Por Mabel Burin

El pasado 6 de noviembre, Mabel Burin recibió el Doctorado Honoris Causa. Les compartimos su discurso de aceptación.

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En primer lugar, quiero hacer llegar mi agradecimiento al Dr. Roberto Gaitán, director del Instituto de Estudios de Posgrados en Psicoanálisis, de la Sociedad de Psicoanálisis y Psicoterapia,
y a los miembros de la Comisión de Enseñanza del Instituto de Estudios de Posgrado en Psicoanálisis, de la Sociedad de Psicoanálisis y Psicoterapia, Dras. Luisa Rossi, Dra. Rosalba Bueno, Dr. Avelino Gaitán González, Dr. Kiyotaka Osawa y Dr. Andrés Gaitán González.
 
Queridos y queridas colegas:
Agradezco a este centro de altos estudios en psicoanálisis y psicoterapia su generosidad por la distinción que hoy me otorga, que excede cualquier reconocimiento que pude haber soñado hasta ahora. Es un gran honor recibir este título, que espero a mi vez honrar y poder retribuir.
Llevo 52 años como graduada en Psicología, y la mitad de ellos como Doctora en Psicología Clínica. A lo largo de todos estos años he encontrado personas que me han acompañado en este camino, un camino a veces arduo, pero la mayoría de las veces dichoso porque se trata de la búsqueda de los mejores recursos posibles para investigar y ofrecer modos de aliviar el sufrimiento de la gente. Entre quienes me acompañaron no puedo dejar de mencionar a mis padres, gente inteligente y sensible, y muy especialmente a mi madre, que desde muy niña me estimuló en las lecturas y en la buena escucha de relatos de vida. También me acompañó mi hermano, destacado psicoanalista en Buenos Aires. Mi marido Marcos Burin, mi gran compañero durante 50 años, recientemente fallecido, ha sido un gran apoyo emocional e intelectual. También me acompañaron mis hijos, inspirándome una cantidad de reflexiones gracias a sus cuestionamientos y actitudes de debate y de crítica. A través de ellos también entiendo mejor a la gente joven, y admiro sus actitudes de valentía para enfrentar conflictos relacionados con sus carreras laborales y la conciliación con la vida familiar, en un contexto global que se resiste a la incorporación de la gente joven al universo laboral.
Tuve y sigo teniendo magníficos colegas, una red con la que comparto mis inquietudes profesionales y académicas, gente que acompaña el Programa de Estudios de Género y Subjetividad que dirijo en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) de Buenos Aires. A todos ellos, mi agradecimiento.
Pido disculpas si en este momento de tanta emoción estoy omitiendo algún agradecimiento. Hay un reconocimiento que no puedo dejar de mencionar, y es a todos y todas mi colegas mexicanos. Vengo a trabajar a México desde 1982, cuando me invitaron a un congreso sobre Salud-Salud Mental para que me refiriera a mis estudios sobre la salud mental de las mujeres, que es una vocación profesional que me insiste como inquietud desde aquellas épocas. Desde entonces, he venido todos los años y en ocasiones 2 veces por año, no sólo para reunirme con colegas y alumnos, en seminarios, congresos y otras actividades, sino también para acompañar a una de mis hijas que vivió aquí, en el DF, varios años, trabajó y tuvo aquí sus hijos (sí, tengo dos nietos chilangos).
Cuando miro hacia atrás tantos años compartidos, no puedo menos que recordar con afecto a algunas compañeras que ya no están entre nosotras: la Dra. Olga Bustos, psicóloga, la Dra. Graciela Hierro, filósofa, y la Dra. Elena Urrutia, de El Colegio de México, todas ellas pioneras para articular en sus disciplinas las teorías feministas y de género.
Formo parte de la generación de los libros, esos libros impresos en papel, que fueron mis grandes amigos desde mi infancia, de modo que en la adultez traté de cumplir con una de mis modestas ambiciones, que consistían en que también yo quería escribir libros. Mi primer libro lo publiqué en 1987, y a partir de ese momento seguí publicando varios otros, tratando siempre de hacerlo junto con mis colegas, porque encontré que para mí, pensar e investigar en grupo era una de mis mejores maneras de pensar e investigar.
Llegado este punto quizá ustedes se pregunten ¿por qué tantos relatos personales? Es porque he incorporado el lema de los Estudios de Género que señala que “lo personal es político”. ¿A qué clase de política me refiero en esta oportunidad? Me refiero tanto a las políticas de la construcción de las subjetividades como a las políticas académicas. Las políticas de las subjetividades conciernen a qué tipo de subjetividades queremos construir, dentro del campo del psicoanálisis, a partir de nuestras teorías y prácticas psicoanalíticas, por ejemplo cuando nos referimos a “las metas clínicas” y a los diseños terapéuticos que elaboramos. Los clásicos estudios psicoanalíticos sobre las histerias femeninas y sobre los estados depresivos entre las mujeres de mediana edad han sido resignificados mediante las investigaciones aportadas por los Estudios de Género sobre las condiciones de la sexualidad femenina tradicional, y sobre la inscripción subjetiva de las mujeres alrededor de los roles de género tradicionales como madres, esposas y amas de casa. El clásico concepto del psicoanálisis freudiano que interpreta la depresión como una vuelta de la hostilidad contra sí misma ha merecido profundas reconsideraciones desde la perspectiva del género, al analizar los motivos por los cuales en nuestra cultura patriarcal las mujeres encuentran que algunos de sus movimientos pulsional-deseantes, tales como la pulsión hostil, tiene un destino de represión en el desarrollo de su subjetividad. Esto nos ha llevado a explorar más ampliamente los modos en que esa pulsión hostil puede desplegarse de otras maneras que no tenga como destino volverse contra sí misma bajo la forma de estados depresivos, según la premisa de que a las mujeres correspondería “el reino del amor”. También hemos ampliado la escucha para las consultas de los hombres que muestran adicciones, impulsividades y conductas de riesgo, así como respuestas violentas utilizando su aparato muscular en forma irrestricta. Cuando utilizamos el prisma del género para el análisis de estos síntomas, encontramos que son hombres que han tenido una socio-subjetivación con un modelo de masculinidad hegemónica que les indicaría qué es “ser todo un hombre”, y sobre esa base han construido su subjetividad.
Por su parte, las políticas académicas son aquellas que indican qué es lo que se puede estudiar y qué es lo que queda fuera de los límites de los programas que se enseñan, a quienes se cita y a quienes no, qué términos teóricos y qué prácticas serán favorecidas y cuáles se desecharán, quiénes serán los docentes y quiénes quedarán excluidos. En este sentido, siempre ha sido una relación difícil, de tensión y de conflicto, la articulación entre las hipótesis psicoanalíticas con las teorías provenientes de los Estudios de Género. Sin embargo, hay algunos puntos de articulación que podemos destacar. Uno de ellos es que ambos, tanto el psicoanálisis como los Estudios de Género tienen un proyecto de concientización y de transformación.: desde el psicoanálisis, el clásico “hacer conciente lo inconciente” como proyecto terapéutico, y desde las teorías feministas “hacer visible lo invisible”, señalando lo que se oculta y queda invisibilizado en los estereotipos de género tradicionales sobre la feminidad y la masculinidad. Todo esto dentro de un sistema de represión-opresión, esto es, de represión psíquica y de opresión cultural, que configuran modos de vida enfermantes.
Otro eje de articulación entre las teorías psicoanalíticas y los Estudios de Género ha sido la noción de conflicto: en tanto el psicoanálisis se centra en el estudio del así llamado “conflicto psíquico”, los Estudios de Género hacen hincapié en los conflictos socio-culturales que dejan sus marcas en las subjetividades. En la intersección entre ambos tipos de estudios, hemos desarrollado un concepto alternativo: preferimos analizar las situaciones de conflicto en las relaciones entre los géneros, bajo un prisma singular que son las relaciones de amor y de poder, en una distribución de áreas de poder en nuestra cultura patriarcal según la cual a los varones les correspondería el ejercicio del poder económico, y a las mujeres el ejercicio del poder de los afectos. Este modo de distribución de áreas de poder entre los géneros produce condiciones de vida inequitativas y potencialmente enfermantes.
Comencé mi carrera como psicoterapeuta de niños, y me preocupé en escuchar a las madres de los niños por los que me consultaban, tratando de comprender que detrás de la madre había una mujer que padecía estados de malestar por otros motivos que no se relacionaban únicamente con el hijo que traía a la consulta. Ese malestar con el que más adelante titulé mi libro “El malestar de las mujeres”, era un tipo de padecimiento de mujeres de sectores medios urbanos que, en el esfuerzo por desempeñar adecuadamente sus roles de género femeninos tradicionales como madres, esposas y amas de casa, se sentían disconformes por no poder desplegar otros deseos más allá de la esfera familiar y doméstica. La lectura en los años 70 de estudios e investigaciones provenientes de los países del norte me permitió conocer lo que por entonces se llamaba Estudios de la Mujer, que tenían como base las teorías y las prácticas feministas para atender semejante malestar. Encontré algunas colegas psicólogas interesadas en estos abordajes, con quienes comenzamos a compartir inquietudes y proyectos tales que, en 1979, fundamos el Centro de Estudios de la Mujer en Buenos Aires, un centro pionero para esa época. Eran condiciones muy adversas en Argentina, un país que en esos momentos estaba siendo arrasado por una feroz dictadura militar, de modo que el criterio de agruparnos también constituyó un recurso de resistencia contra tales dispositivos de represión-opresión. En esos años comencé a publicar mis primeros estudios sobre estos temas, entendiendo que el sujeto de mis estudios eran las mujeres, con una clara tendencia hacia la denuncia de las condiciones de discriminación y exclusión de las mujeres dentro de una cultura caracterizada como patriarcal, y los síntomas que provocaba los sofocamientos de los afectos que surgían a causa de esa condición de represión-opresión. En aquellos momentos las problemáticas en que nos centrábamos eran lo que llamábamos “las condiciones de vida de las mujeres”, específicamente en tres áreas: las condiciones de la maternidad, las condiciones de la sexualidad y las condiciones del trabajo femenino, en particular el trabajo doméstico, extra-doméstico y la doble jornada de trabajo. Poco después, hacia mediados de los años 80, fuimos refinando nuestros conceptos introduciendo la categoría de género para pensar en nuestro objeto de estudio, entendiendo que debíamos ampliar nuestras investigaciones también al estudio del género masculino, de modo que el sujeto de nuestras investigaciones fue transformándose: no dejamos de analizar y denunciar las condiciones de vida de las mujeres, pero pasamos a tomar como eje la reflexión sobre las relaciones entre los géneros y los vínculos intersubjetivos. Desde entonces, los Estudios de Género se configuraron en el campo académico como aquel segmento de la producción de conocimientos que se refieren a las significaciones atribuidas al hecho de ser varón o ser mujer en cada cultura, y para cada sujeto. Desde esta perspectiva, en la articulación de los Estudios de Género con las teorías psicoanalíticas, el interés se centra en cómo nos construimos como sujetos a partir de estadios muy tempranos en la vida de cada ser humano a quien se le asigna una pertenencia generizada como varón o como mujer, incorporando ciertas pautas de configuración psíquica y social que dan origen a la feminidad y la masculinidad.
Desde el punto de vista descriptivo, el género se define como la red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, valores, conductas y actividades que diferencian a varones de mujeres. Tal diferenciación es producto de un largo proceso de construcción histórico-social y político-económico, que no sólo produce diferencias entre varones y mujeres sino que, a la vez, estas diferencias implican desigualdades y jerarquías entre ambos. Los Estudios de Género utilizan una perspectiva de análisis de estas diferencias que denuncia la lógica dicotómica con que son construidas. Mediante esta lógica dicotómica, binaria, la diferencia es conceptualizada como “lo único o lo otro”. Quien ocupa el lugar de Uno está en una posición jerárquicamente superior, en tanto el Otro/la Otra ocupa una posición inferior y desvalorizada. Quien está en posición de Uno está en el lugar del Sujeto, mientras que el Otro/la Otra quedará en el lugar de Objeto. Esta lógica dicotómica “o/o” es denunciada por los Estudios de Género, con una propuesta alternativa: procurar una lógica más inclusiva pensando en términos “esto Y lo otro”.
Cuando hacemos Estudios de Género utilizándolo como categoría de análisis insistimos en que el género es siempre relacional, es decir, siempre lo estudiamos marcando su relación con el otro género, o con todas las personas que quieran inscribirse en diversos formatos de género, no exclusivamente femeninos o masculinos convencionales, así como el estudio al interior de un mismo género (por ejemplo, las relaciones entre las propias mujeres) Consideramos especialmente las relaciones de poder, pero también otro tipo de vínculos que se puedan dar entre los géneros, por ejemplo, relaciones de amor, de rivalidad, de diversos tipos de conflictos. También advertimos que la noción de género suele ofrecer dificultades cuando se lo considera como un concepto totalizador, que invisibiliza la variedad de determinaciones con que nos construimos como sujetos, tales como la raza, la etnia, la religión, la clase social, etc. Todos estos son factores que se entrecruzan en la constitución de nuestra subjetividad, por lo tanto consideramos que el género jamás aparece en forma pura, sino articulado con estos otros aspectos constitutivos de la subjetividad.
Al revisar el aporte de los Estudios de Género a las teorías psicoanalíticas habitualmente partimos de una pregunta fundante enunciada en los textos freudianos acerca de la feminidad: es la pregunta “¿Qué desea una mujer?”, que S. Freud formula en su trabajo sobre “La Sexualidad Femenina”, de 1931, una pregunta que contestó explicando a lo largo de varios de sus escritos que la mujer desea ser amada, desea ser objeto del deseo de un hombre, y desea tener un hijo, casi siempre sobre la base de una carencia básica que sufrirían las mujeres. Hemos ofrecido otras respuestas a estas preguntas, procurando un tipo de escucha psicoanalítica que apunte hacia una ampliación del repertorio deseante de las mujeres, sin dejarlo reducido a los estrechos límites de los deseos asociados a los roles de género femenino tradicionales como madres, esposas y amas de casa. Hemos prestado especial atención a la frustración que esto implica para aquellas mujeres que han tenido oportunidades educativas y manifiestan otros deseos, más allá del deseo maternal, conyugal y doméstico. Quienes tenemos vocación de operar en el campo de la salud mental hemos conocido los efectos que tiene esta frustración en la construcción de su subjetividad, provocando diversos síntomas y estados de malestar en las mujeres que nos consultan.
Es de destacar que los Estudios de Género han tenido grandes transformaciones a lo largo de las últimas décadas, gracias al enfoque de una perspectiva multidisciplinaria que incorpora investigaciones provenientes de la sociología, la antropología, la historia, la medicina, y de otras ciencias humanas y sociales. También ha ido cambiando debido al requerimiento de nuevas realidades socioeconómicas, así como al advenimiento de las así llamadas “identidades emergentes”, tales como los colectivos de gente travesti, transgénero, intersex y otros, que han dado lugar a las teorías Queer, con novedosas modalidades de análisis de su construcción subjetiva.
Todos estos cambios requieren sostener la articulación de las teorías psicoanalíticas con las hipótesis de género, conservando la poderosa base de reflexión crítica con que se iniciaron tanto las hipótesis psicoanalíticas como los primeros estudios sobre la condición femenina, analizando las situaciones de desigualdad y de exclusión de mujeres y varones de determinadas áreas de poder donde desplegar su subjetividad, incluyendo tanto de las mujeres que quedan al margen de áreas de poder económico como de varones excluidos del área del poder de los afectos.
Actualmente los Estudios de Género han coincidido con la idea posmoderna de la pluralidad, la diversidad y la fragmentación de los sujetos que analiza, tomando como punto de partida el estudio de las vidas cotidianas y de la construcción de las nuevas modalidades familiares, laborales, así como también de subjetividades innovadoras. Sin embargo, nuestra inserción en América Latina da pie a que nos preguntemos: ¿podemos hablar de posmodernismo desde los márgenes, desde nuestra realidad multicultural, multiétnica, de países periféricos? Nuestra ambigua incorporación latinoamericana a los procesos culturales de los países centrales nos lleva a interrogarnos sobre nuestra compleja realidad: ¿vivimos en una modernidad periférica, en una confusa posmodernidad, o todos estos procesos coexisten de forma trunca e inconclusa, o con modalidades novedosas? La complejidad de nuestra realidad latinoamericana nos revela que coexisten rasgos culturales con dispositivos socioeconómicos francamente pre-modernos, en los cuales la feminización de la pobreza es uno de los factores claves de la desigualdad, con otros rasgos modernos, tales como el avance masivo de las mujeres por incorporarse a la educación superior y al trabajo remunerado, junto con otros que podríamos caracterizar como posmodernos, como lo demuestran, por ejemplo, aquellas personas que utilizan sofisticadas técnicas de reproducción asistida.
Esta coexistencia de rasgos premodernos, modernos y posmodernos, invitan a que agudicemos nuestros criterios al investigar los modos en que las subjetividades se configuran genéricamente, que renunciemos a la aspiración de encontrar supuestos monocausales, de relaciones causa-efecto simplistas, para comprender a los sujetos, y que el paradigma de la complejidad que guía nuestras reflexiones nos permita construir conocimientos que respondan de otros modos a los interrogantes de nuestra época.
Quiero expresar una vez más mi agradecimiento a esta casa de altos estudios por concederme este título, gracias al cual tengo la oportunidad de reiterar mi compromiso con la comunidad psicoanalítica y la comunidad académica. Este es el infatigable anhelo que me ha animado procurando lograr articulaciones entre las hipótesis psicoanalíticas y las teorías de género: tratar de mejorar las relaciones entre los géneros y contribuir a la construcción de una sociedad un poco más justa y equitativa para todos.
¡Muchas gracias!
 

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