Por: Ligia Matiella

“… cuando el trauma viene a golpear la puerta del analista, llega con la proposición del discurso analítico al analista, no es el analista el que propone el discurso analítico a su futuro paciente. El trauma – y digo bien, el trauma, y no el traumatizado- llega con la proposición del discurso analítico. Y algunas veces el analista puede convertirse en el otro de ese lazo social, y a veces no puede. Y si él no puede, el trauma se va, huye, va a buscar a otro para proponerle el discurso analítico, o a veces ya lo ha propuesto demasiado y va a volver entonces a un sistema de denegación de sí mismo”. (Jean-Max Gaudilliere 2008).

Quienes nos dedicamos a la clínica nos encontraremos siempre con el trauma, hecho inevitable que nos confronta y que muchas veces, además de sentirnos conmovidos por el sufrimiento que implica para las personas, nos deja con la sensación de no saber acompañar a quien lo sufre y con más preguntas que respuestas.

El trauma es una experiencia humana universal que, a lo largo de la historia, ha sido abordada desde múltiples disciplinas. En ocasiones el término se ha banalizado y ha cambiado con el tiempo y dependiendo del tipo de enfoque que lo estudie, se comprende de manera diferente.  En las últimas décadas, se ha intensificado el interés por comprenderlo no sólo como un fenómeno clínico, sino también como una marca cultural, social, corporal y subjetiva. A continuación, se revisan algunos conceptos desde tres grandes enfoques contemporáneos del trauma: la neurociencia, la perspectiva somática y el enfoque psicoanalítico.

El objetivo principal es pensar en cómo estos enfoques, lejos de excluirse mutuamente, pueden enriquecerse en una lectura transversal del sufrimiento psíquico. A través del análisis de sus fundamentos conceptuales y clínicos, se busca presentar similitudes y diferencias; y así avanzar hacia una comprensión más integral del trauma, situada entre el cuerpo, el cerebro y el inconsciente.

La perspectiva neurocientífica del trauma 

La neurociencia ha permitido comprender los procesos biológicos que subyacen a la experiencia del trauma y cómo es que el trauma afecta tanto al cerebro como al cuerpo.

Desde la neurociencia, el trauma no solo se concibe como una experiencia emocional intensa, sino también como un fenómeno que altera el funcionamiento cerebral. Autores como Nazareth Castellanos han descrito cómo, ante una percepción sensorial de peligro, el cerebro activa una serie de mecanismos automáticos que comprometen la capacidad de integrar la experiencia. En un primer momento se detona un sistema de reconocimiento que asocia la situación con memorias previas de amenaza. Esta asociación, mediada por la amígdala, otorga una carga emocional intensa al estímulo, y al activarse, desencadena un proceso de inhibición en otras áreas cerebrales claves para la memoria como el hipocampo, este desequilibrio entre una amígdala hiperactiva y un hipocampo inhibido explica por qué muchas veces las personas traumatizadas no logran recordar lo ocurrido en forma narrativa, aunque conservan intensamente la vivencia afectiva. Tal como lo plantea Castellanos “el trauma se queda silente, sin palabras, pero con emoción”.  (Castellanos 2021).

Este bloqueo afecta también a la ínsula, estructura relacionada con la conciencia corporal y la representación del yo. La ínsula, conectada con la amígdala y el hipocampo, sufren alteraciones que pueden modificar la forma en que la persona se experimenta a sí mismo. Este fenómeno, desde el psicoanálisis podríamos pensarlo como una fractura en la continuidad narcisista y en la percepción de la identidad.

La corteza cingulada anterior y la ínsula se activan cuando la persona logra observar sus estados internos sin que se dispare la reacción emocional de la amígdala. Esta observación consciente, vinculada con la activación de la corteza prefrontal, permite comenzar a traducir el afecto en representación. Por otro lado, la rumiación o los flashbacks pueden ser entendidos como intentos fallidos del aparato psíquico por recuperar una imagen de sí mismo distorsionada por la experiencia traumática. La resiliencia depende también de la plasticidad cerebral y de la capacidad de reconstrucción relacional, dado que el vínculo con otros influye en la autoimagen.

La neuroplasticidad muestra cómo los cambios pueden estabilizarse en el tiempo, afectando el modo en que la persona percibe el mundo. Además, el cuerpo traduce estas experiencias de distintas maneras: se tensan músculos, se alteran funciones digestivas y se modifica la respiración. Castellanos (2021) destaca el papel de la respiración consciente y la práctica de atención plena como vía de acceso a la autorregulación emocional.

Sin embargo, desde el psicoanálisis percibir al trauma como un conjunto de mecanismos fisiológicos sin interrogar su dimensión simbólica, parecería limitante en su comprensión y tratamiento. Aun así, este enfoque aporta herramientas clínicas y teóricas valiosas, especialmente al momento de pensar en el cuerpo no como metáfora, sino como una afección real.

La perspectiva somática

La dimensión somática considera que el trauma deja huella no sólo en la mente, sino en el cerebro y el cuerpo. El cuerpo traumatizado no sólo recuerda, sino que revive. Este sufrimiento va más allá de la representación simbólica y se manifiesta en la fisiología, en la percepción, y en la capacidad de imaginar y narrar. Bessel van der Kolk, en su libro “El cuerpo lleva la cuenta” (2015) señala que las personas traumatizadas experimentan una disociación entre el cuerpo y la conciencia, lo que se traduce en insensibilización, hipervigilancia o dificultad para vivir el presente. La memoria traumática permanece alojada en fragmentos sensoriales: imágenes, olores y sonidos que no han sido integrados en la historia personal y que por lo tanto se reviven en forma de flashbacks y pesadillas, a menudo sin un lenguaje que logre captar la experiencia subjetiva.

El autor describe que las víctimas cargan con sentimientos de culpa, “una de las cosas más difíciles para las personas que han sufrido un trauma es enfrentarse a los remordimientos de cómo se comportaron durante el episodio traumático, tanto si está objetivamente justificado (como en la comisión de atrocidades) como si no (como en el caso de un niño que intenta apaciguar a su abusador)… el resultado puede ser una confusión sobre si la víctima era víctima o un participante voluntario, lo cual a su vez provoca desconcierto en torno a la diferencia entre amor y terror, dolor y placer.”  (van der Kolk, 2015). Tal ambivalencia se percibe en el cuerpo como una verdad afectiva y somática que es difícil traducir en palabras. La vivencia traumática no se sitúa en el pasado, sino que permanece actual en la fisiología de la persona.

Para van der Kolk el trauma no puede ser elaborado únicamente a través del lenguaje. De allí su propuesta de incluir en la clínica prácticas de yoga, respiración diafragmática, EMDR y neurofeedback. Esto permitiría acceder a la memoria implícita, facilitando la integración psíquica de lo vivido. El trabajo terapéutico debe permitir que el cuerpo aprenda que el peligro ya pasó, permitiéndole a la persona experimentar la realidad de manera presente.

Desde el punto de vista del psicoanálisis esta perspectiva plantea un desafío, ¿puede haber elaboración sin palabra? ¿Cómo es el recuerdo si no hay inscripción simbólica? No obstante, la propuesta de van der Kolk permite una relectura del cuerpo en análisis: ya no sólo como el responsable de manifestar goce o algún síntoma, sino como el lugar donde se vive el trauma.

El trauma desde el psicoanálisis

La teoría sobre el trauma ha sido un tema fundamental en el pensamiento psicoanalítico, desde los primeros estudios de Freud hasta las últimas décadas.

El diccionario de psicoanálisis define el trauma como “un acontecimiento de la vida del sujeto caracterizado por su intensidad, la incapacidad del sujeto para responder a él adecuadamente y el trastorno de los efectos patógenos duraderos que provoca en la organización psíquica. En términos económicos, el traumatismo se caracteriza por un aflujo de excitaciones excesivo, en relación con la tolerancia del sujeto y su capacidad de controlar y elaborar psíquicamente dichas excitaciones”.  (Laplanche y Pontalis, 1996)

Desde el psicoanálisis, el trauma no es solo un hecho disruptivo externo, sino un exceso de estímulo que no permite la ligadura psíquica. Un acontecimiento que por su cantidad de energía no puede ser tramitado ni transformado en una representación “las experiencias traumáticas tienen el efecto de provocar una tal magnitud de excitación que el aparato anímico se encuentra imposibilitado para ligarla. En esto estriba precisamente la naturaleza traumática del trauma” (Freud, 1920).

Freud comenzó su elaboración del trauma en el marco de la teoría de la seducción, pensando que los síntomas neuróticos derivaban de experiencias sexuales precoces reales. Luego abandonó esta teoría para centrarse en la vida pulsional y la represión como núcleo etiológico. El trauma ya no es un hecho en sí, sino el efecto que tiene en la economía libidinal del sujeto.

En “Más allá del principio del placer”, Freud redefine el trauma como un evento que desborda la capacidad del aparato psíquico de ligarla. El trauma rompe la barrera de contacto, exponiendo al sujeto a un flujo de excitación inadmisible. “El traumatismo o herida psíquica consiste, por así decirlo, en una ruptura de las barreras que protegen contra el estímulo, y su consecuencia inmediata es un estado de desamparo” (Freud, 1920)

Freud introduce también la compulsión a la repetición como un modo en que el aparato psíquico intenta representar lo irrepresentable, lo que no fue tramitado por las vías habituales del placer y el displacer. Este exceso se retorna en actos, sueños o síntomas, funda una dimensión estructural del trauma. El trauma retorna no como una elaboración sino como una falla en el proceso simbólico. “la impresión traumática es una experiencia que no ha podido ser elaborada, y por eso retorna una y otra vez en los sueños” (Freud 1920). La escena onírica se convierte así en un intento fallido de elaboración de lo vivido, que retorna porque no ha sido simbolizado.

Desde esta perspectiva el trauma se define como una imposibilidad de ligar, con una compulsión a la repetición y con la necesidad de una elaboración que no siempre se da. Sólo puede ser trabajado si se encuentra con un espacio simbólico donde elaborarse.

Ferenczi es precursor en pensar el trauma desde la perspectiva del vínculo. En su texto “Confusión de lenguas entre los adultos y el niño” (1933) propone que lo traumático no es solo la violencia o el abuso, sino la imposibilidad del niño de dar sentido por la desmentida del adulto. El verdadero trauma no es el acto, sino la incomprensión y la traición del vínculo.

Esto lleva al niño a escindirse: una parte conserva el registro del dolor, otra niega lo ocurrido para sostener el vínculo. Esta escisión psíquica origina un conflicto interno persistente. Ferenczi anticipa el trauma relacional e introduce la identificación con el agresor, mecanismo por el que el niño asume el rol del violento para sobrevivir afectivamente.

Wilfred Bion, citado por Etchegoyen (2005), tuvo experiencias personales en la guerra y trabajó con pacientes traumatizados por ésta. A pesar de que no haya definido lo que es el trauma, su desarrollo de los conceptos de función alfa y elementos beta ayudan a la comprensión teórica y en la clínica. Según su modelo de contenedor y contenido, el aparato psíquico necesita transformar las experiencias emocionales (elementos beta) en representaciones pensables (elementos alfa). Cuando el entorno, particularmente la madre o cuidador principal, no puede contener emocionalmente al bebé, estos elementos beta quedan sin metabolizar y se acumulan como cargas sin forma, lo que resulta en estados de confusión y ansiedad, características de las experiencias traumáticas no elaboradas.

Tomando en cuenta la teoría de Bion, se puede pensar que el trauma no reside tanto en el acontecimiento externo sino en la imposibilidad de metabolizarlo. Se trata de un exceso emocional que no ha sido pensado, y que retorna como un ataque al pensamiento. En este sentido, la psicosis y los estados límite pueden entenderse como trastornos en los que no se ha constituido la capacidad para pensar el dolor.

En la experiencia analítica, el analista funciona como continente para ayudar en la función de reverie. Así la cura no se da por interpretar directamente, sino por sostener, metabolizar y devolver en forma digerible lo que el paciente no puede procesar solo.

Donald Winnicott, citado por Tkach (2009) desplaza el enfoque del trauma hacia las fallas ambientales tempranas. No se trata necesariamente de grandes eventos, sino de pequeñas ausencias reiterativas en un entorno que no es suficientemente bueno. Si el entorno falla en sostener, interpretar y responder, el niño debe anticiparse y adaptarse, generando un falso self para asegurar su supervivencia psíquica.

Para Winnicott entonces el trauma no se manifiesta por exceso, sino por vacío: por ausencia de un entorno confiable que permita al niño jugar, existir y desplegar su creatividad. La madre suficientemente buena no es perfecta, sino reparadora. Cuando esto no ocurre, el self verdadero se repliega y queda encapsulado. La función del analista sería la de brindar ese sostén que no se tuvo, no mediante la interpretación, sino con presencia y confiabilidad.

André Green citado en Etchegoyen (2005), se ocupa del trauma como efecto de la falta de inscripción simbólica. En lugar de producir síntomas visibles, el trauma puede vaciar al sujeto de representaciones, afectos o deseos. En sus formulaciones sobre la clínica de lo negativo, Green muestra cómo la psique puede quedar afectada por lo que no ocurrió: el abandono afectivo, la ausencia de palabras. Este tipo de trauma no produce síntomas neuróticos sino fenómenos de desvitalización, depresión blanca o vacío psíquico. El sujeto no puede reconocer ni nombrar lo que ocurre porque no hay inscripción en la experiencia. Green habla de una “psicosis blanca”, sin delirio ni alucinación, pero donde el aparato simbólico se ha vaciado. En la transferencia el analista enfrenta también este vacío y debe ser contenido para que paulatinamente y sin forzar, este vacío se llene de significados, afectos y deseos.

Silvia Bleichmar (2006) diferencia entre el trauma estructurante, propio de la constitución psíquica, y el trauma por exceso, que desborda los recursos del yo y produce fracturas en el narcisismo. Este segundo tipo de trauma tiene lugar cuando el cuidador primordial no cumple su función de sostén psíquico, dejando al sujeto expuesto al desamparo real. Su teoría de los organizadores psíquicos permite pensar cómo la falla en la constitución del objeto sostenedor repercute en la economía del deseo y en la estructuración del aparato psíquico.

Françoise Davoine y Jean-Max Gaudilliere (2008) proponen un abordaje clínico y político del trauma: el trauma llama al analista, no como contenido del recuerdo, sino como un pedido de ayuda de un sujeto que no es capaz de apalabrar su experiencia. Trabajaban con pacientes considerados “locos”, y sostienen que esta psicosis puede ser una forma de testimoniar lo excluido, lo que queda fuera de lo social y lo simbólico. En este contexto la transferencia traumática se configura como un campo compartido donde el trauma interpela también al analista, en tanto sujeto situado histórica y afectivamente. El analista se convierte así no en experto, sino en testigo.

A partir de lo anterior, el trauma en psicoanálisis no se reduce a un hecho externo impactante, sino que se configura como una falla en la capacidad de simbolización, de ligadura y de sostén psíquico. Todos los autores coinciden en que el trauma afecta a la persona en su núcleo más íntimo, donde lo pulsional, lo vincular y lo simbólico se entrelazan. El exceso no tramitado, la ausencia de un otro continente, la falla en la inscripción simbólica o el quiebre en el sostén narcisista son distintos modos de nombrar un mismo fenómeno: un dolor que no ha podido ser pensado.

Esto nos permite comprender que el abordaje clínico del trauma no puede apoyarse únicamente en la interpretación, sino que exige una presencia analítica capaz de sostener el dolor sin forma, de alojar lo irrepresentado, y de ofrecer, cuando sea posible, una vía hacia su elaboración simbólica. Así, el psicoanálisis no sólo da cuenta del sufrimiento traumático, sino que propone condiciones para su transformación.

Comparación y relación entre los tres enfoques

Cada una de las aproximaciones consideradas aporta una lectura distinta del trauma. Para la neurociencia, el trauma es una alteración de las respuestas neurofisiológicas al peligro. Para la clínica somática, es una huella corporal que debe ser escuchada en sus silencios. Para el psicoanálisis, es un exceso que desborda lo simbólico y reconfigura al sujeto.

En la neurociencia, el tratamiento se orienta hacia la regulación emocional; en la clínica somática, hacia la integración de la memoria implícita; en el psicoanálisis, hacia la posibilidad de simbolizar y poner en palabras lo que no pudo decirse. Aunque sus lenguajes difieren, hay puntos de convergencia: todos reconocen que el trauma transforma la relación con el cuerpo, el otro y el tiempo. Todos comprenden que lo traumático genera mucho sufrimiento.

La relaciòn posible no pasa por la homogeneización, sino por el respeto a la especificidad de cada enfoque. La neurociencia puede validar los procesos clínicos que el psicoanálisis ha observado desde hace décadas. La mirada somática puede enriquecer al psicoanálisis si se escucha el cuerpo del sujeto, el psicoanálisis aporta el valor de la palabra que impide reducir el trauma a un dato o a una disfunción.

Conclusión

El trauma es, ante todo, una ruptura: con el cuerpo, con los otros, con el lenguaje. Por eso abordarlo exige una escucha múltiple: al recordar que la neurociencia postula lo que el cuerpo siente antes de pensar. La clínica somática enseña que a veces hay que escuchar lo que el cuerpo grita sin palabras. Y el psicoanálisis insiste en que toda elaboración comienza por poder apalabrar.

A pesar de que estas aproximaciones parecen no presentar un punto en común lo suficientemente válido para dialogar, como psicoanalistas podemos estudiarlas y considerarlas al evaluar y trabajar con los pacientes para así darles un tratamiento adecuado.

Cuando el trauma viene a golperar nuestra puerta y nos encontremos frente a una persona traumatizada, no basta con conocer teorías: es necesario escuchar lo imposible, contener lo indecible para acompañar a reescribir la historia. Queda la pregunta, ¿cómo prepararse para escuchar lo que no tiene nombre, lo que el cuerpo recuerda cuando el lenguaje falla? 

Bibliografía