Por Alejandro Radchik
El lenguaje tiene como propósito comunicar algo, ya sea consciente o inconsciente, ya que, en vez de utilizar,  las palabra, usa el cuerpo.
Aquellas funciones corporales  que son   autónomas se encargarán de decir lo que conscientemente deseamos comunicar. Ejemplo de ello son las señales que se pueden hacer con los dedos, que tienen un significado.
Así como en  los idiomas existen palabras que son símbolos; ciertas señales mostradas, podrían tener significado. En la cultura occidental, llevar el dedo índice y ponerlo sobre la boca implica pedir silencio, guardarse  en secreto un chisme o una travesura.
Los gestos faciales también pueden utilizase  como lenguaje, por ejemplo, para seducir a una persona se hacer  caras seductoras,  o para demostrar miedo, qué  más que el famoso cuadro de Edward Munch ? El Grito, que expresa el terror sin nombre.
El atuendo y la postura corporal pueden revelar rasgos de la personalidad. Supongamos que llega al consultorio una persona descuidada y sucia, con la cara triste y la cabeza agachada; nos hará sospechar que se trata de alguien que sufre  de depresión. Si  además en su discurso  manifiesta carencia de motivaciones y añoranza por el pasado; se le salen las lágrimas al hablar y  si su cuerpo está encorvado, tendremos claves útiles.
Estas manifestaciones corporales, ayudarán  a  ser empáticos con las personas  y nos permitarán  a elaborar un diagnóstico.
Por ejemplo, si se tratara de acercarnos a un esquizofrénico paranoide, que por su patología es por ende desconfiado, comprenderemos por qué no debemos esconder las manos al hablarle, para que pueda constatar que no estamos escondiendo algo para atacarlo.
Un esquizofrénico catatónico se habrá quedado así, paralizado,  para no matar  con su agresión. Le suele pasar a una persona cuando  le ocurre que es atacada  por sorpresa y que dice haberse quedado trabada  del coraje.
Un paranoico intentará intimidar  a través de su gesto, distorsionando los rasgos faciales con una mirada amenazante, como se torna la cara de las personas  cuando están enojadas  y manifiestan  rasgos de los ancestrales cocodrilos.
La observación del cabello es otro ejemplo. Cuando una persona se empieza a desorganizar a nivel psíquico suele hacer algo en su pelo.
El corte que  adopte denotará algo extraño en su cabeza. Pensemos en aquellos grupos de des adaptados sociales  como los punks, los cabezas rapadas o skinheads,  que se hacen identificar por el tipo de cabello, por mencionar algunos.
Existen algunas manifestaciones de lenguaje corporal cuyas funciones no son autónomas,  que  hacen hablar al inconsciente a través del cuerpo. Un ejemplo de ello es la manifestación del deseo exhibicionista  a través de la ruborización, que cuando suele ocurrir, es ego distónica , el propio sujeto no desea ser visto conscientemente, y por el solo hecho de haberse ruborizado se voltea para ser visto.
Algunas disfunciones sexuales, en concreto la impotencia y el vaginismo,  que evidentemente no son deseadas conscientemente, pueden evidenciar temores inconscientes.
En ocasiones algunas manifestaciones corporales incontrolables delatan a los mentirosos, como son la dilatación de las pupilas o la frecuencia cardíaca.
El psicoanálisis  se basa en la relación transferencial, por lo tanto, el psicoanalista debe estar pendiente de las señales del lenguaje corporal que el paciente, consciente o inconscientemente le esté transmitiendo en transferencia.
Veamos algunos ejemplos.:
Si llega el paciente a la primera entrevista y se avienta al sillón, éste podría estarnos diciendo, a nivel inconsciente,  que está esperando contención por parte de nosotros; en cambio, si solamente se sostiene en la orilla del sillón, estará mostrando temor de quedar atrapado por nosotros.
Otras veces podremos encontrarnos con algunos pacientes que llegan y se sientan en el asiento del analista,  con la disculpa de que era la primera vez que venían y no conocían las reglas; con ello, denotarán que serán pacientes confundidos y que requerirán de límites, y que probablemente tuvieron que recurrir a la  reversión de roles en la infancia.
La conducta en el diván también presenta material transferencial. Hay pacientes que se resisten a pasar al diván y, cuando acceden, su postura se torna rígida, como si estuvieran a la defensiva por un posible ataque fantaseado, agresivo o sexual.
Hay veces que las manifestaciones de angustia de separación y desintegración se incrementan, y entonces el paciente puede poner un pie en el piso, por ejemplo,  expresando con ello que la contención que le está proveyendo el analista no le es suficiente y tiene que sustituirlo. El hacer tierra tocando el piso algunas veces, sudar excesivamente, palidecer o empezar a reír sin control pueden ser indicaciones de un incremento de ansiedad por parte del paciente.
En mi experiencia, me he encontrado con que cuando se ruborizan los pacientes sucede que se han sentido descubiertos ante material que pretendían ocultar. Algunas veces los pacientes suelen bostezar durante la sesión o ante una interpretación que pretenden rechazar, mostrando así un intento de desconocer la información que está descubriendo la parte inconsciente. También me he encontrado con que cuando comienza a erotizarse la transferencia, algunos pacientes varones  adoptan una posición de intimidación, extendiendo las piernas como si estuvieran asegurando un  territorio marcando, e intentan reforzar esta frontera cruzando los brazos fuertemente.
La sintomatología de las pacientes mujeres se manifiesta a través de gestos, la vestimenta y los movimientos corporales. Por medio del lenguaje corporal, he podido extraer material que había permanecido reprimido. Por ejemplo, al relatar su discurso, una paciente lloraba excesivamente. Al yo intentar encontrar explicación que justificara ese llanto, no podía encontrar alguna evocación de tristeza o angustia, por lo que pensé que su inconsciente intentaba decirnos algo a ella y a mí.  Ante el montoncito de Kleenex mojados, interpreté que ella había tenido enuresis cuando niña. La paciente confirmó  el hecho, trabajamos entonces la vergüenza que ese síntoma le había provocado y ahora temía que yo la fuera a rechazar.
Hace algunos años, en un mes de diciembre, yo, acostumbrado a abrazar a los pacientes en la despedida, me topé con que una de mis pacientes, en el abrazo, se rigidizó y palideció, lo cual nos dio información que pudimos trabajar al año siguiente. Ella no recordaba que había sufrido de un abuso sexual;  tan reprimido estaba, que el abrazo le removió el recuerdo.
 
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