2942b269-daf4-4e92-a0ce-d29942a5aac8_268Por: Amapola Garduño
 “El hombre tiene la necesidad de establecer hasta en el más genuino amor una relación de poder” (Amapola Garduño).
El hombre no concibe a la mujer como su semejante. A través de los siglos se ha demostrado que la existencia de la mujer se ha caracterizado por el sometimiento y la subordinación. Se ha percibido a la mujer como un ser pasivo e inferior, su presencia en este mundo sólo ha adquirido sentido en tanto puede procrear y puede servir al otro, es por ello que su relación con el varón la ha definido. Contrariamente, la existencia del hombre ha sido concebida como un hecho ineluctable, un derecho. Así, Beauvoir S. (2013), en su obra “El segundo sexo” afirma que el hombre se ha instaurado como “Sujeto”, mientras que la mujer ha sido definida como lo “Otro”, lo in-esencial, que no retorna jamás en lo esencial. Por ello, ha sido útil mantener a la mujer en un estado de perpetua dependencia, hecho que puede ser confirmado en la literatura, las religiones, los mitos y tabúes que hablan acerca de la mujer, además:
“La mujer carece de religión y de poesía que le pertenezcan por derecho propio, ellas sueñan a través de los hombres y adoran a los dioses fabricados por varones” (Beauvoir S., 2013, pp. 142).
Una manera en donde se puede vislumbrar cómo ha sido entendida la mujer es en la mitología, ya que como mencionó Aristóteles “el mito es más revelador que la historia” (Briseño A., 2015). Los mitos son creaciones imaginarias, cargados de simbolismos y al ser compartidos por un grupo permiten la proyección de múltiples contenidos inconscientes. Es sobre todo a través de los mitos que hablan sobre la mujer, como podemos aproximarnos a un entendimiento profundo sobre la forma en cómo ésta ha sido definida por el varón a lo largo de la historia.
“Desde una perspectiva psicoanalítica, el hombre a través del mito ha buscado encontrar una explicación al mundo circundante, asimismo, el mito constituye una tentativa de manejar las ansiedades surgidas de los conflictos inherentes a la existencia. Si conocemos los mitos, también conocemos modelos, símbolos y valores existenciales proyectados en ellos. Los mitos conforman una vía fundamental para acceder al inconsciente individual y colectivo, por lo tanto, la labor analítica permite la correspondiente interpretación de éstos. El mito, entonces, sería una fantasía inconsciente expresada por un individuo o por un grupo” (Briseño, A., 2015 pp 71).
La figura femenina que se nos presenta en los mitos ha sido investida de múltiples contenidos inconscientes: deseos, fantasías, temores, ideales, etcétera, mismos que vale la pena comprender y analizar; quizá de esta manera podamos entender por qué la mujer ha sido situada a lo largo de la historia como un ser inferior y dependiente del hombre, pese a que esto, afortunadamente esté cambiando. En este trabajo expondré algunos mitos y tabúes que hablan sobre la condición femenina y otorgaré una interpretación psicoanalítica.
 
La Leyenda del Génesis y el pecado original
A través del cristianismo, la leyenda del “Génesis” se ha perpetuado en la civilización occidental. “En las primeras páginas del Génesis hay dos narrativas sucesivas de la creación. “Dios creo al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra creó”(Génesis 1, 27). La segunda nos cuenta que Dios, con el objeto de proporcionar a Adán una ayuda idónea, lo hizo caer en un profundo sueño, le quitó una de las costillas y con ella “le hizo una mujer” (Ibid, 2, 21-25)” (Mangel A. 2015).
La pareja vivía en el paraíso, cierto día Dios como padre puso a prueba la obediencia de sus hijos, para ello, les dio el siguiente mandato: “Podrán comer de todos los frutos de este lugar a excepción de los frutos del árbol del conocimiento” (pecado original). La pareja aceptó fielmente el mandato, sin embargo, después de un tiempo Satanás se apareció ante Eva en el “árbol del conocimiento” en forma de serpiente y la tentó a comer de su fruto, prometiéndole que si comía de esos frutos alcanzaría la sabiduría. Así fue como Eva comió del fruto prohibido y convenció a Adán de comerlo también. Ante la falta de obediencia de la pareja, Dios los castigó y los expulsó del Paraíso, de esta manera se convirtieron en seres mortales y los condenó al dolor, a la vergüenza y al trabajo. Posteriormente, dictó el siguiente castigo: “trabajarás con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás” y tú mujer “parirás a tus hijos con dolor”.
El nacimiento de Eva , aunque afortunado, fue un accidente con propósito: llenar el vacío de la soledad de Adán. Es significativo que ella surgiera a partir de la costilla del hombre, puesto que refleja la superioridad incuestionable de Adán, en tanto varón. Se puede observar que la existencia de la mujer no se explica por sí misma, sino en tanto cubre una necesidad ajena, su valor radica en la función que puede ejercer. Ella nació para satisfacer a Adán, fue dada para ser poseída y que su existencia en el mundo estuviera marcada por la inferioridad. Ante esto, Beauvoir S. (2013) menciona: “Eva tiene en su esposo su origen y su fin, es su complemento sobre el modo de lo in-esencial, por ello aparece como una presa privilegiada, de esta forma se refleja la maravillosa esperanza que a menudo ha puesto el hombre en la mujer: él espera realizarse como ser, al poseer carnalmente a la mujer. La existencia de la mujer refleja una falta o carencia propia del hombre”. Por otra parte, la mujer es poseedora de algo de lo cual el hombre necesita defenderse a través de su posesión y mediante su sometimiento, pero ¿Qué es eso de lo cual el hombre necesita defenderse?
Existe un profundo temor inconsciente que la madre pre-edípica ha generado en el hombre. Freud, André Green, Melanie Klein, Jones, Abraham y otros psicoanalistas han hablado de esto, acuñando el término de “la madre fálica”. Dicho concepto, no concierne a la posesión por parte de la mujer de un pene igual al del hombre, sino que se refiere a una imagen temible, amenazadora y profundamente inquietante de la mujer (Green A. s/f en Grinberg L., 1977). Esta desvalorización de la figura femenina puesta en escena en la Leyenda del Génesis podría significar una defensa contra los temores de la figura grandiosa, temible y castrante que la “madre fálica” genera. En dicho mito, se niega no solo la función reproductora de la mujer, sino su carácter materno, puesto que Dios, figura masculina, es el encargado del nacimiento de estos seres y Eva surge de la costilla de Adán, no nace como un sujeto independiente, sino que es extensión del varón. Lo anterior podría simbolizar la situación de dependencia que el bebé siente hacia su madre en la etapa oral del desarrollo, en donde es vivido nada más y nada menos como la extensión de su madre.
Esta necesidad del hombre, en este caso de Adán, de llenar el vacío producto de su soledad, nos remonta a la imperante necesidad y dependencia que el bebé siente hacia su madre, puesto que en sus manos está la fortuna de su supervivencia o la desgracia de su muerte. Existe nuevamente en la leyenda del Génesis, una negación de la capacidad omnipotente que la madre pre-edípica tiene en relación con su hijo, igualmente, se vislumbra una “transformación en lo contrario”: Eva, en tanto ser inferior nace, como lo explica Beauvoir S. (2013), para ser la presa de Adán, es decir, para ser poseída.
Como se puede observar, simbolizado a través del mito, el hombre ha necesitado defenderse de la representación temible que la madre fálica ha dejado en su inconsciente, mediante el sometimiento continuo de la mujer. Para explicar lo anterior, haré alusión a la teoría de Melanie Klein, ella sostiene que la relación primitiva madre- hijo, funge como modelo de las relaciones ulteriores del individuo, existe como posición inicial dentro de la psique del bebé la “escisión” de las pulsiones con relación al objeto primario, distinguiendo el “objeto bueno” y el “objeto malo”, de acuerdo con la satisfacción o la frustración de la necesidad oral. Dicha escisión inicial configura el signo de la estructuración primitiva de la relación primaria, forma a través de la cual se significan para el sujeto la presencia y la ausencia maternas, la satisfacción y la falta, la existencia y la aniquilación. De acuerdo con esta relación de objeto parcial, el niño puede vincularse con la parte benéfica del objeto, sin embargo, el rasgo negativo de la relación materna asumirá su significación por su ausencia, misma que construirá “el deseo” del niño (Green A. s/f citado en Grinberg L., 1977).
Siguiendo la misma línea, Green A. (s/f) señala que el funcionamiento psíquico del sujeto se configura a partir de la carencia y la plenitud, organizando alrededor de la falta los esbozos de las primeras fantasías: “la madre posee más de lo que da al bebé y lo que logra apropiarse de ella nunca se retiene lo suficiente ni durante un tiempo prolongado”. Cuando el bebé es separado de la madre se constituye la alucinación de lo que en un inicio fue el movimiento de unión, de esta manera la fantasía y el sueño pondrán en escena el deseo del bebé, manifestado por la carencia sentida. Dicha falta aparecerá así con la forma de un sujeto, o si no, con los rasgos de un Otro, excluyéndose así de su representación, aparece aquí el pene del padre.
Lo anterior, otorga enorme sentido a la premisa enunciada por Simone de Beauvoir que sostiene que “la existencia de la mujer refleja una falta o carencia propia del hombre”. Dicha falta constituiría, en términos de Green A. (s/f) el deseo a través del cual fue significado el niño, puesto que su madre representó ese estado de plenitud inalcanzable, es a través de esta primera relación que se instauró la incompletud del sujeto, la primera castración, vacío que únicamente puede ser llenado mediante el significante de un Otro. La posesión de la mujer entonces reflejaría la negación de dicha falta, sin embargo, aquello resulta una victoria inalcanzable.
Considero que la primera escisión realizada por el niño, teorizada por Melanie Klein, tiene un papel preponderante en la significación de la figura femenina. Regresando al mito, la parte negativa, propia del “objeto malo” kleiniano, así como los deseos sádicos que el niño sintió hacia su madre, son proyectados hacia la figura de Eva y a la mujer en general, es entonces cuando el cuerpo de la mujer es visto como pecado, su existencia es la enemiga del alma, la mujer es, al igual que Eva, la encarnación del pecado original.
Eva fue incitada por Satanás, disfrazado de serpiente, para comer del fruto del árbol de la sabiduría. El crimen de Eva consistió en adquirir poder a través del conocimiento y por ende es castigada. Podemos observar en la Leyenda del Génesis, así como en otros mitos, la afinidad de la mujer con la serpiente (símbolo fálico). Nuevamente, lo anterior nos remonta a la función que la madre fálica tuvo en relación con su hijo, puesto que es a través del vínculo con la madre en el primer año de vida como se instauran las primeras representaciones mentales en la psique del niño. Para el bebé, su madre es un ser omnipotente y omnisapiente, puesto que es ella quien conoce sus necesidades vitales y quien proporciona la satisfacción y frustración correspondientes. No obstante, existe una necesidad propia del varón de castigar y someter a la mujer poseedora del conocimiento, puesto que el conocimiento es poder, la mujer con poder remite al varón a la representación mental de su propia madre fálica, tan temida y enviada.
Eva empuja a Adán al pecado, ella es la culpable de su expulsión del paraíso y de su lamentable llegada a la tierra en donde está destinado a convertirse en un ser doliente. Dios dijo: “de la tierra fuiste tomado, pues polvo eres y en polvo te convertirás”. En dicha premisa se instaura la condición mortal del hombre, su finitud y su in-permanencia. Culpa a la mujer-madre de ser un Dios fracasado, destinado a la muerte, un sujeto en falta y por lo tanto un ser castrado. La madre es simbolizada como “la tierra”: “de ella fuiste tomado”, es decir, la madre es quien da la vida, pero, al mismo tiempo, el nacimiento arranca al bebé de la plenitud vivida en el vientre materno, simbolizado como “el paraíso”. Asimismo, regresar a la tierra en condición de polvo, representa un terror tan profundo a quedar simbiotizado por la madre, equivalente a morir.
Ahora la vida de ese ser depende de su madre quien es la que le otorga el mayor placer al apaciguar la tensión del hambre, pero al mismo tiempo es la encargada de frustrarlo y de herirlo narcisísticamente; es la que le muestra la cara del sufrimiento y es quien le otorga el sello de su condición mortal. La madre es vida y muerte a la vez. Es preciso citar en este momento un fragmento del poema de Michel Leiris, titulado “La mère”:
La madre en negro, malva, violeta, ladrona de noches, es la hechicera cuya secreta industria os pone en el mundo, la que os acuna, os mima, os amortaja cuando no abandona, postrer juguete en vuestras manos, que lo depositan dulcemente en el féretro, su cuerpo encogido (…)
La madre, estatua ciega, fatalidad erguida en el centro del santuario inviolado, es la naturaleza que os acaricia, el viento que os inciensa, el mundo que os penetra todo entero, os eleva al cielo (arrebatado sobre múltiples espirales) y os pudre (…)
La madre, ángel de la muerte que acecha, del universo que enlaza, el amor al que rechaza la ola del tiempo, es la concha de insensato grafísmo, generadora de círculos para las aguas olvidadas. (Michel Leiris , citado en Beauvoir S. 2013, pp177)
A continuación expondré la profunda ambivalencia propia de la figura materna, puesta en escena en diversos mitos.
 
La figura de la mujer- madre en su relación con la Naturaleza
La naturaleza es poseedora de un profundo misterio, su esencia es indescriptible y su poder es inefable, nos encontramos ante un terreno conocido y desconcertante a la vez. El hombre se vive victorioso al sentir que controla y explota a la naturaleza; de esta forma pretende dominarla, saquearla, explotarla y entenderla, sin embargo, a veces ella es quien lo aplasta, lo consume, lo mata y lo devora. En ella encontramos la más grande fuente de vida y al mismo tiempo es el reflejo de la muerte en su máxima potencia. La naturaleza suscita per se una enorme ambivalencia.
Esto lo podemos entender si se explica el término antropomorfismo, que es la creación de los dioses que el hombre hace a su imagen y semejanza, parecido a lo que sostiene Beauvoir S. (2013) cuando dice que existe una multitud de analogías entre la figura de la mujer- madre y la naturaleza, mismas que podemos observar en diversos mitos. La mujer, de acuerdo con la autora, representa la intermediaria deseada entre la naturaleza extraña al hombre y lo semejante que le es demasiado idéntico. El hombre busca en la mujer lo Otro en tanto naturaleza y como su semejante.
Así, nos adentramos a un terreno abstracto, oscuro y desconocido, como el navegante quien en medio del océano se enfrenta a los más intensos miedos o como el alpinista quien en su intento de escalar la montaña y llegar a la cima, lucha contra el abismo profundo y cruel que yace ante sus pies, dispuesto a tragárselo. El hombre triunfa cuando siente que domina a la naturaleza, no obstante, como afirma Beauvoir S. (2013) éste únicamente se vive como poseedor de la Naturaleza, cuando la consume, es decir, cuando la destruye. El mar, las montañas, la tierra, la noche, son representantes simbólicos de la figura de la madre.
El hombre necesita reparar su impotencia sentida ante la madre fálica, conquistando, saqueando y explotando a la naturaleza, del mismo modo como lo hizo en etapas primigenias de su vida, en donde deseó poseer a su madre y triunfar sobre ella. Melanie Klein sostiene que en un inicio, a consecuencia de la falta de la satisfacción oral, se instauraron las primeras fantasías: chupar el pecho, vaciarlo de su contenido y apropiarse de él, es gracias al sadismo oral como se puede llevar a cabo la introyección del objeto (Green A. s/f; citado en Grinberg L., 1977 ). Considero que los constantes deseos de dominio del hombre sobre la naturaleza, hecho a través del cual se define el progreso de la Humanidad, representan ese deseo arcaico de triunfo sobre una madre todo-poderosa.
El hombre pretende negar su pasividad inicial, así como la primera castración vivida en relación con su madre arcaica, por lo tanto, busca llenar su falta mediante el dominio de la mujer. Si la mujer es la intermediaria entre la naturaleza (símbolo de la madre) y el hombre, éste se vive triunfante ante la imago de la madre fálica cuando puede poseer a la mujer, puesto que ella funge como el objeto a través del cual somete a la naturaleza.
Beauvoir S. (2013) alude que si la mujer está destinada para ser poseída, su cuerpo debe ofrecer las cualidades pasivas de un objeto, ella le es entregada al hombre como su bien y lo que el hombre reclama es que en el cuerpo de la mujer se refleje una auténtica artificiosidad y no la temible esencia de su naturaleza. Las costumbres y las modas femeninas se han encargado de resaltar la impotencia de la mujer, por ejemplo, a través del uso de tacones altos, crinolinas y ropajes incómodos; o bien, aspirando al ideal de belleza de la mujer delgada o sometida a cirugías estéticas; de esta forma, se presenta ante el hombre la mujer como su cosa.
En la mujer sofisticada, el hombre encuentra a la naturaleza, pero cautiva, es por ello que se siente triunfante al poseer a la mujer, es decir, hacerla suya como su objeto. De esta manera aminora los temores inconscientes de aniquilamiento, castración y sometimiento que su madre fálica le ha delegado; no obstante, cuando la mujer presenta atributos fálicos se torna una temible amenaza para el varón.
Por otra parte, como se mencionó anteriormente, es la madre quien le recuerda al hombre su condición mortal, ella refleja el comienzo de la vida y la finitud de la misma. El niño encuentra en su madre los máximos placeres, pero al mismo tiempo, es en esta relación donde el infante encara el sufrimiento, reconociendo su impotencia y debilidad; lo anterior genera entonces profundos sentimientos ambivalentes hacia la madre. Jones (1932) afirmó que el temor primordial radica en ser aniquilado por la madre durante la etapa oral y es por la intensidad del sadismo durante esta fase como se gestan las principales fijaciones patológicas (Green A. s/f, citado en Grinberg L. 1977). Dicho sadismo de tinte oral, se ve reflejado en el consumo y destrucción que el hombre hace de la naturaleza, puesto que de esta manera se defiende de no ser aniquilado por la imago de la madre fálica.
La tesis freudiana afirma que el temor principal del hombre es la castración, sin embargo, Melanie Klein plantea que los terrores de aniquilamiento por la madre fálica son aún mayores. Así, Green A. (s/f) sostiene que la relación con la madre fálica se significa a través de la castración, siendo ésta un hecho trans-individual (Green A. (s/f), citado en Grinberg L. 1977). Entonces es la madre arcaica y no el padre edípico la que en un inicio perfila los terrores de castración, los cuales son vividos en realidad como temores de aniquilación, puesto que la madre fálica tiene una función depredadora.
Es a través del dominio y sometimiento de la mujer como el hombre puede cumplir el deseo de “castrar” a la madre arcaica. Sin embargo, al hombre le repugna hallar en la mujer la esencia temida de la madre, para algunos hombres la mujer se vuelve impura cuando es susceptible de engendrar y, por lo tanto, se aleja de ella en aquellos momentos en que está más entregada al papel reproductor, por ejemplo, durante la menstruación.
Algunos primitivos creen que durante el periodo menstrual la mujer está poseída por un espíritu maligno y, por consiguiente, es dueña de un poder peligroso, es por ello que cuando las mujeres están menstruando no se les permite cocinar ni acercarse a los alimentos, puesto que se asocia la sangre menstrual con la putrefacción y la descomposición de la comida. Asimismo, en algunas tribus se cree que el flujo menstrual es provocado por la mordedura de una serpiente, por ello los menstruos estarían contaminados con el veneno del animal rapante (Beauvoir S. 2013). De nuevo observamos aquí la afinidad existente entre la mujer y la serpiente en tanto símbolo fálico.
La sangre menstrual refleja para los integrantes de varias tribus la impureza de la mujer, puesto que aparece en el momento en que ésta puede ser fecundada, brotando de ese vientre en donde se crea el feto. A través de este ejemplo se puede vislumbrar el horror que el hombre experimenta ante la fecundidad femenina, el cual tiene sus raíces profundas. Nuevamente se remite a la representación de la madre fálica.
El hombre necesita defenderse de la representación de la madre preedípica; de acuerdo con Horney K. (1932), citado en Chasseguet- Smirgel (1999); fue ella objeto de los deseos agresivos del niño, su función prohibitiva, le hicieron dominarlo y frustrarlo; fue herido en su narcisismo provocando fuertes sentimientos de inferioridad y violentos deseos de venganza, asimismo, la autora plantea que el niño al presentar el impulso fálico de penetrar un órgano hueco, supo de manera consciente, preconsciente o inconsciente, la existencia en la madre de un órgano sexual complementario al suyo. No obstante, el niño al tener un pene pequeño, ser impotente y débil ante la imagen grandiosa de su madre, se siente incapaz de penetrarla.
De acuerdo con Horney K. (1932), el hombre para compensar su primer fracaso con su madre y negar los temores sentidos, debe recurrir a diversas soluciones: puede idealizar al objeto, rebajarlo e intentar triunfar sobre un gran número de mujeres, evitar el contacto con la mujer y entonces adoptar un tipo de elección de objeto homosexual, o bien, el desprecio sentido en un inicio por su madre se extenderá al sexo femenino en general (Horney, K. 1932; citado en; Chasseguet- Smirgel, 1999). Para ejemplificar lo anterior, expondré brevemente la siguiente viñeta clínica:
G., adolescente de 18 años de edad, acude a tratamiento psicoanalítico buscando definir quién es en términos de su identidad psicosexual. El joven presenta un profundo temor de estar sexualmente con una mujer, por ello vive un romanticismo total en sus relaciones de pareja, en donde dicho amor puro e idealizado, lo ha protegido de ejercer una sexualidad coital. El padre de G. es un hombre agresivo y violento, diagnosticado con Trastorno Bipolar (maniaco-depresivo), al mismo tiempo, es altamente dependiente de su esposa. Por otro lado, la madre del paciente funge como el sostén económico del hogar, es responsable con los cuidados de su familia y en palabras del paciente también es “sobreprotectora”; cuida de él, su hermana y su padre como si fueran todos sus hijos. Para G. identificarse con su figura paterna implica convertirse en un niño débil, miedoso e incapaz de subsistir sin la madre, de igual forma, implica ser en demasía agresivo.
En esta constante búsqueda de la identidad psicosexual del paciente, G. presenta la incesante necesidad de reafirmar su virilidad, para ello constantemente seduce a las mujeres, se muestra coqueto y busca ganar su aprecio y admiración. La postura seductora que el adolescente ejerce ante las chicas, simboliza el pene que el niño pequeño debe mostrar a su madre para reafirmar su virilidad y asegurarse que no ha sido castrado.
La madre del paciente es fálica, mientras que su padre es un hombre con carencias emocionales, berrinchudo e infantil.

  1. presenta un profundo temor ante el hecho de consumar el coito con una mujer, esto simboliza el temor inconsciente de sentirse devorado por la “vagina dentada”, lo cual simbolizaría el hecho de ser castrado y absorbido por su madre: fálica y engolfante. G. presenta un gusto excesivo por los lobos, aludiendo sentirse identificado con dicho animal, el adolescente dice: “Soy un lobo alfa y me puedo ligar a la que quiera, eso les encanta”. Por lo tanto, el miedo de ser castrado por la vagina dentada es transformado por el deseo de “ser el lobo conquistador de mujeres”. Para Gustavo resulta casi una necesidad demostrar ante todos que es el lobo “devorador” de mujeres, para así mantener alejado su profundo temor de ser engolfado por la madre fálica y por lo tanto castrado. Resulta viable que G. se identifique con su madre, aunque esto signifique adoptar una postura femenina, lo cual lo mantendría a salvo de la temida castración, empero, identificarse con su madre implicaría optar por la elección de un objeto de tipo homosexual”

 
Conclusión:
La asimetría entre los sexos es un hecho innegable. Debemos entender desde una óptica metapsicológica la causa y el origen sobre el maltrato, la subordinación y la posesión de la mujer como objeto sexual y no únicamente visualizarlo desde un enfoque social y cultural. En este trabajo otorgué una explicación psicoanalítica sobre dichos fenómenos, basándome en algunos mitos y tabúes y haciendo alusión a la representación de la imago de la madre fálica.
Lo que me gustaría resaltar a modo de conclusión es que el hombre presenta la incesante necesidad de someter a la mujer y triunfar sobre ella, puesto que de esa manera aminora los temores inconscientes de aniquilamiento, castración y dominación que la madre fálica le ha delegado. Asimismo, el hombre pretende negar su pasividad inicial y la primera castración vivida en relación con su madre arcaica, por lo tanto, llenado su falta mediante el dominio de la mujer. La existencia de la mujer refleja entonces, como bien lo dijo Simone de Beauvoir, una carencia propia del hombre.
 
Bibliografía

  • Beauvoir, S. (2013). “El segundo sexo”. Tercera parte: “Mitos” (pp. 139-202). México: Debolsillo. (trabajo original publicado en 1999).
  • Briseño A. (2015). “La mitificación de la envidia del pene”. Tesis para obtener el grado de Doctora en Investigación Psicoanalítica. Sociedad de Psicoanálisis y Psicoterapia.
  • Green A. (s/f). “Sobre la madre fálica”, en “Prácticas psicoanalíticas comparadas en las neurosis” obra de Grinberg L. (1977). México: Paidós.
  • Horney K. (1932). “El Miedo a la mujer”, en “La Sexualidad Femenina” resumen de Chasseguet-Smirgel (1999). Asociación Psicoanalítica de Madrid, Biblioteca Nueva.
  • Manguel A. (2015). “Curiosidad. Una Historia Natural”. México: Almadía.

 
 
Imagen: “Eva” (fragmento) / Durero
 
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