A continuación un texto de la Psic. Pilar Arce Hecht leído en el Coloquio Psicoanalítico sobre Sexualidad y Agresión, celebrado por la Sociedad Psicoanalítica de México, A.C. y la Asociación Psicoanalítica Jalisciense, A.C. en noviembre de 1980 en Guadalajara, Jal. El trabajo se publicó en la Revista Gradiva No. 3 Volumen 1 del mismo año.

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Este trabajo tiene por objeto el revisar diversos puntos de vista psicoanalíticos acerca del desarrollo femenino, tratando de esclarecer si la mujer, debido a su conformación anatomo-fisiológica o debido  alguna vicisitud en alguna fase de su desarrollo libidinal, utiliza la agresión no ya con fines defensivos o adaptativos, sino que la vuelve contra sí misma y algunas veces inclusive acompañada de placer físico y buscando una explicación acerca de éste fenómeno: revisaré si se puede producir patológicamente en ambos sexos o si se presenta con mayor frecuencia en nuestra sociedad en la mujer que en el hombre debido a que esto es un fenómeno cultural o inherente a la femineidad.
Tratando de esclarecer esto, explicaré también brevemente, debido a qué factores y en qué fases del desarrollo sitúan diversos autores el fenómeno en que la agresión en lugar de descargarse sobre el objeto externo que es sentido como agresor, la agresión se vuelve contra el mismo sujeto que la siente y se vincula posteriormente a sentimientos de culpa, depresión y fenómenos de masoquismo y duelo.
Revisaré lo que postuló Freud acerca del desarrollo femenino y a partir de él diversos autores para ver si algunas pautas de conductas femeninas son inherentes a su constitución biológica o son pautas de conducta culturales. Por ejemplo: en nuestra cultura hasta hace muy poco el ser sufrida, sometida y abnegada era una conducta muy valorada socialmente y la mujer recibía así una recompensa social por esa forma de conducta.
La gran antropóloga Margaret Mead opina: muchos, si no todos los rasgos de personalidad que llamamos femeninos o masculinos están débilmente unidos al sexo como lo está la vestimenta y las formas de peinado que se asigna a cada sexo según la sociedad y la época. Las reacciones y pautas de conducta femeninas fueron consideradas en comparación a las masculinas. Así, la actividad se vinculó a lo masculino y la pasividad a lo femenino arguyendo para esto, la conducta de ambos sexos en el momento del coito. Para sustentar esto, se tendría que hacer una revisión de lo que se considera como activo y qué como pasivo.
El carácter femenino se explicó también en relación a la envidia del pene, que se da en la niña cuando ambos sexos está explorando sus propios cuerpos en la etapa fálico-edípica.
El quedar fijado a esto sin poderlo superar es signo de trastorno, como lo es quedar fijado a cualquier otra fase de desarrollo libidinal.
El que el clítoris sea un órgano rudimentario y que la mujer tenga que desplazar la excitación y satisfacción sexual desde el clítoris a la vagina ha sido desechado por múltiples autores en la actualidad.
Sintetizaré pues a continuación lo que diversos autores psicoanalíticos han escrito acerca del desarrollo femenino.
En 1924, Freud, en el Problema Económico del Masoquismo explica este fenómeno como un resultado de la existencia de la mezcla de instintos y corresponde a aquella parte que elude ser proyectada al exterior en calidad de instinto destructivo, suponiendo que ambos instintos se mezclan en proporciones muy variables. Describe como el masoquismo primitivo pasa por todas las fases “El masoquismo se ofrece a nuestra observación en tres formas distintas: como condicionante de la excitación sexual, como una manifestación de la femineidad y como un norma de la conducta vital. Correlativamente podemos distinguir un masoquismo erógeno, femenino y moral. El primero, el masoquismo erógeno, o sea el placer en el dolor constituye la base de las dos formas restantes; hemos de atribuirle causas biológicas y constitucionales y permanece inexplicable si no nos arriesgamos a formular algunas hipótesis sobre ciertos extremos harto oscuros. La tercera forma del masoquismo y en cierto sentido la más importante, ha sido explicada recientemente por el psicoanálisis como un conciencia de culpabilidad, inconsciente en la mayor parte de los casos”.  Creo que esta tercera forma: consciencia de culpabilidad y su gestación o su desarrollo en las diversas fases libidinales nos da una explicación más realista y extensa de la psicología en ambos sexos.
En 1931, Freud, en su trabajo Sobre la sexualidad femenina, dedica toda su atención al problema del desarrollo sexual femenino. Expone con todo detalle el resultado de sus investigaciones sobre el desarrollo de la niña, hasta entrar en la fase edípica, la importancia que tiene para ella su falta de pene y las consecuencias caracterológicas posteriores que esto le causará.
En primer término llama la atención sobre la dificultad de definir claramente qué debemos conceptuar como masculino y qué como femenino, en el plan psicológico. No puede ser equiparado simplemente con lo activo y lo pasivo, por la gran actividad que biológicamente desarrolla la madre ante sus hijos. Además sería difícil discernir hasta qué punto la pasividad femenina es innata o un producto de nuestra cultura y educación sexual. Tampoco el masoquismo de la mujer nos sirve como característico de lo femenino por cuando si bien se encuentra normalmente en ella puede presentarse también en hombres. Abandona este planteo para describir detenidamente el desarrollo infantil de la sexualidad femenina y nos da un nuevo conocimiento de suma importancia: la fijación libidinosa de la niña a su padre,  a menudo muy intensa, sería ya la repetición de una situación anterior y de igual intensidad con la madre. Además este primitivo lazo suele persistir durante gran parte de la primera infancia.
Refiriéndose a la evolución sexual de la niña; Freud afirma una vez más que ella se comporta y se siente un varón, hasta ya entrada la fase fálica y que la masturbación clitoridiana corresponde totalmente a la masturbación de pene del varón. La niña desconoce prácticamente su vagina en ésta época. El comportamiento sexual es, pues idéntico para los dos sexos durante los primeros años de vida. Además, en este artículo él llama por primera vez la atención sobre el hecho de que tanto el varón como la niña dirigen sus impulsos libidinosos hacia el mismo objeto: la madre.
Pero mientras que para el varón el sexo de su primer objeto de amor coincide con el que normalmente lo atraerá toda la vida. La niña habrá de desligarse de su primer objeto; su madre para dirigirse al padre y crear así un modelo infantil para su elección heterosexual posterior. Para cumplir con un desarrollo normal, la niña tiene que tener tres cambios importantes en su estructura libidinal. Debe abandonar a su madre por su padre, desplazar la mayor parte de la excitabilidad del clítoris hacia la vagina y transformar sus fines sexuales de activo a pasivo. Estos cambios se realizan durante la fase fálica para finalizar en la pubertad. Las vivencias de la primera infancia, es decir, durante las fases pre-edípicas son de suma importancia para poder alcanzar satisfactoriamente estos cambios.
Su primera relación amorosa con la madre es fundamental para la capacidad de identificarse más tarde con ella. Si la madre ha sido buena y la niña, logra esa identificación, ella a su vez podrá ser buena madre. Si la relación fue conflictiva existe el peligro de que más tarde la repita.
Freud enumera todos los reproches que la niña hace a la madre principalmente el no haberle podido dar pene y por lo cual su amor primitivo se transforma en rivalidad y odio inconsciente.
También le reprocha haberle retirado el pecho demasiado pronto, y el rechazo a raíz del nacimiento de nuevos hermanos. La niña hace todos estos reproches a su madre; el varón sufre  las mismas desilusiones pero normalmente esto lo hace alejarse de ella. Debe haber pues, algo específico que sería un destino sólo de la niña, y esto vendría a ser la conformación de sus genitales. Al principio la niña cree, cuando se da cuenta de las diferencias sexuales, que únicamente a ella le falta el pene y que su madre tiene un falo, La madre amada de las primeras épocas sería siempre una madre fálica. Sólo poco a poco, la niña comprueba que a su madre la falta también este órgano tan apreciado. Empieza a despreciarla e inclinarse hacia al padre. En la pubertad surge una intensa excitación sexual debida a los cambios del organismo y esto hace que  se reviva la sexualidad infantil, los objetos inconscientes son los mismos que en la primera infancia, el clítoris sigue siendo zona predominante de excitación sexual. Solamente poco a poco después del primer coito la vagina atrae la excitación sexual, reviviendo sensaciones placentera de origen receptivo oral y anal.
Considera por eso Freud, que el enigma de la mujer reside en su bisexualidad, lo que explicaría también el que según él tan frecuentemente seas frígida.
Después de la pubertad llegaría a su posición femenina, por esto se explica que debido a esta larga evolución muchas mujeres fracasen en su exitoso desarrollo psicosexual.
Como respuesta a esta explicación de Freud respecto al desarrollo femenino, voy a leer lo que dice la Dra. Gaitán en su trabajo Complejo de Edipo en  la Niña: “La clínica no corrobora la aseveración de que en la mujer la conflictiva tenga por núcleo la angustia de castración. El pene es un órgano que en la cópula penetra en territorio ajeno –la vagina de la mujer- y nada tiene de extraño que la representación mental del varón sea en el sentido de que en ese territorio corre peligro de ser dañado; tenemos a ese respecto las innumerables fantasías conscientes e inconscientes de nuestros analizados acerca de posibilidades de daño de su falo bajo la forma de infecciones contraídas por una vagina séptica o castrante. En cambio desde el punto de vista femenino, durante el acto del coito y, además en la gestación, hay elementos de otro ser dentro de su propio cuerpo y la clínica nos muestra, sin lugar a dudas, que las fantasías terroríficas son en el sentido de ser desgarrada y lastimada por tales elementos extraños que han penetrado a nuestro territorio. Si alguna conflictiva ha de surgir en la sexualidad femenina adulta e infantil, parece más legítimo inferir que corresponda a la fisioanatomía de la mujer, y no a la del hombre”.
Respecto al cambio de la excitación del clítoris a la vagina ya hablamos anteriormente, negando se tenga que dar ese cambio.
Siguiendo a Freud, H. Deustch describe que tanto el niño como la niña luchan por adquirir independencia frente a su madre. En esta lucha el padre representaría el mundo externo, la realidad. La niña en determinado momento abandona a la madre y va hacia el padre en busca del mundo externo; para ambos sexos este abandono significa actividad y agresión.
La reacción de la niña, dice esta autora, no es forzosamente de envidia sino que convierte sus deseos activo-agresivos en parte pasivo-masoquista, desarrollando la niña una actividad dirigida hacia adentro, base de su carácter pasivo-narcisista. La metodología de H. Deustch es muy pobre porque basa sus conclusiones respecto a lo que ella llama la esencia de la personalidad femenina en el mecanismo biológico que ella describe como trauma genital basado puramente en  especulaciones.
E. Erikson nos describe, cómo la conciencia de un espacio dinámico interno que tiene como origen la experiencia corporal precoz, es básica en la formación de la identidad sexual y debida, a la conformación de los genitales en ambos sexos. Acerca de la envidia de pene como base del carácter masoquista femenino opina: “debo decir que esta envidia existe y que se agrava en algunas culturas, pero su explicación en términos masculinos, o sugerir que deba soportarse con fatalismo o compensarse con goce redoblado de los atributos femeninos, certificados aceptados como de segunda categoría, ha hecho de la condición femenina una neurosis de compensación omnipresente, marcada por una reiterativa insistencia de restitución. Freud pensó que analistas mujeres podrían aprender mejor y con mayor claridad acerca de esto porque tendrían la ventaja de ser adecuados substitutos maternos en situaciones de transferencia”.
E. Jones describe que lo que se teme en el fondo en ambos sexos, es verse privado de toda posibilidad de goce e introduce el término “aphanasis”  para describir el miedo a esta pérdida y que en la labor analítica se presentaría como miedo de castración o de muerte. Según el sexo y la etapa de organización psicosexual el temor a la aphanasis puede referirse al peligro de la destrucción del pene, de la vagina, del ano, de la boca, etc. Describe el desarrollo de la niña quien necesariamente experimentará frustraciones en la etapa oral, causado por su madre.
Lorand dice, refieréndose al temor de perder el amor paterno que la niña desea poseer pero al que debe renunciar: “renuncia a algo que desea tener en su infancia como el cuerpo y el amor a la madre, entonces la palabra amor incluiría diversos objetos y emociones: la madre en cuanto a afecto, dependencia, envidia, pene-pecho y alimento”.
“Objetos que desea adquirir y no abandonar, todo esto incluido bajo el concepto de amor. “Y explica la inhibición del orgasmo como miedo de perder este amor (pecho, pene, afecto, etc.) y quedarse sola abandonada o vacía.
C. Thompson opina que en la psicología de la mujer lo más importante es su reacción frente a la devaluación de sus propios órganos genitales y, que la aceptación del propio cuerpo y todas sus funciones constituyen una necesidad básica de la existencia de autorespeto y autoestima. Subraya la influencia negativa de la cultura que hace sentir a la mujer que su impulso sexual no es importante y que sus genitales son sucios.
Karen Horney aunque duda que la envidia de pene sea el núcleo de los trastornos neuróticos, admite que ésta existe cuando está vinculada a sentimientos de culpa y angustia. La niña estaría envidiosa del tipo de satisfacción sexual que el niño tiene al orinar y por la impresión de que el niño puede tocar y estimular sus genitales. En tanto que si ella se mira o toca tendría castigo. Por sentimientos de culpa, los niños de ambos sexos sufren temores de castración, pero el niño puede cerciorarse de que su genital no ha sufrido daño, no así la niña Si este conflicto tiene posteriores consecuencias en la vida adulta, se debe a que la niña ha fallado en la identificación infantil con la madre. La forma normal de identificarse sería inclinándose amorosamente al padre. Si el padre la desilusiona en su cariño infantil, la niña intentará identificarse con él para adoptar posteriormente una actitud viril; de rivalidad con los hombres y deseos de venganza.
Critica como antibiológica la posición de tomar como axiomática la envidia fálica, en su artículo “La negación de la vagina” sostiene que la niña tiene sensaciones vaginales durante el apogeo de su sexualidad infantil, y que adopta una actitud femenina ante su padre y ante su conducta general.
Su conocimiento temprano de la vagina basado en sensaciones psíquicas sucumbe a la represión por la angustia que despierta esta sexualidad temprana. Por lo tanto si la niña aparenta desconocer su vagina y reclamar un pene se sirva de esta posición para negar sus tempranas experiencias vaginales cargadas de culpa, fantasías incestuosas y angustia.
Por lo tanto, la envidia de pene no sería la piedra angular en la psicopatología femenina, ni es ésta una lesión narcisista prácticamente irreparable en la niña, sino como señalan diversos autores la envidia de pene cuando surge y no se supera por el desarrollo puede quedar como defensa contra temores más tempranos en la niña; de ser vaciada, dañada en su interior. Parecería por lo tanto que el temor fundamental patológico de la mujer sería el miedo a ser atacada o vaciada de sus contenidos internos y no el de ser despojada de un órgano inexistente en ella.
El problema de por qué y cómo la agresión se descarga en el propio o queda aclarado con los experimentos que realizó R.Spitz acerca de las deprivaciones severas que sufren algunos niños en su primer año de vida cuando la carencia severa de relaciones con la madre hace imposible la descarga de impulsos agresivos y el lactante volverá la agresión sobre sí mismo. También para mencionar algunos otros autores como Abraham, Klein, Rado, Erickson hacen hincapié en como la excesiva frustración en el nivel oral disminuye el sentimiento de seguridad y la consiguiente lesión en el yo infantil. Viendo en esto el punto más profundo de fijación en la depresión y el modelo más temprano para una serie de actitudes del Yo que van de furia, autocastigo, anhelo de afecto, culpa persecutoria, etc.
Destacan estos autores como factores definitivos en la etiología de este tipo de patología, la agresión vuelta sobre el propio Yo y la importancia de las primeras fases de desarrollo infantil sobe todo la oral y la naturaleza de los mecanismos de introyección e identificación, los factores constitucionales, el desequilibrio de la economía psíquica interna, el conflicto intrapsíquico, la importancia del narcisismo, la naturaleza de las relaciones de objeto temprana, la importancia de los procesos de integración de los objetos en el Yo como parte buenas y malas y el origen e influencia del Superyo y del ideal del Yo.
Todos los estados de frustración e insatisfacción desencadenan una tensión que el organismo trata de eliminar, por consiguiente es preciso obtener la satisfacción, o suprimir la causa de la insatisfacción en uno y otro caso; la energía que es necesario desplegar es de la misma intensidad y procede de una misma fuente pulsional: la agresividad. Como fuentes primarias de angustia indica el temor de perder el objeto amado y el temor de castración. Describe la depresión como una crisis aguda de masoquismo moral, puntualizando cómo existe una modificación en el régimen pulsional defensivo y un cambio en la relación sujeto-objeto. El miedo ante la omnipotencia imaginaria de su propia agresión se intensifica, cuando se pierde un objeto cuya destrucción se deseaba inconscientemente. El sujeto sufre no sólo la pérdida propiamente dicha sino la culpa por no haberlo podido conservar. Por lo tanto, vemos que la relación objetal tiene funciones esencialmente narcisistas, no se ama el objeto por sí mismo o por lo que éste es, sino que se tiene la necesidad de él, para mantener como sea posible el equilibrio instintivo, en base a esto necesita que el objeto sea totalmente bueno, infalible e inatacable. En lugar de una verdadera fusión de tendencias opuestas sobre la persona y la imagen del objeto, se realiza un compromiso de amor y de odio, tratando de desviar la agresividad del objeto a quien se quiere proteger. Al mismo tiempo, como no se puede efectuar una verdadera identificación se hace una introyección más o menos masiva del objeto, cuya omnipotencia primitiva se convierte en un Superyo excesivamente punitivo. Por medio de su sufrimiento trata de mantenerse estrechamente adherido a su objeto, y para no sentirse agresivo, culpable y amenazado, el sujeto se constituye en víctima, volviendo la agresión sobre sí mismo, y así, por medio de sus sufrimientos, remordimientos y culpabilidad tratará de aminorar su culpa.
Podemos pues concluir que los diversos procesos por los cuales la agresión se vuelve sobre el sujeto con incapacidad de dirigirla sobre el mundo externo en cualquiera de sus formas: masoquismo, depresión, melancolía, duelo, culpa persecutoria, es debido a lesiones en el temprano desarrollo infantil y el conflicto intrapsíquico se establece por el fracaso sufrido por el niño o la niña en la relación con sus primeros objetos de relación.
Este conflicto se agravará en una cultura en la que a la mujer se le devalúa o cuando la madre tiene conflicto con su propia identidad femenina, le agrede consciente o inconscientemente y le manda mensajes contradictorios.
Como ejemplo de esto voy a citar a la escritora argentina Bullrich en su libro Te Acordarás de Taormina. Escribe el siguiente diálogo entre la madre y la protagonista que es una escritora de éxito.
“Te pediré perdón y una y mil veces, pero al mismo tiempo te escupiré en la cara mi verdad suprema lo que rigió mi vida: eres sólo una mujer, te cambiaré por el más insignificante de los hombres con tal de tener un hijo varón; no me importaría que fuera guerrillero, jugador, borracho, haragán. . . Sería un hombre, le hubiera dado a tu padre un hijo que llevaría su nombre. Tú también lo llevas pero no puedes transmitirlo sin trasgredir las leyes y además él murió antes de saber que ibas a ser una mujer importante”.
“No te sirve de nada todo lo que obtuviste, si sé perfectamente que tu única ambición era probar que valías más que el hijo varón que nunca tuve”.
Cuando la cultura inhibe excesivamente las expresiones de agresión calificándolas como no adecuadas como sucede con la mujer en nuestra cultura, es mucha la rabia que se despierta, ya que una acción vital para el sentido de dominio del individuo se ve impedida o inhibida. Evidentemente, es una de las cuestiones más decisivas para la psicología establecer qué ocurre con esa rabia cuando ella, a su vez debe suprimirse y cuáles son sus contribuciones a la hostilidad irracional y el anhelo de destrucción.
Pero uno y otro sexo volverán la agresión sobre sí mismo de acuerdo a lesiones sufridas en su desarrollo temprano y si el niño o niña no logra dirigir su impulso libidinal y agresivo sin sentirse excesivamente amenazado no logrará la fusión de estos impulsos, la agresión se vuelve contra la propia persona del niño y en esta caso la libido tampoco podrá dirigirse hacia afuera. En cada individuo esto creará miedos y angustias que presentarán diversos aspectos dependiendo en uno y otro sexo, de su equipo congénito, su desarrollo libidinal y la respuesta del medio ambiente a sus necesidades.

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