the-great-detective-1425530Por: Tania Díaz
“Entre el ingenio y la aptitud analítica existe una diferencia mucho mayor que entre la fantasía y la imaginación, pero de naturaleza estrictamente análoga. En efecto, cabe observar que los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el hombre verdaderamente imaginativo es siempre un analista.” Edgar Allan Poe, Los crímenes de la calle Morgue
En el trabajo como analista nos topamos diariamente con diferentes enigmas que nos conducen a pensar en diferentes historias a las que les damos vida en nuestra mente. Al poner a andar la imaginación, comenzamos a desarrollar hipótesis con las cuales podamos explicarle al paciente el qué o el porqué de lo que le sucede; es así que me remito a la labor de un detective, el cual busca pistas que le permitan llegar a una verdad, éstos a través de deducciones y observaciones van construyendo hipótesis que les permiten probar y comprobar sus teorías, algo no muy lejano a lo que hacemos en un proceso analítico.
Si pensamos en los detectives más famosos, podría apostar que el primero en el que muchos piensan es en el personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes, quien en compañía del Dr. Watson, logran descifrar innumerables casos en la ciudad de Londres de los 1800’s.
Creado a finales del siglo XIX, Holmes representa el último de los héroes victorianos: un hombre completamente convencido de la infalibilidad de la lógica y la razón, un hombre que confía en que la observación y la deducción conducirán a la fuente, una figura que resume la capacidad de una mente entrenada para extrapolar los detalles y reconstruir la gran historia (Jann 1995 en Yang, A. 2010).
Holmes, como Freud, desarrolla sus teorías deductivas en Europa, ambos llegan a descifrar un enigma a partir de la observación de detalles nimios, parecen tener la capacidad de integrar su amplio conocimiento en diversas disciplinas a un caso y son percibidos como algo fuera de lo común. Si bien Holmes es un personaje ficticio, nos topamos con características que comparten ambas disciplinas, después de todo “Freud tenía un marcado interés por las historias del crimen, y se deleitaba particularmente en leer las historias de Sherlock Holmes” (Yang, A. 2010).
A través de la observación, Freud creo la teoría psicoanalítica, construyó casos en los que teorizó fenómenos, instancias psíquicas, etapas psicosexuales, pulsiones, entre muchos otros. Descubrió lo inconsciente y basó su teoría en esta entidad, explicando así la naturaleza humana.
Si bien Freud tenía conocimientos previos en medicina, fue aprendiz de Breuer, y la psiquiatría ya existía, no sólo sus bases. Éste vino a revolucionar toda una era con sus descubrimientos, mismos que a más de un siglo de su creación siguen vigentes y dan pie a la investigación de la psique humana. Lo mismo sucedió con Auguste Dupin, un personaje creado por el estadounidense Edgar Allan Poe, quien es considerado el primer detective de la historia. No es tan famoso como Sherlock Holmes, sin embargo, sentó las bases para la creación de éste. Comparten características como lo son el ser observadores, reservados, grandes conocedores de múltiples disciplinas y sobre todo que utilizan la deducción como un modus vivendi.
Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. (Poe, E., 2002, p. 230)
Encuentro equiparable la labor del analista con la del detective, quien está continuamente preguntándose, observando y auto observándose para responderse aquello para lo que aún no se ha encontrado respuesta. Si bien el análisis es en gran parte una labor del paciente, el analista debe estar un paso adelante que el analizado para que de esta manera pueda guiarle, después de todo para llegar a ser analista también se pasa por el análisis propio.
Para ejemplificar algunos de estos aspectos, me gustaría recorrer los tres cuentos de Poe en los que aparece Auguste Dupin, esto con el fin de ejemplificar sus semejanzas con la teoría psicoanalítica de Freud.
Auguste Dupin era un joven caballero que provenía de una familia que podría denominarse ilustre, misma que cayó en desgracia y perdió su fortuna. El narrador y compañero de Dupin, conoce a este último en una librería en donde ambos buscaban el mismo libro “tan raro como notable”. El narrador acababa de llegar a París y al encontrarse y adentrarse en la historia de Dupin deciden rentar una mansión abandonada, conversaban y dialogaban sobre aquello que la observación silenciosa les brindaba. Juntos tratan de descifrar casos enigmáticos, y la habilidad de Dupin para descifrar al otro sorprende continuamente al narrador.
En Los crímenes de la Calle Morgue se narra la historia de un asesinato doble: una madre y su hija son asesinadas y la policía francesa no ha logrado encontrar al culpable. Al leer los periódicos, Dupin y su amigo se enteran de los pormenores del caso y deciden ir a explorar la escena del crimen; a través de las declaraciones en donde se suscitan discrepancias en cuanto a la nacionalidad del asesino, el modo en el que son encontrados los cadáveres de las víctimas y una observación detallada en cuanto al lugar y pruebas circunstanciales se refieren, Dupin resuelve el asesinato y lanza un anzuelo para comprobar que su teoría es cierta reafirmando así su hipótesis.
A través de sus peripecias, vamos siguiendo a Auguste Dupin en su tren de pensamiento, encontramos deducciones, enigmas y comparaciones con distintas temáticas que, a mi parecer, llegan a perfilarse como analogía de la teoría Freudiana. Para ejemplificar esto, me gustaría hacer una comparación en lo que Poe dota a Dupin de conocimiento y la técnica con la que Sigmund Freud llega a la construcción del modelo topográfico de lo inconsciente.
La profundidad corresponde a los valles, donde la buscamos, y no a las cimas montañosas, donde se la encuentra. Las formas y fuentes de este tipo de error se ejemplifican muy bien en la contemplación de los cuerpos celestes. Si se observa una estrella de una ojeada, oblicuamente, volviendo hacia ella la porción exterior de la retina (mucho más sensible a las impresiones luminosas débiles que la parte interior), se verá la estrella con claridad y se apreciará plenamente su brillo, el cual se empaña apenas la contemplamos de lleno. Es verdad que en este último caso llegan a nuestros ojos mayor cantidad de rayos, pero la porción exterior posee una capacidad de recepción mucho más refinada. Por causa de una indebida profundidad confundimos y debilitamos el pensamiento, y Venus misma puede llegar a borrarse del firmamento si la escrutamos de manera demasiado sostenida, demasiado concentrada o directa. (Poe, E., 2002, p. 239)
Ligando esto a lo que Freud plantea en su artículo Lo inconsciente (1915/2012), si llegamos a la profundidad del aparato psíquico nos toparemos con el material reprimido, inconsciente. Para  conocer este material, como en la astronomía, tenemos que mirar a través de lo que deflexiona el objeto de estudio, ya sea la luz que despide una estrella, los sueños, los chistes o los actos fallidos. A través de éstos, podemos descifrar las pistas que se nos dan para poder integrar una hipótesis que nos permitirá entender el síntoma sin ser ofuscados.
Sería erróneo imaginarse que el Icc permanece en reposo mientras todo el trabajo psíquico es efectuado por el Prcc, que el Icc es algo periclitado, un órgano rudimentario, un residuo del desarrollo. O suponer que el comercio de los dos sistemas se limita al acto de la represión, en que el Prcc arrojaría al abismo del Icc todo lo que le pareciese perturbador. El Icc es más bien algo vivo, susceptible de desarrollo, y mantiene con el Prcc toda una serie de relaciones; entre otras, la de la cooperación. A modo de síntesis debe decirse que el lcc se continúa en los llamados retoños, es asequible a las vicisitudes de la vida, influye de continuo sobre el Prcc y a su vez está sometido a influencias de parte de éste. (Freud, S., 1915: 2012, p.187)
Según Freud (1915/2012), un acto psíquico atraviesa por dos fases de estado entre las cuales aparece una censura. En la primera de estas fases, él es inconsciente y por ello pertenece al sistema Icc; si es rechazado por la censura, no logra pasar a la segunda fase por lo que se le llama reprimido y tendrá que permanecer inconsciente. Sin embargo, si logra pasar la segunda fase pasará al preconsciente, haciéndose así asequible a lo consciente. Es así que “la represión es en lo esencial un proceso que se cumple sobre representaciones en la frontera de los sistemas Icc y Prcc (Cc).”. (Freud, S., 1915: 2012, p.187)
A través de las formaciones sustitutivas se logra una satisfacción en la que se descargan los deseos inconscientes, esto de manera simbólica de tal forma que podemos seguir sus pistas para dar con el contenido inconsciente y así entender los síntomas del sujeto. En palabras de Freud, “Si la pulsión no se adhiriera a una representación ni saliera a la luz como un estado afectivo, nada podríamos saber de ella.” (Freud, 1915:2012, p.173)
En El Misterio de Marie Rougêt, Poe nos introduce nuevamente en el mundo de Auguste Dupin: una vez descifrados los asesinatos de la calle Morgue, Dupin adquirió fama en su ámbito, sin embargo, nunca emitió explicación alguna sobre cómo llegó a descifrarlo, sólo compartió esta información con su inseparable amigo.
En esta ocasión, el caso de Marie fue un real y sonado asesinato en Estados Unidos, ambientado en Francia. Marie, era una chica que unos meses antes había perdido a su padre, ayudaba a administrar las pensiones de su madre y, por su gran belleza, fue contratada por una tienda de perfumes por lo que era conocida por toda la comunidad en la que vivía. Marie desaparece sin haber sido vista por alguno de los pobladores de la ciudad en donde vivía y aparece muerta algunos días después. Dupin comienza a indagar y describe cómo la simplicidad con la que tratan el caso es lo que lo hace tan complicado. Es así que después de varias indagaciones, llega a determinada conclusión en la que ata los cabos sueltos y encuentra al culpable del crimen.
Para Freud, el caso quedaría claro: incluso si el asesino intentara conscientemente convencerse de que la clave era distraer a los investigadores, la razón última de su acto surgió de su deseo inconsciente de ser descubierto, tal vez como un deseo de reconocimiento, – quizás como expiación por el crimen, o quizás como un alivio para su culpabilidad-. (Yang, A. 2010)
Siguiendo esta línea, los contenidos inconscientes van a buscar expresarse a través de diversos fenómenos, uno de ellos, el sueño. Freud en su 9ª conferencia, La censura onírica (1916), plantea la indagación, y comprensión de la desfiguración onírica, entendiéndola como aquello que nos hace aparecer ajeno e incomprensible el sueño, comprenderla es una tarea inmediata. Durante el sueño se pueden encontrar lagunas, no del recuerdo sino del contenido, como si estuvieran borrados, interrumpidos. Esto es lo que nos atañe y tenemos que descifrar. Donde quiera que haya lagunas dentro del sueño manifiesto, la censura onírica es la culpable, tenemos que pensar en una censura onírica toda vez que un elemento del sueño es recordado de manera particularmente débil, imprecisa y dudosa entre otros recuerdos que cuentan con mayor nitidez. Es así que los contenidos latentes dan pistas sobre lo que sucede dentro de lo inconsciente, buscando, de cierta manera, aliviar cierta presión o culpa.
Prevalece [en el icc] una movilidad mucho mayor de las intensidades de investidura. Por el proceso del desplazamiento, una representación puede entregar a otra todo el monto de su investidura; y por el de la condensación, puede tomar sobre sí la investidura íntegra de muchas otras. He propuesto ver estos dos procesos como indicios del llamado proceso psíquico primario, dentro del sistema Prcc rige el proceso secundario […] (Freud, S., 1915: 2012, p.183)
Sin lugar a dudas, el analista tiene que aprender a comprender los idiomas con los que los pacientes hablan a través de su inconsciente. Es así que tenemos que pensar en ocasiones desde un aspecto más primario para poder comprender y traducir al paciente, lo que le está sucediendo.
Pero la habilidad del analista se manifiesta en cuestiones que exceden los límites de las meras reglas. Silencioso, procede a acumular cantidad de observaciones y deducciones. Quizá sus compañeros hacen lo mismo, y la mayor o menor proporción de informaciones así obtenidas no reside tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. Lo necesario consiste en saber que se debe observar. (Poe, E., 2002, p. 231)
Si bien a lo largo del entrenamiento leemos cantidad de libros y artículos para aprender. Lo que llegamos a hacer, desde mi punto de vista, es comprender y entender a través de lo que cada uno ve e interpreta desde sus vivencias, dándole así un significado que va ligado a una vivencia personal, a una cuestión de empatía que va más allá de sólo escuchar: se enfoca en  ayudar a  procesar los contenidos del paciente.
Esto último me lleva a ligarlo con el último relato de la trilogía de August Dupin, La carta robada, que en su traducción literal sería La carta prolongada. En este relato, la policía francesa acude a Dupin debido a sus ya conocidas dotes y éxito, le comenta que es un asunto sumamente secreto y no puede dar detalles del caso. Sin embargo, los da: el problema en cuestión es que la reina leía una carta cuando el rey aparece en escena, ésta esconde la carta volteándola y el ministro aprovecha la oportunidad e intercambia la carta, misma que ahora le sirve para chantajear a la reina. Ésta quiere recuperarla. El prefecto de policía ha buscado hasta dentro de las patas de la silla y no ha logrado encontrarla por lo que acude con Dupin para ver si él puede revelar el misterio y así cobrar la gran recompensa prometida.
A lo largo del cuento, Dupin pasa de no mostrar interés por ayudar al prefecto de policía a decirle que él encuentra la carta si le firma el cheque por una suma relativamente alta. Es así que retomaré algunas frases para explicar algunos de los elementos de una sesión analítica.
“Lo esencial es invisible a los ojos”
                                                           Antoine de Saint-Exupéry
La mejor manera de esconder algo, es no esconderlo, dejarlo a la vista. A veces nos empeñamos en buscar lo oculto, lo profundo, dejando a un lado lo evidente por creer o que el otro ya lo sabe o que simplemente dejamos de ver lo que tenemos frente por algo que está relacionado con nuestras propias vivencias, es decir, algo contratransferencial.
El análisis tiene que librar combate con las resistencias de ambas fuentes. La resistencia acompaña todos los pasos del tratamiento; cada ocurrencia singular, cada acto del paciente, tiene que tomar en cuenta la resistencia, se constituye como un compromiso entre las fuerzas cuya meta es la salud y aquellas, ya mencionadas, que las contrarían. (Freud, S. 1912/2012 p.101)
Los afectos que salen a relucir en la sesión, ya sean transferenciales, contratransferenciales, resistenciales o contraresistenciales, tienen que ver con la manera en la que nos hemos relacionado con nuestros objetos y figuras y que muchas veces determinan qué tanto podemos seguir la fantasía del otro, empatizar con él.
A través de las interpretaciones, como el detective, vamos creando y probando nuestras hipótesis, hacemos nuestra la herramienta que puede resultar de lo inconsciente de la transferencia y de esta manera vamos poniendo en palabras aquello que el paciente padece pero ignora.
La demostración y la aclaración preparan al paciente para nuestra interpretación. Las interpretaciones, para que sean eficaces, no deben ir más allá de los límites de comprensión, de entendimiento emocional del paciente. Una interpretación es una hipótesis que requiere de las reacciones del paciente para su verificación (Waelder, 1960, citado en Greenson, R. 1976/2007). Las aclaraciones conducen a interpretaciones, y estas a su vez a nuevas clarificaciones. Con frecuencia, cuando el analista trata de hacer que aclare un fenómeno dado el paciente, este tropezará con su interpretación, el significado inconsciente. De modo análogo, la exactitud de una interpretación habrá de verificarse a menudo con nuevo material complementario del paciente. (Greenson, R. 1976/2007 p. 305)
Si bien cada persona va a tener diferentes puntos ciegos y al mismo tiempo distintas perspectivas e hipótesis vistas desde su historia de vida, el aparato mental no revelará tan fácilmente sus mayores secretos, los inconscientes, Utilizará diferentes mecanismos de defensa para intentar esconderlo tanto de él mismo como de los demás.
Sólo tienen en cuenta sus propias ideas ingeniosas y, al buscar alguna cosa oculta, se fijan solamente en los métodos que ellos hubieran empleado para ocultarla. Tienen mucha razón en la medida en que su propio ingenio es fiel representante del de la masa; pero, cuando la astucia del malhechor posee un carácter distinto de la suya, aquél los derrota, como es natural.  (Poe, E., 2002, p.288)
De esta forma, el analista tiene que estar continuamente en contacto con diversos estímulos tales como el discurso del paciente, observación de sus movimientos y comportamiento, lo que está sintiendo, la historia del paciente y la suya propia, todo de manera simultánea. Por ello Freud hizo hincapié en las reglas fundamentales del análisis: sólo al permanecer atento y neutral podemos descifrar ese secreto inconsciente que guarda el sujeto, los mecanismos con los que lo defiende y lo que intenta preservar nos guiarán para resolver el caso.
Bibliografía

  • Freud, S. (2011). 9º La censura onírica. En Obras completas: Sigmund Freud. (Tomo XVI, pp.125-135). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1916)
  • Freud, S. (2012). Lo inconsciente. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras completas: Sigmund Freud. (Tomo XIV, pp.153-214). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1915)
  • Freud, S. (2012). Sobre la dinámica de la transferencia. En L. Etcheverry (Traduc.), Obras completas: Sigmund Freud. (Tomo XII, pp. 93-105). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1912)
  • Greenson, R. (2007). Técnica y práctica del psicoanálisis. México: Siglo XXI.
  • Poe, E. (2002). Los Crímenes de la Calle Morgue. En Cuentos (Traducción Julio Cortázar) España: Alianza Editorial (229-293).
  • Yang, A. (2010). Psychoanalysis and Detective Fiction. Perspectives in Biology and Medicine, 53(4), 596-604.

 
 
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