Regina Fernández

Desde el 25 de septiembre del presente año, una particular glorieta del Paseo de la Reforma recibió la dicha de convertirse en un ícono del movimiento feminista. La antigua escultura que se posaba sobre su pedestal había perdido fama y en especial respeto, en las últimas décadas. Además, la contaminación, así como el paso de los años y de las manifestaciones habían conseguido dañar su estructura. 

Se pensaron nuevos ocupantes para la ahora vacía glorieta, pero la tardanza del gobierno, así como la polémica que rodeó a la restauración, provocaron que el espacio se quedará desocupado por más tiempo de lo planeado. Es por ello que, durante el mes de septiembre, el espacio citadino fue reclamado por colectivas feministas, quienes decidieron instaurar en ese lugar la ahora nombrada “Glorieta de las Mujeres que Luchan” (Magallón, 2021). Las jóvenes eligieron como residente del pedestal sin dueño, la silueta de una mujer con el puño en alto. Dicha figura pretende representar a las mujeres que han luchado en contra de la violencia de género, así como aquellas que han denunciado la impunidad de los crímenes sexistas y los asesinatos de las hermanas que desaparecieron. 

La obra es un verdadero ícono del feminismo interseccional, aquel que pretende incluir en la lucha a todas las mujeres, de todas las clases sociales, de todos los grupos étnicos y por supuesto, de todas las combinaciones cromosómicas. La escultura no representa únicamente a un tipo de mujer, representa a todas, porque todas fuimos y todas seremos. 

Desde su inauguración, el colectivo feminista Antimonumenta −mismo que está detrás de otros preciosos actos de valentía y reclamación de espacios− ha organizado actividades para cobijar a los familiares de las víctimas de feminicidios, así como fungir como un lugar para la denuncia y el rechazo abierto a la complicidad del Estado. En dicha esquina se llevan a cabo ceremonias para conmemorar a las mujeres que se han perdido en manos de la violencia, aquellas que siguen desaparecidas o cuyos crímenes han quedado impunes. El antimonumento ha permitido que se visibilicen los nombres de estas mujeres y que nunca se olvide lo que les ocurrió. 

Este evento, me hace encontrar similitudes con otros movimientos sociales que han ocurrido en América Latina liderados por mujeres; principalmente, me refiero a las Madres de la Plaza de Mayo. Este grupo de activistas que nació a partir del terrorismo de Estado en la Argentina de la década de los setenta obtuvo una relevancia singular como movimiento de denuncia y de visibilización de los crímenes de Estado que quedaban impunes. (Gorini, 2017)

Las reuniones comenzaron en el año de 1977, seleccionando como ubicación principal un espacio público donde podrían ser escuchadas o al menos vistas. La Plaza de Mayo fue testigo de una de las movilizaciones más importantes en contra de la violencia y la impunidad, las Madres se reunían todos los jueves a las 3:30 a protestar en silencio. Debido a que no se les permitía reunirse en grupos de más de cinco personas, las mujeres tenían que caminar alrededor de la plaza, exigiendo así que se les diera a conocer el paradero de sus hijos e hijas, quienes habían sido asesinados y desaparecidos por ser considerados “enemigos del Estado”.  (Gorini, 2017)

El movimiento creó un sostén emocional para los familiares de las víctimas, a quienes se les había negado la posibilidad de sobrellevar el duelo en compañía de otras personas, debido a las peculiares circunstancias en la que sus hijos e hijas habían desaparecido. La reclamación de un espacio público como lo es la Plaza de Mayo, fue clave para crear vínculo entre las activistas y ampliar la movilización a otros territorios. La dictadura de Videla y demás miembros de la Junta Militar jamás anticipó los efectos que estas reuniones tendrían, no lograban ver más allá del estereotipo de ama de casa e ignorantemente pensaban que el poder de la mujer se limitaba a la esfera de lo familiar y lo privado. Las reuniones semanales de los jueves, les otorgaron a las Madres la posibilidad de acceder nuevamente a su posición como sujetos, recuperando la determinación y gestión sobre sí mismas.  (Hollander, 2019)

Detrás de estas activistas, el psicoanálisis también fungió como estructura de contención y sostén emocional. Los psicoanalistas participaron activamente en contra de la dictadura, trabajando con las víctimas y los estragos de la represión gubernamental. (Hollander, 2019) Su participación activa en la comunidad les permitió detectar que las causas sociales, especialmente aquellas que denuncian la violencia y privación de derechos humanos son causas justas y legítimas para el psicoanálisis. De igual manera, el movimiento provocó que se comenzara a cuestionar el principio de neutralidad. Se denunciaba que la neutralidad era una imposibilidad, principalmente porque el psicoanalista siempre estaba inserto en categorías sociales y los sesgos que de ahí se desprenden. (Hollander, 2019)

La irrupción violenta de la dimensión social en la subjetividad del paciente quitó la ilusión de que uno, como psicoanalista, puede mantener lo social fuera de las paredes del consultorio. Se reconoció la importancia de legitimar el trauma social, comprender sus efectos en lo individual y reconocerlos más allá de los procesos inconscientes. Sin duda, lo opuesto resulta mucho más cómodo, el pensar que el psicoanálisis puede divorciarse de lo político y que es impermeable de las presiones históricas, permite que el psicoanalista no tenga que cuestionarse su propia complicidad con el sistema. (Hollander, 2005) 

Así como en la Argentina del siglo pasado, nuestro país también se encuentra frente a una crisis de violencia y el silencio de las autoridades resulta devastador. Según datos oficiales, en el 2021, tres mil mujeres fueron asesinadas en nuestro país en manos de la violencia de género. (Barragán, 2021) Estas desgarradoras cifras, aunadas a los asesinatos de odio en contra de las personas trans, los cuales también siguen en aumento a pesar de que todavía no se cuenta con cifras oficiales, son evidencia de la crisis que atraviesa México. (Redacción Milenio, 2021) Las personas se están muriendo y seguimos creyendo que el debate está en si agregamos o no, una “e” a nuestro discurso. ¡Protejamos el español a toda costa! Mientras tanto las personas pueden seguir muriendo por su identidad género u orientación sexual. 

Es evidente que estos hechos han provocado un desequilibrio social y emocional significativo; frente al miedo a lo desconocido y las transformaciones que se empiezan a instaurar, las brechas entre generaciones y formas de pensamiento se ensanchan. Los grupos de poder buscarán mantener el statu quo haciendo uso de la escisión y la proyección, ubicando a las personas que son o que piensan distinto como el “enemigo”, colocando en estos grupos que representan la “otredad” todos aquellos contenidos inconscientes que resultan intolerables. Este hecho permite que se les despoje a las víctimas y a los grupos minoritarios de su cualidad humana, así como del acceso a una subjetividad. (Klein citada en Benjamin, 2006) 

Considero que estamos frente a un posible cambio catastrófico, un momento de caos que requiere de un continente para poder ser pensado y que, frente a la falta del mismo, se corre el riesgo de estupidizarse, de criticar un movimiento sin argumentos y de sembrar violencia. 

Bion (citado en Cusien, 1994) refiere que un cambio catastrófico puede ocurrir frente a cualquier descubrimiento novedoso, que nos obligue a renunciar a lo establecido, modificando nuestra cosmovisión para integrar nuevos puntos de vista. Dicho cambio puede ser catalizador de crecimiento emocional y cognoscitivo, convirtiéndose en una herramienta para asumir la madurez y establecer vínculos de amor con el mundo que nos rodea. Sin embargo, cuando la envidia y la voracidad prevalecen por encima del deseo de conocer, se produce una catástrofe, un rompimiento que nos deja desamparados. (Britton, 1994; Cusien, 1997)

El movimiento feminista nos ha llevado a replantearnos muchos de los componentes de nuestras costumbres, mismos que son resultado de la cultura patriarcal predominante. Se puede considerar que la cultura hegemónica que prevalece con respecto a la relación entre los géneros es un grupo de supuesto básico de tipo ataque-fuga. (Grinberg, Sor, Tabak, 1991) En este sentido, los grupos feministas serían consideradas el objeto malo, que busca la destrucción de todas las convenciones e instituciones sociales, atacando a la célula principal: la familia. La mentalidad grupal dicta que el enemigo es la mujer y por ende hay que someterla, quitarle sus derechos y mantenerla en un bajo perfil, para evitar que se rebele y destruya todo lo “bueno” de la sociedad. 

Es por esta razón que la independencia y empoderamiento de la mujer resultan tan amenazantes, puesto que los grupos de supuesto básico reciben con hostilidad todas aquellas ideas que podrían promover crecimiento o desarrollo. El grupo se niega a integrar el cambio, manteniéndose en una posición predominantemente esquizoparanoide y no logrando entrar a la posición depresiva (Grinberg et al., 1991). Las pintas, las manifestaciones y la protesta vociferada de los grupos feministas, se convierten en un blanco al que hay que atacar, disipar y menoscabar. Se puede establecer un claro paralelismo entre esta situación y los ataques constantes a los que estuvieron expuestas las activistas argentinas durante sus años de lucha. Las protestas que ellas estaban realizando se consideraban antinaturales, puesto que iban en contra de la idea de maternidad y de femineidad que se tenía en la época. (Gorini, 2017)

Sin duda no es fácil como sociedad ni como individuo enfrentarse a la transformación, misma que te deja sintiéndote vulnerable, teniendo un primer efecto de desintegración y de ruptura. Como primera defensa, es adecuado mostrar una desconfianza inicial frente a lo nuevo o lo diferente, tomarse un tiempo para poder aprehender lo que está sucediendo e integrar los nuevos contenidos que en un principio resultaban amenazantes. 

Es entonces cuando el grupo de supuesto básico saca sus mejores armas, desprestigiando al movimiento, deslegitimando y descontextualizando la causa. Ahora desde la omnisciencia, se crean teorías propias para reducir la angustia. Los grupos feministas han sido víctimas de ataques de todo tipo, se habla de su resentimiento, se les categoriza como “odiadoras de hombres”, se les vincula a un partido político, se les asesina y se les violenta… Todo con tal de aferrarse a los prejuicios y la arrogancia, por no poder afrontar la vulnerabilidad, por no querer acceder a la posición depresiva. (Cusien, 1997)

Lo anterior, implicaría reconocer la pérdida, la castración y poder ajustarse a una nueva cosmovisión. Pero la realidad es que la vida es eso, la situación edípica y la posición depresiva nunca terminan por resolverse, siempre están en proceso. Crecer, amar, desarrollarse, requieren de una reelaboración constante, del reconocimiento de que ser humano, implica nunca estar terminado y eso está bien. (Britton, 1994)

De igual manera, el observar a la mujer en una posición de poder y reclamo, tiende a ser amenazante, porque conlleva al reconocimiento de éstas como sujetos y no como objetos receptores. Este hito del desarrollo implica también el reconocimiento de un coito parental creativo, donde ambas partes de la pareja son co-creadores, receptores y emisores, donde los dos tienen un rol fundamental en el dar y recibir (Britton, 1994). 

Gran parte del menosprecio hacia la mujer viene del temor a su capacidad creativa, misma que se devalúa sin ton ni son. Las madres, tan felicitadas en su día y tan despreciadas en la cotidianeidad; principalmente, porque de esta forma se les despoja de su participación en el coito parental, se convierten en un receptáculo y no en colaboradoras. Es por esta razón que su rol como activistas en contra la dictadura de Videla fue tan desconcertante, puesto que nunca se pensó que las madres tuvieran la capacidad de ser subversivas frente al orden establecido, no se pensaba que fueran capaces de crear por sí mismas (Gorini, 2017).  Britton (1994) refiere que el reconocimiento del coito parental creativo es temido por muchos debido a que se ve amenazado el objeto bueno interno, el individuo se ve despojado del pecho bueno idealizado y se le aproxima un derrumbamiento del mundo interno. 

Entonces, ¿qué podemos hacer frente a estas transformaciones?, ¿qué se ha propuesto desde el psicoanálisis? Benjamin (2006) establece que para poder transitar más allá de la relación: “el que hace” y “al que le hacen”, víctima-victimario, opresor-oprimido, se tiene que visualizar la creación de un nuevo espacio intersubjetivo en el que podemos pensar al Otro sin sentir que nos sometemos a éste. A este espacio psíquico le denomina “Tercero Moral” y se pretende que de esta manera se pueda acceder a la subjetividad de la otra persona, a su reconocimiento como un ser sintiente y co-creador. 

Es evidente que Benjamin (2006) se refiere a este fenómeno como algo que ocurre dentro de la dinámica madre-bebé y por supuesto, en la díada analítica. Sin embargo, considero que la reclamación de espacios públicos como medio para la denuncia social, en donde la víctima se presenta como un sujeto y se evita posicionar al otro como victimario; son formas de llevar esta categoría psíquica a los espacios físicos. La Glorieta de las Mujeres que Luchan y las Madres de la Plaza de Mayo, son fenómenos afectivos y privados que irrumpen en la vida pública y política, son espacios para pensar-se y pensar al Otro. Son lugares donde la terceridad se hace presente y el diálogo se construye; por esta razón, son espacios de creación y no de destrucción. Por ello, nos es fácil detectar la influencia del movimiento feminista en el psicoanálisis intersubjetivo, donde el amor y el vínculo se colocan al centro de la posibilidad de reparación mutua. (Dio Bleichmar, 2018)

En el consultorio, también nos es posible ubicar al Tercero Moral, mismo que se presenta cuando el analista y analizando son capaces de reconocer la participación del otro en la dinámica. De igual manera, la relación analítica nos brinda una oportunidad de oro para la reparación de los vínculos de tipo “el que hace” y “al que le hacen”, se vuelve un espacio seguro para que el analizando reconozca su complicidad con sistemas sociales tan arraigados como el machismo, el clasismo, el racismo, etc. En la misma forma, se pretende que el psicoanalista también sea capaz de comprender su propia complicidad con la hegemonía y los grupos de poder; lo anterior, requerirá que, el analista esté dispuesto a posicionarse en un rol de vulnerabilidad y humildad (Benjamin, 2006). De esta manera, el analizando será capaz de diferenciarse y adquirir autonomía, renaciendo como sujeto; aún cuando pertenezca a un grupo minoritario que ha sido históricamente oprimido (Padrón, 2019). La instauración del Tercero Moral en la díada analítica, creará la posibilidad de que la persona se piense como algo más que una víctima recuperando, como lo hicieron las Madres de la Plaza de Mayo, su propia voz. 

La ola del feminismo latinoamericano ha provocado un cambio en el discurso de los pacientes en el consultorio, los hombres llegan al análisis confundidos, agobiados y angustiados por no saber cómo comunicarse con las mujeres. Tienen miedo, temor de ser considerados abusivos, están resentidos porque se les ha descolocado de su rol como proveedores, y ahora ya no “saben” cómo relacionarse con los miembros del género opuesto, las MUJERES. 

En el consultorio, me encuentro con estos hombres, que reflejan un sufrimiento verdadero, que se han sentido rechazados y excluidos, que en realidad no comprenden cómo acercarse a las mujeres como pares. Y lo más curioso, es que lo más útil para poder entablar relaciones con ellas ha sido simplemente preguntarles: ¿qué es lo que necesitas?, ¿te sientes cómoda si yo hago esto?, ¿qué buscas en una relación? En lugar de querer adivinar o sobreponer el propio deseo por encima de las mismas. 

Lo anterior, por supuesto no está dirigido únicamente a los hombres; sabemos en primera instancia, que las mujeres también se encuentran envueltas dentro del grupo de supuesto básico, que, de igual forma, se adhieren a las concepciones patriarcales que han permeado con fuerza en su educación. Asimismo, es una problemática que no se puede resolver desde una concepción binaria del género, puesto que la lucha feminista interseccional también plantea la defensa de otros grupos minoritarios que han sido despreciados por ser representantes de la diferencia. 

Por ello se considera que este cambio es difícil para todes. Las mujeres, alzando la voz, siendo dueñas de sus cuerpos, rompiendo leyes y uniéndose en la hermandad, son situaciones desconocidas y, por ende, el observarlas se convierte en una experiencia dolorosa de no entender 

Es en este sentido, cuando el psicoanálisis adquiere una relevancia fundamental en el campo sociocultural, puesto que avanzar a la posición depresiva requiere de un continente que permita que la transición hacia nuevos vínculos de amor y conocimiento, tenga lugar en un espacio seguro de respeto y comprensión. La llegada del vínculo K, donde éste triunfa por encima de la envidia y la arrogancia, implica creer que los objetos buenos sobrevivirán al cambio y no se perderán en la mudanza. (Britton, 1994)

Como psicoanalistas tenemos la responsabilidad de transitar más allá del orden establecido, confrontar nuestros propios temores a la transformación y al cambio, mostrando madurez y crecimiento emocional frente a los movimientos de derechos humanos que acompañan nuestra década. Siguiendo los pasos de grandes autoras y psicoanalistas, como Burin, Dio Bleichmar, Chodorow, Benjamin, entre otras; yo también he tomado el feminismo como un referente en mi formación como psicoanalista. La teoría feminista me ha permitido mantener siempre presente la realidad objetiva como algo que existe en la dimensión individual y que tendrá la tendencia a colarse en nuestro consultorio. El feminismo me ha hecho encarar mis propios prejuicios, trabajar mi complicidad con el sistema, así como el uso y abuso de mis privilegios, y por supuesto, entender mi vulnerabilidad. Es por eso que, los movimientos sociales y actos de protesta, tales como los que menciono a lo largo de este texto, me hacen entender la importancia de mi participación activa y no neutral en las transformaciones que ocurren en mi país. 

Considero que ser feminista me ayudará a convertirme en una mejor psicoanalista y que en lugar de nublar mi objetividad, me mantiene en una posición de humildad y de escucha. Me siento enormemente agradecida con las analistas que transitaron antes de mí los caminos de los estudios de género y que repensaron el psicoanálisis desde su propia experiencia como mujeres, madres, hermanas, amigas, personas. Así como con aquellas mujeres que lucharon para que yo fuera libre, tuviera la oportunidad de elegir una carrera y de tener una participación activa en la sociedad. 

En estos seis años de formación me he encontrado con las amistades de mis colegas, con quienes he podido establecer lazos de sororidad que perseverarán mucho más allá de las paredes de estos salones. Sé que gracias al feminismo y al psicoanálisis yo también encontré mi propia voz. Y que ahí en la calle de Puebla en el número 422, segundo piso, lugar donde establecí un consultorio físico, también hice mi propio reclamo social, mi pequeño monumento. Un lugar seguro para que los y las pacientes que tengo la fortuna de conocer exploren sus propias categorías sociales, su existencia como sujetos, su derecho de existir. 

Bibliografía

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  • Redacción MILENIO. (2021). Pese a falta de datos oficiales, alerta cifra de asesinatos de personas trans durante 2021. Recuperado de https://www.milenio.com/policia/alerta-cifra-asesinatos-personas-trans-2021