Por: Daniela de Con
Los primeros años del bebé son cruciales por ser la base de la empatía, las relaciones objetales y de un buen desarrollo. Un maternaje “suficientemente bueno”—como diría Winnicott—tiene la bondad de mostrarle al infante sus futuras capacidades parentales, de manera que si la experiencia temprana es grata hay una gran probabilidad de tener deseos de ser madre o padre al llegar a la adultez, sin descartar que otros factores intervengan.
Además, la temprana relación con la madre también afecta a la sensación del self del niño, es decir, si hay una continuidad en el cuidado permite desarrollar un self que le dé la sensación de poder decir “soy yo” (Chodorow, 1984). A su vez tener un espacio propio, como su cuarto, le ayuda al infante a delimitar su self y a saber que tiene un lugar en casa como una extensión del mundo.
También colabora a que sus zonas no estén confundidas, ya que un espacio físico le ayuda a encontrar concretamente los límites psíquicos que le brindan las paredes de la habitación, así como el cuerpo de la madre y posteriormente su cuerpo. Si el bebé duerme siempre en el cuarto de los papás entonces puede haber una confusión entre él y el cuerpo de la madre, en esa confusión y los compartimientos maternos es donde se puede dar la confusión zonal de la que habla Meltzer, así que una manera de evitar tal confusión es que el bebé tenga una habitación en la cual él pueda proyectar sin confundir espacios, ya sea zonales o geográficos. Y finalmente, una habitación le ayuda a saber que tiene un espacio para sentirse seguro, como lo fue el vientre de la madre.
El cuarto del bebé se trata de un espacio que la madre, o ambos padres, le fueron adecuando, que le da contención casi como si fueran los brazos de mamá. Pienso que también un cuarto le da una noción de espacio y tiempo, donde puede desarrollar la sensación de ubicarse en el mundo.
Me viene a la mente caso P, que de niña no había tenido un cuarto en casa. Todos los espacios estaban confundidos, ninguno era propiedad de nadie. Ella y sus hermanos dormían revueltos, amontonados y cada noche cambiaban de habitación en la casa, aspecto que se reflejaba al llegar a sesión y confundía el horario, o no sabía si iba tarde o temprano porque había dejado el celular en casa, e incluso llegó a perderse para llegar al consultorio aunque fuera un camino recurrente para ella.
De ahí que comenzara a interesarme la importancia del acondicionamiento del cuarto como un espacio psíquico, además de mi propia experiencia en cuanto a lo que he ido experimentando en el periodo de embarazo. Poco a poco empecé a vaciar el cuarto donde la bebé dormirá a modo de una preparación para su llegada. Incluso antes de concebirla primero comencé a darle forma a esa habitación, vaciando cada uno de sus closets y cajones porque estaban repletos de muchas otras cosas menos las de ella.
Hasta que no quedó vacío y listo para llenarse no hubo concepción, como si hubiera sido algo muy relevante para mi inconsciente. Ahora siento que fue uno de los primeros pasos para poder quedar embarazada. Posteriormente, ya una vez con la noticia confirmada la gente me decía que no tenía que sacar todo y que podía dejar mi ropa allí, ya que la suya ocuparía muy poco espacio, y algunos me propusieron que hasta compartiera estantes. Idea que no me pareció porque sentí que ella debe de tener sus propios espacios, fue como ir haciendo de lado mis intereses para darle prioridad a los suyos. Regalé cosas que dejaron de tener sentido que siguiera guardando, y podría decir que toda futura madre atraviesa por una proceso de duelo representado de distintas maneras, quizás esta fue la mía.
El embarazo e incluso meses previos son parte de un proceso donde los futuros padres abren el espacio necesario para que puedan recibir al bebé. En mi caso ha sido un proceso de vaciar toda una casa para que entre una nueva personita.
Esto es lo que Winnicott (1960) ha denominado la “preocupación materna primaria”, es decir, el bebé significa varias cosas para la fantasía inconsciente de la madre, pero tal vez el rasgo predominante sea la disposición y la capacidad de la madre para despojarse de todos sus intereses personales y concentrarlos en el bebé.
Toda esta experiencia vivida es lo que traduzco como la preparación que he tenido en mi vientre haciendo cabida también a un espacio mental. Buscando que este trabajo trate sobre la relación de la madre y el bebé que lleva en su vientre. Incluyendo, el cómo la supervivencia del bebé depende del vínculo que tiene con la madre o quien lo cuida, y cómo es que el consultorio también funge como el vientre y la mente del analista que le presta al paciente-bebé.
La “preocupación materna” denominada por Winnicott (1960) en su artículo Notas sobre la relación entre la madre y el feto se refiere a “un estado de sensibilidad exaltada durante el embarazo y especialmente hacia el final del mismo”. Es la fase más precoz de la vida del pequeño, donde desde el periodo de gestación la madre empieza a tener una serie de angustias y preocupaciones, además de un revestimiento de catexis hacia ella y el bebé que carga en su vientre.
Durante el embarazo hay una retirada psíquica del mundo necesaria para la preservación de la vida en el útero. Hay investiduras narcisistas, donde la madre está concentrada en sí misma y el bebé, sin embargo, me parece que posteriormente ocurre un cambio dinámico, ya que la energía que anteriormente estuvo centrada en ella y el bebé en gestación comienza a moverse hacia el lactante una vez que nace, y esto también es parte de lo que comprende el concepto de “preocupación materna primaria”.
A su vez, dicho autor expone en su artículo La experiencia de mutualidad entre la madre y el bebé (1969) que la preocupación maternal dura hasta semanas después de haber nacido el niño, aún así la madre empieza a perder la angustia, la incertidumbre y comienza a recobrar la catexis que ha puesto en él y posteriormente regresa a ella y es entonces que “el recuerdo de este estado que conservan las madres tiende a ser reprimido”.
Además, es parte del proceso normal que la madre recupere su interés por sí misma, y que lo haga a medida que el niño vaya siendo capaz de tolerarlo. La madre patológicamente preocupada es la que seguirá identificada con su hijo durante un tiempo demasiado prolongado (Winnicott, 1960).
Sin embargo, también existe el efecto contrario, ya que algunas mujeres no son capaces de preocuparse por el infante con exclusión de otros intereses, de una forma normal y temporal. Paradójicamente, Winnicott dice que estas mujeres “huyen hacia la cordura”, describiéndolo como el periodo donde las madres tienen otras preocupaciones muy importantes que no abandonan fácilmente o que tal vez no sean capaces de abandonar hasta haber tenido a sus primeros bebés. “Cuando una mujer tiene una fuerte identificación masculina se encuentra con que le es muy difícil cumplir con esta parte de su función materna, y la envidia reprimida del pene deja poco espacio para la preocupación materna primaria”.
Por su parte, Dolto (1981) nos dice que lo que conocemos como “”instinto materno” son más bien las pulsiones conservadoras vinculadas al amor por sí misma y a la necesidad de volcarse a sí para preservar la vida que se desarrolla en su vientre”. Refiriéndose a que no es tanto que exista el instinto-maternal persé sino que la concentración de pulsiones es la que hace que la madre pueda hacer un buen maternaje. Además, son necesarias las defensas narcisistas para poder hacer “nido”, preservar y continuar ayudando al desarrollo dentro del vientre.
Con el pasado sismo del 19 de septiembre llegué a sentir una inmensa culpa por no haberme sentido en las condiciones más óptimas para estar atendiendo llamadas, ni acudir a los escombros ni albergues junto a mis colegas. Posteriormente, comprendí que haberlo hecho era haberme estado exponiendo, y que las defensas narcisistas necesarias para preservar el producto intervinieron para poder cuidarme a mí y al vientre que acoge al ahora bebé. Este fue mi proceso, sin embargo cada madre atraviesa por aspectos que se expresan de otra manera pero recaen en el mismo resultado, todas necesitamos “anidar”.
En esta dicotomía madre-hijo no sólo es lo que el cuarto le brinda al bebé como holding sino también lo que le ofrece a la madre el prepararlo. Es así que tuve la inquietud de explorar cómo la gestación del cuarto para una madre primeriza es crucial porque va a la par de todos los cambios que una futura madre va viviendo en su periodo de gestación.
Resalto la condición de primeriza porque aunque también pueda repetirse dicho proceso con los hijos subsecuentes resulta evidente que las angustias de la madre disminuyen para este entonces, y muchas dejan de considerarlo una prioridad o hasta se sienten culpables por mostrar menos entusiasmo.
Sin embargo, a pesar de esto creo en la importancia de designarle a cada hijo sus cosas como representación de su individualidad. Esto no implica que no puedan compartir el mismo cuarto, pero sí el que cada uno tenga una cama otorgada, en aras de colaborar en el desarrollo de la individualidad y constitución del self en cada hijo.
Además, este self se va constituyendo en medida que la madre tiene la capacidad para prestarle su propio self al niño, y será parte del proceso normal que la madre recupere su interés por sí misma, y podrá hacerlo en medida que el niño vaya siendo capaz de tolerarlo.
A título personal pienso que el cuarto del bebé es la extensión del espacio del vientre de la madre, como reflejo del espacio que le hace tanto en su vida como en su mente. Prepararlo tiene que ver con los deseos de su llegada, es una de las tantas formas de ir concretizando que el bebé viene en camino.
Aunque también ayuda mucho a que la madre primeriza pueda calmar sus angustias, ya que le viene una incertidumbre de lo que le espera sumado a todos los cambios hormonales, emocionales, físicos y psíquicos que está teniendo en el embarazo, es así que “anidar” y adecuar el cuarto le permiten sentir que puede controlar un poco de sus ansiedades porque le espera un extremo cuidado de las necesidades corporales y emocionales en este primer periodo que Fairbairn leído en Chodorow (1984) llama “dependencia infantil”, en referencia a este período temprano donde hay una sensación de desamparo e impotencia en el bebé, donde la madre provee el holding y alimento necesario.
Si uno se pone a pensar el bebé nunca ha sido bebé pero la madre sí ha jugado a la mamá o ha tenido hermanitos, así que “mientras la madre pueda identificarse con el bebé, haya nacido éste o se esté gestando todavía […] en la experiencia de mutualidad es fundamental la capacidad que tenga la madre para adaptarse a las necesidades del niño” (Winnicott, 1960), donde el cuarto pudiera ser un primer intento de acercamiento a un proceso de identificación.
Durante el período de gestación, lo que puede incluir un curso psicoprofiláctico, ejercicios perinatales, yoga, visitas crónicas al ginecólogo, lecturas sobre la maternidad, compras y la preparación del cuarto, es la primera etapa donde la madre empieza a pensar en todas las necesidades del bebé.
Aquella preparación mental y espacial también podría ser un paso previo a todo el proceso de identificación proyectiva que se dará entre madre y lactante. Pues, la madre comienza a pensar en todas las necesidades del infante, poniéndose en su lugar. Lo que la lleva a pensar desde un acomodo de la cuna porque tiene al bebé más a su alcance, a la vista, hasta la importancia de buscar una mecedora para el periodo de lactancia, crucial para el vínculo entre ambos.
Winnicott (1960) expresa “Sólo si la madre se halla sensibilizada podrá ponerse en el lugar del pequeño y, de este modo, satisfacer sus necesidades. Éstas, al principio son corporales, pero paulatinamente pasan a ser necesidades del yo, a medida que la psicología va naciendo de la elaboración imaginativa de la experiencia física”.
No sólo es un espacio en el vientre ni en la mente de la madre sino al proceso posterior de la lactancia, la cual adquiere importancia porque en palabras de Winnicott (1969) es el momento donde bebé y madre se empiezan a comunicar, pues “aunque todos los niños toman alimento, no existe una comunicación entre el bebé y la madre hasta que se desarrolla una alimentación mutua”.
Sin embargo, no dejemos de lado que el bebé también alimenta y estimula a la madre con su goce al comer, y por ello creo importante la preparación del cuarto donde esto previo estará sucediendo en los primeros meses de vida. Repasemos que hay una mayor vinculación si la madre puede experimentar y tolerar las vivencias dolorosas del bebé. La madre estimula al niño al cambiarlo, jugar, alimentarlo, pero el niño por su parte también seduce a la madre con su sonrisa (Ellman, 1988).
Winnicott (1960) explica la importancia de este periodo de lactancia, ya que “[La lactancia] le brinda a la madre (y vicariamente al padre) una segunda oportunidad. El amamantamiento y la crianza personal le hacen sentir a una madre que su hijo es real, quiero decir en el caso de que previamente lo hubiera dudado a raíz de no contar con un ciento por ciento de capacidad para producir un bebé en la fantasía”. Así que digamos que esa concretización del cuarto, pensando en cada detalle que le será útil a la madre y agradable para el bebé, también ayuda a que la madre vaya pudiendo producir en la fantasía una imagen de quién será su hijo, ya que Winnicott explica que no toda madre es capaz de tener una imagen clara en su fantasía. En palabras textuales “Algunas, incluso, apenas tienen un 50% de esta capacidad; y es dable imaginar su confusión cuando se ven ante un bebé, que según les dicen, ellas han traído al mundo, y en lo cual, sin embargo, no creen totalmente” (Winnicott, 1960).
A su vez, la madre está adecuando toda su vida para que una vez que nazca su hijo pueda llevar a cabo un buen vínculo y desarrollo. En palabras de Grinberg (1976) “La calidad normal del funcionamiento de la identificación proyectiva dependerá […] de la calidad con el que funcionaron las identificaciones proyectivas en las primeras relaciones objetables”.
Esto explicado desde un punto de vista grinbergiano donde dicha identificación proyectiva la define como la base de la empatía, queriéndose referir a que si la relación entre madre y lactante es “buena”, siendo que la madre tiene la capacidad de tolerar sus proyecciones y regresárselas en contenidos más tolerables, entonces el bebé desarrollará en un futuro una cualidad empática con los demás objetos.
Para Winnicott (1960) se dan dos clases de identificación: “la de la madre con su hijo y el estado de identificación del infante con la madre. La madre aporta a la situación una aptitud desarrollada, mientras que el niño se encuentra en ese estado porque es así como comienzan las cosas”.
Dicho autor explica que cuando la madre está embarazada se observa una creciente identificación con el niño, ya desde este instante, y esto puede darse ya que ella lo asocia con la “imagen de un “objeto interno”, un objeto que la madre imagina que se ha establecido dentro de su cuerpo y que pertenece allí a pesar de todos los elementos adversos que existen también en ese ámbito” (Winnicott, 1960).
Para comenzar a concluir quisiera poner un ejemplo de lo que me sucedió en el consultorio tras el sismo. Debido a las malas condiciones en las que quedó mi consultorio, tuve que proponer sesiones telefónicas o por Skype. Sin embargo, Caso L me expresaba que no le gustaban por teléfono y que prefería ir, ya que con tan sólo estar adentro del consultorio sentía más contención, trató de detallar lo que el espacio físico y geográfico le brindaba, diciendo que la presencia que le dan las cuatro paredes, el diván, y el saludo presencial no lo alcanzaban a cubrir una sesión telefónica.
Esta expresión me recordó al objetivo de proponer en este escrito el cuarto del bebé y el consultorio como la representación psíquica del vientre materno. Siendo el cuarto-consultorio como un espacio sustituto continente, en términos bionianos. Junto con la madre, la habitación es el espacio donde se reciben y toleran las identificaciones proyectivas del bebé. Brinda un tiempo y un espacio que contribuye a la identidad del cuerpo del bebé, todo esto necesitando los cuidados y la capacidad de rêverie de la madre, ya que así como el diván no funciona solo lo mismo sucede con el cuarto.
El término holding que se utilizó en este escrito abarca todo lo que una madre hace por el cuidado físico y emocional de un bebé, “incluyendo cuando llega el momento de que el bebé sea sostenido por adecuados materiales no humanos” (Winnicott, 1960), tales como las cobijas, colchón, carriola, triángulos de cuna, la misma cuna y el propio cuarto, entre otras.
En la misma línea, podemos pensar lo propuesto por Ellman (1988) quien dice que el “movimiento corporal es el cordón umbilical externo” y que de ahí la importancia de cargar al bebé. Por lo tanto un recién nacido no busca sólo placer u objetos gratificantes sino un sentido continuo de confianza y seguridad básica, y esto viene desde el periodo de gestación donde percibe todo lo que la madre sienta, además de la búsqueda del pecho de la madre, su cuerpo, su rostro, hasta todo el ambiente a su alrededor. Es así que dicho cuarto le anuncia lo mucho que su madre está pensando en él y todo lo que incluya su bienestar, sus límites internos, y corporales.
Así, el cuarto del niño es una extensión del cuerpo materno y sobre el cual el niño proyectará partes de él. Desde mi perspectiva el hecho de que el niño tenga un cuarto propio y en ese cuarto haya objetos que le pertenezcan le ayuda a no confundir sus propios contenidos con los contenidos del cuerpo materno.
 
Bibliografía
 

  • Chodrow, N. (1984) El ejercicio de la maternidad, Barcelona: Ed. Gedisa, págs. 96, 123
  • Dolto, F. (1981) En el juego del deseo, México: Siglo veintiuno editores, pág. 243
  • Ellman, S. (1988) The significance of dreams, Gran Brteña: Ed. Karnac, pág. 118
  • Grinberg, L. (1976) Teoría de la identificación, Buenos Aires: Paidós. pág 77.
  • Winnicott (1960) Exploraciones psicoanalíticas: Notas sobre la relación entre la madre y el feto. Barcelona: Paidós, págs. 197-198
  • Winnicott (1960) Obras completas: La preocupación maternal, PDF electrónico sin números de páginas.
  • Winnicott (1960) Obras completas: La pareja madre-lactante, PDF electrónico sin números de páginas.
  • Winnicott (1969) Exploraciones psicoanalíticas: La experiencia de mutualidad entre la madre y el bebé, Barcelona: Paidós, págs. 302, 304, 305, 308

 
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