Huellas y marcas en la piel, un intento de bordear el vacío

Autor: Paola Hamui

El tatuaje es un acto que se realiza desde hace siglos, se utilizó como marcas que indican pertenencia, como rituales tribales, como un método de despersonalización (2ª Guerra Mundial), como forma de transmitir o transmitirse algo, como símbolo, simbolizante o al menos un intento.

Tanto antropólogos como filósofos han estudiado diversos tatuajes así como sus cambiantes significados a través de las distintas épocas y culturas.

La práctica del tatuaje es para el psicoanálisis un universo rico y complejo de significaciones (Reisfeld, 1999). Es importante cuestionarse el deseo del paciente de realizarse un tatuaje determinado y el contexto en que tuvo lugar dicho tatuaje, así como qué función a nivel inconsciente cumple dicha huella en la piel.

Cada vez son más las personas que deciden hacerse una marca permanente en su piel, hay una gran variedad de tatuajes, en diversos tamaños y lugares del cuerpo, así como con diversos contenidos e intenciones.

Los tatuajes de emblemas musicales o deportivos muestran el orgullo del sujeto y le dan un don de pertenencia, ser parte de algo frente a los otros, ser alguien en lugar de nadie.

Se encuentran entre ellos, aquellos tatuajes más bien estéticos, como pequeñas mariposas, flores corazones o diversas palabras en otros idiomas que expresan, amor, paz, equilibrio; pequeños tatuajes tratando de marcar algo “positivo” en la piel, tatuajes cargados un poco más de eros que de tánathos, son aquellos tatuajes que se pueden catalogar con los cambios y marcas en la piel que buscan más bien un sentido estético en ésta (dejando claro que ésta marca es única que define, distingue y por lo tanto diferencia a la persona de la homogeneidad). Son estos los pequeños tatuajes que complementan o se pueden comparar con el maquillaje, los aretes. Quizá cumplen como Lucien Israel (1979) menciona con bordear todos los huecos del cuerpo: son aquellas marcas permanentes o no, que tratan de llenar o al menos distraernos del vacío.

HUELLAS EN LA PIEL: Pero ¿Qué sucede cuando estos tatuajes no son ni pequeños ni lindos y más bien muestran un gran dolor?, ¿Qué lleva a algunas  personas a decidir marcarse, no solo un tatuaje, sino tantos, que en la mayoría de los casos pierden la cuenta del número de tatuajes que se han realizado? ¿Qué pasa con aquellos tatuajes que cubren una gran porción del cuerpo y que al verlos despiertan en el espectador una sensación ominosa?, ¿Qué sucede cuando es en el tatuaje donde observamos aquel sufrimiento que ha sido inscrito en el cuerpo, en la piel específicamente de manera permanente?, ¿De qué nos habla aquél lienzo vivo que es la piel cuando el dolor quiere callar?

 El tatuaje lejos de ser una respuesta a la moda imperante o deberse a conductas imitativas, se ha convertido en el medio privilegiado para construir una identidad diferenciada por un lado y en el mejor de los casos, ya que por otro lado puede ser un intento de representación inconsciente (esto último profundizaré mas adelante).

Según María Lucila Pelento (1999) hay múltiples fuerzas contrastantes y de tensión que se dan cita en la época actual y que someten a las personas a experiencias de discontinuidad, fragmentación y masificación. Arendt (1953) menciona que gran parte de las personas en la época actual se ha perdido de la memoria del pasado y viven así la impotencia que se produce al dejar fuera una trama o trauma; al excluir de la memoria dichos traumas éstos quedan sin elaborar y no encuentran su lugar en la memoria psíquica del sujeto, ante lo cual es necesario inscribirlos en la memoria de la piel. Quizá los tatuajes representan aquella voz callada, que no se pudo siquiera formular.

Tal vez los tatuajes son aquellos traumas que al no ser inscritos en la memoria psíquica, se quedaron sólo a nivel de representación imagen, la cual la persona necesita portar, ya que no accedieron a la representación palabra. Al poner en  palabras algún trauma se puede comprender, se puede elaborar,  cuando esto no ha sido posible estos traumas como marcas – memorias duraderas se escriben en la piel.

El tatuarse también tiene que ver con el individualismo extremo. Cada vez más, los límites son los del propio cuerpo, transformándose el tatuaje en un modo de posesión y diferenciación, tener algo que nadie le pueda despojar, es una necesidad de  marcar la alteridad.

El tatuaje implica no solo un cambio en la imagen corporal si no un cambio también en la propia identidad.

Pelento postula que la proliferación del tatuaje se puede deber a algunos de los siguientes puntos:

  •  Necesidad de reforzar los bordes del cuerpo frente a su temida disolución.
  • Necesidad de mejorar la imagen, cuando se trata de un sujeto instituido como sujeto de la imagen (el sujeto de la imagen “es” una imagen) éste sujeto busca una marca personal (la marca que no pudo internalizar) como manera de ofrecerse a sí mismo un ser consistente (o al menos un intento); a diferencia del sujeto instituido por la consciencia que se define por lo que piensa (Corea, 1996; Pelento, 1999)
  • El tatuaje es una imagen imborrable que recuerda el paso del tiempo, el recuerdo se mantiene en el cuerpo. La piel tatuada es un lienzo en busca de continuidad.
  • El tatuaje como puente entre lo corporal y lo psíquico.

Cuando miramos un tatuaje de este tipo, muchas veces nuestra mirada se dirige a los dibujos antes que a la mirada de su portador, y estas imágenes han despertado en nosotros las posibles sensaciones que llevaron al mismo sujeto a marcarse. ¿Qué es lo que una persona nos quiere transmitir al marcar su piel con dibujos siniestros, y en ocasiones hasta grotescos? O quizá la pregunta adecuada sería ¿Qué es lo que él mismo se intenta decir, o tal vez qué es aquello que porta y por qué no lo ha podido simbolizar psíquicamente? De aquí la importancia como psicoanalistas de adentrarnos en ésta nueva forma de expresión y profundizar en cómo ha sido utilizada la piel que resulta ser el más primitivo pero también más importante medio a través del cual nos relacionamos con el mundo. La piel cumple un papel primordial en la primera relación con la madre. La madre inviste a través de la piel a su pequeño. El contacto es una fuente de placer pero sobre todo de reconocimiento. Al desviar nuestra mirada al tatuaje antes que a la propia mirada de su portador lo que nos intentan decir es que nunca fueron vistos, nunca fueron mirados y por lo tanto tampoco investidos de ésta carga afectiva necesaria para diferenciarnos. Al marcar el cuerpo la persona lleva la mirada a aquello que nunca se miró.

El tatuaje suele aparecer como un aborto de un trabajo psíquico el cual no se elabora pero se porta.

IMAGEN CORPORAL Y PIEL: Schilder (1958) define a la imagen corporal como una representación mental que nos formamos de nuestro cuerpo y son muchos los factores que nos llevan a su construcción: impresiones táctiles, térmicas, de dolor, sensaciones que provienen de las distintas funciones corporales, actividad corporal y zonas erógenas. Hay un énfasis en que la imagen corporal se constituye sobre la base de la experiencia social (cómo nos percibimos frente a los demás y cómo éstos nos perciben, su interés, las sensaciones que nos provocan al vernos o tocarnos).

Ligado al esquema corporal se constituye un sentimiento de identidad y autovaloración del sujeto.

Freud (1923) en “El yo y el ello”  define al yo no sólo como esencia superficie si no como la proyección de una superficie, “el yo apuntala lo corporal además de representar la superficie del aparato psíquico”.

Anzieu (1987, 1990) trabaja el concepto de yo piel y sus funciones de correspondencia con la piel, donde la piel psíquica encuentra un apuntalamiento en la piel corporal. El niño desde las fases tempranas de su desarrollo se representa a sí mismo como un yo con contenidos psíquicos a partir de sus experiencias en la superficie del cuerpo (piel).

 

Este desarrollo lleva dos momentos:

 

  • El primero, la sensación de una piel común a partir del continuo contacto con la madre.
  • Y segundo la gradual desaparición de ésta piel común a partir de las experiencias de acercamiento separación de la madre con su bebé y el reconocimiento  de que cada uno posee su propia piel. En esta fase aparecen fantasías de piel arrancada, robada o maltratada y si estas son dominadas, el yo piel sentido como propio funciona como una envoltura psíquica de los contenidos así como la interiorización del entorno materno.

Cuando hay fallas en este proceso Anzieu comenta que pueden darse dos formas de angustia:

1-Estado de excitación pulsional permanente y difuso que busca en el dolor físico la existencia (esto se puede relacionar con el dolor que provoca hacerse un tatuaje) el cuerpo obtiene a través del sufrimiento su indicio de objeto real.

2-La envoltura existe pero como no hubo continuidad estable se vive con agujeros, un yo piel coladera donde los pensamientos o recuerdos se conservan con dificultad y predomina la ansiedad de tener un interior que se vacía (el tatuaje pudiese ser un intento de colorear o bordar aquellos agujeros).

 

Según Pichon Riviére los trastornos o enfermedades de la piel tienen su origen en una madre que no toca a su bebé por temor a que brote su hostilidad reprimida.

Meltzer menciona que la piel registra experiencias no vividas casi alucinadas, así como fuertes afectos que resultan irrepresentables suelen expresarse en la piel (como enfermedades de la piel).

Las memorias en el cuerpo aluden al trauma para más tarde simbolizar yo piel (Anzieu).

 LA SEGUNDA PIEL: Cuando los sujetos se tatúan todo el cuerpo “vestido – tatuaje”, el tatuaje funge como una segunda piel que nadie le puede quitar ni desgarrar, el sujeto vivencia inconscientemente este tatuaje como una forma de protección.

 El sujeto busca ser reconocido por su alteridad el tatuarse: es un símbolo de resistencia a la homogeneidad.

Generalmente estos jóvenes se realizan su primer tatuaje alrededor de los 18 años, sin tener una razón clara del por qué tatuarse, simplemente lo hacen “porque si”. Éste primer tatuaje en estos muchachos funge como un activador de conflictos psíquicos más severos, cuando el acto de tatuarse se convierte en algo compulsivo (Pelento, 1999).

La necesidad de tatuarse predomina y  va antes de la elección del diseño con significado simbólico, generalmente llegan a los locales y allí eligen que se quieren tatuar.

Una segunda piel equivale a hacer un cambio en la piel el cual repercute en un profundo cambio a la figuración del self.

Bick (1970) menciona que el concepto de segunda piel da cuenta de la fallida adquisición de la función psíquica de contención, cuyo origen remonta a la temprana relación madre – hijo que  ocasiona que en su forma mas primitiva las partes de la personalidad son vividas como carentes de una fuerza capaz de unirlas, ante lo cual la piel funciona como un límite. Esta cuestión interna de contener depende de la introyección y posterior identificación de las funciones contenedoras del objeto y esto origina la fantasía de un espacio interno y uno externo. El objeto hace las veces de continente, como una piel.

Las dificultades en esta fase se traducen en una ausencia de noción de espacio dentro del self. Esto da lugar a un uso masivo de identificaciones proyectivas, a la conformación de una segunda piel como sustituto del continente– piel.

Doron (1990) dice que se puede pensar el hecho psíquico en palabras y formas, habla del operador psíquico que es creado por el sujeto y relaciona el adentro del afuera, su empleo permite la simbolización. Por lo tanto la piel es tratada en el tatuaje como una superficie o pantalla en la cual se pueden proyectar una gama de fantasías, afectos, o situaciones conflictivas inconscientes en su mayoría (de aquí lo siniestro y terrorífico de la mayoría de los tatuajes).

Los adolescentes sobre tatuados no alcanzan a procesar mentalmente  por lo que requieren de un elemento visual concreto en la piel como intento de ligadura representacional. El tatuaje funciona como un medio de recordar lo que se ha vivido (Reisfeld, 1999). En estos jóvenes existe una dificultad para la representación psíquica.

El cuerpo pasa a  tratar de elaborar conflictos o tramitar afectos. El tatuaje para Doron funcionaría como un necesario operador psíquico que posibilita un tramo o intento a la simbolización.

Nos encontramos frente a un espacio delimitado en la piel cuando el espacio psíquico no fue capaz de contener, surge ante vivencias muy tempranas de fragmentación, toda la experiencia del tatuarse procura llenar carencias muy primarias (Bick, 1970).

El cuerpo decorado va creando una nueva envoltura (Anzieu) va anulando al ser anterior asumiendo una identidad original plasmada de fantasías, huellas y marcas inconscientes.

 PUNTOS IMPORTANTES A TOMAR EN CUENTA EN LA CLÍNICA PSICOANALÍTICA:

  •  Es importante la relación del sujeto con la inscripción, en ocasiones representa la condensación entre ser y estarCon frecuencia cuando una persona se arrepiente de haberse hecho realizar un tatuaje sus motivos de angustia se relacionan con el tiempo: tener  incrustado en la piel un tiempo quieto o sentirse atado a un pasado del cual reniega (Pelento 1999).
  • Es importante determinar  en qué medida se trata de una inscripción individual propia de una sociedad totalmente atomizada o de una verdadera creación singular. Aun cuando el sujeto cree que su tatuaje es totalmente personal, el impacto del espacio transubjetivo ejerce violencia, descubriéndose con frecuencia durante el análisis su carácter alienado (Puget 1996).
  • Todo tatuaje es un enigma o enmascara un enigma y requiere de un trabajo interpretativo.
  • En la piel  a través del tatuaje actúan diversas fuerzas, cada sujeto es distinto y tenemos que ver al tatuaje no sólo como una marca de la época o de la moda.
  • Es importante determinar cuando este tatuaje es un trabajo de carácter interno o cuándo lo es de carácter externo (al que el sujeto fue obligado).
  • Es importante definir si el tatuaje surgió de fuerzas pulsionales desorganizadas y desorganizantes o si es producto de un intento de simbolización, ya que puede ser  propulsado por vínculos sociales, o impuesto por alguna situación política o genocida, por pacto sectario, violación, pacto de naturaleza social o tal vez antisocial.
  • Hay que observar si permite cierta simbolización, o el despliegue de un acto creativo.
  • Qué configuración de fuerzas lo llevaron a crearlo(s), estas son específicos en cada persona.
  • Es importante el tatuaje y el significado que éste tiene para el paciente.
  • Habrá que indagar que significa la zona del cuerpo para el sujeto y el porqué de plasmar allí esta o esa imagen.

El tatuaje no logra simbolizar aquello que psíquicamente representa se queda en un mero intento, una especie de síntoma por lo cual es importante decodificar lo inconsciente de aquello plasmado.

 VIÑETA:

Lizbeth Salander, de 28 años de edad nació en Estocolmo su madre una mujer humilde conoce al padre  a la edad de 17 años, él, un espía soviético bastante violento quien después de que nace Lizbeth las abandona, apareciendo de cuando en cuando a maltratar y violar a la madre de la paciente, la pequeña al contar con sólo 12 años de edad después de una de éstas visitas del padre y ante el maltrato hacia su madre le avienta un cartón de leche lleno de gasolina, enciende un cerillo y le prende fuego, cómo el único recurso que la chica encontró para terminar con el sufrimiento. Después de éste acontecimiento la chica pasa su adolescencia en psiquiátricos, desarrollando una personalidad desconfiada y ensimismada y con poca capacidad de establecer relaciones interpersonales.

Hoy en día encontramos a la muchacha con un enorme tatuaje de dragón en la espalda, convirtiéndose metafóricamente en ese dragón  para defenderse del padre y ahora para defenderse del mundo. En Lizbeth encontramos al tatuaje cómo símbolo de un trauma sin elaborar, plasmado en la piel, no ha accedido a la memoria psíquica, intentando simbolizar lo insimbolizable, se puede mencionar que en el tatuaje encontramos condensada gran parte de su conflictiva.

Por otra parte podemos ver e Lizbeth ésta necesidad de diferenciarse de la homogeneidad, con su estilo, el uso de piercings y tatuajes deja clara la diferencia.

 FUENTE:  Larsson. S, (2006): La chica que soñaba con un cerillo y un galón de gasolina. Destino,  México

 Bibliografía:

  •  Anzieu, D. (1987): El yo – piel. Biblioteca nueva, Madrid.
  • Anzieu, D y cols. (1990): Las envolturas psíquicas. Amorrortu, Buenos Aires.
  • Bick, E. (1970): La experiencia de la piel en las relaciones de objeto tempranas. Revista de psicoanálisis, publicación trimestral asociación psicoanalítica Argentina XXVII, 1.
  • Doron, J. (1990): Las modificaciones de la envoltura psíquica en el trabajo creador. en la envolturas psíquicas. Amorrortu, Buenos Aires.
  • Freud, S. (1923): El yo y el ello. Amorrortu, Buenos Aires.
  • Israel, L. (1979): El goce de la histérica. Biblioteca de Psicoanálisis, Barcelona.
  • Pelento, L. (1999): Los tatuajes como marcas, ruptura de los lazos sociales y su incidencia en la constitución de la subjetividad individual y social. Revista de psicoanálisis, publicación trimestral asociación psicoanalítica Argentina LVI, 2.
  • Reisfeld, S. (1999): El cuerpo tatuado: una mirada sobre los adolescentes con tatuajes múltiples. Revista de psicoanálisis, publicación trimestral asociación psicoanalítica Argentina LVI, 2.
  • Schilder, P. (1958): Imagen y apariencia del cuerpo humano. Paidòs. Buenos Aires.

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Imagen: morguefile/Lorettaflame

 

 

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