reaching-hands-1430875Por: Jessica Álvarez
La palabra “adolescente” proviene del verbo latín adolescere que significa “crecer” o “crecer hacia la madurez”. La adolescencia es un periodo de transición, en el cual, el individuo pasa física y psicológicamente desde la condición de un niño a la de un adulto. Sorenson, caracterizó esta etapa de la siguiente manera:
“La adolescencia es mucho más que un peldaño en la escala que sucede a la infancia. Es un periodo de transición constructivo, necesario para el desarrollo del yo. Es una despedida de las dependencias infantiles y un precoz esfuerzo por alcanzar el estado adulto. El adolescente es un viajero que ha abandonado la localidad sin haber llegado aún a la próxima, es una suerte de entreacto entre las libertades del pasado y las responsabilidades y compromisos del futuro” (Sorenson, 1962).
Anna Freud menciona que existe una mezcla infantil del carácter regresivo de la conducta adolescente; es la expresión típica de la lucha adolescente de recuperar o retener un equilibrio psíquico que ha sido sacudido por la crisis de la pubertad. Las necesidades emocionales significativas y los conflictos de la temprana niñez deben ser recapitulados antes de que puedan encontrarse nuevas soluciones con metas instintivas diferentes e intereses yoicos. A esto se debe que la adolescencia haya sido llamada “la segunda edición de la infancia; ambos periodos tienen en común el hecho de que un ello relativamente fuerte confronta a un yo relativamente débil” (Freud, A., 1958).
Así mismo, Erickson plantea que el período de la adolescencia se inicia con la combinación del crecimiento rápido del cuerpo y de la madurez psicosexual que despierta intereses por la sexualidad y formación de la identidad. La integración psicosexual y psicosocial de esta etapa tiene la función de la formación de la identidad personal en los siguientes aspectos:

  1. a) Identidad psicosexual por el ejercicio del sentimiento de confianza y lealtad con quien pueda compartir amor, como compañeros de vida.
  2. b) Identificación ideológica por la asunción de un conjunto de valores, que son expresados en un sistema ideológico o en un sistema político.
  3. c) Identidad psicosocial por la inserción en movimientos o asociaciones de tipo social.
  4. d) Identidad profesional por la selección de una profesión en la cual dedican su energía y capacidades de trabajo y crecimiento profesional.
  5. e) Identidad cultural y religiosa en la que se consolida su experiencia, además de fortalecer el sentido espiritual de vida.

Continuando en la línea de este autor, la fidelidad es la solidificación y asunción de los contenidos y procesos de su identidad, una vez establecida como proyecto de vida, son resumidos en la siguiente frase: “Yo soy el que puedo creer fielmente.” Este proceso puede extenderse a través del tiempo previsto. El principio del orden social elaborado en la adolescencia es el orden ideológico, una visión de mundo, de sociedad, cultura y fe como fundamento teórico de la cosmovisión personal.
La relación social significativa es la formación de grupo de iguales, por lo cual, el adolescente busca la sintonía e identificación afectiva, cognitiva y comportamental con aquellos con los cuales puede establecer relaciones autodefinitorias; superar la confusión de roles es establecer relaciones de confianza, estabilidad y fidelidad.
Por otro lado, Aberastury y Knobel en el libro “La adolescencia normal”, mencionan que “Es la etapa de la vida durante la cual el individuo busca establecer su identidad adulta, apoyándose en las primeras relaciones objétales-parentales internalizadas y verificando la realidad que el medio social le ofrece, lo que sólo es posible si se hace el duelo por la identidad infantil”. (Aberastury y Knobel, 1980).
Mencionan que el adolescente debe enfrentar el mundo de los adultos, para el que no está del todo preparado, y debe desprenderse de su mundo infantil, por lo que es necesario que realice tres duelos fundamentales: Duelo por el cuerpo infantil perdido, duelo por el rol e identidad infantil y duelo por los padres de la infancia. En el proceso de entrar en el mundo de los adultos y elaborar los duelos, el adolescente necesita adquirir una ideología que le permita su adaptación al mundo o su acción sobre él para cambiarlo. Hasta desarrollar esa ideología tendrá multiplicidad de identificaciones contradictorias, lo que ayudará a que forme un sistema de valores éticos, intelectuales y afectivos.
En esta etapa, también se da el conflicto por ambivalencia entre desprendimiento y permanecer ligado. Al mismo tiempo que se manifiesta una necesidad de acompañamiento, vigilancia y límites, siente rechazo a la dependencia buscando autonomía.
Ahora, ¿Cómo manejarse con esa ambivalencia y con esas tendencias contradictorias? Una solución transitoria es refugiarse en la fantasía. Lo que tiene como efecto, muchas veces, un crecimiento de la hostilidad hacia los padres. Por lo que es preciso que se haya instaurado un espacio de diálogo que ayude al adolescente a lograr sus conquistas en los planos de la ideología y del amor, otorgando libertad, cuidado, cautela, empatía y comunicación.
Para Peter Blos, la adolescencia es un segundo proceso de individuación, siendo el primero aquel que se completa a los tres años de edad con la diferenciación del “Yo/No Yo”, en donde existe un emerger hacia el mundo adulto y hacia la sociedad global. Hay un desprendimiento de las figuras parentales infantiles, lo cual abre camino a las relaciones objétales adultas.
Antes de que el adolescente pueda consolidar esta formación, debe pasar por etapas de autoconciencia y de existencia fragmentada. Los esfuerzos resistentes, opuestos y rebeldes, las etapas de experimentación, el probar- todo, tiene una utilidad positiva en el proceso de autodefinición. “Éste no soy yo” representa un caso importante en el logro de la individuación y en el establecimiento de la autonomía, en donde la figura parental deberá estar alerta con respecto a los límites y reglas, para prevenir conductas de riesgo en este.
Además en esta etapa, se le presentan problemas nuevos y con menos tiempo para resolverlos que en ningún otro periodo anterior de su vida. Al apartarse de su hogar para integrar grupos de pares, ya no cuenta con modelos de la conducta deseable, de los que antes disponía al instante. Por ésta razón es fundamental que existan en su entorno modelos de identificación con los cuales logre empatizar y elabore de manera funcional la transición de la infancia a la vida adulta.
Pero ¿qué pasa si el adolescente no cuenta con la empatía y cercanía de las figuras parentales?
He aquí cuando surgen los modelos de identificación externos. Estas figuras proveen contenidos yoicos y efectúan la estructuración de las representaciones metales del mundo externo ya que a medida que los adolescentes se evaden del círculo familiar para lograr identidad, las personas ajeas tienen más influencia sobre sus valores y toma de decisiones que los padres. El impacto de estas figuras depende sobre todo de la brecha existente entre sus valores y los paternos. Esto no quiere decir que los jóvenes rechacen todos los valores y recomendaciones de sus padres.
Además de los ídolos que la sociedad de consumo les va aportando al imaginario de los adolescentes, en muchos casos nos encontramos con figuras adultas que ocupan un lugar de idealización y les permiten entablar una relación con algún adulto que representa de un modo u otro el ideal del yo que se va construyendo; de esta manera surgen en la adolescencia relaciones de compañerismo y verdadera amistad con profesores, tutores, monitores, los padres de otro niño, o los amigos de algún hermano o primo mayor. Estas suelen ser relaciones extremadamente enriquecedoras para el mundo del adolescente ya que le ayuda a la formación del carácter, listo para entrar en la etapa adulta.
El autor Anderson llama a estas figuras sustitutas o modelos de identificación externos, “guías” y explica que “la tarea del guía es facilitar al adolescente el desplazamiento desde la seguridad de la infancia hasta la responsabilidad de la vida adulta”. (Anderson, 1960). Haciendo hincapié en que la guía no corresponde solo a los padres, sino también a todos los que conviven o trabajan con adolescentes.
Chapman, señaló tres normas básicas para que el pasaje a la vida adulta ocurra con facilidad: amarlos, fijarles límites y dejarlos crecer. Esto significa que la transición será más fácil si el adolescente sabe que es amado por personas que son significativas en su vida, si tiene la seguridad que proviene de saber cuáles son las limitaciones que regulan su comportamiento, de manera que dispone de “guías” para conformarse a las expectativas sociales y, por último, si se le da la oportunidad de crecer y de ser independiente en lugar de ser sobreprotegidos o ignorados.
Dicha identificación con las figuras sustitutas o guías establece una creciente experiencia de la constancia del mundo externo ya que existe una necesidad del adolescente de escucha y empatía, en donde las figuras parentales son relevantes y la intervención de otros adultos puede prevenir conductas antisociales y patológicas en un futuro.
Existe una estrecha relación entre las dificultades normales de la adolescencia y la anormalidad que podríamos llamar la tendencia antisocial.” La diferencia entre ambas radica no tanto en el cuadro clínico como en la dinámica y la etiología de cada una de ellas. La tendencia antisocial puede ser producto de una deprivación. Puede haber ocurrido que la madre; en un momento crítico, se mostrara retraída o deprimida, o que la familia se haya desintegrado. Por lo que un sustituto puede proporcionar afecto y contención.
Detrás de la tendencia antisocial en el adolescente siempre ha existido un período de salud y luego una interrupción, después de la cual, las cosas ya nunca volvieron a ser como antes. El adolescente antisocial busca de alguna manera, violenta o seductoramente, conseguir que el mundo reconozca su deuda, o bien, trata de que el mundo restablezca el marco que perdió en algún momento de su vida. Por lo tanto, la tendencia antisocial es fruto de esta deprivación.
Para comprender esto, relataré un ejemplo en dónde se muestra la relevancia de ésta necesidad de escucha y empatía por parte de una figura sustituta o guía.
Primer día de trabajo de una maestra a nivel secundaria, sus compañeros; otros maestros, le pidieron que los escuchara acerca del perfil de algunos alumnos con los que trabajaría por lo que restaba del ciclo escolar. Ella, escucha atentamente, pero de pronto, comienzan a proporcionarle características de un alumno llamado Lalo, el cual; a su decir, tenía el perfil de un “mini delincuente, desafiante, grosero, sin alguna capacidad sobresaliente”.
La maestra al escuchar esto, se preguntaba, ¿Qué lo motiva a conducirse de la manera en que actúa? ¿Cómo será su dinámica familiar o qué querrá expresar con ese comportamiento? Les agradeció que la alertaran con respecto a los líderes negativos del grupo y siguió rumbo al salón de clases.
Entró, saludó al grupo y se presentó. Instantáneamente se percató de que había un alumno con audífonos puestos y que no prestaba atención, actuando su desinterés y apatía por lo que sucedía a su alrededor. La docente decidió pasar lista para confirmar que era “el famoso Lalo”, y en efecto, al pasar su nombre, el alumno no respondió, sin embargo, su mirada se encontraba fija en la dinámica del salón de clases.
La maestra decidió no prestarle atención por lo que continuó su clase con el resto de los alumnos. Así transcurrió una semana, en la cual, el alumno no participaba, no retiraba sus audífonos y aparentemente no prestaba atención a las dinámicas grupales.
Llegó la segunda semana de clases y la maestra preguntó a sus alumnos sobre los temas que les gustaría abordar en la materia, a lo que Lalo respondió en voz alta y firme, “A mí me gustaría ver temas interesantes como fenómenos sociales por ejemplo”, la maestra únicamente asintió y escribió su idea en el pizarrón. A la siguiente clase, se abordó el tema de “Grupos de subcultura y sentido de pertenencia, ejemplificándolo con los grupos delictivos Mara Salva – trucha”, clase en la que el alumno una vez más no retiró sus audífonos y permaneció toda ésta dibujando en un cuaderno, teniendo únicamente una participación en la cual mencionó “yo ya sé a qué me dedicaré de grande, voy a ser narco”.
Al llegar el examen bimestral, la maestra se llevó una grata sorpresa ya que Lalo, había sido el único 10 en el grupo, teniendo respuestas muy bien fundamentadas. Por lo que no dudo en reunirse con él y reconocerle esto. El alumno se retiró por primera vez los audífonos y le respondió “Miss, desde el primer día escuché todo lo que nos enseñó, le puse atención y aunque no haga apuntes, trato de comprender los temas. Usted ha sido la única maestra en estos 3 años que me ha puesto un poco de atención sin regañarme ni decirme lo mal que hago las cosas, es más, le diré lo que hago en las clases”, Lalo trajo consigo un cuaderno y se lo mostró.
En éste, el alumno había plasmado obras de arte, dibujos de rostros y ciudades, realizados a lápiz y plasmando una frase o un poema detrás de ellos. “Le enseño los dibujos pero no los poemas, esos son muy personales”. La maestra nuevamente le reconoció el gran talento que tenía y comenzaron a dialogar respecto al tema.
A partir de dicho evento, el alumno comenzó a acercarse a ella unas veces dialogando sobre experiencias de vida que él quería compartir, otras más participando en clase y algunas de ellas con un saludo cordial y con un gesto de alegría en el rostro.
Lalo comenzó a mostrar mejoría en sus demás materias, evitaba las conductas de riesgo que anteriormente realizaba como: manejar el coche de sus padres sin permiso, robar cigarros en los puestos de revistas, consumir alcohol, entre otras. Elevó su promedio final y logró su ingreso a la preparatoria.
El último día de clases, Lalo le comentó a la maestra delante del grupo, “Miss, ya tengo claro a qué me dedicaré de grande, voy a ser arquitecto porque soy bueno dibujando y me gusta”.
Actualmente, Lalo se encuentra en la preparatoria, saluda cordialmente a su maestra y en ocasiones se acerca a ella para entablar una conversación con respecto a temas que a él le interesan o experiencias de vida que desea compartir.
El objetivo de relatar este caso es para evidenciar la importancia de escuchar al adolescente, con la cual como analistas, podemos brindar sin necesidad de hacerlo dentro del consultorio. Es decir, escuchar al otro; en especial al adolescente, puede contribuir a la prevención de conductas antisociales que concluyan en un rasgo psicopático ya que como lo menciona el autor Rosenstein, “la inseguridad del vínculo se ha asociado con mayores niveles de depresión, ansiedad, resentimiento, problemas con el consumo de alcohol y conductas antisociales” (Rosenstein, 1993).
Una figura sustituta o guía, tiene la finalidad de ayudar a que el adolescente se identifique con un modelo parental sustituto y con ello, logre la individuación y capacidad de establecer relaciones positivas con otras personas; desde los miembros de su familia, grupos sociales, además de la sociedad y la humanidad como un todo. Estas relaciones establecidas de forma consistente son importantes para poder construir relaciones de cooperación, participación e integración. Volviéndose así semillas de los valores de amor, fraternidad y solidaridad.
Por lo que al estar en contacto y fungir como modelos de identificación con adolescentes, podemos lograr la resolución de conductas conflictivas con normas sociales, la falta de integración con su entorno y una reestructuración superyocia más adaptativa, logrando una formación de identidad personal y asegurando un firme arraigo en la comunidad humana a partir de una vida adulta.
 
Bibliografía

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    • Blos, P. (1971). Psicoanálisis de la adolescencia. México: Joaquín Mortiz.
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    • Lester, D. “Suicide as an aggressive act”. The Journal of General Psychology, 1968.
    • Sorenson, R. (1962). Youth´s need for challenge and place in society. Washington: National Committee for Children and Youth.
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Imagen: freeimages / Julia Freeman-Woolpert
 
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