Por: Fabiana de la Madrid

Es indiscutible que el tema del amor y las relaciones humanas ha movido y mueve mucho. El amor romántico ha sido, desde el siglo XIX, uno de los grandes relatos que estructuran las aspiraciones individuales y sociales, ya que se convierte en una promesa de sentido, plenitud y trascendencia para el ser humano. No es de sorprenderse que tanto la literatura, el cine, la música y las redes sociales construyen y reproducen modelos que perpetúan la importancia de este concepto y sobre “cómo debe ser vivido” el amor. Hoy en día, el amor se ha vuelto un producto de consumo, regulado por lógicas de eficiencia, elección y descartabilidad, como nos señalan Bauman en su libro Modernidad líquida. Como bien hemos comentado anteriormente en otros seminarios, el amor ha mutado a nuevos conceptos en las últimas décadas. En la cultura actual, el amor ha pasado de ser una institución como la del matrimonio, la monogamia y la constancia a una experiencia más fluida, incierta e incluso “negociable”, como lo vemos en las situationships. Esto genera nuevas formas de goce, y también de angustia.

Ahora, no todos en este salón están tan crónicamente en línea como yo, entonces será necesario aclarar algunos conceptos. ¿Qué son los situationships? Como podemos inferir, la palabra es un anglicismo en donde se mezclan las palabras de “relationship” relación y “situation” situación. En español se le podría referir como una relación transitoria. Pero, exactamente, ¿Pero qué abarca esta situación? Según la sexóloga Myisha Battle, en su artículo en la revista Time, “En algún punto intermedio entre el gran amor y la libertad, se encuentra una categoría de relación que necesita una definición más precisa. Es una relación emocionalmente conectada, pero sin compromiso ni planificación futura. Las etiquetas “novio”, “novia” o “novix” no aplican realmente, pero va mucho más allá de un encuentro casual. Incluye citas, sexo y construir intimidad sin un objetivo claro” (2023). Aquí es donde entra la “situationship” o “relaciones transitoria”. Asimismo, la Dra. Susan Albers de Cleveland Clinic explica que las situationships se caracterizan por la falta de obligaciones y exclusividad, pero su verdadero sello distintivo es la ausencia de límites o etiquetas claras. Hay elementos de amistad y romance, pero existen sin definir la relación. Así que, en esencia, se disfrutan de muchas de las ventajas de una relación tradicional sin necesidad de un compromiso” (2023). Entonces, aunque encontremos definiciones estructuradas para este fenómeno, es evidente que la palabra termina representando distintas cosas para distintas personas y parejas. Y he aquí es en donde comienza la tarea para el analista contemporáneo.

Durante el rotatorio de este semestre, ha sido evidente la relevancia que cobra el amor romántico moderno en la práctica psicoanalítica actual. Como se le atribuye a nuestro fundador Freud, citado en Gay (1988), “el amor y el trabajo son los pilares de nuestra humanidad”. Es por esto que es indispensable comenzar a estructurar la lógica psíquica de las situationships para así poder comprender las catexis que hay de por medio y sus movimientos en las tópicas psíquicas de los analizados. En este ensayo, emplearemos la segunda tópica de Freud para abarcar los fenómenos observados. Tomando en cuenta las descripciones previamente mencionadas sobre las situationships es evidente que el Ello tiene un papel importante en regir las dinámicas afectivas que surgen a partir de este concepto. Como bien sabemos, el Ello está regido por el principio del placer, es decir, busca la gratificación inmediata y la eliminación de tensiones. No tiene en cuenta la realidad ni las consecuencias.

Freud (1923) describe al Ello como “gobernado por el principio del placer; quiere la satisfacción inmediata de sus deseos. No conoce la realidad, no tiene en cuenta las dificultades que se oponen a la satisfacción de sus deseos” (p. 44). Qué mejor director de las relaciones situacionales que la gratificación inmediata sin el planteamiento de las consecuencias y problemáticas que surjan de estas. Es por esto que el Ello forma parte clave de la iniciación de estas dinámicas relacionales, ya que muchas veces surgen desde la búsqueda de placer inmediato, sin compromisos, y sin el conflicto de las expectativas que suelen implicar las relaciones más estables. Es aquí donde el Yo cobra un papel importante, puesto que es la instancia psíquica que se desarrolla para mediar entre las demandas del Ello y las restricciones de la realidad. Al estar regido por el principio de realidad, el Yo se vuelve un mediador entre satisfacer las necesidades del Ello y tomar en cuenta las restricciones y las exigencias del mundo exterior. En el contexto de las relaciones modernas, el Yo se ve forzado a equilibrar las demandas urgentes del Ello, que busca la satisfacción inmediata del deseo sin considerar límites ni compromisos, con las exigencias de la realidad social del sujeto, representadas por las normas relacionales y por las presiones que estas generan en torno a la estabilidad emocional. Idem “El Yo es, por decirlo de alguna manera, el que tiene la última palabra; es el que, en última instancia, se ve obligado a ceder a la presión de la realidad, pero, sin embargo, debe hacerlo de una forma que permita cierta satisfacción de los deseos del Ello” (p. 52). Ahora, como solemos ver en la clínica, no todos los Yos de los pacientes son iguales, y dependerá de la fortaleza de estos para lograr un balance entre las demandas constantes del Ello y las restricciones que logre aplicar el Yo. Es por esto que el Superyó puede ser un apoyo para estabilizar las demandas del Ello y dictar las restricciones del Yo, aunque en ciertos casos también puede ser un tirano y complicar estos vínculos. Cabe recordar que el Superyo representa la internalización de las normas morales, éticas y sociales que el individuo ha asimilado durante toda su vida, sobre todo en la infancia. Está vinculado con los mandatos de la cultura y es quien regula el comportamiento, imponiendo sentimientos de culpa o vergüenza cuando las normas se violan. En las situationships, el Superyó suele estar en conflicto con el deseo del Ello, produciendo sentimientos de culpa o insatisfacción ante la falta de un compromiso o la ausencia del deseo de establecer dicho acuerdo. Como señala Freud en su obra previamente citada, “El Superyó es la última instancia de nuestra vida psíquica, es el lugar donde se encuentran las reglas morales y las restricciones sociales, y donde las fuerzas de la cultura actúan sobre el individuo, sometiéndolo a un sistema de censura interna.” (p. 56).

Es aquí en donde surge una de las grandes problemáticas a nivel psíquico con las situationships, la del deseo contra los ideales y la culpa. En gran parte de las relaciones modernas, especialmente en las situationships, existe un conflicto entre el deseo y las expectativas sociales, por más modernizadas que estas sé consideren. El deseo de gratificación inmediata del Ello, puede entrar en conflicto con las exigencias morales o sociales ejercidas por el Superyó, las cuales dictan que las relaciones deberían ser más profundas, comprometidas o formales, sobre todo en sociedades occidentales capitalistas. Esto ocasiona conflictos a nivel psíquico en el sujeto, puesto que el deseo es la fuerza que lo moviliza. En la experiencia amorosa contemporánea, especialmente en las relaciones marcadas por la ambigüedad afectiva, el sujeto se encuentra atrapado entre el empuje de su deseo y las exigencias del ideal. Como explica Lacan en el Seminario 4, “El deseo, al no ser espontáneo ni natural, se constituye como una respuesta a la falta y al campo del Otro. El deseo del hombre es el deseo del Otro” (p. 145). Lo que nos señala que no deseamos directamente el objeto, sino a aquello que el Otro señala como deseable, valioso o prohibido. Esta estructura hace que el deseo esté inevitablemente mediado por la mirada del Otro, por sus demandas y su ley.

Retomando a Bauman en Modernidad líquida “Las relaciones se han vuelto conexiones de consumo: establecidas para satisfacer una necesidad y abandonadas cuando esa necesidad ya no se siente.” Pero en una cultura donde el Otro se ha vuelto inestable, fluido, cambiante, el deseo queda atrapado en una búsqueda perpetua de objetos que prometen plenitud y nunca la dan. En este punto, el Superyó, como heredero del Otro, se moviliza imponiendo los ideales que no siempre coinciden con el objeto de deseo, generando así un conflicto que muchas veces se expresa en culpa, ambivalencia o en la imposibilidad de decidirse por una forma estable del vínculo. Las situationships aparece entonces como una salida transaccional: se accede parcialmente al deseo, pero se evita confrontar del todo la falta y la exigencia del ideal.

Continuando a Freud (1923), creo que queda claro que el Superyó, es la entidad que representa las normas, mandatos y prohibiciones que el sujeto ha interiorizado, sobre todo a partir del complejo de Edipo. Pero además de prohibir, el Superyó se encarga de la construcción de un ideal del yo, es decir, una imagen idealizada de cómo deberíamos ser, en este caso, capaces de tener “la relación correcta” según cada sujeto. Como bien vemos en la clínica, en el amor, estos ideales pueden ser muy contradictorios. Por un lado, en nuestra sociedad post capitalista se valora la autonomía y el desapego; por otro, se perpetua una idealización del amor estable, profundo y exclusivo. Cuando el deseo del sujeto no se ajusta a estas expectativas, aparece la culpa o la vergüenza, como señales del conflicto con el ideal. Por su parte, Lacan (1960) complejiza esta idea, explicando que el Superyó moderno ya no solo prohíbe, sino que ordena gozar, vivir intensamente y no perder el tiempo. Así, se vuelve doblemente exigente: por un lado, dice qué no deberías querer, pero por el otro impone que lo disfrutes todo. En las situationships, este conflicto se vuelve incuestionable. El sujeto llega a sentirse libre, moderno y autosuficiente por no querer etiquetas, pero al mismo tiempo puede experimentar un malestar por desear algo más, como si eso lo volviera débil o anticuado. Así, el Superyó mantiene al sujeto atrapado entre el deseo, los ideales y la culpa.

En las situationships, donde los vínculos son ambiguos, estos conflictos se intensifican: ¿es válido querer más? ¿Me estoy “dejando llevar”? ¿Estoy siendo “demasiado emocional”? ¿Me debería conformar? Son frases que escuchamos constantemente. Surge la culpa, la cual es un producto directo del conflicto entre las instancias psíquicas. Cuando el Ello impulsa un deseo que el Superyó condena o considera inaceptable, el Yo queda en el medio, intentando mediar, reprimir o justificar ese impulso. Si no lo logra, o si lo hace, pero queda una huella del deseo, aparece la culpa como señal de que el sujeto ha transgredido su propio ideal, tanto del sujeto como el de la relación. Freud nos lo explica así: “La conciencia moral es la expresión del conflicto entre el yo y el superyó.” (p. 135). Por ende la culpa no siempre aparece por haber hecho algo malo en términos éticos o sociales, sino simplemente por haber deseado algo que contradice el ideal interno, que como ya señalamos puede estar profundamente influido por mandatos culturales, familiares, de género, o por expectativas afectivas y sexuales de los sujetos.

Es así como en las situationships, este conflicto se vuelve particularmente agudo. Ahora, esta culpa no aparece de la misma forma para todos los pacientes. Por un lado, el sujeto puede desear profundizar el vínculo, pedir claridad o expresar sentimientos, pero se contiene por miedo a romper con el ideal de ligereza emocional y desapego que el contexto cultural actual valora. Por otro lado, el sujeto también puede sentir culpa por no desear más, por no corresponder emocionalmente al otro, o por mantenerse en una relación sin acuerdos establecidos, por temor a la soledad o al compromiso. A esto se suma la figura de un Superyó contemporáneo que no solo censura, sino que exige que sepas desear bien, que tomes decisiones maduras, libres y empoderadas, dejando poco espacio para la contradicción, la ambivalencia o el deseo no normativo. Por eso, la culpa en este tipo de vínculos no siempre responde a un acto, sino a una tensión subjetiva constante: entre el deseo y el deber ser, entre el querer y el poder, entre la autenticidad emocional y la obediencia a los ideales del momento. Como dice Lacan, en el Seminario 7: “La culpa es el sentimiento de no haber respondido al deseo.” La culpa no es solo producto de haber violado una normativa externa, sino también, y quizás más dolorosamente, de haber traicionado el deseo propio, muchas veces en nombre del amor, del miedo o de los ideales. Las situationships son un campo fértil para este desajuste entre el deseo y el ideal.

Para finalizar, es importante nombrar un concepto elemental que surge inminentemente en este formato afectivo, la angustia. Las situationships no son simplemente una forma contemporánea de relación amorosa, sino un síntoma de los formatos en que el sujeto actual se posiciona frente al deseo, la angustia y el lazo con el otro. En estas se pone en juego una tensión fundamental del aparato psíquico: el deseo del Ello que empuja, el Superyó que idealiza y sanciona, y el Yo que intenta sostener un equilibrio en medio de estas demandas contradictorias. A diferencia de otras emociones, la angustia no tiene un objeto claro. Freud la definió como un “afecto sin objeto”, una señal de alarma que advierte al Yo sobre un peligro interno, muchas veces ligado a la irrupción del deseo o a la amenaza de una pérdida psíquicamente significativa. En Inhibición, síntoma y angustia (1926), señala que: “La angustia es el estado que resulta cuando el yo se siente incapaz de manejar una situación de peligro.” En este sentido, la angustia se presenta cuando el aparato psíquico percibe que no tiene recursos suficientes para defenderse, ya sea de su deseo que le desborda, de una amenaza de separación al objeto, o de una experiencia emocional que no puede simbolizarse. Lacan nos ayuda a profundizar esta noción en el Seminario 10 (1962-63) donde plantea que; “La angustia no es la ausencia del objeto, sino su exceso o cercanía”. En las relaciones ambiguas y sin acuerdos establecidos, esta idea cobra fuerza: cuando el deseo se vuelve demasiado claro (quiero algo más), o demasiado incierto (no sé si quiero esto), el sujeto puede quedar expuesto a una angustia que no logra nombrar ni transitar fácilmente. “La angustia no es sin objeto, pero ese objeto no es el que el sujeto cree.” (Seminario 10, p. 64). La fugacidad del lazo, como describe Bauman, también alimenta la angustia contemporánea. En una cultura donde los vínculos pueden cortarse con un simple mensaje o con el silencio “ghosting”, la angustia aparece como reacción a la inestabilidad y volatilidad del vínculo, pero también como señal del deseo que persiste incluso en medio de la incertidumbre. No se trata, entonces, de una angustia patológica, sino estructural: es el precio de tener un deseo que no siempre encaja con lo que el Otro espera o permite, y de sostener vínculos donde el amor, el goce y la pérdida están siempre entrelazados.

Entonces, en un entorno en donde los vínculos son cada vez más fugaces, donde la exigencia de gozar se impone desde múltiples discursos, el sujeto se enfrenta a una paradoja: la de buscar libertad sin renunciar al deseo por el otro, anhelar conexión sin ceder al apego, sostener una imagen autónoma y deseable sin acallar la angustia que lo habita. El deseo, como enseñó Lacan, no encaja en los ideales; y es precisamente ese desajuste el que produce malestar, culpa o incluso parálisis afectiva. Las situationships revelan, así, no una carencia del sujeto, sino la verdad estructural de su deseo: fragmentario, incierto, nunca del todo propio. Frente a esto, el psicoanálisis no propone un modelo de relación ideal ni una solución técnica, sino la posibilidad de interrogar el lugar desde donde se ama, se desea, se goza y se sufre. No para resolver el conflicto, sino para habitarlo con mayor lucidez.

Bibliografía

  • Albers, S. (2023, 17 de julio). situationships: What they are and 5 signs you’re in one [Artículo en       inglés]. Cleveland https://health.clevelandclinic.org/what-is-a-situationship
  • Bauman, Z. (2010). Modernidad líquida. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.
  • Battle, M. (8 de marzo de 2023). Por qué las situationships son en realidad geniales [Artículo en inglés]. TIME. https://time.com/6263743/situationships-dating-benefits/
  • Freud, (1923). El yo y el ello (J. M. Martínez de la Rosa, Trad.). Ediciones Hormé.
  • Freud, S. (2000). El malestar en la cultura (J. Strachey, trad.). En Obras completas (Vol. XXI, pp. 59-145). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1930)
  • Gay, P. (1988). Freud: Una vida para nuestro tiempo (J. L. Etcheverry, ). Buenos Aires: Paidós.
  • Lacan, J. (1956-1957). El Seminario, Libro 4: La relación de (T. 1959-1960; J. A. Miller, Ed.; T. Kauf, Trad.). Paidós.
  • Lacan, J. (1956-1957). El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis (T. 1959-1960; J. A. Miller, Ed.; T. Kauf, Trad.). Paidós.
  • Lacan, J. (2006). El seminario. Libro 10: La angustia (J. A. Miller, Ed.; T. Mitre, trad.). Buenos Aires: Paidós. (Seminario dictado en 1962–1963)
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