father-s-eye-is-watching-you-1556785Por: Fernanda Grageda
El tiempo es relativo, a veces sentimos que se detiene o que pasa lentamente como en los sueños, y en ocasiones sentimos que se va volando cuando estamos disfrutando un momento. Sin embargo el tiempo siempre es el mismo, se mide en las mismas horas, días y años.
 
Hay distintos tiempos en nuestra vida como seres humanos, metafórica y fisiológicamente hablando. Nuestro cuerpo es una muestra clara de que el tiempo pasa y va dejando marcas de nuestra historia, cicatrices, arrugas, tatuajes.
 
El cuerpo es una historia del tiempo. Así, se van marcando cambios importantes en nuestro organismo, los cambios en la locomoción de los bebés, los cambios físicos en la adolescencia, las pérdidas con el envejecimiento. Pienso en la edad, y cómo los niños orgullosos y radiantes te comunican que “ya son grandes”, sintiendo su edad como un logro. Los jóvenes, que ansiosamente esperan cumplir la mayoría de edad para poder salir a bares. Y el tabú que existe de preguntar la edad a los adultos, y también cuando felices escuchan que parecen más jóvenes de lo que son, o habemos los buscamos aparentar tener más edad sobretodo para ganar credibilidad, particularmente frente a los pacientes. Más de una vez he sido víctima de la pregunta tan temida por nosotros los candidatos: ¿Cuántos años tienes?, a lo que nos vemos tentados a responder “Soy traga años”, ¿Traga años?, y pienso ¿En verdad los años se pueden tragar? ¿El cuerpo se puede comer el tiempo?. Claro que no, pero queremos creer que es así. Me doy cuenta que no estoy sola, cantidad de gente quiere aparentar tener una edad distinta a la cronológica, hacemos intentos por vernos mayores o menores, intervenciones quirúrgicas, maquillajes, injertos de cabello, ropa, moda, redes sociales, coches, lenguaje, actitudes, parejas, entre otros.
 
Muchas elecciones en la vida están permeadas por aparentar que el tiempo no pasa. Pienso en lo atemporal de lo inconsciente (Freud, 1925) y que negando el paso del tiempo queremos aparentar ser atemporales, tragarnos los años cómo si estos no hubieran pasado. Doltó (citada en Alizade, 2005) dice que la imagen inconsciente del cuerpo “ha de ser referida exclusivamente a lo imaginario, a una intersubjetividad imaginaria marcada de entrada en el ser humano por la dimensión simbólica (…) la encarnación simbólica inconsciente del sujeto deseante” (p. 81).
 
Es a partir de la intersubjetividad, de cada individuo cuando entró al mundo sombólico y las relaciones con ese otro, es así que cada quien pueda enfrentar los cambios en su cuerpo de manera distinta, con las angustias, duelos y ganancias que éstos implican. Los cambios físicos son una experiencia de vínculo donde el otro, con su mirada y palabra, guía las vicisitudes de la travesía (Alizade, 2005).
 
En “Adiós a la sangre” Mariam Alizade (2005) hace un recorrido detallado de un fenómeno determinante en el desarrollo físico de la mujer: la menopausia. La fertilidad en la mujer comienza con la menarca, así, con la llegada del primer sangrado, en varias culturas pasa de ser niña a ser mujer, que en mi opinión es un ejemplo más de una marca del paso del tiempo en el cuerpo. Los cambios físicos y psíquicos que tendrá que enfrentar esa, antes niña ahora mujer, serán difíciles sobretodo frente a la mirada del otro. Si la menarca es el inicio de la posibilidad de reproducirse, la menopausia es el final, “la última experiencia traumática como un ser sexual (…) en la menopausia se le quita todo lo femenino que le fue concedido en la pubertad” (Deutsch,1984, p.56). La mujer tiene que atravesar por el duelo de perder tan importante capacidad, esta transformación corporal.
 
La elaboración de los sucesivos pequeños duelos durante el proceso climatérico y menopáusico comprende a la vez un proceso de desinvestidura del cuerpo fértil de antaño y un acopio a nivel identificatorio de aquella dorada edad de juventud ahora simbolizada e internalizada. Esta identificación es crucial para la resolución del duelo. Una pequeña parte del objeto fuente de duelo es recuperada y sostenida intrapsíquicamente, y construye fertilidad simbólica interior. (Alizade, 2005, p. 61).
 
“Fertilidad simbólica interior” (Alizade, 2005), que manera tan bonito de plantearlo. La fertilidad no se pierde, sólo se transforma. Se pasa de tener fertilidad física a obtener fertilidad psíquica. Y ésta última ya no está sujeta a los cambios corporales, con éste introyecto el cuerpo pasa a segundo plano y la mujer se puede quedar con algo igual de valioso, que la naturaleza no le quitará tan fácilmente.
 
Recordar la propia historia y hacerse dueño de ella, introyectando y valorando lo que se tuvo y aceptando que se terminó, me parece crucial para que el psiquismo pueda elaborar los duelos del cuerpo. En la vida debemos renunciar a cosas viejas para hacer espacio para lo nuevo.
 
Con la pérdida del sangrado menstrual el cuerpo nos recuerda la finitud (Alizade, 2005). Situación que también pienso generalizable a las pérdidas de las facultades corporales en hombres y mujeres, el cuerpo nos recuerda que somos mortales y que hay un fin. En esta vivencia de pérdida y vislumbramiento del envejecimiento, la muerte y el deterioro se convierten en pura vida (Alizade, 2005), situación que puede darse en enfermedades terminales, por ejemplo. Saber que tenemos el tiempo contado nos lleva a vivir más plena y conscientemente.
 
Con la pérdida del cabello y su color, la escucha, la visión, la locomoción, la memoria, el apetito sexual, la condición física, entre muchas otras cosas que se pierden con el paso del tiempo, se juegan muchos elementos en la psique, lo que golpea al cuerpo, golpea a la psique.  Alizade (2005) afirma que “El fin de la fertilidad reactiva anteriores duelos, los resignifica y, gradualmente, como en una caja de sorpresas, extrae objetos de diversa índole y los hace jugar en el psicodinamismo de la despedida” (p. 45). Pienso que lo inconsciente es una caja de sorpresas que vamos descubriendo con el tiempo pues, en la vida se remueven y muestran diversos aspectos de esta instancia en la persona. Lo inconsciente nunca deja de sorprendernos, y las pérdidas corporales no serán la excepción, por lo mismo hay que observarlas, sentirlas y elaborarlas.
 
Este afán por desafiar el tiempo, de ponernos o quitarnos años de encima no es generalizable a todos los seres humanos, la valoración o devaluación de la edad y capacidades corporales es de orden cultural. Los mandatos superyóicos nos decretan valorar la juventud y belleza por un lado, y que envejecer es una señal de decadencia y sinónimo de exclusión. (Alizade, 2005). En algunas culturas los ancianos son respetados y honorados, mientras que en otras son despreciados y desvalorizados. En la religión judía los muchachos a los 13 años atraviesan por su “Bar Mitzvah”, en el entendido de que al cambiar sus cuerpos, sus almas lo hace también.
 
Algunas mujeres a sus 40 años de edad pueden ser consideradas jóvenes o viejas dependiendo de la cultura que las esté categorizando. “La representación-expectativa de un próximo envejecimiento tiene mayor aceptación y valor en el Oriente, donde la representación de la muerte está integrada al proceso de vivir. Occidente, preso en las redes del éxito y el consumo, huye de la verdad de la muerte y propicia su desmentida” (Alizade, 2005, p.76).
 
En la cultura occidental, sobretodo  en el continente americano envejecer suele ser algo temido y horrible, de ahí nuestros intentos por prolongar la vida. Reconocer la vida implica reconocer la muerte, al desmentir una desmentimos la otra, es necesario aceptar que vamos a morir para así poder vivir, en serio vivir.
 
El yo ideal occidental es inalcanzable, posiblemente eso explica los altos indices de depresión que observamos en el consultorio. Me parece importante que como seres humanos reconozcamos nuestra propia castración, de saber que no podemos todo, por ejemplo, no podemos detener el tiempo.
 
Pienso en los tratamientos de fertilidad, inseminación artificial, congelamiento de óvulos para alterar el ritmo natural del cuerpo, la ciencia está desafiando a la naturaleza, el cuerpo nos avisa cuando es tiempo para la reproducción y cuando éste ya terminó.
 
Capote, Segreso y Gómez (2011) afirman  que “una vez controlados los problemas ginecológicos neoplásicos, genitales y mamarios, la mujer se enfrenta a más años de vida, pero con otros problemas no menos importantes que el cáncer. La esperanza de vida se ha extendido, pero también ha aumentado el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, osteoarticulares, y neurodegenerativas”. La expectativa de vida es mayor, pero el cuerpo sigue llegando a su límite, desarrolla nuevas enfermedades, finalmente no podemos vivir para siempre.
 
En lo personal la ciencia me parece una gran ventaja, poder contar con todos los avances que nos ayudan a tener una mejor calidad de vida, a curar enfermedades, a quitar lo que no nos gusta de nosotros. Sin embargo opino, usemos la ciencia para lo que nos sea necesario, pero sepamos también cuando es tiempo de soltar el control sobre lo que ocurre en nuestro cuerpo. A continuación me propongo exponer brevemente dos casos clínicos.
 
Ana llegó a consulta refiriendo estar pasando por una “crisis de los 40”.  Tenía relaciones sexuales con otros hombres siéndole infiel a su esposo, salía con su hija y amigas a conciertos, bares, fiestas, etc. Decía tener una adicción al teléfono celular, y aseguraba que lo utilizaba como un medio para “escapar a su realidad”. Disfrutaba sentirse como una adolescente nuevamente pero al mismo tiempo le angustiaba saber que tenía 45 años y que “no estaba en edad para andar haciendo esas cosas”.  Fantaseaba con divorciarse para así poder “pubertear”, pero al mismo tiempo sabía que su esposo era un buen hombre y que la quería mucho. La ambivalencia entre estos dos estados la hacía sufrir, deseaba volver a ser joven pero su edad le recordaba la dura realidad. A pesar de todos sus intentos por sentir que rejuvenecía siempre terminaba siendo confrontada por su vida real, no la fantaseada: era una mujer de 45 años de edad, casada, con dos hijos. Acercarse a cumplir 50 años le angustiaba y no pudo hacer otra cosa que sentir que detenía el tiempo, usando su celular para engañarse de que éste no transcurría. Buscaba pretextos para culpar a su esposo por su infelicidad, lo cual les traía problemas al matrimonio. Ana no lograba contactar con la angustia que le provocaba su edad, y saber que ésta seguiría aumentando. Con el paso del tiempo logró hablar de algunas de estas angustias y llorar varias pérdidas, pero fue tal la amenaza de enfrentarse a su momento de vida, cuestionarlo y elaborarlo que finalmente abandonó el análisis. Al no poder elaborar el duelo de las pérdidas del cuerpo no pudo enfrentar los nuevos desafíos que su cuerpo le presentaba.
 
Daniel, de 8 años de edad, fue llevado a consulta por sus padres por eneuresis nocturna. Durante el día pudo controlar esfínteres a la edad esperada, pero por las noches le seguían poniendo pañal. Sus papás comenzaron a preocuparse pues los pañales de niño ya no le estaban quedando, fue entonces cuando pidieron una cita, se enfrentaron con una verdad que no podían negar más. Inconscientemente Daniel seguía siendo un niño pequeño, a quien le ponen pañal para dormir, lo limpian, lo cambian, lo miman, pero su realidad lo confrontaba, le recordaba su edad real, su cuerpo había crecido y ya no existían pañales para su cuerpo de niño, ya no era un bebé.  Ese choque entre su fantasía y la realidad lo angustiaba, había dejado de dormir en casas de amigos, primos y abuelos ya que le daba pena que lo vieran usando pañal, especialmente cuando su hermana, 3 años menor que él, controlaba esfínteres desde hacía tiempo. El trabajo terapéutico, en un primer nivel, consistió en que Daniel asumiera su realidad y que, por más difícil y doloroso que pudiera ser el hecho de crecer, era necesario para seguir adelante en su desarrollo. Actualmente Daniel ya no usa pañal, aunque seguimos trabajando en todo lo que psíquicamente le ha removido este cambio en su vida. Logró duelar su pérdida corporal y ahora se enfrenta a nuevos desafíos que su mismo cuerpo le presenta.
 
Por último me gustaría resaltar que es importante poner especial atención en los cambios corporales por lo que está atravesando el paciente, sin importar la edad que tenga. En la historia clínica debemos preguntar acerca de la menarca en las mujeres y los sueños húmedos en los hombres, así también debemos tomar en cuenta la pérdida de capacidades reproductivas en ambos, entre muchas otras cosas más. El tiempo pasa, nos guste o no, y con él trae y se lleva cosas de nuestro cuerpo, es una constante en la vida humana. Hablémoslo y analicémoslo, y ayudemos a nuestros pacientes a que hagan lo mismo. Me gustaría terminar con una cita Jung que dice: “El principal objetivo de la terapia no es transportar al paciente a un imposible estado de felicidad, sino ayudarlo a adquirir paciencia delante del sufrimiento”.
 
 
Bibliografía
 

  • Alizade, M. (2005). Adiós a la sangre. Reflexiones psicoanalíticas sobre la menopausia. Buenos Aires. Argentina: Grupo Editorial Lumen.
  • Capote, M., Segredo A., Gómez O. (2011). Climaterio y menopausia. La habana. Revista cubana de medicina general integral. http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0864-21252011000400013
  • Deutsch, H. (1984). The Menopause. International Journal of Psychoanalysis.Tomo 65, p: 55-62.
  • Freud, S. (1915). Lo inconciente. Obras completas. Tomo XIV: Amorrortu editores.

 
 
Imagen: freeimages.com / ginny warner
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