La sexualidad humana puede expresarse de muchas formas, algunas de estas actúan en perjuicio de la persona que las padece.  El vaginismo es considerado una disfunción sexual en donde hay espasmos involuntarios de la musculatura externa de la vagina que interfieren con la penetración de cualquier objeto. Bajo estas circunstancias, es evidente que el coito no puede lograrse con normalidad.
Autor: Alejandro Nagy
La importancia del vaginismo como una patología seria de consecuencias graves, puede ser confirmada por varias religiones entre la que destaca la iglesia católica quien puede considerarlo como uno de los causales para solicitar la disolución del matrimonio cuando este no ha sido consumado [1].   También es considerado por las autoridades civiles de la mayoría de los países como un causal de divorcio puesto que denota una falta de adaptación psicosexual hacia la pareja.

Criterios diagnósticos

El DSM-IV clasifica al vaginismo como una disfunción sexual por dolor de acuerdo a los siguientes criterios:

A. Aparición persistente o recurrente de espasmos involuntarios de la musculatura del tercio externo de la vagina, que interfiere el coito.
B. La alteración provoca malestar acusado o dificultad en las relaciones interpersonales.
C. El trastorno no se explica mejor por la presencia de otro trastorno (p. ej., trastorno de somatización) y no es debido exclusivamente a los efectos fisiológicos directos de una enfermedad médica.

Debido a que las enfermedades médicas que pueden producir disfunciones sexuales son numerosas, es importante para la práctica psicoanalítica distinguir el vaginismo cuando es consecuencia de una enfermedad médica (infecciones urogenitales, vagina reducida, etc.), basándonos en la historia clínica del paciente apoyada por un diagnóstico ginecológico. 

Aunque  en el vaginismo puede haber dolor durante el coito o intento de penetración, este debe distinguirse del diagnóstico de dispareunia en donde el dolor no es consecuencia de un espasmo muscular como ocurre en el vaginismo.

La dificultad para tener penetraciones vaginales y la angustia asociada puede variar en cada mujer lo cual puede evidenciarse en las distintas combinaciones que pueden adquirir los síntomas (Masters y Johnson, 1981):

  • Capacidad para ser examinada ginecológicamente e introducirse a sí misma objetos en la vagina (tampones, aplicadores, etc), pero incapacidad para lograr el coito
  • Capacidad para ser examinada ginecológicamente a pesar de experimentar ansiedad, pero incapacidad de introducirse objetos por sí misma y lograr el coito
  • Capacidad de tener coito (doloroso y/o de poca profundidad) a pesar del espasmo muscular y la ansiedad asociada
  • Incapacidad para lograr algún tipo de penetración
  • Mujeres que de sólo pensar el algún tipo de penetración sufren de un espasmo muscular

Además de las anteriores combinaciones, podemos también agregarle la capacidad o incapacidad para lograr orgasmos. Es importante señalar que el vaginismo no necesariamente implica incapacidad orgásmica,  muchas mujeres que padecen vaginismo, pueden alcanzar el orgasmo sin que haya penetración. En cuanto a la angustia, el vaginismo puede ir acompañado de síntomas ansiolíticos como sudoración excesiva, palpitaciones, opresión en el pecho y/o reacciones de pánico cuyo objetivo es evitar el contacto corporal. Pueden ocurrir también conductas como apretar las piernas entre sí, e inclusive empujar o golpear a la pareja para que esta se aleje. La incidencia de este problema fue estimado por Master y Johnson entre un 2 a 3 por ciento de las mujeres con vida sexual activa (Masters y Johnson, 1981).

Reconocer que el vaginismo puede tener muchas caras que se expresan de distintas maneras en cuanto a la sintomatología, nos permite lograr una comprensión más precisa del problema para que las intervenciones terapéuticas sean más específicas y apropiadas en cada situación y contexto.

La etiología de este padecimiento, está profundamente enraizada en el psiquismo de la persona que lo padece y que se encuentra dominada por extrema angustia. El psicoanálisis ayuda a revelar las fantasías inconscientes que determinan la conformación del vaginismo como podremos apreciar en los casos clínicos expuestos más adelante.

El vaginismo como formación reactiva

De acuerdo a Fenichel, el vaginismo es a la frigidez lo que la formación reactiva a la represión:

“Entre el vaginismo y la frigidez hay la misma relación que entre la formación reactiva y represión. No sólo se inhibe la excitación sexual, sino que se hace algo positivo a objeto de asegurar el mantenimiento de esta inhibición y de hacer que el coito resulte físicamente imposible […] El vaginismo, a menudo, no es una pura inhibición sino un síntoma de conversión positivo. En este caso, no sólo ofrece un obstáculo a la sexualidad, sino también un deseo inconsciente deformado. Este deseo puede ser la idea de arrancar el pene y quedarse con él; en otras palabras, el vaginismo puede ser una expresión del complejo de castración femenino (tipo vengativo), o bien un espasmo del piso de la pelvis puede ser la expresión de un concepto anal de la envidia del pene: la idea de expeler o retener un pene anal” (Fenichel, O.  1999).

En su trabajo sobre el complejo de castración femenino, Abraham, K. (1922) añade que desde un punto de vista práctico, la fantasía de castrar al hombre es expresada en el síntoma que inicialmente previene la intromisión del pene, pero en el caso de que haya penetración entonces trataría de no dejarlo salir [2]. La fantasía culmina con el robo y posesión del pene.  El deseo de castración puede modificarse desplazándose del órgano a su función con el objetivo de destruir la potencia. La disfunción sexual de la mujer puede tener el efecto de repeler la libido del hombre provocándole disfunción eréctil o eyaculación precoz.

Caso-1: Mujer de 33 años, con 4 años de matrimonio y un hijo.  Se presentó juntó con su marido solicitando terapia de pareja,   argumentando problemas de comunicación. Ella tenía poco más de un año de padecer vaginismo, sin embargo, este no le impedía utilizar tampones ni someterse a su revisión ginecológica.  Le propuse atenderla 3 veces semanales, sin embargo, ella rechazó la propuesta porque le parecía “demasiado”, aceptando acudir dos veces semanales. Su marido se atendió con un colega.  A partir del vaginismo de ella, su esposo, quien no había tenido trastornos sexuales anteriores,   desarrolló eyaculación precoz.  En tratamiento, pudo hablar del rencor y del enojo reprimidos que sentía hacia su pareja por su alcoholismo y porque le gritaba cuando se sentía molesto. También sentía envidia por su marido y por los hombres en general porque “pueden hacer lo que quieren” en contraste con las mujeres.  En la medida en que se reforzó la alianza terapéutica, perdió el temor de expresar su rabia y envidia ante mí, y el vaginismo comenzó a ceder, al tiempo que se comprometió más con su tratamiento.  Poco después, mi paciente refirió que su marido al darse cuenta de que ella ya no padecía de vaginismo, reaccionó ante el nuevo contexto con disfunción eréctil, que a decir de mi paciente lo hacía sentir “poco hombre”. Sin entrar más en detalles, las diferencias entre ellos fueron irreconciliables, tomando ella la iniciativa de divorciarse poco después de serle secretamente infiel.  Durante el tratamiento conmigo también “me fue infiel”, visitó a un psiquiatra ocultándome su tratamiento paralelo. Cuando decidió enterarme, contratransferencialmente me invadieron sentimientos de humillación y devaluación, me sentía “poco analista”. Era como si mis interpretaciones hubieran sido superficiales e insuficientes, además, tenía la fantasía de que si me desempeñaba mal, está podía abandonarme y cambiarme por “el otro”. Interpreté los mecanismos con los que trataba de devaluarme para evitar percibir la envidia y el enojo que sentía por mí en transferencia y hacia los hombres que percibía potentes. Ya divorciada, estableció una relación con un hombre con la que se sintió feliz y con el cual goza plenamente de su sexualidad a pesar de que  no se encuentra en la posición económica holgada que su exmarido le proporcionaba.  Su exmarido mejoró aún más su economía ahora que ya no vivían juntos. La paciente comenzó a tomar consciencia de  que de alguna manera influía sobre los  hombres con los que compartía en intimidad para que no pudieran sobresalir.  Continué interpretando la envidia que experimentaba por la potencia viril y los mecanismos devaluatorios inconscientes que le impedían reconocer su propia potencia y capacidades.

En este caso nos encontramos ante lo que el derecho, el catolicismo y la sexología denominan cada uno desde su perspectiva como matrimonio no consumado, (o pareja no consumada). Este se caracteriza porque alguno de los integrantes de la pareja tiene la imposibilidad de poder practicar el coito con penetración vaginal. Él puede tener dificultades en la erección o ella padecer vaginismo. Ella puede tener una fobia a ser penetrada y él padecer de  eyaculación precoz, o ambos padecer inhibición en la libido. Estos trastornos pueden alternarse en el tiempo o ser concomitantes, pero se mantienen. Por ejemplo: cuando ella quiere, él no logra la erección; cuando él la logra, ella presenta vaginismo; si ella logró relajar sus músculos pélvicos, él presenta eyaculación ad porta, etc. Este sistema de interacción patológica en la pareja se mantiene entre ambos, como ocurrió en el caso anterior en donde la paciente representaba con su síntoma el rechazo que sentía por su marido y la fantasía inconsciente de castrarlo.  Cuando la paciente logró desinhibir sus impulsos agresivos y hablar sobre los mismos, el vaginismo comenzó a ceder. A este movimiento, le correspondió en respuesta la disfunción eréctil del marido que parafraseando a mi paciente, “perdió lo macho”. La fantasía representada por esta frase era que le había robado el pene y la potencia a su marido.  Probablemente el marido actuó con su disfunción la fantasía inconsciente complementaria, es decir, inconscientemente temía  ser castrado y dañado por la vagina de su esposa en retaliación por sus comportamientos agresivos, razón por la cual temía penetrarla para protegerse.

Algunos de los desencadenantes comunes para solicitar consulta  cuando se padece vaginismo, suelen ser: lograr disfrutar de la sexualidad, temor a que la pareja se separe, o el deseo de tener hijos. Las inhibiciones del coito no son las únicas inhibiciones genitales. La inhibición psicogénica de la procreación puede influir en el curso de un embarazo y el parto, actuando sobre las funciones musculares, de la circulación y el metabolismo. Las mujeres que quedan embarazadas inmediatamente después de haber adoptado un niño lo confirman. Mujeres que sufren de esterilidad o infertilidad, pueden estar inconscientemente manifestando distintos tipos de mecanismos que se oponen a la incorporación del pene, del semen o del feto, defendiéndose desde su particular estructura de personalidad. La comprensión de las ansiedades paranoides y depresivas a la luz de los conceptos kleinianos sobre la envidia temprana como factor central, nos permite profundizar en el significado de los mecanismos psicosomáticos en los desórdenes de esterilidad e infertilidad.  Langler, M. (1958) plantea que la incapacidad de la niña para identificarse con la fertilidad de la madre es el factor predominante para que en el futuro desarrolle problemas de infertilidad. Esta incapacidad es consecuente a las fantasías hostiles y envidiosas dirigidas hacia la fertilidad de la madre. Las consecuencias de la envidia pueden ser aún peores cuando algún evento histórico adverso (abortos o daño a la madre) le hacen creer a la niña que ha destruido a los objetos amados más allá de la reparación. En la edad adulta  oscilará entre reacciones paranoides y depresivas hacia el embarazo. Langler condensa los fenómenos psicosomáticos de la esterilidad e infertilidad de la siguiente manera:

  • La barrera superficial a la que recurren las mujeres que temen embarazarse  son en principio la fobia a la desfloración o al coito y posteriormente el vaginismo.  Usualmente el vaginismo aparece cuando se resuelven las  resistencias fóbicas.
  • La anorgasmia es otro intento de defensa pero de carácter fantástico. La mujer anorgásmica, al no sentir durante el acto sexual está negando la presencia de un pene persecutorio en su vagina eludiendo así las consecuencias peligrosas.
  • Otras mujeres recurren a la expulsión del semen, previniendo su pasaje a través del canal cérvico. Utilizan el mismo mecanismo que ocurre en algunos abortos en donde la fantasía es la expulsión del enemigo.
  • Los espasmos de los oviductos son la defensa más íntima y primitiva contra la impregnación. Debajo de la fachada histérica se puede percibir una actitud autística de cerrarse a sí misma de un mundo que es percibido como hostil.   

La mujer estéril logra embarazarse debido a sus impulsos de reparación pero esto no quiere decir que durante el embarazo no crezca también, en la fantasía, el objeto persecutorio que amenaza con dañarla a ella y a sus contenidos valiosos en venganza por la envidia dirigida hacia su madre ahora proyectada sobre el feto. 

El siguiente caso que desarrolló vaginismo en distintos momentos nos permitirá apreciar algunos de estos fenómenos.

Caso-2: Liza una mujer de 26 años, hija de familia y soltera. Después de dos años en análisis me hizo una enigmática pregunta que me sorprendió: “¿Por qué no quedo embarazada si no utilizo ningún método anticonceptivo?”. Esta declaración, más que pregunta, provocó que me confrontara internamente debido a que había asumido desde el principio que ella utilizaba algún método anticonceptivo. Sentí que no la conocía, que me encontraba ante una persona extraña que cuestionaba su fertilidad.  A partir de sus asociaciones se reveló la fantasía inconsciente de tener un cuerpo de niña, y que no quedaba embarazada debido a que las niñas no quedan embarazadas. Decía que aunque su cuerpo había cambiado externamente, internamente era una niña.  Esta fantasía de un cuerpo infantil, o de una mujer atrapada en una crisálida psíquica que sofoca el desarrollo, estaba claramente representada por el vaginismo que experimentaba y que había sido confirmado por su ginecólogo quien tenía dificultades cuando intentaba realizarle la revisión pélvica.  Lo mismo ocurría cuando tenía relaciones sexuales, le costaba trabajo lograr el coito y la penetración era dolorosa debido a la contractura muscular.  Sentía que solo un hombre agresivo podría penetrarla mediante el uso de la fuerza [3]. Liza pensaba que tenía una vagina pequeña, “como de niña”, incapaz de tener relaciones satisfactorias, de experimentar orgasmos y menos aún de quedar embarazada. No había logrado identificarse con la capacidad reproductora de su madre a quien vivía como un ser invasivo que la controlaba y que no la dejaba crecer. Liza sentía que su madre no la protegía y la responsabilizaba de los abusos sexuales de los cuales fue objeto en su infancia como consecuencia de la falta de cuidado y vigilancia parental. Negar su cuerpo de mujer representaba un intento de borrar el cuerpo objeto del abuso.  El dolor durante el coito consecuencia del vaginismo le reforzaba la creencia de tener una vagina infantil y que sus parejas eran agresivas. La paciente a lo largo de su análisis había manifestado una constante envidia por los hijos de sus hermanos y por sus amigas que se embarazaban. Fantaseaba con la muerte de los adultos y de cómo ella se quedaba a cargo de las respectivas proles. Para Liza, el embarazo era “como si le quitaran algo a alguien”.

Trabajamos sobre sus fantasías de retaliación y sobre la constante envidia que sentía hacia las mujeres que tenían bebés como defensa para negar su propia capacidad reproductora. Un día declaró que estaba embarazada y lo corroboraba con información objetiva: tenía el abdomen abultado, su menstruación se había retrazado dos meses, tenía ascos, vomitaba y sentía que sus pechos estaban creciendo. Agregó que no había tenido relaciones sexuales, y creía que su embarazo, en ausencia de un varón progenitor, era por partenogénesis. Inicialmente interpreté la fantasía narcisista de no necesitar de un hombre para quedar embarazada, aceptó la interpretación agregando que si las cosas fueran así se ahorraría toda la problemática de tener que “lidiar” con los hombres y la sexualidad. Solía soñar con toros que la perseguían y la dañaban con los cuernos. Asociaba al toro y los cuernos con el temor a los hombres y a un coito agresivo. Le interpreté en transferencia su deseo inconsciente e incestuoso de tener un hijo conmigo. Ella confesó que fantaseaba con la idea de que yo la forzara a tener relaciones sexuales. Interpreté sus fantasías y temores infantiles de ser violada y destruida internamente.  Cuando disminuyó la ansiedad. También interpreté que su falso embarazo simbolizaba un intento de incorporar mis interpretaciones dentro de ella para así poder llevarlas consigo fuera de sesión. Que no se trataba de un robo sino de un deseo de identificación con mi capacidad procreativa.  Estas interpretaciones consiguieron aliviar la pseudociesis [4].  Entró en franca depresión reactiva cuando menstruó, pero el vaginismo cedió.  Meses después logró titularse (hijo simbólico con el padre que estudió la misma carrera), y quedó embarazada. Su novio le dijo que no podía tomar la responsabilidad de la criatura. Liza decidió practicarse un legrado por sentirse incapacitada para enfrentar la maternidad sin una pareja que la apoyara. Interpreté como con esta acción se desquitaba inconscientemente de su novio, y que además pretendía protegerse así de la envidia antes dirigía a sus hermanos y amigas. Aceptó la interpretación sin que esta modificara su decisión. En su revisión ginecológica, posterior al legrado, el médico le informó que se había quedado un “pedacito” dentro de ella por lo que era necesario que tomara antibióticos para prevenir infecciones y que esperarían un tiempo para que su cuerpo lo expulsara naturalmente. Liza estaba muy angustiada y comenzó a pensar que en cualquier momento se iba a infectar. Le interpreté  la fantasía inconsciente de que el pedazo se fuera a vengar de ella en venganza por el legrado. Está interpretación la tranquilizó, sin embargo, manifestó nuevamente vaginismo en los exámenes ginecológicos.  Paralelamente comenzó permanecer callada y adoptaba una posición rígida en el diván, tenía problemas para asociar libremente y decía que sentía que algo estorbaba sus pensamientos. Lo mismo pensaba con respecto a su vagina, decía que había algo en ella que impedía cualquier tipo de penetración. En la contratransferencia me sentí impotente ante su cuadro, como si mis interpretaciones se hubieran agotado o estuvieran incompletas. Interpreté entonces la fantasía de haberse quedado con un pedazo del pene dentro de ella y que no lo quería “soltar” ni que se lo “quitaran”.  A esta interpretación respondió con varias asociaciones, entre estas destacaba el deseo de haber nacido varón en lugar de mujer y que de pequeña fantaseaba con la posesión de un pene.  Esto le permitió recuperarse del espasmo asociativo (vaginismo psíquico) en el que se encontraba.

La dificultad para separarse del pene[5] puede representar a nivel inconsciente un equivalente simbólico de la angustia de separación frente al pecho materno que posteriormente es desplazada al pene. Tuve una paciente con vaginismo que después de muchos esfuerzos lograba  el coito, entonces le pedía a su compañero sexual que no interrumpiera el coito, separándose de ella. Cuando eventualmente se separaban, ella entraba en depresión. Ocurría lo mismo cuando terminaba la sesión conmigo a la cual trataba de aferrarse el mayor tiempo posible. Jacobson, E. (1976) describe casos de mujeres cuya catexia narcisística ha sido desplazada de los genitales hacia el objeto amado, en estos casos, la angustia de castración era regresivamente equivalente al temor de perder al objeto amado.  Señala que no todas las mujeres con esta organización son necesariamente frígidas, siempre y cuando no exista ninguna amenaza real o fantaseada de perder a la pareja amada de quien se aferran ansiosamente. Cuando esto ocurre, suelen reaccionar con frigidez, vaginismo y depresión patológica. Estas mujeres se perciben inconscientemente sin genitales, por lo que dependen totalmente de su pareja para alcanzar el placer durante el coito y están totalmente inhibidas en cuanto a la masturbación. Estas relaciones están marcadas por una fuerte identificación narcisista con el hombre y su pene  llevando a cabo  la ecuación pene = vagina. Experimentan el genital de la pareja como propio, como una extensión de su cuerpo.  El conflicto se resuelve a través del descubrimiento de los genitales propios restituyendo la autoestima al descubrir que poseen un órgano sexual de su propiedad y valorado.

Vaginismo, envolturas y desgarres

La experiencia que tienen los bebés de los orificios en el sentido de la incorporación o de la expulsión es muy importante, solo existe orificio en tanto se relaciona con una sensación (Anzieu, D., 1992). Así no solamente se llega a la noción de un límite entre lo externo y lo interno, sino también a la confianza necesaria para lograr el control de los orificios. La sexualidad genital, incluso autoerótica, solo es accesible a los que han adquirido un sentimiento continuo de seguridad. No se puede sentir confianza en el funcionamiento, si no se posee un sentimiento básico que garantice la integridad de la envoltura.  Bion teorizó con la noción de “continente” psíquico, que las angustias de despersonalización están ligadas a una envoltura perforable, y a la angustia de un derrame de la sustancia vital por los agujeros.  Coppini (1999) sostiene que el vaginismo puede encubrir un núcleo psicótico en la personalidad. 

Alizade (1992) describe los efectos intersubjetivos resultantes del intercambio con los otros significativos, a la luz de dos conformaciones imaginarias: la envoltura y el desgarro.  En la envoltura se juega la categoría de lo continuo y en la segunda lo discontinuo. Ambos pueden inscribirse de lado de la normalidad o de la patología. Hay envolturas que alivian, contienen y protegen, y envolturas que asfixian, aprietan y destruyen.  A su vez, los desgarros pueden ser dañinos o tróficos en tanto constituyen cortes que liberan de una estructura rígida, o crisis reorganizadoras, etc.  El desgarro en el último caso puede interrumpir una continuidad patológica.

Caso-3: Cristina, a sus 29 años, es una profesionista independiente, vive en un departamento sola y desde que inició su actividad sexual sufre de vaginismo.  Refiere que tiene mucho temor de salir con hombres debido a que las relaciones sexuales le resultan dolorosas y casi nunca logra el coito.  Además, es irregular en sus períodos a pesar del tratamiento ginecológico.  En el análisis asocia sus síntomas con el temor que le tenía a su padre quien llegó a golpearla en repetidas ocasiones durante su infancia.  No solamente se sentía amenazada físicamente, también psíquicamente puesto que sentía que su padre constantemente quería imponer en su mente pensamientos ajenos a ella, está situación se revivió en la transferencia en donde le interpreté la fantasía de violación paterna en función de sus temores infantiles. Cristina creía que su condición de mujer la colocaba en desventaja frente a sus hermanos varones, razón por la cual viste ropa masculina pretendiendo ocultar así su femineidad. Con el tiempo, logramos una alianza terapéutica estable en un ambiente de confianza.  Cristina, en ocasión de su cumpleaños, decide salir con un varón que había conocido recientemente y a pesar de su vaginismo, decide animarse a sostener relaciones sexuales. Cristina se sorprende al notar que logra la penetración sin dolor alguno, sin embargo, al levantar la mirada nota que hay sangre sobre la camisa de su compañero, se asusta y piensa que está herido. Su compañero con actitud comprensiva, le dice que no tiene nada y le pregunta si se encuentra en su período.  Cristina le responde que no, que ella no menstrua, que lo más probable era que alguno se había cortado.  ¿Quién sangraba, ella, él, ambos? Nos encontrábamos en un terreno donde los límites entre el sujeto y el objeto se perdían. Como lo inconsciente permite todas las posibilidades, interpreté en consecuencia.  Debido a que no había experimentado vaginismo, inconscientemente sentía que los impulsos agresivos podían escaparse o meterse ya que no existía la barrera protectora. Ella sentía que había dañado fantásticamente el miembro de su compañero y también había sido dañada por el pene, y ambas cosas, todo concurría inconscientemente. Señalé que por sobre todas las cosas había logrado tener una relación sexual sin dolor ni contracturas y la felicité por permitirse recuperar a la mujer, señalándole que el sangrado representaba su renacimiento hacia la femineidad.  Cristina se sorprendió al escucharme y me relató que en su primera menstruación nadie la había apoyado y que la vivió como una experiencia negativa que le provocó mucha confusión y que la asociada a sentimientos de inferioridad y asco. El desgarro de su síntoma le permitió salir de la continuidad patológica que la aislaba socialmente recuperando así la regularidad de su periodo. En el análisis pasamos de una situación de impasse a una crisis reorganizante que le permitió “derramar” sus contenidos sobre  mí con la confianza de que no me iba a dañar, ni se iba a  vaciar  internamente.

En Cristina se revela sin dificultad que el rechazo a incorporar el pene estaba ambivalentemente asociado a dos situaciones:

  • miedo por el pene ( a dañarlo)
  • miedo al pene (ser dañada)

Horney (1926)  señala el temor de las niñas al tamaño y potencia del pene del adulto, y al daño imaginado al interior del cuerpo en las relaciones sexuales, recordemos el caso de Liza. Tambiéninsiste en los temores al pene del padre que refuerzan  los problemas en torno a la menstruación (Horney, 1933a) tal como ocurrió con el ciclo menstrual de Cristina.  Las fantasías sexuales inconscientes de las niñas pueden adquirir la representación de una violación por parte del adulto varón en función de sus temores, está fantasía se manifestó transferencialmente en la sesión cuando Cristina temía que yo la fuese a dañar.  No solo existen fantasías persecutorias con respecto al padre, Melanie Klein mostró  material clínico de niñas que se sienten amenazadas en su integridad física por parte de la madre, y que  temen el daño a sus genitales, a su cuerpo y a sus contenidos (recordemos el caso Liza).  Horney, (1933b) sostiene que el vaginismo, la frigidez, los trastornos menstruales y muchos problemas ginecológicos se pueden explicar por conflictos de origen infantil conectados con la ambivalencia hacia los hombres y temores a los genitales masculinos.

Gassner señala que debido a la posición anatómica de los genitales femeninos, se puede crear la fantasía inconsciente de que hay una comunicación abdomino-vaginal. El miedo al pene no solo es asociado a los genitales sino que puede incluir a la cavidad abdominal pudiendo explicar así los temores al coito durante el embarazo ante la idea de que el pene puede perforar el producto. Estos temores, pueden relacionarse a fantasías infantiles recurrentes de haber dañado el centro creativo de la madre.  El deseo de tener un bebé puede reasegurar a la mujer de su capacidad interna de reparación, y tener un hijo saludable confirma que las fantasías destructivas han sido libidinalmente neutralizadas (Gassner,  S.M.  2001).

En cuanto a la simbolización del pene como cuchillo o instrumento punzocortante, puede ocurrir que en aquellas mujeres que padecen de vaginismo se exacerben las angustias anteriores y posteriores a una intervención quirúrgica.  El bisturí-pene del cirujano puede evocar angustias persecutorias y percibirse como un bisturí desgarrante y destructivo. El trabajo terapéutico debe dirigirse a la neutralización de las proyecciones y fantasías agresivas para abrir paso hacia  la percepción de un bisturí que abre y transforma internamente en pro de la salud.

Con respecto a la virginidad, el cuerpo y la psique discurren el uno sobre el otro, a la virginidad del cuerpo se acopla la de la mente.  La virgen delimita su capacidad de estar fértilmente a solas  y potencialmente “abierta ante la posibilidad de abrirse” en la relación con el otro.  Sin embargo, muchas veces la virginidad puede actuar como una coraza fálica (Alizade, 1992) que impide que la libido pueda ir en busca de otro cuerpo adquiriendo un poder fálico impenetrable representado corporalmente por el himen. Esta coraza fálica-narcisista está inscrita en el psiquismo  pudiendo hallar su expresión a manera de una contractura caracterológica que se resiste sistemáticamente a la receptividad ante los otros impidiendo el desarrollo de la receptividad psíquica, debajo de esta actitud caracterológica puede existir  una profunda resistencia para abrirse ante un mundo que es percibido como hostil.

Hemos visto como el vaginismo puede tener determinantes físicos y psíquicos afectando a las mujeres de distintas maneras, además repasamos la importancia del diagnóstico.   El vaginismo no necesariamente afecta con exclusividad a la mujer que lo padece, puede expresar la conflictiva de la pareja y manifestándose en la transferencia y la contratransferencia. Son varios los factores etiológicos y las fantasías inconscientes, tanto edípicas como preedípicas que encuentran su expresión en este síntoma. Se expusieron varios casos con vaginismo en donde pudimos apreciar la predominancia de la angustia de castración, las envidias tempranas y la ambivalencia, así como su relación con la fertilidad y el embarazo, además de la posible presencia de núcleos psicóticos en algunos casos.


Referencias

  • Abraham, K. (1922). Manifestations of the female castration problems. International Journal of Psychoanalysis, 3:1-29 V
  • Anzieu, Didier (1994). El yo-piel. Biblioteca Nueva. Madrid.
  • Alizade, Alcira M. (1992). La sensualidad femenina. Amorrortu Editores. Buenos Aires.
  • Código de derecho canónico (1983). Juan Pablo II. Ed. Librería Editora Vaticana. Roma.
  • Coppini, A. (1999). A case of primary vaginismus. International Forum of Psycho-Analysis, 8:49-52
  • DSM-IV, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.
  • Fenichel, O. (1991). Teoría Psicoanalítica de las Neurosis. Editorial Paidós. México
  • Gassner, S. M. (2001). The central role of pathogenic expectations and beliefs in a case of intense genital damage anxiety. Psychoanalytic Psychology, 18:92-119
  • Horney, K. (1926). The flight from womanhood. International Journal of Psychoanalysis, 12 , 360-374
  • Horney, K. (1933a). The denial of the vagina. International Journal of Psychoanalysis, 14 , 57-70.
  • Horney, K. (1989b). Factores psicogénicos en los trastornos funcionales femeninos.  Psicología  femenina. Alianza  editorial.  México.
  • Jacobson, E. (1976). Ways of female superego formation and the female castration conflict. Psychoanalytic Quarterly, 45:525-538
  • Langer, M. (1958). Sterility and envy. International Journal of Psychoanalysis, 39:139-143
  • W. Masters y V. Johnson (1981). Respuesta sexual humana, Ed. Intermédica. Buenos Aires.

[1]  “El matrimonio no consumado entre bautizados, o entre parte bautizada y parte no bautizada, puede ser disuelto con causa justa por el Romano Pontífice, a petición de ambas partes o de una de ellas, aunque la otra se oponga”.  Canon 1142  del  Código de Derecho Canónico, 1983.
[2] El denominado pene cautivo es normal en el acoplamiento de algunas especies animales como los cánidos pero es solo un mito entre los humanos que puede expresar temores inconscientes de castración e impulsos retentivos. También podemos encontrar un divertido desplazamiento de este mito que va de los genitales hacia la boca, en los adolescentes con brackets que temen quedar atorados mientras se besan.
[3] Fantasía de violación.
[4] Falso embarazo.

[5] También puede aplicar lo contrario. El varón  que tiene dificultad para separarse de la vagina puede estar expresando por identificación proyectiva la siguiendo la fórmula: vagina = boca, pene = pezón.

  • Doctorante en Investigación Psicoanalítica  y Maestro en Psicoanálisis.
  • Miembro titular y Director de Medios Electrónicos de la Sociedad Psicoanalítica de México.
    Profesor del Instituto de Estudios de Pósgrado en Psicoanálisis y Psicoterapia y del Colegio de Consultores en Imagen Pública entre otros.


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