OLYMPUS DIGITAL CAMERAAutor: Gloria Fernández
Mientras escuchaba hablar a dos pequeños acerca de su color favorito, y debatir sobre qué colores le pertenecían a los niños y cuales a las niñas, me surgió la idea de presentar este trabajo. Lo que me pareció curioso, fue el darme cuenta cómo en etapas más tempranas los estereotipos de género parecen tener más fuerza, sin embargo, esto es sólo una impresión, pues en realidad lo que el infante ha construido ha sido a partir de su realidad interna y externa; pienso que los estereotipos más bien son depositados por los padres y por la sociedad en la que se desenvuelven. Como lo menciona el médico y psicoanalista Guillermo Sánchez “Lo modélico que hace parte de la identidad, pero no es la esencia; es lo aprendido, lo que debe ser, hacer y tener y está determinado por la educación y el medio ambiente, más no, por la biología” (Sánchez, 2006).
Me gustaría comenzar por hablar acerca de lo que considero que suele definir a la identidad masculina y femenina desde tres diferentes aspectos: el social, el cultural y el psicoanalítico. A nivel social, las personas solemos organizarnos por las relaciones que se crean con el otro de acuerdo a determinados patrones y preceptos. La sociedad busca compartir creencias y conductas que se consideran mejores para un conjunto de personas. En lo cultural se observa que los comportamientos suelen estar más relacionados con las costumbres y tradiciones propias de una civilización, podría decirse que los roles asignados a los hombres y mujeres tendrían que ver mas con respecto a estas tradiciones características del lugar o la época en la que se encuentran. Desde el punto de vista psicoanalítico, la identidad se conforma en la identificación con los objetos y las representaciones que se hacen de estos.
De acuerdo a la teoría de Freud sobre las etapas del desarrollo psicosexual, el niño y la niña logran identificarse una vez que durante la etapa fálica descubren diferencias anatómicas entre hombre y mujer, rivalizan con el padre del mismo sexo y más adelante logran dejar atrás esta rivalidad para identificarse con ellos e incorporar características de los mismos. (Hall, 2009).
Con respecto a los estereotipos, Ángel Aguirre los explica de la siguiente manera:
“Podemos definir los estereotipos de género como una imagen mental muy simplificada, acerca de las personas, en función de la dicotomía sexual que reflejan las creencias populares sobre los rasgos físicos, las actividades y los roles que caracterizan a los hombres y mujeres (y que, sin embargo, no siempre coinciden con la realidad)” (Aguirre, 1994).
La aparición de los roles de género se puede observar prácticamente desde el periodo prenatal, en el que muchos padres al momento de saber si su bebé va a ser niño o niña decoran la habitación de cierto color, igual que eligen la ropa del bebé, accesorios, juguetes, y demás. Incluso en el famoso baby shower (que suele ser una celebración para la madre por la futura llegada de su bebé) se elabora todo un ritual en el que la temática de la fiesta gira en torno al género sexual. Podemos ver frases como “es niño” o “es niña” y a partir de ahí la madre recibe regalos que en su mayoría suelen ser asignados a determinado género.
 
El atribuirle un rol específico al hombre y a la mujer produce la aparición de los estereotipos, los cuales pienso que tienen un fuerte impacto en la identidad y en la psique. Si esto comienza desde el primer instante en el que llegamos al mundo, me parece que se mantiene a lo largo de la vida de manera muy arraigada. Hay un dicho que dice “La mujer a la casa y el hombre a la caza” desde épocas primitivas la sociedad se organizó en la división de tareas de acuerdo al género y por lo tanto, no es difícil imaginar el largo camino que llevan estas ideas y modelos preconcebidos.
 
En la vida adulta estas creencias definen gran parte del comportamiento y lo que supuestamente debe ser atribuido al hombre y a la mujer. En la actualidad, se ha recorrido ya un largo camino desde que los hombres asumían el papel de proveedores, mientras que las mujeres únicamente se dedicaban al hogar. Las mujeres ahora tienen un desempeño más activo en su realización profesional, y los hombres pueden dedicar mayor tiempo al hogar a diferencia de épocas pasadas. En cuanto al rol de proveedor, ahora podemos encontrarnos con que cada vez más, las parejas comparten una responsabilidad económica de forma igualitaria. Sin embargo, aún vemos varones frustrados por ganar menos dinero que su pareja o mujeres que siguen deseando ser mantenidas por el hombre. Me parece que aquí, en el caso de ellos, se juega con el temor a ser castrados simbólicamente o perder su virilidad frente a las mujeres, y en el caso de ellas, repetir momentos de la infancia en los se veían nutridas y sustentadas por sus figuras parentales.
 
Un aspecto que a su vez me parecía interesante explorar, está relacionado con la posición del analista frente a la problemática de un paciente del sexo opuesto. De acuerdo a los estereotipos de género, Silvia Bleichmar, en su libro sobre las teorías sexuales en el psicoanálisis, relata una situación que ejemplifica parte de lo que deseo abordar. Mi cuestionamiento trata acerca de la influencia que tiene en el proceso analítico, el hecho de que el paciente, así como el propio analista, sea hombre o mujer; y por ello, se creen ciertas expectativas o desilusiones posibles.
A la par de lo que anteriormente se revisó, quisiera relacionar el tema con la concepción creada a partir de estas ideas y lo que implicaría en la situación transferencial y contratransferencial.
Retomando el ejemplo de Bleichmar, en una ocasión escuchó a un analista decirle a una mujer con problemas para embarazarse, que cierta persona no la había podido ayudar posiblemente porque era hombre, al respecto comenta: “Como si el problema de la maternidad fuera un problema de mujeres. Como si el problema de engendrar fuera un problema del útero ¿no? Lo cual indicaba que no, que en realidad nunca la pudo ayudar a engendrar o adoptar, porque nunca se colocó en una situación de engendrar él mismo dentro del análisis; esa era la cuestión que había fallado ahí, no que fuera hombre o mujer” (Bleichmar, 2014).
Creo que parte de lo que plantea es la incapacidad de dicho analista para identificarse con la paciente y de hacer uso de su capacidad de escucha, por otro lado, también se observa un juicio en su desempeño basado en el género sexual del analista. Un estereotipo que podría crearse en este ámbito, podría ser el pensar que los pacientes varones establecerían una mejor relación analítica si su analista es hombre y que las pacientes podrían acoplarse mejor a una analista mujer o la idea de que por ser hombres o mujeres son más capaces para ejercer ciertas funciones analíticas que el del otro sexo no podría.
Liberándonos de estas ideas, lo más esperado es que un analista logre empatizar con el otro aludiendo también a un diálogo interno, para introducir mejor este concepto, me gustaría citar a Ogden quien decía que “Para que pueda darse un trabajo analítico, el analista debe poder experimentar y hablar consigo mismo (en la medida de lo posible) sobre lo que se siente estar con el paciente; y aun así, en la mayor parte, estas experiencias son inconscientes” (Ogden, 1997).
O en este caso, que pudiera aludir a su parte femenina, que como Freud plantea “Todos los individuos humanos, a consecuencia de su disposición {constitucional} bisexual, y de la herencia cruzada, reúnen en sí caracteres masculinos y femeninos” (Freud, 1992).
Es ahí donde la capacidad para identificarse con el otro se vuelve clave para entender al paciente, es decir, que se logre un trabajo analítico indiferenciado del género y de los estereotipos sexuales, pues además, la transferencia puede surgir con cualquiera de los objetos primarios. Para el paciente, un analista hombre o mujer pueden llegar a representar las figuras del padre y la madre en distintos momentos.
Relacionado al tema, Dolto menciona que “En todo caso, al final del análisis el psicoanalista es siempre, sea hombre o mujer, el representante de la madre- puesto que el objetivo del análisis es remontarse a los orígenes del deseo del paciente, y por tanto, de su venida al mundo” (Dolto, 2000).
Ya dicho esto, y a pesar de que no pretendo adjudicarle al género un factor determinante, me gustaría hablar de cómo pienso que los estereotipos pueden influir en el proceso analítico. Pienso que dentro de la consulta se vuelve posible el surgimiento de algunos comportamientos defensivos o resistenciales. El atribuirle la vulnerabilidad al sexo femenino, puede llevar a algunos hombres a mostrar dificultad para expresar sus afectos, surgiendo estas situaciones sobre todo cuando llegan a ser consideradas como muestras de debilidad por el propio paciente o como algo que sólo las mujeres harían. Un ejemplo de dichas manifestaciones podría ser que durante la sesión un paciente hombre contuviera el llanto por vergüenza o preocupación de ser percibidos con características femeninas. En el caso de las mujeres, podría observarse lo mismo en la creencia común de que al expresar su sexualidad de manera más abierta lleguen a ser consideradas promiscuas, y por ello, decidan mentir u omitir sobre contenido relacionado a su vida sexual.
Con esto no pretendo negar la posibilidad de que se presenten las mismas dificultades o de que ambas puedan observarse tanto en hombres como mujeres, ni tampoco pretendo catalogarlas en un solo género, sin embargo, hablando de estas ideas, las presento como un intento de ejemplificar distintos fenómenos que pueden surgir dentro del espacio analítico a causa de las mismas, llegando además, a refrenar contenido enriquecedor para el análisis. Como lo plantea Hugo Bleichmar “La construcción de la representación que el sujeto se hace de sí mismo integra siempre elementos valorativos. Así, por ejemplo, cuando alguien se ve como alto o bajo, gordo o flaco, en estas categorías está incluido un determinado juicio de valor, que varía según la cultura o la microcultura familiar, pero que de alguna u otra forma está siempre presente” (Bleichmar, 2008). Lo que me parece importante destacar, es que el psicoanalista tendrá que trabajar con el impacto que tienen los modelos socioculturales, si bien no es nuestro trabajo modificarlos, tenemos la tarea de entender, interpretar y ayudar a resignificar aquellas representaciones que el paciente hace de las mismas, y de esta manera lograr las modificaciones pertinentes dentro de su mundo interno.
Por otro lado, cuando se habla de una transferencia anticipada (me refiero a aquella que se presenta desde antes de conocer al analista) el paciente ya está imaginando como se ve, como será, todo esto a partir del nombre, la voz, la ubicación de su consultorio, y por supuesto del sexo del analista entre otras cosas. De alguna manera, su elección será sustentada por aquellas cualidades que el paciente considera importantes, si el sexo del analista se considera una de las más determinantes, lo que nos debemos preguntar es cuál es la representación inconsciente que tiene de esta figura por ser masculina o femenina. Así mismo, pienso que el peso de su elección, puede deberse a que el paciente crea que al elegir un analista del sexo opuesto podría ser complicado para él entenderlo, y que debido a estas diferencias, muestre cierta dificultad para empatizar con situaciones que suelen ser más comunes para determinado género. Por otro lado, existe la posibilidad de que esas mismas diferencias sean lo que lo motive a elegirlo, en cualquiera de los casos, nos sirve para entender mejor la forma en la que se relaciona con sus objetos, sus identificaciones, representaciones y otros aspectos específicos de la historia del analizando.
Debido a la fantasía que se crea en el paciente desde antes de encontrarse por primera vez con su analista, ya existen preconceptos y deseos. Por el contrario, y a pesar de la reacción contratransferencial que también surge de manera anticipada, se deben evitar las mismas expectativas o preconceptos con respecto al paciente. Lo ideal sería que frente al encuentro con el analizando y en la situación contratransferencial, los estereotipos de género evitaran inscribirse como un fenómeno involucrado, al igual que ningún otro aspecto de la subjetividad del analista.
Lo cierto es que nos encontramos en una época distinta en la que las ideas van cambiando y como consecuencia, se van modificando los estereotipos socioculturales. Finalmente, me parece que en lo concerniente al campo psicoanalítico y en el caso posible de que la escucha del analista pueda producir puntos ciegos debido al género, la experiencia nos prueba que no es un factor limitante ni imposibilitante para el análisis. En dado caso, me parece que a pesar de que estos puntos ciegos puedan ser reales, lo que se considera de suma importancia, es que el analista lleve su propio proceso analítico para no entremezclar su subjetividad con el inconsciente del analizando, así como lo decía Stekel: “Cualquier represión no solucionada en el médico, corresponde a un ‘punto ciego’ en su percepción analítica” (Stekel, 2006) , por ello, es que el propio análisis es tan importante para la práctica y es sobre el mismo en el que podemos ocuparnos para operar de mejor manera nuestro papel como analistas.
Bibliografía

  • Aguirre, A (1994). Psicología de la adolescencia. Barcelona: Boixareu
  • Bleichmar, S (2014). Las teorías sexuales en psicoanálisis: Qué permanece de ellas en la práctica actual). Buenos Aires: Paidós.
  • Bleichmar, H (2008). La depresión: un estudio psicoanalítico. Buenos Aires: Nueva Visión.
  • Dolto, F (2000). Lo Femenino: Artículos y conferencias. Buenos Aires: Paidós.
  • Freud, S (1992). Obras completas de Sigmund Freud. Volumen XIX- Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica.. Buenos Aires & Madrid: Amorrortu editores
  • Hall, C (2009). Compendio de Psicología Freudiana. México: Paidós Mexicana.
  • Stekel, W. [citado en: Velásquez, C (2006). Del deseo del analista. Medellín: Universidad de Antioquia].
  • Ogden, T. H (1997). Reverie and metaphor: Some thoughts on how I work as a psychoanalyst. International Journal of Psychoanalysis, 78: 719-132.
  • Palacio, M. Valencia, A. (2001). La identidad masculina: un mundo de inclusiones y exclusiones. Colombia: Universidad de Caldas.
  • Sánchez, G (2006). Identidad sexual una perspectiva biopsicosocial. Colombia: Academia Nacional de Medicina

 
 
Imagen: freeimages / Francisco Ramos
 
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