Este trabajo de la Dra. Luisa Rossi fue presentado el 30 de enero de 1987 en la Reunión Científica de la Sociedad Psicoanalítica de México, A.C., para obtener la calidad de Miembro Titular; y fue publicado en 1991 en la revista Gradiva No. 1 Vol. V.

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Sabemos que la adolescencia es un período del desarrollo en la vida del individuo entre la niñez y la edad adulta. El hecho de su gran importancia se evidencía por la extensa literatura que se ha escrito respecto a este período.

Existen numerosos autores y teorías que dan distintas clasificaciones del desarrollo epigenético del individuo, que abarca desde el nacimiento hasta su vejez. Para desarrollar tales clasificaciones se han tomado en cuenta diversos criterios que van desde lo biológico hasta lo social y han sido realizados por médicos, antropólogos, psicólogos, sociólogos y psicoanalistas, profesionistas todos interesados en comprender y conocer las reacciones del organismo, las conductas del individuo, la evolución o el decremento de las funciones mentales  en etapas críticas del desarrollo, así como la respuesta de la familia y la sociedad frente a los individuos que se encuentran en dichos períodos críticos. De estos períodos, es precisamente la adolescencia el que más interés ha despertado debido a la gran cantidad de cambios que implica, desde el punto de vista físico, psicológico y social.

Dichos cambios imponen una situación de duelo por la pérdida de la niñez y por la consiguiente necesidad imperiosa de encontrar un nuevo sitio, es decir, de definir una identidad.

Hacer un análisis exhaustivo de los autores y teorías que hablan de la adolescencia resulta imposible debido a la extensa bibliografía que existe al respecto. Por lo tanto, la revisión que aquí se hace se limitará a algunos de los principales autores.

Peter Blos (1962), por medio de su trabajo de investigación con adolescentes y de su actividad psicoanalítica y psicoterapéutica, elaboró una teoría de desarrollo del adolescente en la que demostró que existe una secuencia en el desarrollo psicológico. Este autor ve la adolescencia como la suma total de todos los intentos para ajustarse a la etapa de la pubertad y al nuevo tipo de condiciones internas y externas que confronta el individuo.

Existe una necesidad urgente de enfrentarse a la nueva condición de la pubertad que recuerda todos los modos de excitación, tensión, gratificación y defensa que jugaron un papel durante el desarrollo psicosexual de la infancia y niñez. Todo esto conforma el carácter en parte grotesco y regresivo de la conducta adolescente, que representa la lucha típica por mantener o recuperar un equilibrio psíquico que ha sido movido por la crisis de la pubertad.1 La adolescencia ha sido llamada la segunda edición de la infancia porque en ambos periodos “un ello relativamente fuerte confronta a un yo relativamente débil”.2

En la adolescencia ocurre un segundo paso en el proceso de individuación, el primero ocurre en la infancia hacia el final del segundo año, cuando hay una distinción entre “ser y no ser”. La experiencia de individuación que ocurre durante la adolescencia lleva en su etapa final  a un sentido de identidad. Antes de que el adolescente pueda lograr su identidad debe pasar por etapas de autoconciencia y de fragamentacion.3

La inmadurez del adolescente es un elemento esencial de su salud. Necesita su tiempo para toda la actividad imaginativa y para los propios esfuerzos de la inmadurez; “para la inmadurez no hay más cura que el plazo del tiempo y la maduración que éste pueda traer”.4

Estas son etapas de experimentación  en las que se notan esfuerzos resistentes, opuestos y rebeldes, que tiene una utilidad positiva en el proceso de autodefinición. La individuación adolescente está acompañada por sentimientos de aislamiento, soledad y confusión. Los sueños de la infancia ahora deben ser relegados enteramente a la fantasía; darse cuenta de la terminación de la infancia lleva a la limitación concreta de la existencia individual, a los compromisos y crea en el adolescente un sentido de urgencia, miedo y pánico. Por lo que muchos adolescentes permanecen indefinidamente en una fase transitoria del desarrollo.

Para que el crecimiento ocurra el adolescente necesita de un ambiente familiar, si todavía puede usar a la familia la usa, si no es posible hacerlo, es preciso que existan unidades sociales que apoyen los procesos de ese crecimiento. Al igual que para Blos, Winnicott afirma que los mismos problemas que existían en las primer etapas del niño vuelven a surgir en la pubertad. Este autor compara las ideas adolescentes con  las de la niñez. “Si en la fantasía del primer crecimiento hay un contenido de muerte, en la adolescencia ese contenido será de asesinato. Crecer significa ocupar el lugar del padre. En la fantasía inconsciente es intrínsecamente un activo agresivo”.5

En la fantasía inconsciente del adolescente existe la muerte de alguien. Se puede ayudar con el juego y los desplazamientos. En la psicoterapia del adolescente, la muerte y el triunfo personal aparecen como algo intrínseco del proceso de maduración y de la adquisición de la categoría de adulto. El punto central de la adolescencia es la inmadurez, sin embargo, esta última estimula el pensamiento creador, los sentimientos nuevos y frescos y las ideas para una nueva vida. Las aspiraciones de quienes no son responsables sacuden a la sociedad. El concepto de los adolescentes acerca de una sociedad ideal es incitante y estimulante pero lo característico de la adolescencia es su inmadurez y el hecho de no ser responsables. La madurez corresponde a un período posterior de la vida, y no es posible esperar que el adolescente vea más allá de la etapa siguiente.

Lo importante de la adolescencia es el crecimiento, y para que ésta ocurra en forma adecuada, las figuras paternas deben hacerse cargo de la responsabilidad. Si esto no sucede así, los adolescentes tienen que saltar a una falsa madurez y perder su máximo bien: la libertad de tener ideas y para actuar por impulsos. 6

Todo proceso de maduración asciende a una auto-experiencia subjetiva que Erikson ha descrito como identidad del yo. En  la teoría epigenética del desarrollo este autor la define como: “la adquisición de un sentido de la identidad al mismo tiempo que se supera un sentido de la confusión de la identidad”.7

La formación de la identidad, así como la superación del sentido de la confusión de la identidad, constituyen los polos de esta fase del desarrollo. Esta polaridad debe resolverse en el período de la adolescencia si se desea prevenir perturbaciones transitorias o duraderas en la edad adulta. La certidumbre en cuanto al lugar que ocupa en el presente y en el futuro garantiza a la persona su confianza inmediata y su progreso con respecto a los niveles anteriores de desarrollo.8

Los principales cambios determinados por la maduración invariablemente transforman el equilibrio de la integración ello, yo, super-yo; ahora en la adolescencia es indispensable incorporar nuevas fuerzas psicológicas, la mayoría originadas en el ello. Los procesos intensificados del ello se equilibran con procesos superyoicos más universales, relacionados con la edad, sin embargo, es el yo adolescente el que debe contener al ello post-puberal y equilibrar al super-yo recientemente invocado. La repetición del tema edípico encuentra en el joven una matriz social distinta  que ya no se limita a su posición dependiente en el seno de la familia porque él buscará una expresión diferente y más satisfactoria en sus relaciones extrafamiliares. En la adolescencia el yo realiza una síntesis gradual del pasado y el futuro. Dicha síntesis es el problema esencial  de esta fase antes de la adultez socio-psicológica. Se puede describir como un período de búsqueda de identidad sexual, de edad y ocupacional. Es una búsqueda del sentido de sí mismo, un compromiso con roles específicos seleccionados entre muchas alternativas, porque la identificación con un ideal del yo o con una persona ya no es totalmente útil. En este periodo de su vida el joven integra todas las identificaciones anteriores. La integración gradual pero completa de las mismas, abarca la identidad del yo.9

Erickson señala que muchos adolescentes tardíos afrontan un permanente problema de confusión de la identidad en relación a sus propias posibilidades y al lugar que les espera en su sociedad. La identidad negativa, refleja “un desesperado intento de reconquistar cierto dominio en una situación en la cual los elementos de identidad positiva disponibles se anulan mutuamente”. 10 Sin embargo, para estos jóvenes en desarrollo, una identidad negativa es preferible a la falta de identidad.

Este autor afirma que en la adolescencia la representación de roles y las incursiones en la fantasía constituyen un modo apropiado de manejar la confusión de roles. La representación de roles y la exageración verbal de tipo de “desafío a” y “me atrevo a”, son una forma de juego social y un legítimo suceso del juego infantil. “En el adolescente sano, una gran capacidad de fantasía va acompañada por mecanismo yoicos que permiten al individuo internarse profundamente en peligrosas regiones de la fantasía o la experimentación social y contenerse a último momento y distraerse en la compañía de otros, en la actividad, la literatura o la música”.

Las relaciones con los compañeros desempeñan la función de una autoridad esencial para completar la identificación del yo. Las amistades y los amores del adolescente, así como la sobreidentificación  de ciertos héroes o su total rechazo, son intentos de llegar “a una definición de la propia identidad proyectando las propias imágenes yoicas difusas en otra persona”.12 El joven también ve en los valores, la religión y la ideología de su cultura, una importante fuente de confianza porque suministran para él una clara perspectiva de la filosofía básica del hombre.

Un sentido de identidad asegura al individuo un lugar definido en su sector social. “El joven encuentra su fidelidad, la continuidad progresiva entre lo que ha sido durante los prolongados años de niñez y lo que promete ser en el futuro previsible; entre el carácter que él se atribuye y lo que percibe que otros ven y esperan de él.” 13

Anna Freud describe tanto el acrecentamiento de la vida intelectual del adolescente que han mencionado los autores anteriores, como el ascetismo en la pubertad y como actitudes defensivas frente a la actividad instintiva.

Como hemos visto, durante la adolescencia la mayoría de las transformaciones ocurren en la esfera de la vida instintiva y afectiva. El yo sufre una modificación secundaria debido a la intervención que hace en forma directa con el fin de dominar afectos e instintos. La represión se dirige hacia fantasías incestuosas del período pre-puberal o hacia el incremento instintivo expresado en la masturbación donde tales impulsos y deseos encuentran una descarga.  Sin embargo, manifiesta esta autora que el problema del adolescente no se relaciona con la satisfacción o frustración de deseos instintivos específicos, sino con el goce o renunciamiento instintivo en sí.14

Los adolescentes que pasan por un período ascético, parecen temer más a la cantidad que a la calidad de sus instintos; su sistema más seguro consiste simplemente en oponer las prohibiciones más estrictas al incremento y al apremio de sus deseos. La autora interpreta el ascetismo como una manifestación de su antagonismo innato primitivo y primario entre el Yo y el instinto que llega a constituir un mecanismo de defensa específico activo. Así ocurre que el adolescente se vuelve más moral y ascético. Al mismo tiempo sus facultades intelectuales aumenta haciéndose más prudente y sagaz.

El análisis de estos procesos intelectuales revela que los temas que polarizan el interés del adolescente demuestran ser los mismo que promovieron los conflictos entres las diferentes instancias psíquicas. “Se repite aquí el problema fundamental de la conexión entre la instintividad y otras actividades de la vida; de decidir entre la realización y el renunciamiento a los impulsos sexuales; de la libertad y la restricción de la rebelión contra la autoridad y el sometimiento a la misma”.15

La actividad mental del adolescente refleja una actitud de tensa vigilancia frente a los instintos que se expresan por desplazamiento en el pensamiento abstracto, el proceso intelectual se diferencia de trabajo intelectual durante el período de latencia y de la edad adulta durante los cuales la solidez y precisión son mucho mayores y, ante todo, están más vinculadas con la acción.

En cambio, los procesos intelectuales tanto en la primera infancia como en la adolescencia, que son períodos llenos de peligros instintivos, suelen ser producciones deslumbrantes y notables, sin embargo, infructuosas en gran medida.16

Las manifestaciones más notables en la vida de los adolescentes están vinculadas a sus relaciones con los objetos. Manifiesta la autora que es en este terreno donde se hace más obvio el conflicto entre las dos tendencias opuestas. La desconfianza del yo y su actitud ascética e intelectualizante se dirigen en especial contra la fijación amorosa a todos los objetos infantiles. De esto resulta que el adolescente tiende muchas veces a aislarse y a vivir entre sus familiares como si fueran extraños.

El éxito o fracaso de esta  técnica de defensa, en  términos de maduración, está determinada por el grado en que cambian los objetivos de lo que existía originalmente en relación con los objetos tempranos.  Cuando se trasladan en su forma pre-genital infantil a los objetos nuevos persistirán los mismos conflictos y las consecuencias pueden caer en una adaptación inadecuada o inclusive en una patología.17

“La fase final de la adolescencia se ha considerado siempre como una declinación natural en el torbellino del crecimiento.”18 En  la descripción de esta fase del desarrollo de la adolescencia.  Blos incluye, además de la finalización del proceso biológico, el hecho de que la adolescencia llega  su terminación con ciertos aspectos psicológicos en cuyos términos se puede definir la fase final de la adolescencia no como un acto de la naturaleza sino como un acto del hombre.

Primordialmente, la adolescencia tardía es una fase de consolidación en la que se elaboran: 1) un arreglo estable de funciones del yo; 2) una ampliación de la esfera libre de conflictos del yo; 3) se establece una constancia de identidad resumida como primacía genital: 4) se establece una constancia de representaciones del yo y también del objeto así como la estabilización de aparatos mentales que automáticamente salvaguardan la identidad del mecanismo psíquico.19

Nos dice  Blos que basándose en lo anterior se podría construir un modelo de la adolescencia tardía; sin embargo, no se debe perder de vista que todas las transformaciones descrita como sucesos de esta fase son logradas sólo parcialmente por cualquier individuo. Esto implica que es un punto de cambio decisivo y, por consecuencia, un tiempo de crisis que en la mayoría de los casos somete a grandes esfuerzos la capacidad integrativa del individuo, lo cual resulta en fracasos adaptativos de formaciones del yo, maniobras defensivas y psicopatología severa. Esto se refiere a lo que Erikson (1956) ha descrito tan extensamente como “crisis de identidad” en términos de una reticencia para llevar a su fin la última etapa de la infancia, es decir la adolescencia.

Dentro del problema de consolidación del carácter al final de la adolescencia debemos incluir el problema del trauma como parte del proceso total, ya que un rasgo de carácter  que se forma con lentitud al final de la  adolescencia  debe su calidad especial a la fijación de un trauma particular o del componente del trauma. Los remanentes de los traumas ocurridos en la infancia relacionan el presente con un pasado dinámicamente activo y establecen una búsqueda de continuidad histórica en el yo y una armonía entre el sentimiento y la acción. Podría por lo tanto decirse que los conflictos infantiles no son eliminados  al final de la adolescencia sino que se restituyen, específicamente, que se vuelven sintónicos al yo, o sea que se integran al reino del yo como tareas de la vida. La dirección que toma este proceso, es decir, su énfasis preferente hacia  la descarga de impulsos, sublimación, defensa, deformación del yo, etcétera, es controlada en gran parte por influencias del yo ideal y del super-yo.

La forma que toma este proceso es influida por el medio ambiente, por las instituciones sociales, la tradición, las costumbres y los sistemas de valores, siempre tomando en cuenta que  todo este proceso opera dentro de los límites que imponen los factores constitucionales, tales como las dotes físicas y mentales. Los intereses yoicos de la adolescencia tardía constituyen un nuevo logro en la vida del individuo. Para Blos el hecho de que el heredero del Complejo de Edipo sea el super-yo, lo lleva a formular que el heredero de la adolescencia es el ser. 21

Todo proceso de individuación lleva consigo una pérdida, en el caso del adolescente, la perdida de la omnipotencia infantil y de los poderes mágicos. La capacidad de manejar esta separación y así poder entrar en el doloroso proceso del duelo es una función yoica de madurez, cuando el adolescente no ha llegado  la madurez difícilmente puede enfrentarse a su angustia de separación y al duelo consecuente.

Es en estas circunstancias que el sujeto puede recurrir  la actuación de su sexualidad al grado de quedar embarazada confrontando entonces la disyuntiva de tener un hijo para el cual no se siente preparada, o bien, realizar una interrupción del embarazo con todas las consecuencias psicológicas que tal decisión implica.

El embarazo para muchas adolescentes puede implicar evitar la espera y tensión del proceso de crecimiento con los cambios físicos concomitantes cuyo resultado final produce por desconocido mucha angustia;  simultáneamente el embarazo evitará en la fantasía inconsciente las transformaciones indispensables, consecuencia del desarrollo que se hace en lo relacionado con la forma de descargar las pulsiones instintivas tanto agresivas como libidinales en las objetales, básicamente en lo que se refiere a las figuras primarias y el adolescente mismo.

No debemos olvidar que la separación lenta de las ligas emocionales del adolescente con su familia y su entrada temerosa a una nueva vida, son las experiencias más profundas en la especie humana. Por lo tanto, no es de extrañar que el aparato psíquico de algunos adolescentes busque inconscientemente reducir el tiempo que dura este proceso recurriendo a una actuación en la que se manifiestan de un vez por todas, las fantasías y deseos sexuales, los agresivos y que entre otros resultados quede definida la identidad y su rol social. De ahí que se pueda considerar que con el acto de embarazarse se condense en la fantasía inconsciente todo el proceso evolutivo.

Evidentemente esta condensación no permite al adolescente más que “saltar a una falsa madurez” debiendo enfrentarse en este momento a las alternativas que tiene para manejar la nueva situación, esto es:  continuar con el embarazo, en cuyo caso deberá confrontar el posible rechazo social, la frecuente desilusión de las figuras paternas, en el “mejor de los casos” un matrimonio precipitado y un inicio de vida marital entre dos “falsos adultos” cuya relación marital, precisamente por la falaz de la situación, llevarán una relación con menos posibilidades de éxito marital; o bien, en el peor de los casos será expulsada del seno familiar viéndose obligada antes de tiempo a enfrentar todos los desafíos que la sociedad impone a una madre soltera sin poseer un aparato mental adecuadamente estructurado.

La segunda alternativa es provocar el aborto; desde luego, no hay que olvidar que para el consciente hay una tercera opción muy difícil de investigar, esto es, los casos de adolescentes que presentan abortos espontáneos sin explicación orgánica. De ahí que hablemos principalmente en esta ocasión de los abortos provocados y de las consecuencias patológicas.

Al  hablar de las consecuencias psicológicas de la interrupción voluntaria de un embarazo es indispensable hacer una revisión del concepto del duelo para la mejor comprensión de lo que para el adolescente implica perder el producto.

Es pertinente exponer algunas consideraciones históricas de la literatura sobre el duelo y sus procesos, ya que en el caso de jóvenes hay que mencionar el proceso inherente a las pérdidas que acompañan el término de la adolescencia.

Bowlby dice: “Usaremos el duelo para connotar los procesos psicológicos desencadenados por la pérdida de un objeto amado y que conducen habitualmente a su abandono…, aflicción denotaría la secuencia de estados subjetivos que siguen a una pérdida y acompañan al duelo, aunque la renuncia a un objeto es un desenlace común del duelo; no siempre ocurre así. Si abarcamos con nuestra definición del  término duelo una cantidad  suficientemente grande de procesos psicológicos, inclusive aquellos que llevan a una retención del objeto comprenderíamos mejor los distintos caminos normales o patológicos que puede seguir al duelo. Es decir, el duelo normal es el que conduce a un abandono total del objeto perdido y patológico el que tiene como desenlace su retención. 22

Freud compara la depresión con un fenómeno normal que les afín: el duelo. Cuando un niño pierde un objeto, sus tendencias libidinales desligadas de objeto “inundan” al niño y pueden crear pánico. En la “aflicción”, el adulto ha aprendido a controlar esta inundación retardando el inevitable proceso de la pérdida. El vínculo con el objeto perdido está representado por centenares de recuerdos separados. La disolución del vínculo opera separadamente para cada uno de estos recuerdos y esto requiere tiempo. Freud llamó a este proceso “trabajo de duelo”. La realización de este trabajo es una tarea difícil y desagradable, muchas personas lo retardan aferrándose a la ilusión de que la persona perdida vive y postergando con ello el necesario trabajo de duelo.23

Para Freud en “Tótem y tabú”, “Duelo y melancolía” e “Inhibición, síntoma y angustia”,  la idea central  es que el trabajo del duelo consiste en retirar las cargas del objeto perdido y dirigidas hacia otro objeto sustitutivo. Sin embargo, en una carta Binswagner expresa textualmente:  “ aunque sabemos muy bien que después de una pérdida así termina pasando el estado del duelo, no por eso se nos escapa el hecho de que jamás encontraremos consuelo ni seremos capaces de hallar un sustituto. Si logramos llenar ese vacío por completo, siempre tendrá que ser con alguna otra cosa. Y en verdad, que es justo que no suceda de otra manera pues  es la única forma de perpetuar ese amor al que nos negamos a renunciar”.24

Pollock, siguiendo a Hartmann, afirma que “el yo moviliza procesos adaptativos en cuanto la pérdida de un objeto necesitado altera el equilibrio entre el mundo psicológico interno y el externo. Si el objeto perdido es importante, el proceso adaptativo implica en parte una ruptura del equilibrio adaptativo previo establecido con el objeto citado y el restablecimiento gradual de nuevas relaciones con figuras presentes en la realidad. El complejo proceso adaptativo que tiene lugar en una situación así se denomina duelo”.

Se refiere a un duelo normal en la misma forma en que se considera un proceso inflamatorio normal, todo duelo, como todo proceso inflamatorio, es patológico en sí mismo pero constituye una reacción normal en el sentido de habitual e inevitable a un impacto traumático, en ambos casos lo que se persigue es la recuperación del equilibrio perdido a consecuencia del trauma.

“La importancia crucial en la buena solución de un duelo, resido en la tolerancia del yo al dolor y a la angustia. Puntualizó que el trabajo del duelo normal no anula la relación con el objeto perdido sino más bien establece un nuevo tipo de vínculo que le permite, si es necesario, liberar suficiente cantidad de catexias para revestir un objeto sustituto.”26

Ya se mencionó el duelo como parte de un proceso en el desarrollo del ser humano y particularmente importante en la adolescencia. Cuando se presenta un aborto existe una depresión para elaborar el duelo por la pérdida. Su intensidad varía desde reacciones maniacas y fobias hasta los cortes netamente paranoides. Las variaciones para elaborar el duelo están de acuerdo al grado de desviación de la personalidad antes de ocurrir el aborto, por la capacidad yoica para tolerar la ansiedad, culpa, reparación y por las condiciones afectivas y sociales en que el aborto se realiza.

En “Duelo y melancolía”, 27 Freud lo define: “El duelo es por lo general la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente; la patria, la libertad, el ideal, etc. . .” Freud habla del dolor que aqueja al individuo que ha sufrido la pérdida, el retiro de su interés en el medio externo, disminución en la capacidad de amar e inhibiciones.

Julio Adray, en Su libro Aborto, 28 hace un análisis de las características del duelo en los casos de aborto, dice que existe una relación previa con el objeto muerto.

a)      Ambivalencia. La ambivalencia es la presentación simultánea de sentimientos de amor y odio hacia un mismo objeto y ese sentimiento antagónico genera culpa y negación que en una personalidad inmadura puede llevar a la anulación de todo duelo. Esta ambivalencia aparece constante en la perturbación del duelo por el aborto. Si tiene lugar un embarazo es porque una parte de la personalidad del individuo así lo quiere. En términos instintivos esta ambivalencia corresponde a la lucha entre el instinto de vida que tiende a la procreación y a la preservación de la especie, y el instinto de muerte, que tiende a la destrucción del feto. Según Arminda Aberastury en “Teoría y técnica del psicoanálisis de niños”, 29 esta polaridad antagónica ocurren en menor escala en un embarazo normal y se hace más evidente en los casos de aborto espontáneo y aún más en abortos provocados.

En términos de instancias psíquicas, el conflicto instintivo se manifiesta en la lucha entre el instinto de vida y el superyó que exige la interrupción del embarazo; también intervienen aquí la presión social y el juicio de realidad. Hay situaciones en que es necesario interrumpir el embarazo como en los casos particulares que no se le desea, en incesto consumado, violaciones, etc. El aborto vivido como el asesinato de un ser incrementa la culpa, la desesperanza de repararlo aun cuando la realidad puede ayudar en el duelo. Considero que a mayor perturbación en el juicio de realidad, mayor dificultad para realizar el duelo.

b)      La falta de unión del objeto. El hecho de sufrir una pérdida que puede ser vista hace más difícil su reparación, pues el juicio de realidad (si no está muy perturbado) auxilia al yo e impide su negación; con ello el trabajo del duelo se ve favorecido. Pero en esta falta de visión del objeto influye decisivamente el hecho de que la mayoría de los abortos son de pocos meses y se realizan bajo anestesia, con lo que se favorece la negación.

El duelo por el objeto. El feto abortado es un “doble” de la paciente. 30 es una parte de la personalidad que muere donde se han proyectado considerables fantasías vitales.

a)      Las características del objeto: su indefensión. Cuando más indefenso es un objeto, aumentan en proporción los sentimientos de culpa por el odio hacia el mismo y se establece un círculo vicioso.

 

b)      El triunfo sobre el objeto. El sentimiento de triunfo está estrechamente relacionado con los estados o defensas maniacos, particularmente con la denigración del objeto interno bueno característico de la manía. Se ha observado que muchas pacientes tiene un verdadero sentimiento de triunfo ante un aborto. En éstas, el duelo patológico se hace más complicado.

De acuerdo con Melanie Klein “el acto de la reparación también puede perturbarse por otros motivos. La gratificación sádica de vencer y humillar al objeto, de superarlo en planteo de competencia y rivalidad, el triunfo sobre él, puede alterar el proceso de elaboración del duelo. Los objetos que se desea restaurar se transforman entonces en perseguidores y, a su vez los temores paranoides. Este sentimiento de triunfo, que en el niño será asociado con el deseo de invertir la relación niño-padre, puede aumentar la culpa y los sentimientos persecutorios: todo esto produce un aumento de la defensa maniaca, estancamiento del desarrollo y retardo del proceso del duelo, creándose así un círculo vicioso”.

El daño al yo corporal y psicológico. Una de las características del tipo de duelo que nos ocupa es la pérdida concreta, concomitante y simultánea de partes del yo corporal (por la que hay que hacer un duelo) y del objeto.

Muchas veces, independientemente de cómo fue la relación previa con el objeto previo y, aún admitiendo que puede haber sido positiva, podrá resultar un duelo patológico determinado esencialmente por el estado deficitario del yo y por la perturbación inherente a su propio duelo. Sólo cuando el duelo por el yo ha sido bien elaborado y éste se haya recuperado suficientemente, se encontrará en condiciones adecuadas para elaborar en forma normal el duelo por el objeto y repararlo.

Una vez superadas las defensas maniacas, al profundizar en la psicopatología del aborto en el tratamiento psicoanalítico, aparece claramente este duelo por el yo; entonces son frecuentes las preocupaciones por el maltrato al cuerpo, y a la culpa por haberse expuesto la paciente a sufrir el vaciamiento vaginal (castración). Una expresión frecuente del fracaso en la elaboración del duelo por el yo se puede observar en la esterilidad secundaria a un aborto, cuando ésta es una de las llamadas “esterilidades funcionales”.

Lo que es también llamativo y que no ha sido suficientemente investigado es la participación del hombre en este duelo. También la pérdida del feto es una pérdida de “partes” para ser más exactos, de un “doble” suyo con el que se ha identificado parcialmente. Evidentemente no hay tanta participación corporal como en la mujer que hace un aborto, pero muchos episodios depresivos, fracasos, situaciones fóbicas y agudizaciones paranoicas se comprenden mucho mejor si se estudian estas reacciones a la luz del impacto emocional del aborto en el hombre y de la identificación de una parte de su yo con el feto abortado.

La intensidad y la calidad de la culpa. Todo el cuadro del aborto está coloreado por la culpa, que adquiere un carácter persecutorio, si bien ésta puede ser reprimida.  Este sentimiento de culpa persecutoria también dificulta la labor del duelo. De acuerdo con L.  Grinberg, las emociones acompañantes de la culpa persecutoria sería el resentimiento, el temor, el dolor, los autoreproches, la desesperación y la desesperanza. El caso extremo de culpa persecutoria es la melancolía. Estos elementos de la culpa persecutoria se encuentran constantemente en el análisis del aborto. Algunos autores como Rosen han descrito suicidios después de abortos provocados.

Cuando esta culpa persecutoria cede o se atenúa (lo que corresponde a una cierta elaboración de las ansiedades esquizoparanoides), aparece otro tipo de culpa, la depresiva, que favorece la prosecución de la labor del duelo.

1 Bios, Peter, Psicoanálisis de la adolescencia, México, Ed. Joaquín Mortiz, 1971. P. 54

2Freud, Anna. El yo y los mecanismos de defensa, Buenos Aires, Biblioteca de la Psicología Profunda, Paidós, 1979, p. 19.

3 Ibid., p.22

4 Winnicott, D.W., Realidad y juego, Buenos Aires, Ed. Granica, Psicología Mayor, 1972, p. 189.

5 Winnicott, D.W., op. cit.

6 Winnicott, D.W., op. cit.

7 Erikson, E.H., Childhood and Society, Nueva York, 1973, p. 261.

8 Maxer, H., Tres Teorías sobre el desarrollo del niño: Erickson, Piaget y Sears, Buenos Aires, E. Amorrortu, 1969, p. 168.

9 Erikson, Erik H., Childhood and Society, W.W. Norton and Company Inc., Nueva York, 1973, p. 178.

10 Ibid., p. 280

11 Erickson, Erik H., “Ego Identity and the Psychosocial Moraorium”, New perspective for research, 24 (1965), p. 13.

12 Erickson, Erik H., Childhood and Society, W.W. Norton and Co., Inc., Nueva York, 1963, p. 228.

13 Erickson, Erik H., Childhood and Society.

14 Freud, Anna, El Yo y los mecanismos de defense, Buenos Aires, Biblioteca Profunda, 1979, p. 170.

15 Ibid., p. 167.

16 Ibid., p. 180.

17 Engel, George L., Psichological Development in Healt and Disease, Philadelphia and London, W.B. Saunders Co., 1968, p. 147.

18 Bios, Peter, Psicoanálisis de la adolescencia, México, Ed. Joaquín Mortiz, 1971, p. 158.

19 Ibid., p. 190.

20 Ibid., p. 198.

21 Ibid., p. 205.

22 Bolwby, John, en González, Avelino, “Aspectos normales y patológicos del duelo”. Relato Oficial del IV Congreso Psicoanalítico Latino-Americano, 1962, p. 5.

23 Fenicjel, Otto, Teoría psicoanalítica de las neurosis, Buenos Aires, Ed. Nova, 1973, p. 503.

24 Freud, Sigmund, en González, Avelino, op. Cit.

25 Pollock, E.H., “Mourning and Adaptation”, International Journal of Psychoanalysis, 42:4 (1961), p. 42.

26 Ibid., pp. 18.

27 “Duelo y melancholia”, Obras completas, tomo II, p. 2091, E. Biblioteca Nueva, tercera edición, Madrid.

28 Aray, Julio, Aborto – estudio psicoanalítico, E. Hormé. 2968, Buenos Aires, pp. 25.

29 Op. Cit., cap. XII, p. 231.

30 Ibid.

 

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BIBLIOGRAFÍA

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