficiente. Frente a este agravamiento los gobiernos dedican mayores cuantías económicas para aumentar los distintos servicios.
En este trabajo intentaremos comprender el fenómeno de la violencia de género y los puntos de vista desde el psicoanálisis para poder abordar este tema desde la perspectiva que nos compete.
Nuestra sociedad occidental es androcentrista y patriarcal. Esto quiere decir que lejos de interpretar las diferencias entre los sexos como meras diferencias, ha distribuido entre ellas un valor en positivo para lo masculino, y en negativo para la feminidad, haciendo de lo masculino el valor universal. Lorite Mena dice que la mujer es una invención de los hombres; una representación simbólica que tiene como función garantizarles el poder en la sociedad asegurándose un sostén afectivo sexual determinado. Para ello en el proceso de socialización y adquisición de los roles de género las niñas fueron adquiriendo una serie de características que las dotan para dar a los hombres aquello que ellos perciben como formando parte de sus más íntimas necesidades: amor eterno y satisfacción sexual.
A través del cine, medios, lenguaje, la mujer aprende a controlar la agresividad de modo tan radical que hasta la propia agresividad adaptativa, aquella que le permitiría defenderse de la agresión o afirmarse en un simple NO, se vuelve contra ella misma, y no hacia el exterior. De este modo, en los hombres predominan las conductas agresivas mientras la mujer vierte la agresión hacia adentro. En consecuencia, podemos convenir que los hombres acusan patologías de la acción (alcoholismo, drogodependencias, maltratos, conductas de riesgo…) y las mujeres depresiones, somatizaciones y trastornos alimenticios, como expresión de su diferente educación sentimental, ligada a las expectativas sociales sobre uno y otro género.
Desde la perspectiva el apego, en el maltrato infantil se observa a menudo un tipo de apego peculiar en el que no hay un patrón fijo de comportamiento racional, el apego desorganizado. Lo que se observa es miedo y confusión respecto a la persona que maltrata y cuando la persona experimenta que sus vínculos están amenazados puede sentir ansiedad e ira. La ira es el sentimiento central del maltrato por lo que ya podemos consolidar la idea de que el maltrato tendrá algo que ver con la experiencia de que el vínculo peligra, de que la relación está amenazada. Bowlby (1985) concibe la ira como una respuesta espontánea y adaptativa ante la frustración, que surge en señal comunicativa hacia la figura de apego. Si esta no responde, no contiene, no protege, no ayuda a pensar y a regular la emoción, la ira se convierte en una pauta estable y dolorosa de relación. Las personas entonces, se sentirán en constate peligro y proyectarán su hostilidad en los demás, usando la violencia para defenderse. No pueden usarse palabras y la única alternativa es la disociación y la identificación proyectiva. Es por esto que se relaciona con las personalidades límite de la personalidad, con su experimentación de la vida como una crisis continua, su dolor emocional, el terror a la dependencia y la necesidad angustiosa del vínculo (Bowlby, 1985).
La violencia en la pareja es una forma extrema de protesta que aparece cuando se percibe la falta de disponibilidad y de respuesta sensible por parte de la pareja, rechazo, falta de atención, miedo al abandono. Las personas con más riesgo de incurrir en maltrato serían aquellas con apego inseguro, en alerta permanente ante la percepción de rechazo y separación, con expectativas pesimistas sobre el futuro de la relación, con dificultades en el manejo de la ira y dificultades para comunicar sus necesidades de amor y atención. El maltrato entonces supondría un intento por retener a la pareja, de recuperar el control y el poder sobre la relación, una relación en la que mi pareja es más fuerte que yo porque puede hacerme el máximo daño posible: abandonarme.
La forma de resistirse a la violencia familiar es mediante la resiliencia. La función reflexiva y la capacidad de pensar confieren resiliencia. La persona que ha sufrido maltrato tendrá que sacudirse y quitarse de encima la estatua de víctima. Sin dejar de reconocer el sufrimiento vivido. (Castillo Garayoua, 2012)
Por otro lado, Irene Meler habla de las ilusiones más difundidas a partir de la Modernidad. La esperanza de encontrar en la relación amorosa heterosexual de la vida adulta, la reparación anhelada respecto de los traumas infantiles.

  1. La experiencia de desamparo, que amenaza con revivir la inermidad del infante preedípico y su vulnerabilidad ante el abandono del objeto asistente, se vería compensada mediante la alianza conyugal y la promesa de asistencia recíproca.
  2. La exclusión del niño edípico ante la pareja parental unida. Allí se impone la dolorosa constatación de la diferencia generacional, circunstancia que más allá de la interdicción del incesto, hace imposible la consumación de la unión amorosa anhelada. La percepción de la diferencia sexual, implícita en esa escena, promueve en el sujeto infantil la asunción de sólo una posición sexuada, renunciando a la otra. Todos esos dolores y humillaciones, se repararían mediante el placer erótico y el amor compartido en una unión exogámica permitida (Meler) .

Es a partir del primer año de vida que el niño y la niña toman conciencia tanto de su sexo anatómico como de otras partes de su cuerpo y de las diferencias entre los sexos. Además, poco a poco irán incorporando por socialización e identificación los valores asignados a uno y otro género, que en nuestra cultura patriarcal son complementarios entre sí (binomios como: dominación-sumisión; independencia-dependencia; agresividad-afecto van ligados a los estereotipos del género masculino y femenino, respectivamente). Esta identidad de género es inseparable de la adquisición de la conciencia moral y de las costumbres.
Durante el segundo año de vida, niño y niña habrán adquirido el la identidad de género. Con más o menos vicisitudes tendrán conciencia de que pertenecen al género masculino o al femenino y de las conductas y aptitudes que se espera de ellos en relación con este hecho.
La presencia de otros, de semejantes, facilita entonces la adquisición de la subjetividad mediante un mecanismo que Freud llamó identificación, y que definió como el primer lazo afectivo con el otro. Es decir, el bebé aprenderá de los que le rodean, fundamentalmente de su padre y de su madre, a través de interacciones repetidas, todo un repertorio de conductas, el lenguaje para nombrarse a sí mismo y nombrar sus sentimientos, y las formas como se defienden sus mayores de la angustia o de la frustración. Este aprendizaje no se realiza de una manera lineal, como cabría pensarse, sino a través de la identificación, de un lazo afectivo con el objeto de cuidados que contiene elementos de satisfacción y de frustración, sentimientos de amor y de odio, elementos conscientes y otros inconscientes.
Esta tensión constante entre reconocer al otro y afirmar el sí mismo se establece si existe “constancia del objeto”, término que acuñó Mahler para expresar la experiencia de que la agresividad hacia el objeto no destruye al objeto real. Desde un punto de vista intersubjetivo, el choque de dos voluntades es inherente a toda relación entre sujetos, un momento ineludible que todo sí-mismo tiene que enfrentar (J. Benjamin). Si esto fracasa tendremos varias patologías en la vida adulta, “ciertas formas de erotomanía quizá sean ensayos de establecer el otro como el objeto transformacional”.
En la pareja donde se producen los malos tratos no hay lenguaje que hable de la angustia y aparece la violencia como intento de “pegarse” al objeto, o de despegarse de él. La imposibilidad de “dominarlo” por entero, produce el paso a la actuación: la violencia. Tal y como señala Jessica Benjamin, “si fracasa el reconocimiento hay dominación”.
Julia Kristeva sostiene que la dependencia del hombre respecto de la mujer es fundamental, ella es un objeto erótico que incluso puede ser dominado y despreciado, pero del cual no puede prescindir. Esta es una adicción del erotismo masculino que está dominado por las vicisitudes del objeto materno, vivido como todopoderoso (López Mondéjar, 2001). En la situación de pareja se repite la imposibilidad del reconocimiento; la dificultad de estos hombres de reconocer su íntima dependencia de su compañera se explica porque esta dependencia amenaza su propia representación de la virilidad, y su identidad masculina. Esta dependencia no puede ser reconocida por él, por la amenaza que la dependencia implica para su masculinidad, pero sí actuada en el círculo de la violencia. Esta dependencia reprimida y luego separada, ha dejado su huella en una inseguridad que forma parte del carácter de estos hombres, de la que se defienden adoptando formas autoritarias y machistas.
Pero para reducir a la mujer que ha elegido a un objeto transformacional, el maltratador deberá ir convirtiéndola previamente en objeto, es decir, privándola de su subjetividad. Lo que, por otra parte, coincide con el proceso que viene haciendo el patriarcado desde hace siglos: convertir a la mujer en un objeto de deseo del hombre. El hombre así caracterizado, cuando posee a esa mujer-objeto que busca, para recuperar una ilusión narcisista de sí, se dedicará a aislarla de los otros, a des subjetivarla, a moldearla de acuerdo a los rasgos que desea para su objeto, siguiendo un proceso largo y doloroso para ella. La des subjetivación de la víctima es común en todos los casos de violencia, sea ésta familiar o social.
Este proceso de convertir a la mujer en objeto, lo realiza el varón a la espera de que cuando tenga necesidad de ella ésta le responderá tal y como debe hacerlo: como un eco, transformando su medio como él desea y apaciguando su angustia.
Pero la mujer, por más que el circuito de la violencia la haya desposeído de subjetividad, por más que aumente su indefensión, seguirá siempre, respondiendo de modo distinto al esperado. En la relación amorosa entre un maltratador y su víctima existe una dificultad poderosa de unir la visión idealizada del otro con el otro de la realidad, no produciéndose, en cierto sentido, la des idealización. El objeto bueno y el malo están separados, sin que se produzca una integración que permita la ambivalencia, la des idealización, la culpa y la depresión.
Es ahí cuando aparece la violencia. El objeto no transforma, no responde, y el narcisismo se ve amenazado, la ira aparece como forma energizante de recuperar el narcisismo devaluado por la pérdida de ese objeto deseado, y como respuesta a la frustración que se produce. La no presencia del objeto transformacional comporta sentimientos de abandono y de pérdida, como lo era la separación de la madre.
La mujer, tras la crisis de malos tratos, amenaza con el abandono, sin embargo, el hombre ha recuperado su hombría con la violencia, y está calmo.
De este modo se reproducirá el circuito de la violencia, que fenomenológicamente han descrito la mayoría de los autores que se ocupan del tema. Las fases del maltrato que se identifican son:

  1. Tensión creciente
  2. Agresión aguda
  3. Fase de amabilidad y afecto: Proceso de victimización completa de la mujer. Esta fase actúa como refuerzo positivo para el mantenimiento de la relación.

De nuevo señalamos que observamos conductas de descarga semejantes en pacientes borderline que se auto-reparan narcisísticamente mediante conductas de acción como sexualidad compulsiva, abuso de alcohol y cocaína buscando efectos euforizantes y desinhibición verbal y conductual (sexual o agresiva). Es frecuente la patología fronteriza en las víctimas de la violencia doméstica. En un alto porcentaje han sido abusadas y golpeadas de pequeñas con el consiguiente daño a la autoimagen y la merma de recursos psíquicos para alejarse del hombre golpeador y victimario. (Feinholz-Klip. 2005, p.132-133).
El 50% de las mujeres maltratadas sigue viviendo con su pareja, una hipótesis es el llamado masoquismo femenino. A grandes rasgos de lo que se trata es de que el sufrimiento actual es más tolerable que el sufrimiento fantaseado de la separación, con la consiguiente experiencia de su vacío y de su dependencia.
Las mujeres que se vinculan a hombres maltratadores y que permanecen ligadas a él reconocen la dependencia del hombre que aman y se “enganchan” a él porque esa dependencia les produce una satisfacción narcisista, un sentimiento de dominio, de ser necesaria para el otro, imprescindible para él.
Emilce Dio Bleichmar focaliza su estudio sobre el narcisismo femenino. Ella constituyó un intento de articular el placer erógeno con sentimientos de dignidad o indignidad, experimentados en un vínculo interpersonal. Si atendemos a la vertiente narcisista, podemos pensar que las fantasías de ser castigada, no son reprimidas solo por su carácter incestuoso, sino que esos deseos resultaron ofensivos respecto del Ideal del Yo, y su realización fue experimentada como desnarcisizante.
Para Roger Dorey, “el dominio sólo adquiere sentido pleno en el campo de la intersubjetividad” y por ese motivo se refiere a la relación de dominio. Esta modalidad vincular, “implica un ataque al otro en tanto sujeto que desea y que, como tal, se caracteriza por su carácter singular y por su propia especificidad”. “El objetivo es reducir al otro a la función y al status de un objeto totalmente asimilable”. Dorey considera que existen dos vías diferentes para el logro de este objetivo: una de ellas es la configuración obsesiva y la otra, la configuración perversa.
En la perversión, el dominio se manifiesta en el plano erótico, sobre la pareja sexual y se obtiene mediante la seducción, la fascinación. El perverso desea establecer un tipo de deseo erótico que le es característico, y revelar en el otro un deseo equivalente. Se conecta con deseos reprimidos de su pareja, y ofrece un deseo que no es más que el reflejo del deseo captado en el otro. Por ese motivo Dorey define a la relación como especular, dual. Transcurre en el campo imaginario. Se niega la diferencia, ya que el perverso imprime su sello en la pareja. En el sadomasoquismo, la marca en la piel es una prueba del estado de sumisión impuesto y aceptado. La perversión se caracteriza por su fijeza, es una organización indispensable para que la tendencia sexual se satisfaga y evitar la angustia. La destructividad se dirige hacia la alteridad. El odio puro aparece ante la resistencia por parte del sujeto dominado.
Freud (1908) considera que la existencia de una doble moral sexual, sienta las bases para la constitución de personalidades perversas entre los varones, mientras que las mujeres pertenecientes a las mismas familias, padecen de síntomas neuróticos. Hoy día esta caracterización nos permite comprender que es la asimetría de poderes lo que influye en el procesamiento subjetivo de los deseos y en la búsqueda o denegación de placer erótico.
Dorey, dice: “El obsesivo ejerce su dominio sobre el otro en la esfera del poder y del deber. El principal medio al cual recurre para obligar a los demás es la fuerza”. Este tirano doméstico, ejerce un control intrusivo sobre el otro. Ejerce un efecto congelante, petrificante. Paraliza al oyente mediante un discurso monótono que interfiere con su pensamiento autónomo y finalmente lo duerme. Cumple con las normas de un modo formal. En la relación con los demás siente la necesidad de ejercer un dominio absoluto, mediante la fuerza, y si encuentra resistencia, mediante una destructividad implacable. A diferencia del perverso, que desea apropiarse del deseo del otro a fin de reducirlo a una imagen especular, el objetivo del obsesivo es destruir el deseo del otro. Sus relaciones son frías y distantes. El control estricto hace suponer la existencia de alguna forma de gratificación libidinal, por lo cual se ha asociado al sadomasoquismo. Plantea que pese a la violencia ejercida sobre el otro, existe un deseo de reconocimiento por su parte. La ambivalencia emocional es extrema. El eco que despierta se basa en las tendencias autodestructivas de su pareja.
Louise Kaplan (1991), autora que estudia las perversiones femeninas considera a la polaridad entre los géneros como un arreglo intrínsecamente perverso. Freud, en su análisis en los sujetos femeninos considera que la posición erógena femenina se expresa fácilmente a través de fantasmas masoquistas, o sea, que los anhelos amorosos de las niñas, pueden transmutarse en fantasías de castigo, debido a que para él, las metas sexuales de las mujeres son pasivas. Este es un punto de importancia para nuestro tema, porque se entiende que buscar o permanecer en situaciones de maltrato, pueda explicarse, siguiendo esta línea de pensamiento, sobre la base de su equiparación imaginaria con un acto amoroso (Meler).
En el caso de los pacientes varones, la actitud pasiva, que Freud asimila a la femineidad, se refiere a deseos eróticos de índole pasiva, deformados regresivamente, tal como ser estimulado, acariciado y amado. La madre es el personaje castigador manifiesto, pero Freud considera que el deseo masoquista se refiere al padre. Se trataría entonces de deseos homosexuales masculinos. “La fantasía de castigo del varón es desde el comienzo mismo pasiva, nacida efectivamente de la actitud femenina hacia el padre”. Freud agrega: “En la niña, la fantasía masoquista inconsciente parte de la postura edípica normal; en el varón, de la trastornada, que toma al padre como objeto de amor”.
Es fácil percibir que si la meta sexual normal femenina es pasiva, y la pasividad se transforma en deseo de castigo por regresión, la hipótesis consistente en que muchas mujeres soportan el castigo por encontrar en el mismo un equivalente de la satisfacción erótica, parezca estremecedoramente verosímil. Los varones homosexuales buscarían inconscientemente ser victimizados, también por motivos erógenos.
Jessica Benjamin, (1988) avanza según opino un paso más, cuando en su análisis acerca del problema de la dominación, se dedica al estudio de la intersubjetividad. Según esta autora. “la dominación y la sumisión resultan de una ruptura de la tensión necesaria entre la autoafirmación y el mutuo reconocimiento, una tensión que permite que el sí-mismo y el otro se encuentren como iguales soberanos”. Benjamin considera que el “reconocimiento mutuo” incluye sintonía emocional, influencia mutua y estados de ánimo compartidos.
Relacionando el deseo de ser omnipotente con la pulsión de muerte postulada por Freud, Benjamin considera que cuando los deseos flexibles de entrega y dominio se escinden, se disocian y uno de los partenaires queda fijado a la posición de dominante, mientras que el otro, se ubica como dominado, se llega a la pérdida de tensión, o sea a un estado cercano a la muerte, al menos la muerte del deseo. Existe una asociación entre sadismo y masculinidad, así como entre masoquismo y femineidad. Esto no implica que no haya mujeres sádicas, y desde ya, la perversión masoquista erógena es predominantemente masculina. El proceso de diferenciación reactivo del varón respecto de su madre favorece el establecimiento de límites del self que son a la vez barreras. La empatía se dificulta y el dominio masculino se ve facilitado. La tendencia es a objetivar a la madre y luego a las mujeres. La empatía supone ” ponerse en el lugar” del otro, y eso es lo que los varones buscan evitar, por temor a perder su identidad. “La dominación erótica representa una intensificación de la angustia masculina y una defensa ante la madre.”
A manera de conclusión, es importante mencionar que el tema de la violencia de género se tiene que abordad de manera interdisciplinaria y sin dejar las intervenciones sociales a un lado, pero dentro del consultorio es necesario entender este problema para poder abordarlo de la mejor manera. Son muchas las hipótesis y muchos los pacientes por lo que estar bien actualizado es vital.
 
Bibliografía

  • Meler, Irene: ” Identidad de género y criterios de salud mental” en Estudios sobre la Subjetividad Femenina, op. cit.
  • Benjamin, J. (1997). Sujetos Iguales, Objetos de Amor. Ensayos sobre el reconocimiento y la diferencia sexual. Buenos Aires: Paidós.
  • Bowlby, J. (1985). La Separación Afectiva. Barcelona: Paidós.
  • Castillo Garayoua, J. A. (Junio de 2012). Temas de Psicoanálisis.
  • De Francisco, M. (Noviembre de 2008). Obtenido de http://virtualia.eol.org.ar/018/pdf/dossier_francisco.pdf
  • Dorey, R. (1986). La Relacion de Dominio. International Review of Psychonalisis .
  • Escobar, C. E. (2002). Freud: Sueños, Violencia y Educación. Revista Huellas , v.58, 59 fasc. p.51 – 63.
  • Gilligan, J. (25,2). Sex, Gender and Violence: Estela Welldon’s Contribution to our Understanding of Psychopathology of Violence. British Journal of Psycotherapy , 239-256.
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  • López Mondéjar, L. (2001). Una patología del vínculo amoroso: el maltrato a la mujer. Revista Asociación Española de Neuropsiquiatría , 7-26.
  • Meler, I. (s.f.). Obtenido de Violencia entre los géneros, Cuestiones no pensadas o “Impensables”: www.psicomundo.com/forors/generi/violencia.htm
  • (2015). Organizacion Mundial de la Salud. Recuperado el Mayo de 2015, de http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs239/es/

Freud, Sigmund:

  • “Tres Ensayos de Teoría Sexual”.
  • 1919 ” Pegan a un niño”.
  • 1920 ” Más allá del principio del placer”
  • 1924 ” El problema económico del masoquismo”
  • 1931 ” La sexualidad femenina”
  • 1933 ” La Femineidad”

 
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