Por: Rosa Elena Martínez
“La verdadera virilidad es diferente de la simple masculinidad anatómica, no es una condición que se produce espontáneamente por una maduración biológica, sino un estado precario o artificial que los muchachos deben conquistar con mucha dificultad”. (Gilmore en Olmos, 2012)
A la masculinidad se accede desde la niñez. Para ello, las identificaciones tempranas jugarán un papel fundamental en la estructura psíquica. La relación temprana con la madre y sus cuidados, le permitirán al niño la primera identificación que le brindará la identidad de persona.
Entonces la madre, cercana a los hijos podrá expresar el nombre del padre, como una metáfora que quedará en la mente del niño o la niña; se los mostrará como un significante que será concebido por los hijos como la figura del tercero.
Aún cuando el padre no se encuentre físicamente con ellos, la noción de un tercero en la mente de la madre, podrá permitir la presencia significante de éste.
Pero no solo la madre permite como significante al padre, también ella aporta su significante para la nominación de varón o niña. Sin embargo, ella será quien primordialmente a través de la identificación introyectiva confiera al hijo su identidad sexual.
Por lo que el niño desarrollará su identidad masculina solo con algunos rasgos de su padre, ya que a diferencia de las niñas, los niños no tienen una relación personal continua con la figura de su mismo sexo, debido a que desarrollan una íntima relación y un temprano lazo con la madre.
Entonces, durante el desarrollo del niño la incorporación masculina, más bien dependerá de negar la relación con la madre y de la identificación personal con el padre.
Ya que a temprana edad el niño distingue a su madre de su padre solo por el aspecto físico. Y debido al desconocimiento de la anatomía y de los órganos genitales de los padres, el niño creerá que ambos poseen un falo como él. Lo mismo ocurrirá cuando pretenda hacer la distinción entre hombres y mujeres. (Pinzón, 2015)
Sin embargo, se desilusiona de la niña cuando se da cuenta que no es poseedora del falo y a la vez le preocupa que la madre lo castre como a ella; otorgándole a su progenitora cierto valor fálico.
De esta manera, el niño le atribuye un gran valor al falo, del cual dependerá en parte su autoestima, pues va en base a su condición de ser hombre. Pero la idea de que pueda perderlo se le hace insoportable, y para conservarlo, busca aliarse a la figura del padre, aún cuando lo observe como amenazante para la relación que guarda con la madre.
Entonces, cuando se encuentra afianzada la relación personal del niño con el progenitor, la figura de valor fálico pasa de la madre hacia el padre y esa relación de objeto entre ambos, vía identificación introyectiva, determinará el género sexual cultural del menor. (Pinzón, 2015)
Así, dará inicio la relación pre-edípica entre el niño y su padre, que tendrá como antecedente las emociones de apego libidinal hacia él, vía idealización e identificación, lo que permitirá el desarrollo de la confianza y la seguridad en el niño.
Pues el padre, será quien separará la relación que la madre ha fomentado con el hijo. A fin de interponerse entre estos dos, como un tercero, y lograr fortalecer la tríada edípica, que será resuelta una vez consolidada la relación del niño con su padre.
Esa relación con su nuevo objeto, estará provista de momentos afectivos, de cuidados, pero también de límites y desencantos, como fue la primera relación con la madre de la que ahora se separará. Por ende, encontrará sentimientos de amor y odio que impregnaran la nueva relación con el padre como lo fue con la madre.
Instalará la relación con el padre, pero solo en el ámbito emocional, ya que no podría contemplar la posibilidad de ser amamantado otra vez. Lo que causará cierta frustración inconsciente en el niño y hará que persista la necesidad por la madre, por debajo de la necesidad de estar con el padre.
Es por ello, que “…el niño recibe la aceptación de su masculinidad y/o el permiso para ejercerla a través de la mirada de la madre.”. (Ogden en Pinzón 1989).
Entonces la concepción de un tercero en la mente del niño, como símbolo de separación entre la madre y él, le permitirá acceder a la ley paterna como autoridad. Símbolo que progresara como conocimiento de lo bueno y lo malo, de lo permitido y lo prohibido, como el incesto o el parricidio. Nociones que completarán la resolución del complejo de Edipo. (Pinzón, 2015)
De esta manera, el aprendizaje masculino se caracterizará por una ausencia personal continua con su progenitor; es decir, la base de la identificación con el padre, mucho tendrá que ver con su integración a la masculinidad, pues tendrá que vivir demostrando todo el tiempo lo que ha de hacerse: hombre; debido a que “la identidad masculina tiene su origen en una identidad fundante femenina” (González Núñez, 2004). Sin embargo “una vez que el hombre se ha identificado con su propia masculinidad, su cuerpo se comportará y su mente pensará y sentirá como tal.” (Pinzón, 2015).
Por tanto, desde el enfoque del desarrollo, la noción de masculinidad no solo es considerada como la oposición femenino-masculino que desde el inicio no se encuentra presente para el niño, sino que le preceden fases que han desempeñado una función predominante con respecto a las oposiciones activo-pasiva. (Laplanche & Pontalis, 2013).
Así que el desarrollo de las etapas mediante las cuales el niño establece su masculinidad, se encuentran relacionadas con las primeras identificaciones, que más adelante se ajustarán y acondicionarán a las subsecuentes etapas de la adolescencia y de la edad adulta, en el ámbito familiar y social.
Entonces, desde el punto de vista social, la masculinidad es una construcción socio-cultural, estructurada a partir del discurso y del lenguaje, que inicia en el seno familiar, en donde los individuos se expresan, y posteriormente se descubren en lo social. De este modo aprenden a ordenar su realidad.
Así que la sociedad espera del hombre una serie de características que la misma le ha atribuido como carga en cuanto a valores, principios o fines. Cumplir con las características exigidas, en la concepción masculina, equivale a consolidar su identidad de género dentro de la sociedad.
Por ejemplo, los hombres se interesan por ser padres y esposos y su representación social de la masculinidad se establece sobre cimientos particularmente laborales, que determinaran la relación de la familia en lo social. Pues el hombre concibe, que él coloca en una postura a la familia, dentro del status social, aún cuando ambos aporten al ingreso económico.
Situación que en la actualidad ha dado un giro, cuando “el varón ha visto declinar su status frente a la evolución de la mujer y no se ha esforzado para superar tal baja”. Pues al parecer estar en “…el capítulo de honor no es visto como una manifestación de virilidad”. (Pinzón, 2015)
De esta forma se puede apreciar que el psiquismo y la cultura son factores determinantes en el proceso de la masculinidad, pero también lo son en el proceso de la sexualidad que inicia en la infancia y se desarrolla hacia la edad adulta.
Será importante, entonces, comprender la noción de sexualidad para dar continuidad al estudio de algunos aspectos de la sexualidad masculina.
A decir, la sexualidad es una serie de excitaciones y de actividades existentes desde la infancia, que producen un placer que no puede solo reducirse a la satisfacción de una necesidad fisiológica fundamental o al placer dependiente del funcionamiento del aparato genital. (Laplanche & Pontalis, 2013).
La sexualidad no solo significa la satisfacción en el ámbito fisiológico corporal, sino contempla también lo psíquico, lo emocional; aquellos momentos en que el placer se extiende a los sentimientos de compartir con otros. Aquello que se hereda y que forma la personalidad expresada en su propia sexualidad.
Por ello, la sexualidad como fenómeno vinculado a la personalidad y determinado por ésta se entiende como psicosexual, en virtud de que manifiesta cambios en la obtención del placer, dependiendo del aspecto emocional del sujeto (Pinzón, 2015).
De este modo la actividad sexual contempla algunas experiencias primarias y con ellas las emociones o sentimientos que de ellas se derivaron.
Por ejemplo, una esposa puede tener sexo con el esposo solo para cumplir con el rol esperado; o un esposo puede dejar de tener sexo con la esposa debido a una depresión; o permanecer una pareja unida, sin tener sexo, solo por una cuestión social.
Pero el matiz de la sexualidad, puede tener distintas modalidades, normales y patológicas, como un violador que utiliza su pene, no solo para conseguir placer personal, sino para agredir, someter y vengarse de la figura femenina o masculina (Pinzón, 2015)
En el campo de la afectividad toda conducta tiene impresos los procesos de identificación temprana, y de adaptación con los objetos primarios. Antecedente que influye en los rasgos de carácter de lo femenino o masculino en la personalidad del hombre.
Atendiendo a los aspectos inconscientes, se traducen en cuatro: 1) por la particular presencia del sadismo o masoquismo; 2) por la forma de la perversión o la erotomanía, masculina y femenina, respectivamente; 3) por ingenuidad masculina o intriga femenina en el carácter del hombre y; 4) violencia asesina directa en lo masculino o maldad asesina oculta como rasgo femenino en el hombre. (Lander en Pinzón, 2015).
También las identificaciones durante el Edipo determinarán la elección de objeto de excitación sexual para la edad adulta.
Si un varón elige a su madre como objeto de deseo sexual, organizará su sexualidad adulta por la vía heterosexual. Pero si elige a su padre, estará organizando su sexualidad por la vía homosexual. (Lander en Pinzón, 2015)
Por ejemplo: Si en un hombre prevalecen las actitudes masculinas y su vida erótica sigue el tipo femenino, se organizará invertido debido a que su elección de objeto serán otros hombres. Pueden ser muchas las correlaciones que llevan a una variedad en la identidad psicosexual del individuo. (Lander en Pinzón, 2015)
Otro aspecto importante del hombre a cualquier edad, se refiere a su estado de afectividad. Culturalmente el hombre a muy temprana edad, se ve preciso a reprimir la demostración de sus emociones, para ocultar cierta vulnerabilidad que considera solo manifiesta en la mujer. Por lo que evitará parecerse a ella.
Situación que conlleva a la aparición de patologías, pues el control desmesurado de sus emociones, puede afectar la apreciación de su órgano genital, buscando en exceso encuentros femeninos “que le hagan sentir su pene y por ende, a sí mismo” (Pinzón, 2015).
Por otro lado, en contraposición a la represión de sus emociones, el hombre manifiesta abiertamente su agresión porque es lo socialmente permitido. Toda vez que se autoafirma en ella, mediante la defensa de su territorio y de sus posesiones. Opuesta a la agresión, el hombre mantiene una sensibilidad hacia ciertos aspectos de la vida, como a una caricia, a un rechazo por desamor o a una amenaza de peligro. (Pinzón, 2015)
El hombre aprenderá a convivir en estos dos extremos desde la niñez; fuerte, agresivo para su defensa y hegemonía social, por un lado, y emocionalmente sensible para amar, por el otro.
Dentro de la sensibilidad que guarda el hombre, se encuentra el pene, como genital masculino, que desde la infancia es la más importante representación de la sexualidad para él.
Como órgano, permite la erección, que es su punto de placer; asegura la reproducción de la especie; es símbolo de dominio y los amantes lo tratan como a un tercero. Todo en armonía con la relación sexual afectiva que mantiene la pareja. (Pinzón, 2015)
Alrededor de este órgano masculino, se encuentran otros temas importantes relacionados con su sexualidad, como: la circuncisión, la masturbación, el inicio de la vida sexual, el coito, la impotencia, la eyaculación precoz, la infertilidad, el amor y la infidelidad.
Para concluir el presente ensayo, solo se hará mención breve de cada uno, según Pinzón (2015).
La circuncisión se refiere a extirpar el prepucio del pene. El varón parece que quisiera estar circuncidado y parece que no, por el afán de obtener mayor deseo y autoestima. Se hace necesaria en los casos de fimosis o incapacidad de retraer el prepucio y liberar el glande.
La masturbación, es la estimulación de los genitales. Es practicada por el varón desde etapas tempranas. Calma la ansiedad, obtiene placer y reconoce al propio cuerpo. Es saludable sino se abusa de su frecuencia y es patológica si se prefiere a la relación íntima.
El inicio de la vida sexual, comenzará durante la adolescencia como una actividad sexual adulta. Disfrutará con una novia o una amiga. Si experimenta con una prostituta el aprendizaje podría resultar en no hablar mucho de la sexualidad o hacerlo a escondidas.
El coito está dirigido a obtener el orgasmo por penetración genital con el sexo opuesto. Es personal, es de dos que se dan cita en la intimidad de su relación. Al concluir, la mujer deseará continuar con el abrazo, pero algunos hombres preferirán separarse espacialmente hasta dormirse. Algunas mujeres lo viven como abandono.
La infertilidad, produce baja autoestima en el varón, afectando el sentido de masculinidad. Si ella es quien la presenta, sobreviene un sentimiento singular de odio por no hacerlo sentir varón, masculino y padre.
La impotencia sexual en el hombre se refiere a la disfunción eréctil, que es la incapacidad para mantener el pene erecto en la actividad sexual. Puede revelar aspectos depresivos y una postura de la vida en riña con la virilidad. Puede también tener una representación de la mujer como muy poderosa; o no ser merecedor de ella por su belleza y verse asimismo pequeño.
La eyaculación precoz, se entiende como la culminación prematura después de la penetración o antes del clímax en la mujer. Invalida el placer en la relación sexual. Se presenta ansiedad y falta de seguridad, así como egoísmo de dar placer. Puede estar relacionada con temor a la mujer, a la vagina y a fantasías destructoras de ésta.
El amor, es algo personal. El amor se aprende en la relación con la madre y con los cuidadores desde el nacimiento. Freud (2013) estableció dos categorías de elección amorosa. “La narcisista” y por el tipo de apoyo: “mujer nutriz y hombre protector”.
Por último, la infidelidad, es mantener relaciones con otras personas, a la par que con la pareja. Se puede presentar por la identificación con un padre infiel; por un carácter seductor; por una búsqueda de excitación fuera de la pareja; por celos, por temor a la fusión o a la dependencia, entre otros.
 
Conclusiones
El hombre accede a la masculinidad desde el nacimiento con las primeras identificaciones que se despliegan a lo largo de su desarrollo.
La primera identificación es con la madre, quien le brindará la identidad de persona y quien expresará el nombre del padre como metáfora en la mente del niño.
Esa metáfora es la noción de un tercero, que en la mente de la madre, permitirá la presencia del padre como un significante, aún cuando él no se encuentre presente.
La separación de la madre y la identificación con el padre será el proceso para la resolución del Edipo. Entonces la consolidación de la relación con el progenitor, será solo en el ámbito emocional, cediendo a la ley paterna, a la autoridad.
En lo social, el hombre consolidará su identidad de género cumpliendo con los valores, principios y fines que la sociedad de su cultura le exige.
En lo psicosexual el hombre está determinado por sus experiencias primarias y las emociones o sentimientos que de ellas emanaron. Por lo que su afectividad estará relacionada con los procesos de identificación y de adaptación con ambos padres.
Atendiendo a los aspectos inconscientes, en el hombre hay cuatro rasgos de carácter de lo femenino- masculino y la organización de su sexualidad dependerá del objeto de deseo sexual de su elección: heterosexual u homosexual.
El hombre reprime la demostración de sus emociones como algo característico, para ocultar cierta vulnerabilidad, pues piensa que es particular de la mujer. Aunque ello provoque patologías o problemas en su salud.
También práctica abiertamente la agresión, pues es lo socialmente permitido. Se autoafirma en ella marcando su territorio. No sin dejar de ser sensible a una caricia o a un rechazo amoroso. Estos dos lados opuestos son característicos de la personalidad del hombre. Como el pene que representa la agresión de penetrar de hundir, pero también, la sensibilidad.
 
Bibliografía

  • Bleichmar, S. (2006) “Paradojas de la sexualidad masculina”, Paidós, Buenos Aires.

 

  • Freud, S (2013) “Tres ensayos de teoría sexual” En J.L. Etcheverry (trad), Obras Completas. ( 7 pp. 156-188). Buenos Aires: Amorrortu.

 
 

  • González, N. J. J. (2004) “Conflictos masculinos” México, D.F. Plaza y Jánes.
  • Laplanche & P. (2013) “Diccionario de psicoanálisis”, Buenos Aires, Paidós.
  • Olmos, D. T. (2012) “La sexualidad masculina y sus vicisitudes”, Revista de la Sociedad Argentina de Psicoanálisis, número 15/16, año 2011/2012. Recuperado de PEP.
  • Pinzón, B. S. (2015) “Hombres. Psicoanálisis. Cine”, Sociedad Psicoanalítica de México, Ciudad de México
  • Santos, V. L. (2009) “Masculino y femenino en la intersección entre el psicoanálisis y los estudios de género”, Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura, Universidad Nacional de Colombia.

 
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