Regina Fernández

Mamá dice que la vida es una caja de chocolates, nunca sabes cuál te tocará. 

(Forrest Gump, 1994)

Esta es una de las frases más recordadas de una película ampliamente galardonada y taquillera que se estrenó en los años 90 ‘s: Forrest Gump. El largometraje cuenta con la inolvidable actuación de Tom Hanks; da la impresión de que uno de los caminos más fáciles hacia la tan codiciada estatuilla dorada, mejor conocida como “Óscar”, consiste en representar el papel de una persona con discapacidad. Para muchos, el único contacto que han tenido con la discapacidad ha sido a través de las películas, siendo testigos de historias conmovedoras de amor y superación personal. Películas que han sido creadas para hacer sentir bien al espectador sin discapacidad, pero que en realidad no hacen mucho en términos de representación y visibilidad. 

La imagen de la persona con discapacidad, feliz, inocente y alegre es uno de los más comunes estereotipos que se repite en las películas. Detrás de esa sonrisa angelical y simplona, vimos a Forrest perseguir a Jenny por todo Estados Unidos, pero jamás nos confrontaron con la profunda sensación de desamparo, estigmatización y dolor que esconden esas sonrisas en el mundo fuera de la gran pantalla. 

Es verdad que la vida es una caja de chocolates y lo que te puede tocar en ella es impredecible, puede ser amargo, puede ser dulce; pero sin duda, entre los chocolates que puedes recibir, la discapacidad intelectual no es uno fácil de digerir. 

Entre los grupos marginados las personas con discapacidad son quizás el más vulnerado, y dentro de éstos, la población de personas con discapacidad intelectual es la que más sufre discriminación. Esto lo podemos observar con la multiplicidad de apodos que existen para la condición, algunos sumamente denigrantes y otros de plano incorrectos: “retrasado”, “estúpido”, “subnormal”, “mongoloide”, “imbéciles”, “idiotas”, etc. Es por esta razón que, entre los grupos de personas con discapacidad, sean uno de los que sigue prefiriendo la terminología centrada en la persona y no centrada en la identidad. Es decir, donde la palabra “persona” se sobrepone a la palabra “discapacidad”; opuesto a comunidades como la de “autistas”, “sordos” y “ciegos”, que han abogado a favor del lenguaje centrado en la identidad, donde su condición de discapacidad es inherente a su constitución como personas. 

De igual forma, a diferencia de otros grupos marginados, las personas con discapacidad intelectual son quizás los que menos han logrado procesos de autogestión y liberación. Es muy complicado que nos encontremos con líderes o voceros de esta comunidad abriéndose camino en temas de accesibilidad, derechos humanos y libertades civiles. En relación a esto, las diferentes corrientes de psicoterapia tampoco han tomado en cuenta a esta población y es poco común que asistan a un proceso terapéutico de tipo emocional. Es más frecuente que acudan a terapias de psicomotricidad, lenguaje, integración sensorial o terapia ocupacional, pero hay mucha negligencia a nivel psíquico y emocional. 

Sin embargo, como siempre me ha sido grato encontrar, los psicoanalistas suelen haber estado en casi todos los lugares, incluso los que parecen más recónditos e inhóspitos. En 1992, Valerie Sinason, pionera en el trabajo psicoanalítico con discapacidad intelectual, se cuestionó lo que hay detrás de lo que ella llamó “sonrisa de discapacidad”; esa actitud aparentemente tranquila y feliz que muchas veces encontramos en las personas que presentan déficits cognitivos. Y lo que encontró fue profundamente desgarrador, lo que parecía una sonrisa era en realidad un mecanismo de defensa, una fachada, una máscara, que cubría las profundas heridas de experiencias traumáticas de abuso y negligencia de las que habían sido víctimas en repetidas ocasiones. (Sinason, 1992) 

Es entonces cuando nos toca cuestionar el estereotipo, porque lo que Sinason (Stokes y Sinason,1992) plantea es que la fachada de simpleza es en realidad un falso self, mismo que encubre las experiencias de dolor, impide la creación de significados y simbolización en torno a las vivencias traumáticas. La primera vivencia traumática es la discapacidad en sí, una falla en el self, un daño en nuestra configuración, un error en la Matrix. La segunda experiencia con carácter traumático, es la respuesta de la sociedad frente a lo diferente. 

Cuando unos padres se confrontan con la posibilidad y la idea de que su hijo es “diferente”, representa una enorme herida narcisista, especialmente tomando en cuenta que el mundo desafortunadamente es un lugar terriblemente amenazante para las personas que presentan condiciones de discapacidad. La ambivalencia de un ambiente que aborrece lo que eres, es algo que internalizan desde muy temprano las personas que nacen con una discapacidad cognitiva. A este segundo evento incapacitante, Sinason lo nombra “secondary handicap” o discapacidad secundaria, refiriéndose al resquebrajamiento del mundo psíquico frente a los abusos y maltratos de una sociedad que no tolera la diversidad. (Stokes y Sinason, 1992). 

Desde muy pequeños, los niños que presentan dificultades en el aprendizaje, déficits en la cognición y poca fluidez en el lenguaje; reciben el mensaje de no ser dueños de su cuerpo, de su voluntad, ni de sus decisiones. Muchos de ellos no logran ejercer adecuadamente la autonomía ni la individuación, lo que se debe en gran parte a la dificultad para expresar su desacuerdo y a la necesidad física de los cuidados de otros. 

Es por ello que una de las problemáticas que plantea el proceso analítico de los mismos es el consentimiento, ¿realmente comprenden lo que puede brindarles un espacio como éste?, ¿serán capaces de tolerar las intervenciones e interpretaciones del analista?, ¿valdrá la pena que se sometan a un proceso tan largo?  (Corbett, 2009) Estas son preguntas que pueden rondar en la mente del analista que se aventura a recibir a pacientes con déficits cognitivos, pero la verdadera pregunta yace en las resistencias del analista, su capacidad para ser creativo y para tolerar el dolor ajeno. 

Una de las consecuencias de la falta de visibilidad adecuada de las personas con discapacidad intelectual, es la creencia errónea de que no cuentan con un mundo interno, ni con una identidad propia, nos es difícil percibirlos como sujetos de deseo. Esta equivocada idea permea a profundidad en los familiares y cuidadores de esta población, mismos que tienen una influencia y presencia importante en el análisis de personas con déficits cognitivos. A diferencia de otros adultos que llegan a nuestros consultorios, es común encontrar que aquellos con dificultades intelectuales estarán acompañados de cuidadores o parientes, siempre presentes y siempre opinando. Por lo que, al recibir a un paciente con estas características, es importante tomar en cuenta que vienen acompañados de una sombra, un observador, un vigilante; quienes pueden dificultar el proceso, así como temer la independencia que los pacientes pueden adquirir a través de su experiencia en el diván. (Corbett, 2009)

La “otredad” y descorporeización son sensaciones frecuentemente experimentadas por este tipo de pacientes, presentando una identidad fragmentada y discontinua, porque han tenido pocas experiencias del yo y mucha intervención de los otros. La sensación contratransferencial del analista frente a esta vivencia, es de adormecimiento, letargo y angustia. Los analistas que han trabajado con esta población, relatan haber padecido la sensación de vivirse como cuerpos inertes, sin vida y sin pensamientos propios. (Corbett, 2009)

En términos de Bion (1967), se puede establecer que los ataques al vínculo y al pensamiento del analista, se hacen evidentes a través de la identificación proyectiva masiva que hacen estos pacientes sobre el analista. La capacidad creativa, así como el procesamiento de los afectos se ve mermado en la discapacidad intelectual, y no exactamente por el daño orgánico irreparable que genera la condición; sino por la dificultad del entorno para pensarlos, contenerlos y reconocerlos. (Corbett, 2009)

El trabajo de encarnación será clave a través de la interpretación, uno que permita la vinculación y respeto por un cuerpo que ha sido anteriormente denigrado y ultrajado. De la misma forma, se ha encontrado que algunos de estos pacientes, empiezan a exagerar sus dificultades o incluso a fingir limitaciones que en realidad no tienen; esto con el propósito de recuperar el control sobre sus cuerpos y mantener el núcleo de su self protegido. (Corbett, 2009) (Corbett, 2019)

Como se mencionó anteriormente, las experiencias traumáticas son frecuentes y sistemáticas dentro de este tipo de analizandos; entre ellos la más común, el abuso sexual. En específico, la población con discapacidad es sumamente vulnerable a ser víctimas de tocamientos indeseados, principalmente por la poca información que tienen con respecto a la educación sexual, y secundariamente, porque todavía se les sigue considerando ciudadanos de segundo orden. Muchas veces el “secondary handicap” aparece como defensa frente a los abusos, formando una barrera de protección que impide contactar con la capacidad afectiva. Sin embargo, a esta defensa también la acompañan importantes sensaciones de impotencia, asco, repulsión y vergüenza (Sinason, 2002) (Corbett, 2009).

Sinason (citada en Corbett, 2009) explica que un componente importante de la psicoterapia con personas con discapacidad intelectual es la culpa del analista, la culpa que siente por no tener una discapacidad y la culpa por desear tener a un paciente con el que sí se pueda comunicar. Los problemas de comunicación son inherentes del trabajo con pacientes con discapacidad cognitiva, por lo que la creatividad y las modificaciones en el encuadre son básicos para crear un ambiente de estabilidad, así como receptividad. (Corbett, 2019) 

La mayoría de las intervenciones del analista tendrán que ser tomando en cuenta los principios de temperatura y distancia, de los cuales habló Meltzer (1983). El autor se  refería a la importancia de los cambios en el tono y ritmo de la voz, para ajustarse a las necesidades del analizando, modulando así la atmósfera emocional del consultorio. Este tipo de pacientes suelen tener una disposición a estar en rangos muy altos de activación del sistema nervioso o excesivamente bajos; el cuidar o prestar atención a nuestra propia activación permitirá no sobreidentificarnos con la discapacidad, situación que es frecuente entre los cuidadores de las personas con discapacidad intelectual. De esta forma, en lugar de caer en la mimesis del ritmo emocional del paciente, buscamos la regulación afectiva y la contención. (Meltzer, 1983)

Otro componente elemental que se tendrá que observar, es el de la angustia de aniquilación, experimentada por la sensación de no haber sido deseados y de la constante amenaza de que su subjetividad se vea eliminada por otro. El mensaje de vivir en un mundo donde no cabemos y donde no nos es permitido vivir, es de muerte, por lo que lo mortífero es algo que acompaña de cerca a las personas con discapacidad intelectual. La capacidad de reverie, así como de metabolización de contenidos beta, se ve enormemente dificultada en estas condiciones, lo que impide la creación de un continente que permita la mentalización y procesamiento de lo que sucede día con día. (Bion, 1967) (Corbett, 2009)

En esta situación el papel del analista como continente se vuelve fundamental, la relación que pueden establecer mientras están en el diván se vuelve paradigmática; en un mundo que nunca se ha esforzado para entenderlos, existe alguien que puede ver más allá de las palabras. 

Viñeta Clínica

Félix es el único de mis pacientes que se dio cuenta cuando el color de mi pared cambió, cuando abrí la puerta del consultorio se quedó perplejo y rápidamente corrió hacia la pared, se pegó tanto a ésta que podía olerla a esa distancia. Puso sus manitas sobre la pared y tocó la textura, recostó su cabeza y se quedó unos minutos ahí. Finalmente, cuando habló, me preguntó porqué había cambiado el color de la pared, le respondí al menos 30 veces la misma pregunta. Esa sesión se dedicó prácticamente a preguntarme una y otra vez porqué había cambiado el color, la siguiente sesión llegó y repitió durante los 45 minutos las razones que le había dado la sesión anterior. “Era blanca, pero ahora es gris, porque el gris le gusta a Regina y ella quería que fuera de ese color, ese color le gusta, pero cambió la pared y no supe qué día la cambió, no me enteré, estuve fuera cuando lo hizo, llegué y la pared ya estaba de color, dice Regina que fue el lunes, los lunes no vengo, el día que vengo es el viernes.” 

Los ritmos, las rutinas y la estabilidad son lo que le gusta a Félix, los cambios sin aviso, las interrupciones del flujo lineal, son aquello que lo desestructura. Las sesiones con Félix suelen empezar de la misma manera, entra, se esconde y espera a que yo lo busque, siempre se refugia en el pequeño clóset. Cuando lo encuentro empieza a jugar, la interpretación de esta situación hasta ahora ha sido la de un espacio transicional, una forma de traer a la vida su espacio psíquico, mismo que permanece adormecido fuera del consultorio. 

Cuando Félix llegó a mi consultorio, los padres me contaron que había sido encontrado comiendo papel debajo de una banca del colegio. De igual forma, había abierto una ventana con deseos de mostrar sus poderes de Superman y volar, también parecía tener muchos problemas para aprender a leer y realizar operaciones matemáticas. La primera vez que lo vi, Félix hablaba en una especie de código, palabras aisladas, con un orden asíncrono y con mucha confusión en la sintaxis. Su juego me parecía terrorífico, había zombies por doquier, un niño cuya madre era absurdamente negligente, poniéndolo en riesgo, y la búsqueda de mi participación en el juego era nula. Recuerdo haber sentido lo que ahora entiendo como discapacidad de transferencia, una enorme necesidad de quedarme dormida, mucho enojo por no poder comprender el discurso de Félix, pero también una angustia indescriptible, misma que no sabía cómo comunicarle. 

Ahora, tres años después de tenerlo en mi consultorio, encuentro en Félix un mundo interno lleno de significados y de contenidos. Siempre que lo veo, me hace sonreír, pero la sonrisa es ahora genuina, profunda. Trabajar con él ha representado un reto significativo, ha desafiado todas las nociones que tenía sobre el psicoanálisis y ha puesto de cabeza mi capacidad para comprender. A su lado, he sentido el más mortal de los aburrimientos, pero también la más pura alegría. Disfruto su necesidad de constancia y claridad, el esperar los ruidos conocidos y siempre sorprenderme con las particularidades de nuestra existencia. 

En realidad, siendo sincera, no sé qué diagnóstico tiene Félix, una batería de pruebas lo coloca dentro del espectro de la discapacidad intelectual, mientras que un neurólogo lo ubica en el Trastorno por Déficit de Atención, y un psiquiatra lo nombró con la temida cualidad de Autismo. Pero lo que hemos construido en las sesiones va mucho más allá de un IQ, es un lenguaje propio, que sólo nosotros entendemos, pero donde Félix se siente libre y no tiene que esconderse. En gran parte se lo debo a él, él me enseñó que mis miedos con respecto a la discapacidad intelectual eran puras resistencias y por eso le estaré eternamente agradecida. 

Las vicisitudes de un proceso analítico siempre son agridulces, el analista será quien acompañe al paciente a recorrer la caja de chocolates que la vida les ha despachado, por ello, el psicoanalista tiene que tener un estómago fuerte, mismo que permitirá que lo amargo, desagradable o angustiante de la misma, pueda ser procesado, digerido y sobre todo, pensado. Como psicoanalistas, somos responsables de utilizar la técnica para algo más que los pacientes que pueden pagarlo y que nos permiten recargarnos confortablemente en nuestras sillas. Nuestro diván tiene que ser para todxs, porque como dijo Stacy Sekinger, el hecho de que alguien no pueda comunicarse, no significa que no tenga nada importante que comunicar. 

REFERENCIAS BILIOGRÁFICAS 

Bion. W. (1967). Second Thoughts. Selected papers on psycho-analysis. Londres: Karnac. 

Corbett, A. (2009). Intellectual Disability, Trauma and Psychotherapy. Londres: Routledge.  

Corbett, A. (2019). Intellectual Disability and Psychotherapy: The Theories, Practice and Influence of Valerie Sinason.  Londres: Routledge. 

Meltzer, D. (1976).  Temperature and distance as technical dimensions of interpretation. En Sincerity: Collected papers of Donald Meltzer. Londres: Karnac. pp. 374-86.

Sekinger, S.  (2020). Recuperado el 2 de octubre de 2020 de https://speech2speakonline.com/who-we-are/

Sinason, V. (1992). Mental Handicap and the Human Condition: New Approaches from the Tavistock London: Free Association Books.

Sinason V. (2002). Some Reflections from Twenty Years of Psychoanalytic Work with Children and Adults with a Learning Disability. En Disability Studies Quarterly, 22 (3). pp. 38-45. 

Stokes, J., & Sinason, V. (1992). Secondary mental handicap as a defence. En Psychotherapy and Mental Handicap. London: Sage.