sheep-1551202Autor: Valeria Partida
“El que tenga ojos para ver y oídos para oír, se convencerá de que los mortales no pueden guardar ningún secreto. Aquél cuyos labios callan, se delata con la punta de los dedos, el secreto quiere salirse por los poros.” Freud, S.
 
El trabajo psicoanalítico de comprender y estudiar al individuo y sus conductas puede verse obstaculizado si no se considera al sujeto como parte de un grupo que le preexiste. Tras una breve intervención con cierta paciente, de la cual se hablará más tarde en el presente trabajo, surgió en mi una necesidad de comprender cómo cierta situación se presentaba una y otra vez, a través de distintas generaciones en su propia familia.
 
Transmisión transgeneracional y su escenario: la familia
Segoviano (2009), define la transmisión en psicoanálisis como un término utilizado para designar tanto los procesos, como las vías y los mecanismos mentales capaces de operar transferencias de organizaciones y contenidos psíquicos entre distintos sujetos y, particularmente, de una generación a otra, así como los efectos de dichas transferencias.
Como el propio Freud decía, es el afecto de lo reprimido lo que se mantiene a flote para que eso que fue reprimido, intente volver a la conciencia. Kaës (1993), en Del Valle (2014), dice en cuanto a la transmisión, que es el afecto y el representante de la pulsión lo que se transmite. La memoria del afecto será aquella que se mantendrá viva por generaciones más allá de la represión, fuera de la consciencia del sujeto.
La transmisión de los secretos se presenta como un proceso inconsciente, en donde se da una identificación con un ascendente y que contiene cierta carga agresiva que llevará al sujeto a actuar de cierta forma que le estará provocando un síntoma, y si se quiere comprender el origen de éste, la propia historia del sujeto no alcanzará, no será suficiente para percibir en su totalidad la etiología del síntoma, por lo que para comprender cómo se desarrolla la trasmisión transgeneracional, es primordial mencionar la importancia que tiene la familia como el escenario elemental en el mundo de un sujeto.
La familia es, para cualquier individuo, el primer espacio en donde desarrollará relaciones interpersonales, es decir, es el grupo primario de donde el sujeto heredará el material psíquico necesario y que a través de la relación que tendrá en primer lugar en el vínculo materno y posteriormente con el resto de los integrantes, podrá constituir una identidad, y que además le permitirá sentirse miembro de ese grupo.
La familia es un grupo que le antecede al individuo, está ya constituida por un idioma, ideales, reglas, normas, prohibiciones, funciones, roles, religión, etc. que van marcando la identidad de ese grupo. Rozenbaum (2005), en relación con la transmisión transgeneracional, menciona que el niño, al nacer con una historia genética, vincular y emocional, hereda la “carga” de recomponer a la familia a partir de la alianza de los dos linajes de los que ha nacido; por tanto hay una historia que lo pre-existe, de la cual puede ser heredero transmisor con nuevos desarrollos, o en ocasiones tan solo prisionero de ella.
En referencia a esto, Cueik (2014) menciona que todos, como integrantes de un grupo familiar, somos portadores de un mandato familiar que nos antecede, pues los procesos psíquicos tienen cierta continuidad, de no ser así, cada generación debería de comenzar sus conocimientos de la vida desde cero.
Por su parte, Werba (2002) postula lo incuestionable de que el sujeto forme parte de una cadena generacional de la cual somos subordinados, siendo esto una gran responsabilidad, porque en un futuro, seremos también portadores de la misma cadena contribuyendo a la constitución psíquica de nuestros descendientes, tal como nosotros fuimos constituidos por nuestros ascendentes. Esta afirmación me lleva a pensar que bajo este modelo, las acciones de cualquier sujeto, no son tan suyas como se piensa, sino que vienen en parte demarcadas por sus antecesores y que las consecuencias de los actos que cree tan propias, tampoco serán solo sus consecuencias, siempre habrá transmisión de estos.
Faimberg (1987), postula que en la crianza siempre existirán visitadores del pasado, fantasmas que en algunas familias aparecen en escena en momentos inesperados, en donde padres e hijos se encuentran a sí mismos protagonizando y reeditando papeles de obras de tiempos pasados. Otros fantasmas permanecen y han estado presentes de dos a tres generaciones sin haber sido invitados.
 
Los secretos y su transmisión
Según el diccionario de la Real Academia Española (2001), el secreto es una cosa que cuidadosamente se tiene reservada y oculta; Siendo de este modo, el secreto solo pertenece y corresponde a la persona que lo guarda y lo posee.
Sin embargo, sabemos que en realidad el secreto no logra su cometido y después de un tiempo, de alguna forma, suele salir de distintos modos y revelarse, aún cuando se busque mantenerlo silenciado probablemente para conservar ideales y estructura en la institución.
En psicoanálisis, aquello que no es dicho y que quiere mantenerse oculto es actuado, aquello que no se elabora en la propia historia, esta condenado a repetirse tanto en el individuo como en la de los siguientes integrantes de la familia. Más aún, aquello que el sujeto no puede recordar porque le fue transmitido o heredado por otras generaciones y que por tanto no ha podido elaborarse, se repite bajo esa imposibilidad de ser simbolizado aunado a la imposibilidad por mandato familiar de nombrarlo o pensarlo.
Las palabras que no pudieron ser dichas, las escenas que no pudieron ser rememoradas, las lágrimas que no pudieron ser vertidas son conservadas en secreto. La necesidad del secreto no proviene de la vergüenza del sujeto, sino de la vergüenza del objeto de amor, (el padre o madre, o antepasado), que hizo vivir la experiencia como secreta y vergonzosa. (Abraham y Torök, en Tapia y Pérez Vélez, 2011)
La transmisión transgeneracional puede darse igualmente a partir de la transmisión intergeneracional (transmisión que se da de las relaciones interpersonales), pues los padres, también introducen en la vida psíquica de sus hijos, los mandatos y designios de los propios padres.
En Transmisión y secretos: sus correlaciones con la intrasubjetividad, intersujetividad y la transubjetividad, Cassanova, Glusman y Jaroslavsky (2002), ilustran, citando a Racamier, las variables del secreto:
Existen secretos libidinales, los cuales son recuerdos atesorados que conciernen a lo íntimo y lo discreto. Considero entonces que, por secretos libidinales puede pensarse la intimidad de la pareja de la cual los hijos no deben de incluirse o ser informados.
Y existen también los secretos antilibidinales, cargados de una función narcisista antilibidinal, mostrándose destructivos, son secretos amenazantes y cristalizadores de dinamismos psíquicos junto con su posibilidad de transformación.
Los secretos antilibidinales tendrán un mandato de denegación para la primer generación, que paralizará al individuo a nombrarlo y a actuar libremente. Estos secretos serán lo que Ponce de León (2005) en Del Valle (2014), describe como “lo vivido y no representado dentro de la cadena generacional”.   O lo que Winnicott (1963) refiere como “lo vivido, no vivido y siempre por vivir”, y que equivale al temor al derrumbe que siente el sujeto sin que el yo pueda procesarlo.
Los secretos han demostrado que al contar con una imposibilidad de darle nombre a algo que resulta prohibido o vergonzoso mantiene un peso importante a través de las generaciones familiares, pues es en donde los vínculos y la identificación del sujeto se da de las formas más próximas. Cuando se da cierta experiencia reprochable en una generación, esta se transmite de forma inconsciente a través de las generaciones siguientes.
Cueik (2014), menciona que es la tercera generación la que estará apta para poder desentrañar el secreto.
 
Caso Roberta
Roberta llega a tratamiento a la edad de 20 años, expresando estar molesta por la imposición familiar de comenzar una carrera en arquitectura que ella no deseaba estudiar. Mandato familiar por línea materna en donde más de tres generaciones ya lo habían conservado y que además su madre y sus dos hermanas también habían cumplido.
Sin embargo Roberta dejó este tema de lado cuando sintió que otra situación, -que más tarde pudimos relacionar con su familia- le sobrepasaba.
Tras pocos meses de trabajo clínico Roberta marcó mi número a altas horas de la noche un fin de semana; alarmada por la conducta inusual de la paciente, tomé el teléfono y entre lágrimas y angustia me dijo que estaba embarazada. En la siguiente sesión la paciente habló del no deseo de tener un hijo en esa etapa de su vida. Roberta y su novio, llevaban ya tres años de relación al momento y decidieron juntos que no era tiempo de tener familia, por lo que decidieron abortar. Dijo que tenían deseos de estar juntos y tener familia en un futuro, después de estudiar, casarse y después planificar una familia.
Las sesiones posteriores se llenaron de auto-reproches al no comprender como había podido pasar, pues mencionaba que suelen ser responsables con los anticonceptivos y no recordar que habían hecho mal para cometer ese “error”.
Tras pasadas varias sesiones la paciente llegó a hablar de una comida familiar que había tenido el fin de semana anterior, en esta comida estaban celebrando los 50 años de su tía, la mayor de las hermanas de su mamá. Platicando con sus primas, dice haber caído en cuenta de que 4 meses atrás habían celebrado la boda de oro de sus abuelos (50 años casados). La paciente lo comentó con sus padres y su madre le dijo que no fuera metiche con la vida de sus abuelos y que esa era la última vez que comentaba una cosa así. Dice no haber notado sorpresa en su mamá y que piensa que ella ya lo sabía y que seguramente todos en la familia también.
Cueik (2014), menciona que el simple hecho de transmitirle a un hijo la prohibición de preguntar sobre cierta situación o cierto tema, esta ya diciendo algo.
Seguido a esto, el sentimiento de enojo por su propio embarazo se acrecentó, se quejaba de haber pensado que sus padres iban a “matarla” y que en realidad “¡hasta mi abuela metió la pata!”.
Reflexionó que de haber tenido un hijo no habría sido una novedad en su familia ya que ella no sería la primera (refiriéndose a una prima) y ahora que sabe que sus abuelos también “metieron la pata”, nadie tendría cara para reprocharle un error que se comete con frecuencia.
Muchas sesiones se dedicaron al enojo y al dolor por lo que ella llamaba “la hipocresía de su familia”, en donde querían obligarla a estudiar una carrera que ella no deseaba y aún más porque creía que la habían querido engañar al ocultarle el embarazo de su abuela. Roberta tomaba este secreto como algo personal, como una traición hacía ella que la había hecho actuar y ahora debía de enfrentar la culpa que el haber abortado le provocaba y el engaño de una familia a la cual le “costaba trabajo pertenecer”.
Esta furia que Roberta depositaba en su familia se encontraba mezclada con el enojo que sentía hacia ella y con el dolor del que no podía hablar por las consecuencias psíquicas con las que debía lidiar después del aborto.
Roberta llegó a tratamiento por no desear cumplir una manda que le “tocaba” por pertenecer a esa familia, en ella había un sentimiento de no pertenencia. En ocasiones mencionó que no encajaba en su familia pues pensaban de maneras muy distintas y dijo que estaba “cansada de nadar en contra de la corriente”, sentía que para pertenecer debía intercambiar sus propios deseos por el deseo familiar y someterse a ellos.
A partir de esto, comencé a pensar que el embarazo en Roberta pudo surgir de una necesidad de identificarse con su familia, como un intento de pertenecer a ese grupo del cual se sentía tan ajena. Faimberg (1996), describe un tipo de identificación inconsciente alienante, la cuál es descrita como una identificación con la historia de un antepasado de la que el individuo no puede escapar, porque esta alienado como sujeto, es decir, como una identificación más bien impuesta por el peso del secreto.
Werba (2002) en Transmisión entre generaciones. Los secretos y los duelos ancestrales, menciona que “los secretos ancestrales apuntan a la existencia en la historia familiar, de la realización de hechos “prohibidos”, cometidos por algún antepasado y que han sido herméticamente guardados”.
Roberta sentía mucho enojo por este secreto, ella sentía que tal secreto le había hecho conducirse y decía que era como si su destino ya hubiera estado escrito, pues su propia historia no le alcanzaba para entender porque había actuado un embarazo. En el mismo artículo, Werba dice que “De los secretos provenientes de generaciones anteriores, los descendientes recibirán la carga de tomar para sí aquello que corresponde a una historia que en parte no les es propia y deberán realizar con ella algún tipo de trabajo psíquico plus, destinado a la elaboración de lo que las generaciones anteriores dejaron en suspenso”.
La imposibilidad de nombrar la situación con su madre, quien le prohíbe volver a tocar el tema, generó en Roberta aún más rabia, pues como menciona Tisseron (1995) citado en Del Valle (2014), el síntoma no solo esta ligado al conflicto entre deseo y prohibición, sino también al conflicto entre el deseo de saber y las dificultades que los padres imponen a ese deseo de conocimiento. Por otra parte, Roberta no lograba comprender por qué era para su madre, quien a su decir, tenia un “pensamiento más actual” tan difícil hablar abiertamente con ella del tema; esto puede deberse a que la cercanía del secreto original con la madre de la paciente pudiera estarle cerrando los ojos, y que por el contrario, Roberta, gracias a la distancia con el secreto original, se encontraba más apta para enfrentar esta situación. Esto también se explica a partir de lo mencionado en el articulo de Werba (2002), Transmisión entre generaciones. Los secretos y los duelos ancestrales, donde dice que lo indecible para la primera generación, se transforma en un innombrable en la segunda y en un impensable en la tercera. Y será en esta ultima generación, que el hijo deba de realizar todo un trabajo psíquico destinado a la comprensión de lo que sucede. Trabajo que en este caso, parece haberle tocado a Roberta.
Finalmente me atrevería a concluir del caso, que como varios autores lo explican, el secreto transmitido y actuado por las siguientes generaciones no solamente tiene que ver con la transmisión del secreto, sino que debe de existir en el propio sujeto y en su propia historia un indicios favorecedores para que la sintomatología. Volviendo a Cueik (2014), deben de existir en el sujeto la unión de tres elementos para que el secreto sea manifestado: el peso de la patología parental en el paciente o sujeto, la transmisión transgeneracional y unas cualidades identificatorias específicas.
De haber podido continuar el tratamiento con la paciente, considero que habría sido importante analizar sus propias fallas y las identificaciones inconscientes alienantes a su grupo.
Habría sido crucial trabajar el enojo, ya que vivía la transmisión del síntoma como una maldición de la cuál ella no se podía salvar, pero también, sería importante tomar en cuenta y concientizar y trabajar los factores propios y la individualidad de la paciente, como componentes favorecedores y facilitadores para que se presentara el síntoma.
A modo de conclusión, quisiera mencionar que todos cargamos con las dinámicas de nuestras familias y vivencias de nuestros antepasados, pero dependerá del individuo y de su contexto actual que se favorezcan los factores necesarios para que la historia ancestral le resulte una “carga”.
Es también importante mencionar que las sociedades cambian, por tanto los secretos también. Es probable que algunos secretos o tabúes que así eran considerados generaciones atrás, hoy ya no lo sean, por ejemplo, hoy en día tener hijos fuera del matrimonio, puede o no, ser mal visto. Lo que en una familia puede ser un tabú, puede que en otra no lo sea.
Con Roberta se intentaron trabajar las fantasías resultantes de aquello que no podía pronunciarse, llegando a la conclusión de que en lo no-dicho se dan muchas mas figuraciones y cosas dichas, que lo que diría la realidad.
Será a través del análisis que pueda llegarse al por qué de estos síntomas que le son “ajenos” al individuo, pudiendo así liberarse de esta situación que mantiene atrapada a la familia y a varias generaciones en un mismo conflicto.
Como analista, quedará un duro trabajo de desidentificación con el ancestro con el cual se identificó para que el paciente pueda llegar a un lugar en donde de forma consciente, tenga una mayor posibilidad de apropiarse de su individualidad, de sus propios retos y de su propio tiempo.
 
Bibliografía

  • Casanova E., Glusman. M.E., Jaroslavsky, E. (2002), Transmisión y secretos: sus correlaciones con la intrasubjetividad, la intersubjetividad y la transubjetividad. Congreso FEPAL- XXIV Congreso Latinoamericano de piscoanalisis, “Permanencias y cambios en la experiencia psicoanalítica”. Montevideo, Uruguay. Recuperado desde:
  • http://fepal.org/images/congreso2002/adultos/casanova_e_y_eq.pdf 
  • Cueik, M.R. (2014). Transmisión Psíquica transgeneracional. Sobre los secretos familiares. Universidad de la República. Facultad de psicología.
  • Freud, S. Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora). Tres ensayos de la teoría sexual y sus obras. II El primer sueño. Tomo VII. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua española. 22ª Ed. Madrid, España.
  • Rozenbaum, A. (2005). Trauma, transmisión generacional e historización. Revista de Psicoanálisis, LXII, 2

 
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