29_Primeros aniosAutor: Alicia Cabasso
“Todos venimos a este complejo mundo en un estado tal de desamparo que, si una persona adulta no se hiciera cargo inmediatamente de nosotros, no satisfaciera nuestras necesidades diarias y nos protegiera, no podríamos sobrevivir”, Cameron.
Fenichel asegura que las etapas más tempranas del ser humano solo se comprenden a través de la excitación y el relajamiento, hasta que el yo se va tornando diferenciado por influencia del mundo externo. Un recién nacido carece de yo y necesita que cuiden de él, no sabe controlar los estímulos y por eso se siente acosado, no tiene capacidad de ligar la tensión, no posee una conciencia clara y su sensibilidad es indiferenciada con respecto al placer y al dolor. El origen del yo comienza con el nacimiento: el organismo emerge de un entorno tranquilo para entrar en un estado de abrumadora estimulación con muy poca protección. Este estado de anegamiento por la excitación ocasiona un acentuado displacer que provoca la tendencia a liberarse del estado de tensión, y es cuando el mundo externo logra poner al bebé en condiciones de imponerse satisfactoriamente a tales estímulos que el pequeño se duerme. Luego aparecen nuevos estímulos, como el hambre, la sed o el frío, que lo despiertan. En los primeros vestigios de conciencia no existe la distinción entre yo y no-yo, todo se mide en mayor o menor tensión. La vida del niño transcurre en una alternación de hambre y sueño, en donde el hambre conduce al estado de tensión y por ende a la tendencia a liberarse de esta y que desaparezca con la saciedad para dar lugar a un estado relativamente exento de estímulos que es el sueño. En este estado de hambre aparecen los primeros signos de representación de objeto ya que la noción de que el mundo externo debe hacer algo para aplacar los estímulos conduce a crear su primera ansia de objeto. Antes de la aparición del “primer objeto” el niño depende de las personas que le proporcionan los cuidados que lo mantienen vivo, estas personas todavía no constituyen sus objetos en el sentido psicológico porque no existe la conciencia del mundo externo solo de su propia tensión o relajamiento. La primera conciencia de un objeto va surgiendo de un anhelo por algo que le resulte familiar al bebé, algo que gratifique necesidades.
Las fases de reposo, según Doltó, son mudas, mientras que las de excitación corresponden a la aparición de pulsiones. Los instintos de conservación no pueden diferir mucho tiempo su satisfacción sin amenazar la vida del sujeto.
Para Spitz, la etapa sin objetos coincide con el narcisismo primario que propuso Hartmann en 1939. Mientras Hartmann habla de ella como una fase indiferenciada, Spitz le da el nombre de etapa de no diferenciación porque la percepción, la actividad y las funciones del recién nacido no están lo suficientemente organizadas, salvo, hasta cierto punto, en aquellas zonas que son indispensables para la supervivencia, como el metabolismo, la absorción nutricia, la circulación y la función respiratoria. En esta etapa el recién nacido no sabe distinguir una cosa de la otra. Por eso, percibe el pecho satisfactor de sus necesidades y proveedor de alimento como una parte de él mismo.
Muchas observaciones confirman que el aparato perceptor del recién nacido se halla escudado del mundo exterior mediante una barrera contra los estímulos extraordinariamente alta que lo protege durante los primeros meses de vida de la percepción de los estímulos del medio ambiente. En estos primeros meses no existe la práctica del mundo exterior para el infante. Su percepción marcha a través de los sistemas interoceptivo y propioceptivo; las respuestas del infante se producen según la percepción de las necesidades comunicadas por estos sistemas.
Fenichel dice que el origen del yo y el del sentido de realidad son dos aspectos de la etapa del desarrollo. Somos individuos cuando nos sentimos separados y distintos de los demás. La suma de las representaciones psíquicas del cuerpo y de sus órganos es llamada la “imagen corporal” que constituye la idea del yo y también es de importancia básica para la ulterior formación del yo propiamente dicho. Se le llama “narcisismo primario” al primer estado en el que no existe representación alguna de objeto. La percepción primitiva es muy cercana a la motora: percibir significa un cambio en nuestro cuerpo por influencia del objeto percibido y luego la toma de conocimiento de este cambio corporal. Freud lo explica diciendo que mientras el organismo es objeto de una intensa inundación de estímulos del mundo externo, lo sufre de forma pasiva. La estructuración de un aparato de percepción, junto con un aparato de protección contra los estímulos demasiado intensos, conduce a una transformación de la actitud pasiva a activa. Las percepciones se producen rítmicamente por la influencia de las pulsiones motoras de las catexis, que pueden considerarse como una primera tentativa de control del mundo externo. Esta es la base de la diferenciación de sistemas de percepción y sistemas de memoria y el origen de una conciencia más diferenciada. Cuando se completa esta diferenciación el organismo ya puede protegerse de la excesiva afluencia de estímulos mediante la interrupción de la función de percepción. El yo que acaba de formarse ya puede sumirse en el ello. El bebé que quiere poner los objetos dentro de su boca es otra reacción primitiva. Es el hambre, con sus reiteradas perturbaciones de la paz del sueño, lo que obliga al reconocimiento del mundo externo. Reconocer la realidad es juzgar si algo ayuda a lograr la satisfacción, si uno ha de tragarlo o escupirlo. He aquí la base de toda percepción. Sin embargo, el yo primitivo es débil o impotente en relación con sus necesidades así como con el mundo externo. Pero debido a que el yo todavía no ha logrado separarse completamente del mundo externo a causa de englobar dentro de sí mismo partes del mundo externo, llega a sentirse omnipotente. La experiencia va obligándolo a renunciar a creer en su omnipotencia y ahora considera omnipotentes a los adultos que se han convertido en objetos independientes y por medio de la introyección trata de participar en su omnipotencia. Ciertos sentimientos narcisísticos de bienestar se caracterizan por ser experimentados como el hecho de unirse a una fuerza omnipotente en el mundo externo. La autoestima constituye la manera de hacerse cargo del individuo a la distancia que lo separa de la omnipotencia primitiva. El anhelo de retorno a la omnipotencia y el de eliminación de la tensión instintiva no se hallan diferenciados aún uno de otro, cuando uno se quiere librar del estímulo displacentero se produce una restauración de la autoestima. La primera satisfacción proporcionada por el mundo externo (el suministro de alimento) constituye también el primer regulador de la autoestima. Todo indicio de amor en el adulto tiene el mismo efecto que el suministro de leche para el lactante. La necesidad de cariño es tan grande que se está dispuesto a renunciar a muchas cosas si hay una promesa de cariño como recompensa o una amenaza de retirárselo. Estas son las armas de que se vale la autoridad. El dominio de la motricidad se aprende gradualmente en conexión con la maduración del aparato sensorial. Aprender a caminar, a estar limpio y a hablar son los pasos principales en la adquisición de dominio de las funciones motoras físicas. El caminar y el control de esfínteres son la base de la independencia del niño. Ayudan a desarrollar el principio de realidad y a superar la necesidad de descarga inmediata. La facultad del habla modifica las funciones de previsión propias del yo; la fijación de símbolos nominales para las cosas consolida la conciencia y crea la posibilidad de anticipar los acontecimientos en el mundo ideal de las palabras. Regir los actos propios de acuerdo con las necesidades externas significa prever los peligros y poder luchar contra ellos o evitarlos.
Las sensaciones de la angustia primaria son en parte las mismas que las de la tensión. Freud sugiere que el momento del nacimiento es la experiencia en la que ésta queda establecida. No se considera creada por el yo sino por estímulos externos e internos no controlados y en la medida en que es experimentada como una sensación dolorosa consiente, pasivamente es sentida como algo que le ocurre al yo que no se puede soportar. Conforme el niño va aprendiendo a controlar su motilidad se van reemplazando las simples reacciones de descarga por actos dotados de propósito. Ahora puede prolongar el tiempo que media entre el estímulo y la reacción y demostrar cierta capacidad de tolerancia a la tensión. Con la imaginación anticipatoria aparece la idea de peligro que se utiliza como una señal o medida de protección que es menos intensa que el pánico original. Es una anticipación de lo que puede suceder. Las ideas de angustia que tiene el yo primitivo están determinadas en parte por la naturaleza biológica y por la forma animista de pensar del yo, que le hace creer que todo lo que le rodea tiene fines iguales a los propios. En este malentendido de índole animista tiene parte el principio de talión, según el cual toda mala acción debe ser castigada mediante una acción similar infligida al autor de la primera. Al parecer la angustia más básica es la que se vincula con la incapacidad fisiológica, de parte del bebé, de satisfacer por sí solo sus impulsos. Esto conduce al temor de que no aparezcan los medios externos de satisfacción. Es el “temor a la perdida de amor” que puede ser también a la ayuda y protección. Es intenso porque la autoestima primitiva se regula por medio de suministros externos. Un yo amado es fuerte y no teme a la posibilidad de verse objeto de abandono. Las repeticiones activas subsiguientes son formas de liberarse de una inundación de excitación causada por angustia. Al niño, el juego y los sueños le permiten pasar de pasivo a activo y también determinar el momento y grado de excitación. Cuando descubre que es capaz de superar sin miedo una situación que normalmente le hubiera generado angustia experimenta el placer que se caracteriza por “ya no necesito sentir angustia”. Esto hace que el juego sea el control del mundo externo. El “placer funcional” es el de ejercer una función sin angustia como cuando piden que se les cuente el mismo libro de la misma forma cada vez.
Con respecto a la angustia Spitz afirma: “El peligro del momento de nacer no tiene todavía contenido psíquico”. Dice que al observar varios nacimientos concluyó que la reacción es pasajera y está lejos de ser violenta. Sí muestran, inmediatamente después del parto, una breve angustia respiratoria y manifestaciones de excitación de matiz negativo pero si se les deja en paz todo esto desaparece en cuestión de segundos dando paso a una quietud total. Con esto demuestra que durante las primeras horas y hasta los primeros días de vida no se pueden captar manifestaciones de emociones. Excitaciones negativas se experimentan en una edad posterior y como un proceso de descarga, tal y como Freud lo describió, como un proceso fisiológico que ejemplifica la ley del principio de Nirvana, según la cual la excitación se mantiene en un nivel constante y cualquier tensión que exceda este nivel ha de ser descargada sin demora. Partiendo de estos principios, el funcionamiento fisiológico se desarrollará y consolidará a su tiempo y ya establecido, la función psicológica se regirá por la ley del principio de placer para ser sustituida por los mecanismos reguladores del principio de realidad. Cada estímulo tiene que ser transformado primero en una experiencia significativa para convertirse en una señal, a la que se irán añadiendo imágenes para construir la imagen coherente del niño.
Al emplear el simbolismo, nos dice Winnicott que el niño ya distingue entre los hechos y la fantasía, entre los objetos internos y externos, entre la creatividad primaria y la percepción. El objeto transicional marca la raíz del simbolismo al tiempo que ayuda a la adquisición de la capacidad para aceptar diferencias y semejanzas y describe el viaje del niño de lo subjetivo puro hasta la objetividad. El bebé puede emplear un objeto transicional cuando el objeto interno está vivo y es lo bastante bueno y no persecutorio. Este objeto interno depende, en sus cualidades, de la conducta del objeto exterior. Cuando subsiste la característica de insuficiencia del objeto exterior, el interno deja de tener significado para el bebé y entonces el objeto transicional también se vuelve carente de sentido. Para el niño es imposible pasar del principio de placer al de realidad o a la identificación primaria y más allá de ella si no existe una madre lo bastante buena. Esta misma lleva a cabo la adaptación activa a las necesidades de este y la va disminuyendo según la creciente capacidad del niño para hacer frente al fracaso en materia de adaptación y tolerancia a la frustración. Esta adaptación activa exige preocupación tranquila y tolerada respecto del bebé; en rigor, el éxito en el cuidado depende en la devoción, no de la inteligencia.
Pontalis en la introducción Realidad y Juego de Winnicott explica que el juego le sirve de referencia en una realidad que es la superficie proyectada de una realidad interna, de un sistema fantasmático cerrado, que se alimentaría a sí mismo. El sí mismo se encuentra en el intervalo entre el fuera y el adentro, entre el yo y el no-yo, entre el niño y su madre. Los límites sobre los que podemos actuar y podemos controlar (el externo y el interno) le indican su lugar ausente, vacío. Muy diferente a la dramaturgia freudiana en la que nos enfrentamos con las figuras del Padre y la Madre, o Klein con el yo-bolsa de buenos y malos objetos dedicados a un sinfín de introyecciones y proyecciones. En Winnicot no existe el escenario donde se repite todo lo originario, sino un terreno de juego, de fronteras móviles, que hace nuestra realidad. Del juego al yo.
A decir de Cameron, sea o no la mejor madre, los patrones de personalidad de una mujer son de primera importancia en el desarrollo de la personalidad de un hijo. Ella es la que ayudará al niño a estructurar una simbiosis con ella y a participar en esta. La madre encarna a la sociedad y cultura a la que el bebé pertenece. El niño se prepara a través de la madre para volverse parte de la sociedad. Ella lo guiará hacia la meta de volverse autónomo de la familia. Al amarlo lo prepara para el terreno de los modos que él tendrá para amar a otros y también ayudará con este amor a su desarrollo. Frustrándolo provoca los enojos y la apatía del hijo que también son importantes en su desarrollo.
Fenichel dice que las capacidades de reconocer, amar y temer a la realidad se desarrollan antes del habla, pero es esta última la que inicia un paso importante en el desarrollo de la capacidad de “prueba de realidad”. Las palabras permiten una comunicación más precisa con los objetos, así como una mejor precisión en la función de anticipación mediante el tanteo. Esta anticipación es el pensar propiamente dicho y consolida la conciencia. La adquisición de la facultad del habla, de comprender que ciertos ruidos son símbolos de las cosas, constituye un paso decisivo en la formación del yo. Ahora el yo posee un arma mejor para el manejo del mundo externo y de sus excitaciones propias. El empeño en dominar los impulsos instintivos contribuye al desarrollo intelectual. Se produce un abandono de la fantasía emocional por la sobria realidad, esto sirve para combatir la angustia. El principio de trabajo del yo consiste en un retardamiento de las funciones automáticas del ello, con esto la utilización de las funciones tiene un propósito y es más organizado. Así como la angustia se amansa y se reduce a una señal de angustia, el yo, en el proceso de pensamiento, se encarga de amansar dos reacciones automáticas arcaicas: la tendencia a la descarga de las tensiones, que es suavizada, y la tendencia a la realización alucinatoria de los deseos, que es reducida a imaginar los acontecimientos futuros. La maduración del yo es el resultado de la acción recíproca e ininterrumpida entre las necesidades del organismo y las influencias del ambiente. Las experiencias deciden hasta qué punto se logra la adquisición del sentido de realidad.
Hoy sabemos que los niños manifiestan numerosos tipos de conducta instintiva, que por contenido son idénticos a las pulsiones que en los perversos ocupan el lugar de la sexualidad normal. Freud le da el nombre de sexuales a estos fenómenos infantiles; en primer lugar porque constituyen el terreno propicio de donde surge más tarde la sexualidad del adulto, segundo porque todo adulto que de una u otra manera ve bloqueada su sexualidad recae en la sexualidad infantil como un sustituto de aquella, tercero porque el niño experimenta su sexualidad con las mismas emociones que el adulto siente la suya, y cuarto porque los fines de esas pulsiones son iguales a los que pueden observarse en los adultos perversos y nadie ha pensado que las perversiones pudieran ser otra cosa que fenómenos sexuales. La sexualidad infantil puede ser autoerótica, puede tomar como objeto el propio cuerpo o partes de él.
El niño pequeño es una criatura instintiva, llena de impulsos sexuales perversos polimorfos, y de una sexualidad total aún indiferenciada, que contiene en uno solo lo que luego serán los “instintos parciales”. Al principio todos se juzga a partir de la satisfacción instintiva. Tal como la concibe el yo primitivo, la realidad esta coloreada por el estatus de sus objetos sexuales. Toda clase de excitación puede convertirse en excitación sexual. No hay diferencia entre excitación y satisfacción y ya existen fenómenos similares al orgasmo, es decir sensaciones placenteras que traen un relajamiento y ponen fin a la excitación sexual y la descarga, sea cual sea la zona erógena en que se haya originado.
Doltó nos explica la etapa oral como la fase de organización libidinal que se extiende desde el nacimiento al destete y que está colocada bajo la primacía de la zona erógena bucal. La necesidad fisiológica de succionar aparece desde las primeras horas de vida; sin embargo, una vez saciado, el bebé continúa durante el sueño realizando movimientos de succión con los labios. A este placer de succión independiente de la necesidad de alimentarse se le conoce como placer autoerótico.
La etapa anal es la siguiente etapa y Doltó asegura que para el niño de 1 a 3 años, el 90 por ciento de los intercambios con los adultos son en torno al alimento y al aprendizaje de la limpieza y control de esfínteres. El segundo año de la infancia va a conceder una importancia especial a la zona anal, no hay más que observar a los bebitos para percibir el placer, no disimulado, durante el relajamiento espontaneo de sus esfínteres excrementicios.
El niño ha alcanzado mayor desarrollo neuromuscular, la libido, que provocaba el chupeteo lúdico, provocara ahora la retención lúdica de la heces o la orina. Esto puede ser el primer descubrimiento del placer autoerótico masoquista. En esta etapa también se descubren sentimientos de ambivalencia relacionados con la madre y las emociones contradictorias.
La etapa fálica despierta desde la fase oral, en el pene para el niño y el clítoris en la niña, a causa de la excitación natural de la micción, añadida a los tocamientos repetidos que tienen lugar durante el aseo. Es común la masturbación primaria, que puede ser malentendida por el adulto a causa de la represión impuesta por el superyó civilizado del adulto. Aparecen los “¿por qué?” irritantes de los niños que ni siquiera escuchan las respuestas ante preguntas sexuales, hasta llegar a “¿qué diferencia hay entre un niño y una niña?”.
A lo que Norman Cameron respondería: “El niño edípico desarrolla un orgullo intenso por su órgano genital, claramente visible, y siente una urgencia de usarlo agresivamente y exhibirlo. Además aparece una intensa ansiedad espontánea generada por los sentimientos sexuales hacia la madre y celos respecto del padre. Esta ansiedad surge en relación con perder aquello que más valora (ansiedad de castración). Este orgullo masculino del chico, como su actitud de posesión sexual, es parte de su identificación normal con la figura masculina dominante en el hogar, que es el padre. El niño quiere parecerse al padre tanto como sea posible y hacer lo que él hace. Esta identificación del niño edípico trae más complicaciones ya que el niño admira a su padre y también lo ama y esto hace aumentar la culpa de tener fantasías destructivas y de venganza respecto del padre, así como de desear desplazarlo y poseer a la madre.
En el caso de la niña edípica la situación es más compleja y difícil. No tiene órgano sexual visible sobre el cual centrar su orgullo, aunque sus sensaciones sexuales estén concentradas en la zona genital. La niña también piensa de principio que todos están construidos como ella y cuando se da cuenta de su error, se siente engañada y el pensamiento de que se le ha privado de su órgano genital precipita la fase edípica. Las chicas culpan a su madre por haberles negado el pene y se alejan de ella decepcionada haciendo un radical cambio de objeto amoroso hacia el padre que parece capaz de darle aquello que ella quiere. De esta manera desarrolla el amor y el odio equivalente al del muchacho: se enamora del padre y desprecia a la madre, a quien le gustaría eliminar. Se dice que las ansiedades femeninas de castración tienen que ver con un sentimiento de inferioridad, en el que siente envidia por el pene e incluso fantasea con que su órgano crecerá. También cae en temores intensos de sufrir una venganza en manos de la madre a quien ha deseado desaparecer o matar. La niña cree que ella puede cuidar mejor de papá pero descubre que el papel sexual de la mujer también provoca miedo. Entonces para no sufrir se identifica con la madre y aprende de ella su papel de mujer y a hacer lo que esta hace.
Con lo que concluimos diciendo que el niño que triunfa en resolver sus conflictos edípicos consigue una organización del yo sumamente fortalecida; será una perdona enriquecida, dispuesta a crecer rápido y de forma realista. Su estructura defensiva será organizada y capaz de mantener los límites funcionales entre el proceso primario y los secundarios. Tendrá un superyó integrado en maduración, que le proporcionara una fuente de autocontrol interna, autoestima e ideales.
Bibliografía
 

  • CAMERON, N.-Personality Development and Psychopathology. A Dynamic Approach. Yale University, Mfflin Company, Boston, 1963.
  • DOLTÓ, F., Psicoanálisis y Pediatría. Siglo XXI Editores, México, 1971.
  • FENICHEL, O.Teoría Psicoanalítica de las Neurosis, Edit. Paidós, México, 1982.
  • SPITZ, R.-(1965) El primer año de vida del niño. Fondo de Cultura Económica, México, 1965.
  • WINNICOT, D., Realidad y Juego. Edit. Gedisa, Buenos Aires, 1979.
  • WINNICOT, D., Escritos de Pediatría y Psicoanálisis. Edit. Laia, Barcelona, 1979.

 

Imagen: Freeimages / Ramon Gonzalezi / 1438004
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