¿Qué pasa con la identidad?
Autor: Maite Sainz
Los cambios sociales que se han producido en los últimos años respecto a los lugares de hombres y mujeres en las sociedades occidentales, han provocado verdaderas rupturas en las subjetividades sexuadas y modificado sustancialmente las relaciones entre los géneros. Los ideales de masculinidad y femineidad que podríamos llamar tradicionales han cambiado o están en proceso de cambio.
Identidad
Etimológicamente, el vocablo identidad proviene del latín “identitas”, ídem, lo mismo, calidad de idéntico. Igualdad y mismidad, características que señalan lo propio y único.
Desde diversas disciplinas encontramos referencias a identidad como identidad personal, identidad nacional, identidad de género, identidad sexual, etc.
Freud vinculó la identidad con la percepción y el pensar, se refería a la identidad de percepción e identidad de pensamiento; aludiendo al proceso primario y proceso secundario.En la obra de Freud el vocablo identidad aparece en diversas frases y contextos pero no como un concepto psicoanalítico teorizado. Una de la obras en la que más lo utiliza es Tótem y Tabú, aludiendo a la identidad del hombre con su tótem, con la divinidad.
Erik Erikson a mediados del siglo XX es quien inaugura una serie de trabajos sobre la temática en cuestión. “Identidad, juventud y crisis” es el título de esta obra de en donde trata el tema del proceso de identidad en el adolescente.
 …la formación de la identidad comienza donde termina la utilidad de la identificación. Surge del rechazo selectivo y de la asimilación mutua de las identificaciones infantiles y de su absorción en una nueva configuración que, a su vez, depende del proceso por el cual una sociedad (con frecuencia por medio de sub-sociedades) identifica al joven, reconociéndolo como alguien que tenía que convertirse en lo que es y a quien, por ser lo que es, lo reconoce. (Erikson, 1971 en Elgarte).
Erikson establece el logro de la identidad final como cierre de la adolescencia. Refiere que la identidad se caracteriza por un sentimiento de estar cómodo en nuestro propio cuerpo, un sentimiento de “saber adónde uno va” y una seguridad interior del reconocimiento de aquellos significativos para uno. Alude la identidad del yo, como un sentimiento de integración en el cuerpo y en el mundo. La representación del cuerpo se privilegia como uno de los referentes en los que asienta la identidad.
León y Rebeca Grinberg también abordaron el tema de la identidad en la adolescencia. Proponen la identidad como “una expresión elástica y funcional más que como un término de significación absoluta”. Señalan que la identidad “nos permite experimentarnos a nosotros mismos como algo que posee continuidad y uniformidad y, por lo tanto, actuar consecuentemente”.
Por otro lado, Ladame  nos habla de que la identidad no es un concepto psicoanalítico oficial: “Laplanche y Pontalis lo dejaron en silencio en su Diccionario del psicoanálisis.” Sin embargo, ¿en que texto de la adolescencia no se habla de la identidad?
La construcción de la identidad es una exigencia del proceso de la adolescencia, que no debe considerarse como un punto de llegada, sino como un punto de partida. Y explica que la identidad es un proceso consciente, superficial; mientras que lo que es profundo son las identificaciones. Dice la autora que la identidad representa un tope indispensable para poner un límite entre lo individual y lo colectivo, y preservar de este modo la individualidad. Esto permite, cuando es suficientemente estable y sólida, poder comprometerse en una relación con un otro diferente y diferenciado de sí, sin perderse en ella. Para así  tener la posibilidad de ir al encuentro de otro y poder adquirir, sobre la marcha, un libre ejercicio de la sexualidad adulta.
La identidad es el conjunto de representaciones del yo por el cual el sujeto comprueba que es siempre igual a si mismo y diferente de otros. (Fuller 1997)
Debido a la vinculación que tiene la identidad de género con la identidad sexual, ambos términos suelen confundirse.

  •  La identidad sexual se refiere al mero reconocimiento que una persona hace sobre su propio sexo biológico.
  • La identidad de género implica un fenómeno social complejo y dinámico, entre otras cosas porque se relaciona directamente con el contexto histórico-sociocultural a partir del cual incorporamos las percepciones, valoraciones, actitudes y acciones vinculados con lo femenino y lo masculino. (Rocha y Díaz, 2011)

Dicen estos autores que la identidad de género hace referencia a cuanto una persona dice y hace para indicar a los demás o a sí mismo el grado en que es hombre o mujer, por lo que la relación entre la identidad y el rol de género es muy estrecha en la medida en la cual la identidad es la experiencia personal del rol de género, mientras que el rol de género es la expresión pública de la identidad.
Estudios de género
Mabel Burin habla de cómo los estudios de género nacieron a partir de los años 60 por todos los cambios que ha habido en torno a la subjetividad femenina. En un inicio los estudios de género sólo pertenecían a lo social, a lo político y a lo económico. John Money propuso el término “papel de género” (gender role) para describir el conjunto de conductas atribuidas a los varones y a las mujeres. Robert Stoller fue el que estableció más nítidamente la diferencia conceptual entre sexo y género en un libro dedicado a ello.
Puede hablarse de “estudios de género” (Mabel Burin) a los sentidos atribuidos al hecho de ser varón o ser mujer en cada cultura. Los modos de pensar, sentir, y comportarse de ambos géneros se deben a construcciones sociales que aluden a características culturales y psicológicas asignadas de manera diferenciada a mujeres y hombres. Por medio de tal asignación, a través de los recursos de la socialización temprana, unas y otros incorporan ciertas pautas de configuración psíquica y social que hacen posible la femineidad y la masculinidad.
“Desde este criterio, el género se define como la red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, sentimientos, valores, conductas y actividades que diferencian a mujeres y varones”. (Burin)
Femenino y masculino en nuestra cultura
Cada cultura, en cada momento histórico, privilegia determinados ideales genéricos, que mujeres y varones hacen suyos a través de procesos identificatorios, y con los cuales constituyen parte de su subjetividad. Niñas y varones, al ingresar desde su nacimiento a la cultura, encuentran que ésta ya tiene construidos los modelos, las prescripciones y prohibiciones que irán conformando al yo y a sus ideales.
“La Femineidad/masculinidad no es sólo un rol o una conducta prescripta, sino un principio organizador de la subjetividad entera: yo, superyó y deseo sexual”. (Bleichmar en Carril)
El mecanismo de la identificación nos permite reconocernos como iguales a aquellos del mismo género. Junto con el saber sobre el género, se incorporan las normas y reglas que prescriben lo que es “natural”, propio de las niñas y las mujeres, y de los niños y hombres, y al mismo tiempo lo que nos diferencia del otro género, también incorporando normas y reglas.
Freud decía que el cumplimiento de un ideal es una fuente de satisfacción narcisista, aumentándose de esa manera el sentimiento de sí. El superyó puede recompensar o castigar, dependiendo de si los pensamientos, las conductas, los sentimientos del sujeto coinciden con los modelos del ideal o van en su contra.
Los ideales del yo de género (Bleichmar) forman parte del sistema global de ideales. El ideal del yo no es estático, sino que cambia y se ve afectado por factores evolutivos y culturales. (Carril, 2000). Podríamos hablar entonces de ideales femeninos y masculinos como organizadores intrapsíquicos de la femineidad y la masculinidad.
 “Organizadores que se fraguan a partir de una compleja articulación entre las representaciones sociales acerca de los géneros, la moral que los legisla y las normas que los rigen, y la trama vincular e intrasubjetiva en la que el niño/a va conformando su experiencia. Ideales que están determinados por lo que Dio Bleichmar (1992,1997) denominó fantasmas de género de los padres y que son los contenidos conscientes e inconscientes acerca de la masculinidad/femineidad, marcados por su propia historia y que identifican al cuerpo sexuado de su hijo/a.” (Carril, 2000)
Ideales femeninos
 Bleichmar describió algunos de los ideales del yo articuladores de la femineidad tradicional:

  •  Ser “la mujer del un hombre”: el objeto es extremadamente valorado y su sola posesión es lo que le otorga el valor.
  • Poner la meta de su ideal en el hombre: se delega en él la concreción de metas y deseos que supone no le son permitidos para sí misma.
  • La maternidad como meta suprema: prueba definitoria de la pertenencia al género femenino, garantía de su femineidad, que conlleva las exigencias de altruismo, abnegación y sacrificio.
  • Ideal de cuidados: extensión de las funciones de maternaje hacia otras relaciones y vínculos .
  • Ideales centrados en la seducción, la belleza corporal y la juventud: como atributos necesarios para sentirse femenina y obtener el amor y el reconocimiento del hombre

Ideales masculinos
Los ideales de masculinidad en nuestras sociedades han girado en torno a la destreza y fuerza física, capacidad y cualidad de penetración, potencia, fortaleza emocional. El marido “proveedor”, garante y sostén económico de la mujer y la familia, ha sido uno de los emblemas identificatorios más fuertes de la tradición moderna. La virilidad se ha centrado en la potencia y desempeño sexual y en la capacidad reproductora.
“La actividad sexual confirma el narcisismo de género: un hombre es un hombre cuando tiene erecciones. Se comprende así que cualquier dificultad con su pene, genere sentimientos de humillación y desesperación, como signos de la pérdida de la masculinidad”. (Carril, 2000)
Cuando hombres y mujeres acceden a dominios reservados por la cultura al otro género, se considera que están invadiendo territorio extranjero.
Los cambios se sienten como pérdidas que afectan el sentimiento de sí. Ocuparse de la casa, de la crianza de los hijos, puede sentirse como una feminización peligrosa por parte del varón. Ven amenazada de esa manera su identidad de género. Un hombre “auténtico” debe estar absolutamente seguro de no contener ni un rasgo de femineidad. En nuestra cultura, la masculinidad se mide en términos de éxitos, poder y de la admiración que pueda provocar. Afirma Badinter que la imposibilidad de cumplir con la norma mítica de la fuerza, la potencia y el dominio de sí, hace que se perciban como hombres fallados. (Carril, 2000)
“Cuando el incumplimiento de un ideal de género se subjetiviza en términos de heridas o pérdidas narcisistas, sucede que el trabajo de elaboración y síntesis inherente al proceso de duelo se estanca, se sigue invistiendo lo perdido -y a las representaciones del yo que están soldadas a él- y el paisaje psíquico se tiñe del gris de la depresión, al igual que sucede con el duelo patológico.” (Carril, 2000)
“A través de todas las edades el problema de las mujeres ha sido un enigma para la gente de todos los tipos; ustedes, los hombres, ya han reflexionado suficientemente sobre esa cuestión, en tanto que son hombres.
De las mujeres no puede esperarse esto, pues ustedes, las mujeres, son el enigma para ustedes mismas”
Sigmund Freud
“Las tendencias modernas están dando espacio en la Postmodernidad, para la aparición de patologías menos marcadas por la diferencia de género. Existe una tendencia hacia la masculinización de la subjetividad en las generaciones jóvenes, que se va a reflejar en cambios en los patrones de aparición de patologías emocionales”. “En la actualidad estamos investigando los trastornos borderline, con el propósito de aportar desde el enfoque de género para su comprensión y asistencia”. (Meler)
Dice Irene Meler que las mujeres suelen presentar patologías asociadas con la inhibición y la vuelta de la hostilidad contra sí mismas. Los hombres padecen por causa de la presión para hacer honor a su condición dominante, que favorece trasgresiones, impulsos antisociales, desgaste psicosomático y actitudes de control sobre los otros.
Pacientes mujeres:

  • Replican antiguos estereotipos, siendo uno de los más frecuentes la idealización del amor y las relaciones de pareja y familia como logros asociados a la realización personal, lo que se acompaña por una escasa atención prestada a la carencia o insuficiencia de proyectos y metas personales.
  • La tendencia femenina tradicional hacia el establecimiento de relaciones de dependencia amorosa que en ocasiones configuran cuadros de adicción emocional, es objeto de preocupación en la actualidad.
  • El cuidado de los vínculos de intimidad en muchos casos se relaciona con serias inhibiciones para la expresión de la hostilidad, en busca de una relación aconflictual.
  • Esta modalidad subjetiva favorece la instalación de estados depresivos, que como se sabe, constituyen uno de los padecimientos asociados fuertemente con la femineidad.

Pacientes varones:
Los pacientes varones requieren que se preste atención a sus dificultades para la expresión de los afectos, con frecuencia asociadas a la aparición de trastornos psicosomáticos.

  • La homofobia, el pánico ante la impotencia sexual y la intolerancia respecto de una cierta cuota de fracasos inevitables durante el ciclo vital, son características de la subjetividad masculina sumamente difundidas y que es necesario atender.

Trastorno de identidad de género
El DSM desde sus comienzos ha abordado los problemas de género desde la divergencia entre el sexo físico y el género que la persona experimenta/manifiesta. Lo normal se define como la absoluta correspondencia entre el sexo biológico y la identidad/rol de género asociada a éste.
El DSM-IV entiende “Trastorno de Identidad de Género” cuando tienen lugar al menos estos dos criterios principales:

  •  A. Una fuerte y persistente identificación con el sexo opuesto. En adolescentes y adultos, el malestar se manifiesta a través de síntomas tales como un deseo manifiesto de ser del otro sexo, hacerse pasar frecuentemente como del otro sexo, deseo de vivir o ser tratado como del otro sexo, o la convicción de que tiene los sentimientos y reacciones típicas del otro sexo.
  • B. Incomodidad persistente con el sexo que le fue asignado o sensación de que está viviendo en el rol de género inapropiado. En adolescentes y adultos, el malestar se manifiesta a través de síntomas tales como la preocupación por deshacerse de las características sexuales primarias y secundarias (por ejemplo, pedido de hormonas, cirugía u otro procedimiento que altere físicamente las características sexuales o simule el otro sexo) o la creencia que ha nacido con el sexo equivocado.

En el DSM-V ha habido un cambio. Ya no se habla de “Trastorno de la Identidad de Género” (TIG) sino de “Incongruencia de Género” (GI). Personas y asociaciones transexuales y transgénero reclaman que se elimine a la transexualidad como trastorno mental. Ellos dicen que no existen papeles sexuales, identidades y roles de género que sean esenciales, que estén biológicamente determinados, sino que por el contrario, son el resultado de una construcción social y que por ello mismo, pueden ser subvertidos, alterados y transformados.
Bibliografía:

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Imagen: Morguefile/Gracey

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