Cada uno de nosotros vive un mito personal, una versión de sí mismo heredada a través del lenguaje verbal y no verbal por los principales portavoces de una historia que desean sea contada, vivida por alguien más que no son ellos. Es bien conocido que en el inconsciente de la pareja parental un hijo es ubicado en el sitio de quien está destinado a cumplir con el ideal, los sueños y deseos de realización de los padres.
 

Autor: Ana Laura Huitzil Castellanos.

Érase una vez una hermosa niña, nacida del inmenso amor de sus padres a un año de su unión como una linda pareja que deseaba enormemente una primogénita que consolidara su unión, y cuyo destino sería una vida alegre y tranquila rodeada de lujos y comodidades; esta pequeña encontraría por pareja un apuesto príncipe, heredero de un reino vecino y con el cual viviría feliz y plena el resto de su vida… no es la historia de mi paciente.

En 1908, Freud escribió “La novela familiar del neurótico” en la que explicaba la fantasía de muchos individuos de tener un origen distinto de aquél que en realidad tenían con la intención de justificar las fantasías edípicas. Otto Rank, basado en ello, propone que el origen del mito del héroe se basa en estas fantasías inconscientes alrededor del complejo edípico, resumido en el deseo por la madre y la hostilidad hacia el padre, transformado por una serie de mecanismos defensivos para poner a salvo las emociones y ansiedades que dicha situación provoca. La imaginación genera así, una explicación “reconfortante” y racional de la lucha de un individuo contra su origen y la jornada heroica que emprende desde el supuesto abandono o rechazo de los padres hasta la reivindicación de su origen noble y la compensación de sus desgracias con la consecución de glorias y triunfos. Pero tampoco es la historia de Aurora.

El mito de Aurora…

Hoy en día, la jornada heroica de todo individuo puede entenderse más allá de esta explicación y puede ser también, la representación de un mito que existe sobre cada uno de nosotros y que define nuestra manera de sortear las experiencias de la vida.

Cada ser humano tiene una doble existencia: por un lado es una persona con metas personales y por otro, es parte de una cadena en la que, sin voluntad consciente, cumple los objetivos de un grupo y una especie. Desde esta condición, cada individuo adopta una forma de repetición que se genera más allá de su aparato psíquico y que es transmitida generación tras generación, siendo consecuencia de una herencia cultural y familiar.

De las diversas maneras para definir un mito, retomo dos de ellas: el mito como una versión transfigurada de la realidad y el mito como un habla. Freud consideró el mito como el sueño de la humanidad, cuyo origen es un basamento histórico lleno de memorias de las experiencias del pasado. Los mitos y las fantasías son configuraciones primarias que se alojan y manifiestan en las estructuras sociales específicas de cada cultura y son a su vez, fuente de los ideales y modelos de relación de un individuo consigo mismo, con sus semejantes y con su ambiente. Cada uno de nosotros vive un mito personal, una versión de sí mismo heredada a través del lenguaje verbal y no verbal por los principales portavoces de una historia que desean sea contada, vivida por alguien más que no son ellos. Es bien conocido que en el inconsciente de la pareja parental un hijo es ubicado en el sitio de quien está destinado a cumplir con el ideal, los sueños y deseos de realización de los padres.

Cuando una pareja se reúne, la mayor parte de sus motivos son inconscientes y son éstos justamente, los que dan cuerpo al mito que un tercero, un hijo, representará al momento de nacer y a lo largo de su vida. El hijo vivirá experiencias dolorosas, no pertenecientes a su historia, sino a la de quienes le preceden. Esta repetición puede ser causada cuando los padres no están en condiciones de contener y procesar las vivencias de las historias individuales de sus hijos o aquellas que comparten a raíz de su conformación como pareja. Esta es la historia mítica, en tanto que se refiere a una versión de los hechos impregnada de los deseos y temores de la pareja parental tendiente a preservar una imagen acorde a los ideales heredados vigentes en la cultura y vehiculizados por el superyó.

Ahora bien, ¿cuál es el ideal colectivo predominante?. En términos generales, todos buscamos la felicidad, ser felices para siempre; el objetivo es entonces, ser y hacer lo que sea necesario para cumplir con aquéllos criterios que lo determinan, pero que cambian conforme a la época y son determinados por los valores culturales; en la familia, se trata de aquellos deseos y sueños que quedaron truncos en el mito de cada padre, en el mito de cada pareja… pero ocurre que ésa es una historia ajena, impuesta por el deseo de otros y moldeada por un grupo familiar y social. La aceptamos, indefensos, y comenzamos a vivirla con esmero pues, quién quisiera contradecir a sus primeros objetos de amor y correr el riesgo de quedarse solo y desprotegido?.

Aurora fue la primera hija de un matrimonio común. Nació por parto natural a los 9 meses de gestación y no fue amantada, pues no “toleraba” la leche materna. Desconoce la edad en que empezó a hablar y caminar. Su madre ha dicho que era una niña “llorona y berrinchuda”, por lo que “no sabía qué hacer con ella”. Su infancia se caracterizó por estar continuamente exigida a “comportarse maduramente”, situación que se enfatizó tras la separación de sus padres cuando ella contaba con cinco años. Vivió solitaria y retraída toda su infancia. Durante su adolescencia sobresalió por su belleza, lo que causó la envidia y alejamiento de las demás chicas, a cambio de la atención de los jóvenes. Mientras tanto, su madre se dividía cada día entre el trabajo y las labores domésticas para cubrir los gastos de casa y la manutención de todos sus hijos, pues no contaba ya con su pareja…

Los padres de Aurora se unieron con toda la intención de mantenerse juntos y felices como una familia típica y tradicional de provincia, sin embargo, las circunstancias en que cada uno creció y se desarrolló resultaron un impedimento para dicho fin: el padre, un hombre preparado pero con muchas dificultades para prosperar económicamente y la madre, una mujer con grandes demandas narcisistas no satisfechas. Aurora creció prácticamente al lado de su madre, por lo cual ella también sufrió importantes frustraciones y carencias afectivas, lo que ha dificultado su capacidad para ser empática con las necesidades de su hijo a quien también le exige que se comporte “maduramente”, lo cual evidentemente no resulta y ante lo que ella se siente expuesta como una madre incapaz ante los ojos de la familia.

Frente a la necesidad de internalizar pautas y códigos de una sociedad cada vez más pobre de mitos y símbolos que ofrezcan un recipiente adecuado a nuestras necesidades de expresión emocional, el ser humano se siente solo y vacío. La práctica psicoanalítica nos demuestra que muchas veces esta carencia se suple a través de una mitología individual y familiar inconsciente, encubierta por diversos tipos de racionalizaciones que son la “versión oficial” de nuestras vidas.

Aurora despertó de su cuento de hadas a los 16 años tras nacer su hijo. Entonces todo cambió: dejó la escuela para hacerse cargo del bebé, terminó la relación de noviazgo con el padre del pequeño y se alejó de sus familiares y amigos a consecuencia de sentirse continuamente observada y juzgada como una mala madre, joven e inexperta. Cuando se supo embarazada, sus alternativas de solución fueron, en principio, el aborto o la adopción, ideas que no fueron secundadas por sus padres, pues desde su perspectiva, Aurora había cometido una falta, pero con su apoyo podía enfrentarla y salir adelante… la versión oficial. Tras un año y medio de depresión, llegó a análisis buscando ayuda.

Cuando Aurora se embarazó se sentía abandonada y sola, con un vacío que no sabía cómo llenar; el hecho de estar viviendo su adolescencia recrudeció este sentimiento que experimentó desde su infancia. Su popularidad en esos momentos con los chicos la sintió como una forma de gratificación para sus necesidades de reconocimiento, atención y amor; de ahí que cuando conoció al padre de su hijo, creyó que ésa era la felicidad.

El embarazo de Aurora fue un grito urgente de atención para sus padres, quienes vivían su propia preocupación de manera egoísta, narcisista, lo que dejaba fuera las necesidades afectivas de alguien más.

La depresión posparto de Aurora puede ser entendida principalmente como la consecuencia de fuertes identificaciones parciales con la madre: por una parte, una imagen de la madre que la apoyó durante su embarazo y parto y por la otra, la de una mamá que en su niñez y adolescencia no la volteó a ver…

Es factible que el apoyo materno sea la resultante de un intento compensatorio por cumplir la expectativa no satisfecha que la propia madre de Aurora tenía con sus figuras paternas, mensaje que inconscientemente también es transmitido a Aurora y que desencadena una serie de repeticiones en donde el común denominador es “ser una hija perfecta, para así recibir el amor faltante de los padres”; pero en su caso, fue a través de una dura prueba: la maternidad no planeada.

Al no cumplir con la expectativa, Aurora se siente culpable y busca castigarse continuamente, se autoreprocha e incapacita reprimiendo los sentimientos de bondad hacia sí misma, lo que le genera el dolor que siente por vivir…

“Y vivieron felices para siempre”…

De acuerdo con León Grinberg en “Culpa y depresión”, el concepto del sentimiento de culpa está usualmente relacionado con las ideas de lo bueno y malo; sin embargo, el psicoanálisis lo reconsidera en el terreno de la responsabilidad humana, de una ética de nuestra conducta en función de nuestras metas y los fines que buscamos para alcanzarlas.

En el curso de su análisis, Aurora ha ido reconociendo paulatinamente la historia aparentemente feliz que vivía y que no le pertenece, recordando eventos dolorosos de su pasado. Ha podido asumir las capacidades y los recursos reales que posee para enfrentar su vida; ha admitido la responsabilidad de sus actos, aún cuando no fueran una decisión consciente, como algunas de las motivaciones que tuvo para embarazarse.

Actualmente se encuentra en la jornada analítica para descubrir la verdad que ella quiere construir para sí misma y como base para la vida de su pequeño; se ha ido transformando de una niña resentida y frustrada, incapaz de cuidar a su hijo, en una joven adulta y madre responsable. Enfrenta con mucho esfuerzo el proceso de reconocer los anhelos, las frustraciones y expectativas que, aún ahora, cada uno de los padres le colocan para conservar la idea de “la chica feliz” que ellos concibieron y a la cual ella misma se rebeló con su embarazo.

Existe una base mítica atemporal perdurable en nuestra época, aún cuando el privilegio de la razón ha relegado a los mitos a un orden mágico y supersticioso, pero cuya vigencia no necesariamente es sinónimo de ignorancia o locura; más bien es la persistencia de las fantasías y mitos de una persona y su grupo, su relación con el mundo externo y su continua elaboración y modificación, lo que nos da la pauta para reconocer nuestra capacidad de goce o la posibilidad de ser felices. El proceso analítico, como el conocimiento profundo de uno mismo, es una posibilidad para acompañar al paciente a reconocer el mito que vive y le hace sufrir, para asumir la responsabilidad que implica la libertad de elegir el propio destino y tomar nuestras decisiones, independientemente de la historia familiar o social de la que cada uno se desprende.

El viaje psicoanalítico es así, sólo una manera más de intentar vivir feliz para siempre.

Bibliografía:

  • Freud, Sigmund. La novela familiar del neurótico. Obras Completas, Volumen II. Madrid. Biblioteca Nueva. 1992, 1361 – 1364    
  • Recuerdo, repetición y elaboración. Obras Completas, Volumen II. Madrid. Biblioteca Nueva. 1683 – 1688
  • Rank, Otto. El mito del nacimiento del héroe. México. Editorial Paidós Mexicana, S.A. 1993.
  • Grinberg, León. Culpa y depresión. Estudio Psicoanalítico. 2ª. Ed. Madrid. Alianza Editorial. 1988, 43- 49.
  • Barthes, Roland. Mitologías. México. México. Editorial Siglo XXI.
  • Kaplan, Louise. Perversiones femeninas. Argentina. Editorial Paidós. 1994.
  • Montevechio, Blanca R. Repetición transgeneracional. Entre la historia y el mito. Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina. 1993. Volumen 2, 119 – 131.

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