El patriarcado: Un discurso peligroso para la alteridad y malo para ambos sexos

Autor: Paula Gaviria

“Y ella es mala, mala, mala, mala y peligrosa

Tiene una mirada sensual y una carita hermosa

Y es que es mala, mala, mala, mala y peligrosa

Mujer que vive segura de sí misma, es toda una diosa.”

 

            Bad Bunny y Victor Manuelle (2017) no son los únicos que piensan, en su caso cantan, esto sobre las mujeres. En efecto, la mujer es mala y peligrosa. Peor aún si se trata de una mujer segura de sí misma, una mujer que no actúa como “mujer”. Que no es femenina, pues no se muestra vulnerable y frágil. Que desconfianza una mujer que no se quiera entregar y someter ante el hombre, una mujer que no sea pasiva. Que peligro! Y todavía más peligroso que sea sensual, pues esto ya la vuelve un objeto irresistible. ¿Cómo dominarse ante ella siendo un hombre? Pues el deseo sexual del hombre es insaciable, son promiscuos por naturaleza! Si no lo fueran serían frágiles, como los niños, o peor aún, como las mujeres. Pero ¿cómo escapar a la tentación? Dominar a una diosa haría del hombre un dios aún más poderoso, pero en el intento se corre el riesgo de no lograrlo y pasar del dominador al subordinado.

 

“Yo no me quiero dejar llevar

Pero tú eres mala, mala

Esto va a terminar mal

Yo sé que tú me quieres enredar

Pero tu juego no lo voy a jugar”

 

            Ambos pelean contra sus impulsos, que difícil les ha de resultar controlarlos! Al ser siempre excitables, estar obsesionados con el sexo y practicarlo de manera casi compulsiva ¿cómo le harán para no dejarse llevar? Y esto es lo de menos, si no lo hacen, si no responden como el iniciador y demuestran su potencia sexual, no es porque no quieran, porque ellos siempre quieren. Entonces ha de ser porque no pueden, y esto sí que es penoso. Pues el hombre que no cumple, no le hace honor a su masculinidad, no es suficientemente hombre.

 

“Es que es mala, mala, mala

Se lo haces la noche entera, y de tu alma se te apodera

Peligrosa mala, mala, mala

Trato de esquivarla, pero siempre caigo como quiera”

 

            Para su tranquilidad, y la de ellos, estos dos reggaetoneros cumplieron con el desempeño adecuado, duraron la noche entera, no se esperaba menos de ellos. Como varones ante la solicitud sexual tienen prohibido negarse, al contrario, tienen la obligación de tomar la iniciativa y en esta ocasión lo hicieron. Y qué bueno, pues demostraron su potencia sexual, su virilidad y así su pertenencia, sí son suficientemente hombres!

 

            Pero por desgracia el sexo siempre es riesgoso para el hombre, y no por el contagio del VIH o por un embarazo no deseado, sino porque hay mujeres, como la que describen Bad Bunny y Victor Manuelle (2017), “malvada sin control mental” y lo digo en plural porque “millones por el mundo hay igual”. Estas mujeres, malvadas, se apoderan de los hombres por medio del acto sexual, y es imposible escapar. ¿Qué mayor peligro que esta posesión? Es el hombre el que debe de poseer y dominar a la mujer y no vice versa. Pues dejarse atrapar significa perder la virilidad y el dominio social, deshonrar la masculinidad biológica. Pero ¿qué se puede esperar de una mujer que se presenta femenina “tiene una mirada sensual y una carita hermosa”, pero que en realidad parece ser más masculina, con iniciativa sexual e insaciable?

 

“Me enamoró aunque yo no quería

Le pregunte al gran combo qué se hace cuando te hacen brujería

Me dijo que después de tanto tiempo que no sabía

Pero que en mujeres malas nunca se confía”

 

            Era de esperarse que la posesión de la mujer sobre estos dos hombres se tratara de una brujería, algún hechizo les puso. Pues por más resistencia que ejercieron ante ella, la represión de la afectividad parece haber fallado y sus afectos demostraron: se enamoraron. Pero falló no porque hayan cedido, ¡esto nunca! Ella, esa bruja, hizo algo para debilitarlos y hacerlos dependientes contra su voluntad. En una mujer así no se puede confiar, su feminidad no es normal, algo ha de tramar.

 

“Ya yo sé que tus besos y tus caricias

Están llenos de veneno y de malicia

Yo te lo juro, trato de evitar

Pero con cada uno que me da, me envicia”

 

            En efecto, ¡esta mujer ha envenenado a estos hombres! Y no solo eso, también los ha engañado utilizando su sensualidad y ternura. ¡Vaya que es mala y peligrosa! Se aprovechó del deseo de ellos y los contaminó con su feminidad, los sedujo y los engaño. Qué horror que existan mujeres así, que despojen a los hombres de su virilidad, de su dominio, de su estatus. Mujeres que en lugar de enaltecerlos los rebajen, los sometan y les hagan imposible alejarse de ellas. Volviéndolos incapaces de decidir, de poner un alto y de retomar su autonomía, su fortaleza y su voluntad. ¡Qué mujer más terrorífica! Y ¡qué peligroso el acto sexual, que contamina y debilita!

 

 

            Queda claro que la descripción que he realizado, tanto del hombre como de la mujer, se refiere a los estereotipos que se tienen sobre lo masculino y lo femenino. Estereotipos que responden más a la fantasía que a la realidad biológica. Utilizo lo que parecen ser descripciones exageradas para resaltar estereotipos que podrían parecernos ridículos, pero que a mi pesar, y quiero pensar que al de todos, siguen presentes en el discurso actual. Pues aunque a muchos no les guste la salsa y el reggaeton (por la letra, por el ritmo o por lo que representa), este, al ser uno de los géneros musicales más popular en el mundo, nos sirve como un reflejo de la sociedad. Ya que a través de la representación de la mujer en la letra y la postura que toma el hombre frente a ella, podemos descifrar la concepción que tienen algunas personas tanto de lo femenino como de lo masculino. Construcciones colectivas que contienen una compleja red de prescripciones y proscripciones para la subjetividad y conducta de cada sexo (Burin & Meler, 2004).

 

            La representación de lo masculino y lo femenino en las canciones de reggaeton responde al discurso de la sexualidad masculina hegemónica, en el cual el hombre es el dominador y la mujer la subordinada. De acuerdo al mismo “la masculinidad se ha construido socialmente alrededor de un eje básico: la cuestión del poder, a tal punto que la definición de la masculinidad es “estar en poder” (Kimmel en Burin & Meler, 2004)”, y únicamente se logra por medio del dominio de la mujer y su degradación, reduciéndola a un objeto propiedad del hombre. Este discurso sustenta las relaciones de dominio y subordinación característicos de la sociedad, la política, la historia, la literatura, el lenguaje y la ley, y se llega a manifestar violentamente, pero también puede ser muy sutil. A mi parecer mientras más sutil más peligroso, ya que aparenta ser inofensivo o inclusive llega a pasar desapercibido, por lo que ni se desafía ni se denuncia.

 

            Si escuchamos en una canción que le van a dar a la mujer por “donde más le gusta” “duro y sin compasión”, ya que él sabe que “es lo que necesita”, nos sentimos provocados y somos más proclives a reaccionar. Distinto a lo que sucede con esta canción, en la cual, parecer ser el hombre al que someten y no el que somete, víctima a manos de una mujer tan seductora que resulta peligrosa. Esto probablemente no lo percibimos como una ofensa, pues nos remite más a la imagen de una femme fatal y no a la de la “mujer subyugada”, como en el primer ejemplo. En estos casos la devaluación y la agresión aparecen disfrazados de lo que aparenta ser el enaltecimiento de la mujer, como si se tratara de una ovación a la feminidad al hablar de una “diosa”. Utilizando atributos que suelen considerarse deseables, como lo son la seguridad, actividad, sensualidad y la autonomía, para designar en la mujer aquello que es despreciable y resulta dañino para el hombre.

 

            Este aparente sometimiento del hombre y enaltecimiento de la mujer lejos de significar un reparto más equitativo del poder o una inversión del mismo, delata la amenaza que constantemente acecha al hombre de ser despojado de su autoridad. Indicador de que aún son los hombres el grupo dominante en nuestra sociedad, pues temen que les arrebaten este poder. ¿Será que al no estar garantizado el éxito, viven en el temor constante de perder su afirmación de masculinidad? Este temor es representativo de la cultura patriarcal, en la cual la potencia viril se sigue considerando un emblema de la masculinidad social, imperativo para pertenecer al colectivo dominante (Burin & Meler, 2004). Tal vez es por esto que se sujetan con tanto afán a este poder, demostrando a lo largo de su vida, en una serie interminable de ritos y desempeños, su masculinidad. Dispuestos a arriesgar, e inclusive a sacrificar su vida, para que los otros lo reconozcan como “todo un hombre”. Pues es su única esperanza de permanecer dentro del colectivo y gozar de los privilegios otorgados al mismo (Harari, 2017).

 

            ¿Cuáles serán estos privilegios tan excepcionales de los que goza el hombre al demostrar su hombría? Pues ameritan perder la vida. ¿Será la libertad sexual? ¿Ser considerado más apto, más fuerte, más capaz? ¿Contar con un harem de mujeres, vírgenes de preferencia? ¿Salirse con la suya cuándo transgreden o cometen una injusticia? ¿Establecer las reglas del juego, para luego romperlas y modificarlas a su provecho, dejando fuera a otros jugadores y manipulándolos a su antojo? Tal vez sea este último el mayor privilegio, ya que le otorga a los hombres el dominio de las esferas social y política; del lenguaje, de la ciencias y por ende de la ley y de lo que en ella se decreta: una cultura de un sujeto único, el masculino (Zakin, 2011). Estableciendo un orden natural de la singularidad, de lo masculino, en la cual la interpretación de lo femenino y de la función de la mujer están “postuladas por la continuación de una partida en la que ella habría estado siempre inscrita de antemano, sin que haya comenzado a jugar (Irigaray, 2007)”.

 

            Este orden natural es el del patriarcado, el que Luce Irigaray (2007) denomina como cultura patriarcal monosexuada. En el cual la mujer no es un sujeto en sí, si no un objeto complementario y opuesto del varón, que es el neutro universal y contenedor del género femenino. Lo que se considera femenino es considerado desde lo que imagina el hombre que es la feminidad, aquello que completa al hombre en una aparente armonía entre los sexos. Manteniendo la convicción de que los sexos son recíprocos y complementarios en sus deseos e identidades, en lugar de tomar en cuenta sus diferencias (Irigaray en Zakin, 2011). Da la impresión de que este discurso basado en la idea de un humano genérico, surge de la necesidad de aminorar la ansiedad que genera la otredad, ese enigma o “continente negro” (Freud) que representa la mujer, su cuerpo y sus deseos. A diferencia de lo desconocido, lo que nos es conocido “lo dominamos”. Para el hombre es más fácil pensar en hombres y no hombres, que en hombres y mujeres, pues esto implicaría reconocer una subjetividad femenina autónoma (Irigaray, 2007).

 

            Este discurso, como explica Irigaray (Zakin, 2011), es un discurso de indiferenciación sexual, producto del reino patriarcal y el dominio masculino del orden simbólico, el cual elimina por todas partes la alteridad. Eliminado a la mujer como sujeto por medio de su codificación económica, convirtiéndola en un objeto consumible, en un objeto más que poseer, utilizar e intercambiar entre hombres. Esto conduce a la erosión de la mujer como sujeto, pues para que exista el otro es necesaria una asimetría y una lejanía que nos permita reconocer la frontera entre el yo y el otro, su autonomía (Han, 2012). Al no reconocer la alteridad, el hombre, por medio de la homogeneización eliminan la sexualidad femenina. Recordemos, que de acuerdo a Freud, en el comienzo la niña pequeña era un niño.

 

            Esa indiferencia, presente en la teoría de la diferencia de los sexos de Freud, asume que el recorrido es el mismo para los hombres y las mujeres en un principio, tomando en cuenta únicamente la sexualidad masculina y un único órgano sexual: el pene. Tanto la niña como el niño entran como niños al complejo de castración. En el caso del hombre “el complejo de castración aparece en la época en la que este último comprueba, viendo los órganos genitales femeninos, que el miembro viril, tan precioso a sus ojos, no forma parte necesariamente del cuerpo…comienza a temer las ejecución de las amenazas y el miedo a la castración…pues antes estaba ahí y luego fue arrancado (Irigaray, 2007)”. En el caso de la niña (2007):

 

A este “niño pequeño” que era la niña se le impone la prueba de la castración al enterarse de la diferencia entre los sexos, momento en el cual se da cuenta del carácter “irrisorio” de su sexo. Se percata del perjuicio que le reserva su destino anatómico: tiene una nada de sexo, su clítoris, un supuesto equivalente del pene, es tan pequeño que es casi imperceptible. Ella se encuentra “mal dotada” en comparación con el niño, pues su pene sí es visible. Esta castración consumada genera sentimientos de humillación y envidia por no tener “un chisme como ese”, surge así la envidia del pene. Envidia necesaria, pues es la que va a inducir y consolidar el proceso para “devenir mujer normal” de acuerdo a Freud. Ante semejante descubrimiento la niña se ve dominada por sentimientos de envidia, celos y odio hacia la madre -y a toda mujer- que no tiene y no ha podido dar un pene. Ante su deseo de ser un hombre, o “como” un hombre, al no poder devenir realmente uno, “la niña no se resigna y espera a que le crezca, conservando la esperanza de verse un día provista de pene (Freud citado en Irigaray) ”.

 

            Esta negación ante su “carencia” implica que la niña desvalorice a todas las mujeres al igual que a sí misma por no estar provistas de pene, lo que provoca despecho y envidia correlativa de apropiárselo. El niño, y más tarde el hombre, también desarrolla un cierto grado de desprecio hacia las mujeres por estar castradas, desprecio triunfante ante estas criaturas mutiladas (Freud). La carencia de pene en la mujer desvaloriza a ésta ante los ojos de todos, “lo que la lleva a someterse, a dejarse prescribir de modo unívoco por el deseo, el discurso y la ley sexual del hombre, del falo (Irigaray, 2007)”. El único objetivo de la formación de la feminidad, la única razón por la cual la niña pequeña se convierta en una “mujer normal”, sería el apropiarse a su vez del instrumento del goce, de adueñarse, aunque sea por imitación, del pene (Freud en Irigaray, 2007).

 

            Desde esta dialéctica falocéntrica, como la llama Irigaray (2007), “la falta de pene en la mujer y la envidia del pene, aseguran la función de la mujer como reflejo de los deseos sexuales del hombre, paliando su angustia”. El varón ama su pene, y utiliza a la mujer para protegerlo de la amenaza de castración (Irigaray en Burin & Meler, 2004), angustia masculina asociada con la preservación de la imaginaria omnipotencia viril. Pues es a través de su envidia que confirma con seguridad que él lo tiene, y que lo que tiene representa el único bien posible, al mismo tiempo que le recordaría el riesgo de que ella se lo arrebate. Esta dialéctica es válida siempre y cuando se imponga el deseo de lo mismo, actuando la mujer como un espejo que le devuelva al hombre su imagen de autoridad, de figura potente, de todas las representaciones que confirmen la homogeneidad del deseo masculino (Irigaray, 2007).

 

            Desde este postulado, la masculinidad se encuentra constantemente acechada por la sombra de la claudicación ante la amenaza de la castración por parte de la mujer (Burin & Meler, 2004). Mujer celosa y envidiosa, que no tiene mayor deseo que el deseo de ser un hombre (Irigaray, 2007). Pues de acuerdo al discurso monosexual, la mujer únicamente quiere apropiarse del pene, ya que no tener pene significa no tener nada y su posesión significaría ser igual que el hombre y participar en la cultura y la Ley (Zakin, 2011). El problema de la igualdad es que es un mito (Harari, 2017), una ilusión del patriarcado que asume únicamente la existencia de un sujeto (Irigaray citada en Zakin, 2011). Esta igualdad entre los sexos se evalúa en función de algo en común que posee más o menos cada uno, en este caso el pene y el clítoris como su opuesto, su representante femenino, lo que entraña relaciones de competición agresiva por demostrar quien tiene más (Irigaray, 2007). La mujer para tenerlo, más bien, obtenerlo, debe apropiarse del pene, sometiendo al hombre, privándolo de su poder, de su autonomía. O, puede tener un hijo, de preferencia un varón, sustituto del pene (Freud).

 

            Es entonces la madre, la primera mujer de la cual el niño debe protegerse, refugiándose en la posesión del pene, órgano del que ella carece, para fortalecerse en su lucha por la autonomía, de esa madre primitiva que es percibida como controladora y terrorífica (Burin & Meler, 2004). Ante la cual, se tiene un temor siempre presente de perder la virilidad. Dado que, en un principio, debido a su desvalimiento, el niño tuvo una absoluta dependencia ante ella, por lo cual se percibe como activa y poderosa, omnipotente. Según Lacan, la captura por parte de la “mujer madre” significaría el retorno al cero, puesto que el incesto provocaría la muerte del sujeto, su disolución en el deseo fálico de ella (Etchegoyen & Arensburg, 1977). De acuerdo a Janine Chasseguet Smirgel (Citado en Burin & Meler, 2004), es verosímil pensar que la atribución de pasividad a las mujeres, constituye una reversión imaginaria de esta angustia infantil, un intento de dominarla, tanto a la angustia como a la madre. Atribuyendo los hombres la pasividad/“la falta” a las mujeres, y la actividad/“el falo” a los hombres, par antiético que se explica por medio de lo que Laplanche (Citado en Burin & Meler, 2004) llama, el predominio de la lógica binaria, que se construye en una pseudodiferencia, puesto que desconoce la diversidad. Lógica del saber masculino, del “falologocentrismo” (Irigaray, 2007), que “constituye con frecuencia una construcción imaginaria destinada a brindar legitimidad a las representaciones y prácticas de dominio intergenérico (Burin & Meler, 2004)”.

 

            El rechazo de la pulsión incestuosa hacia la madre vuelve necesaria una dicotomía que separe a la mujer en “mujer madre”, aquellas mujeres que son idealizadas y por lo tanto sexualmente intocables, y “mujer no madre”, mujeres sexualmente accesibles pero desvalorizadas al ser concebidas como la antítesis de la madre (Etchegoyen & Arensburg, 1977). La prohibición de la madre como objeto de satisfacción erótica lleva a que el niño realice una escisión, provocada por el horror al incesto y las consecuencias castratorias, culpógenas e inclusive mortales, y a una disociación entre lo tierno y lo sensual en la mujer. Para que el sujeto pueda resolver las dos vertientes de su angustia: tanto la castración a manos del padre como la captura por parte de la madre, es requisito esencial de la compañera sexual la diferencia con el objeto materno (Etchegoyen & Arensburg, 1977). Esta debe representar un objeto desvalorizado con el que se pueda establecer distancia, pues solo así se puede proteger el hombre del peligro que representaría una cercanía a la madre. Bajo esta lógica podemos comprender porque la mujer que “es toda una diosa” es “mala y peligrosa”, ya que esta mujer representa la “mujer madre”(Lacan), mujer omnipotente que domina al hombre por medio de la tentación regresiva que lo aleja de la actividad hacia la pasividad.

 

            Recordemos que la pasividad constituye una de las condiciones rechazadas por el imperativo social de la masculinidad, lo que se espera es la actividad masculina (Burin & Meler, 2004), pues, de acuerdo con a la lógica binaria, la supremacía psicológica de los machos se encuentra en los hechos inalterables de la anatomía. Al ser “la anatomía destino”, el órgano sexual masculino es el representante del dominio, el cual, según Michel Foucalt (Burin & Meler, 2004), se consigue al penetrar en los cuerpos de otros, pues esto constituye un equivalente imaginario del poder. Los hombres hacen de la actividad sexual la recompensa por la exposición viril y, al mismo tiempo, un emblema de su pertenencia al colectivo dominante. Lo que los impulsa a una práctica sexual compulsiva y carente de afecto. Ya que al ser hombre, bajo el ideal masculino, se espera que desee poseer y dominar a todas las mujeres, que sea un sujeto siempre excitable y con iniciativa sexual. Este imperativo hacia la actividad conduce a una desestima del propio deseo, ya que este cae bajo la presión por el logro, del performance. “La sensación de deber cumplido oscurece el malestar subjetivo (Burin & Meler, 2004)”, pues el cumplimiento del imperativo viril va más allá de la reivindicación del deseo.

 

            Este malestar, descrito anteriormente toma en cuenta aquellos hombres que si logran penetrar en el cuerpo de la mujer, aquellos que demuestran su masculinidad triunfante a través de su potencia y dominación social. Hombres que por pertenecer al colectivo dominante Esto lleva a una sensación de “urgencia” marcadas por la obsesión inconsciente de cumplimiento de un rol aunque no se tenga deseo (Marqués citado en Burin & Meler, 2004), obsesión por el desempeño. Como si se confirmara a través del mismo: “Si soy promiscuo soy poderoso, si soy promiscuo no dependo de una sola mujer con el riesgo del debilitamiento que esto implica, si soy promiscuo soy masculino ante los ojos de mis semejantes varones (Burin & Meler, 2004)”. Este afán narcisista de autoconfirmación de la potencia viril a través de la experiencia sexual puede resultar más poderoso que el apego emocional y erótico. Pues la potencia y excitabilidad desempeñan un rol fundamental en la configuración vincular del imaginario colectivo acerca de la masculinidad, la ternura y la afectividad no. Como bien lo dice Joseph Vincent Marques, “el costo subjetivo de haber sido socializado para dominar, consiste en una penosa dependencia narcisista de la imagen masculina idea que cree que debe encarar. Instrumentando su cuerpo y el de su compañera…viviendo la sexualidad como una siniestra alianza entre cerebro y pene (Citado en Burin & Meler, 2004)”.

 

            ¿Qué sucede entonces cuando la masculinidad claudica? Aquellas situaciones en las que la masculinidad no sale triunfante, en las que el hombre no puede “hacerlo la noche entera”. En los que aparece la contrafigura del macho dominante, como lo son Bad Bunny y Victor Manuelle, que presume su poder sexual. Es aquí donde nos encontramos con el aspecto oscuro de la masculinidad, que abarca desde la falta de deseo hasta las disfunciones sexuales. Pues “la eficacia de lo inconsciente y el carácter inaprensible del deseo humano se hacen particularmente evidentes en los hombres, cuyos cuerpos no saben mentir, sino que testimonian, más allá de la voluntad de los yoes que han construido, el estado del deseo o su carencia (Burin & Meler, 2004)”. El hombre no puede fingir el deseo sexual y de goce, se ve traicionado por la alianza entre su cerebro y su pene (Marqués), la cual exhibe terror por medio de la impotencia. Trastorno básico de la sexualidad masculina que remite a la problemática del goce sexual y vital. Generando un sufrimiento intenso en el hombre que la padece, una insatisfacción vital que puede inclusive llevar al suicidio (Etchegoyen & Arensburg, 1977). Padecimiento masculino que deriva del agobio ante el imperativo de sostener la ilusión fálica.

 

            Esta es la contracara penosa de la dominación que surge de este mismo discurso patriarcal de la indiferencia. “La inexistencia del pene en la mujer no se registra como una especificidad sexual, sino como una peligrosa mutilación que podría llegar a ser sufrida por el propio sujeto (Etchegoyen & Arensburg, 1977)”. De aquí que se tenga la percepción desmentida acerca de las mujeres como seres castrados, imaginería elaborada con el fin de reafirmar el dominio social masculino (Burin & Meler, 2004). De acuerdo a Emilce Dio Bleichmar:

 

La investidura narcisista del pene y de la excitación sexual masculina es prioritaria con respecto de la relación amorosa con las mujeres, dado que nuestra cultura aún no ha instalado una representación colectiva de la castración simbólica, y esto es evidencia en el hecho de que continúa en vigencia la atribución imaginaria de omnipotencia sobre uno de los géneros. En cada uno de sus actos cotidianos, muchos varones se esfuerzan en sostener esa ilusión (Burin & Meler, 2004).

 

Pero parece que la construcción de una mujer imaginaria sobre la base de la representación especular de sí mismo resulta más perjudicial que beneficioso, para ambos sexos, pues al negar la diferencia, las diferencias, se anula la identidad.

 

De esta forma, se diluye el límite entre él y el otro. El mundo se presenta solo como proyecciones de sí mismo. No es capaz de conocer al otro en su alteridad y de reconocerlo en esta alteridad. Solo hay significaciones allí donde él se reconoce a sí mismo de algún modo. Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo (Han, 2012).

 

            Mientras se sigan ignorando las diferencias entre hombres y mujeres no podremos tener una cultura de reciprocidad, amor y respeto entre las personas, una sociedad de la equidad, capaz de contener diferenciadamente a los dos géneros. Pues “esto no puede ocurrir más que dentro del respeto de las diferencias, cuando el otro es reconocido por lo que es, en un deseo, una alianza y un entrelazamiento de las cualidades propias de cada uno o una (Irigaray, 2007)”. De otra forma la cercanía al otro seguirá representando un peligro, un juego que para todos “va a terminar mal”. Si cambiáramos el discurso, qué diría la letra? Ya que tanto hombres como mujeres padecemos el patriarcado, sacrificando nuestros deseos por la ilusión de un privilegio que perjudica hasta a los que supuestamente gozan de él.

 

 

Bibliografía

 

  • Burin, M., & Meler, I. (2004). Varones: Género y subjetividad masculina. Argentina: Paidós

 

  • Chasseguet-Smirgel, J., David, C., Grunberger, B., Luquet-Parat, C. J., MacDougall, J., & Torok, (1999). La Sexualidad Femenina. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva.

 

  • Etchegoyen, R. H., & Arensburg, B. (1977). Estudios de clínica psicoanalítica sobre la sexualidad. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión

 

  • Han, B. (2012). La agonía del Eros. (R. Gabás, Trad.) Barcelona, España: Herder Editorial.

 

  • Harari, Y. N. (2017). De animales a dioses: breve historia de la humanidad. Mexico: Penguin Random House.

 

  • Manuelle, V. (2017). Mala y Peligrosa [Grabada por Victor Manuelle y Bad Bunny]. En Mala y Peligrosa Sencillo [MP3 file]. Estados Unidos de America: Sony Music Latin.

 

  • Irigaray, L. (2007). Espéculo de la otra mujer. Madrid: Ediciones Akal.

 

 

  • Zakin, E. (2011) Psychoanalytic Feminism. The Stanford Encyclopedia of Philosophy. (Verano 2011). https://plato.stanford.edu/archives/sum2011/entries/feminism-psychoanalysis/.