Participación de Bernardo Lanzagorta en el portal Terra.com.mx
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“Lazy Mexican” fue el término que acompañó desde 1932 a aquella famosa imagen del hombre de campo, con la cabeza entre las piernas que vestía guaraches y sombrero. La escultura “El Pensamiento” en la que el artista colombiano Rómulo Rozo pretendía imprimir el sentir tradicionalista de la vida de campo latinoamericano fue víctima de una broma de mal gusto cuando un periodista la retrató con una botella de tequila al lado; a esto le debemos uno de los principales estereotipos del mexicano, ampliamente difundido a nivel global.
Poco sabía el mundo antes de los mexicanos, pero esta imagen del mexicano flojo y desobligado, borracho o pachanguero, impuntual e informal, mujeriego y buscapleitos se volvió parte del ideario popular gracias al cine norteamericano así como al nacional, que propagaron este estereotipo principalmente entre la década de los 40 y hasta los 60; momento en el cual las películas eran la forma más generalizada para conocer el resto de los países, sus habitantes y sus culturas.
A pesar del tiempo transcurrido, poco han cambiado desde entonces las ideas que proyecta el mexicano hacia el resto del mundo; desde los 70 hasta ahora las noticias sobre la corrupción, ineficiencia, irresponsabilidad, desgano y franca informalidad referentes a las principales esferas de nuestro país, bien han cincelado este estereotipo del mexicano.
A todo lo anterior tenemos que sumar, por supuesto, el estereotipo de la mujer mexicana, madre sufrida y abnegada, mártir callada que sacrifica todo por la felicidad de su esposo o de sus hijos; y cuya vida pareciera salida de cualquiera de las telenovelas que de forma masiva exporta México para el mundo.
REALIDAD Y FICCIÓN
Pero, si nos detenemos con un poco de crítica podremos descubrir que detrás de estas exageraciones y parcialidades que nos duele tanto escuchar, también podremos aceptar que la realidad social de México ayuda a enfatizar muchas de estas ideas y, por otro lado, a ensombrecer los logros que diariamente alcanzamos como sociedad.
Gran parte del problema acerca de los estereotipos es que el sujeto del cual se desprenden comience a creer en ellos como parte de su personalidad, y que acto seguido actúe como si fuese él mismo dicho estereotipo. Desgraciadamente, es fácil ver a cada momento, en la televisión, en la vida cotidiana y en otro tipo de expresiones a algún mexicano actuando estas u otras actitudes aún peores.
Es evidente que para cambiar estas circunstancias hay que desarrollar actitudes más críticas y entender que: al “ahí se va”; “al ratito” o “¿cómo le vamos a hacer?, joven” son actitudes que nos dañan como mexicanos y van más allá de simplemente promover una mala imagen o estereotipo frente a los demás, pues ese daño no es indirecto sino que, por el contrario, nos afecta inmediatamente, y todos los días como individuos.
Tocar este tema tan doloroso nos permite recordar que todo gran cambio comienza con pequeñas acciones; debemos tener claro que nunca podremos cambiar de un solo golpe y radicalmente la imagen que tenemos hacia el resto del mundo; deshacernos de todo lo que el “lazy mexican” implica en un solo movimiento sería imposible, hay que nombrar las pequeñas acciones y concretarlas.
Lo que seguramente sí podemos hacer son pequeños cambios con respecto a la forma en la que nos tratamos entre mexicanos, algo tan sencillo como ceder el paso y alternarnos al manejar; imaginemos por un momento que realmente todos los mexicanos conocieran este criterio y lo siguieran.
La gran pregunta es: ¿Cambiaría algo tan simple como esto la forma en la que pensamos acerca de nosotros mismos como sociedad?, sin duda. Y si cambiamos la forma en la que pensamos acerca de nosotros mismos, muy seguramente podremos hacer cambios en la forma en la que piensan los demás acerca de nuestra identidad como mexicanos.

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