Por: Alejandra Vargas

M entra al consultorio con cierto apremio. En desesperación, pide sentarse en el diván en vez de recostarse; yo accedo y escucho. En llanto, me cuenta que su pareja es el “sigue morras 3000”. Me explica que la persona en cuestión sigue en redes sociales a muchas mujeres, algunas de ellas, con cuerpos esculturales, a las que les reacciona historias de Instagram con algún emoji sugerente. También, manda mensajes que casi nunca son vistos y mucho menos contestados. La angustia con la que articula esto se mezcla con coraje y cierta culpa de haberle revisado el celular; sin embargo, predomina la comparación y se pregunta por qué no es suficiente.

M representa no solo a una persona pues es un discurso que he escuchado en varias ocasiones. En común, además del fenómeno digital, está la vivencia de estas experiencias como infidelidad.

El sujeto no es un ente aislado. Nace, crece y existe en un entorno político, económico, social y cultural determinado y estos factores, no podemos olvidar, influyen en su manera de mirar, entender y relacionarse consigo y con el mundo externo. Por ello, tomo el concepto de modernidad liquida de Bauman para intentar dar sentido de estos sucesos en la clínica. Principalmente, para replantearnos en conjunto el concepto de infidelidad y sus múltiples dimensiones.

De acuerdo con el sociólogo (Bauman, 2005) el “moderno mundo líquido” es aquel en el que predominan las incertidumbres. Se viven dudas existenciales constantemente y entre ellas, hay inseguridad sobre el futuro y un sentido de posición social endeble. Aunque hay un deseo desesperado de conectar con un otro, predomina un sentimiento de desconfianza ante lo que implica hacerlo, por ejemplo, ante la idea de la permanencia, como si la relación a largo plazo pudiera convertirse en una carga que la persona no podría manejar y que, paradójicamente, limitaría su libertad para relacionarse (Bauman, 2005).

Debido a esto, pululan las relaciones ambivalentes donde lo que hay, son medias tintas. Por ejemplo, las famosas “situationships”. El sujeto de la modernidad líquida está centrado en la individualización, por ello, el foco vincular está puesto en la satisfacción. Sin embargo, una vez que la tiene, se agobia como si el precio a pagar por ese disfrute fuera demasiado alto. Así, las relaciones se establecen con la suficiente soltura para ser desanudadas en cualquier momento (Bauman, 2005).

Bauman (2005, p. 10) dice “las relaciones deben diluirse para ser consumidas”. Lo líquido de lo actual en las relaciones se encuentra en no permitir que estas se vuelvan sólidas por temor a lo que implica lo cristalizado, lo permanente. Entonces, compromisos tales como “hasta que la muerte nos separe” o “en las buenas y en las malas” son vividos ya como una trampa que es mejor evadir. Sentir algo profundo por otro es una inversión riesgosa. No se diga jurar fidelidad pues esto amenaza con ser dependiente del otro; una dependencia que quizá no sea recíproca. Atenuar las emociones románticas y la capacidad de anudarse con otra persona se observan, para este autor, en el lenguaje de nuestra época. Por ejemplo, en cómo usamos la palabra “cool” (frío) contrario de “warm” (cálido) para definir lo que está bien.

De manera similar, Giddens (Gilbert-Galassi, 2021) nombra como “relación pura” la forma actual frágil y conveniente de vinculación, la cual se basa en el beneficio que cada sujeto puede adquirir; ésta tendrá continuación siempre y cuando los involucrados consideren recibir satisfacción propia suficiente. El compromiso no toma relevancia pues la relación puede concluir en cualquier momento sin que haya amenaza de afectación o daño a futuro; la consecuencia de esto es que no ofrece las bases para generar confianza. Es decir, en cualquier momento una de las partes puede decidir concluir la relación independientemente de la voz del otro participante en cuanto éste ya no ofrezca goce o prometa experiencias placenteras nuevas y lo otro parezca más novedoso.

Ligado a esto, para introducir la dicotomía fidelidad/infidelidad, retomo a Freud (1913) quien nos dice en Tótem y Tabú que la fidelidad surge debido a la prohibición del incesto y del parricidio instaurando así a la familia; es una forma de encuadrar las pulsiones sexuales. La fidelidad marca la exclusividad con la pareja bajo acuerdos establecidos previamente. La infidelidad implicaría la ruptura de estos en tanto el ejercicio de la sexualidad y lo afectivo, aunque es un concepto que debe enmarcarse como previamente se habló, en el contexto específico en el que ocurre (Velazco, 2025).

La web es un espacio que habitamos ya con la misma normalidad con la que interactuamos en el mundo externo. Basta ver la cantidad de horas que invertimos en el celular sin darnos cuenta. Debido a ello, existe ahora el concepto << infidelidad cibernética >> que consiste en entablar contacto afectivo o sexual en secreto y encubierto con alguien que no es la pareja mediante las redes sociales; esta conducta se da en 3 dimensiones: son interacciones 1) explícitas como el sexting; 2) ambiguas, las cuales constituyen el preámbulo a otras actividades explícitas, por ejemplo, negarle el acceso a la pareja a las propias redes sociales. Por último, 3) las interacciones engañosas, en las que predominan las mentiras y el ocultamiento de información sobre con quién se platica o reacciona en las redes (McDaniel, Drouin y Cravens, 2017).

Basta explorar algunos estudios para entender el impacto que esto tiene en la cualidad de las relaciones de pareja. En lo personal, me alarmó leer que una tercera parte de los divorcios registrados en Estados Unidos, involucran a Facebook y que se ha demostrado que su uso puede predecir problemáticas de pareja en aquellas que llevan de meses a 3 años juntos (McDaniel et al., 2017). Otro estudio comprobó que mientras más se usen redes sociales con la pareja, más bajos los niveles de amor registrados, provocando así relaciones de baja calidad, disfunción y problemáticas maritales (McDaniel et al., 2017).

Interesantemente, Drouin et al. (en McDaniel et al., 2017) mostraron que la lista de amigos en Facebook funciona como una especie de memoria en la cual se puede encontrar posibles parejas románticas o sexuales alternas a la que ya se tiene. Algunas actitudes que pertenecen a un área gris, pero que se ha comprobado que desgastan el vínculo de pareja son: añadir como amigos a parejas previas o potenciales, el coqueteo, la secrecía y las conversaciones sexuales. Las razones directamente relacionadas con estas conductas en redes sociales apuntalan a la insatisfacción en la relación de pareja y a la ambivalencia. Esta última, sobre todo, debido a transgresiones previas en la relación, a peleas o traiciones y se ha estudiado que estos factores suelen ser un paso previo a que el receptor de la infidelidad sea ahora el emisor (McDaniel et al., 2017).

En conclusión, a este respecto, los estudios realizados dejan claro que las redes sociales afectan la capacidad, la calidad y la cualidad del vínculo de pareja. Eso, a estas alturas, es innegable. Sin embargo, no sería un trabajo psicoanalítico si no me preguntara por qué hay cada vez más insatisfacción, necesidad de buscar más y mejores opciones y por qué hay tanto rechazo al compromiso hoy en día (McDaniel et al., 2017).

Emerson (en Bauman, 2005, p. 13) dice acertadamente que

“Cuando uno patina sobre hielo fino, la salvación es la velocidad. Cuando la calidad no nos da sostén, tendemos a buscar remedio en la cantidad. Si el compromiso no tiene sentido y las relaciones ya no son confiables y difícilmente duran, nos inclinamos a cambiar la pareja por las redes. Sin embargo, una vez que alguien lo ha hecho, sentar cabeza se vuelve más difícil y desalentador que antes ya que ahora carece de las habilidades que podrían hacer que la cosa funcionara”.

Al escuchar sobre infidelidades mediante las suscripciones a OnlyFans o los intercambios en este tipo de plataformas, en Facebook, Instagram y Tik Tok, no puedo dejar de pensar en el grado de interacción sexoafectivo limitado, por no decir carente, pero en apariencia, controlado que puede llegar a existir con estos cuerpos virtuales. Entre las motivaciones conscientes que he escuchado en el consultorio se encuentran la necesidad de sentirse deseado, validado o potente cuando alguna de estas características está mermada en el vínculo de pareja o en la valía de la propia persona. Otras tantas tienen que ver con la rutina, el aburrimiento, deseos de saber si hay algo más o mejor esperándolo a uno, etc. Lo que llama mi atención, es que, muchas veces, el registro de estas vivencias tiene que ver mucho más con la experiencia individual y la relación con uno mismo que con la pareja. Sin embargo, terminan repercutiendo en la cuestión vincular.

Mi hipótesis es que el sujeto de la modernidad líquida recurre, en parte, a otras opciones eróticas o afectivas a través de las redes para sentirse parte de un espacio virtual, que todo lo puede alcanzar. Fuente creadora de fantasías que afectan el plano real. Como si la promesa de una mejor vida a través de lo virtual fuera más atractiva que la que se tiene fuera de los dispositivos electrónicos. Quizá porque esta puede ser diseñada y controlada de maneras más directas mientras que intimar con las carencias y virtudes crudas, propias y con las del otro puede ser aterrador. La persona podría entonces más bien relacionarse con sus propias proyecciones colocadas en un contenedor que no dará de vuelta absolutamente nada más que placer instantáneo.

La relación de pareja es un espacio de contención emocional. Fairbairn (en Carmel, 2012) nos dice que la libido busca siempre a un objeto. La relación de pareja ofrece un Self-objeto en el cual se pueden cumplir necesidades de comunicación entre otras tantas. La creación de una Self-diada es para Zeitner (en Carmel, 2012) un espacio compartido en el inconsciente donde dos personas contienen, proyectan y metabolizan miedos, deseos, necesidades e instintos que tienen sus raíces en la primera infancia y que también debe darle a ambos sostén, afirmación y reparación de los déficits que se tuvieron en el desarrollo. Es cierto que experiencias de nuestras relaciones objetales tempranas se activarán en la relación de pareja, por ejemplo, algunas angustias o conflictos en la relación podrían se consecuencia de la activación de conflictos internos que son proyectados en nuestro ser amado (Carmel, 2012).

Quizá entonces el deseo es no recibir y tener que metabolizar lo del otro por lo amenazante que esto puede ser para la individualidad aunque el precio sea la soledad.

Sin embargo, Carmel (2012) considera que las relaciones de pareja actualmente se enfrentan con más dificultades. Una de ellas que se ha observado es el peso que se le pone a la pareja de ser, en el caso de los matrimonios, uno de compañía. Es decir, se espera que la pareja no solo lo sea en el plano romántico sino también un amigo y compañero, así como un espacio de crecimiento y desarrollo personal dónde autorrealizarse. En consecuencia, se espera que el amado absorba nuestro propio trabajo emocional o anticipe nuestros requerimientos como lo haría la madre ante el llanto del recién nacido. A esto, se le suma que, de acuerdo con Loweald (en Carmel, 2012), el deseo de unidad que el bebé experimenta continuará durante toda la vida y se activará en las relaciones externas despertando confusión con ese otro extraño; se vuelve complejo cuando existe este deseo en un contexto sociocultural que aboga por el individualismo. ¿Será esto parte de lo que propicia la ambivalencia vincular de la que habla Bauman?

A esto, se le agrega la desinstitucionalización de las relaciones de pareja que, queramos o no, las instituciones muchas veces operan a modo de continente. Establecer relaciones románticas pasionales implica un salto de fe hacia emociones profundas y esto, paradójicamente, requiere de ciertas certezas, por ejemplo, de la sociedad o la religión. Sin ellas, la persona se enfrenta a sortear con su pareja la búsqueda de intimidad. En algunos casos, la infidelidad comunica la incapacidad que tiene algún miembro de la pareja de tolerar la incertidumbre vincular y vital (Carmel, 2012)

El deseo de unidad asociado al retorno al útero donde no experimentamos malestar tiene un gran impacto en la relación de pareja puesto que, de un lado, implica la dependencia acrecentada hacia el objeto, sobre todo, en relaciones monógamas. Por el otro, ante la amenaza de perder independencia. Así, Carmel considera como una posible motivación inconsciente de la infidelidad, en uno, el deseo de satisfacer la necesidad de cercanía y en el otro, la necesidad de escapar de ella.

La fantasía de retorno al útero propicia la no comunicación verbal entre la pareja, la cual puede orillar a estos adultos a buscar a una tercera persona. Esta cuestión se vuelve más compleja cuando hay una falla no solo en la comunicación sino en la escucha del otro y del propio verdadero Self; éste debe ser comunicado a la pareja para tener una relación suficientemente buena. (Carmel, 2012) El reto es encontrar un balance entre comunicación y espacios para sí donde se evidencie la separación.

Para Carmel (2012) la infidelidad es producto de la dinámica de la pareja y no del género, status o de la duración de la relación. En su trabajo clínico, se ha encontrado con que a veces el factor sexual ni siquiera juega un rol importante, sino que suele ocurrir que, en momentos críticos, la dificultad para comunicar emociones verbalmente lleva a la actuación o a la búsqueda de un tercero.

La elección del objeto amoroso también es crucial de analizar. Freud (1910) nos dice que una de las condiciones eróticas en la elección de objeto amoroso, específicamente en el hombre, es que éste escogerá a alguien que ya tenga una pareja. Quizá se trata de lo no accesible con quien se puede fantasear una cuestión de poder y posesión. Extrapolado a la actualidad, ¿podría representar esto la persona cuyo contenido se consume compulsivamente en OnlyFans bajo la seguridad de una pantalla? Persona con la que quizá, en la vida física, no se intercambiaría palabra alguna. No considero que el deseo de lo inaccesible se presente exclusivamente en el hombre, pero sí que cuando se trata de la mujer, es más callado. La motivación específica en cada persona tendría que analizarse.

Otra condición erótica en la elección de objeto es que la mujer que es vista como pura y casta no será la misma que sea vista como objeto sexual. Para ello, suele elegirse a la mujer cuya sexualidad es abierta, Freud la describe en un extremo como la prostituta (Freud, 1910). En consulta, sin distinción de género, escucho el rechazo sexual que una persona puede sentir ante una pareja predominantemente tierna y al romántico ante alguien que parece disfrutar de su sexualidad sin tapujos por el temor de vivir una infidelidad. Si tomamos en cuenta su teoría sobre los instintos libidinales y sexuales, podemos pensar que se puede desear sin amar y amar sin desear. Por supuesto esto constituye una problemática para la relación de pareja pues ambos aspectos no integrados son necesarios y su ausencia puede orillar a la infidelidad misma.

Si la virtualidad es un espacio que habitamos tanto, es lógico que hoy en día existan conceptos como “nómada digital” que ofrecen la posibilidad de conocer el mundo, brincando de ciudad en ciudad gracias a un trabajo online. Por más atractiva que suena la idea, considero que esto repercute en la capacidad de echar raíz en un lugar y crear vínculos resistentes a la intolerancia a la frustración. En consecuencia, se merma la capacidad de enfrentarse a la otredad relacionarse con ella y quedarse ahí a vincularse. Al respecto, retomo a Bauman (2005, p. 135) quien dice que “La experiencia humana se forma y madura, se administra la vida compartida y su sentido se concibe, se absorbe y se negocia en lugares. Y es en lugares y desde lugares donde se gestan los deseos y los impulsos humanos, donde se espera satisfacerlos, donde se corre el riesgo de experimentar frustración y donde casi siempre terminan frustrados”. He dicho ya que la virtualidad es hoy en día un lugar habitable, pero si fuera equiparable al mundo físico real, no habría tan pocos casos de éxito en aplicaciones de citas o en páginas para conocer gente en línea.

Al no hacer propios los espacios físicos permanentes y enraizarse con lo que lo habita, sumo lo que Diótima de Mantinea (en Bauman, 2005) propone sobre lo que el amor implica. Él dice que éste no adquiere razón de ser en lo ya concretado, ya listo y terminado, sino en el impulso de crear y construir con los riesgos que implica desconocer el resultado final de todo acto creativo. Esto me lleva a pensar en la dificultad que nuestra sociedad presenta para vivir procesos; por ejemplo, la creación de las famosas red flags. Aunque sirven quizá para bordear la vivencia de incertidumbre al acercarse a lo desconocido, parecen pautas preestablecidas de lo que no va a funcionar, aunque en el camino nos llevan a ver al otro desde un lugar más reduccionista que como lo que es: un otro.

A este punto de mi escrito, debo confesar que, desde un lugar diferente, me planteo hasta dónde llega el espacio privado. Ese en el que el deseo puede desplegarse en el proceso de descubrir y ejercer la sexualidad individual sin que la pareja tenga que ser parte de la ecuación ni mucho menos, sujeta a comparación. No quiero decir con esto que sea correcto entablar en secreto charlas sugerentes o sexuales, coqueteos o intercambios personales con otros por estos medios, sino que considero que tendríamos que cuestionarnos los límites de lo que llamamos infidelidad. Por ejemplo, cómo es que si se usan estas redes para ver una fotografía o un video que resulta excitante es traición mientras que ver pornografía o fantasear con una persona atractiva de carne y hueso no lo es porque no son actos ejercidos en espacios tan públicos. Pienso en las narrativas sociales cargadas de culpa en quienes se han cachado fantaseando con alguna persona cercana mientras mantienen relaciones sexuales con su pareja. La respuesta que se escucha a menudo del otro lado de la conversación es que esto es normal, nada de qué sentirse culpable. Lo cualidad de normado; común, lo exime de ser infidelidad.

La respuesta común al discutir que es y que no es infidelidad en cada pareja o a nivel social, es que todo depende de los acuerdos establecidos. Aunque en el plano relacional lo considero muy cierto, ¿cómo se puede acordar con el propio deseo en el plano de la fantasía si la fantasía es en sí una defensa contra la acción? La sociedad aún mira con ojos críticos los tipos de vínculos de pareja que incluyen a más de una persona y he escuchado interpretaciones de cajón donde esto se debe a la falta de la capacidad de compromiso. Sin embargo, si la forma de relacionarnos está mutando tan radicalmente, ¿qué aportes tiene la monogamia sobre otras formas de estructuración de la pareja?

Charles (2002) sostiene que la monogamia, aunque da estructura social, también deviene de la fantasía de unidad que más tarde en la vida es frustrada al enterarse el niño de que su objeto de amor ama a otros: su padre, madre o hermanos. Sin embargo, suele haber una esperanza de que se encuentre el amor perfecto en un otro. Podemos pensar en el banquete de Platón para extraer el origen de “la media naranja”. Vemos desde entonces la creencia de que partes de nuestro Self están en otra persona que tendría que completarnos. Pero ¿qué pasa cuando entramos a una relación y nos confrontamos con la falta? Lacan (en Charles, 2002) nos dice que lo que en realidad deseamos es el deseo del otro para ser reconocidos.

El peligro de la noción de amor romántico ligado al de la monogamia tiene que ver con lo previamente mencionado: la expectativa de que el sujeto que elegimos y nos elige deba satisfacer nuestras necesidades completas puesto que eso nos lleva a devaluarnos a nosotros mismos y a la relación por no poder cumplir con eso que se le carga (Charles, 2002).

Byatt (en Charles, 2002) considera que el concepto de “musa” se inscribe en una cultura monógama donde se juegan constantemente el amor y la abstinencia. Propone que para los hombres es más permitido y por lo tanto, sencillo jugar con la idea del amor sin tener que cargar con la realidad de éste. En un fenómeno virtual social, pienso en las múltiples páginas que existen en Facebook donde una persona puede subir una foto de su conquista más reciente y pedir informes de si es o no un buen partido. En muchas de estas publicaciones, resulta ser que la persona en cuestión entretiene a más de una persona prometiendo al mismo tiempo fidelidad y un vínculo de pareja; se juega entonces a estar en una relación sin realmente construirla en el plano real.

Bauman (2005) nombra “expresión constreñida” aquella en la que los celos, la envidia y la ofensa se rigen bajo un autoengaño en el que el sujeto actor de un daño se estima tanto, que, para lidiar con el acto cometido, se identifica con la parte que dañó en el otro y crea afecciones, acusando a la persona realmente afectada, pero nutriendo su autoindulgencia convirtiéndose así, en el receptor del daño. Esto hace alusión a algunas patologías de la época actual que carecen de tolerancia a la frustración o de una capacidad desarrollada de mirar al objeto y relacionarse con él.

Al leer mi trabajo, me percato de que tiene una mirada crítica de los fenómenos vinculares y sociales actuales. Sin embargo, también creo que son problemáticas que generan angustia y deseos de resolución. Pienso que las personas tienen un intenso deseo de vincularse, pero no saben cómo y en consecuencia, recurren al mismo medio digital. Se observa la gran necesidad que existe de entender las relaciones humanas y de que un Otro nos explique y nos diga, a modo de recetario de cocina, la forma correcta de relacionarnos generando así, una experiencia vacía. Tenemos entonces, plantillas que muestran qué te llevará al adulterio según el tipo de apego que tengas. Desde estas racionalizaciones e intelectualizaciones, me parece que la conexión con la experiencia personal y los por qués y para qués propios es precaria y deja espacio para aún más angustia e incertidumbre. En la ambivalencia entre el miedo de vincularse y el deseo de hacerlo, los sujetos se paralizan.

Aunque observo que esto ha movilizado a más personas a buscar un espacio de análisis o de psicoterapia, insisto en que la salud mental es aún, lamentablemente un privilegio en muchos países. Habría que plantearnos cómo salir del consultorio incluso en estos espacios virtuales, pero, sobre todo, comunitarios para ofrecer también espacios internos para el diálogo y la mirada tanto personal como de pareja. Quizá así podríamos empezar a pensar y construir formas de vinculación a través de la comunicación con la otredad humana y no solo con lo virtual.

Para finalizar mi trabajo, les comparto una última reflexión. ¿Cuál será el rol que jugará la inteligencia artificial en nuestra capacidad de vinculación y en nuestra definición de infidelidad? ¿Llegará el punto en que ya no necesitemos de otro ser humano para satisfacer nuestros impulsos y necesidades meramente humanas? Observo, nada más y nada menos que en internet, publicaciones de personas que comparten que se sienten más contenidas por chatgpt que por sus amigos o su psicoterapeuta. También pienso en el caso de una joven que personalizó un chat de IA de acuerdo con el personaje de su videojuego favorito y mantuvo una relación de 6 meses con él tanto de contención emocional como de intercambio sexual; ésta pudo haberse prolongado de no ser porque su prometido se dio cuenta. Quizá ahora en los acuerdos de pareja escucharemos que se pide no entablar este tipo de conexión con la inteligencia artificial. Me parece importante pensar en qué y cómo estos recursos virtuales aparentan crear el objeto-diada con una persona real. Quizá en unos años más esto sea una forma de neosexualidad. Sin duda alguna, el auge de la inteligencia artificial nos impulsará a crear teorías y formas actuales de entender las nuevas maneras de relacionarnos con eso otro que es artificial… por ahora.

Bibliografía

  • Bauman, Z. (2005). Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica.
  • Carmel, S. (2012). Lack of self-disclosure and verbal communication about emotions as a precipitant of affairs. Couple and Family Psychoanalysis. 2 (2), 181-197.
  • Charles, M. (2002). Monogamy and its discontents: on winning the oedipal war. The American Journal of Pyschoanalysis. 62(2), 11-143.
  • Freud, S. (1910). Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (contribuciones a la psicología del amor, I). Obras completas Vol. 1 Amorrortu.
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  • Gilbert-Galassi, J. (2021). La teoría de la intimidad de Anthony Giddens. Revista Estudios sociales, 116, 173-183.
  • González, J. (2019). Conductas relacionadas a la infidelidad en las redes sociales: validación y estudio psicométrico. Informes Psicológicos, 19(2), 43-51.
  • McDaniel, B., Drouin, M. y Cravens, J. (2017). Do you have anything to hide? Infidelity-related behaviors on social media sites and marital satisfaction. Computers in Human Behavior, 66, 88-95
  • Velazco, F. (2025). Mentalizando la infidelidad. Guía clínica para su manejo. ETM
  • Imagen: Pexels/ Tim Witzdam