18_RencorAutor: Paola Hamui
Lo metí en aquel baúl de tamaño premonitorio donde cupo de cuerpo entero, le hice cantar una misa de tinieblas que me costó cincuenta doblones de a cuatro porque el oficiante estaba vestido de oro y había además tres obispos sentados, le mandé a edificar un mausoleo de emperador sobre una colina expuesta a los mejores tiempos del mar, con
una capilla para él solo y una lápida de hierro donde quedó escrito con mayúsculas góticas que aquí yace Blacamán el muerto, mal llamado el malo, burlador de los infantes y víctima de la ciencia, y cuando estas honras me bastaron para hacerle justicia de sus virtudes empecé a desquitarme de sus infamias y entonces lo resucité dentro del sepulcro blindado, y allí lo dejé revolcándose en el horror. Eso fue mucho antes de que a Santa María del Darién se la tragara la marabunta, pero el mausoleo sigue intacto en la colina, a la sombra de los dragones que suben a dormir en los vientos atlánticos, y cada vez que paso por esos rumbos le llevo un automóvil cargado de rosas y el corazón me duele de lástima por sus virtudes, pero después pongo el oído en la lápida para sentirlo llorar entre los escombros del baúl desbaratado y si acaso se ha vuelto a morir lo vuelvo a resucitar, pues la gracia del escarmiento es que siga viviendo en la sepultura mientras yo esté vivo, es decir, para siempre.
Gabriel García Márquez, fragmento de:“Blacamán el bueno, vendedor de milagros” (1968)
Definición:

La palabra rencor proviene del latín rancor que quiere decir queja, querella o demanda y de la misma raíz latina deriva rancidus (rencoroso), y de ella las palabras “rancio” y “rengo”. Rencor es sinónimo de resentimiento que se define como el amargo y enraizado recuerdo de una injuria particular, cuyo desagravio se desea, re- sentir, sentir de nuevo pero no como el recuerdo de un agravio, sino como la repetición de una vivencia de dolor.
“El resentimiento es como querer acelerar un carro atascado en el barro: cuanto más se acelera más se hunde y menos se mueve… Es un callejón sin salida en el cual uno se puede mover, pero repasando siempre el mismo dolor sin encontrar una salida” (Kancyper 1992, 2001).
El sujeto rencoroso tiende a contabilizar las injusticias, se siente ofendido con facilidad y por lo general percibe que nunca tiene responsabilidad ante el agravio.
“El rencor es la sensación de querer tener a la fuerza, aquello que no se dio por causas reales, es el resultante de humillaciones que fraguan un “ajuste de cuentas”. A partir del rencor surgen las ideas de venganza, mediante una acción reiterada, torturante y compulsivamente repetitiva en la fantasía o pasaje al acto, cuya finalidad es un intento de anular los agravios y a la vez, capitalizar la situación para alimentar una posición característica del rencoroso: “la condición de víctima privilegiada” (Kancyper 1992).
Según Adler el rencor es un sentimiento inconsciente de inferioridad y auto compasión. (Rocha, 1999).
El rencoroso navega entre dos ríos, en un principio juega a ser la víctima, masoquista e impotente y en su rumiar, fantasea en convertirse en el sádico, verdugo, omnipotente, aunque esto último es tan sólo una ilusión, el rencoroso mantiene una situación inmóvil de sometido – sometedor que sólo da la apariencia de movilidad. “Manteniendo a la vez inmóvil e inaccesible su parte afectiva” (Shabad, 2000).
El rencoroso adquiere derechos de desquite a través de conductas sádicas, motivado por la revancha contra quienes han perturbado la ilusión de perfección infantil, desplaza en aquel objeto que le hirió, todos aquellos reclamos que guarda a sus objetos primarios quienes le infringieron aquella primera herida narcisista (Kancyper, 2001).
El rencor se arraiga en lo más profundo y temprano, allí se incuba y fermenta su amargura (Rocha, 1999).
En un principio el rencor surge por la amenaza que significa la pérdida de la perfección o completud narcisista, como describe Freud (1914) “El desarrollo del yo consiste en un distanciamiento del narcisismo primario y engendra una intensa aspiración a recobrarlo”.
La venganza surge en un segundo tiempo, como intento o añoranza de recuperar aquel paraíso perdido. “El rencor surge como consecuencia de la imposibilidad del sujeto de asumir el desmoronamiento de la imaginaria unidad espacial y temporal sin fracturas” (Kancyper, 1992).
“El rencoroso no puede perdonar ni perdonarse” (Kancyper ,1992, 2001). En el fondo el rencoroso se vive con culpas irreparables; en la venganza taleónica o fantasía de ésta intenta anular los agravios, y recuperar la perfección del estado narcisista perdido.
En el rencor la libido se queda fijada a un objeto, Freud (1917) menciona que la
dificultad o imposibilidad de realizar un trabajo psíquico de desprendimiento es debido al carácter narcisista de la investidura y su intensa ambivalencia. El resentimiento se asemeja a un duelo no resuelto, ya que para poder elaborarlo es necesario dos condiciones: la desvalorización del objeto y el desahogo de la furia (Freud, 1917). En el rencor el objeto que lastimó es sobrevalorado, a través de la desmentida y de la idealización el sujeto le atribuye aquellas cualidades de perfección que en su mundo interno siente que perdió; Además la furia no se vacía del todo ya que en el fondo está amarrada a un tiempo previo, a un objeto muerto-vivo del pasado.
Es tras el rencor donde lo afectivo queda atrapado, inmóvil, congelado, el rencor encapsula el espacio temporal y espacial. La persona rencorosa no siente, sintiendo sólo de nuevo, lo viejo, aquella sensación dolorosa ya rancia, en ella anula la percepción subjetiva del paso del tiempo. El rencor se nutre de sentimientos de desconfianza y miedo que de alguna manera mantienen al sujeto aislado, encapsulado en una afrenta nueva que no cesa, expresión de un duelo que no logra elaborarse.
Encontramos en el rencor una lógica perversa; en la esperanza constante (compulsión a la repetición) de dañar al otro, es el sujeto quien se auto lastima constantemente. (Shabad, 2000).
El rencor se diferencia de la envidia, ya que el impulso envidioso tiende a destruir el objeto en su capacidad creadora y de goce (Klein, 1957), y el impulso rencoroso no busca destruir sino castigar, por una afrenta real que rememora aquella previa. El rencoroso sostiene que el objeto aunque malo en muchos aspectos, retiene para sí lo bueno: aquello que injustificadamente le fue privado y que a través del castigo, siente recuperará.
El sujeto rencoroso “no permanece anclado en la atemporalidad, sino, amarrado a un pasado cuyas cuentas aún no ha saldado. Presente y futuro son hipotecados para lavar el agravio del honor ofendido en un pasado singular, que se ha apoderado de las tres dimensiones del tiempo. La vivencia del tiempo en el sujeto rencoroso es la permanencia en el rumiar indigesto de un rencor, para culminar o no, en venganza.“ (Kancyper, 1992, 1995).
Por lo general frente a un agravio el sujeto responde con la “memoria del dolor” que se refiere a esa memoria continua que va de la mano a la resignación, es decir que admite el pasado como experiencia, opera el “no olvidar” como estructurante y se organiza mediante la pulsión de vida, la cual protege y previene de repetir lo malo, dando pie a nuevas construcciones. En el rencoroso este tipo de memoria no opera, éste utiliza lo que Kancyper (1992, 2001) llama “memoria del rencor” la cual reinstala, mediante la pulsión de muerte, la compulsión repetitiva y hasta insaciable del poder vengativo, el rumiar del rencoroso se fermenta en el retorno de lo reprimido, el dolor del allá y del entonces ha encontrado ahora, otro objeto sustituto, que mantiene congelado en el tiempo su reclamo.
El sujeto rencoroso encuentra en la repetición el modo más eficaz de interceptar el porvenir e impedir la capacidad de cambio. Kancyper (1993) concluye: El rencoroso no puede olvidar. “Está abrumado por la memoria de un pasado que no puede separar ni mantener a distancia del consciente”. “El olvido está de parte de la vida” (Friszman, 1995), es en lo imperdonable con el objeto de un resentimiento incesante mudo, donde trabaja en silencio Tánatos.
La relación objetal que sustenta al rencor presenta una configuración en la que:
1- Se inmoviliza al objeto, perpetuando así su presencia, 2- Se asegura de maltratar al objeto descargando en él la pulsión agresiva y reclamando los agravios y daños inmerecidos y finalmente 3- Esta configuración asegura preservar al objeto que, paradójicamente lo maltrató y es maltratado (o se fantasea con ello) pero del cual se depende.
Dostoyevsky (1864; Shabad, 2000) en su novela “Memorias del subsuelo” refiere que el rencor es una lucha por recapturar la dignidad individual ante la oposición de un poder del que uno depende y en el que se siente atrapado.
En el fondo el rencoroso guarda un sentimiento de soledad, devaluación y no aceptación, pero quizá también guarde cierta incapacidad para relacionarse y defenderse, por lo que se esconde tras él permaneciendo de alguna manera seguro. Estar siempre enojado justifica el no acercamiento; aunque lo que encubra el enojo, sea miedo.
 
Etiología:
El desarrollo del rencor se puede ubicar en la etapa mas temprana del ciclo vital según Erikson (1974), entre la confianza básica vs desconfianza; el rencoroso se percibe con mucha desconfianza, así como su perspectiva temporal se ha visto confundida o más bien congelada.
 
Shabad (2000) menciona que tienden a ser rencorosos aquellos que no se sintieron valorados por sus objetos primarios y sienten que nunca cumplieron con las expectativas narcisistas de sus padres. El rencor tiene su origen en la relación primaria, cuando el hijo en lugar de sentirse valorado y amado incondicionalmente, es visto por sus padres como una extensión narcisista de sí mismos, ante esto, el pequeño se siente avergonzado, devaluado, poco digno e impotente frente a ellos, de quienes a la vez depende física y emocionalmente; dicha situación le provoca enojo, enojo, que no puede descargar y por lo tanto, comienza a albergar el rencor, aquel enojo encapsulado, rancio, que le es imposible desahogar debido a la intensa ambivalencia y dependencia hacia sus objetos. El sujeto se embarca así pues, en una vida dirigida por la pasividad, encuentra en el desprecio y el rencor una oportunidad de recobrar su autonomía, sin embargo, permanece estancado frente a dicha ambivalencia: dependencia, como manera de sentirse valorado y rencor como promesa, o tal vez ilusión, de futura independencia.
 
Bollas (1991) coincide con Winnicott (1965; Bollas, 1991) cuando menciona que diversas patologías emergen del fracaso en el vínculo primario y el empeño de la persona en una particular relación de objeto que se asocia con una transformación del yo y un intento de reparación o tan sólo repetición de la “falta básica” (Balint, 1986).
 
Bollas (1991), habla de memorar una experiencia objetal temprana, recordarla no desde la perspectiva cognitiva sino desde una existencial, siendo ésta una experiencia afectiva intensa que, de alguna manera, mantiene al sujeto afectivamente vinculado con el objeto en la fantasía, en este caso, una persona puede buscar una experiencia estética negativa que “calca” sus experiencias yoicas tempranas y se registre en la estructura de lo sabido no pensado, de lo inconsciente, es decir que el rencoroso repite situaciones traumáticas (la pérdida del narcisismo primario, la herida narcisista, la dependencia y necesidad de autonomía frustrada), porque de ese modo, recuerda existencialmente sus orígenes. Añora aquella madre ambiente que no logró simbolizar y por lo tanto, quedó prendado a ella en un reclamo constante de pérdida y dolor, Bollas concluye que la búsqueda de equivalentes simbólicos del objeto transformacional y la experiencia con la cual el sujeto se ha identificado, continúan en la vida adulta, de aquí que el rencor esconda tras de sí, un retorno de lo reprimido. En pocas palabras se puede traducir al rencor como el reclamo constante de aquel primer duelo no resuelto, aquella primera herida narcisista del ayer, desplazada al hoy en un objeto sustituto que mantiene vivo el estancamiento del dolor.
 
Al igual que Shabad, Kancyper (1991, 1992, 1998) ubica al rencor en las relaciones primarias, pero él se centra en la dinámica fraterna; tanto el rencor, como los remordimientos están relacionados con la rivalidad y la envidia que se viven en dicha relación.
 
En un principio los padres ocupan una posición particular en el sistema narcisista del sujeto, representan los primeros herederos de la traslación al narcisismo primario del hijo y se encuentran por lo tanto investidos de todas las perfecciones inherentes a la omnipotencia infantil. El bebé percibe a sus padres como los poseedores de todo lo valioso, sin embargo, al incluir en la ecuación a los hermanos el sujeto percibe que aquella repartición de lo valioso se divide de manera desigual entre todos los hijos, recibiendo lo valioso a cuentagotas. Dentro de éste esquema surgen las rivalidades, los celos y la envidia entre hermanos. El hermano que en un momento se percibe como el preferido de los padres, padece de remordimientos, aquel que quedó excluido, se siente en derecho de represalias sobre el hermano beneficiado adquiriendo, un incuestionable derecho a castigarle desarrollando así el rencor. Estas actitudes gestadas en la infancia, pueden fijarse y generalizarse para construir una forma habitual de relación con el otro.
 
Aquel rencor qué fue lo único que le quedó ante sus relaciones objetales primarias; tanto con los padres como lo postula Shabad cómo con los hermanos diría Luis Kancyper. inmoviliza a sus objetos y a su yo en una agresividad vengativa al servicio de poblar un mundo imaginario siniestro.
 
Finalmente:
Freud (1917) menciona que el éxito de la terapia analítica encuentra sus límites en la falta de movilidad de la libido, y en 1937 menciona que en pacientes que presentan una particular viscosidad de la libido los procesos que la cura inicia en ellos transcurren mucho más lentamente.
 
Por su parte Kancyper (2001) propone que la ambivalencia entre el amor y el rencor opera como una de las premisas fundamentales en el desestancamiento del automartirio y del desquite de los objetos originarios desplazados sobre objetos actuales.
 
Con el rencor a cuestas se inmoviliza la capacidad de re-historizar, la energía queda en rumiar el agravio y fantasear la venganza. Escondiendo tras de sí un reclamo y una fragilidad importante, de aquí la importancia a tomarse en cuenta en el consultorio.
 
 
Bibliografía

  • Balint, M. (1986). “The british school of psychoanalisys”. Edited by Gregorio Kohon: United Kingdom.
  • Bollas, Ch. (1991). “La sombra del objeto”. Amorrortu: Buenos Aires.
  • Erikson, E. (1974). “Identidad juventud y crisis”. Paidós: Buenos Aires.
  • Freud, S. (1914). “Introducción al narcisismo”. Amorrortu, vol. XIV: Buenos Aires.
  • Freud, S. (1917). “Duelo y melancolía”. Amorrortu, vol. XIV: Buenos Aires.
  • Freud, S. (1917). “Conferencias de introducción al psicoanálisis”. Amorrortu, vol. XV y XVI: Buenos Aires.
  • Freud, S. (1937). “Análisis terminable e interminable”. Amorrortu, vol. XXIII: Buenos Aires.
  • Friszman, J,E. (1995). “Actualizaciones acerca de duelo y melancolía”. Revista de psicoanálisis editada por la asociación psicoanalítica Argentina Filial de la asociación psicoanalítica internacional; Tomo XLVIII, Nª 1.
  • García Marques, G. (1968). “Blacamán el bueno, vendedor de milagros” cuento corto incluído en su libro: “ La increíble y triste historia de la cándida Heréndida y su abuela desalmada”. Diana: México.
  • Kancyper, L. (1991). “Remordimiento y resentimiento en el complejo fraterno”.
  • Revista de psicoanálisis editada por la asociación psicoanalítica Argentina Filial de la asociación psicoanalítica internacional; Tomo LII, Nª 2. Kancyper, L. (1992).
  • “Resentimiento y Remordimiento, estudio psicoanalítico”. Paidós: Buenos Aires.
  • Kancyper, L. (1995). “Resentimiento y odio en el duelo normal y el patológico”.
  • Revista de psicoanálisis editada por la asociación psicoanalítica Argentina Filial de la asociación psicoanalítica internacional; Tomo LII, Nª 2.
  • Kancyper, L. (1998). “Complejo fraterno y complejo de Edipo en la clínica con niños”. Clínica psicoanalítica de niños y adolescentes. Ed. Lumen: Buenos Aires.
  • Kancyper, L. (2001). “Resentimiento memoria y duelo”. Revista Uruguaya de psicoanálisis en línea (93), ISSN 1688-7247.
  • Klein, M. (1957). “Envidia y Gratitud”. Horme brevarios psicoanalíticos: Buenos Aires.
  • Rocha, D. (1999). “Resentimientos” Revista Liberadictus 30, Medios masivos y adicciones: Organización Panaméricana de la Salud.

 

Imagen: Freeimages / Amir Darafsheh /1437166
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *