05_Dolor_2016_03_21_ANDERS ENGELBOLAutor: Fernanda Grageda
“El inconsciente es un conservador del dolor. No lo olvida” Juan David Nasio
En El libro del dolor y del amor Nasio (1996) describe brevemente el caso de una paciente:
“Clémence tiene treinta y ocho años. Aquejada de esterilidad, lucha por ser madre. Está siguiendo conmigo un tratamiento analítico desde hace tres años. Aún tengo vivo el recuerdo del día en que, al anunciarme que había quedado embarazada, exclamó: “¡Hemos triunfado!” Experimenté entonces el sentimiento de compartir la felicidad del entorno próximo que, con Clémence, se había movilizado para conseguir el embarazo. Pienso en su marido tan presente y en su ginecólogo, un excelente especialista en tratamientos sobre esterilidad.
Durante el transcurso de los meses que siguieron, las sesiones se fueron dedicando esencialmente a vivir  y a decir ese período intenso en el que una mujer descubre en el acto de devenir madre. Llegó el momento del parto, y Clémence dio a luz a un hermoso niño. Ese mismo día me telefoneó radiante, para anunciarme el nacimiento de un varón llamado Laurent. Dichoso a mi vez la felicité cálidamente. Tres días más tarde me sorprendió recibir un segundo llamado telefónico de un tenor completamente diferente. Con una voz sorda y ahogada, casi inaudible, me informó: “Perdí al bebé. Murió esta mañana en la clínica. No se sabe de qué.” Al escuchar estas terribles palabras, me quedé paralizado por el estupor y sólo atiné a decir: “¡No es posible! ¡Es un disparate!…”
 
Me gustaría detenerme en este momento para profundizar en lo que es el dolor y poder relacionarlo con el caso. Cuesta trabajo dimensionar el sufrimiento por el que atraviesa la paciente y lograr comprender lo doloroso que fue para ella el proceso de duelo.
Nasio (1996) cita a Freud en su libro “El malestar de la cultura” (1930):  “Desde tres lados nos amenaza el sufrimiento; desde el cuerpo propio, destinado a la ruina y a la disolución […]; desde el mundo exterior, que puede abatir sus furias sobre nosotros con fuerzas hiperpotentes, despiadadas, destructoras. La tercera amenaza,  la que nos interesa aquí, proviene, “por fin, desde los vínculos con los seres humanos”. Y precisa Freud “al padecer que proviene de esta fuente lo sentimos tal vez más doloroso que a cualquier otro”. Describe tres lados desde donde nos amenaza el sufrimiento, siendo el vínculo con los seres humanos el más doloroso padecer frente a cualquier otro. Los seres humanos constantemente no enfrentamos con pérdidas, pero es principalmente la pérdida del objeto de amor, la separación del ser amado o de su amor, la que puede provocar tal grado de dolor.” (p. 33)
 
Fleming (2006) en su artículo “Distinction between mental pain and psychic suffering as separate entities in the patient’s experience” escribe que:
 
Desde los inicios del psicoanálisis Freud  consideraba que el primer dolor que se siente es en el recién nacido cuando desesperanzadamente es separado de su mamá, eso es, la experiencia del bebé de verse a sí mismo en la  ausencia del otro […] Freud fue el primero en descubrir que el primitivo aparato psíquico de los humanos no tiene la capacidad de pensar o elaborar el dolor. Después de que esta capacidad es adquirida por la mente, propuso que la segunda condición mental es necesaria para manejar dolor mental: esa capacidad es la de tolerar la frustración. (p. 195)
Más adelante, en Inhibición, síntoma y angustia, Freud (1926), citado por Nasio (1996), hace la distinción entre dolor y angustia, siendo el primero causado por la pérdida afectiva de la persona amada mientras que la angustia es una reacción ante la amenaza de una eventual pérdida.
 
Freud en su obra “Proyecto de Psicología” (1895) dedica un capítulo a este tema. El capítulo lleva el nombre de “El dolor”. En él hace un intento por explicar científicamente, y desde una perspectiva económica, lo que sucede en el aparato psíquico cuando hay dolor. Roitman (1995) lo describe de la siguiente manera:
 
El dolor puede ser ocasionado por una cantidad exógena intensa o bien por el fracaso o la inexistencia del dispositivo protector, como consecuencia al no procesamiento de magnitudes endógenas. Cualquiera de las dos situaciones provoca y es consecuencia de alteraciones económicas que van por todo los caminos de descarga posibles. Deja fijaciones duraderas como si estas neuronas hubieran sido traspasadas por el rayo. Es el más imperioso de todos los procesos, si bien el sistema tiene la inclinación a huir de él . (p. 1166)
 
La misma autora hace una diferencia entre el dolor y la vivencia del dolor, “En el dolor todo el sistema queda traspasado por un rayo. La vivencia del dolor, si bien deja facilitaciones, no arrasa al sistema, no lo traspasa.” (Roitman, 1995, p. 1168). Para después escribir:
 
El dolor psíquico, circunscripto al dolor como cantidad irrumpiente, desarticula el principio de placer y lo deja en una “más allá de éste”, superando momentáneamente las posibilidades de que el psiquismo descargue adecuadamente por vía del afecto o la procese por la vía de la representación. El dolor puede ser de origen endógeno o exógeno; cuando es de origen exógeno igualmente se convierte en psíquico, al actuar como cantidad irrumpiente. (Roitman. 1995. p.1155)
 
El mismo Freud (1926) escribe “recordemos que en nuestro examen del duelo no pudimos llegar a comprender por qué es tan doloroso”, afirmación en la que Nasio (1996) intenta profundizar sugiriendo que:
 
Podemos convenir en que cuando se produce la muerte de un ser querido, pierdo ese yo ideal propio de nuestra relación de amor y de deseo. Pero, ¿es eso todo lo que pierdo? Yo era el objeto, pero él, ¿qué era exactamente? No era mi yo ideal, sino el soporte  real de ese yo. Empero, hay otra cosa que se ha ido con su muerte. Aquello que ha partido con él no es solamente mi yo ideal, sino el soporte viviente que era su persona, a saber su olor, el timbre de su voz, el encanto de su presencia. […]El dolor de duelo no es dolor de separación, sino dolor de lazo. Este es el nuevo concepto que quería portar: pensar que lo que duele no es separarse sino aferrarse más intensamente que nunca al objeto perdido. Así, […] parecería que el dolor se engendra no en la operación de desprendimiento sino en la de recentramiento y en la sobreinvestidura del vínculo psíquico con el objeto. (p. 196-199)
 
Concuerdo con Nasio cuando habla de que la pérdida del ser amado conlleva a la pérdida del yo ideal. Me parece una aportación valiosa distinta a las estudiadas anteriormente. Me hace pensar que la herida es narcisista pues todo recae sobre la persona que se queda, no sobre la persona que se va.
 
“Los accesos de dolor que puntúan el duelo son pues irrupciones de un amor tenaz que no quiere desaparecer”. (Nasio, 1996, p. 75)
 
Freud (1926) más adelante en Inhibición síntoma y angustia escribe:
 
El duelo se genera bajo el influjo de examen de realidad, que exige categóricamente separarse del objeto porque él ya no existe más. Debe entonces realizar el trabajo de llevar a cabo ese retiro (libidinal) del objeto en todas las situaciones en que el objeto fue asunto de una investidura elevada. El carácter doliente de esa separación armoniza con la explicación que acabamos de dar a saber, la elevada e incumplible investidura de añoranza del objeto en el curso de la reproducción de las situaciones en que debe ser desasiada la ligazón con el objeto. (p. 160-161)
 
Estoy de acuerdo con lo mencionado anteriormente y puedo concluir que en el caso de Clémence, ella no sólo pierde a su hijo, pierde la posibilidad tan anhelada de ser madre que fue construyendo con su analista, además de todas las expectativas, deseos y anhelos puestos en ese bebé que partió rápidamente y sin motivo claro. Desea mantenerlo más vivo que nunca, situación que le provoca, según Nasio, tremendo dolor.
 
Existen dos tipos de dolores psíquicos de acuerdo con Nasio (1996) y me parece que el segundo que se explicará a continuación, explica perfectamente el caso de Clémence:
 
Hay dos modos de reaccionar dolorosamente frente a la pérdida del ser amado. Cuando estamos preparados para verlo partir porque está condenado por la enfermedad, por ejemplo, vivimos su muerte con una pena infinita pero representable. Como si el dolor del duelo fuera nombrado antes de aparecer, y el trabajo del duelo comenzara antes de la desaparición del amado. Por ende el dolor, aunque insoportable, sigue estando integrado en nuestro yo y se acomoda en él. Si, por el contrario, la pérdida del objeto amado es súbita e imprevisible, el dolor se impone sin miramientos y trastorna todas las referencias de espacio, de tiempo y de identidad. Es absolutamente insoportable por su carácter de inasimilable por el yo. Si tuviéramos que designar cuál de estos dos sufrimientos merece cabalmente el nombre de dolor, elegiríamos el segundo. El dolor siempre lleva la marca de inmediatez y de imprevisibilidad. (p. 67)
 
 
Fleming (2006) en su artículo “On mental pain: from Freud to Bion” cita a Bion (1963) y escribe:
 
Bion consideraba el dolor mental como clave elemental en el trabajo de psicoanálisis. De acuerdo con Freud, él veía el dolor como una condición constitutiva  en la psique humana “el dolor no puede estar ausente de la personalidad” y también “yo considero el dolor como uno de los elementos de psicoanálisis”. Por lo tanto para Bion el dolor mental es elemental para ambos, el funcionamiento y la personalidad. Bion relacionó la génesis y dinámicas del dolor mental con el grado de tolerancia/intolerancia de la mente para la frustración. Para él los conceptos de frustración y dolor fueron similares […] Tolerancia al dolor mental es una operación compleja que depende de un número de factores que se juegan en la mente humana. Por ejemplo, depende de las disposiciones innatas de la mente misma, y en la calidad y predominancia de los lazos que relacionan el self con el objeto (p.196)
Fleming (2006) también cita a Weiss (1934) y a Federn (1926) y escribe lo siguiente:
Una pionera investigación de Weiss (1934) en la genesis del dolor mental proponía que el dolor mental ocurre cuando hay una herida en el yo “la herida abierta entonces provoca que el yo produzca una expresión de dolor mental”. Weiss fue uno de los primeros en llamar a una urgente necesidad de investigar el origen del dolor y el sufrimiento y despues sugirió, de acuerdo con Federn (1926), que el dolor está asociado con objetos de catexis mientras que el sufrimiento esta asociado con catexis narcisistas. (p. 197)
 
Roitman (1995) retomando a Freud, establece una escala de términos de diferentes momentos del proceso de dolor. Escribe:
 
En relación al dolor, podríamos establecer una en términos de diferentes posibilidades y/o diferentes momentos de un proceso:
 

  1. Dolor no inscribible- por su intensidad- debido a una irrupción traumática de cantidades, o porque el psiquismo desvalido no cuenta con suficientes posibilidades de mantener las inscripciones porque el yo incipiente no tiene suficiente fuerza de ligadura […] entonces no hay percepción ni representación que pueda ligar la cantidad para evitar el vaciamiento libidinal.
  2. La vivencia del dolor, que deja como sedimento anímico una estructura perdurable que organiza el psiquismo en función de una tendencia, siguiendo el principio de placer […]
  3. El dolor por retiro de investidura de un objeto. Se vincula con la vivencia del dolor, pero el objeto está mejor discriminado. Se pueden considerar distintos momentos ya que es distinto el dolor del lactante cuando surge la necesidad y el objeto no está presente, al dolor en los procesos de duelo, en un adulto con una estructuración psíquica más compleja (p.1176-1177)

 
Finalmente quisiera compartir lo que dice Friszman (1995) en relación a la pérdida de un ser querido:
 
El dolor por la pérdida de un ser querido pone en juego el reencuentro con la experiencia de separación, o sea, lo otro, el negativo de la experiencia del encuentro, inaugural en el nacimiento. Es, entonces, una experiencia, una vivencia en los límites. En este caso, en el límite del dolor de la separación porque se torna en su evocación, multiplicado por lo inapelable de la desaparición del objeto (de su muerte). O sea, en los límites del sufrimiento, el sentimiento del duelo nace. (p. 444)
 
Sigamos:
 
“… poco tiempo después del acontecimiento trágico, Clémence volvió a verme. Agotada, era incapaz de desplazarse sola, y habían tenido que acompañarla hasta la sala de espera. Al ir a recibirla, descubrí a una mujer transformada por la angustia. No era más que un cuerpo impersonal, extenuado, vaciado de toda fuerza, sólo aferrada a las imágenes omnipresentes de su bebé capturado en todas las escenas en las que aún estaba con vida. Su cuerpo encarnaba perfectamente al yo exangüe del ser dolido, un yo abatido, suspendido en el recuerdo vivo del niño desaparecido […] Durante el período que siguió inmediatamente la muerte de Laurent, escuché muchas veces a Clémence declarar su temor de volverse loca. Es cierto que, en algunos momentos, habría podido parecerlo…”
 
Hemos estado hablando del dolor psíquico en el duelo, sin embargo es imposible separarlo por completo del dolor físico. Nasio (1996) hace un intento por diferenciarlos con fines teóricos diciendo que:
 
Cuando la causa se localiza en el envoltorio de protección del yo que es el cuerpo, calificamos el dolor de corporal; cuando la causa se sitúa mas allá del cuerpo, en el espacio inmaterial de un poderoso lazo del amor,  el dolor se denomina psíquico. (p. 31)
 
Weiss (1934) hace una comparación entre dolor físico y psíquico, diciendo que:
 
El trabajo de duelo es comparable con la cicatrización o sanamiento de una herida. Los objetos de amor, como ya sabemos, están estrechamente cercanos al yo, como si fueran parte de él. Si fueran arrancados de él, el yo reaccionaría como si hubiera sufrido una mutilación. La herida abierta entonces producida en él es justo lo que deviene en la expresión de dolor mental. (p. 12)
 
 
No ahondaré más en la relación psique soma pues no es el objetivo del trabajo, aunque sí me gustaría hacer mención de que en el caso de Clémence podemos ver cómo su cuerpo es una muestra fiel de lo que le ocurre emocionalmente. Vemos en su cuerpo la ardua tarea que el yo está realizando, las pocas energías que le quedan para seguir teniendo contacto con esa realidad tan dolorosa por la que está atravesando y el esfuerzo que hace por mantener viva la imagen de su hijo fallecido.
 
Clémence atravesará por un proceso de duelo y forzosamente tendrá que sentir mucho dolor.  Leyendo a Freud (1917), a quien cito textualmente más adelante, me di cuenta que concuerdo con él pues entiendo que el proceso de duelo toma tiempo, tiempo en el cual el aparato psíquico trabaja arduamente para poderse recuperar, retirando poco a poco la libido antes depositada en el objeto. Freud (1917) en Duelo y melancolía lo dice de la siguiente manera:
 
Para cada uno de los recuerdos y de las situaciones de expectativa que muestran a la libido anudada con el objeto perdido, la realidad pronuncia su veredicto: El objeto ya no existe más; y el yo, preguntado, por así decir, si quiere compartir ese destino, se deja llevar por la suma de satisfacciones narcisistas que le da el estar con vida y desata su ligazón con el objeto aniquilado. Podemos imaginar que esta desatadura se cumple tan lentamente y tan paso a paso que, al terminar el trabajo, también se ha disipado el gasto de energía que requería. (p. 252)
 
Al leer a los autores citados en este trabajo llegué a la conclusión de que es inevitable tener que hablar del yo cuando se está hablando del dolor, pues entiendo que en el duelo el yo batalla para desintegrarse lo menos posible. De acuerdo con Butler (2003), citado por Cole (2005) en su artículo “Loss, mourning and time: commentary on papers by Martin Stephen Frommer and Mary Susillo”, ”cuando ha habido una pérdida, una parte del self ya no es accesible, la misma parte del self  que se construyó para la experiencia en esa relación en particular” (p. 540).
 
De una manera que considero más absolutista, Freud (1917) refiere que “el duelo normal vence sin duda la pérdida del objeto y mientras persiste absorbe de igual modo todas las energías del yo”. (p. 252)
 
Por su parte Nasio (1996) habla del principio de placer y cómo el yo se comporta frente a esta ruptura de la homeostasis en el sistema:
 
La ruptura de un vínculo amoroso provoca un estado de shock semejante al inducido por una violenta agresión física: la homeostasis del sistema psíquico queda rota, y el principio de placer abolido. Conmocionado, el yo consigue, pese a todo –como para el dolor corporal- autopercibir su propio trastorno, es decir, detectar en su seno el enloquecimiento de sus tensiones pulsionales desencadenadas por la ruptura. La percepción de ese caos se traduce inmediatamente en la conciencia por el vivo sentimiento de un atroz dolor interior. (p. 32)
 
Más adelante habla del dolor como una reacción frente al trastorno pulsional:
 
Frente al trastorno pulsional introducido por la pérdida del objeto amado, el yo se levanta: apela a todas sus fuerzas vivas- a riesgo de quedarse agotado- y las centra en un solo punto, el de la representación psíquica del amado perdido introducido por la pérdida el yo, apelando a todas sus fuerzas y con la posibilidad de quedarse agotado, logra levantarse y se concentra en mantener viva la imagen del desaparecido. Como si se empeñara especialmente en querer compensar la ausencia real del otro perdido magnificando su imagen. (p. 35)
 
“El dolor psíquico es el afecto que traduce en la conciencia la reacción defensiva del yo cuando, al ser conmocionado, lucha por reencontrarse” (Nasio, 1996, p. 34)
 
Bion (1989) recalca que:
 
En la perspectiva reversible la aceptación por parte del analista de la posibilidad de un deterioro de la capacidad para el dolor puede contribuir a evitar errores que puedan llevar al desastre. Si el problema no es tratado, la capacidad del paciente para mantener una situación estática puede dar lugar a una experiencia de dolor tan intensa que derive en una crisis psicótica. (p. 87)
 
Clémence mencionó varias veces el temor a volverse loca. Y Nasio (1996) lo explica claramente así:
 
Sabemos que  tal estado de dolor extremo, mezcla de vaciamiento del yo y de contracción en una imagen-recuerdo, es la expresión de una defensa, de un sobresalto de vida. También sabemos que este dolor es la última fortaleza defensiva contra la locura. Que en el registro de los sentimientos humanos, el dolor psíquico es en efecto, el último afecto, la última crispación de un yo desesperado que se contractura para no zozobrar en la nada. […] A veces , la aflicción de la persona en estado de duelo da lugar a tales irrupciones de exaltación que las imágenes demasiado claras y distintas del difunto resultan vividas con la nitidez de una alucinación. (p. 15)
 
Me gustaría finalizar con la importancia del papel que juega el analista en este proceso.
 
“… A Clémence le horrorizaba escuchar las palabras de consuelo que, en semejantes circunstancias, acuden tan fácilmente a los labios de los parientes y amigos: ¡No te preocupes! ¡Piensa en tu próximo embarazo! Aún estás a tiempo. ¡Ten otro hijo y verás cómo lo olvidas!´ […] Esas frases pretendientemente reconfortantes eran, de hecho, una apelación al olvido, una incitación a suprimir por segunda vez a su hijo muerto. Una incitación a perderlo de nuevo, ya no en la realidad, sino en `el corazón´ […]. Durante una sesión que tuvo lugar aproximadamente ocho meses después del deceso, intervine de una manera que se reveló decisiva […] pronuncié las siguientes palabras casi sin darme cuenta de lo que decía: `… porque si viene al mundo un segundo hijo, quiero decir el hermano o la hermana de Laurent…´. Antes aún de que hubiera podido terminar mi frase la paciente me interrumpió y, sorprendida, exclamó: `¡Pero es la primera vez que oigo decir ‘el hermano o la hermana de Laurent´! Tengo la impresión de que me he quitado un peso de encima’[…]. El dolor se calma siempre y cuando la persona que lo vive admita por fin que el dolor por un nuevo elegido vivo no abolirá jamás el amor por el desaparecidoel dolor ado un peso de encima´… papel que juega el analista en este proceso.allecido. caentras la persona sigue vive pues ya sa”.
 
De acuerdo a esta última parte del texto me da la impresión de que Nasio revela cómo de manera, aparentemente espontánea, logra decir algo que le hizo mucho sentido a la paciente pero además sirvió para movilizarla del lugar en el que se encontraba. Entendió claramente la necesidad de Clémence de nombrar a su hijo muerto como parte esencial de su historia y clave para elaborar del duelo. El analista, anterior a esta intervención, fue logrando acoger a su paciente en su dolor, a veces sin decir nada, esperó atento y pacientemente que ella se recuperara gradualmente y que finalmente aceptara lo perdido y más importante aún, la posibilidad de aprender a vivir con esa pérdida.
 
El mismo analista explica que:
 
El psicoanalista es un intermediario que acoge el dolor inasimilable de su paciente y lo transforma en un dolor simbolizado. […] No es en modo alguno proponer una interpretación forzada de su causa, ni siquiera consolar a la persona que sufre, ni mucho menos alentarla para atravesar su pena como una experiencia formadora que templaría su carácter. No; dar un sentido al dolor del otro significa, para el psicoanalista, entrar en concordancia con el dolor, tratar de vibrar con él y, en ese estado de resonancia esperara que el tiempo y las palabras lo erosionen. Con su paciente vuelto todo dolor, el analista actúa como un bailarín que, ante el traspié de su compañera, la ataja, evita que vuelva a caerse y, sin perder el vuelo, lleva a la pareja a recuperar el ritmo inicial. Dar un sentido a un dolor insondable es […] encontrarle y disponerle un lugar en el seno de la transferencia en donde podrá ser gritado, llorado y gastado a fuerza de lágrimas y palabras”. (Nasio, 1996, p. 22)
 
Habla también de que en la cura de Clémence influyeron varios factores:
 
La intervención del psicoanalista se había situado en el cruce de la teoría y el inconsciente. Por su manera de acoger el sufrimiento, de concordar con él y de proponer las palabras decisivas que han mudado el dolor insoportable en dolor simbolizado, el psicoanalista ha actuado gracias a su saber teórico, pero también con su inconsciente. Al obrar así, por su saber sobre el dolor y su saber surgido de la transferencia, ha calmado el dolor al otorgarle un marco. Ha tomado el lugar del otro simbólico  que, en el fantasma de Clémence, fijaba el ritmo de su deseo, ese otro a quien Clémence había perdido al perder a su bebé. (Nasio p. 64)
 
Me dio la impresión de que para Clémence el tiempo se detuvo cuando perdió a su hijo, o por lo menos ella lo vive de esa manera. Y esto lo menciono por lo que escribe Cole (2005) en su artículo “Loss, mourning and time: commentary on papers by Martin Stephen Frommer and Mary Susillo”:
 
Todos hemos estado a prueba por aquellos pacientes a quienes parece que el tiempo se detuvo, como consecuencia de una pérdida traumática. La falta de esperanza en la verdad necesaria de que la vida sigue desenvolviéndose ante nosotros, entonces su experiencia la viven como si se salieran de ese tiempo[…] Como analistas, tratamos de tener habilidades con esta paradoja: sosteniendo ambas la necesidad de esa ficción y la importancia de ver a través, para así valorar lo que nos están dando, y esa valoración solo puede suceder si reconocemos el paso del tiempo. (p. 540)
 
Como ya mencionamos anteriormente sabemos que el duelo, además de ser doloroso, tiene todo un proceso por el que el sujeto debe de pasar, retirando catexis del objeto perdido. Frizman (1995) lo propone así:
 
A través del proceso de pasaje, de la investidura sobre el objeto real y sobre el representante psíquico del objeto, a una identificación con sus distintas partes, lo que pone a salvo el lazo de unión, la relación que el sujeto y el objeto mantenían, en el plano de su interioridad. O sea, de un lazo relacional a un lazo identificatorio que permite integrar la función relacional del vínculo de amor, instalado procesalmente en el Yo algunos de sus rasgos incluyéndolos junto a lo que esa unión representaba para el sujeto. (p. 444)
 
Como revisamos anteriormente con Nasio el dolor es la última defensa contra la locura, y como cualquier defensa nos ayuda a salir adelante y a no renunciar a la vida, nos impide caer en la locura. Por lo tanto el dolor, aunque es difícil, nos acaba sacando adelante, nos rescata. Bion (1963), refiriéndose al dolor en análisis, lo escribe así:
 
Un análisis debe ser doloroso, no porque el dolor tenga necesariamente algún valor, sino porque un análisis en el cual no se observa el dolor ni se lo trata no puede ser considerado como enfrentando una de las principales razones por las que el paciente está en análisis. Se puede desechar la importancia del dolor por considerarlo como una cualidad secundaria, algo que debe desaparecer cuando los conflictos se resuelven; por cierto que la mayoría de los pacientes se adherirían a esta opinión. Además puede apoyarse en el hecho de que un análisis exitoso lleva a la disminución del sufrimiento […] En la perspectiva reversible la aceptación por parte del analista de la posibilidad de un deterioro de la capacidad para el dolor puede contribuir  a evitar errores que puedan llevar al desastre. (p. 87)
 
Encontrarle sentido a la pérdida ayuda a que disminuya el dolor y el sujeto pueda continuar con su vida. Friszman lo describe así:
 
El poder del yo de encontrar una causa investible, creíble, convincente de qué y, tal vez, del para qué de una perdida o la separación acontecida, es un poder irrenunciable para todo el trabajo de duelo, indisolublemente ligado al trabajo de historización y al posible nacimiento de un nuevo proyecto de esperanza para el sujeto. (p. 444)
 
 
 
“El dolor es esencial a la vida y no proviene del exterior, sino que cada uno lo llevamos dentro de nosotros mismos, como un manantial que no se agota”.
Schopenhauer
 
 
Bibliografía
 

  • Bion, W. R. (1963). Elementos de Psicoanálisis. Buenos Aires, Argentina: Grupo Editorial Lumen.
  • Butler, J. (2003). Violence, mourning, politics. Studies in Gender and Sexuality.4, p. 9-37
  • Cole, G. W. (2005). Loss, mourning and time: Commentary on papers by Martin Stephen Frommer and Mary Susillo. Psyochoanalytic dialogues. 15, p. 539-548.
  • Fleming, M. (2006). Distinction between mental pain and psychic sufferings separate entities in the patient´s experience. Internationl Forum of Psychoanalysis. 15, p. 195-200.
  • Fleming, M. (2008). On mental pain: from Freud to Bion. Internationl Forum of Psychoanalysis. 17, p. 27-36.
  • Freud, S. (1917) Duelo y melancolía. Obras Completas. Tomo XIV: Amorrortu editores.
  • Freud, S. (1930) El malestar en la cultura. Obras Completas. Tomo XXI: Amorrortu editores.
  • Freud, S. (1926) Inhibición, síntoma y angustia. Obras Completas. Tomo XX: Amorrortu editores.
  • Freud, S. (1926) Proyecto de psicología. Obras Completas. Tomo I: Amorrortu editores.
  • Friszman, E. J. (abril-junio 1995). Actualizaciones acerca de duelo y melancolía. Revista de Psicoanálisis APA. Tomo 52 (núm. 2), p. 443-462.
  • García, J. E. (enero-marzo 1996). Duelo y melancolía. 80 años después. Revista de Psicoanálisis APA. Tomo 53, p. 39-52.
  • Nasio, J. D. (1996) El libro del dolor y del amor. Buenos Aires, Argentina: Editorial Gedisa
  • Roitman, C. (octubre-diciembre 1995). Estados anímicos primordiales. Acerca de algunas formas en que se manifiesta el dolor psíquico, su origen y su procesamiento posterior. Revista de Psicoanálisis APA. Tomo 52 (núm. 4), p. 1153-1190.
  • Weiss, E. (Enero 1934). Bodily pain and mental pain. International Journal of Psychoanalysis. Volumen 15, p. 1-13.

 
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