Por: Karen Von Der Meden

¿Por qué nos gusta quien nos gusta? ¿Qué es lo que nos atrae, excita o enamora? Más allá de buscar respuestas mecánicas y concretas, creo que vale la pena indagar sobre este tema dentro de la literatura psicoanalítica. Un punto inicial es que desde el psicoanálisis, las parejas no sólo son una elección consciente, sino que también representan deseos y conflictos internos inconscientes que refuerzan estas elecciones. Para ahondar en ello, es necesaria la introspección, conocernos a nosotros mismos, y así dar cuenta de nuestro mundo interno con todas sus contradicciones. En el consultorio, son frecuentes las sesiones donde se expresan estos deseos y dudas sobre la sexualidad y la identidad. Son reflexiones sobre por qué nos gusta quién nos gusta, quién nos atrae o, por el contrario, a quiénes rechazamos y por qué, y dentro de estos cuestionamientos también encontrarnos con aspectos de nosotros mismos que se reflejan en las parejas que elegimos.

Considero que mucho puede decirse al respecto y por muy diversos caminos. En este texto, me centraré en la teoría detrás de elecciones de parejas que parecen dividirlas en objetos parciales para resolver un conflicto interno entre la sensualidad y la ternura. Ambas corrientes se encuentran presentes en la vida sentimental de los individuos y en la sexualidad, no obstante, en ciertos casos la presencia de ambas se vive como amenazante por lo que el sujeto las divide y las deposita en diferentes objetos para tratar de hacerse cargo de ellas. Estas divisiones pueden ser más o menos conscientes, es decir, pueden ser racionalizadas para justificarlas ante el mismo sujeto que las siente y frente a la sociedad. “Para todo hay gustos” en las elecciones de objeto, pero lo inconsciente de las motivaciones detrás de este proceso está presente a pesar del esfuerzo de la conciencia por desconocerlo o reprimirlo. Lo cual nos lleva al tema de qué sucede cuando una persona no toma conciencia de su mundo interno y, por lo tanto, no se hace responsable de ese saber; cuando menos, se verá atrapada en un patrón de relaciones insatisfactorias por sí mismas.

Para ahondar en el tema, retomaré los trabajos de Freud recopilados en Contribuciones a la psicología del amor, específicamente Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (1912) y Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (1910). Como punto de partida, es necesario aterrizar que si bien el conflicto se encuentra en la división defensiva entre lo tierno y lo erótico, en lo inconsciente este tipo de contradicciones abundan. Las pulsiones del Ello buscan donde ser descargadas, pero quién “decide” el cómo, cuándo y con qué objeto, se encuentra en la dinámica intrapsíquica entre el Yo y el Superyo. Esto se debe al antagonismo que se desarrolla entre la cultura y la vida pulsional, dictando lo que es permitido, prohibido, reforzado, etc, para la expresión individual y social. Es en este sentido, que las observaciones de Freud son interesantes para pensar los conflictos con el amor, así como que son un lente para entender casos contemporáneos.

La cultura construye “diques sociales” para mantener la represión de las pulsiones. Dependiendo de la mirada, esto puede verse como impositivo o como algo que también permite el desarrollo. Como siempre, no es algo concreto, sino que depende de sus matices. Ahora bien, una cualidad de la frustración de las pulsiones es que, en general, el resultado es que su significatividad psíquica aumenta. En otras palabras, cuando el amor puede ser satisfecho de manera menos restrictiva, ya no se desea tanto como antes. Citando a Freud:

“Hace falta un obstáculo para impulsar a la libido hacia lo alto, y donde las resistencias naturales a la satisfacción no bastaron, los hombres de todos los tiempos interpusieron unas resistencias convencionales al goce del amor. Esto es válido tanto para los individuos como para los pueblos.” (Freud, 1912, p. 181)

De aquí que lo cultural y social sea tan importante para analizar lo que ocurre en las dinámicas sobre el amor, tomando en cuenta lo relacionado a la sexualidad pero también en cuanto a las identificaciones femeninas y masculinas, así como en las orientaciones sexuales y en la identidad. Considero que en los movimientos dinámicos entre sujeto y la cultura, encontramos que el desencuentro entre lo tierno y lo erótico se presenta en fenómenos como los “girlfriend o boyfriend material”, las “chicas bien” y los “hombres golden retriever”, por mencionar algunos ejemplos donde lo tierno cobra mayor relevancia sobre lo erótico, ya que son considerados como muy buenos, amables, cariñosos, la agresión se reprime o se recluye; por el otro lado, podemos nombrar a las “femme fatales” , los “chicos malos” o en algo que incluye de todo tipo de género “los fucktoys” (cuya variante más escuchada es la de “fuckboy”), que con este ultimo ejemplo ya sólo desde la palabra distinguimos que eliminan cualquier rasgo sobre lo tierno, en pos de lo erótico.

Freud en su escrito titulado Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (1912), describió lo que ocurría con el conflicto psíquico de la impotencia sexual, entendiendo que hace referencia a la incapacidad de tener o mantener una excitación sexual adecuada para llevar a cabo la descarga sexual, que se puede observar como dificultades en relación con la frigidez o con las erecciones, así como a dificultades a la hora de poder disfrutar y obtener placer de las relaciones sexuales con otra persona. Estos obstáculos también son resultado de fijaciones infantiles aún no superadas, las cuales operan como fugas en los deseos conscientes y frenan la actividad sexual con síntomas, pero además se debe a que la ternura y la sensualidad de las pulsiones sexuales están separadas a manera de defensa.

Para Freud, la ternura proviene de la primera infancia y se formó sobre la base de la pulsión de autoconservación entrelazada con pulsiones sexuales. Ahora bien, en la pubertad ocurre que “la corriente sensual” se presenta con mayor claridad e intensidad. Conforme al desarrollo, los objetos infantiles darán paso a otros fuera de lo familiar para poder llegar a una meta que permita expresar sus deseos e impulsos sexuales, de manera que la ternura y la sensualidad se complementarían entre sí. Un caso diferente se crea a partir de que ocurran las dos siguientes condiciones:

  1. Demasiada frustración experimentada por parte de nuevas elecciones de objeto, a las cuales el sujeto va a desvalorizar como defensa frente al rechazo.
  2. Demasiada atracción experimentada por parte de los objetos infantiles.

El resultado es que la libido se refugia en la fantasía y se refuerzan entonces fantasías que encubren las pulsiones volcadas a las figuras primarias. No se inhibe la meta sexual como tal, sino que se reprime el contenido incestuoso y queda fijado a su vez en fantasías o en relaciones vividas con otros objetos de forma disfrazada. Lo cual resultaría en el síntoma de la impotencia en diversos grados. Otro resultado sería un placer escaso en su vida sexual. De acuerdo a Freud, el sujeto busca esquivar la ternura a toda costa y sólo se expresan los impulsos más eróticos en personas alejadas de lo prohibido e incestuoso.

“La vida amorosa de estos seres permanece escindida en las dos orientaciones que el arte ha personificado como amor celestial y terreno (o animal). Cuando aman no anhelan, y cuando anhelan no pueden amar. Buscan objetos a los que no necesitan amar, a fin de mantener alejada su sensualidad de los objetos amados” (Freud, 1912, p. 176)

El sujeto en conflicto intentará resolverlo mediante una escisión amorosa del objeto sexual, por un lado encontrando a un objeto sexual al cual devaluar, así como a otro objeto para idealizar. La devaluación se dirige así al objeto erótico, mientras que la idealización al objeto tierno que se relaciona con las figuras primarias o sus derivados. Logrando cumplir la descarga de las pulsiones sexuales pero sólo con un objeto sexual devaluado y menospreciado, acto impensable con los objetos idealizados y tiernos.

Cabe mencionar que de acuerdo a Freud (1912), esta potencia sexual puede presentarse con más fuerza también porque los componentes “perversos” encontraron un objeto que no se aparece como prohibido o culpigeno para poder llevarlos a cabo. Aunque aquí quedaría la cuestión de lo que entendemos por perverso. Si por un lado tomamos el concepto como referente a lo perverso polimorfo de la sexualidad infantil, esto nos llevaría a pensar que la sexualidad madura se construye a partir de las pulsiones sexuales parciales que logran integrarse en mayor medida conforme al desarrollo, si bien sus bases continúan siendo estos impulsos perversos polimorfos como pueden ser los impulsos sádicos, por ejemplo. Si el concepto de perverso se piensa desde los vínculos que buscan humillar, dañar y utilizar a los otros en las relaciones objetales, ahí estamos hablando de algo distinto.

“Lo que determina la perversión sexual es el abuso sexual del otro para el triunfo del sujeto y no el sexo del otro ni las modalidades de la acción sexual en sí misma.” (Denis retomando a McDougall, 2012, p. 78)

Considero que justo poder analizar este tipo de planteamientos nos permite tener una visión más clara y una escucha más abierta sobre cómo éstos no son los mismos tipos de perversión, a la par de cómo lo cultural cambia lo que se considera perverso y lo que les permite hacer y deshacer a los individuos. Regresando a Freud, encontramos que en su texto menciona cómo los sujetos que rehuyen de lo sexual tienden en el fondo a juzgar la sexualidad como algo “degradante, que mancha y que ensucia no sólo en lo corporal” (Freud, 1912, p. 179). De esta manera, la agresión y la suciedad permean la sexualidad hasta un punto donde todo se ve contaminado, deja el carácter idealizado por uno más aterrizado, que rechaza los intentos por integrarlos. Por esto mismo, si se piensa que lo sexual es algo inherentemente agresivo y sucio, se buscará la manera de defender tanto al self como a los objetos amados de estos impulsos, por lo cual la escisión del objeto sexual es uno de muchos caminos que podemos encontrar en la clínica.

Freud (1912) también expuso el tema de la escisión del objeto sexual en la mujer. Aquí retomaremos las diferencias culturales de prohibición sobre la sexualidad en relación al género, ya que la forma en la que se permite o prohíbe la expresión y deseos sexuales en las mujeres afecta su resolución. Lo que Freud observaba es que la prohibición prolongada para las mujeres llevaba a una vida sexual recluida en la fantasía, que cuando ya era “libre” de hacerlo al estar casada, por ejemplo, la prohibición mental continuaba imponiéndose y se mostraba psíquicamente impotente. La cultura en estos casos favoreció que el único camino para que hubiera placer erótico fuera a través de mantenerlo secreto y prohibido. Al dividir inconscientemente las corrientes tiernas y eróticas, se buscaba resolver el conflicto interno desde la fantasía o la elección de un amorío secreto para lograr la descarga y el placer sexual. Freud opinaba que esa condición de lo prohibido era equiparable a la condición de devaluación como intentos por solucionar el conflicto entre lo erótico y lo tierno con sus objetos.

Ahora, Freud en su texto Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (1910), habló sobre casos de elecciones objetales donde además de una separación entre lo tierno y lo erótico, también se observaban otras características asociadas a la resolución del complejo edípico. Considero que si bien Freud describió lo que ocurría en casos con hombres heterosexuales de su época, este mismo contenido es un bloque sobre el cual podemos pensar casos desde distintas perspectivas de identidad y de orientaciones sexuales. Freud observó las siguientes condiciones:

1. La condición del “tercero perjudicado”.

Es decir, elegían a una mujer que no era libre, ya que tenía un compromiso previo. Si algún otro hombre pretendía estar con ella, entonces el hombre entraba al conflicto para quedarse con su amada. El texto continúa diciendo que una mujer pudo haber sido primero ignorada o rechazada cuando no tenía un compromiso, pero que de repente al estar en una relación se volvía el objeto de todo el amor de este hombre. A la par, la agresión se desbocaba ahora en el hombre rival.

2. La segunda condición se refiere a que el objeto de amor, se trataba únicamente de una mujer cuya conducta sexual o moral tuviera mala fama.

Esta característica se puede pensar dentro de una línea que va de la más leve a la peor fama de todas, lo que sea que eso signifique socialmente o para el sujeto. Esto despierta celos en el amante en cuestión, pero no sólo provocan sufrimiento sino que los celos incrementan la intensidad de su enamoramiento, por eso son una condición buscada inconscientemente. Se vuelve una tensión intensa y de sensaciones que lo llevan a buscar a su amada como si de una “necesidad” se tratara. Aún más curioso, Freud también habló sobre cómo estos celos no suelen dirigirse al “poseedor legítimo de la amada” (1910, p. 161), sino a otros hombres posibles rivales en quiénes el sujeto se proyectaba.

3. La tercera característica se trataba de que el hombre mostraba un arduo empeño e interés, invirtiendo toda su economía mental, en su objeto amado, dejando de lado cualquier otro interés. Se juraba a sí mismo que aquella era la única persona a la que podía amar con tal intensidad y juraba serle fiel (aunque no era requisito cumplirlo).

4. La cuarta característica tiene que ver con el rescate de la amada. Freud menciona en el texto que este hombre piensa que rescata a la amada, al no separarse de ella, al no “abandonarla””, ya que el hombre se encuentra convencido de que ella lo necesita, por más que en la realidad esto no cuadre.

Ya establecidas las condiciones observables de este fenómeno, Freud adelantó que esto se debía a una particular resolución del complejo edípico. Las impresiones infantiles se encuentran dentro de todo individuo, son las primeras relaciones que dejan huella y comienzan el entramado emocional para relaciones más complejas a futuro.

En el particular caso que planteó Freud (1910), se encuentra una fijación infantil de ternura a la madre (la imago infantil de esa madre), así como una gran desilusión y denigración de la figura femenina (mujeres y la madre incluida) al enterarse de la vida sexual de los adultos. Este conocimiento (que en tiempos de Freud llegaba a conocerse más comúnmente hasta tiempos de la pubertad) despierta las mociones pulsionales reprimidas y las fantasías asociadas al complejo de Edipo. sin embargo, si se quedan fijadas y no encuentran otro objeto al cual desplazarse, se descargan en fantasías que juntan el deseo sexual y de venganza / reproche a la madre, reforzadas en el acto de masturbarse. Freud escribió que el anhelo y la venganza se depositan en estas fantasías que representan las infidelidades fantaseadas por la madre, que no lo eligió a él, sino a otro. Freud concluye que el “amante” de la representante materna en estas fantasías lleva por lo general rasgos idealizados del propio sujeto. Por otra parte, también se encuentra una identificación con el padre en la fantasía de rescate. Citando a Freud: ”Este solo deseo, el de ser su propio padre, satisface toda una serie de pulsiones tiernas, de agradecimiento, concupiscentes, desafiantes, de autonomía” (p. 166). Ambas imagos parentales juegan un rol importante, porque resuenan con la elección objetal pero aún más con la identidad, porque si el sujeto tiene objetos divididos, él mismo no se permite integrar partes de su personalidad.

Hasta el momento, hemos tratado con la división en los vínculos: uno tierno y uno erótico, sin embargo, también quisiera explorar cómo esto se relaciona con el tema de la intimidad. Andrés Gaitán (2004) en un trabajo llamado “Cuando intimar intimida” presenta cómo tanto la distancia como la cercanía pueden presentar amenazas en los vínculos humanos.

“En el extremo de la distancia amenazan muchos fantasmas, pero no menos existen del otro lado: en la cercanía, en el abuso a la intimidad, la amenaza al espacio vital, el mostrarse, evidenciar lo vulnerable, quedarse, detenerse, renunciar a conocer, a lo nuevo, a más, a otro, dejar entrar, confiarse, exponerse a que nos vean la cara, nos engañen, nos decepcionen, nos obliguen, controlen, absorban, diluyan, renunciar a la expectativa… ¡en fin! que nos acerquemos… ¡y no sea lo que esperábamos!” (Gaitán, 2004, pp. 2-3)

En este mar de posibilidades, es que la cercanía puede volverse amenazante de forma pasajera o en algo más rígido, dependiendo de la flexibilidad de la persona y de la amenaza experimentada. Si el objeto con el que se tiene un vínculo afectivo se vive con un predominio hacia lo libidinal, la integración de lo agresivo será más llevadero, pero no siempre es así. A veces lo tierno, esconde cosas turbias. Andrés Gaitán continúa en su texto describiendo cómo lo amenazante de la cercanía se origina en un vínculo afectivo primario donde de hecho no predominó lo libidinal sobre lo agresivo (2004, p.6), y por lo tanto no se alcanza una integración de las pulsiones. La otra opción en el desarrollo es aprender a dominar la ambivalencia, es decir, los sentimientos de amor-odio integrados por un mismo objeto que es a la vez bueno y malo, pero esto no siempre sucede así.

Lo anterior abre otra línea de pensamiento para analizar la escisión de lo tierno y lo erótico-agresivo de los objetos sexuales. Por una parte, el sujeto puede mantenerse separado corporalmente en las relaciones sexuales de los objetos tiernos que remiten a las figuras primarias que se vivieron como amenazantes y engolfantes (como una figura materna que no deja escapar al hijo y busca conservarlo, devorarlo, para siempre). De esta manera, el sujeto se defiende de no perder su identidad, de no confundirse o diluirse con el otro, y busca a su objeto sexual erótico como una opción inconsciente de descarga sexual, pero también como un impulso a la separación. O por otro lado, de acuerdo a Gaitán (2004) el peligro de intimar puede relacionarse con las pérdidas y los duelos por seres amados, donde hay un miedo intenso a que esa experiencia se repita, por lo que el sujeto decide que para salvarse debe “no tener nada que perder, osea, no volver a tener” (p. 10). Considero que esta defensa, hilada con la división de lo tierno y erótico, puede pensarse desde el manejo de la agresión, ya que no puede darse el lujo de dañar con su agresión al objeto amado, lo escinde, y así busca al devaluado para las descargas sexuales y agresivas, mientras que busca conservar protegido al tierno en un intento por reparar su pérdida.

Como cierre, quisiera tocar el tema de la división entre lo erótico y lo tierno como una cuestión que no sólo escinde a los objetos, sino que escinde al propio sujeto. La ambivalencia de un objeto total se vuelve demasiado para poder manejarlo adecuadamente, pero lo es también su propia integración y ambivalencia con su propia identidad.

Hasta ahora, me he referido principalmente a los casos que Freud planteó en su obra, pero no son los únicos, ya que esta división crea muchísimas combinaciones que se configuran tomando en cuenta las condiciones sociales que experimentamos (tanto nuevas como ya conocidas). Por ejemplo, en los casos de boyfriend o girlfriend material en contraste con los fucktoys, se puede ver el mismo conflicto de la degradación del objeto sexual al ser escindido de uno bueno idealizado pero hasta cierto punto castrado en comparación. Pienso en un paciente hombre que llegó a la asociación de que él era un fuckboy de clóset, pero que resentía el hecho de que luego nadie lo tomara en serio como material para una relación formal. O en pacientes que tienen amoríos que se justifican con la racionalización de que con la esposa o el esposo no pueden hacer y deshacer eróticamente lo que sí pueden con la amante.

La prohibición a la sexualidad femenina ha cambiado a veces en apariencia y otras ocasiones de forma más genuina, por lo que ya no todo deseo o experiencia sexual debe ser secreta para ser placentera, aunque es algo que continúa siendo parte de la vida, sólo son necesarias las series complementarias acordes para llegar a ello. Pienso en pacientes mujeres que con sus parejas tienen una vida sexual “ok” pero que sobretodo se satisfacen desde el cuidado y lo tierno de la relación, pero que se dan rienda suelta en fantasías de hombres agresivos que hacen lo que a ellas les daría vergüenza siquiera contarles a sus parejas.

Considero que estos casos también podemos pensarlos desde las combinaciones de parejas que se van armando con estas motivaciones inconscientes, es decir, pensarlas desde el tipo de vínculo que presentan tanto si es uno más integrado, escindido o incluso de cortes más maternales o paternales. De la misma forma, considero que investigar y conocer las fantasías que se tienen sobre la vida sexual también arroja mucha luz sobre estas inclinaciones o inhibiciones en la sexualidad.

Bibliografía

  • Denis, P. (2012) Redefinición de la perversión. Revista Uruguaya de Psicoanálisis. Recuperado de https://www.apuruguay.org/apurevista/2010/16887247201211505.pdf
  • Freud, S. (1910) Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre. (Contribuciones a la psicología del amor, II) Tomo XIV. Amorrortu Editores.
  • Freud, S. (1912) Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (Contribuciones a la psicología del amor, II) Tomo XIV. Amorrortu Editores.
  • Gaitán, A. (2004) Cuando intimar intimida. Trabajo presentado en el 10º Congreso de la Sociedad Psicoanalítica de México, A. C. “Los Códigos del Amor”. Centro Asturiano de México, A. C. Polanco. México, D. F. 16 y 17 de Octubre, 2004.
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