tattoo-1179520Por: Gloria Luz Fernández
“Si, a primera vista, mi cuerpo puede aparecer como un objeto más, que veo, palpo, muevo, sin embargo, en cuanto mío, no es un objeto que puede ser descrito por un observador. No está frente a mí, sino conmigo, es conmigo, portador de significaciones, revelador de sentido.” (Marcel, 1988).
Para el psicoanálisis es importante la vida psíquica, en cuanto al cuerpo, llega a ser aquello que la contiene, lo que da al sujeto y a su psique una entidad moratoria que nos permite llevar a cabo una interacción con el mundo externo. La imagen corporal propone una dimensión inconsciente basada en la representación subjetiva, lo que se traduce en ella ha sido de incumbencia para nuestro estudio pues ha servido como medio posible al momento de comunicar diversos fenómenos inconscientes. Pienso que es por este motivo que las transformaciones pueden estar llenas de significado para nosotros.
Todos, absolutamente todos, hemos alterado nuestro cuerpo de alguna u otra manera. Desde las alteraciones más pequeñas y temporales como teñirse el cabello, peinarse, cortarse las uñas, hasta aquellas transformaciones que llegan a ser -tentativamente- irreversibles. Me han surgido preguntas como: ¿Qué es lo que motiva a la gente a tatuarse? o ¿Qué puede ser tan significativo para querer llevarlo en el cuerpo para toda la vida?
Desde la perspectiva histórica, la existencia de los tatuajes se remonta mucho tiempo atrás. Hace cientos de años, en nuestra cultura por ejemplo, los aztecas y los mayas realizaban esas y otras alteraciones físicas. Lo que me parece curioso no trata de los tatuajes en sí, sino de su significado para quien lo porta. En ese entonces, los tatuajes albergaban creencias, sentido de identidad, posiciones jerárquicas, entre otras cosas.
Ahora mismo, pareciera que esto no ha cambiado del todo. Desde el inicio, han buscado representar algo, son portadores de mensaje. El tatuaje “Tiene múltiples vertientes, todas ellas otorgadas por la historia y la subjetividad de aquellos que han elegido la piel como superficie discursiva”. (Gárate, Marinas, Orozco, 2012).
Cada persona va a tener su propia motivación basada en lo que ha vivido, en su historia, así como el por qué eligió lo que va a plasmar en su piel y la parte del cuerpo en donde va a hacerlo. Estas, junto con otras ideas tomaron más fuerza a partir de las impresiones sobre una nueva paciente a la cual me gustaría referirme brevemente:
D de 19 años llegó a terapia hace un par de meses, relató que había tomado clases de ballet gran parte de su vida. Su padre y madre sufren de obesidad, lo cual parece hacerla propensa a ganar peso fácilmente. Durante varios años, soñó con dedicarse a la danza clásica de manera profesional. Relata que fue un día en el que se dio cuenta que “es muy difícil triunfar en ese ámbito” que decidió dejar el ballet. A lo largo de las sesiones se le ha interpretado la preocupación de ver a sus padres enfermos por no cuidar su dieta, el enojo que siente por esto, y el temor que tiene de algún día llegar a verse así. Todo esto, su temor al fracaso en un ámbito que especialmente rinde culto al cuerpo, junto con otras variantes, terminaron por influir en la decisión de D para renunciar al ballet. Hace poco, D me comentó que a pesar de haber cerrado ese capítulo en su vida, tenía algo que siempre se lo iba a recordar… un tatuaje. D se tatuó como forma de preservar (al menos) en una parte del cuerpo su identidad de bailarina, ya que es su mismo cuerpo el que pareció entorpecer la realización de “su sueño”. D dice que el tatuaje siempre le permitirá recordar, ahora D puede portar en su piel la permanencia de ese deseo, lo hace parte de ella. Lo que no pudo cumplir en la realidad, ahora está incorporado permanentemente en lo simbólico.
Un tatuaje puede vincularnos con momentos, personas, ideas, pero también puede ser un medio para representar la apropiación del cuerpo. El acto en sí mismo reafirma una sensación de posesión y pertenencia que se traduce a manera de: “Este es mi cuerpo y puedo hacer con él lo que me plazca”. Es una forma de reafirmar la capacidad para ejercer la voluntad sobre aquello que pertenece, puede otorgar al sujeto la sensación de poder y libertad que le faltaba. “La práctica de tatuarse permite pensar en un proceso de subjetivación, en el cual el sujeto reclama su cuerpo y lo afirma como diferente y propio” (López, 2002).
En la actualidad, el tatuarse implica todo un cumplimiento de requisitos. Idealmente, se espera que sea una decisión tomada cuando se cumple la mayoría de edad. Menciono esto a manera de ejemplo para hablar de cómo en algunos casos los adolescentes se tatúan a escondidas de sus padres buscando esa autonomía que sienten negada. Ellos pueden llegar a alterar su imagen como una forma de rebelarse ante el dominio, como un intento de conformar su propia identidad, el deseo de diferenciarse y un indicativo del poder de decisión sobre su cuerpo, incluso, llegando a simbolizar un triunfo sobre los padres.
Escobar-Altare y Orduz (2011) señalan que “En el sujeto existe la necesidad de diferenciarse del Otro, y es esta necesidad la que lo lleva a buscar trazos que lo identifiquen a manera de marcas perdurables
Un tatuaje es tanto diferenciador, como también lo es identificante. Al diferenciarse del otro “no tatuado” se identifica con el otro “tatuado”. Al excluirse del grupo de gente “no marcada” pasa a pertenecer al grupo de gente que si lo está. Es una manera de encontrarse con el otro, de identificarse y vincularse.
De forma consciente, una persona puede comunicar la idea de por qué quiere hacerse un tatuaje y transmitir lo que para él representa, pero al ser tan enriquecedoramente simbólico permite abrir camino hacia la interpretación de material inconsciente. El tatuaje siempre es capaz de contar una historia, incluso cuando se cree que sólo forma parte de una moda, pues es en esta moda que se puede observar un anhelo de encajar en el mundo y pertenecer, aquí se expresa tanto una falta como un deseo.
No solo se remite al símbolo en la piel, sino a la experiencia, desde que se presenta como una idea, hasta que se lleva a cabo en la acción y el pasar por un proceso que generalmente suele ser doloroso. El dolor, la herida, su cuidado y la cicatrización también permiten sentir al cuerpo y reconocer su existencia.
El tatuaje implica este ejercicio doloroso de la escarificación y ésta misma puede conllevar un dibujo trazado bordando y bordeando con la carne y la piel. Sobre lo real de este cuerpo delimitado, recortado, se encarna y materializa esta libido en tanto órgano que hace circuitos de un placer que atraviesa el dolor. Bajo la punta filosa de la navaja se perfilan formas destinadas al Otro, constituyen un recorte libidinal…En tanto herida, pertenece al orden de la marca en el inconsciente, de las huellas dejadas por eventos no asimilados y no subjetivados que demandan ser leídos y escuchados, ligados a la actualidad y al actuar del sujeto” (Gárate, Marinas y Orozco, 2012).
Aún en nuestros tiempos, el tatuaje es generador de reacciones, puede suscitar tanto una mirada de rechazo como de admiración dependiendo de los ojos que lo miren. El tatuaje es un símbolo que no necesita palabras para ser expresado, al dibujarse en la piel no sólo se convierte en algo tangible en lo exterior, sino en un traspaso de la fantasía a lo real, lo visible. Es aquello que permite contar una historia a quien lo mira incluso desde lejos. Por ende, su relación con la mirada del otro cae en cuenta sobre los sentimientos que promueve. Desde etapas tempranas, la mirada funge como un puente en la percepción y la relación con los demás, y a su vez, suscita una reacción en quien la recibe. Cuando hay una percepción de ser mirado, entonces la mirada se vuelve consciente, y con ella se alienta la posibilidad de ser visto o no como se desea, incluso diría, el simplemente ser visto o no.
“El cuerpo es cuerpo libidinal, erotizado, erogeneizado por el cuidado materno e integrado, anticipadamente por la mirada de la madre… Sólo el amor de una madre es lo que permite poder integrar subjetivamente todos los desajustes, lo traumático y lo desestabilizante de la crianza de un bebé; aún antes de que ese bebé tenga una autonomía corporal. Se advierten, entonces, los estragos que puede provocarle a un sujeto infantil la ausencia de esta mirada materna…” (Osorio, 2009).
Esta es una práctica que va desde la gente que se hace pequeños tatuajes en lugares que suelen estar ocultos, hasta aquellos sujetos que buscan cubrir su cuerpo por completo o casi por completo, ubicando sus tatuajes en lugares más visibles, con colores llamativos y de grandes tamaños. Es en estos casos sobre todo, en los que parece que hay una necesidad de la mirada, en la cual además con un cuerpo cubierto por tatuajes se aseguran de provocar un mayor impacto en la fascinación o rechazo del otro. Sea de una u otra forma, al ser diferentes, ser llamativos, se aseguran de recibir la mirada.
López (2002) explica que “En el cuerpo tatuado, en tanto imagen mirada, reconocemos un cuerpo-señuelo convocante de un movimiento en el otro. No se trata solo de lo que quiere lucir –que sería del orden más consciente-, sino de lo que quiere recibir, no tanto denotar, sino convocar la mirada del semejante
Ante la débil conformación de un sí mismo, el tatuarse puede significar para una persona la conformación de una nueva identidad, un cuerpo que al haber sido alterado es representado en lo simbólico como un cuerpo nuevo, bajo una nueva piel. A través de lo simbolizado en el tatuaje, se puede crear la fantasía de tener un cuerpo diferente al anterior, modificado a voluntad. La sensación de incompletud, de no ser, puede verse completada por la representación. De ahí se suscita un cambio que no solo se plasma en el cuerpo anatómico sino en la imagen corporal de orden inconsciente.
Anglicismos como “body-art” y frases como “mi cuerpo es un lienzo” refieren la idea de transmitir arte a través del cuerpo. El arte en sí tiene la finalidad de comunicar un mensaje, un sentimiento, una ideología o un propósito estético. En la mayoría de los casos, este mensaje tiene el objetivo de ser “ambiguo” ya que contiene la intención de su creador, pero también es presto a ser interpretado por quien lo vea. La piel en este caso, se vuelve el lienzo del artista. Quien tatúa, deja una marca permanente en el otro, se le permite dejar una huella y un legado. Para quien es tatuado, se permite transmitir un mensaje a un receptor que debe ser traductor del mismo. Como arte en movimiento, que permanece en el cuerpo, este mensaje busca ser interpretado por todo el que lo vea. Esta puede ser una manera de poner en el cuerpo aquello que no puede ser expresado en palabras o tal vez tan solo es un intento de hacerlo.
Para tatuarse es común que se elija a una persona que porte en su piel un gran número de tatuajes, pues además de asociarse con el dominio y adiestramiento del tema, se entrama con la capacidad de compartir la experiencia del otro, de identificarse con su deseo y su dolor. No sería igual dejar la piel ser marcada por alguien que no ha vivido lo mismo en carne propia.
En un proceso de duelo, podría pasar que una persona se tatúe algo que le recuerde al objeto perdido. Es en estos casos cuando se desean asumir cualidades y características relacionadas con aquella falta, para el sujeto, a través de la representación de un tatuaje se vuelve posible asimilar la pérdida. Esto sería el introyectar partes del objeto, imagen o pensamiento para conservarlo en cierta medida. Solo así se vuelve más tolerable la renuncia a través de la idea de haber incorporado aquello que ya no se tiene.
Ante el deseo de reafirmar un interés, se puede crear la necesidad de plasmarlo en el cuerpo. Como en el caso de aquellas personas que son tan afines a un gusto y en consecuencia desean expresar su fascinación por el mismo. El compartir su deleite por aquello idealizado les permite ser parte de ello y tener la fantasía de que adquiriere las mismas propiedades. Cuando algo gusta y se vuelve tan fascinante, hay un fuerte deseo por parecerle y rendirle culto.
A pesar de lo mencionado anteriormente, un tatuaje no siempre puede significar la capacidad para hacer introyectos. Por el contrario, podría demostrar una gran dificultad para introyectar elementos de la realidad, sean sujetos u objetos. La persona en cuestión, recurre a marcar su piel como un intento de incorporar aquello que de otra manera no ha logrado y que de la misma manera podría o no lograr a través de un tatuaje.
Además de esto, no solo hace referencia a la capacidad de otorgar significados, sino también de un pensamiento concreto. En el que la persona muestra dificultades para comprender y llevar a cabo una simbolización. El sujeto tan solo puede desear hacerse un tatuaje para adornar el cuerpo sin que parezca que esta elección denota una intención profunda. Los fracasos en la apreciación simbólica remiten a causas que dificultan la constitución de la estructura individual. Es como sí lo simbolizado fuera mostrado de manera que su inscripción se viviera como algo incognoscible que no puede ser traducido a manera de una representación.
Para concluir, los tatuajes se vuelven un puente hacia la expresión del sujeto, una manera de comunicar algo sin necesidad de ser hablado. Pienso que no se puede decir que los tatuajes representan lo mismo para todos, pues detrás de ellos existe la subjetividad inconsciente y ofrecen la oportunidad de reproducir un sentir.
Lo que comparten las personas que alguna vez han elegido tatuarse, es una herida hecha dibujo en la piel, Gárate, Marinas y Orozco (2012) hablan de la herida como algo que “no está ahí con la finalidad de ser ocultado, sino de ser visto, leído y escuchado; sobre todo, ligado y abierto a la aventura de la significación inédita”. En el tatuaje, la herida acompaña, pues es a través de ella que se logra hacer una marca.
Estos dibujos tintados permiten al sujeto proyectar en la piel un sinfín de historias, fantasías, afectos. Abriendo entonces una puerta en el espacio analítico para poder pensar en el deseo, la falta y la capacidad que tienen de producir un efecto en el mundo psíquico de su portador. La piel es este órgano que transmite y reproduce un sentido que el sujeto desea darle al tatuaje. Lo que me parece central, es la posibilidad que surge de poder pensar como estas alteraciones hechas en el cuerpo buscan comunicar un mensaje y es este mismo mensaje el que anhela ser revelado.
 
Bibliografía
 

  • Blazquez, F (1988). La filosofía de Gabriel Marcel: De la dialéctica a la invocación. Madrid: Encuentro.
  • Gárate, I. Marinas, J. Orozco, M (2012). Estremecimientos de lo real: ensayos psicoanalíticos sobre cuerpo y violencia. México: Kanankil.
  • Osorio, F (2009). ¿Qué función cumplen los padres de un niño? Perspectivas psicológicas y modelos vinculares. Buenos Aires: Novedades Educativas.

 
 
Imagen: freeimages.com / karen andrews
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