ShadowPor: Cecilia Castilla
El tratamiento psicoanalítico como herramienta terapéutica para el entendimiento y resolución de conflictivas de índole psíquico, se caracteriza por llevarse a cabo por medio del análisis de la transferencia del paciente y la contratransferencia del analista, las cuales derivan del encuentro que se suscita entre las instancias psíquicas de ambos, ya que al emprender el camino al entendimiento se van construyendo puentes a partir de la unión de la intersubjetividad de la dupla analítica.
Para que la “dinámica transferencial”, necesaria para el trabajo terapéutico, se implante, deben suscitarse varios fenómenos que permitan su re-presentación en el espacio terapéutico. En este sentido y para fines del presente trabajo, se indagará en uno de los factores que suelen dejarse de lado durante el tratamiento con los pacientes, desde el inicio hasta su evolución; el cual consiste en el entendimiento de los fenómenos y las manifestaciones corporales que se suscitan a partir de la interacción entre el analista y analizado.
Es así que partiendo de la dinámica psicoanalítica, en la que se crea un ambiente de intimidad, confianza y cercanía, se esperaría que hubiese no sólo un entendimiento consciente, sino que inclusive se construya un lazo a nivel inconsciente que permita la comprensión del mundo interno del paciente; mismo, que solemos interpretar a partir del análisis de la palabra, es decir el contenido manifiesto y latente del discurso, los lapsus, así como también los sueños, pasajes al acto, entre otros; dejando en un segundo término aquellos síntomas físicos que el paciente no asocia de manera significativa (en un primer momento) como un elemento que refleje su psiquismo; por lo que existe la tendencia a aliarse a la idea de que la etiología del síntoma físico pertenece o es sólo de carácter biológico.
Del mismo modo, retomando los efectos contratransferenciales que acontecen en el analista, se suelen dejar de lado las afecciones físicas que se llegan a experimentar durante el análisis con algunos pacientes, por considerar que su causa se deba a alguna respuesta fisiológica de origen externo al tratamiento, lo cual deja como resultado la nula relación del fenómeno en cuestión con el material clínico del analizado.
De ahí que me parezca importante enfatizar en la transferencia y la contratransferencia que algunos psicoanalistas denominarían como “somática”, en la que se transfieren de manera concreta y directa, las sensaciones fisiológicas del paciente, más que un aspecto emocional o racional por parte del mismo. Cabe mencionar también, que esta modalidad de transferencia no necesariamente implica que sea totalmente corporal durante el tratamiento, ya que se puede presentar por momentos o en algunos casos sólo ser predominante ante conflictivas específicas. Por ejemplo, habrá analizados que transferencialmente desplacen sus afectos y en otras circunstancias ante otras temáticas desplacen sólo sensaciones físicas, y habrá pacientes con los que sólo se manifestarán síntomas orgánicos.
Sin embargo, hay que reconocer que esta dinámica transferencial y contratransferencial, se presenta en mayor medida con aquellos pacientes que llegan a consulta por síntomas físicos que carecen de una conexión respecto a su estado emocional, y por ende, su mundo interno.
Aunado a lo anterior, es necesario descartar en primera instancia, a manera de diagnóstico diferencial, que los signos y síntomas orgánicos se deban a una causa biológica o a un desencadenante externo del ambiente, ya que para poder proseguir con el análisis psíquico se debe tomar en cuenta que el funcionamiento de toda base orgánica opere bajo condiciones óptimas.
Ahora bien, volviendo a las estructuras de personalidad y/o psicopatologías en las que suele presentarse este tipo de psicodinamia, se puede pensar en los pacientes con una estructura histérica que manifiestan sus síntomas mediante la conversión y/o el desplazamiento del conflicto psíquico colocado en el cuerpo; tal como lo explica Nasio (1991) cuando menciona el aspecto económico mediante el cual se crea el síntoma histérico, en el que cabe mencionar existe un conflicto entre el yo, la represión y una representación sobrecargada, que por lo tanto, tiene como objetivo la liberación del exceso de energía; la cual es de señalar, no puede llevarse a cabo por los efectos de la represión, debido a que impide la descarga en la representación esperada por resultar intolerable para el sujeto. Condición por la que psíquicamente se hace uso del desplazamiento de la catexia o energía sobre otra representación que resulte menos amenazante, pero que a su vez facilite la descarga requerida.
El funcionamiento anteriormente descrito, caracteriza los casos de histeria en los que se coloca el sufrimiento o el conflicto psíquico en lo corporal, por medio del mecanismo de defensa conocido como “conversión”, en el que el exceso de energía se transforma de una entidad psíquica a un estado somático. En este sentido, Nasio (op.cit) también argumenta que existirá una elección inconsciente del órgano en el que se colocará o expresará el síntoma, ya que este debe tener la cualidad de representar de manera parcial el conflicto y a su vez permitir la descarga de la tensión.
Por otro lado tenemos a los pacientes denominados “psicosomáticos”, los cuales McDougall (1995) considera como sujetos que sufren de alexitimia, es decir que no contactan con sus afectos, ocasionando que defensivamente somaticen sus malestares psíquicos para poder afrontar las angustias arcaícas de tipo psicótico, que su yo requiere escindir y colocar en el cuerpo con el objetivo de evitar un desequilibrio psíquico mayor. Angustia que es rechazada por el yo, por consistir en afectos y representaciones intolerables para la estructura psíquica; de ahí que el yo las expulse sin procesarlas cognitiva y afectivamente, llevando a cabo una “eyección total de la psique”.
Razón por la que MacKinnon (1981) explica la negación ante la correlación psíquica con el síntoma orgánico, dejando en claro que el paciente priorizará “hablar de sus síntomas físicos que de sus malestares psicológicos”. A diferencia del conflicto histérico, la elección del órgano afectado no necesariamente posee un valor simbólico o una representación inconsciente en la que se significa de manera disfrazada un afecto, sino que al estar la catexia más desligada a la psique humana, se coloca el malestar en la primera zona corporal que se encuentre libre y vulnerable fisiológicamente para su expresión.
Cabe mencionar que tanto MacKinnon (op. cit) como McDougall (op.cit), consideran que los pacientes psicosomáticos aprendieron a reprimir sus afectos de manera arcaíca, por no haber recibido la seguridad y las gratificaciones necesarias durante sus primeros años de vida, en los que tampoco se llevó a cabo la interpretación de las necesidades biológicas y afectivas del niño, ocasionando la ruptura emocional como respuesta defensiva para la supervivencia, en la que primitivamente se busca que el yo no experimente el peligro de fragmentarse. Razón por la que afectos como el enojo, la tristeza, el resentimiento, entre otros, sólo son expresados como respuestas fisiológicas, dejando de lado la representación en el mundo de las ideas y por lo tanto de la palabra.
Tanto los síntomas histéricos como los psicosomáticos poseen el común denominador de que en ambos existe una separación en la correlación cuerpo-mente, derivada de la disociación entre la representación cosa y la representación palabra, por tratarse de catexias sin una ligadura mental en el plano consciente. Por lo que en el consultorio ambos llegan a manifestarse de manera concreta mediante los síntomas orgánicos que no son apalabrados porque carecen de simbolización y sólo se expresan como dolencias en el cuerpo.
El impacto transferencial y contratransferencial en estos casos, cobra relevancia y sentido cuando la sintomatología del paciente le es transferida al psicoanalista, provocando movimientos en el mismo, ya sea que experimente las mismas afecciones fisiológicas o algunas similares, como resultado de la identificación proyectiva; o que en esa misma línea, provoque la actuación del analista hacia el paciente, por ejemplo al actuar las ganancias secundarias en las que el analista puede percatarse que terminó cuidando de las enfermedades del paciente, sin indagar en su causa.
Razón por la que Korovsky (1989) señala la importancia de tener presente el análisis de la contratransferencia “somatica”, cuando invita a que todo analista considere las reacciones corporales que evoca el contacto con los pacientes desde su ingreso al consultorio, ya que en general existe la tendencia a dirigir el mayor monto de atención al análisis del efecto emocional, dejando de lado las manifestaciones corporales que provoca el acercamiento y la interacción con el paciente. Como si estas sólo se trataran de algo propio o se debieran a un factor externo o ambiental; así mismo, plantea inclusive la importancia de que el psicoanalista evalué la postura que inconscientemente adopta durante las sesión analítica con cada paciente, para así considerarlo como una herramienta que pueda brindar más información acerca de su mundo interno y por lo tanto de las relaciones objetales del paciente.
Korovsky (op. cit) considera que cuando no se incluye la contratransferencia fisiológica como material clínico, se puede considerar una resistencia por parte del analista. En necesario enfatizar que para llegar a esta conclusión ya se descartó el hecho de que se trate de una condición ajena al análisis.
El analista presta su cuerpo al analizado al ser el depositario del mundo emocional del paciente y por lo tanto también, al fungir como la entidad que contiene el síntoma orgánico por el que sufre; de ahí que podemos pensar en el trabajo en conjunto de dos mentes, y por ende de dos cuerpos en los que se juega la interpretación y la simbolización del síntoma.
Condición por la que con este tipo de pacientes, se puede pensar el tratamiento psicoanalítico como un cuerpo de dos que tiene como objetivo el entendimiento del conflicto psíquico que no fue simbolizado y que por ello se quedó en la representación cosa, pidiendo a través de las señales orgánicas desplazadas a través del vínculo transferencial, la interpretación y contención necesarias para lograr una representación en el plano afectivo y mental (representación palabra), que en su momento faltaron en la vida psíquica del paciente.
Es ahí cuando puede hacerse uso de la transferencia corporal para dar cuenta del estado del síntoma, del nivel del pensamiento en el que se tiene colocado, del grado de tolerancia que tiene el paciente para pensarlo, sentirlo, asumirlo, afrontarlo y elaborarlo.
En esta dinámica transferencial, el analista se convierte en una madre que traduce los contenidos que no han sido procesados por el paciente. Y es que tomando en cuenta lo que describe Dejours (1992) acerca de que “toda somatización que sobreviene en el curso del análisis, está dirigida al analista en transferencia”, se debe tomar como línea de trabajo el promover mediante señalamientos e interpretaciones la ligadura de las catexias expulsadas, es decir la unión entre el factor somático y los afectos correspondientes al psiquismo, sin que en su intervención el analista influya en la asociación libre del paciente. Hay que adaptarnos a las herramientas del paciente, y pensar que las “somatizaciones” podrán ayudar a decodificar el conflicto interno del paciente, tal como lo menciona Dejours (op. cit) cuando expresa que las dolencias del cuerpo ayudarán precisamente a “abrir camino a la representaciones mentales necesarias” que vinculen al paciente con su malestar. Al respecto, Korovsky (1989) hace hincapié en que “el síntoma desaparecerá cuando aparezca la palabra”, es decir cuando se acceda al campo de la representación mental.
Otro de los efectos en el campo contratransferencial es la identificación con el analizado, en donde se suscita un intercambio de elementos inconscientes a través de la contratransferencia complementaria, en la que el analista se identifica con algunos contenidos del paciente, dejando en el analista la elección inconsciente respecto al síntoma que llega a experimentar y presentar durante el encuentro con el analizado. Korovsky (op.cit), explica que el síntoma que manifiesta el psicoanalista está determinado por su “código personal”, al mismo tiempo que por su contraidentificación proyectiva, no sin dejar de lado la identificación proyectiva del paciente.
Si en la reacción contratransferencial de repetición del síntoma el analista no advierte los orígenes de ese efecto fisiológico, habrá una fuerte tendencia a quedarse en la repetición del síntoma, junto con el paciente; ya que si el analista no apalabra e interpreta el síntoma podrá caer en el mismo conflicto que su paciente en el que la falta de representación mental desencadena la aparición de síntomas físicos ante los que probablemente no encontrará un origen consciente que los desencadene. Además, el analista en su identificación, terminaría siendo condescendiente con el analizado, por efectos de la identificación con la parte patológica.
A manera de conclusión se considera necesario el análisis de los síntomas de índole físico, ya sea que se trate de un paciente histérico, psicosomático o algún otro en el que se vea interferida la relación cuerpo-psique. Análisis que se llevará a cabo con la finalidad de profundizar en la comprensión del mundo interno del paciente, para lo cual es importante hacer uso los efectos corporales que se desplazan transferencial y contratransferencialmente durante el tratamiento, ya que mediante ellos se llegará en un primer momento al entendimiento que guiará la interpretación mediante la que se buscará restablecer la conexión entre “cuerpo y mente” que dará luz a que el paciente acceda al entendimiento de su patología y su bienestar.
 
Bibliografía:

  • Dejours, C. (1992). Investigaciones psicoanalíticas sobre el cuerpo: supresión y subversión en psicosomática. México: Siglo XXI.
  • Korovzky, E. (1989). “Contratransferencia somática”. Revista Uruguaya de Psicoanálisis. 70: p. 63-68.
  • McDougall, J. (1995). Teatros del cuerpo. España: Julián Yérbenes.
  • MacKinnon, R. (1981). Psiquiatría clínica aplicada. México: Nueva Editorial Inter-Americana.
  • Nasio, J. (1991). El dolor de la histeria. Buenos Aires: Editorial Paidós.

 
 
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