El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Jonas Jonasson. 2009

Narrativa Salamandra. ISBN 9788498384161

Por: Abigail Cobar

Otro “gran” éxito de librería, tanto por la cantidad de ejemplares vendidos como por su extensión, ya que esta novela en el lapso de un año va en su 20ª edición y consta de 400 páginas. Esto último obliga a tenerla en lugar fijo, por no ser fácilmente manejable, detalle que se lamenta ya que no se quisiera suspender la lectura de las aventuras en que el personaje se ve involucrado.

El héroe de la novela se llama Allan Karlsson, cuenta con 100 años de edad y a pesar de su edad sigue el impulso de huir del asilo en el que vive ya que está harto de comida insípida, pero sobre todo de la absoluta prohibición de tomarse “un trago” del que ha gustado tanto a lo largo de toda su vida. Cabe aclarar que esta insólita decisión la toma unos cuantos minutos antes de que se celebre una ceremonia en su honor en la que estarán presentes las autoridades de la población, quienes al percatarse de su “desaparición” infieren cualquier posibilidad menos que haya sido una decisión clara, precisa, casi espontánea, resultado de esa vida llana e inmovilizante. Los cuidadores y las autoridades, mediante el razonamiento generalizado de que un anciano no está ya en sus cabales y que hay que dirigirle lo que le quede de existencia, dan pasos de ciego sintiéndose cada vez más perdidos respecto al enigma, y la lógica les indica que por alguna extraña razón el hombre fue secuestrado.

El suspenso que provoca  la trama va acompañado de una sonrisa que frecuentemente se transforma en franca carcajada y debo aclarar que no se trata de comicidad sino de humor, de un humor aparentemente involuntario que se basa en tomar con tranquilidad y naturalidad las situaciones más insólitas. Característica básica del personaje es el total desapego con que se maneja respecto de los bienes materiales y de otros seres humanos, no obstante sabe y puede convivir en sociedad sin hacer distinción en rangos ni en sexo; nada ni nadie le provoca ni enojo, ni amor aunque sí responde a la empatía, a la solidaridad.

A los 14 años viviendo en la parte más aislada de una de por sí aislada comunidad Sueca y siendo hijo único, queda huérfano de padre y madre, aunque poseedor de un oficio, el manejo de explosivos; este conocimiento será la llave que la abrirá la puerta a un sinfín de insólitas aventuras que lo mantienen en un constante peligro de perder la vida. Al inicio de su juventud lo hacen víctima de un oprobioso experimento que explica en buena medida su posterior conducta. Una vez que deja su país vive un tiempo en los Estados Unidos de América en donde conoce a Oppenhaimer; en otro momento se ve viviendo en Rusia en donde conoce a Stalin y así, circunstancialmente vive en Italia, en Teherán, en Indonesia, en China, y en todos esos lugares se tropieza y convive con mandatarios como Churchill, De Gaulle, con la esposa de Mao Tse-Tung y con el propio Mao. Es un relato delirante, abigarrado de personajes celebres en el que ninguno de ellos sale bien librado ya que se les presenta como seres humanos sin escrúpulos, fanáticos de su propio poder que actúan sin tapujos delante de Allan quien no es más que un pobre hombre a su servicio. Bien se dice que “no hay hombre grande para su ayuda de cámara”.

El autor es un periodista sueco de 52 años de edad  que, parafraseando el título,  “un día se largó y se puso a escribir una novela”, misma que dedica a su abuelo quien contaba relatos asombrosos y que cuando se le preguntaba si aquello era cierto contestaba: “quienes solo saben contar la verdad no merecen ser escuchados”. Se evidencia un gran trabajo documental ya que si bien queda claro que la intervención del héroe es ficticia, todos los nombres de los personajes históricos como las fechas de los eventos relatados, son históricamente exactos. Si en su entorno hay un adulto mayor al que le guste leer, no dejen de hacerle este regalo que seguramente le hará sentir que “sí se puede” estar vivo aunque se sea mayor.

El libro se puede encontrar en Librerías Gandhi.

 

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