ANDRÉS GAITÁN GONZÁLEZ

TRABAJO PRESENTADO ANTE LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA DE MÉXICO A.C.

MÉXICO D.F. MARZO DEL 2012

AGRESIÓN Y PULSIÓN DE MUERTE

ANDRÉS GAITÁN GONZÁLEZ

 

INTRODUCCIÓN

En este trabajo hago una revisión de los conceptos agresión y pulsión de muerte buscando esclarecer la relación que existe entre ambos, y si esta es tal como fue postulada por Sigmund Freud en la que se conoce como su Segunda Teoría de las pulsiones, desarrollada plenamente en 1920, año de publicación de su obra Más Allá del Principio del Placer.

En el cuerpo del conocimiento psicoanalítico tiende a usarse el vocablo agresión en dos contextos diferentes: por un lado, junto con Eros, se refiere a uno de los dos impulsos fundamentales; pero, a la vez, es el nombre que se le da a la energía expresada en tal impulso, equivalente a la libido del instinto de vida. Freud se refirió a la agresión como el otro de los dos impulsos básicos, pero nunca propuso un término para designar a la energía correspondiente a tal tendencia, tal como lo hizo con el impulso sexual.

Así, por ejemplo, en El Malestar en la Cultura (1930 [1929]) nos dice: “El término libido puede seguir aplicándose a las manifestaciones del Eros para discernirlas de la energía inherente al impulso instintivo de muerte”. Pocos años después, en las Nuevas Aportaciones al Psicoanálisis (1933 [1932] a), en el mismo sentido, señala: “[…] Suponemos que hay dos clases de impulsos, esencialmente diferentes: los sexuales, comprendidos en el más amplio sentido –el Eros, si preferís el nombre– y los de agresión, cuyo fin es la destrucción”. Pero la clarificación mayor la obtenemos de su última obra, Esquema de Psicoanálisis (1940 [1938] b) donde afirma: “[…] (Carecemos de un término, análogo al de ‘libido’, para describir la energía de la pulsión destructiva)”.

Esto mismo fue señalado por Hartmann, Kris y Loewenstein en su célebre artículo Notas Sobre la Teoría de la Agresión (1949b):

“[…] La comparación entre libido y agresión comienza con problemas de terminología, ya que al contrastar el amplio sentido al que se refiere Freud cuando habla de impulsos sexuales y aplicarlo a los impulsos agresivos, encontramos que, mientras que a la energía adscrita a los impulsos sexuales la llamamos libido, no adoptamos un término similar para la energía de los impulsos agresivos, no convenciendo los términos propuestos por Federn (mortido) (1936) ni por Weiss (destrudo) (1935)”.

Otra aclaración interesante es que, aun cuando actualmente se utiliza el vocablo Tánatos correspondiendo al impulso instintivo agresivo como equivalente al Eros de la pulsión de vida, tal término nunca fue utilizado por Freud, siendo, según mis referencias, expuesto por primera vez por Hartmann et al en el mismo trabajo (1949a).

Así, aquí me adhiero a la afirmación de Brenner (1977a): “El término agresión es utilizado en la teoría psicoanalítica para designar, tanto uno de los dos impulsos instintivos, como la energía asociada con él. Cuando el contexto no deja clara la distinción, debe especificarse el sentido en que se está usando la palabra”.

Es momento ahora de abordar otra ambigüedad; la que existe en el uso de los términos “instinto” e “impulso”. En las primeras traducciones de la obra de Freud, principalmente aquellas incluidas en este trabajo (la de la Standard Edition al inglés realizada por Strachey y la de Biblioteca Nueva al español a cargo de Ballesteros) se tradujo el término alemán Trieb como instinto; sin embargo, diversos autores han establecido como más adecuado hablar de impulso instintivo o de pulsión. Citando nuevamente el artículo de Hartmann et al (1949c):

“[…] La organización estructural es máxima en los humanos y mínima en los animales inferiores. Como consecuencia de ello, la diferenciación de funciones entre el Ello y el Yo, tan importante en el hombre, no juega un papel relevante en otros animales. En el humano, el Yo media entre el impulso instintivo y el entorno: mientras que el instinto puede llegar a meta por sí mismo, la pulsión no puede lograrlo sin la intervención del Yo […]. La distinción entre “instinto” y “pulsión”, y particularmente la suposición de que la auto-conservación es una función del Yo como sistema, y no una manifestación ni del “instinto” ni de los “impulsos del Yo”, aclara diversos problemas actuales de la teoría psicoanalítica”.

En el mismo sentido, pero —considero yo— de manera más sencilla, Avelino González dice (1965a):

“[…] el término ‘impulso instintivo’ nos da una explicación completa de las fuerzas psíquicas responsables del comportamiento humano. Por ‘instinto’ entendemos las características heredadas que no necesitan de un proceso de aprendizaje para poner en marcha un patrón de conducta como respecta a ciertos estímulos. ‘Impulso’ define aquella parte del instinto que puede experimentar grandes cambios como resultado de procesos de aprendizaje. Esta segunda cualidad es considerada como la característica más destacada de la especie humana”.

Salvo en contadas excepciones en que me parece que el concepto se refiere más directamente al carácter biológico, en este trabajo he sustituido en las traducciones la palabra instinto, eligiendo utilizar indistintamente impulso, impulso instintivo o pulsión.

Por último, existe también amplia discusión con respecto a si los impulsos instintivos se desarrollan (esto es, maduran) o si se comportan toda la vida tal como están presentes desde el nacimiento, actuando siempre en términos del proceso primario del pensar, buscando descargarse de inmediato, por completo y sobre el objeto original. Aquellos que opinan que los impulsos maduran (por ejemplo, Anna Freud, 1989) implican que las experiencias influyen en su naturaleza y que el aprendizaje puede modificar la manera en que el impulso instintivo mismo busque descargarse. En lo personal, considero que es el Yo el que, a partir del desarrollo de sus funciones, aprende a domar a los impulsos, influyendo en la manera en que se descargan, pero estos como tales no maduran, sino que conservan siempre su cualidad instintiva, tendiendo a buscar descargarse de acuerdo con el proceso primario.

 

 

DESARROLLO DEL CONCEPTO DE AGRESIÓN

Uno de los conceptos freudianos más controvertidos, relacionado directamente con el de agresión, es el de pulsión de muerte. El origen de los desencuentros está, a mi parecer, en lo difícil que fue para Freud primero convencerse de su existencia y luego aclarar el concepto, provocando que términos similares fueran definidos de maneras diferentes en distintos artículos a lo largo de su obra.

Aunque el término “pulsión de muerte” fue mencionado como tal por primera vez en Más Allá del Principio del Placer (1920a), tiene sin embargo múltiples antecedentes en la obra de Freud, por lo que me parece ilustrativo realizar una revisión cronológica al respecto.

Tal vez la primera alusión a la agresión esté en la carta a Fliess del 27 de octubre de 1897, cuando hace referencia a los aspectos agresivos de la resistencia:

 

“[…] La resistencia, que es en última instancia lo que se opone al camino del trabajo, no es más que el carácter del infante, su carácter degenerativo […] que queda enterrado por el desarrollo de la represión. En mi trabajo lo desentierro, y el paciente, que empezó siendo tan civilizado y con tan buenas maneras, se vuelve grosero, falso o rebelde, simulador, hasta el momento en que yo se lo digo y logro así doblegar este carácter degenerativo”.

Más adelante, en La Interpretación de los Sueños (1900) menciona varias veces “pulsión hostil” y tendencia hostil”, resaltando cuando, al hablar de sueños de muerte de personas queridas, señala la conjunción de deseos amorosos y hostiles, sentando la base para, en adelante, incluir estos dos tipos de deseo en diversas situaciones.

En el caso Dora (1905 [1901]) vuelve a recordarnos que: “[…] el enfermo, en el curso de otros tratamientos, evoca sólo transferencias afectuosas y amigables a favor de su curación […] Por el contrario, en el psicoanálisis […] es preciso develar y utilizar para el análisis, volviéndolas conscientes, todas las nociones, incluidas las hostiles”.

A mi parecer, sin embargo, de todo este periodo previo a la expresión “pulsión de muerte”, es en su trabajo El Chiste y su Relación con el Inconsciente (1905c) donde Freud apunta más claramente hacia la idea de dos impulsos instintivos básicos:

“[…p. 865] Las tendencias del chiste son fácilmente definibles […] El chiste tendencioso será o bien hostil (destinado a la agresión, la sátira o la defensa) o bien obsceno (destinado a mostrarnos una desnudez). [… p. 867]  [El chiste] hace posible la satisfacción de una pulsión (libidinosa u hostil) [… p. 868] Los impulsos hostiles contra nuestros semejantes sucumben desde nuestra niñez individual, como desde la época infantil de la civilización humana, a iguales limitaciones y a la misma represión progresiva que nuestros impulsos sexuales. [… p. 869] Dotados en  nuestra niñez de enérgica disposición a la hostilidad […] hemos tenido que renunciar a [su expresión] por medio de la acción […] [y] hemos desarrollado, del mismo modo que en la agresión sexual [,] una nueva técnica del insulto […] Presentando [, mediante el chiste, al enemigo] como insignificante, despreciable y cómico […]. Suponemos, pues, cual puede ser el papel del chiste en la agresión hostil [:] elude determinadas limitaciones y abre fuentes de placer que habían devenido inaccesibles.”[1]

De la lectura cuidadosa de esta cita puede concluirse que Freud habla ya, distinguiendo claramente entre ambas, de “agresión sexual” y “agresión hostil” como dos elementos diferentes.

En este mismo año (1905a) publica Freud uno de sus trabajos más emblemáticos; Tres Ensayos sobre una Teoría Sexual. Es aquí donde, por primera vez, habla de una pulsión no sexual relacionada con las descargas agresivas, la Bemächtigungstrieb, que fue traducida por Ballesteros como “impulso instintivo de aprehensión”, pero que parece mejor referirse a ella como “pulsión de apoderamiento”, tal como describen Laplanche y Pontalis (1981a):

“El término Bemächtigungstrieb resulta difícil de traducir. Los términos ‘pulsión de sometimiento’ o ‘instinto de posesión’, a los que suele recurrirse, no parecen muy adecuados: sometimiento hace pensar en una dominación controlada, posesión evoca la idea de tener que conservar, mientras que sich bemächtigen significa apoderarse o dominar por la fuerza”.

Citan a Freud en Los Tres Ensayos haciendo referencia a esta pulsión (1905a):

“[…] El origen de la crueldad infantil se atribuye a una pulsión de apoderamiento que en principio no tendría como fin el sufrimiento del otro, ya que todavía no lo tiene en cuenta, siendo una fase previa tanto a la compasión como al sadismo […] sería independiente de la sexualidad, […] aun cuando puede unirse a ella en una fase precoz merced a una anastomosis próxima a sus puntos de origen”.

Aquí los autores “mezclan” la versión de 1915 en adelante, con las anteriores publicadas en 1905 y 1910, lo que puede constatarse al consultar el pie de página en la versión de Amorrortu (1905b). De cualquier manera, al mencionar “una fase previa tanto a la compasión como al sadismo”, otorga Freud un origen muy primitivo a tal impulso instintivo.

Es importante saber que no fue Freud el primero en hablar de algo parecido a la pulsión de muerte. En 1908, Alfred Adler introduce el término “pulsión de agresión” (Aggressionstrieb) al igual que el de “entrelazamiento pulsional” (Triebverschränkung). Al respecto, Freud escribió el año siguiente, a propósito del “caso Juanito” (1909):

“[…] En un inteligente trabajo del que tomamos antes el término de trabazón de los impulsos [entrelazamiento pulsional”: Triebverschränkung] ha expuesto Adler cómo la angustia nace de la represión de la pulsión de agresión y atribuye a este impulso instintivo, en una amplia síntesis, el papel principal en los destinos de la vida y de la neurosis. Nuestra conclusión de que en este caso de fobia la angustia se explicaba por la represión de las tendencias agresivas, hostiles contra el padre, y sádicas con respecto a la madre, parece confirmar brillantemente la hipótesis de Adler. Y, sin embargo, lejos de aceptarla, la consideramos como una generalización errónea. No podemos decidirnos a aceptar la existencia de una pulsión especial de agresión al lado del impulso instintivo de conservación y del sexual, con los que ya estamos familiarizados.” (Adición de 1923): “Escribimos esto en un tiempo en el que Adler parecía hallarse aún dentro del terreno del psicoanálisis […]. Posteriormente he debido yo también estatuir un “impulso de agresión” que no coincide con el de Adler, y he preferido denominarlo “pulsión de destrucción” o “pulsión de muerte […]”.

En mi opinión, aquí Freud hace evidente, primero, su rechazo a otorgar un carácter general a la pulsión de muerte; y después, lo difícil que le era aceptar ideas que no fueran “originalmente” suyas, dando, tal vez, una noción de por qué destruyó todas las cartas que Fliess le enviara.

Hablando específicamente del concepto de la “trabazón de los impulsos” o “entrelazamiento pulsional”, Freud utiliza por vez primera el término fusión-defusión —básico para entender una forma en que se pueden neutralizar las pulsiones de muerte— muchos años después (1923 [1922]): “[…] En los seres humanos, los impulsos instintivos eróticos y de muerte constituyen regularmente mezclas o fusiones, pero también son posibles defusiones de los mismos”. El desarrollo completo de la idea lo realizó el año siguiente, dentro de la obra El Yo y el Ello (1923a):

“[…] A cada una de estas dos clases de impulsos [Eros y de muerte] se hallaría subordinado un proceso fisiológico especial (anabolismo-catabolismo), y en cada fragmento de sustancia viva actuarían, si bien en proporción distinta, pulsiones de las dos clases […] No nos es posible determinar todavía de qué manera se fusionan entre sí tales impulsos; pero es indudable que su combinación es un hecho regular. […] Una vez admitida la idea de una fusión instintiva de ambas clases, surge la posibilidad de una defusión más o menos completa de los mismos. En el componente sádico de la pulsión sexual tendríamos un ejemplo clásico de una mezcla adecuada de impulsos, y en el sadismo, devenido independiente como perversión, el prototipo de una disociación. […] El impulso de destrucción entra regularmente al servicio de Eros para los fines de descarga, y nos damos cuenta de que entre los resultados de algunas neurosis de carácter grave, por ejemplo, las neurosis obsesivas, merece atención especial la defusión de los impulsos y la pulsión de muerte”.

Volviendo a la reseña cronológica y ligando con la cita anterior, encontramos otra referencia a la pulsión de apoderamiento en La Disposición a la Neurosis Obsesiva (1913). Así como la pasividad se apoya en el erotismo anal, la actividad se relaciona con la pulsión de apoderamiento:

 

“[…] b) Si queremos relacionar nuestra hipótesis con los hechos biológicos, no habremos de olvidar que la antítesis de masculino y femenino, introducida por la función reproductora, no puede existir aún en la fase de la elección pregenital de objeto. En su lugar hallamos la antítesis constituida por las tendencias de fin activo y las de fin pasivo, la cual irá luego a soldarse con la de los sexos. La actividad es aportada por el impulso instintivo general de apoderamiento, al que damos el nombre de sadismo cuando lo hallamos al servicio de la función sexual, y que también está llamado a prestar importantes servicios auxiliares en la vida sexual normal plenamente desarrollada”.

Aquí, en el año 1914, aparece un gran hueco con respecto al tema de la agresión y la pulsión de muerte, que corresponde a la obra Introducción al Narcisismo. En efecto, en toda ella no se refiere en ningún momento a nada ligeramente asociado a Tánatos, y es precisamente esta carencia la que lo obliga a modificar su teoría tan drásticamente en 1920. En esta obra pretende explicar el narcisismo sin utilizar la agresión, teniendo entonces que desarrollar una complicada forma de supeditar la agresión al concepto de instintos del yo no sexuales, a lo que renunciará más adelante. Avelino González, Amapola González, Sergio Toscano y Luis A. Vega señalaron esta carencia en un trabajo titulado La Agresión en el Narcisismo (1974). Su explicación parte de la revisión del mito mismo, que se origina en Creta, cultura anterior a la griega:

“[…] Narciso fue engendrado a consecuencia de un acto agresivo y no amoroso, ya que Cefiso violó reiteradamente a Liríope. Desde su nacimiento está marcado por la amenaza de que perecerá si trata de verse a sí mismo, es decir, de conocerse, o sea, de adquirir un concepto de la propia identidad”. (1974a)

“[…] La historia de Narciso constituye la descripción de una cadena de agresiones […] En Narciso […] la agresión ejercida contra su desarrollo [es evidente] puesto que le está vedado realizar el proceso de separación-individuación. Aun cuando posteriormente alguien se le acerque a ofrecerle amor, él ya no está capacitado para recibirlo ni para darlo”. (1974b)

Estos autores reflexionan sobre lo que Freud elabora a lo largo de su obra acerca del concepto de narcisismo, y proponen que la vuelta sobre sí mismo ocurre no solamente con referencia a la libido, sino también con la agresión: todas las catexias se retiran del objeto para investir ahora al sujeto (1974c):

“[…] En la literatura psicoanalítica se considera que la libido constituye el centro de gravedad de la condición narcisista, lo que a nuestro entender es insuficiente para explicar la totalidad del cuadro. Sólo si se tiene en cuenta la agresión resulta comprensible el narcisismo. Es más, la condición narcisista le acarrea al individuo efectos deletéreos, y esto es debido, sobre todo, al montante de agresión”.

González et al plantean que, en la condición narcisista, al sujeto no le es posible depositar catexias en las representaciones psíquicas de los objetos externos debido primordialmente a que no desarrollaron las estructuras yoicas necesarias para hacerlo porque en la relación con el objeto primario “madre” predominó la agresión, impidiendo superar la fase de separación-individuación (1974d):

“[…] Nos parece que la dicotomía ‘narcisismo primario-narcisismo secundario’ es insostenible. […] pensamos que es más coherente decir que [la condición narcisista] consiste básicamente en una dificultad para catexiar las representaciones psíquicas de los objetos del mundo externo y que, en consecuencia, esas catexias se vuelcan sobre la representación psíquica del sujeto. Así, el narcisismo es normal en los estadios muy tempranos del desarrollo, pero debe ir cediendo conforme el individuo adquiere la noción ‘Yo-no Yo’ y la capacidad de relacionarse con los objetos del mundo externo. [… aunque] en el adulto normal siempre quedará un remanente de narcisismo que es necesario […]”.

Aunque me aúno a lo propuesto por González et al, es importante hacer la siguiente aclaración.

Siguiendo el resumen que realiza Steven Ellman (1992) sobre las ideas de Heinz Kohut, quien trabajó profundamente con el tema del narcisismo, resalta lo siguiente. Kohut está en desacuerdo con la tensión entre narcisismo y relaciones objetales propuesta por Freud, que parece tácitamente aceptada por González et al. En su opinión, no es adecuado pensar que la gente con dificultades narcisistas tenga anulada la posibilidad de desarrollar relaciones de objeto. En su modelo teórico, Kohut plantea una interacción importante entre el desarrollo de las relaciones de objeto internalizadas y el desarrollo del Self como estructura cohesiva. El concebir al Self como una estructura psicológica, con una línea de desarrollo separada, permite contemplar la posibilidad de que la gente con dificultades narcisistas tenga relaciones de objeto.

Desde el inicio, Kohut pensó que hay dos líneas separadas del desarrollo temprano: la del Self grandioso y la del objeto idealizado. El desarrollo del Self grandioso da lugar al sentido de Sí-mismo de una persona que está imbuida de sana ambición, mientras que el objeto idealizado se internaliza gradualmente como un aspecto del Superyó.

Consideró que estas dos líneas de desarrollo eran aspectos relacionados del emergente sentido del Self de una persona, de ahí el título Self bipolar, que intenta hacer justicia a estas dos fuerzas que contribuyen al desarrollo de la organización del Self.

La auto-estima y la cohesión del Self pasaron a ser fundamentos teóricos, mientras que la sexualidad y la agresión sólo se consideran aspectos principales en los casos en que hay una deficiente empatía de los padres, tal como González et al señalan es lo que ocurre en el caso del mito de Narciso y en los trastornos narcisistas en general, que denominan ‘condición narcisista’. Así, pues, cuando en la relación con la madre predomina la agresión, el desarrollo de ambas líneas, la del Self y la de las relaciones objetales, se ve afectada, aun cuando ello ocurre en grados diferentes según el caso.

Volviendo a la reseña histórica del concepto de la agresividad en Freud, en Los Impulsos y sus destinos (1915) deja ver que ya posee una teoría metapsicológica de la agresión, aunque sigue empantanado en la necesidad de asociar su concepto de “impulsos del yo no sexuales” a los agresivos, lo que oscurece sus explicaciones, como podemos ver en los ejemplos siguientes (1915a):

“En el par antitético ‘sadismo-masoquismo’ puede representarse el proceso en la forma siguiente: a) El sadismo consiste en la violencia ejercida contra una tercera persona como objeto [;] b) Este objeto es abandonado y sustituido por la propia persona. Con la orientación contra la propia persona queda realizada también la trasformación del fin activo del impulso en un fin pasivo [;] c) Es buscada nuevamente como objeto una tercera persona, que a consecuencia de la transformación del fin tiene que encargarse del papel de sujeto”.

Más adelante comenta (1915b):

“[…] Es de observar que en el uso de la palabra “odiar” no aparece ninguna relación tan íntima con el placer sexual y la función sexual; por el contrario, la relación de displacer parece ser aquí la única decisiva. El Yo odia, aborrece y persigue con propósitos destructores a todos los objetos que llegan a suponerle una fuente de sensaciones de displacer, constituyendo una privación de la satisfacción sexual o de la satisfacción de necesidades de conservación. Puede incluso afirmarse que el verdadero prototipo de la relación de odio no procede de la vida sexual, sino de la lucha del Yo por su conservación y afirmación”.

Aquí introduce el término “impulso al dominio”, que parece operar en el mismo sentido que la ya descrita pulsión de apoderamiento:

 

 

“[…] En la fase superior de la organización pre-genital sádico-anal surge la aspiración al objeto en la forma de impulso al dominio, pulsión para la cual es indiferente el daño o la destrucción del objeto. […] Hasta el establecimiento de la organización genital no se constituye el amor en antítesis del odio. El odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor. Nace de la repulsa primitiva del mundo exterior emisor de estímulos por parte del Yo narcisista”.

Hasta este punto desarrolla Freud su primera teoría de los impulsos, donde sostiene que la agresión, asociada al sadismo, es parte de las funciones del Yo (de auto-conservación).

 

LA ‘PULSIÓN DE MUERTE’

Cinco años después, Freud escribe Más Allá del Principio del Placer (1920), artículo que constituye un parte-aguas en la teoría psicoanalítica, en tanto propone una segunda teoría de los impulsos que modifica de manera sustancial lo dicho con anterioridad. Me parece que la mejor descripción del desarrollo de este tema en su obra, la ofrece el mismo Freud en un pie de página que aparece hacia el final de este escrito (1920b):

“Agregamos algunas palabras como aclaración a nuestra terminología, que en el curso de estas discusiones ha experimentado un determinado desarrollo. Lo que son los ‘impulsos instintivos sexuales’ lo sabíamos ya por su relación con los sexos y la función reproductora. Conservamos después este nombre cuando los resultados del psicoanálisis nos obligaron a hacer menos estrecha su relación con la procreación. Con el establecimiento de la libido narcisista y la extensión del concepto de la libido a la célula aislada se convirtió nuestro impulso sexual en el ‘eros’ que intenta aproximar y mantener reunidas las partes de la sustancia animada, y las llamadas generalmente pulsiones sexuales aparecieron como la parte de este ‘eros’ dirigida hacia el objeto. La especulación hace actuar al ‘eros’, desde el principio mismo de la vida, como ‘pulsión de vida’ opuesta a la ‘pulsión de muerte’ surgida por la animación de lo anorgánico, e intenta resolver el misterio de la vida por la hipótesis de estos dos impulsos que desde el principio luchan entre sí. (Adición de 1921) Más visible es aún la transformación sufrida por el concepto de ‘instinto del yo’. Al principio, denominábamos así todas aquellas direcciones pulsionales, poco conocidas por nosotros, que se dejaban separar de los impulsos sexuales dirigidos hacia el objeto, y oponíamos los impulsos del yo a las pulsiones sexuales cuya manifestación es la libido. Más tarde, nos acercamos más al análisis del yo y vimos que también una parte de los impulsos instintivos del yo es de naturaleza libidinosa y ha tomado como objeto al propio yo. Estas pulsiones narcisistas de conservación tenían, pues, que ser agregadas a las pulsiones sexuales libidinosas. La antítesis entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales se transformó en la de impulsos del yo e impulsos del objeto, ambos de naturaleza libidinosa. En su lugar apareció otra entre impulsos instintivos libidinosos (pulsiones del yo y del objeto) y los demás que pueden estatuirse en el yo y constituir quizá los impulsos instintivos de destrucción. La especulación transforma esta antítesis en las pulsiones de la vida (eros) y pulsiones de muerte”.

En esta cita resume Freud las confusiones que produjo el camino que parte del impulso instintivo sexual, sigue con la ampliación del concepto de sexualidad más allá de las funciones reproductoras, los de libido narcisista y libido objetal, Eros, instintos del yo como diferentes de los sexuales, siempre tratando de encontrar su relación o distancia con los impulsos instintivos de destrucción, hasta llegar a la antítesis entre pulsiones de vida y de muerte, la cual provocó enorme controversia entre los psicoanalistas, reflejada en la gran cantidad de bibliografía relacionada, tanto en pro como en contra de este concepto.

Como indica Parens (1977a): “[…] esta nueva formulación, la segunda Teoría de los Impulsos, resolvía el problema que enfadaba a Freud desde 1914, –el que surge cuando, en relación con el narcisismo, no se puede sostener la vieja dicotomía entre impulsos instintivos de auto-conservación e impulsos libidinales invistiendo al sujeto; ambos tipos deben ser parte de una misma tendencia–”.

De aquí en adelante, Freud dedicó gran parte de su obra a defender su concepción de pulsión de muerte. Además de lo ya citado, en El Yo y el Ello nos ofrece las siguientes afirmaciones (1923b):

“Comprobamos nuevamente que todos aquellos impulsos instintivos cuya investigación nos es posible llevar a cabo se nos revelan como ramificaciones del Eros. Sin las consideraciones desarrolladas en Más Allá del Principio del Placer y el descubrimiento de los elementos sádicos del Eros nos sería difícil mantener nuestra concepción dualista fundamental. Pero se nos impone la impresión de que las pulsiones de muerte son mudas y que todo el fragor de la vida parte principalmente del Eros. (Según nuestra teoría, los impulsos instintivos de destrucción orientados hacia el exterior han sido desviados de la propia persona del sujeto por mediación del Eros)”.

Más adelante expresa (1923d):

“Dejamos antes sin resolver la cuestión de cómo puede el Superyó manifestarse esencialmente en forma de sentimiento de culpabilidad (o, mejor dicho, de crítica, pues el sentimiento de culpabilidad es la percepción correspondiente a esta crítica en el yo) y desarrollar como tal tan extraordinario rigor contra el yo. Volviéndonos primeramente a la melancolía, encontramos que el Superyó, extremadamente enérgico, y que ha atraído a sí la conciencia, se encarniza implacablemente contra el yo, como si se hubiera apoderado de todo el sadismo disponible en el individuo. Según nuestra concepción de sadismo, diremos que el componente destructor se ha instalado en el Superyó y vuelto contra el yo. En el Superyó reina entonces la pulsión de muerte, que consigue, con frecuencia, llevar a la muerte al yo, cuando éste no se libra de su tirano refugiándose en la manía”.

Retoma el tema al año siguiente cuando, en El Problema Económico del Masoquismo, menciona nuevamente la pulsión de apoderamiento, considerándola equivalente del impulso de destrucción (1924a):

“[…] La libido tropieza en los seres animados (pluricelulares) con la pulsión de muerte o de destrucción en ellos dominante, que tiende a descomponer estos seres celulares y a conducir cada organismo elemental al estado de estabilidad anorgánica (aun cuando tal estabilidad sólo sea relativa). Se le plantea, pues, la labor de hacer inofensivo este impulso destructor, y la lleva a cabo orientándose en su mayor parte, y con ayuda de un sistema orgánico especial, el sistema muscular, hacia fuera, contra los objetos del mundo exterior. Tomaría entonces el nombre de impulso instintivo de destrucción, pulsión de apoderamiento o voluntad de poderío. Una parte de este impulso queda puesta directamente al servicio de la función sexual, cometido en el que realizará una importantísima labor. Este es el sadismo propiamente dicho. Otra parte no colabora a esta transposición hacia lo exterior, pervive en el organismo y queda fijada allí libidinosamente con ayuda de la coexcitación sexual antes mencionada. En ella hemos de ver el masoquismo primitivo erógeno”.

En Inhibición, Síntoma y Angustia (1926 [1925]) toca el tema de las etapas del desarrollo psicosexual, argumentando que no se necesita corrección alguna en ellas al incorporar un segundo impulso básico, dado que ambos se presentan siempre con algún grado de fusión:

“[…] En un principio perseguimos las organizaciones de la libido desde la fase oral, a través de la fase sádico-anal, hasta la fase genital, considerando equivalentes en las tres los componentes del instinto sexual. Más tarde nos pareció ver en el sadismo el representante de otro instinto contrario a Eros. Y ahora nuestra nueva teoría de la división de los instintos en dos grupos parece destruir nuestra anterior concepción de las fases sucesivas de la organización de la libido. Mas por salir de esta dificultad no precisamos descubrir auxilio alguno nuevo, pues nos lo ofrece el hecho, ya conocido, de que jamás se nos presentan impulsos instintivos puros, sino aleaciones de instintos de los dos grupos, en proporciones diferentes”.

Paradójicamente, cuando en el mismo año escribe para la Enciclopedia Británica (1926), Freud mezcla su primera y su segunda teoría de los instintos, al hablar de un “análisis empírico”, que refiere a la primera teoría de los impulsos según quedó descrita en Los Impulsos y sus Destinos, y una “especulación teórica”, que incluye la pulsión de muerte:

“[…] El análisis empírico nos lleva a establecer dos grupos de impulsos: los denominados impulsos instintivos del yo, cuyo fin es la autoconservación, y los impulsos instintivos objetales, que conciernen a la relación con los objetos exteriores. Los instintos sociales no son aceptados con carácter elemental e irreductible. La especulación teórica permite suponer la existencia de dos pulsiones fundamentales que yacerían ocultos tras los impulsos yoicos y objetales manifiestos, a saber: a) el Eros, pulsión tendiente a la unión cada vez más amplia, y b) la pulsión de destrucción, conducente a la disolución de todo lo viviente. La manifestación energética del Eros se llama en psicoanálisis libido”.

Algo similar ocurre en El Malestar en la Cultura (1930 [1929]), cuando repite, aunque en forma un poco más encubierta, esta distinción entre una observación empírica que demuestra la existencia del Eros y una especulación teórica para sustentar la pulsión de muerte:

“Cabe confesar que nos resulta mucho más difícil captar este último [el instinto de muerte] y que, en cierta manera, únicamente lo conjeturamos como una especie de residuo o remanente oculto tras el Eros, sustrayéndose a nuestra observación toda vez que no se manifieste en la amalgama con el mismo. En el sadismo, donde desvía a su manera y conveniencia el fin erótico, sin dejar de satisfacer por ello el impulso sexual, logramos el conocimiento más diáfano de su esencia y de su relación con el Eros. Pero aun donde prevalece sin propósitos sexuales, aun en la más ciega furia destructiva, no se puede dejar de reconocer que su satisfacción se acompaña de extraordinario placer narcisista, pues ofrece al yo la realización de sus más arcaicos deseos de omnipotencia. Atenuado y domeñado, casi coartado en su fin, el instinto de destrucción dirigido a los objetos debe procurar al yo la satisfacción de sus necesidades vitales y el dominio sobre la naturaleza. Dado que, en efecto, hemos recurrido principalmente a argumentos teóricos para fundamentar el instinto de muerte, debemos conceder que no está al abrigo de los reparos de idéntica índole; pero, en todo caso, tal es como lo consideramos en el estado actual de nuestros conocimientos”.

Años después, en Análisis Terminable e Interminable (1937) retoma la seguridad que pareció tambalearse en los últimos trabajos, cuando afirma:

“[…] Si consideramos el cuadro completo constituido por los fenómenos del masoquismo, inmanente a tanta gente, la reacción terapéutica negativa y el sentimiento de culpa encontrado en tantos neuróticos, no podremos ya adherirnos a la creencia de que los sucesos psíquicos se hallan gobernados exclusivamente por el deseo de placer. Estos fenómenos son inequívocas indicaciones de la presencia en la vida psíquica de una fuerza que llamamos impulsos instintivos de agresión o de destrucción, según sus fines, y que hacemos remontar a la primitiva pulsión de muerte de la materia viva”.

Finalmente, en su última obra, publicada póstumamente, Esquema de Psicoanálisis (1940 [1938] a), defiende, no sin pesar, su segunda teoría de los impulsos:

“[…] Tras largas vacilaciones y dudas hemos decidido suponer la existencia de sólo dos impulsos instintivos básicos: El Eros y la pulsión de destrucción. (El contraste entre los impulsos de conservación de sí mismo y de conservación de la especie, así como el contraste entre el amor al yo y el amor al objeto, caen dentro del Eros). La dirección de la primera de estas pulsiones básicas es establecer en cualquier momento unidades mayores y preservarlas, uniéndolas unas a otras. La finalidad de la segunda es, por el contrario, la de romper las conexiones y destruir las cosas. En el caso del impulso de destrucción debemos suponer que su meta final es la de conducir lo que está vivo a un estado inorgánico. Por esta razón también lo llamamos pulsión de muerte. Si aceptamos que las cosas vivientes llegaron después que las inanimadas y surgieron de estas últimas, entonces la pulsión de muerte responde a la fórmula que al respecto hemos propuesto de que los impulsos instintivos tienden a una vuelta al estado primitivo o anterior. En el caso de Eros (pulsión del amor) no podemos aplicar dicha fórmula”.

Así, finalmente aquí establece la división definitiva. Prácticamente todos los impulsos instintivos que había definido anteriormente caen dentro del Eros: los propiamente sexuales, los de conservación de sí mismo y los de conservación de la especie, los de amor al Yo y los del amor al objeto; todos ellos son de una misma especie, en contraste con aquellos otros que pertenecen a la pulsión de destrucción.

Queda por aclarar si existen diferencias sustanciales entre los términos “pulsión de apoderamiento”, “pulsión de dominio”, “pulsión agresiva”, “pulsión destructiva” y “pulsión de muerte”. Laplanche y Pontalis, al comentar sobre la pulsión agresiva (1981b), dicen: “Si bien los textos no permiten deducir un empleo absolutamente unívoco del término ni un reparto preciso entre pulsión de muerte, pulsión destructiva y pulsión agresiva, se aprecia, sin embargo, que este último término rara vez se utiliza en el sentido más extenso y que la mayoría de las veces designa la pulsión de muerte dirigida hacia el exterior”. Estos autores realizan un intento de sistematización: al definir la pulsión destructiva (1981c) dan a entender que tanto ésta como la agresiva son expresiones de la pulsión de muerte, pero señalan que Freud utiliza más la pulsión destructiva desde una perspectiva biológica y psicológica, esto es, orientada hacia lo que acontece en el mundo interno, mientras que la agresiva la reserva “casi siempre” para la expresión de la agresividad hacia el mundo exterior. Una importante excepción de este “casi siempre” la encontramos en una carta fechada en Viena en septiembre de 1932, con la que contestaba otra de Albert Einstein sobre el problema de la guerra (1933 [1932] c), donde claramente denomina ‘pulsión destructiva’ a la agresión dirigida hacia fuera:[2]

“[…] Especulando un poco, hemos llegado a suponer […] que este instinto opera en todos los seres vivos y busca arruinarlos y reducir la vida a su condición original de materia inanimada. Por lo tanto, merece seriamente que lo llamemos pulsión de muerte, mientras que los impulsos eróticos representan el esfuerzo por vivir. El impulso instintivo de muerte se transforma en pulsión destructiva cuando se dirige hacia fuera, contra los objetos, con la ayuda de órganos especiales. Es decir que el organismo conserva su propia vida destruyendo una ajena. No obstante, una parte de la pulsión de muerte permanece activa dentro del organismo y hemos tratado de atribuirle una gran cantidad de fenómenos normales y patológicos a esta internalización del impulso destructivo. Hemos llegado incluso a ser culpables de la herejía de atribuir el origen de la conciencia a esta desviación hacia el interior de la agresividad. Notará usted que de llevarse demasiado lejos este proceso no nos encontraríamos frente a un asunto trivial, sino frente a algo positivamente enfermo y dañino. Por otra parte, si se dirigen estas fuerzas con fines destructivos hacia el mundo exterior, el organismo experimentará un gran alivio y el efecto será benéfico. Esto podría servir de explicación biológica para todos los impulsos feos y peligrosos contra los que estamos luchando. Debe admitirse que están más cerca de la naturaleza que nuestras resistencias a ellos, para la cual también necesitamos una explicación […]”.

Avelino González comenta en relación con esta cita: “[…] Esta explicación es válida incluso para aquellos que abrigamos serias dudas acerca de la existencia de la pulsión de muerte. Pero resulta indudable la presencia de una capacidad agresiva en el ser humano […]”. (1969b)

Sin embargo, tomando como referente la última cita de Freud correspondiente al Esquema de Psicoanálisis, me inclino a estar de acuerdo con lo que afirma, entre otros, Parens, (1977b) en cuanto que Freud no aclaró adecuadamente si debe distinguirse entre pulsión agresiva, pulsión destructiva y pulsión de muerte, o si estos conceptos pueden intercambiarse indistintamente.

En tal estado de cosas, después del 23 de septiembre de 1939, fecha del fallecimiento de Sigmund Freud, el tema de la pulsión de muerte, que ya generaba discusiones desde su aparición en 1920, es el concepto freudiano que mayor rechazo ha recibido por parte de la comunidad psicoanalítica.

Pero antes de profundizar en las diferencias es necesario citar a la que fue la más firme defensora del concepto de pulsión de muerte: Melanie Klein. Por citar sólo algunos ejemplos, en su trabajo Notas Sobre algunos Mecanismos Esquizoides  afirma que el impulso destructivo está presente en fantasías de ataques sádico-orales al pecho materno, y atribuye el origen de la angustia a la pulsión de muerte:

“[…] Desde un comienzo, el impulso destructivo se dirige hacia el objeto y se expresa primeramente en fantasías de ataques sádico-orales al pecho de la madre, que pronto se transforman en violentos ataques a su cuerpo con todos los recursos del sadismo”. (1946a)

[…] Creo que tenemos razón al suponer que algunas de las funciones que conocemos en el Yo existen desde un comienzo. La más sobresaliente de estas es la de hacer frente a la angustia. Sostengo que la angustia surge de la actuación del instinto de muerte dentro del organismo, es sentida como temor a la aniquilación (muerte) y toma la forma de temor a la persecución. El temor al impulso destructivo parece ligarse inmediatamente a un objeto, o mejor dicho es vivenciado como temor a un abrumador objeto incontrolable. […] El impulso destructivo es proyectado en parte hacia fuera (desviación del instinto de muerte) y […] se liga inmediatamente al objeto externo primario, el pecho de la madre”. (1946b)

Tal relación entre la angustia y el impulso de muerte es repetida dos años después (1948) cuando defiende esta idea de las dudas del mismo Freud. Klein primero cita a Freud, quien en El Problema Económico del Masoquismo habló de las ansiedades primarias que surgen de las conexiones entre masoquismo e instinto de muerte sin mencionar el miedo a la muerte. En Inhibición, Síntoma y Angustia repite esta idea, al afirmar que “[…] el inconsciente no parece contener nada que sustente el concepto de aniquilación de la vida […]”. En opinión de Klein (1948a):

“[…Sí] hay en el inconsciente un temor a la aniquilación de la vida. […] si suponemos la existencia de un instinto de muerte, también debemos suponer que en las capas más profundas de la mente hay una reacción a este impulso en la forma de temor a la aniquilación de la vida. […] el peligro que surge del trabajo interno del instinto de muerte es la primera causa de angustia”.

Lo mismo hace con la culpa, al señalar la ambivalencia de Freud en tanto que, a pesar de repetir en diversas ocasiones que tiene su origen en el complejo de Edipo, también asentó su relación con etapas más tempranas de la vida, asociándola con la ambivalencia (1948b):

“[…] Freud se refirió claramente al conflicto y la culpa que surgen en un estadio mucho más temprano de la vida. Escribió ‘[…] la culpa es la expresión del conflicto de ambivalencia, la eterna lucha entre el Eros y el instinto destructivo o de muerte’  Y también: ‘[…] una intensificación del sentimiento de culpa, resultante del conflicto innato de ambivalencia, de la eterna lucha entre las tendencias de amor y muerte […]”.[3]

Unos años después, en Algunas Conclusiones Teóricas sobre la Vida Emocional del Bebé, relaciona la voracidad con la pulsión de muerte (1952):

“[…] las pulsiones oral-libidinales y oral-destructivas están dirigidas desde el principio de la vida hacia el pecho de la madre en particular. Suponemos que existe también una interacción, aunque en proporciones variables, entre las pulsiones libidinales y agresivas, que corresponde a la fusión de los instintos de vida y de muerte. […] en periodos libres de hambre y tensión, existe un equilibrio óptimo entre las pulsiones […que] se altera cada vez que, debido a privaciones internas o externas, las pulsiones agresivas son reforzadas. […] esta alteración del equilibrio entre libido y agresión es causa de la emoción que llamamos voracidad […]”.

Finalmente, en Envidia y Gratitud, uno de sus últimos trabajos y tal vez también el más citado en la bibliografía psicoanalítica, afirma que la envidia también es constitucional y producto de la pulsión de muerte (1957):

“[…] Ya mencioné anteriormente que la voracidad, el odio y las angustias persecutorias en relación con el objeto primario —el pecho materno— tienen una base innata. En este libro he agregado que la envidia, como expresión de impulsos oral y anal-sádicos, es también constitucional”.

Al respecto, me parece interesante citar la opinión de Winnicott (1968):

“[…] No hay avance en la teoría psicoanalítica que se haya realizado sin pesadillas. […] a pesar de servir a la ciencia, debemos todo el tiempo hacer un esfuerzo cada vez que tenemos que reabrir asuntos que parecían haber quedado resueltos. En este sentido, cuando volvemos nuevamente la atención hacia las raíces de la agresión, encontramos dos conceptos en particular que desechamos deliberadamente, esperando a ver si vuelven espontáneamente, o si podemos estar mejor sin ellos. Uno es el concepto freudiano de pulsión de muerte; el otro es el de la envidia de Klein en el lugar prominente en que lo puso en Ginebra en 1955.”

A decir de este autor (1969a), el concepto de envidia de Klein surge de una base legítima, primero al colocarlo fuera del contexto de una posición específica de la fase fálica (envidia de pene), y después al relacionarla con la envidia que los pacientes experimentan hacia el analista cuando sienten que hace un buen trabajo, esto es, hacia algo que pudiera experimentarse con respecto al ‘pecho bueno’.

Sin embargo, critica el que la envidia pueda ser considerada como algo innato. Este autor argumenta (1969b):

“[…] la palabra ‘envidia’ implica una actitud, algo que se mantiene por un periodo de tiempo. En esta actitud del sujeto hacia el objeto, la palabra ‘envidia’ implica también una posesión del objeto, que no es producto de una proyección del sujeto, sino un factor medio-ambiental, un fenómeno externo, una posesión inherente del objeto. La envidia puede ser así comparada con la lástima; el objeto realmente contiene algo bueno o algo malo sobre lo que, según el caso, el sujeto puede experimentar envidia o lástima. […] la palabra envidia implica un alto grado de sofisticación, es decir, un grado de organización que el sujeto no tiene al comienzo de la vida”.

Otro de los detractores de la pulsión de muerte, Otto Fenichel, dice, en su libro Teoría Psicoanalítica de las Neurosis, que se pueden objetar muchas cosas a la nueva teoría, pero resalta el hecho de que no nos hallamos frente a cualidades instintivas básicamente diferentes, sino que el contraste entre conductas libidinales y agresivas es resultado de una diferenciación a partir de una raíz común: el principio de constancia (1966):

“No es posible que para una clase de impulsos [los agresivos] sea válido el principio de constancia y para otra clase [los sexuales] el hambre de estímulos. Por el contrario, el hambre de estímulos, como principio que contradice el principio de constancia, debe ser, desde el punto de vista genético, un derivado del principio de constancia o una elaboración especial del mismo. […] no hay pruebas de que [las pulsiones agresivas] aparezcan siempre y necesariamente como una vuelta hacia fuera de pulsiones primariamente autodestructivas. Más bien parecería que la agresividad fuese […] una manera que a veces adopta la pugna por fines instintivos, en respuesta a las frustraciones, y a veces, incluso, en forma espontánea. […] todos los hechos que están más allá del principio del placer pueden considerarse como creados por fuerzas externas que han logrado perturbar los principios innatos del organismo. […] el concepto de un instinto de muerte no es ni necesario ni útil […]”.

Diez años después de la muerte de Freud, Hartmann et al publican el multicitado artículo. Como señala Avelino González (1965b), aquí los autores:

“[…] confirieron al impulso instintivo agresivo las mismas propiedades que al impulso sexual, con lo que el placer de la descarga es debido al principio regulador del funcionamiento mental de placer-no placer, y no al impulso libidinal. También significa que la agresión puede ser sublimada y causar los mismos problemas que la libido cuando son interferidos los procesos de descarga”.

En este sentido, es adecuado recordar un concepto propuesto por Amapola González de Gaitán (1983): “El placer mayor proviene de la función bien realizada”, lo que también deslinda de las tendencias eróticas la satisfacción obtenida por medio de una descarga agresiva.

En cuanto a la pulsión de muerte, pretendiendo dar una solución “salomónica” al conflicto, Hartmann et al propusieron (1949d):

“[…] Sentimos que al menos parte de las consideraciones en que se basó Freud en sus especulaciones en la monografía Más Allá del Principio del Placer se refieren a asuntos que deben ser discutidos y probablemente también decididos en el más apropiado marco de la biología, posiblemente con la ayuda de biólogos experimentados”.

Este argumento fue y sigue siendo utilizado por muchos psicoanalistas para, como Pilatos, ‘lavarse las manos’ con respecto a la pulsión de muerte, y en este sentido es retomado por Brenner casi tres décadas después (1977b):

“[…] Postular una pulsión de muerte provocó gran discusión en la literatura psicoanalítica durante las décadas que siguieron a 1920. Todavía hay opiniones divididas al respecto, pero, en términos generales, los analistas parecen estar de acuerdo con la opinión de Hartmann et al (1949) en cuanto a que la validez del concepto de pulsión de muerte es materia que deben decidir biólogos y que, más importante que el concepto sea correcto o no, en su opinión ello no afecta la validez de suponer la agresión como un impulso instintivo de la vida mental.

La mayor parte de los analistas consideran que los datos psicológicos, específicamente psicoanalíticos, aportan base suficiente como para asumir la existencia de un impulso instintivo agresivo. […] a la mayoría de los analistas les parece que [, considerando su motivación,] todos [los pacientes] caen en dos grupos que pueden ser etiquetados apropiadamente como sexual y agresivo. Más aún, la evidencia apunta claramente hacia concluir que ambos son, al menos, de importancia comparable en cuanto a proveer a la actividad mental de ímpetu, lo que es la característica más importante del impulso instintivo. Es por estas razones que los analistas están en general de acuerdo con respecto a la validez de asumir que la agresión sea un impulso instintivo sobre la sola base psicoanalítica. La pulsión de muerte es un concepto superfluo”.

Hasta aquí, a pesar de las diferencias entre los distintos autores, todos están de acuerdo en que la meta de la agresión es la descarga hostil, como único fin de todo impulso instintivo, en tanto concuerdan en que es uno de dos impulsos básicos, aunque puedan diferir con respecto a si al impulso instintivo agresivo lo fundamenta o no la pulsión de muerte. Ninguno de los autores hasta ahora referidos pone en duda la finalidad destructiva como elemento intrínseco de la agresión.

Sin embargo, existen autores que difieren en cuanto a esto, y tomaré como ejemplo a uno de ellos, Henri Parens, quien nos ofrece una perspectiva nueva y diferente.

Un tema de gran importancia relacionado con la agresión, y que ha sido abordado ya al hablar de fusión-defusión, es el de la neutralización de la agresión.

En primer término, Parens nos señala correctamente que Hartmann et al, en su trabajo de 1949, nos hablan de dos formas de contener la energía agresiva: una por su fusión con la energía erótica, y otra por neutralización propiamente dicha por parte del Yo (1977b):

“[…] en la psique humana opera un poderoso impulso agresivo. Es inherentemente un impulso de destructividad, y no es sólo que la libido –por fusionarse con la destructividad– haga disponible para el Yo la energía del impulso agresivo, sino que el Yo por sí mismo también labora para neutralizar la destructividad, con lo que aporta a su propio depósito de energía psíquica, energía que ha sido “desinstintivada”. Así, la mitigación de la destructividad inherente a los impulsos instintivos destructivos se realiza tanto por la libido (por fusión) como por el Yo (por neutralización)”.

Después de tal aclaración, propone la novedosa posibilidad de que no toda agresividad sea destructiva:

“[…] investigaciones psicoanalíticas más recientes han vuelto a despertar el nunca totalmente dormido problema de la teoría psicoanalítica de la agresión. A partir de análisis con niños y de estudios psicoanalíticos observacionales de infantes, varios psicoanalistas se han cuestionado si el impulso agresivo es sólo e inherentemente un impulso destructivo (entre otros,  Storr, Solnit y Parens). Estos investigadores, junto con otros psicoanalistas, postularon que en el impulso agresivo, a la vez que existe evidencia abrumadora de una marcada tendencia destructiva que parece ser de origen primario, hay también una tendencia en la agresión que parece inherentemente no destructiva.”

En dos artículos extensos (1989a y 1989b) realiza una revisión bibliográfica exhaustiva sobre el tema y formula varias hipótesis interesantes. En primera instancia refiere que la agresión, concebida como un impulso instintivo, presenta tres tendencias diferentes: 1) Agresión no destructiva; 2) Destructividad no afectiva; y 3) Hostilidad destructiva.

De acuerdo tanto con su experiencia personal en el trabajo con niños como con las referencias de diversos autores, desde los primeros días de vida puede observarse la presencia de una agresividad no destructiva, entendida como una fuerza motivacional innata y primaria que tiene como finalidad la auto-afirmación, la remoción de obstáculos a la gratificación de necesidades y el dominio de sí mismo y del entorno (1989e), pareciéndose en esto último a las pulsiones de apoderamiento y de dominio descritas más arriba. Según Parens, la existencia de este tipo de agresión es prueba de la inexistencia de una pulsión de muerte, sumándose al grupo de psicoanalistas que opinan así y entre los cuales cita (1989c) a Winnicott (1950); Spitz (1965 y 1969); Storr (1968); Solnit (1972); Mahler (1981) y McDewitt (1983).

En su opinión, excluyendo de la teoría del impulso agresivo el concepto de pulsión de muerte, puede también cuestionarse el que la agresión se acompañe siempre de destructividad. Recuerda la opinión de Brenner (1977c) quien, a pesar de no estar de acuerdo con la pulsión de muerte, sí afirma que la destructividad es la meta principal de la agresión. Así, Parens sostiene que (1989d):

  1. El impulso agresivo contiene una tendencia inherentemente no destructiva que es evidente durante los primeros meses de vida, mucho antes de que la neutralización de la agresión por parte del Yo infantil sea posible.
  2. Por tanto, la agresión no es inherentemente sólo destructiva.

La segunda tendencia, la destructividad no afectiva, tiene como mejor ejemplo la agresión necesaria para hacer de otras especies presa con la finalidad de alimentarse. En este caso, obviamente la agresión destruye, pero no se acompaña de un afecto hostil, sino que está al servicio de la auto-conservación. Este tipo de agresión cuestiona la idea, sostenida erróneamente por muchos psicoanalistas, de que destructividad es equivalente a hostilidad (1989d).

En cuanto a la tercera tendencia, afirma que la posibilidad de presentar conductas de destructividad hostil está presente desde el nacimiento, pero no surge de manera espontánea, sino que sólo se activa cuando hay intenso displacer. Las reacciones de rabia de los infantes son la forma más primitiva de manifestación de esta tendencia. Esto no implica que el deseo de causar dolor o de destruir a un objeto está presente desde el nacimiento, sino sólo que la destructividad hostil, como una tendencia de la agresión, aparece antes de que se desarrolle la capacidad del menor para gobernarla, esto es, la capacidad del Yo para percibirla, implementarla, dirigirla o modificarla, lo que ocurre durante la segunda mitad del primer año de vida (1989f). La destructividad hostil placentera aparece a partir del comienzo del segundo año de vida (1989g). Es este tercer tipo de agresión el único que necesita neutralizarse.

Hoy en día la polaridad persiste. Mientras existen diversos autores que aceptan en forma plena la segunda teoría de los impulsos de Freud, incluyendo el concepto de pulsión de muerte, otros la niegan enfáticamente.

Por citar sólo a uno de cada tipo, escojo a Greeen y a Hanly.

Charles Hanly, inmediato pasado presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional (2009-2011), considera que, mientras que el instinto sexual es una demanda espontánea, el agresivo es un instinto reflejo que responde a una demanda de acción proveniente del exterior, no del interior. Al calificar las respuestas agresivas como cualidades afectivas, propone una revisión de la teoría de los afectos. La angustia no solamente activa defensas, también libera agresión. Afectos como decepción, tristeza, disgusto, lástima o resignación representan una descarga parcial de la excitación por una demanda instintiva que no fue gratificada. No expresan una necesidad pulsional sino una barrera a su satisfacción. Otros afectos, como rabia, odio, resentimiento, desesperación y demás sentimientos hostiles, como manifestaciones psíquicas de agresión, se desarrollan bajo condiciones específicas que pueden ser consideradas como activadoras de instintos.

Así, los afectos pueden ser estudiados desde tres perspectivas: a) Como expresión de los impulsos; b) Como reacción a una barrera para su satisfacción; y c) Como activadores de pulsiones.

La destructividad primaria no constituye una meta del impulso instintivo agresivo, sino que su presencia es evidencia de una incapacidad estructural de la psique infantil para diferenciar al sí-mismo del otro durante la fase del narcisismo primario. (1977)

En contraste, André Green da por hecho toda la segunda teoría de los impulsos de Freud, incluyendo la pulsión de muerte, sin mayor controversia, lo que es evidente en su última obra, Illusions and Disillusions of Psychoanalytic Work. En este libro, el autor explora las decepciones y hasta los resultados trágicos de algunos procesos analíticos. Avanza describiendo las fantasías transferenciales y contratransferenciales que se forman en el curso de un análisis, enfatizando sus aspectos negativos. Explica cómo el análisis revela las presiones de los movimientos regresivos y la acción antagónica de los impulsos y las resistencias, hasta que “[…] se pueden identificar nuevas defensas, como la escisión y el masoquismo, de las cuales está última a veces neutraliza al principio del placer. […]”. (2011a)

A continuación se refiere a la reacción terapéutica negativa, sobre la cual es útil hacer un poco de historia. La primera vez que Freud habla de ella es en el caso del Hombre de los Lobos (1918 [1914]), al mencionar que cada vez que se clarificaba algo, el paciente presentaba una “reacción negativa” pasajera consistente en un agravamiento de los síntomas, intentando contradecir los efectos de la intervención. Vuelve a abordar el tema en El Yo y el Ello (1923c):

“[…] Hay personas que se conducen muy singularmente en el tratamiento psicoanalítico. Cuando les damos esperanzas y nos mostramos satisfechos de la marcha del tratamiento, se muestran descontentas y empeoran marcadamente. […] Cada una de las soluciones parciales que habría de traer consigo un alivio o una desaparición temporal de los síntomas provoca en estos sujetos, por el contrario, una intensificación momentánea de la enfermedad, y durante el tratamiento empeoran en lugar de mejorar. Muestran, pues, la llamada ‘reacción terapéutica negativa’”.

Aquí atribuye esta reacción a un sentimiento de culpa inconsciente muy difícil de trabajar analíticamente, tal como lo aclara, retomando el tema, en El Problema Económico del Masoquismo (1924 b), al afirmar que “[…] (‘la reacción terapéutica negativa’) […] constituye una de las más graves resistencias del sujeto y el máximo peligro para el buen resultado de nuestros propósitos médicos […]. La satisfacción de este sentimiento inconsciente de culpabilidad es quizá la posición más fuerte de la ganancia secundaria de la enfermedad”. Vuelve a mencionar el término en las Nuevas Aportaciones al Psicoanálisis (1933 [1932] b) asociándola ahora con la pulsión destructiva: “[…] [Es como si] toda la agresión retornada del mundo exterior [fuera] vinculada por el super-yo y orientada así contra el yo, o [como] si una parte de ella [desarrollase] su acción silenciosa e inquietante en el yo y en el ello como libre impulso de destrucción.”

Regresando a Green, afirma que en la reacción terapéutica negativa sólo se explica en relación con la pulsión de muerte (2011b):

“[…] el principio del placer deja de ser lo que manda en la psique […] cediendo su soberanía a la repetición. […] Freud nunca afirma que sean principalmente las experiencias desagradables las que tienden a repetirse, sino que éstas lo hacen tanto como aquellas relacionadas con el principio del placer. A partir de este momento, el resultado final está regido por la fusión-defusión”. “[…] Este cambio negativo en el proceso analítico […,] esta negatividad que parece ser producto de una orientación invertida, independiente o hasta contraria al principio del placer, […] parece estar mandada por un masoquismo prevaleciente […] que se explica en relación con la pulsión de muerte. […] La compulsión a la repetición se resiste obstinadamente al cambio favorable y repite la orientación adversa al curso del análisis. Podemos preguntarnos cuántas de las que hemos considerado como resistencias no son, de hecho, expresiones de las pulsiones destructivas o de muerte”.

En su opinión, lo más significativo de esta situación proviene de una mezcla de características nocivas con rasgos conectados a una destructividad violenta, que incrementan su potencial negativo al combinarse con un componente narcisista —que él ha denominado ‘narcisismo negativo’— cuyo objetivo es volver al nivel cero de investidura, obstruyendo los procesos de síntesis de Eros.

Más adelante, al profundizar en el tema de la fusión-defusión de los impulsos, afirma que la pulsión de muerte se impone sobre las de vida, llevando al sujeto a concentrar su estructura psíquica alrededor de una configuración narcisista (2011c):

“[…] cuando predomina la defusión, la cohesión de la estructura psíquica se debilita, lo que incrementa las posibilidades de acción para la destructividad. El resultado es que las fuerzas de las pulsiones de vida —cuya misión es contener— no pueden cumplir su trabajo, y como consecuencia toda la estructura psíquica, al estar menos organizada y verse avasallada, se concentra alrededor de una configuración narcisista que no toma en consideración a los objetos”.

En sus conclusiones señala querer atraer nuestra atención hacia la tenacidad de las fijaciones, el poder de los impulsos instintivos destructivos, lo “solidificado” que se encuentra el carácter masoquista, lo difícil que es para el Yo renunciar a sus defensas narcisistas arcaicas, y la rigidez de las resistencias (2011d), todo ello producto de la acción de la pulsión de muerte. Haciendo propuestas teóricas a partir de sus hallazgos clínicos, Green ofrece el interesante concepto de internalización de lo negativo para explicar estos casos en que domina un intenso sentimiento de culpa inconsciente, motivando una personalidad masoquista (2011e).

 

LA ENTROPÍA

He dejado propositivamente para el final la referencia a un artículo de Eissler (1972) por ser, en mi opinión, quien más acertadamente realiza una defensa del concepto de la tendencia a lo inanimado, expresando su disconformidad con Hartmann et al y con Brenner en el sentido de que la pulsión de muerte no debe ser tema que importe a los psicoanalistas sino, si acaso, a los biólogos. Según este autor, las suposiciones de Freud sobre una pulsión de muerte son fundamentales para su sistematización final de la teoría de los impulsos. Después de referirse a los comentarios de Brenner y de Hartmann et al ya citados, comenta:

“[…] La muerte es, después del nacimiento, el evento más importante en la vida del hombre, y una psicología que no tiene nada que decir sobre ella y es incapaz de ubicarla en un lugar significativo dentro de su estructura general, no parece algo de lo que valga la pena hablar”. (1972a)

“[…] La existencia del hombre es, básicamente, una continua progresión hacia la muerte. […] y estoy en desacuerdo con que éste, el único evento de su vida que puede ser predecible con absoluta certeza, sea considerado como completamente no psicológico”. (1972b)

Eissler considera que las opiniones teóricas del fisiólogo Rudolph Ehrenberg (1923) hacen parecer más probable la teoría de Freud sobre la pulsión de muerte, y da el mérito a Bernfeld y Feitelberg (1930) como los primeros que hicieron esta correlación.

A continuación intentaré resumir la exposición de Eissler sobre las aportaciones de Ehrenberg (1972c).

La vida es un proceso que ocurre en un espacio vital y se caracteriza por un gradiente de asimilación que: 1) no es constante, sino que varía durante el curso de la vida del organismo; 2) no es uniforme en todos los tejidos y órganos y; 3) cambia incluso dentro de un mismo órgano en función de circunstancias particulares. Este gradiente de asimilación tiende siempre a cero durante el curso de la existencia del ser vivo, y cuando ello ocurre, el organismo individual muere.

El gradiente de asimilación se acompaña de cierta forma de diferenciación: se puede afirmar, en términos generales, que las células pierden su capacidad de reproducción por dos razones: por envejecer y por alcanzar cierto grado o forma de diferenciación.

Conforme procede la asimilación se da un crecimiento externo, observable en el incremento en peso y volumen. Ehrenberg habla también de un crecimiento interno, una estructuración de las células, de los tejidos y de los órganos, que ocurre al mismo tiempo que el crecimiento externo, pero que mientras este último llega a un punto en el cual se detiene, el crecimiento estructural continúa en forma irreversible, convirtiéndose en el equivalente biológico de la segunda ley de la termodinámica: la entropía.

Puede decirse que todo lo que pasa por un proceso de asimilación está vivo, aunque el producto final de la asimilación sea estar muerto.

Cuando el organismo humano comienza es casi un sistema abierto ideal que, sin embargo, poco a poco se va convirtiendo en un sistema cerrado. Al principio las células son plenipotenciarias; conforme crecen y se estructuran se van individualizando, lo que las hace más específicas. La teoría de Ehrenberg se basa en un principio general propuesto por otro biólogo, Karl Ernst von Baer, quien establece: “La historia del desarrollo del individuo es la historia del crecimiento de su individualidad en cada uno de sus aspectos”. Según Eissler, este principio se puede aplicar tal cual también a la historia psicológica del individuo.

Cuando tanto el crecimiento externo como el estructural alcanzan su punto final porque el gradiente de asimilación se acerca al cero, cuando ya no es posible una mayor individuación, cuando la sustancia no estructurada o poco estructurada se agota y no puede ser transformada en formas individualizadas de estructura más compleja; entonces la configuración estructural se deteriora, decae y muere.

Así, la muerte natural no es una consecuencia secundaria de la vida, causada por algo inevitable, incidental o fortuito, ni ocurre por la acumulación de alguna materia que la deteriora. La muerte es, como lo dice Ehrenberg, el prerrequisito de la vida.

A decir de Eissler, es posible concluir que la biología de Ehrenberg es una demostración biológica de la teoría psicológica de Freud, siendo las fuerzas biológicas responsables de la transformación de un organismo en un sistema cerrado el equivalente de la pulsión de muerte. Sin embargo, él mismo abre la puerta de otra opción al afirmar (1972d):

“No está en mí decidir si estas fuerzas biológicas inhibitorias son equivalentes a un impulso o si está mal utilizado el término ‘pulsión de muerte’, […] pero la cuestión principal es que se demuestra que la muerte no se le impone al organismo contra su voluntad, sino más bien el proceso vital en sí mismo, y precisamente por medio de tener verificativo, o sea, por ser en sí mismo, produce la muerte”.

Esta frase de Eissler concentra mi propia opinión con respecto a tan debatido y debatible tema. Existe una fuerza entrópica que opera según lo establecido en la Segunda Ley de la Termodinámica; esto es, hay una tendencia universal de los sistemas vivos a consumir la energía existente. Por ello, la muerte como proceso natural es un suceso vital, está implícita desde el principio, en tanto la energía disponible tiende a agotarse, obligando a los sistemas a descomponerse en partes, cada una de las cuales pasa, a su vez, a ser un elemento de sistemas más simples que consumen menor energía, pero que, siguiendo el mismo proceso, a su vez también se agotan, repitiendo el ciclo hasta consumir la energía disponible. Sin embargo, todo ello no contiene los elementos suficientes como para hablar de una ‘pulsión’, esto es, un verdadero movimiento, motivo o razón hacia la muerte, o, como dice Brenner (1977b): “proveer a la actividad mental de ímpetu, lo que es la característica más importante del impulso instintivo”; en mi opinión, ni siquiera contiene los requisitos necesarios para ser considerado un instinto, ya que, como aclaró Avelino González (1965a) entendemos por instinto un comportamiento heredado, y tal tendencia entrópica no es una conducta, aunque sea innata. No es una pulsión porque no expresa un movimiento hacia la acción mortal para los sistemas vivos o, como dijera Freud en El Yo y el Ello (1920b): “[…una] animación de lo anorgánico”; los organismos vivos no ‘actúan’ hacia la muerte, más bien, no pueden escapar a ella y no lo intentan. Incluso en el acto suicida, la tendencia no es hacia la muerte como tal, sino hacia escapar, resolver y/o poner distancia con lo aversivo, frustrante o intolerable de la vida, construyendo en forma delirante el pensamiento optativo (wish fulfillment) de que la muerte es una opción.

Así, no me parece que haya base suficiente para hablar de dos impulsos básicos equivalentes, Eros y Tánatos, sino que existe solamente uno, Eros, que dispone de energía tanto libidinal como agresiva para llevar a cabo la realización de sus fines de conservación del individuo, mientras la tendencia entrópica universal no lo alcance.

Amapola González (1983) hablaba de tres tipos de agresión: de supervivencia, reactiva y esencial.

La agresión de supervivencia puede considerarse como equivalente a la destructividad no afectiva descrita por Parens, en tanto no tiene como meta en sí descargar hostilidad sobre el objeto que es destruido, sino servir para la conservación de la existencia del sujeto que la ejerce, teniendo como mejor ejemplo, tal como se dijo, la auto-conservación, que sin duda está al servicio de Eros.

Lo mismo puede decirse de la agresión reactiva, entendida como la capacidad para descargar agresión hostil contra aquellos que nos han agredido previamente, en tanto que es una forma de protección ante la posibilidad de ser repetidamente atacado hasta la destrucción. Así, esta forma de expresión de agresión está, también, al servicio de Eros.

Se sabe sin embargo, y hay múltiples ejemplos de ello, que el ser humano es capaz de agredir a otros sin que medie un ataque previo ni imperen circunstancias de auto-conservación o de supervivencia, obteniendo, además, un gran placer con ello. Esto es lo que se define como agresión esencial y ha sido utilizado como prueba de que existe una tendencia destructiva innata en los seres humanos.

Amapola González ejemplificaba la agresión esencial con la conducta paranoica, la cual es producto de una agresividad que, por no haber sido bien encauzada, conserva su carácter destructivo (1990):

“[…] por eso [mi hermano] Avelino y yo a la larga nos hicimos psicoanalistas, para poder entender la agresión y no confundirla con la destructividad. […] era ilógico que Avelino y yo fuéramos anarquistas porque la guerra vino por esos idealismos. La mayoría de la gente no tiene un Yo desarrollado, no tiene un Superyó adecuado y, por tanto, desgraciadamente, sí se necesita un control externo para que la gente no se desmande, sobre todo los grupos paranoicos que se infiltran en todas partes. […] los psicoanalistas estamos tratando de hacer un esfuerzo para ver si la gente puede encauzar su agresión y evitar que sea destructiva”.

Si tal agresión esencial implica que desde el nacimiento contamos con un montante de energía agresiva disponible, estoy de acuerdo. Si además —cosa que ni Amapola ni Avelino González hicieron nunca— se quiere atribuir esta agresividad innata a la existencia de una pulsión de muerte, estoy en desacuerdo en llamarla esencial, ya que al decir que no está al servicio ni de la supervivencia ni de la reactividad se comete el error de cambiar la perspectiva. Cuando se habla de los dos primeros tipos descritos, el punto de referencia es el sujeto que ejerce la conducta agresiva; sin embargo, al hablar de agresión esencial, el enfoque se realiza desde la perspectiva de un observador externo, ajeno a la persona que realiza la agresión, y es por eso que puede emitir el juicio de que no está en juego la supervivencia ni se está reaccionando a un ataque previo. Sin embargo, si consideramos que en el sujeto que actúa tal agresión ‘esencial’ están activos mecanismos paranoicos —esos que Amapola González llamara “el quinto jinete del apocalipsis, pero no el jinete número cinco, sino el jinete cero, porque es el que provoca la destructividad de los otros cuatro”— entonces, desde la perspectiva del agresor, sí está en juego su supervivencia y sí está reaccionando a una acción hostil.

No cabe duda que la energía agresiva, al igual que la libidinal, están desde el nacimiento (tal vez desde antes) disponibles para el sujeto, y que ambas, pero principalmente la agresiva por su carácter potencialmente destructivo, deben ser domadas por el Yo maduro. Las dificultades de esta doma se expresan en las muy diversas formas de mal manejo de la agresión. Sin embargo, la existencia de ambas tendencias no implica que cada una de ellas haya de originarse en pulsiones diferentes, ni mucho menos es prueba de la existencia de una pulsión de muerte, sino que ambas pueden entenderse como al servicio de la pulsión de vida. Que la agresividad pueda volverse contra el sujeto y utilizarlo como objeto, en el sentido dado por Avelino González (1964) no prueba tampoco que originalmente exista una energía destinada a su propia destrucción que deba, como afirma Klein, desviarse hacia el exterior para salvaguardar al sujeto de tal pulsión de muerte. Hay, sí, una energía agresiva que puede destruirlo porque el pequeño ser no es capaz todavía de dominarla, y por ello debe ser desviada al exterior, volviendo luego al Self vía procesos de identificación proyectiva.

Un ejemplo del sujeto usando la agresión sobre sí mismo lo encontramos en la función de culpa, que como ya he descrito, ha sido utilizada también como prueba de la existencia de la pulsión de muerte.

La culpa es una de las funciones del Superyó, y este, como una de las estructuras del aparato mental según la segunda tópica de Freud, es un conjunto de funciones que operan armónicamente para la consecución de metas en común.

Una función del Superyó, tal vez la más conocida, es la de conciencia moral, la cual se forma a través del precipitado de identificaciones que el sujeto hace a lo largo de su infancia, y constituye un representante interno del mundo externo, contenedor de todo el ‘deber ser’. Otra de sus funciones es la de ideal del Yo, que se refiere a la construcción de la imago de lo que el sujeto quiere llegar a ser, lo que desea devenir, y se forma a partir tanto de lo contenido en la conciencia moral, en lo que ‘se debe ser’, como con aportes provenientes del Ello, de los deseos, de las necesidades impulsivas que han de satisfacerse. Aquí puede verse ya cómo esta segunda función se articula con la primera para lograr su meta. En tercer lugar encontramos la función de auto-observación, cuya finalidad es construir una imago de lo que el sujeto es, producto de la información proveniente de su conducta en cuanto a las formas de relacionarse consigo mismo, con los demás y con los retos de la vida según la etapa del desarrollo en que se encuentre. La siguiente función se encarga de comparar el producto de la auto-observación con el ideal del Yo, obteniendo lo que se conoce como auto-concepto, esto es, la opinión que de sí mismo tiene el sujeto; opinión que viene siempre acompañada de un componente afectivo, llamado auto-estima. Cuando la auto-estima es negativa se activa la última de las funciones del Superyó, la de culpa, descargando agresión sobre el Yo y produciéndole gran displacer y dolor. Con ello, se espera que el Yo modifique diversos aspectos de su comportamiento que provoquen un cambio en la imago que el sujeto hace de sí mismo, operando en el sentido de modificar el auto-concepto y por tanto la auto-estima, la cual, cuando alcance un resultado positivo, dejará de motivar la acción de la función de culpa.  Las distintas funciones superyóicas actúan articuladamente como un mecanismo de retroalimentación, ejerciendo una labor de monitoreo y auditoría sobre el comportamiento, conformando, junto con la función de angustia, los dos servomecanismos más importantes. Así, en su operación normal actúan al servicio de Eros para incrementar el bienestar, y no en aras de una tendencia autodestructiva innata. Es importante hacer notar que toda función puede operar inadecuadamente, y por tanto la función de culpa, al igual que la de angustia, pueden, por mal funcionamiento, llevar a la muerte al sujeto, pero incluso en esos casos el resultado no puede ser considerado como evidencia de la existencia de un comportamiento orientado intrínsecamente a la destrucción, sino  a una desarticulación o desarmonía del Superyó en el caso de la culpa o del Yo en cuanto a la angustia, o hasta ser producto de un Superyó o de un Yo que no se estructuró adecuadamente desde su formación, produciendo defectos que lleguen a ser incompatibles con la conservación de la vida.

Es posible que diversos tipos de mal funcionamiento en la formación de las estructuras se encuentren como base de la explicación de otras manifestaciones paradójicas, como la reacción terapéutica negativa, la compulsión a la repetición y las conductas sádicas y masoquistas, pudiendo desechar así su explicación a partir de un concepto tan controvertido como es el de pulsión de muerte.

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PORTADA: “Sueño #7”. Autora: Estela López Ferrari. Derechos reservados.

 


[1] Las cursivas son mías.

[2] Traducción de Avelino González, (1969a).

[3] Las cursivas son de M. Klein.

[4] Todas las citas de la obra de Freud aparecen primero con su título original en alemán, seguido de las siglas S. E. que se refieren a su equivalente en The Standard Edition of the Complete Works of Sigmund Freud, London, England: The Hogarth Press Limited and the Institute of Psycho-Analysis. En último lugar, aparecen las siglas O. C., señalando su ubicación en las Obras Completas de Sigmund Freud, editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1968.

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